Disclaimer: Fullmetal Alchemist y sus personajes son propiedad de Hiromu Arakawa
Hola, gracias por entrar n.n
El capítulo de hoy costó bastante, lo edité varias veces y aún así no estoy muy satisfecha con el resultado. Cosas que suelen suceder cuando se trata de un long-fic. Espero que al menos les resulte entretenido.
Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D
VII
En casa
Debes guardar absoluto silencio de todos tus asuntos personales.
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Era una noche ideal de primavera, cálida y con una suave brisa acariciadora. Había temido que por el apuro de la salida se hubiese vestido inadecuadamente, pero el sencillo abrigo de lana fina, el primero que encontró en el armario, resultó ser suficiente para sentirse protegida. Tampoco hizo a tiempo a recogerse el cabello, pero ya no estaba de servicio y era lo último que importaba.
Se detuvo delante de las puertas de la taberna, por entre cuyos intersticios se colaban las luces y estertores del interior. Riza vaciló. La calle aparecía tan tranquila en contraste con lo que le esperaba del otro lado, que por un momento tuvo el impulso de largarse y dar un paseo por su cuenta para disfrutar del clima y de los dos días de descanso que le tocaban. Sin embargo, al instante siguiente la sensatez se impuso sobre la debilidad, como siempre que requerían su ayuda.
Inspiró profundamente, se enfocó y avanzó. Traspuso las puertas y pronto sus sentidos colisionaron con el olor a tabaco, las risas destempladas, la música, el tintineo de copas y botellas y el barullo típico de los borrachines que preferían terminar la jornada en la última cantina de la ciudad. Como si con eso pudiesen acabar con la monotonía, como si con el alcohol bastase para ahogar los sinsabores de la vida cotidiana.
Pasó entre las mesas y la concurrencia lo mejor que pudo, buscando con los ojos. Algunos parroquianos, al pasar, trataban de sujetarla del brazo o de acapararla en medio de los efluvios de la borrachera, creyendo que se trataba de una de las chicas que se ofrecían como compañía en el lugar, pero Riza los eludía o se soltaba sin mayores esfuerzos y sin darles importancia. Sólo uno se atrevió a insistir interponiéndose en su camino y dirigiéndose hacia ella de forma petulante.
-¿Vas a algún sitio, preciosa? ¿Por qué no te quedas conmigo un rato? Será divertido –insinuó el sujeto, algo inestable sobre sus pies.
-No, gracias –dijo ella, ignorándolo.
-Oh, vamos. La noche recién empieza y tú eres tan bella…
-Llevo prisa.
-Tienes un bonito cabello.
-¡Disculpe! –reclamó Riza, eludiendo sus intentos por retenerla.
-Eres demasiado arrogante –farfulló el tipo-. Si digo que te quedes, ¡entonces te quedas!
La joven, ofuscada, le propinó el correctivo apropiado. El sujeto cayó en su silla y, de paso, lo suficientemente noqueado para ponerse a dormir. Era tan fácil ubicarlos cuando se hallaban en ese estado... Luego, satisfecha, se dispuso a seguir buscando.
-Eso te pasa por meterte con quien no debes, Hans –balbuceó una voz cercana.
Riza se detuvo en seco. La reconoció. Miró con más atención a los clientes sentados alrededor de la mesa donde había tumbado al borracho y por fin descubrió entre ellos el uniforme azul que correspondía a quien buscaba, apenas visible por el particular juego de luces del local. Hizo un mohín de disgusto, pero se acercó hasta él sin dudar.
El general Roy Mustang yacía seminconsciente, el rostro oculto sobre la mesa como si se hubiese quedado dormido. Alrededor del brazo donde apoyaba la frente, media docena de vasos caídos, algunos con restos de bebida, le conferían al panorama una carga de patetismo al que Riza, con los años, se había acostumbrado, pero que de todos modos le molestaba. Sólo una copa permanecía en su posición junto a la única botella a medio llenar del conjunto que se acumulaba en el centro de la mesa.
¿Para esto la había llamado Havoc? ¿Por qué siempre tenía que salir al rescate? ¿Qué les hacía pensar que Roy la obedecería cuando fue precisamente ella quien le hizo prometer que dejaría de frecuentar esos tugurios? Ahí estaba la prueba del grado de influencia que ejercía sobre él.
-Señor, es casi medianoche –comenzó a decir, acercándose a su oído para asegurarse de que la escuche-. Si ya terminó de chapotear en sus desconsuelos existenciales, le rogaría que me permitiese escoltarlo de regreso a su casa.
El borbotón de frases ininteligibles que emanó de la boca de aquel despojo de militar concientizó a Riza de la situación. Resignada, procedió a tomarlo del hombro para empujarlo hacia atrás, de modo que quedase correctamente sentado. Lo logró al primer intento, aunque aún seguía con los ojos cerrados a causa del sopor.
Con algunos discretos golpes en la cara trató de traerlo a la realidad, y para ser justos habrá que señalar que Roy hizo un esfuerzo sublime por recuperar la compostura en medio de los vapores de la ebriedad. Sin embargo, durante un largo rato hubo que seguir luchando. Las risas y el barullo que los rodeaban por momentos hacían las cosas más difíciles y, en otros, parecían despejar la atención del convaleciente. Hasta que por fin consiguió abrir los ojos y se fijó en ella.
-¡Hawkeye! –gimió lastimeramente, reconociéndola-. ¿Por fin te unirás a la fiesta? ¿Te tomarás un trago conmigo? Tengo algunos amigos para presentarte –profirió con una sonrisa sacudiendo el hombro del tal Hans, que seguía durmiendo a su lado.
-Tal vez en otro momento, señor –repuso ella, algo aliviada al verlo risueño, aunque bastante disperso. Se consoló pensando que lidiar con una de sus borracheras tristes hubiera sido peor-. No es bueno para su imagen que permanezca tanto tiempo en público y en este estado, déjeme ayudarlo a regresar a casa.
-¿Y Havoc? ¿Dónde diablos está mi amigo Havoc? –preguntó él, buscándolo con ceñuda mirada.
-Se ha ido, me llamó para que viniera por usted –contestó ella. Quería salir de allí lo más rápido posible, pero con tantas explicaciones no lo lograría jamás. Además, el tipo estaba como una cuba, por lo que le costaría convencerlo siquiera de ponerse de pie. Maldito Havoc y su incapacidad para manejarlo-. Es tarde, señor. Vaya a dormir ahora y mañana podrá retomar la bebida donde la dejó.
Roy la miró como si reparase en ella por primera vez.
-¡Hawkeye! –celebró, abrazándose a la joven con torpeza. Como Riza permanecía inclinada a su lado, del ímpetu casi termina en el suelo-. ¡Qué bueno que hayas venido! Llevas el pelo suelto y huele tan bien... He estado brindando por ti, por Breda, por Fuery, por Acero, por aquella vieja armadura que nadie sabe adónde diablos fue a parar… incluso por Fallman, aunque haya preferido quedarse en aquella desagradable fortaleza de hielo –farfulló, mientras Riza luchaba por no caer debido al zarandeo-. Pero más que nada por ti… por mi querida subordinada...
Riza lo palmeó en el hombro con condescendencia, tratando de no morir asfixiada.
-Muy amable de su parte –ironizó, y luego, con un último esfuerzo, pudo deshacerse del apretón. A continuación lo sujetó de los brazos y buscó sus ojos para que entendiera sus palabras-. Mejor nos vamos ya, está demasiado bebido. ¿Ha traído algún abrigo con usted?
-Lo que ves es lo que hay –respondió él con una sonrisa. Y luego, esta vez peligrosamente cerca de la escala de la tristeza, repitió en un murmullo-. Lo que ves es lo que hay…
La mujer meneó la cabeza con resignación. ¿Cuál sería su excusa para haber reincidido en esa conducta? Hacía meses que no se emborrachaba. ¿No había ningún otro modo de enfrentar los problemas, la insatisfacción, o lo que sea que estuviera aquejándolo? ¿Qué diablos tenía el alcohol para resultar tan atractivo? ¿Debería haber hecho lo mismo cuando Stefan la dejó?
Podía jactarse de conocer al tipo como a la palma de su mano, pero en ese momento no logró dilucidar cuál podría ser el motivo para llegar hasta ese extremo. Estaba a punto de llegar a la cima tal y como se lo propusieron años atrás, pero de pronto fue como si hubiesen retrocedido veinte casillas en el tablero. ¿Qué demonios le ocurriría ahora?
¿Pero acaso tenía ella la autoridad moral para juzgarlo? Desde la noche del cóctel apenas si habían hecho algo más que dedicarse a su agenda y a sus compromisos diplomáticos, rehuyéndose en cuanto podían o hablando lo justo y necesario. Al principio había creído que se trataba de la rutina, de un período de malhumor, incluso lo justificó pensando que ahora estaba saliendo con la tal Mimí. Sin embargo, analizándolo con detenimiento, Riza comprendió entonces que en realidad se habían distanciado.
Aquella vez, en su oficina, habían rozado un espinoso tema, demasiado delicado para permitirse hablarlo y resolverlo. Así las cosas, simplemente se limitaron a dejar que el tiempo fluyera con sus apuros cotidianos, esperando que las cosas se acomodasen solas. Sin embargo, no fue eso lo que ocurrió. Al contrario, fue como si una barrera se hubiese interpuesto.
Por lo visto no sólo era ella la del problema, sino que ambos estaban atravesando por una etapa confusa y extraña. Y quién sabe desde cuándo estarían arrastrando esas inquietudes por debajo, tácitamente, tal y como convenía a sus respectivos caracteres. Pues en algo sí que coincidían: así como bastaban pocas palabras para entenderse, también bastaban pocas palabras para retraerse y alejar al otro.
Apenas si habían dicho algunas frases ambiguas, apenas si habían rozado el tema… ¿Qué habría pasado si hubiesen declarado abiertamente la verdadera naturaleza de sus sentimientos?
-Vámonos, este lugar no le hace bien –dijo ella, ayudándolo a ponerse de pie.
Esta vez Roy se dejó conducir sin resistirse ni protestar.
-No sé dónde dejé mi gorra –murmuró con preocupación, vacilante sobre sus pies.
-Aquí la tengo –repuso Riza, mostrándosela. Luego acomodó uno de sus brazos por encima de sus hombros y le rodeó la cintura con el otro para poder llevarlo hasta la puerta-. Sosténgase de mí, señor. Estaremos bien.
-¿Sabes, capitán? Mimí me dejó.
Riza hizo una mueca. No le extrañaba ni pizca, siempre sucedía así con esas chicas.
-Lo lamento –dijo por decir, mientras se dirigían hacia la salida con paso lento y trabajoso.
-Ni siquiera supo decirme por qué.
-Ya encontrará a alguien tan… bonita como ella de nuevo, señor.
-¡Le compré flores! –comentó él con obviedad, gesticulando de tal modo con los brazos que casi pierden el equilibrio-. ¡Le compré vestidos nuevos y el maldito sofá que tanto quería para su casa! ¡Incluso le compré una sortija!
-Señor…
-¿Quién entiende a las mujeres?
-Señor…
-¿Por qué resulta tan difícil complacerlas? ¿Qué debería hacer uno para mantenerlas contentas?
Riza prefirió dejarlo desahogarse. Se había creído a salvo de la borrachera melancólica, pero al parecer se había equivocado. Tan sólo era cuestión de tiempo.
Logró abrirse paso entre la alborotada concurrencia acarreando al general lo mejor que le fue posible. Una vez que traspuso las puertas, la brisa fresca y el silencio de la noche la revitalizaron, liberándola del aire viciado de aquel encierro. Seguía sosteniendo a Roy por la cintura y lo sintió más pesado sobre sus hombros.
-¿Señor?
Durante unos instantes Roy permaneció callado mirando hacia la nada. Riza se inquietó. Al poco rato, no obstante, el sujeto pareció volver en sí.
-Hay algo que no está bien –anunció.
-¿Qué cosa?
Roy volvió a guardar silencio como si algo lo paralizase. Riza lo miró con preocupación. Después, una contracción de su cara y un súbito empujón para apartarla delataron la clase de tormenta que se abatía en su interior. En otras palabras, se dobló sobre el vientre y expelió en la acera sus intentos de ahogar las penas y los últimos restos de su dignidad. La joven, superada, se limitó a palmearle la espalda mirando hacia el cielo con resignación.
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Hicieron el camino de regreso a pie, pues la casa de Roy no distaba mucho del lugar. Además, el aire de la noche le haría bien para recomponerse un poco, aunque la embriaguez persistiera. Por momentos ayudándolo y por momentos dejándolo andar por sus propios medios, Riza caminó a su lado sin quitarle el ojo de encima, aunque hubiera preferido prescindir de los oídos.
A cada paso que daba Roy se salía con sandeces, divagaciones y parrafadas sin sentido sobre las obligaciones de los soldados y los compromisos de los alquimistas. Citando tergiversados pasajes del código militar, improvisadas leyes alquímicas y retorcidos estatutos de existencia dudosa, proclamó a voz en cuello y a veces también con rimas inapropiadas los solemnes deberes que conferían virtud a aquellos respetables oficios.
Por fortuna las calles aparecían vacías a esa hora, pero Riza no podía asegurar lo mismo de las casas que iban pasando y adonde de seguro llegarían sus pueriles descargos. Intentó persuadirlo de guardar silencio, pero fue en vano. Roy había retrocedido veinte años y parecía un adolescente anestesiado de su entorno y pregonero de sus desdichas.
Algunas calles antes de llegar, por fin guardó silencio y adquirió conciencia de la situación. Con la cabeza a punto de estallar, Roy se detuvo y se sentó en la acera para descansar un rato, pues sentía mareos y aguijonazos. Riza permaneció de pie, dándole tiempo para reponerse. Se veía más pálido que la luna.
-¿Cómo se siente? –preguntó preocupada.
Roy suspiró.
-He estado mejor –contestó con voz débil-. La cabeza me da vueltas.
-Necesita dormir.
-Necesito un organismo nuevo –corrigió él.
Riza sonrió. Al menos recuperó los sentidos.
-Sería lo mismo –comentó con malicia.
El general apenas gesticuló. Luego, más repuesto, se puso de pie con esfuerzo y la miró durante unos instantes.
-Hacía tiempo que no te veía.
Riza le sostuvo la mirada. Comprendía bien a qué se refería. Pocas palabras para distanciarse, pocas palabras para entenderse.
-Siempre estoy a su lado, señor.
Por alguna razón, en lugar de confortarlo tal sinceridad le hizo sentir avergonzado. Tal vez tuviera que ver con el espectáculo que acababa de ofrecer esa noche, o tal vez con el que venía ofreciendo desde hacía años. Habiendo recuperado cierto nivel de sensatez, comprendía el grado de patetismo que había adquirido la aventura y hubiera querido ahorrárselo.
Asintió con agradecimiento y se dejó conducir otra vez a lo largo del último tramo del camino. ¿Qué otra cosa podía hacer? Se sentía cansado, agobiado, pero el paseo le ayudó bastante a despejar las brumas de la borrachera tanto como para ubicarse en el tiempo, el espacio y la compañía, aunque todavía vacilase sobre sus pies y ciertas ideas se le entremezclaran.
Quiso recordar cómo había comenzado todo, pero quizá fuese un dato perdido para siempre. De todas formas no importaba. Venía cuesta abajo desde lo sucedido durante el cóctel y todo lo que hizo a lo largo de las dos semanas posteriores sólo pudo evocarlo a través de una niebla espesa, como si hubiese sido un sueño.
Muchas veces habían transitado por desacuerdos, pero en muy raras ocasiones éstos eran tan profundos como para distanciarlos. Sin embargo, lo que habían conversado aquella vez lo había afectado en lo más hondo y había afectado también su relación con Riza. Todo lo que sobrevino a partir de entonces carecía de relevancia.
Tendría que haberle dejado al tiempo la labor de reacomodar las cosas, pero no pudo con su genio y tuvo que salir a beber como un condenado para tratar de apaciguar la incertidumbre. Ahora ella, como siempre, terminaba haciéndose cargo cuando en verdad hubiera querido volver a acercarse en circunstancias más amables. O él era un inepto o el destino tenía sus propios planes.
Poco después llegaron al edificio de apartamentos, entraron y subieron por las escaleras hasta el piso donde residía. En el trayecto, Roy siguió lamentando la situación y, sin embargo, agradecía infinitamente que fuese ella la que estuviese allí con él. ¿Quién más lo haría?
Una vez frente a la puerta, comenzó a palparse el uniforme en busca de la llave. Como no logró localizarla, comenzó a murmurar una serie de insensateces que alertaron a Riza de una nueva recaída. Se acercó y lo ayudó a buscar.
Lo había hecho ya tantas veces que ni siquiera se ruborizó. Él, por su parte, se dejó revisar como si fuese un niño. Lógicamente, ella encontró la llave y abrió la puerta.
El apartamento estaba a oscuras, así que Riza fue por una lámpara. Roy se reclinó contra la puerta cerrada y se tomó la cabeza con las manos, no muy seguro de lo que debería hacer a continuación. Malditas escenas post-borracheras.
Después de encender la lámpara, y al verlo de nuevo en ese estado, Riza se dirigió hasta la cocina para traerle un vaso con agua. Él lo bebió de un trago.
-¿Quiere más? –Roy negó con la cabeza-. No encontré ningún medicamento y tampoco le haría bien ingerir nada en este estado. Mejor váyase a dormir.
A Roy sus palabras le llegaron desde lejos. Aun en medio de la confusión y los rescoldos de la embriaguez, entendió que si la obedecía después ella se marcharía, y no quería que eso sucediera.
-No quiero que te vayas –murmuró.
-Puedo quedarme hasta que se duerma –repuso ella con gentileza, apiadándose del sujeto pese a todo. Y pese a todo también, tolerando los frenéticos latidos que esas palabras suscitaron.
-¿Y luego?
Riza se quedó algo cortada con esa salida.
-Le aseguro que no me iré hasta que verifique que se encuentre bien, señor.
Entonces Roy le dirigió una mirada airada, como si se hubiese enojado.
-¿Crees que me resulta fácil? –le espetó-. ¿Crees que lo estoy pasando bien de esta manera?
La joven lo miró sin comprender. ¿Qué rayos le ocurría ahora?
-Señor, ha bebido demasiado y me parece que lo mejor…
-¿Sabes por qué he estado bebiendo? ¿Alguna vez te has tomado la molestia de pensar por qué me comporto de esta manera?
-Señor, por favor…
Roy dio un paso hacia ella. Riza trató de descubrir qué diablos le sucedía, aunque en ese estado de cosas le resultaba muy difícil discernir. ¿Hablaba con conciencia o se trataba simplemente de un nuevo desahogo producido por la embriaguez?
-No eres tú la única que siente la carencia de algo –dijo él entonces, mirándola con resolución-. Te he dicho que hago lo que puedo, pero ya no alcanza… ¡Ya no alcanza!
Riza contuvo la respiración. Se refería a lo conversado en su despacho la última vez. Lidiando con la perplejidad, rebuscó en su cerebro para dar con un subterfugio, un rodeo, con lo que sea que le permitiese evitar ese potencial desborde emocional. ¿Qué demonios estaba sucediendo? ¿Por qué de repente tenían tanta necesidad de tratar esos asuntos?
-General, no es conveniente que…
-¿Qué cosa? –la desafió él, dando otro paso. En parte sabía lo que decía y en parte se dejaba llevar por la desinhibición generada por el alcohol. Un rincón de su cerebro le advirtió sobre las posibles consecuencias, pero la voz quedó opacada por la urgencia y la desesperación. Quería sacárselo de adentro, arrojarlo fuera de sí, aunque sea por esa única vez. Y que el mundo se pudriese en el infierno-. Dime, Hawkeye, ¿qué cosa no es conveniente? ¿Que pongamos las cartas sobre la mesa? ¿Que hablemos de nuestros sentimientos? ¿Que dejemos de pisotear lo que nos pasa por dentro?
Esta vez Riza se quedó mirándolo boquiabierta, anonadada por esa súbita manifestación. Antes de que pudiese siquiera pensar en algo más que en su propio asombro, Roy la abrazó y la estrechó contra sí. Era lo más insólito que le hubiese acontecido jamás.
-Hago lo que puedo, Hawkeye –repitió él en un susurro, casi como si lo lamentase-. ¿Qué más debería hacer? ¿Cómo debería obrar? Haré lo que tú me digas.
A pesar de la demanda de aquel abrazo, la joven permaneció pasmada y estática con las manos a los costados, sin fuerzas para reaccionar. Pugnó por juzgar racionalmente lo que sucedía y pronto acudió a su mente, una vez más, la idea salvadora de que estaba borracho. Sí, tenía que ser eso. Se removió cuanto pudo para apartarse de él.
-Señor, sería mejor que…
-Ojalá fuera el único que tuviera que cargar con esto –dijo Roy, reteniéndola con fuerza-, ojalá esta carga fuese sólo mía.
Entonces ya no pudo seguir engañándose. Estaba siendo sincero, demoledoramente sincero. A Riza no le quedó más remedio que darse por vencida. Se sintió desarmada, vulnerable. ¿De verdad hablarían de ello? ¿En verdad lo harían?
-Basta.
-¿Cómo debería ser? –insistió él.
-Dije que basta.
-Lo he pensado tantas veces, lo he imaginado de tantas maneras distintas…
Antes de que la joven pudiese protestar o preguntar a qué se refería, él la apartó un poco y se inclinó para besarla. Riza abrió los ojos con espanto, incapaz de atinar a nada. Sólo fue una leve presión sobre sus labios, pero la desbarató por completo. A los pocos segundos él se desprendió.
-¿Tendría que ser así de breve? –indagó. Luego se inclinó y volvió a besarla con fuerza. Esta vez, Riza chilló apagadamente debido a la brusquedad-. ¿Tendría que ser impositivo? –Antes de que tuviese tiempo de decir o hacer algo, él la echó hacia atrás y volvió a besarla con voluptuosidad-. ¿Tendría que ser apasionado? –Riza, aturdida, tampoco entonces fue capaz de detenerlo, y él volvió a besarla largamente, sujetándola entre sus brazos-. ¿Debería ser un beso de película? ¿Uno accidental? ¿Uno sorpresivo?
Había sido demasiado. La joven se forzó a tomar las riendas de la realidad y lo apartó de un empujón, encarándolo con indignación.
-¿Qué cree que está haciendo?
La pregunta resonó como un trueno dentro de su cabeza. Agitado, asombrado, tembloroso, Roy comprendió que había cruzado la línea, la maldita e inefable línea, y que ya no habría forma de volver atrás. Maldita sea, ¡esta vez la había hecho en grande! ¡Cuán idiota podía comportarse!
En un último rapto de lucidez, estimó que debería haberse guardado sus estúpidos asuntos personales para otra ocasión, o para nunca, o para cuando ambos tuviesen la oportunidad de volver a nacer y conocerse de la forma que hubiesen querido.
-¿De improviso, quizá? –insistió. Se pasó una mano por la frente, agotado y algo desorientado-. Cierto, ese ya no será necesario.
¿O había sido lo mejor? ¿De qué les valdría seguir negando lo evidente cuando habían llegado a un punto donde eso que se empeñaban en reprimir había comenzado a aguijonear? ¿Hasta cuándo podrían mantener a raya todos esos sentimientos sin desear algo más?
Preservar sus asuntos personales de los extraños era una cosa –aunque, Dios los libre, más de media humanidad intuía lo que sucedía entre ellos-, pero hacerlo respecto de sí mismos era otro cantar. Los estaba carcomiendo, los estaba anulando. Podían restaurar un pueblo entero, ¿pero cómo harían para restaurar sus propias almas?
Riza, desencajada, le reclamó algo que no alcanzó a escuchar con un enfado que ya no quiso esforzarse en comprender. El dolor de cabeza recrudeció y el cansancio terminó por minar sus sentidos.
Cuando la joven advirtió que los ojos se le cerraban y que vacilaba, se apresuró a acercarse con el tiempo justo para sostenerlo mientras caía dormido, y ambos terminaron en el piso. Superada por ese nuevo giro de los acontecimientos, tuvo que hacer a un lado su irritación para acomodarlo mejor sobre su falda.
Primero se emborrachaba, después se quedaba dormido. ¡Bonita forma de afrontar la situación! ¿Y a qué diablos se refería con eso de que un beso improvisado ya no fuese preciso? Estremecida con la sola idea, Riza prefirió no pensar.
De nuevo deseó hallarse tan bebida como él. Qué fácil era quedarse dormido después de haber suscitado semejante confusión, después de haber expuesto lo que durante tanto tiempo se esmeraron en silenciar. ¿De qué modo podría mirarlo a la cara de allí en más? ¿Por qué tuvo que dejarse ganar por sus impulsos? Ya no eran unos jovencitos, tenían edad suficiente para medir las consecuencias. Ahora todo se había vuelto un desastre, ¡un verdadero desastre!
Riza bufó, desolada. Por un momento lo observó dormir y le pareció un hombre frágil, tan frágil como cualquiera. Era un general del ejército al mando de legiones de poderosos soldados y una noche ya no pudo luchar contra un simple y olvidable sentimiento. Vaya forma de completar el arduo recorrido trazado hasta la cima.
-¡Por qué tuvo que besarme! -protestó con impotencia.
¿Y ella? ¿Acaso había olvidado alguna vez que lo amaba mientras estuvo a su lado? Lo había callado, lo había reducido, incluso lo había disfrazado de miles de cosas a lo largo de los años, pero nunca, ni por un segundo, fue capaz de olvidar. Roy, simplemente, se había atrevido a dar el paso que ella jamás se hubiera permitido.
Mentalmente agotada incluso siguió meditándolo, lamentándolo y buscando a la vez una nueva alternativa para convivir de la forma más armoniosa posible. Pero era inútil, ¡era completamente inútil! ¿Por qué había tenido que besarla? ¿Por qué las cosas tenían que acabar así? No resultaría nada sencillo desentenderse de semejante aprieto.
De pronto, por el rabillo del ojo percibió una forma que le resultó singular. Había reparado antes en aquella silueta, pero debido a todo lo acontecido lo dejó pasar sin atender al detalle con detenimiento. Sólo entonces giró su rostro y se fijó en el objeto que reposaba en una repisa de la sala. Riza se llenó de perplejidad.
Roy se removió un poco sobre su falda, pero siguió durmiendo como si nada. Ella, en cambio, se sumió en el estupor. Por qué razón había adquirido el general Mustang ese condenado reloj de arena era apenas el primero de los nuevos interrogantes que comenzaron a materializarse en su interior.
