Lo siento MUCHISIMO, pero es que ha habido problemas con la web y no dejaba subir nada :S Ni siquiera entrar al login, así que perdón.

De ahora en adelante, quito las canciones y las pongo entre corchetes, porque sé que en realidad aburre un rato... Y bueno, aquí el capi ^^


Pesadilla

Entraron juntos al emporio. Aún no sabía qué pasaría. ¿Se lo diría el Juez? ¿Lo dejaría caer? Pero por el momento había cosas más importantes por las que preocuparse, como el Alguacil.

Su padre siempre le había dicho (y ordenado) al Alguacil que a su hija no la tocase, ni la mirase si quiera. Y eso era algo de lo que la Sra. Lovett siempre se había aprovechado. Insinuándose en el momento justo, dejando ver un poco más de escote en otro, y el Alguacil la dejaba hacer lo que quisiese. Era un trato silencioso en el que ambos salían beneficiados.

Le hizo sentar, empujándolo suavemente por los hombros con un trato algo más que amable y fue a por un par de vasos.

-Y dime, chico ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿Qué eres de la Sra. Lovett? –dijo el Alguacil, algo inconforme con su presencia. El niño estaba algo borracho, también.

-Soy su –hipó- novio… -el Alguacil, obviamente, se impresionó bastante.

-No le haga caso –rió nerviosa la Sra. Lovett, volviendo de la sala-. Es solo el pupilo de un barbero que acaba de irse y se ha olvidado de él. Pero pronto lo llevaré a su casa.

-¿Cuántos años tienes, chico?

-14, casi 15, señor –la Sra. Lovett se atragantó y empezó a toser-. ¿Está bien, señora? –preguntaron ambos preocupados.

-Sí… sí –dijo. ¡Y ella intentado seducirlo pensando que tenía lo menos 16! Se sentó enfrente del Alguacil, colocó un vaso delante de él y alzó una ceja divertida-. ¿Qué tal un juego de beber?

-No lo sé, Eleanor… -dijo nervioso, notando como algo subía lentamente por su pierna-. Estoy de servicio…

-Oh, venga –dijo con voz melosa. El niño estaba demasiado borracho como para traumarse, como hubiese hecho en caso de haber estado lúcido. Echó un poco de ginebra en ambos vasos mientras subía un poco más el pie contra su pierna-. Solo un par de tragos…

-Ya sabes que tu padre…

-Mi padre está ocupado –le quitó importancia, reclinándose en el respaldo y quitando el pie. El hombre pareció aliviarse, pero estaba empezando a sudar en frío-. Toby –le dijo-. ¿Por qué no vas a la sala y te coger una botella nueva? Los adultos tenemos que… -se relamió el labio superior mirando al Alguacil para que la viese-… hablar.

-Sí, señora… -dijo con tono cansado, y se fue.

Cuando desapareció, la Sra. Lovett miró profundamente en los ojos del hombre que tenía delante. ¿Cuántas veces había hecho eso? Ya ni se acordaba. Solo sabía que le daba mucha pena. Aquél hombre, malo o no, tonto o no, era demasiado ignorante para saber lo que hacía. Solo era una rata disfrazado de un perrito faldero con cuerpo de humano. Él no era nadie, para nadie. Y ella sabía aprovecharse de eso. De hecho, él era el único aparte del Sr. Todd en quien ella confiaría su vida.

Se apoyó en la mesa, dejando ver sus atributos. Obviamente, a él se le desvió la mirada.

-Vamos a jugar a una cosa. Cada uno hace una pregunta, y el otro puede o contestarla o hacer un trato, un juramento y bebiendo un trago –él aceptó-. Empiezo… -pensó. No se le ocurría nada-. ¿Qué hace mi padre últimamente?

-Él… está… -no dijo nada más y bebió un trago.

-Tendrás que prometerme que no le dirás quién es el barbero –le dijo ella. Sabía que nunca hubiese dicho nada de su padre, y el juego era perfecto. En ese momento, acabó el juego para él.

Se levantó, cogió la botella y fue a andar hacia la sala, cuando vio al marinero subir corriendo. Había sido demasiado fácil. El Alguacil la miraba confuso. Ella cogió el vaso y se lo bebió de un trago, igual que hizo después con el suyo propio. Entonces bajó su padre de muy mal humor, medio afeitado. Entró en el lugar y miró a la pareja.

-Vámonos –ordenó, y luego miró a su hija y la señaló amenazante-. Y tú y yo ya hablaremos.

-Cuando usted desee, su excelencia –dijo ella un poco burlona, luego se fueron.

Unos fuertes gritos se escucharon arriba, el marinero escapó y ella decidió subir. Estaba preocupada. Ya se había enterado, ¡seguro! ¿Y entonces para qué subir? ¡Lo más sano era hacer las maletas y largase echando chispas! Pero a nadie se le ha pasado por alto lo curiosa que la Sra. Lovett es, y como siempre, fue a lo que parecía una muerte segura. O puede que tal vez solo fuese que el juez había descubierto el muerto… No, ¡eso era peor!

[Epiphany y A Little Priest]

-Bien, Sra. Lovett –dijo contento con el plan-. Como anteriormente hemos dicho, iremos a medias. Yo me ocuparé de "proporcionar" y cortar la carne, y usted la cocinara y venderá, recomendando afeitados, ya sabe usted.

-Claro, querido –dijo, feliz con la idea, se dejó caer sobre la silla, obviamente cansada por el baile y canción que acababan de improvisar, y bebió un trago del vaso de él-. Uf… ¡Madre mía! –exclamó de repente-. ¡Mire qué hora es! ¡Qué rápido se nos ha ido la tarde! ¡Y usted sin comer!

-Oh, no se preocupe por mí, Sra. Lovett, no tengo apetito. No ahora.

-Bueno, todavía está ahí su comida, se la pondré para cenar –se encogió de hombros.

-¿Y qué haremos con el niño?

-Oh… bueno, tiene una madre.

Se levantó y se acercó a la sala, se agachó a su lado. Estaba tan guapo durmiendo, ¡parecía un ángel! Le daba pena despertarlo.

-Toby, cariño –dijo, zarandeándolo un poco-. Venga, despierta, tienes que volver a casa.

-Mi cabeza… -se quejó, despertándose. Cuanto le recordaba a ella-. ¿Ha venido Pirelli?

-Eh… -puso cara nerviosa-. No, no, hijo. Pero tu madre estará esperando, es lo que Pirelli quería que hicieses… Vete a casa y descansa. Si no va tu amo puedes… venir aquí a ayudarme –dijo al tiempo que se daba la vuelta a mirar al Sr. Todd, que estaba en la puerta con una mirada seria. Él asintió, dando su aprobación.

-Gracias, señora –dijo él, cuando le tendió su chaqueta-. Sr. Todd –y se fue de allí corriendo.

-Qué pena me da ese chico –dijo la Sra. Lovett una vez desapareció por la esquina-. Debe de estar pasándolo muy mal…

-Seguramente –dijo el Sr. Todd, un poco triste. Aquél muchacho, a pesar de que era un estorbo, le recordaba vagamente a la imagen que tenía de Johanna a sus años.

Llegó la noche, y les encontró sentados en la trastienda tomando ginebra mientras peinaban cada detalle del plan. Y entonces, una luz luminosa inundó la habitación, y un sonido estridente llenó sus oídos, seguidos del tip-tip de la lluvia contra la ventana. Tormenta.

-Sra. Lovett, ¿está usted bien? –preguntó el Sr. Todd cuando se quedó con la mirada perdida en la ventana y una expresión de horror.

-Sí, es solo… que no me gustan las tormentas –dijo, intentando ocultar su nerviosismo. El Sr. Todd ignoró ese detalle.

-Ya es muy tarde, deberíamos ir a la cama. Mañana será otro día y hay que ponerlo todo a punto. En cuanto su tienda se haga famosa el Juez vendrá seguro, momento que aprovecharé yo para…

-Sí, sí, Sr. Todd. No estoy sorda –dijo-, como otros… -murmuró.

-La he oído –dijo él.

-¡Milagro! -bromeó divertida ella.

-Buenas noches, Sra. Lovett –le dijo él, sin ganas de continuar la conversación absurda y subió a su habitación.

Sin embargo, ella no subió en seguida. Se levantó y dejó el vaso en la mesa. La verdad es que tenía miedo. Cada noche de tormenta ocurrían cosas horribles. Cosas que no se atrevía a pensar.

"Y la siguiente serás tú"

Reprimió un escalofrío y subió a acostarse, sería mejor no pensar en eso. Ahora ya no estaba sola. Ahora había alguien en su vida que no permitiría de ninguna manera que nadie la hiciese daño. Pues, para eso están los amigos.

"Y no importa que me ruegues, o que intentes escapar. Porque te encontraré, y la siguiente, serás tú, al tercero, serás mía"

Se levantó sobresaltada por el ruido de un trueno y cayó al suelo por el lado contrario a la ventana, así que estaba en penumbras. Se hizo un ovillo cuando otro rayo iluminó la habitación, mientras empezaba a chuparse el dedo gordo de la mano derecha compulsivamente. Cerró los ojos con fuerza, más de la que ya utilizaba para cerrarlos, y gateó hasta la puerta.

-Va a venir –decía-. Él vendrá, él vendrá… y me hará daño… -dijo bajito.

Abrió la puerta y pasó con rapidez, cerrando la puerta de golpe al tiempo de un trueno. Se sentó en el suelo. El pasillo estaba oscuro, la madera crujía al tiempo del aire, las ventanas daban golpes y la lluvia caía sin cesar. Al tiempo de un trueno, un grito retumbo en su cabeza. Nunca podría olvidar los gritos de su hermana.

Se arrastró, manchando su camisón blanco con la suciedad del suelo. Como buenamente pudo, llegó a la habitación de aquél quien estaba segura la protegería hasta que su progenitor llegase a su habitación, y la hiciese la siguiente.

Se levantó, cerrando la puerta con el pie, pero se pisó el camisón ya cayó al suelo, pero el ocupante de la habitación no se despertó.

Cuando era pequeña, solía hacer aquello también, el Alguacil era el único que sabía mantenerla protegida y a salvo del miedo.

Gateó hasta su cama, escondiéndose de los truenos, con los cuales un grito más inundaba su mente.

Se levantó y se metió en la cama del Sr. Todd, aunque sin saber que era él.

Él se despertó alarmado, no era normal sentir un peso que no era el tuyo en la cama, y sobre todo cuando eres un prófugo.

-¿¡Sra. Lovett!?¿¡QUÉ DEMONIOS HACE AQUÍ? –gritó sobresaltado.

-Él vendrá… soy la siguiente… él vendrá a por mí… cuando el tercero caiga…-susurró, demente total.

Se aovilló, muerta de miedo. Él se dio cuenta de que tenía los ojos completamente cerrados, y que no los había abierto una sola vez. ¿Estaba sonámbula? ¿Cómo era posible? Los sonámbulos generalmente lo son por el gran estrés que tienen, pero ella apenas tenía clientes. ¿Qué sería tan grave para mantener a la Sra. Lovett en aquél estado inconsciente? Porque era obvio que los días anteriores no había estado así. Tal vez… tal vez solo fuese en los días de tormenta…

-¿Quién vendrá? –preguntó suavemente, incorporándose en la cama.

-Él… él quiere hacerme daño… quiere hacerme cosas feas… -entonces notó que no estaba sola en su inconsciencia, y le agarró con mucha fuerza por la camisa-. ¡NO DEJE QUE VENGA! ¡NO DEJE QUE ME LO HAGA A MÍ TAMBIÉN!

Él se asustó, debía de ser o haber sido traumática aquella experiencia para la Sra. Lovett. Pero era demasiado tarde, y sus ojos y cabeza no conseguían sincronizarse para atar cabos y sumar dos más dos, así que intentó tranquilizarla diciéndole que no pasaría nada y que nadie la haría daño, la apoyó sobre su pecho y ella quedó dormida al sonido de su corazón. Suspiró. ¿Cómo podía pretender que se enamorase de ella si a veces se notaba tanto que no era una adulta, sino una simple chica adolescente con sus preguntas y temores?

Decidió que podría permitirse el lujo de dormir con él… por una sola noche.