Disclaimer: Todo lo que reconozcan en personajes, nombres, hechizos y lugares es de J. K. Rowling.
Este fic participa en el reto "Long Story 3.0" del foro "La noble y ancestral casa de los Black"
Capítulo 7: No digas estupideces
"Siempre que te pregunto
qué, cuándo, cómo y dónde,
tú me respondes
quizás, quizás, quizás"
Perhaps, perhaps, perhaps, versión de Lila Downs
Reserva Apache Jicarilla, Nuevo México, 20 de Octubre de 2012
―¡Nada nuevo, por Salazar! ¡Nada nuevo! ―Harper aun revisaba un pergamino que traía en las manos mientras caminaba, sin prestarle atención a absolutamente nada más. Perks iba unos pasos por delante de ellos―. No es posible que no haya ni una pista aún que nos pueda conducir a Frida…
―Sí, Fitz, ella es buena ―coincidió Kane―, pero si pudieras dejar de gritar, que todos te están mirando ahora mismo.
―¡Está jugando con nosotros!
―Eso lo sabemos, Fitz, pero… ―Kane estaba ya visiblemente incómodo―, por favor… ―su voz era casi una súplica.
―¡Ve esto, ve esto! ―Harper le pasó el pergamino que había estado leyendo hasta ese momento. Era hora que Kane podía recitarlo de memoria y aun así no entendía la mitad de los términos que los medimagos habían puesto en la autopsia de Tony Watson. Incluía una fotografía en blanco y negro que Kane había reconocido como suya desde el primer momento―. Fuera de un rastro de magia poco común en la cicatriz del pecho… ¡Nada!
―Fitz… ―volvió a intentar Kane.
―¡Joder, Fitz, ya cállate que todo el mundo nos está mirando! ―espetó Alexis. Harper se calló inmediatamente.
―Quizá nos miran por ese cabello que traes hoy ―sugirió Harper―. Parece cabello de africana. Demasiado rizado.
Alexis puso los ojos en blanco, sin hacerle demasiado caso al comentario y siguió caminando. No había mucha gente, pero los pocos que habían salido de sus casas se les quedaban mirando con curiosidad. Quizá eral los gritos de Harper, quizá.
―¿Alguna vez habías estado en una reserva india? ―le preguntó Harper a Kane al notar como miraba alrededor.
―No…
―¿No? Vaya. Ninguna se parece ―le dijo Harper―. La gente tiende a creer que sí. Al menos conoces a los apaches, ¿no?
―Sí ―respondió Kane. No conocía demasiado, pero al menos no estaba tan perdido. Su madre los había mencionado alguna vez, alguna vez―. Había en México. Bueno, mi madre decía que había en México. Se extinguieron.
―Ya veo ―comentó Harper―. Bueno, Kane, apaches jicarilla… ―Harper señaló alrededor con el dedo sin detenerse en un punto fijo―. No digas nada estúpido ―le advirtió.
Kane no le hizo caso y en vez de eso, se dirigió a Alexis.
―¿Siempre es así?
―Sí ―respondió Alexis―. Ya deberías saberlo. ¡Perks! ―llamó, en dirección al auror―. ¿Por qué demonios nos trajiste aquí? No has dicho ni una palabra… ―Perks siguió caminando frente a ellos, sin decir nada y Alexis volteó hacia Harper―: ¡No ha dicho nada! ―se quejó, con una mueca indignada.
―Está enojado, sus jefes lo presionan ―soltó Harper.
―¡Fitz Harper! ―se quejó Perks.
―¿Qué? Es obvio, la vena de tu sien va a explotar ―hizo notar el escocés―. ¿Es por este caso? Estoy haciendo lo que puedo, sin pistas no puedo…
―¡Nunca antes te habías tardado tanto, Harper! ―exclamó Perks, deteniéndose y dándose la vuelta. Kane soltó un respingo―. Están cuestionando por qué te sigo dejando entrar a las escenas del crimen y quieren que esto se acabe ya.
―Siempre puedes decirles a ellos que lo resuelvan. ―Harper se encogió de hombros, en apariencia relajado, pero Kane pudo ver que había cerrado las manos en un puño―. Sabes que no van a poder. Si estos asesinatos son a prueba de mí, ¿crees que no lo serán acerca de ellos?
―¡Inténtalo más!
―¡Eso trato!
―¡Callados los dos! ¡Dan vergüenza! ―espetó Alexis, con la voz dura―. Parecen dos críos y la gente los está mirando. ―Se había formado un pequeño corrijo alrededor de ellos―. Acabemos con esto. Perks ―se le quedó mirando al auror, a la espera de algo.
―Sí…, sí…, bueno… Vamos.
Volvió a caminar y el corrillo de gente que se hacía formado se dispersó rápidamente. Aun así, las miradas continuaron hasta que llegaron a una zona acordonada, en el campo. Estaba rodeada de Aurores y al parecer no estaban dejando pasar a nadie.
―Por aquí ―indicó Perks, dejándolos pasar―. Tenemos un caos. Era una mujer muy respetada en la comunidad. Así que todo el mundo quería entrar, dejarle flores… tuvimos que impedirlo, al menos hasta que estuvieras aquí, Harper. Esta… esta es especial.
Se habían detenido a pocos pasos del cadáver, Kane ni siquiera le había dedicado una mirada.
―¿Especial? ¿Qué tiene de especial? ―preguntó Harper.
―Hay una nota.
―¿Una nota? ―preguntó Alexis.
―Firmada «F. Eizenberg» ―confirmó Perks―, lo cual confirma la teoría…
―No era una teoría ―interrumpió Harper.
―Lo cual confirma la teoría ―repitió Perks, haciendo caso omiso― de que Frida Eizenberg es la persona detrás de estos asesinatos. Estamos intentando localizarla pero…
―No lo van a lograr ―volvió a interrumpir Harper.
―Pero no hemos logrado nada.
―Un asesino no se destapa si no tiene un plan para esfumarse de la superficie de la tierra ―dijo Alexis―. ¿Para quién estaba dirigida la nota? ―preguntó, interesada.
―No dice, será mejor que la lean ―sugirió Perks, señalando el cadáver.
Entonces Kane se fijó de verdad en la mujer. Era anciana, muy anciana, con el pelo gris peinado en trenzas, acomodado. Ni una herida visible, pero le habían tapado los ojos con un par de piedras. Kane frunció el ceño porque no estaba seguro de que los apaches jicarilla hicieran eso, pero tampoco tenía ni idea. No podía ocultar que las miradas de la gente le incomodaban por la curiosidad que no ocultaban en ningún momento. No sabía cómo moverse allí o qué decir para no causar un desastre o soltar una tontería. Al menos, esperaba que Harper tuviera más tacto que de costumbre.
―Tenemos hasta esta noche, cremarán el cuerpo ―dijo Perks―. No logramos convencerlos de otra cosa.
―Nunca cuestiones sus creencias de la vida después de la muerte, Perks, nunca ―respondió Harper―. Si nadie ha conseguido que se ajusten al Estatuto Internacional del Secreto, no conseguirás que retrasen sus ritos por ti.
―La Confederación Internacional sigue mosqueada porque se niegan a acatar el Estatuto ―se quejó Perks.
―La Confederación no tiene ni idea de sus formas de vida. ¿Cuántos magos de la CIM se han parado en una reserva a averiguar de verdad si el hecho de que el secreto corra libre por todas partes es un peligro? ―preguntó Harper―. Lo sabes tú y lo sé yo. Conviven magos y muggles como algo completamente normal y no dejan que el secreto salga de los límites de la reserva.
―¿No es la primera vez que ayudas con un crimen aquí? ―preguntó Kane, con curiosidad.
―No, aquí no… Fue con los Cherokees. Interesante gente… ―Kane vio como un escalofrío recorría la espalda de Harper y alzó una ceja. Alexis fue quien le contestó.
―Alguien intentó matarlo por ser un «insensible de mierda» y otras cosas ―fue lo que dijo―. ¿Te comportarás esta vez? ―preguntó, dirigiéndose a Harper y este asintió. Después, se inclinó ante el cuerpo.
Lo examinó unos momentos, mientras Kane sacaba su cámara y la preparaba, lista para disparar.
―Puedo decirte lo de siempre ―dijo Harper―. Causa de la muerte: un Avada Kedavra; cicatriz en el pecho: por supuesto, no tiene corazón. Las piedras en los ojos parecen ser sólo una burla. Pero lo interesante es la nota… tomó el pedazo de pergamino que estaba aun lado del cuerpo y frunció el ceño al leerla. Se la pasó a Alexis, que hizo lo mismo y luego fue el turno de Kane para leerla. Estaba escrita en una caligrafía bastante apretada.
«Estoy cerca, muy cerca. Podrían voltear y encontrarme. ¡BU! Pero no son tan perceptivos. Podría contarte mi secreto, Fitzwilliam, darte pistas, las adivinarías. Pero prefiero verte jugar un poco más. A mis hilos. Como títere. ¿No te divierte, la adrenalina? ¿No sientes un torrente de ella corriendo por tus venas en cada escena del crimen? Podrías acusarme, decirme que juego contigo. Pero en el fondo, te estoy dando lo que tú quieres. Dile que me muero por verla. Sabes a quien. ―F. Eizenberg.»
―Ya sabíamos que estaba jugando con nosotros ―fue lo único que acertó a decir―. No es como si…
―No aclara gran cosa ―interrumpió Harper, expresando justo lo que Kane quería decir―. No entiendo por qué lo hace, pero supongo que lo mismo que dice de mí… ―Se acercó hasta Kane y le quitó el pergamino―; lo podría aplicar a ella. «La adrenalina» ―dibujó unas comillas en al aire que acompañaron al sarcasmo con el que pronunció la última palabra.
―En resumen, no ayuda en nada ―soltó Alexis, inclinándose sobre el cuerpo. Sacó la varita inmediatamente.
Kane apenas si pudo notar la desilusión que Perks se esforzó en esconder. Era el séptimo cadáver que encontraban y todavía no se acercaban a Frida. El joven periodista empezaba a sospechar que no se acercarían a Frida a menos de que ella lo deseara. Levantó la cámara, dejando clara su intención de sacar fotografías, pero esperó a que Alexis se apartara un momento.
Harper se paró justo al lado de él.
―No podremos sacar gran cosa de esto… ―musitó. Parecía enojado, desesperado, dispuesto a cometer errores.
―¿Lo mismo de siempre?
―Lo mismo de siempre ―confirmó Harper―. Aunque supongo que ahora el espíritu de la mujer será libre de perseguir sus pasiones y sus deseos en donde quiera que esté. No sé en que crean estos apaches pero… ―se encogió de hombros―, no creo que sean tan distintos a los demás.
―De todos modos no digas ninguna estupidez, lo mismo que me advertiste.
Harper sonrió.
―Sí, debería aplicarme mis propios consejos ―fue lo que dijo mientras Alexis aún movía la varita encima del cuerpo―. ¿Hay apaches en México? ―preguntó, interesado.
Kane negó con la cabeza.
―No, creo que se extinguieron ―respondió Kane, que apenas si recordaba lo que le contaba su madre de México, ese país que apenas si conocía―, pero tenemos otras etnias: tarahumaras, yaquis, huicholes…
―¿Tú sabes de dónde vienes? ―preguntó Harper.
Kane negó.
―Una mezcla, supongo ―se encogió de hombros, realmente no tenía ni idea de quienes eran exactamente sus antepasados―, como la mayoría. Aquí deja de importar. Somos todos «mexicanos», hay gente que cree que somos todos iguales.
Harper volvió a sonreír un poco, sólo un poco, aunque más que sonreír sólo curveaba los labios hacia arriba un poco. Le señaló que Alexis ya se había apartado y entonces Kane se acercó apenas unos pasos y después disparó la cámara un par de veces. Momentos después, Harper le puso el pergamino del mensaje que había dejado Frida justo enfrente del lente.
―También saca esto ―pidió.
Kane disparó la cámara de nuevo.
Después bajó la cámara y alcanzó a ver como Harper le extendía el pedazo de pergamino a Kane.
―No lograremos mucho aquí, Perks, deja que preparen su funeral ―le dijo y después volteó a ver a Alexis―. ¿Algo nuevo?
―No, pero quiero revisar algo… ―Tenía una pequeña esfera en la mano―. Copié un rastro extraño, podríamos encontrar algo con ello. ―Estaba jugando con la esfera, lanzándola al aire y volviéndola a atrapar―. ¿Dónde podemos ir? Necesito un laboratorio decente y dudo que me presten el de los aurores…
―Si fueras auror… ―interrumpió Perks, pero Alexis lo ignoró.
―… así que me conformo con una cocina decente y limpia ―terminó Alexis. Cuando Harper abrió la boca, ni siquiera lo dejó hablar―: No, la tuya no, Fitz. Es un asco. Lo cual descarta también la mía.
―Mi madre vive en El Paso ―sugirió Kane.
―¡Eso es en Texas, estamos en Nuevo México! ―espetó Perks― No me digan que…
―Oh, podemos aparecernos ―interrumpió Harper―. Y ya te dije, Perks, deja a esta gente hacer su funeral en paz. No conseguirás nada nuevo aquí. Si yo no encontré pistas realmente nuevas, dudo que tus aurores lo hagan.
―¡Harper! ―se quejó Perks―, mis aurores no son idiotas.
―Diles que lo demuestren ―espetó Harper y después se volvió hacia Kane, cogiéndolo del brazo―. ¿Nos vamos? Tú sabes dónde es.
Alexis lo tocó del hombro. Kane se desapareció, muy seguro de a dónde iba.
El Paso, Texas
Kane había vivido toda su vida en una casa pequeña y acogedora de El Paso, Texas. No se parecía nada al apartamento que compartía con Harper, en pleno Brooklyn, siempre con las paredes empapeladas, algo que podía explotar en la cocina y vasos vacíos en todas partes. La casa en la que había pasado toda su infancia y su adolescente estaba llena de fotografías, recuerdos, adornos inútiles y cosas que su madre había ido guardando con el paso de los años. Cuando llamó a la puerta, ya sabía exactamente qué escena se encontraría adentro. Quizá una olla de café en la estufa, que su madre preparaba todos los días religiosamente.
Su madre abrió la puerta y en menos de un segundo se le iluminó el rostro con una sonrisa. No esperó a que Kane dijera algo antes de abrazarlo efusivamente.
―Mamá… ―musitó Kane―, vas a romperme las costillas.
―¡Eso es lo que pasa cuando no mandas ni una carta de una semana! ―reprochó su madre, que hablaba con un acento más marcado que el suyo, si era posible―. ¡Pero esto es mejor! ¡Una visita sorpresa!
―Mamá… ―se quedó Kane, intentando soltarse del abrazo―, me estás dejando sin aire…
Entonces su madre por fin lo soltó. Seguía igual que cuando Kane se había marchado, con las patas de gallo marcadas en las sienes, el cabello pintado de negro para que las canas no se le vieran nunca, y los lentes de montura negra sobre la nariz.
―¡Traes compañía! ―su madre sonrió. Kane nunca había sido de llevar gente a la casa.
―Eh, sí… ―volteó hacia Harper y hacia Alexis, que se miraban alzando un poco las cejas―. Fitzwilliam Harper, Alexis Prince ―los presentó―, mi madre. Veníamos porque…
―¡No empieces! ―lo cortó su madre―. ¡Pasen primero!
Se hizo a un lado para que pasaran los tres y Kane se encontró exactamente con la escena en la que estaba pensando, comida a medio preparar en la mesa, una pequeña olla de café en la estufa, probablemente con piloncillo, como le gustaba a su madre y todo lo demás limpio, pulcro como si nadie viviera allí.
―¿A quién le preparas tanta comida? ―preguntó Kane, frunciendo el ceño.
―A Delia, su marido murió hace unas semanas, ¡te dije en una carta! ―le dijo su madre, como si Kane no leyera las cartas que le estaba mandando―. Le estamos ayudando porque la pobre está sola y tiene tres hijos… ¡todos menores de cinco años! ¿Puedes imaginarlo?
Kane asintió, no muy interesado en seguir la plática. Había ido a la escuela con Delia Reyes y las diferencias no podían ser más grandes: él vivía en Nueva York, en un departamento que estaba mugriento la mitad del tiempo y Delia seguía allí, con tres hijos y hasta viuda. Sus caminos no podían ser más diferentes y no sabía que decir.
―Señora… Martínez ―adivinó Alexis, interrumpiendo la plática.
―Hernández ―respondió ella, corrigiéndola―, señora Hernández. Martínez era el apellido del padre de Kane y nunca nos casamos.
―Hernández, perdón ―se corrigió Alexis―, en realidad veníamos porque yo quería examinar... ―buscó entre las bolsas de su túnica y acabó sacando la esfera donde había replicado un rastro de magia―, esto. Me preguntaba si podría prestarme su cocina un rato… Dejaré todo limpio ―aserguró, al ver la duda en el rostro de Kane.
―Oh, claro, claro, sólo deja quito el café del fuego… ¿quieren café? ―preguntó. Kane asintió casi inmediatamente porque ninguna cafetería en Nueva York podía igualar el sabor del café de su madre y Harper lo hizo más por compromiso que por otra cosa.
Así que mientras Alexis siguió a la mujer hasta la cocina, Kane y Harper se quedaron esperando el café. Antes de meterse, Alexis se dirigió hacia Harper y le dedicó una mirada de advertencia.
―No entres, no quiero que nada explote ―fue lo que dijo y después siguió.
―¿Cocina a la que entras, cocina en la que algo explota? ―preguntó Kane, con curiosidad, alzando una ceja.
―Ya deberías saber la respuesta ―contestó Harper, jalando una de las sillas de la mesa para sentarse y otra para Kane―. Cocina… mis manos… sí, lo más probable es que algo explote.
Se quedaron callados hasta que la madre de Kane volvió con dos tazas de café, los puso en la mesa y se volvió a meter a la cocina para salir momentos después con unos contenedores para meter la comida que tenía a medio preparar en la mesa.
―Así que… ¿Fitzwilliam? ―le preguntó a Harper.
―Sí ―asintió él.
―Tú eres el que comparte apartamento con mi hijo, ¿no? ―preguntó y Harper asintió. Después le dio un trago al café y ocultó lo mejor que pudo el hecho de que se había quemado con lo caliente―. ¿Y a qué te dedicas? ―siguió preguntando la madre de Kane mientras seguía empaquetando la comida.
―Soy detective privado ―respondió Harper.
―¿En serio?
―Sí, para los aurores en Nueva York ―aclaró Harper.
―¿En serio? ¿Y qué cosas haces… más en específico?
―Resuelvo asesinatos.
―Ah ―musitó la madre de Kane. No preguntó nada más, quizá porque no sabía qué más preguntar.
Kane se animó a darle un trago al café unos momentos después, sólo para descubrir que seguía demasiado caliente. Su madre acabó de poner la comida en los contenedores y sacó una bolsa de mandado de uno de los muebles de al lado de la mesa donde empezó a poner todo.
―Tengo que ir a dejarle esto a Delia ―dijo, agarrando las llaves de la casa―, vuelvo en un momento.
Kane asintió.
―Claro, cuidaremos la casa ―aseguró.
―Más les vale.
En cuanto salió, Harper, que hasta el momento se había contenido, abrió la boca.
―No le gustó mucho a tu madre.
―No digas estupideces ―cortó Kane, aunque una vez que Harper se decidía a decirlas no había forma alguna de pararlo.
―Bueno, no le gusta lo de detective privado ―se corrigió Harper.
―A nadie le gustan los detectives privados que resuelven asesinatos, Fitz ―dijo Kane―, es de esas personas que esperas no necesitar nunca en tu vida.
Harper sonrió, pero la sonrisa le salió forzada.
―¿Cómo los abogados?
―Como los abogados.
Kane no dijo nada más. Había notado también la duda en la voz de su madre cuando Harper había dicho que resolvía asesinatos. Era ese tipo de profesionistas que esperabas nunca necesitar. Al menos, tenías un abogado de reserva para las eventualidades pero… ¿un detective de asesinatos? Eso nunca. Aunque supuso que Harper estaba acostumbrado ya no a que la gente no lo necesitara, sino que directamente no lo quisiera. Que se quejara de la madre de Kane era una sorpresa.
―¡Alexis! ―llamó Harper―, ¿algo?
―¡Nada! ―se oyó la voz de la mujer desde la cocina―. ¡Sé paciente, por Helga!
―¡Helga! ¡Por Helga Hufflepuff! ¿No podías haberme dado un ejemplo de alguien más impaciente? ―espetó Harper. Kane directamente no entendía de lo que hablaban, aunque siempre soltaban ese tipo de expresiones.
―¡Sí! ¡Salazar Slytherin! ―espetó Alexis―. ¡Un desacuerdo y deja un basilisco en un colegio! Dime si es no es impaciencia.
Harper no contestó. Volvió a intentar probar el café, pero desitió y lo hizo a un lado, al menos hasta que no se fuera a quemar la lengua al probarlo.
―¿Para quién hace tu madre este café? ¿Un dragón? ―preguntó.
―Ella lo toma así ―explicó Kane.
―¡¿No tiene la lengua hecha cenizas?! ―Harper se sorprendió.
―No, aunque yo me pregunto lo mismo.
―¿Y tu padre? ―preguntó Harper, con interés.
―Murió. Hace como cinco años ―explicó Kane.
―Lo siento, nunca lo hacías dicho.
―No se pasaba mucho por aquí ―contó Kane―. «Vivía» aquí, claro, esta ha sido siempre la casa de mis padres, pero cuando no había trabajo se iba hacia Chicago… a veces cruzaba la frontera para probar suerte en México, aunque sabíamos que no tenía caso. Una vez no volvió más y ya. Nos dijeron que había muerto, nos trajeron sus cosas… ―Se encogió de hombros―. Nos dijeron que lo enterraron en Tampico. Mi mamá ha ido unas cuantas veces, yo sólo un par.
Harper asintió levemente, haciendo el gesto para no tener qué decir nada más. No hablaron mucho hasta que Alexis desocupó la cocina.
―¿Algo? ―preguntó Harper.
―Oh, por supuesto que sí. ¡Sabía que sólo tenía que seguir buscando hasta encontrar algo que delatara algo! ―exclamó Alexis, jalando una silla y sentándose―. En todos los demás cadáveres que examiné había un rastro enmascarado, demasiado bien protegido para que no pudiera descubrirlo.
―¿Y? ―apresuró Harper.
―No pudo enmascararlo totalmente, probablemente por la edad de la víctima ―siguió Alexis―, así que dejó un rastro. Casi imperceptible, pero un rastro. Está protegiendo el núcleo mágico del corazón de las personas.
―Nada raro…
―Pero lo mejor es que… ¡ahora tengo la firma mágica de Frida Eizenberg! ―exclamó Alexis, triunfante.
Harper sonrió más de lo que había sonreído durante todo el tiempo que habían llevado el caso e incluso Kane se permitió sentirse un poco triunfante. Cuando su madre entró de nuevo unos minutos después en la casa los encontró hablando casi a gritos en la mesa, con las tazas del café casi terminadas y sonrió. Kane, al oírla entrar, se dio la vuelta y le contestó la sonrisa
―¿Quieren más café? ―preguntó la mujer.
Alexis asintió. Harper se atrevió a pedir un hielo ―o dos― para el suyo. Por fin sentían que estaban yendo a alguna parte.
Chinatown, San Fransisco, 22 de Octubre de 2012
―A mi jefa le va a dejar de hacer gracia que le prometas exclusivas por dejarme salir temprano y esas cosas ―se quejó Kane mientras caminaban por el barrio chino, entre tiendas y comercios llenos de monedas chinas, gatos de la suerte y todo tipo de cosas raras―; más cuando las exclusivas no son para nada lo que ella imagina.
―Oh, sólo fue una hora más temprano ―aclaró Harper― y escribirás sobre lo de la reserva apache... omitiendo mi participación, el corazón, el hecho de que es un caso en serie…
―Que es básicamente todo lo importante.
―Y lo que menos queremos es que la prensa arruine el caso.
―Sabes que no me volví periodista para ocultar información ―hizo notar Kane. Se lo había dicho ya un par de veces, pero Harper no le había prestado demasiada atención―, sino para buscar la verdad.
―Sí, sí, me cuentas tus altruismos más al rato ―cortó Harper―; yo he visto casos enteros arruinados por periodistas voraces. No quiero que esto pase aquí.
―Yo soy un periodista…
―Uno sensible, decente, que no irrumpe en la privacidad de otras personas y sabe qué preguntar ―enumeró Harper―. Desde que te conocí estoy seguro de que no encajas con los periodistas voraces que me han arruinado casos. Así que cállate y camina, que Kumiko no nos va a estar esperando toda la vida.
Siguieron caminando. Harper había llegado al trabajo de Kane con una nota de Kumiko en la mano, en la que decía que tenía algo importante que mostrarle y lo había sacado de la oficina a pesar de las quejas de su jefa y del propio Kane. Así que aquí estaban, en la costa contraria de Estados Unidos, San Francisco, caminando como su nada por su barrio chino hasta llegar a la tienda de la que se encargaba Kumiko.
Harper entró primero y Kane lo siguió. La tienda estaba completamente sola, pero Kumiko estaba sentada detrás del mostrador. A Kane le costó situar la imagen de la mujer que se levantó a saludar a Harper con la mujer que había visto llorando por la muerte de su esposo apenas un mes antes. Esa Kumiko tenía una sonrisa triste, pero tenía una, y el cabello recogido en un chongo apretado, no enmarañado en la cara.
―Kumiko ―saludó Harper.
―Fitzwilliam ―respondió ella.
―Ya conoces a Kane ―dijo Harper, señalándolo―. Decías que tenías algo que enseñarme.
Kumiko asintió y se inclinó debajo del mostrador, sacando unos rollos de pergamino bastante grandes.
―Esto ―fue lo único que dijo, abriendo un par de los rollos―. Es de las cosas que Han trajó de China ―contó―. Me dijo que eran conjuros antiguos y que eran peligrosos, pero no me los explicó. De todos modos… yo no puedo leer chino. ―Sonrió.
Harper se inclinó para revisar los pergaminos.
―¿Y esto es importante por qué…? ―preguntó.
―Falta uno. El séptimo ―contó ella―. Apenas lo noté esta mañana, porque no los había revisado, no después de la muerte de Han. Pero recuerdo que estaban completos. Él los revisó una mañana antes de morir, con calma, asegurándose de que todo estaba en su lugar. Se me hizo una coincidencia curiosa…
Harper asintió.
―¿Te importa que Kane les tome una fotografía? ―preguntó―. Para no dejarte sin ellos. Porque la verdad tampoco tengo ni idea de chino, pero podría conocer a alguien que sí…
Kumiko asintió.
―Claro, no importa.
―Kane ―pidió Harper, dejándole espacio libre para que pudiera tomar fotografías.
Kane sacó la cámara y puso el rollo, con calma. Después apunto, pergamino a pergamino, tomándoles una o dos fotos a cada uno. Tenían algunos dibujos que Kane no entendía y muchos ideogramas chinos.
―Listo ―dijo en cuanto termino.
―Bueno, creo que es todo.
―¿Quieres que te mande una carta si averiguamos algo, Kumiko? ―preguntó Harper.
Ella asintió.
―Aunque supongo que Han no me lo dijo por algo pero… no importa. Si es algo importa, quiero saberlo.
Harper asintió.
―Perfecto. ―Extendió la mano para estrechársela a Kumiko y Kane lo imitó―. Estaré en contacto entonces.
―También, Fitzwilliam, si lo atrapan… al asesino… mándame una carta.
Harper asintió.
―Lo haré.
Salieron de la tienda en silencio, sin decir nada, pues por primera vez sentían que estaban yendo en alguna dirección aunque no tenían idea de en cual. Caminaron unas cuantas calles hasta que Harper se detuvo un momento frente a un café chino, señalándole.
―¿No quieres comer algo… cenar? ―le preguntó a Kane.
―Es demasiado temprano ―se quejó él.
―Es mejor que cualquiera de las cosas que hay en la casa ―le recordó Harper y Kane acabó asintiendo―. Vamos. ―Se acercó hasta las entrada, donde había una chica atendiendo―. ¿Mesa para dos?
―Claro ―asintió la chica―. Un momento. ―Se metió dentro del establecimiento y Kane metió las manos en sus bolsillos.
―¿Sabes? Parece que vamos por buen camino, pero llegué a pensar que no lo atraparíamos ―le dijo―, que nunca conseguiríamos una pista.
―No digas estupideces ―dijo Harper.
―¡Es la verdad! ―se defendió Kane―. Ahora mismo no sé a dónde vamos o si lograremos algo, pero creo que… bueno… vamos mejorando. ¿Crees que lo de Kumiko sirva para algo?
―No tengo idea ―contestó Harper muy sinceramente.
―Vamos por buen camino.
―Sí. ―Harper parecía relajado y, como cada que estaba de buen humor, le pasó un brazo a Kane por los hombros―. Vamos por buen camino.
La chica volvió a salir, con dos cartas en las manos y una sonrisa profesional pintada en la cara.
―¿Mesa para dos?
¡Lo logréeee! No saben lo que me costó este capítulo porque escribí a contra-reloj y luego tuve que corregir todo. Es ligeramente más corto que otros, pero marca el principio del final. Quedan sólo el 8, 9 y 10. Y sí, también serán a contrareloj.
Andrea Poulain
A 11 de febrero de 2016
(que ya se vaya el Papa, por favor).
