CUATRO ESTACIONES
Por Cris Snape
Disclaimer: El Potterverso es propiedad de JK Rowling
VERANO. PARTE 2
Cuando Bob regresó al camarote, Isla estaba tumbada en la cama. Aunque en apariencia dormía, Bob tuvo la sensación de que permanecía despierta, pero decidió no molestarla. Había pasado dos horas en cubierta, buscando una solución para el problema que su esposa acababa de plantearle. El joven estaba hecho un mar de dudas y no sabía cómo ayudar a Isla. Teóricamente conocía lo suficiente el cuerpo femenino como para saber qué clase de consecuencias podrían acarrear los abusos a los que la joven se vio sometida, pero en la práctica estaba asustado. Isla no parecía demasiado dañada físicamente y Bob se veía incapaz de sugerirle una exploración médica para asegurarse de que todo estaba bien. Llegado el caso podría hacerla, era un profesional y se comportaría como tal, pero no sabía cómo bregar con la parte psicológica del asunto. Era obvio que Isla estaba traumatizada después de lo que le había pasado y Bob no sabía cómo ayudarla a superar su miedo hacia los hombres. Él podría ser cuidadoso, ir despacio, procurar complacerla a ella más que a sí mismo y fracasar en el intento porque la mente humana era demasiado complicada incluso para médicos más experimentados que él.
Muchos hombres, su padre entre ellos, le dirían que no tenía por qué preocuparle el estado anímico de su esposa. Había conocido a unos cuantos tipos como Niven Beurk que consideraban que las mujeres estaban allí para su uso y disfrute, más aún si ya se habían unido mediante los votos del matrimonio. Aunque Bob no había tenido ocasión de ejercer como médico en solitario, sí que tenía experiencia tratando pacientes de sus años de estudiante y se había encontrado con numerosos casos de mujeres maltratadas y violadas por sus propios maridos. Nadie las protegía y a nadie parecía importarle lo que les ocurriera. Y ni siquiera importaba su condición social. Todas las mujeres estaban expuestas a la misma clase de violencia y en el caso de las damas ricas era aún peor porque no sólo tenían que aguantar los malos tratos, también tenían que fingir que no ocurrían para mantener las apariencias ante su círculo social. Cuando Bob las había atendido, se limitó a curarles las heridas y dejarlas marchar. Ahora tendría que ir más allá y ayudar de verdad a una de las víctimas. A su propia esposa.
Presa del torbellino de pensamientos que durante esas horas invadieron su mente, Bob se dio cuenta de un detalle al que apenas había dado importancia hasta entonces. Isla no era virgen. Quizá en cualquier otra circunstancia le hubiera molestado bastante descubrir que su mujer había sido deshonrada por otro hombre. Quizá la mayor parte de sus antiguos conocidos hubieran repudiado a Isla acusándola de ser una zorra. Tal vez él mismo hubiera llegado a pensar que desvirgar a una jovencita tan hermosa como Isla fuera un sueño hecho realidad, pero durante esa noche sólo podía sentir pena por su esposa. No la culpaba por lo sucedido, eso por supuesto. Lamentaba muchísimo lo que le habían hecho y temía que ella fuera a pensar lo contrario después de que abandonara tan bruscamente el camarote. Por eso Bob había decidido volver, para hablar con ella y explicarle que entendía cómo se sentía y prometerle que todo estaría bien, que tendría que estarlo porque los dos iban a ser felices. Quizá fuera una promesa difícil de cumplir, pero Bob no era un hombre que huyera de los retos. Estaba abandonando su hogar para viajar hasta Australia, nadie podría negarle nunca que era un tipo con una gran determinación.
Aún así, agradeció que Isla fingiera dormir. Quería mostrarle su apoyo, pero contar con unas cuantas horas más para asimilar todo aquello no le vendría mal. Se acostó al lado de su esposa y estuvo observando su espalda y su cabello durante un buen rato. Le parecía que Isla era aún más joven y frágil que ese mismo día por la mañana y no pudo ni quiso controlar el impulso de acariciarle el pelo. Ella no se movió y Bob se imaginaba sus ojos abiertos en la oscuridad, fijos en la pared y con expresión expectante. Quizá Isla esperaba que las caricias continuaran y él se atreviera a tocar algo más que su largo cabello negro, pero no fue así. Bob permaneció unos minutos sintiendo el suave tacto del pelo y finalmente decidió que era hora de intentar dormir. Había estado enfermo durante casi todo el día y se sentía agotado tanto física como emocionalmente. Cuando cerró los ojos no tardó demasiado en caer rendido.
Despertó poco después del amanecer. Aunque había logrado dormir durante unas horas, aún se sentía bastante cansado. Le dolía la cabeza y volvía a tener el estómago revuelto. Seguramente pasaría otro día terrible y, aunque podría haber intentado dormir un rato más, optó por sentarse en la cama para ver si lograba ordenar sus pensamientos. Isla seguía acostada a su lado, encogida sobre sí misma y todo lo alejada de él que el reducido espacio le permitía. Bob suspiró profundamente, preocupado por ella. Una vez más intentó encontrar la forma de ayudarla y en eso estuvo pensando hasta que Isla también se despertó.
La joven se había removido unas cuantas veces antes de darse media vuelta en la cama y mirar a su esposo con los ojos hinchados de sueño. Durante un maravilloso segundo todo fue bien. Niven Beurk nunca había existido y ellos eran una feliz pareja de recién casados que vivían inmersos en las mieles del matrimonio. Pero después ambos volvieron a la realidad e Isla pareció avergonzada y horrorizada. Bob recordó a la chica que conoció en los muelles, su desparpajo y su capacidad para ocultar lo mal que estaban las cosas en su vida, y Bob odió a Niven Beurk como nunca había odiado a nadie antes. Ese desgraciado había intentado destrozar la autoestima de su esposa y la había violado. Bob hubiera dado cualquier cosa por tenerlo frente a sí para dejarle bien claro que no pensaba permitir que nadie le hiciera daño a Isla nunca más. Sin embargo, Beurk estaba a muchos kilómetros de distancia y Bob únicamente podía ayudar a Isla a superar aquello. Empezaría en ese instante.
-Buenos días —Saludó con una sonrisa sincera en los labios— ¿Has dormido bien?
Bob no tenía ni idea de lo que su esposa esperaba de él tras la confesión, pero seguramente no sería nada bueno. Pues bien, iba a demostrarle que era un hombre digno de confianza y, lo más importante, que estaba empezando a quererla. No sólo se trataba de sentirse atraído y fascinado por ella. No. Sus sentimientos estaban yendo más allá y quería que entre Isla y él surgieran lazos de amor sincero. Era lo que siempre había deseado, encontrar una buena mujer de la que enamorarse. El destino había puesto a Isla Black en su camino y no pensaba dejarla escapar. Únicamente tenían que salvar algunos escollos iniciales. Nada importante.
—Estoy bien —Isla no parecía tenerlas todas consigo y se sentó en la cama, cubriendo su pecho con las sábanas— ¿Y tú?
—Podría estar mejor —Bob notó que Isla se alarmaba ante esas palabras y supuso que estaba sacando conclusiones erróneas. Se apresuró a arreglar el malentendido— Me temo que hoy también voy a sufrir las consecuencias del viaje en barco. Quizá suba a cubierta para ver si el aire fresco me ayuda a sentirme mejor.
—¿Quieres que te traiga algo? —Isla hizo ademán de levantarse— ¿Un té? ¿Algo suave para comer?
—No —Bob la detuvo sujetándola del brazo— Tenemos que hablar. Sobre lo de anoche.
Isla se ruborizó y agachó la cabeza, aferrándose con todas sus fuerzas a las sábanas. Bob podía entender su nerviosismo y no quería verla en ese estado. Tenía que entender que no iba a dejarla sola, que no se avergonzaba de ella por lo que la obligaron a hacer. Bob escuchó el largo suspiro de su esposa y empezó a hablar.
—No pretendía causarte daño alguno, Isla —Le dijo con absoluta sinceridad— Tuve la sensación de que estabas preparada para dar el paso y por eso lo intenté. No tenía idea de lo que te pasó.
—No tenías porqué —Isla se encogió de hombros, empeñada en no mirarlo— Yo no te había dicho nada y creo que tendría que haberlo hecho antes de casarnos.
—¿Por qué?
Isla resopló con ironía y esa vez sí que lo miró. Su voz sonó amarga y furiosa cuando habló.
—¡Vamos, Bob! ¿Qué hombre quiere una esposa que ya ha follado con otro tipo y a la que además no puede tirarse?
Bob apretó los dientes. Esa era la Isla desvergonzada de los muelles, la que no tenía pelos en la lengua a la hora de decir lo que pensaba. Lástima que estuviera diciendo cosas que no tenían ni pizca de gracia. Porque el hecho de que Isla pensara aquello era un terrible error que Bob debía subsanar lo antes posible. Por eso le sostuvo la cara y obligó a Isla a mirarle. Tenía que darse cuenta de que hablaba muy en serio.
—Tú no tienes la culpa de lo que tus padres y ese hijo de puta te obligaron a hacer. No tienes la culpa y me cabrea un montón lo que te hicieron. ¿Entiendes? —Isla sólo parpadeó, conmocionada— Y te aseguro que no me importa no poder hacer el amor contigo. Cuando lo hagamos, quiero que sea cosa de los dos. Quiero que me desees tanto como yo a ti y esperaré el tiempo que haga falta. Sólo lo haremos cuando estés lista, no antes.
El labio inferior de Isla empezó a temblar como si fuera a echarse a llorar de un momento a otro y Bob se maldijo, convencido de que la estaba asustando. Y él no quería asustarla. Tal vez había dicho todo eso con demasiada vehemencia, pero lo único que pretendía era que Isla comprendiera que con él estaba a salvo, que su matrimonio se basaría en el respeto y la confianza mutuos. Cualquier otra cosa sería inaceptable para él.
—Bob, yo… —Isla reaccionó al cabo de unos segundos— Anoche pensé que podría. Quería hacerlo. De verdad. Pero cuando te pusiste sobre mí me sentí extraña. Me acordé de… —Isla agitó la cabeza como si pretendiera alejar multitud de pensamientos negativos de su mente— No me hiciste ningún daño. Pero cuando me llamaste de esa forma —Preciosa. Bob pensó que sería una lástima no poder llamarla así porque realmente era guapísima— Todo se me vino encima y no pude continuar. Lo siento muchísimo.
—No tienes nada que sentir —Animado por la sinceridad de la chica, Bob la abrazó con decisión, apretándola contra su pecho y besándole con furia el pelo— Te prometo que todo va a salir bien, pero estas cosas necesitan su tiempo. Reconozco que nunca me he visto en una situación como esta, pero haré todo lo que esté en mi mano para ayudarte.
Isla temblaba entre sus brazos. Bob hubiera jurado que se reía en silencio y lo agradeció porque no quería que su esposa se echara a llorar. Sólo deseaba que ella estuviera bien.
—Bob —Isla se separó de él al cabo de un rato y lo miró a los ojos. —¿De verdad no te importa que yo no sea…?
—No —Bob no la dejó terminar la frase— Lamento mucho lo que te pasó, Isla. Voy a estar aquí para todo lo que necesites.
Isla lo miró con expresión extraña, como si le resultara difícil de creer que él estuviera hablándole en esos términos. Finalmente, tras un instante de duda, se abrazó a su pecho y cerró los ojos, relajada por primera vez desde el día anterior. Bob tenía la sensación de que sería conveniente decir algo más, pero no encontraba las palabras para expresar lo que sentía y lo que pretendía hacer. Por suerte Isla no parecía necesitar que siguiera animándola. Estaba entregada a sus brazos como si confiara plenamente en él. Era un buen comienzo y un alivio considerable.
—Sé que todo va a salir bien, Bob —Isla habló sin variar su postura— Besas de muerte.
Bob se quedó pasmado un segundo, pero al final no pudo controlar la estruendosa carcajada que retumbo por todo el camarote. Isla alzó un poco la cabeza para mirarlo, sonriendo con picardía y con mucho mejor aspecto que unos minutos antes. Bob sintió como sus esperanzas se renovaban porque si unas cuantas palabras habían conseguido ese gran avance, unos pocos besos de muerte podrían hacer milagros.
—No sé qué decir —Dijo cuando recuperó la calma— Creo que es la primera vez que alguien me dice algo así.
—Pues es la verdad —Isla se encogió de hombros y volvió a recostarse sobre él.
Bob rió un poco más. Pensó en decirle a Isla que a ella tampoco se le daba nada mal repartir besos, pero lo consideró absolutamente inapropiado.
—Puedo darte tantos como quieras —Comentó procurando dejar muy claro que estaba bromeando— Sólo tienes que pedirlos.
No era su intención provocar aquella reacción en su esposa, pero Bob no se quejó cuando Isla se arrodilló a su lado y comenzó a besarlo. El hombre era lo suficientemente listo como para darse cuenta de que aquello no significaba que Isla estuviera lista para algo más y se limitó a responder a las caricias de la joven con toda la ternura que fue capaz de reunir. Isla se encontró bastante cómoda en todo momento y cuando se separó de él sonreía abiertamente. Bien. Definitivamente esa era una buena forma de empezar el día.
—Prefiero robarlos.
Le guiñó un ojo y otra vez se acomodó sobre su pecho. Parecía tener algo que decir y Bob esperó pacientemente hasta que al final habló.
—¿Qué pasará si ellos vienen a buscarme?
Niven Beurk y su familia. Bob se encargaría de matarlos con sus propias manos si se atrevían a acercarse a su mujer otra vez. No iba a permitir que se la arrebataran para seguir haciéndole daño.
—Australia está muy lejos —A pesar de la ira que sentía por dentro, Bob aparentó calma absoluta. No sería bueno para Isla descubrir que su marido planeaba despedazar a todos aquellos individuos— Es inmensamente grande y sería prácticamente imposible que dieran con nosotros. A no ser que les dieras alguna pista antes de huir.
—¡Por supuesto que no!
—Bien. Así no tendrán forma de encontrarnos.
—Pero si nos encontraran. ¿Te quedarías conmigo?
—Eres mi esposa, Isla. Hasta que la muerte nos separe.
Bob pretendió sonar jocoso, pero ese último comentario no le hizo mucha gracia a una Isla que permaneció callada durante casi un minuto. Cuando habló, su voz sonaba grave e incluso un poco preocupada.
—Mi familia es peligrosa —Bob entornó los ojos al escuchar aquello y le hubiera gustado ver el rostro de Isla mientras hablaba, pero ella parecía estar mucho más cómoda recostada sobre—. Y poderosa.
Bob asintió. Poco después de conocer a Isla había intentado encontrarla y dedicó bastante tiempo a investigar sobre su familia. Sin embargo, en Londres no parecían existir ningunos Black que tuvieran lazos de sangre con Isla. Así pues, le resultaba tremendamente complicado imaginar hasta qué punto eran poderosos y peligrosos los miembros de esa familia. Isla hablaba con total seguridad y seguramente nadie conocería a esa gente mejor que ella, pero Bob pensó que seguramente estaba exagerando. Sus propios padres la habían obligado a vivir una auténtica pesadilla, arrojándola a los brazos de un hombre que fue cruel con ella, y lo más normal era que Isla pensara que eran una reencarnación del demonio. En cuanto a Niven Beurk, debía estar sintiéndose bastante humillado en ese momento. Su prometida había desaparecido de la faz de la tierra, abandonándolo sin contemplaciones. Si tuviera un mínimo de dignidad, se quedaría en Inglaterra la lamiéndose las heridas. Si prefería buscar venganza y pretendía obligar a Isla a regresar con él, ya se encargaría Bob de pararle los pies.
—También son férreos defensores de las tradiciones antiguas —Isla siguió hablando— Si algún día se enteraran de que me he casado contigo, pondrían el grito en el cielo. —Isla volvió a mirarle. Estaba sonriendo otra vez.— Por nada del mundo hubiesen querido emparentar con el hijo de un nuevo rico. Y eso por no mencionar tu falta de… —Isla se interrumpió como si estuviera buscando las palabras adecuadas— Nobleza. Mi antiguo prometido era un lord.
Un lord y un auténtico hijo de puta, a Bob no le cabía la menor duda. Escuchaba atentamente las palabras de Isla y encontraba un poco extraño el hecho de no haber escuchado nunca nada sobre los tradicionalistas señores Black y sus vástagos. Quizá gustaban tanto de la nobleza que únicamente se relacionaban con los nobles más poderosos y distinguidos del país. Muchos de ellos vivían recluidos en sus enormes palacios y apenas se dejaban ver en sociedad. Aunque eso también era extraño porque hasta aquellos que se codeaban directamente con la familia real acostumbraban a presentar a sus hijas en sociedad y a asistir a los bailes de temporada. Definitivamente Bob nunca había visto a Isla en uno de esos bailes. Se acordaría de ella de haber sido así.
—Poseía un castillo en Escocia —La suave voz de Isla lo sacó de sus cavilaciones— Una fortaleza enorme y muy antigua que debería haber sido mi casa.
—Mucho me temo que yo no podré ofrecerte nada remotamente parecido.
—No me hace falta, Bob —Isla amplió su sonrisa aún más. A esas alturas de la conversación se le notaba totalmente relajada, como si las promesas que su marido le había hecho hubieran servido para quitarle un gran peso de encima. A Bob le gustaba verla así, tranquila y demostrando que confiaba en él—. No me importa no vivir en un castillo, ni tener un montón de joyas, ni asistir a bailes. Sé que tendremos que empezar desde cero y que será muy duro, pero estoy dispuesta a hacer lo que sea.
—¿En serio? ¿Cualquier cosa? ¿Quién sabe? Es posible que tengamos que vivir en una granja —Bob, que realmente nunca se sintió muy atraído por la vida en el campo, encontraba sumamente divertido imaginarse a Isla en una tesitura como aquella.— Podríamos tener cerdos, gallinas, ovejas y un par de perros enormes.
Le agradó comprobar que Isla había captado la l ironía que impregnaba sus palabras y se rió cuando su esposa hizo lo propios.
—Creí que ibas a Australia para ejercer como médico.
—Un hombre siempre puede cambiar de opinión.
—Tal vez, pero no creo que ahora mismo me apetezca demasiado vivir rodeada de animales. Preferiría ser tu asistente. No tengo ni idea de lo que tendría que hacer para ayudarte, pero estoy dispuesta a aprender.
—No suena mal. Primero tendremos que encontrar gente que quiera ponerse en mis manos, pero si demuestras un mínimo de valía podría llegar a aceptar tu ayuda. Eso supondría desoír los consejos de mi profesor de anatomía. Siempre decía que las mujeres no sirven para ejercer la medicina, pero siendo tú mi esposa no podría rechazarte.
—¿Eso decía? —Isla entornó los ojos— Pues debía ser un auténtico idiota.
Bob soltó una nueva carcajada y besó la frente de su esposa. Tenía toda la razón. Su viejo profesor era idiota, pero también era un tipo que sabía todo lo que uno debía saber sobre anatomía y Bob siempre lo había considerado un buen maestro. Hubiera sido agradable verle tragarse sus palabras porque estaba seguro de que Isla podría llegar a ser una buena ayudante si se lo proponía. ¡Qué diantres! Podría ser una buena médico si el mundo de la medicina no estuviera prácticamente vetado a las mujeres. Estaban las parteras y las herbolarias, pero ni siquiera ellas estaban bien consideradas por la mayoría de sus colegas de profesión.
—De todas formas, tendrás que hacer valer tu palabra cuando lleguemos a Australia. —Llegados a ese punto, Bob se permitió el lujo de fantasear. No acostumbraba a hacerlo demasiado a menudo, pero después de la conversación tan dura que acababa de mantener con su mujer, no les vendría nada mal soñar un poco. Su futuro se presentaba complicado, cierto, pero eso no significaba que fuera a salir mal —Creo que Sidney te gustará, dicen que es una ciudad muy bonita. Algún día tendremos una casita junto al mar y podremos pasear todos los días por la playa.
—¿Lo has hecho alguna vez? Pasear por la playa.
—Digamos que no he tenido mucho tiempo para disfrutar de ciertos placeres.
—El colegio donde estudié tenía un gran lago. Hacía mucho frío durante casi todo el año, pero a mí me gustaba caminar por la orilla. Me ayudaba a relajarme y concentrarme en mis estudios.
Bob memorizó esa información. No eran muchas las cosas que sabía sobre Isla, pero cada detalle que ella le contaba quedaba grabado a fuego en su memoria. Podía imaginársela perfectamente en uno de esos colegios para señoritas, dedicándose a sus estudios y escapándose al lago en busca de paz.
—Yo prefería montar a caballo —Después de escucharla, Bob también quería darse un poco a conocer— Mis profesores de equitación solían decir que era demasiado impetuoso y cuando tenía trece años me caí y estuve a punto de romperme una mano. No volví a montar hasta unos años más tarde, tras la muerte de mi madre. A ella no le gustaba que lo hiciera.
Bob recordaba perfectamente el día en que su caballo se encabritó y lo tiró al suelo. La imagen de su mano izquierda doblada anormalmente aún podía perturbarle, pero por fortuna sólo sufrió una torcedura. No obstante, a su madre no le pareció que dicha torcedura fuese cosa de broma y le prohibió montar. Bob se enfadó muchísimo con ella. Aunque en aquel entonces ya había empezado a renegar de sus compañeros de estudios porque éstos acostumbraban a tratarlo como si fuera un ser inferior a ellos, a Bob le importaba muchísimo la opinión que tenían de él. Si ya lo tenían en muy baja estima por no ser de buena familia, el hecho de que su madre impusiera esa clase de prohibiciones le hizo quedar como un niño mimado. Y los niños mimados y de mala familia no encontraban demasiados amigos entre los niños mimados y de buena familia que compartían clases con él. Por el contrario, Bob se había visto obligado a meterse en un montón de peleas para defenderse e incluso estuvo a punto de ser expulsado en una ocasión. Pero ni siquiera eso sirvió para convencer a su madre de que le dejara retomar las clases de equitación. Cuando murió, Bob se olvidó de lo mucho que la odiaba y pasó casi un año sin montar, pero un día volvió a hacerlo y recordó lo mucho que le gustaba y lo libre que se sentía cuando lo hacía. Se había esforzado por mostrarse más tranquilo cuando estaba sobre un caballo y se había dado cuenta de que no era necesario jugarse la vida para disfrutar de esas actividades. A veces un paseo al trote era mucho más gratificante que una carrera al galope.
—En mi colegio no teníamos caballos —Dijo Isla— Mi familia tampoco es muy aficionada a ellos, pero uno de mis abuelos me enseñó a montar cuando era pequeña, a escondidas de mis padres. Era un hombre bastante peculiar. Seguramente te habría caído bien. Murió hace unos años.
Bob asintió y acarició el brazo de su mujer. Se notaba que echaba de menos a ese hombre y una vez más le asaltaron las dudas. ¿Una familia de nobles que no eran aficionados a la hípica o a la caza mayor? Bob no era un amante de las cacerías, pero había participado en más de una y en ocasiones podía ser divertido. Eran actividades que los ricachones solían aprovechar para lucirse ante sus amistades y a Bob le resultaba extraño que a los Black ni siquiera les gustasen los caballos. Debían ser gentes muy peculiares, extraordinariamente celosas de su intimidad.
-¿Crees que les echarás de menos? -Al pensar en los Black, esa duda asaltó a Bob- A tus padres y hermanos -Isla permaneció callada y su marido insistió-. Seguramente no volveremos a Inglaterra. ¿Les extrañarás?
Isla se lo pensó durante bastante más tiempo del esperado. Finalmente habló con firmeza.
—A mi madre y a Elladora no creo, pero tal vez a Phineas y a mi padre sí —La joven suspiró— Mi hermano siempre fue un egoísta y sólo se preocupaba por sí mismo, pero también sabía ser agradable cuando quería. Y mi padre… Creo que se arrepintió de todo lo ocurrido —Isla se incorporó de nuevo—. La noche que me fugué de casa, él me descubrió justo antes de que me fuera y me permitió marchar.
Bob entornó los ojos. Aquella revelación era muy sorprendente. Después de todo lo que Isla le había contado de su familia, Bob no tenía un buen concepto de ninguno de ellos, así que saber que el señor Black había dejado que su hija abandonara su hogar, consciente del escándalo que ese hecho podría ocasionar, era ciertamente desconcertante.
—¿Por qué?
—Ya te lo he dicho, Bob. Se arrepentía de lo que me había hecho. Me pidió que me quedara y prometió que haría que fuese mi hermana la que se casara con lord Beurk, pero yo no acepté. Si me hubiera quedado en casa, mi madre y mi hermana, incluso Phineas, me habrían hecho la vida imposible. Por eso preferí irme y mi padre lo aceptó. Sé que debió dolerle.
—Pero consintió que te hicieran todo aquello —Bob no podía olvidar ese detalle—. Debió pensar antes en tu bienestar.
—Tenía un gran peso sobre sus hombros. Durante años, había consentido que mi madre dilapidara toda la fortuna familiar. Él tampoco era demasiado bueno con los negocios y, aunque lo intentó, no pudo hacer gran cosa para salvarnos de la bancarrota. Lord Beurk era su última esperanza. No quería que ni su mujer ni sus hijos se quedaran en la calle. Quería cuidar de nosotros, estaba desesperado y se equivocó —Isla hizo una pequeña pausa—. Cuando descubrió que me estaban haciendo daño intentó rectificar y al final veló por mi bienestar antes que por el de los demás. Eso es algo que debo agradecerle.
Bob entornó los ojos. En ese momento, el señor Black seguía sin caerle demasiado bien, pero entendía lo que Isla le estaba diciendo y una parte de sí mismo podía ponerse en el lugar de su nuevo suegro. Ese hombre intentó controlar una situación que se le había ido escapando de las manos poco a poco y, tal y como señaló Isla, cometió un error que tuvo gravísimas consecuencias para una de sus hijas. Ciertamente supo reaccionar a tiempo e Isla se encontraba a salvo, a su lado. Bob supuso que tenía que agradecerle al señor Black el que hubiera permitido escapar a Isla porque gracias a ese gesto ahora estaban juntos.
—Supongo que tienes razón.
—Me gustaría mantener el contacto con él —Isla pareció hablar para sí misma— De todas formas, ya da igual. Sé que no voy a volver a verlo. Siento que tenga que lidiar con el escándalo él solo, pero con el tiempo todo se arreglará. A estas alturas, todo el mundo debe saber que he desaparecido. Imagino que mi madre y mi hermana están que trinan.
—Tienen toda la pinta de ser un par de brujas —Bromeó Bob ahogando una risita. Isla enarcó las cejas y sonrió.
—No sabes cuánto, Robert Hitchens. No sabes cuánto.
Después de su esclarecedora charla matinal, Bob e Isla se vistieron y acudieron al comedor a tomar el desayuno. Bob, que empezaba a encontrarse algo mareado, tomó mucho té con azúcar y un par de tostadas mientras rezaba por no ponerse a vomitar como el día anterior. Isla comió bastante más; a pesar de ser una chica muy menuda, Bob había descubierto que era poseedora de una gran voracidad. Más incluso que la señora O ´Brian, que una vez más compartía mesa con ellos junto a su marido. Desde que se habían saludado esa mañana, la mujer no había dejado de contarles cosas sobre su hijo. Estaba absolutamente ansiosa por volver a verlo y parecía estar convencida de que su vástago reunía todas las virtudes que un ser humano podía poseer. A Bob le hacía gracia que la señora O ´Brian considerara que su hijo era un hombre que rozaba la perfección, aunque por momentos la conversación se volvía un poco pesada. El pobre señor O ´Brian procuraba quitarle hierro al asunto y le recordaba a su mujer que el hijo de ambos tenía tantos defectos como cualquier otra persona, pero la entusiasta Mary ignoraba por completo sus palabras. Bob intercambió unas cuantas y significativas miradas con su esposa, quién parecía más fascinada que otra cosa. Era como si nunca hubiera tenido ocasión de charlar con una mujer como la señora O ´Brian. Por desgracia para él, Bob sabía de primera mano que su compañera de viaje no era única en su especie. Cada vez que acudía a un baile de sociedad, Bob se las apañaba para terminar sentado junto a la señora O ´Brian de turno. Con el paso del tiempo se había convertido en un buen oyente y había desarrollado algunas técnicas para dar la impresión de que escuchaba a sus contertulios cuando realmente no les prestaba atención. Únicamente se trataba de sonreír y asentir de vez en cuando mientras dejaba que su mente se centrara en cosas más importantes. No obstante, esa mañana realmente estaba atendiendo a las explicaciones que daba la señora O ´Brian, maravillado porque ni siquiera parecía necesitar coger aire para seguir hablando.
—El único disgusto que mi Lewis nos ha dado fue cuando decidió abandonar Irlanda —Mientras conversaba, la mujer no dejaba de mordisquear una manzana— Mi Lewis no dejaba de repetir que hay demasiada pobreza en Irlanda y que quería empezar de cero tan lejos de nuestro hogar. Reconozco que me enfadé muchísimo cuando se negó a escucharme, pero a una madre no le queda más remedio que perdonar las locuras de los hijos. Ya lo verán cuando ustedes tengan los propios —La mujer hizo una pausa y contempló a los dos Hitchens con los ojos entornados. La pregunta que hizo a continuación hizo que Bob sufriera un pequeño sobresalto—. ¿No se han planteado empezar a buscarlos ya? Mi Lewis nació apenas un año después de la boda.
Bob se mantuvo muy quieto un instante y miró a Isla. Ella no parecía ni remotamente impresionada por la pregunta y se limitó a responder con una tranquilidad pasmosa.
—No creo que sea el momento adecuado para traer niños al mundo, señora O ´Brian. Antes de eso tendremos que instalarnos en Australia y buscar un poco de estabilidad.
—¡Claro, claro! Además son muy jóvenes para pensar en ello. Dígame, querida. ¿Cuántos años tiene?
Bob pensó que esa mujer era una entrometida, pero a Isla no pareció importarle.
—Dieciocho.
—¡Oh, dieciocho! A su edad yo era una jovencita bastante presumida. ¿Sabe? Y definitivamente no deseaba casarme aún. Disfrutaba mucho de los bailes y de la compañía de mis amigas —La señora O ´Brian suspiró como si echara muchísimo de menos esa época— Usted parece mayor. ¿Verdad, señor Hitchens?
—Mary, querida —El señor O ´Brian parecía dispuesto a cortar de raíz la verborrea de su mujer. Se había dado cuenta de que a Bob le incomodaba el cariz tan personal que estaba tomando la charla y adquirió una postura bastante diplomática— No seas indiscreta.
—¡Oh, Lewis, no soy indiscreta! Sólo digo que el señor Hitchens debe ser mayor porque ya es médico. ¿Cierto? Por supuesto que usted aún es muy joven en comparación con nosotros dos, pero la encantadora señora Hitchens parece tan niña.
Isla se rió. Bob contuvo el impulso de poner los ojos en blanco y agradeció que su compañera de viaje siguiera hablando porque así se ahorraba el tener que decirles qué edad tenía. Era una tontería y él distaba mucho de ser una dama cuarentona que ocultaba su edad a todo el mundo, pero no creía que ese dato fuera de la incumbencia de la mujer.
—Mi Lewis se fue a Australia con veintidós años. Se casó un par de años más tarde y aún no conocemos a su esposa. ¿Cierto, querido? Mi Lewis dice que es una buena mujer, pero eso ya lo veremos…
Bob pensó que la señora O ´Brian iba a empezar a criticar de un momento a otro a una nuera a la que ni siquiera conocía personalmente, pero fue entonces cuando la mujer se atragantó con un pedazo de la manzana que se estaba comiendo. Se quedó callada de repente, cogió con fuerza el brazo de su marido y empezó a hacer aspavientos mientras se ponía morada. Bob casi no tuvo que pensar en nada para saber lo que le estaba ocurriendo, pero tardó un par de segundos en reaccionar. A su lado, Isla se había puesto de pie y miraba a su compañera con suma preocupación, dando pasitos hacia delante y hacia atrás sin saber qué hacer. El señor O ´Brian sostenía a su mujer por los hombros y parecía tan perdido como Isla. Ninguno de los dos era médico y ninguno de los dos estaba preparado para afrontar esa situación. Pero Bob sí porque Bob sí que era médico y se suponía que estaba preparado para afrontar situaciones como esa.
Ciertamente nunca se había enfrentado a algo así, pero por fortuna no tardó en recuperar el control sobre sí mismo. Levantándose velozmente, apartó al señor O ´Brian con un gesto un tanto brusco y miró de nuevo a Isla. Ella parecía esperar instrucciones, dispuesta a demostrarle que podría llegar a ser una buena ayudante. No había esperado que fuese a ocurrir tan deprisa, pero la situación que tenían entre manos era bastante peliaguda y no había tiempo para hacer reflexiones estúpidas.
—Golpéale la espalda con fuerza, Isla —Ordenó sin saber muy bien de dónde había salido ese tono de voz tan fuerte y decidido.
Isla obedeció rápidamente y Bob asintió con satisfacción. Tras comprobar que su mujer tenía claro su papel en todo aquello, echó la cabeza de la señora O ´Brian hacia atrás, le abrió la boca y sonrió cuando vio el trozo de manzana con bastante claridad. Sólo tuvo que meterle los dedos en la garganta y tirar del pedazo de comida para despejar el aparato respiratorio de la mujer, quien empezó a jadear con fuerza mientras se doblaba sobre sí misma y se llevaba las manos al cuello.
—¡Oh Señor!
El señor O ´Brian se había abalanzado sobre su mujer para abrazarla. Si Bob tenía alguna duda de que esas dos personas se querían sinceramente, el alivio que demostró el hombre y el cómo se entregó la mujer a sus brazos fueron suficientes para despejarlo. Fue bonito observar cómo se aferraban el uno al otro tras una experiencia tan traumática y Bob buscó una vez más el rostro de su mujer. Isla estaba un poco afectada por lo ocurrido, pero sonreía abiertamente y no dudó a la hora de acercarse a Bob para entrelazar sus manos.
—Muchísimas gracias, señor Hitchens —El señor O ´Brian soltó un momento a su esposa para estrechar efusivamente las manos del médico— La ha salvado.
—No ha sido nada.
O mejor dicho fue cuestión de suerte, porque si el trocito de manzana se hubiera quedado atascado un poco más abajo no habría tenido manera de salvar a la mujer. Se habría asfixiado sin remedio ante sus propios ojos y Bob era plenamente consciente de ello. Sabía que la medicina era un campo difícil debido a su imprevisibilidad, pero al menos podía sentirse contento esa mañana. La señora O ´Brian podía volver a respirar con tranquilidad y seguramente no tardaría demasiado en recuperarse del todo y retomar la conversación justo donde la habían dejado. A juzgar por su expresión necesitaría un par de horas para hacerlo.
—Lewis, querido, llévame a mi camarote —Dijo en tono lastimoso mientras se ponía trabajosamente en pie.
—Por supuesto, cariño —El hombre se apresuró en ir en su ayuda, sosteniéndola con sumo cuidado— Discúlpenos, por favor.
—No se preocupe —Bob agitó la cabeza para restarle importancia a la marcha de los dos— Se va a poner bien, señora. Descanse durante un par de horas y luego salga a pasear. El aire fresco le hará bien.
La señora O ´Brian asintió, demasiado aturdida aún como para dar ella también las gracias. Bob observó como el matrimonio se alejaba y sólo entonces fue consciente de que se había montado un pequeño barullo a su alrededor. Otros pasajeros y varios miembros de la tripulación se habían acercado para curiosear y ofrecer su ayuda y Bob los despidió con un par de educadas palabras. Agradeció quedarse solo con Isla y entonces suspiró largamente, liberando una tensión de la que ni siquiera fue plenamente consciente hasta entonces. Se sentó en su silla, se sirvió un vaso de agua y procuró no pensar en todo lo que podría haber salido mal esa mañana. Tenía la molesta sensación de que era un médico demasiado novato para intentar empezar por su cuenta en las lejanas tierras australianas y por primera vez desde que inició esa aventura se arrepintió de lo que estaba haciendo. Quizá hubiera sido mejor para él quedarse en Londres y hacerse un nombre atendiendo a la gente de las clases medias. Quizá podría haberse convertido en un médico tan bueno que hiciera olvidar a los ricachones los crímenes de su padre y finalmente habría triunfado en su ciudad natal. Para conseguir todo eso podría haber tenido un tutor, un guía que le mostrara el camino cuando dudara, pero la realidad no era esa. La realidad era que tendría que empezar de cero en el otro lado del mundo y ni siquiera estaba seguro de ser tan buen médico como alguna vez había creído.
Bob estaba sumergido en sus propias inseguridades cuando sintió que alguien le cogía la mano otra vez. Isla se había sentado a su lado y le sonreía. Pero no fue eso lo que hizo que Bob se sintiera cautivado y sumamente aliviado. No. Fue la mirada de orgullo que Isla le estaba dedicando, una mirada que valía un mundo entero y que le devolvía las fuerzas para seguir adelante.
—Has estado maravilloso, Bob —Le dijo Isla. Y no podía estar mintiendo porque sus ojos indicaban que realmente estaba orgullosa de lo que había hecho— Pensé que la pobre señora O ´Brian se moriría. Le has salvado la vida. —Isla le puso una mano en la mejilla y se acercó aún más a él para susurrarle unas palabras al oído— Eres un héroe.
Bob intentó negar esa afirmación, quiso decirle que no era para tanto, que en ese momento estaba demasiado asustado para considerarse a sí mismo un héroe, pero no pudo hacerlo porque Isla lo estaba besando. Allí, en el comedor de un barco repleto de gente, a la vista de todos los demás viajeros, volviendo a ser la chica osada y un poco caradura que le había robado el corazón en el puerto de Londres.
Bob se dejó llevar por el beso y pensó que eso era lo más fabuloso que le había pasado en mucho tiempo. Más aún que haber extraído un trozo de manzana de la garganta de Mary O ´Brian.
