Capítulo 7: Viaje a Japón

Capítulo 7: Viaje a Japón

Hoy Mihael tiene los nervios a flor de piel. No consigo adivinar qué le pasa. Supongo que el viaje que tenemos por delante debe de inquietarlo, pero no hasta ese punto. No puede estarse quieto, cuando tiene que hablar lo hace a gritos y no para de lanzar miradas fulminantes a todas las personas que encuentra a su alcance. Es como si hubiese algún factor que lo perturbara.

Esta mañana se levantó antes que yo, cosa que no me extraña. Es lo más lógico, dado que estuve toda la noche esperándolo y fumando compulsivamente. Él se conforma con dormir un par de horas, yo, en cambio, no soy persona si no descanso lo suficiente.

Pues bien, lo primero que sentí fue como me zarandeaba para despertarme. Me hizo caer de la cama. No tuve más remedio que meter la cabeza bajo el grifo para quitarme el sueño de encima. Mientras me vestía, observé las marcas que habían dejado los labios de Mihael sobre mi piel. Solo, en medio de la habitación y a medio vestir, sonreí como un auténtico bobo.

Cuando entré en la cocina me encontré con un Mihael agitado y dos tazas de café. Que se le hubiese ocurrido traer el café, y no sólo para él sino que también para mí, era el fin del mundo. Lo tomamos en silencio. Intenté abordarlo, hacerle preguntas, pero él parecía totalmente ido y me respondía con monosílabos. "Ya". "Sí". "Puede".

Al bajar a la calle nos encontramos con una lujosa limusina negra de cristales oscuros. Cuando nos acercamos, el chófer salió del vehículo. No parecía para nada un mafioso, al contrario, presentaba un aspecto muy pulcro con su traje negro y sus guantes blancos. En cuanto vio a Mihael, el chófer lo saludó con una ligera inclinación y abrió la puerta trasera.

- Buenos días, señor.

A lo que Mihael respondió:

- Que te jodan, capullo. Le dije al hijo de puta de Rodd que no quería que me enviase su maldito carro.

Ante este saludo, el chófer se limitó a esbozar una sonrisa de circunstancias, sin cerrar la puerta. Mihael gruñó y decidió entrar en el coche arrastrándome a mí también. Ni que fuéramos niños. Durante el trayecto hacia el aeropuerto, el chófer intentó sugerirle a mi amante (pues ya no era correcto llamarlo ni mi "amigo", ni mi "compañero") que telefonease a Boss, pero él lo envió a freír espárragos. Para romper un poco con ese ambiente tan tenso me puse a investigar el interior de la limusina. Encontré decenas de discretos armarios que se abrían y ofrecían toda clase de comodidades. Descubrí que en uno de estos compartimientos había cigarros y procedí a guardarme todos los que podía dentro de los bolsillos de mi chaqueta. Mihael ni siquiera se enteró. No me regañó ni cuando encontré puros de primerísimo calidad (y precio desorbitante) y también me metí unos cuantos en la chaqueta. No creo que en esos momentos le importara lo que yo hacía. Su mirada se alejaba por la ventana.

Llegamos al aeropuerto en menos de veinte minutos. Mihael se apeó del coche y se alejó con pasos rápidos, sin molestarse a despedirse del conductor. Me apresuré a seguirlo para no perderlo de vista. Tan sólo llevábamos una bandolera en la que guardábamos el portátil, la Game boy y un par de carpetas llenas de papeles. Era una sensación incómoda encontrarse en un aeropuerto con tan poco equipaje, y más estando a punto de partir hacia la otra punta del mundo.

Mihael no parecía tener las mismas preocupaciones que yo. Avanzaba como un tanque de guerra, impasible, apartándolo todo a su paso. Cuando pasamos al lado de un puesto de periódicos, vi con horror como agarraba un "USA Today" y, mientras seguía caminando, lo iba rompiendo en pedacitos pequeños y tirándolo por el suelo. El edificio del aeropuerto se veía como siempre, pero al poco rato me percaté de que había algo extraño... Decenas de ojos nos seguían. Escruté la sala de espera y localicé a las personas que nos espiaban. No tenía ni la mínima duda de que eran mafiosos. Silenciosos, medio ocultos en los rincones, llevaban gafas de sol negras y disimulaban haciendo ver que leían el periódico. Pero lo cierto era que se les daba fatal el espionaje.

Incluso Mihael, que estaba sobreexcitado, se dio cuenta de que nos seguían. Ese hecho pareció disgustarlo aun más. Se acercó sigilosamente al mafioso que menos alejado estaba y entonces... Tanto yo como el hombre de negro pegamos un grito de sorpresa. No era para menos, Mihael había agarrado a su víctima de los cojones en medio de la sala de espera, atestada de gente que iba y venía.

- Maldito Rodd - gruñía Mihael. Yo intentaba alejarlo del desafortunado mafioso, pero al parecer sólo empeoraba la situación. - Le dije bien claro que no fuese comentándolo por ahí... Bueno, no importa - dicho eso, miró a su presa con mirada asesina. - Os doy tres minutos para despejar la zona. Me jode veros, parecéis los espectadores de una feria. Que alguien nos traiga los billetes. ¡Ya! ¡Y todos fuera!

Al fin lo soltó y el mafioso salió corriendo como un poseso. Avergonzado por la escenita, le pregunté a Mihael si no creía que se le había ido la mano.

- Cállate, Matt - dijo con tono amargo, evitando en la medida de lo posible gritarme.

Después todo fue increíblemente rápido. Se nos acercó un hombre trajeado, agente de una de las compañías aéreas más prestigiosas de Estados Unidos. Fue solícito y servicial hasta tal punto que logró tranquilizar un poco a Mihael. Dijo que se encargaría de todo y nos llevó a la sala VIP. Permanecimos allí en compañía de una decena de hombres de negocios, sentados en un sofá de cuero blanco. Miramos la televisión y nos tomamos nuestros respectivos cafés.

Al cabo de quince minutos, nos invitaron a pasar al avión. No tuvimos que pasar por ningún control ni tampoco dejar la bolsa. Probablemente era lo mejor que nos podía haber pasado. Seguro que él no se había podido resistir a llevarse un arma. A mí su pasión por las pistolas me parecía muy ilógica y considerablemente estúpida. ¿Acaso era tan tonto como para creer que con una pistola podría protegerse de Kira, el asesino que mata sin tocar? No, no era así. Simplemente llevaba el arma para parecer más "cool" y para seguir la senda mafiosa. Esa actitud superficial me disgustaba incluso más que su vocabulario barriobajero y sus ataques de rabia. No era algo propio de un candidato a L.

Subimos al avión y, una vez dentro, las azafatas nos guiaron hasta nuestros asientos. Teníamos pasajes de "business class", así que nos tocó en el compartimiento delantero del avión, donde las butacas eran más cómodas y anchas. El aparato que nos llevaría hasta el país del Sol Naciente era un Boing de menos de un año de servicio, con unas instalaciones modernas, sencillas y limpias. Considerablemente mejor que el Jumbo con el que llegué a la tierra de las oportunidades unos meses atrás.

Como Mihael había caminado en todo momento un par de pasos delante de mí, le tocó ocupar el asiento más cercano a la ventanilla. Se sentó y yo me coloqué a su lado. Vimos pasar el resto de los pasajeros, los cuales se dirigían a los salones posteriores del avión. A pesar de que el ruido y las conversaciones animadas llenaban el lugar, pude escuchar como Mihael resoplaba con enfado. ¿Pero qué le pasaba? No había un motivo para que estuviese de tan mala uva. ¿O tal vez era algo que había hecho yo?

Al poco tiempo, los viajeros terminaron de subir a bordo y el capitán saludó a todos por megafonía. Acto seguido, se procedió a explicar las normas que se tenían que seguir durante el viaje y los pasos para los casos de aterrizaje forzoso. A mí me pareció aburrido e innecesario ver la demostración de las azafatas, así que me entretuve hojeando un periódico que me habían dado al entrar. Mihael, en cambio, permaneció muy atento, como si necesitase aprendérselo de memoria. Bien mirado, tenía la cara más pálida de lo habitual. Era posible que se hubiese resfriado o que estuviese mareado.

El avión comenzó a calentar motores. Lentamente, se deslizó por el asfalto de la pista de aterrizaje. Después de recorrer la pista durante un par de minutos, el avión se paró. Mihael miraba por la ventanilla. Entonces, sin darme explicaciones, cogió mi mano y la estrechó con fuerza. El ruido de los motores iba en aumento con cada segundo hasta que se volvió ensordecedor. El Boing arrancó. Recorrimos la pita a una gran velocidad, acelerábamos cada vez más. Nos agitábamos dentro de nuestros asientos, sintiendo el contacto entre las ruedas y el asfalto. De repente, el contacto desapareció. Por la ventana pude ver como el horizonte se ladeaba en diagonal.

Mihael estrujó mi mano con la suya. Vi que estaba al borde de un ataque nervioso. Quise preguntarle qué ocurría, pero no era algo tan fácil, pues tenía los oídos tapados y sentía un pitido desagradable dentro de mi cabeza. Seguíamos ascendiendo. El avión se inclinó de forma un tanto brusca hacia la izquierda. Giraba y dejaba que los pasajeros disfrutasen de una vista panorámica del aeropuerto y sus alrededores. Mas yo tenía un problema que atender. Era Mihael: se había tirado a mis brazos, estrechándome con desesperación. No se había abrochado el cinturón. Tenía todos los músculos en tensión y respiraba con violencia. Lo abracé, sorprendido por su comportamiento. Y él sintió mi complicidad, a la vez que mi perplejidad. Pero no habló. En vez de eso, buscó mis mejillas con los dedos, sujetó mi cara y me besó. El beso comenzó de una manera un tanto tensa, pero acabó volviéndose apasionado y multiplicándose. Nos besábamos, tomábamos breves bocanadas de aire y proseguíamos con el beso. Y, mientras lo besaba, yo veía por la ventanilla como la tierra se alejaba cada vez más.

Pronto una capa de nubes lo cubrió todo, impidiéndome ver nada más. Habíamos subido centenares de metros, pero Mihael continuaba aferrándose a mí y besándome. Sentí que no podíamos continuar de esa manera. Estábamos en un lugar público. Y yo, a pesar de poder aguantar hasta cierto punto, estaba demasiado excitado. Me separé de él y le dije en voz baja:

- Dejémoslo ya. Ya no podré resistirme mucho más. No pretenderás que lo hagamos en el avión.

- ¿Y por qué no? - dijo, como si fuese la cosa más normal del mundo. - En este cacharro tiene que haber un lavabo. Vamos, nos encerramos allí y seguimos con lo nuestro.

- Estás como una cabra. ¿Cómo vamos a encerrarnos en el lavabo si es diminuto y apenas cabe una persona? - la idea de Mihael me pareció totalmente absurda. Pero entonces, sentí como si una bombilla se encendiese. Lo tuve claro. - Un momento. Voy a hacerte una pregunta...

Justo en ese momento se nos acercó una azafata y no me dejó terminar la frase. Esperé haciendo acopio de toda mi paciencia a que la mujer nos sirviese las bebidas y nos sacase las cajitas con la comida. Cuando se alejó me dirigí a Mihael, que estaba abriendo su cajita.

- Voy a hacerte una pregunta. ¿Cómo viajaste de Inglaterra a América?

- Pues... viajando. ¿Cómo iba a ser? - me evadió con mal humor. Ya se imaginaba a dónde quería llegar yo.

- No viniste en avión, ¿verdad? Nunca has viajado en un avión.

Él evitó mirarme a la cara. Bebió un par de sorbos de su té y jugó con el tenedor de plástico. Al fin, se decidió a hablar.

- Está bien. Me colé en un transatlántico. Cuando me largué del "Wammy's house" no lo hice precisamente con el consentimiento de los mayores. Me llevé algunas cosas, pero no tenía dinero para gastármelo en aviones. Sin embargo, lo único que quería era alejarme lo antes posible de Londres. Seguro que Near nunca ha tenido que pasar por una situación así. Roger lo custodia y, ocupándose del puesto de L, él debe de tener el dinero suficiente para cualquier cosa. En cambio yo... todo lo que tengo me lo he tenido que ganar por mis propios méritos.

Pensé que, en parte, tenía razón. Mihael siempre había sido muy fuerte y, cuando se empeñaba en algo, lo conseguía. Por eso me gustaba. Porque era una persona fiel a sí misma. Eso fue lo que pensé, mas de mi boca salieron otra palabras.

- No está bien que hables de Near como de un príncipe mimado. Él también ha tenido que esforzarse mucho. Ha dedicado su vida a L.

- ¿Pero qué dices? - me miró incrédulo. - ¿Ahora estás de parte de Near? ¿Que él ha dedicado su vida a L? ¿¡Y yo no!? ¿¡Qué te crees que estoy haciendo aquí!?

Estaba indignado por mis palabras y, si continuábamos por ese camino, nuestro viaje terminaría en un escándalo. Me disculpé y dije que no sabía lo que estaba diciendo. Eso lo tranquilizó. Decidí cambiar de tema.

- Entonces es la primera vez que subes a un avión - afirmé. - Podrías habérmelo dicho. Así no habría tenido que soportar lo estresado que estabas esta mañana.

- ¡Yo, ¿estresado?! - exclamó, haciendo que los pasajeros nos mirasen. - Estoy igual que siempre. Un poco agobiado quizás...

- Estás como una moto. Si no llego a defenderme me habrías violado en pleno vuelo.

- Eso no es verdad. Lo que pasa es que este viaje me parece insoportablemente aburrido - dijo, poniendo cara de asco. - Pasarme taantas horas sentado en un lugar cerrado sin hacer nada es insufrible. Quiero llegar ya a Japón.

- Pues todavía nos quedan unas once horas. Mientras tanto, hay muchas cosas que podemos hacer. Podemos comernos la comida, podemos charlar, podemos dormir, podemos ver una película, podemos leer un periódico, podemos jugar al tres en ralla, podemos pedirnos una botella de whisky y emborracharnos, podemos trabajar con el portátil, podemos escuchar música... ah, también puedo enseñarte a jugar a videojuegos. Anteayer, me descargué el "Kingdom hearts" para ordenador. Es fácil y divertido, seguro que en cinco horas te lo pasas...

No pude acabar porque me agarró por el cuello, estrangulándome. Es sus ojos brillaba un destello homicida.

- Con que ésa es la razón por la cual el portátil tardaba tanto en cargarse. ¡Me cago en ti! No quiero jugar a tus putos juegos de Disney. Lo único que quiero es llegar a Japón, atrapar a Kira y colgarlo de los huevos de un pino del monte Fuji. Y luego ponerle un lazo y enviárselo a Near como regalo de cumpleaños.

- ¿Sabes cuándo es su cumpleaños? - le pregunté con sarcasmo.

- Pues no... - dicho esto, se quedó pensativo y desconcertado durante un par de minutos. - Pero hay una solución simple a eso.

- ¿Lo vas a llamar? ¿Ahora? ¿Sabes cómo contactar con él?

- No hace falta. Puedo remitirle el regalo por Navidad.

Con esa respuesta me silenció y me dejó un buen rato de esa manera. Picamos pacíficamente lo que teníamos sobre la mesilla de plástico que salía del asiento delantero.

Mihael se cansó de su té y pidió a la azafata una copa de champán. Tras tomarla, se relajó, abrió un periódico y se puso a leer. Al parecer, se había olvidado completamente de que estaba suspendido en el aire dentro de una caja metálica.

Yo, por mi parte, saqué la Game boy y me puse a trabajar. En los últimos días en que había permanecido en la sede había hecho grandes progresos en el campo de los virus y sus respectivos antídotos informáticos. Por eso me tomé la tarea con entusiasmo: tenía que configurar un virus y el antivirus correspondiente. Después propagaría el virus por el sistema de alguna compañía multinacional. Y, por último, enviaría el antivirus al directorio de los tecnócratas de Los Ángeles. Fue tan fácil como sonaba y al cabo de una hora conseguí unas cuantas decenas de millones de dólares. Recordé a Near y calculé que, por mucho que él fuese el mejor detective del mundo, los tecnócratas movían una cantidad de dinero mucho más significativa.

Satisfecho con esa realidad, apagué la Game boy y desvié la vista hacia la izquierda. Lo que vi me dejó maravillado y me produjo un leve cosquilleo en el estómago.

Mihael se había quedado dormido leyendo el diario; las hojas estaban esparcidas por el suelo y por su regazo, pero su mano derecha aguantaba firmemente el resto del periódico. Dejando de lado ese gracioso desorden, lo mejor de todo era la cara de Mihael. Mostraba una expresión tan serena y apacible que resultaba hermosa. Sus rasgos eran finos y armoniosos y ni siquiera la cicatriz lograba quitarle elegancia. Sin poder evitarlo, pensé que Mihael tenía un aire femenino. Esa ropa ajustada, esas hebras doradas de cabello, esa mirada hipnotizante, esos modales arrogantes...Era muy provocador, lo sabía y autopotenciaba esa imagen. Intenté imaginarme cómo sería si fuese una chica. Fue imposible, él era demasiado brusco para ser una mujer. Es cierto que existen mujeres que actúan con brusquedad, pero en su caso esa actitud es fruto de los sentimientos desbocados, también se le llama histeria. Mihael, en cambio, es brusco, pero detrás de esa fachada se esconde la frialdad. Raras veces pierde el control, normalmente simplemente se permite actuar con desinhibición.

Guardé la Game boy, llamé a una azafata y pedí que me trajera una manta. Con mucho cuidado, arropé a Mihael para que estuviese cómodo y no tuviese frío. Al cabo de unos minutos también me entró sueño. Apoyé la cabeza en el hombro de Mihael. Un par de sus mechones cayeron suavemente sobre mi cara. Casi sin darme cuenta, la realidad se desdibujó y caí en un placentero sueño.

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Me despertó una voz de mujer aguda y estridente. Abrí los ojos, levanté mi cabeza del hombro de Mihael y vi a una azafata pelirroja y llamativamente maquillada. Nos había traído más comida. Me giré y caí en la evidencia de que ya hacía tiempo que mi acompañante se había despertado y que estaba trabajando con el portátil. Él estaba tan enfrascado en la investigación que ignoró a la azafata y a mí. Por otro lado, yo acepte la comida y me serví. A pesar de estar sentado casi sin moverme recorrer tantos miles de quilómetros me agotaba. Necesitaba reponer fuerzas.

Cuando terminé de comer, fijé mi vista en Mihael y me quedé mirándolo insistentemente. No sirvió de mucho, él no me hizo ni el mínimo caso. Tuve que cambiar de estrategia. Me acerqué silenciosamente y lo sorprendí con un sonoro beso en la mejilla. Me miró con indiferencia, su cabeza seguía puesta en la investigación.

- Ya has despertado - constató. - Eso es bueno. Estabas roncando y babeándome el chaleco. Además, se dice que si uno duerme mucho se le duermen las neuronas.

- Eso no es verdad - lo contrarié por lo primero y lo segundo. - Pero gracias por pensar en mí.

No me dijo nada más. Estaba batallando con el ordenador y no tenía la intención de escucharme. Misteriosamente, apareció una tableta de chocolate y, acto seguido, inició su viaje hacia el más allá por la boca de mi amor. No ser tenido en cuenta era muy desagradable. Sentí en mi propia carne lo que Mihael sentía cada vez que yo estaba ocupado programando y no atendía a lo que me decía. La situación era irritante de sobremanera y no fui capaz de tolerarla ni un segundo más.

- Mello - lo llamé, pero no surtió efecto. - Mello. ¡Mello! ¡¡MELLO!!

- ¿¡Qué quieres!? Basta ya, me vas a gastar el nombre.

- Es que quiero hablar contigo - le dije, intentando sonar serio y convincente. - Hay una pregunta muy importante que tengo que formularte.

- ¿Y no puedes esperar media hora? Ahora que estaba haciendo progresos en mi búsqueda... NdA: ... en el mundo de Tarzán.

- Es importante que sea ahora.

Me dirigió una mirada amarga. Era evidente que odiaba ceder, pero por alguna extraña razón lo había hecho por mí. Apagó el portátil, lo cerró y lo guardó en la bolsa. Cruzó las piernas, se echó el cabello hacia atrás y me miró con sus ojos verdes.

- Dime - pronunció y me desarmó con la mirada.

- Bueno... La madrugada pasada...No hablamos mucho... ni yo estaba por los detalles, pero...

- Habla más claro - me ordenó.

- En fin, quería preguntarte de dónde ha salido el tatuaje que llevas en el hombro. No es que no me guste, pero...

- Me da igual si te gusta o no. Lo que hago con mi aspecto es, por suerte sólo cosa mía. Como muy sabiamente deducirás, me lo hice anoche. Los tatuajes se hacen con aguja y tinta.

- Ya, eso lo sé. Lo que no comprendo es por qué te lo hiciste tan de repente.

- ¿Qué más te da? No creo que sea imprescindible pensar antes de hacer algo. Me lo hice y punto.

- No es así - lo contrarié. - No con los tatuajes. Son un adorno que permanece en la piel para siempre. Incluso después de morir... Eres muy meticuloso con tu aspecto, tienes un estilo muy definido. Nunca te he visto llevar una prenda que no fuera negra. Incluso la ropa interior y los calcetines... Por eso no creo que te hayas hecho ese tatuaje por capricho, sopesaste los pros y los contras antes de decidirte.

- Tienes razón - reconoció esbozando una sonrisa. - Pero que te lo cuente es otra historia. Te propongo un juego. Si me explicas argumentando por qué llevas camisetas a rallas y por qué fumas, si me convences, entonces te contaré lo de mi tatuaje.

- Por mí vale. Así nos entretenemos y se nos pasa más rápido el viaje. Pero te advierto que iré en serio. Ya puedes preparar tu discurso sobre el tatuaje con todo lujo de detalles. En menos de diez minutos me lo estarás soltando.

- Eso ya lo veremos.

Los ojos de Mihael se encendieron. Brillaban por la satisfacción que le proporcionaba el desafío. Probablemente su gusto por competir le venía de nacimiento. Nunca pudo resistirse a un concurso o a una competición.

- Vamos a ver. Empezaré por el asunto de la camiseta, ¿te parece? - me hizo un gesto afirmativo instándome a proseguir. - En la estética soy bastante distinto a ti. Reconozco que nuestro aspecto físico es muy importante, pues es lo primero que los demás ven al conocernos. Por eso, no es una pérdida de tiempo esmerarse para causar una buena impresión. Pero yo soy una persona ocupada y hay otros asuntos, aparte del estético, que necesito atender. Es por esta falta de tiempo, que no de ganas, que decidí buscarle una solución práctica al problema. Una tarde salí a comprar y en dos horas tuve un atuendo que combinada a la perfección y que no era exageradamente caro. Lo escogí una vez y ahora simplemente me lo pongo y no tengo que preocuparme más.

- No suena mal si lo dices así. Pero es objetivamente aburrido tener en el armario siete camisetas a rallas iguales y siete tejanos. Eso no es elegir el aspecto de uno. Eso es ser cansino.

- No te equivocas, pero en mi caso en distinto. La camiseta a rallas es llamativa y clásica a la vez. Nunca deja de estar de moda. Ni aburre ni choca. Es una ayuda para que los que me acaban de conocer puedan identificarme y, a la vez, un perfecto camuflaje entre la multitud. Las rallas de las cebras son una de las creaciones más pragmáticas de la naturaleza.

- Es gracioso que te compares con un animal. No me digas que para ti un hombre y un animal son lo mismo. Los hombres están por encima de las bestias y es un insulto ponerlos en un mismo paquete - sentenció Mihael con una mirada gélida.

- Creo que te estás desviando un poco del tema. Tan sólo te diré que no es ningún agravio llamar las cosas por su nombre. Hay hombres mucho peores que las bestias, seguro que piensas lo mismo. Ahora volvamos a mi camiseta. ¿Tienes más objeciones o pasamos a la siguiente prueba?

- ¡No tan deprisa! ¿Qué me dices del sospechoso parecido que tiene tu camiseta con la de un preso que acaba de fugarse de la cárcel? - eso lo dijo muy irónicamente, arqueando la ceja derecha.

- Vamos, Michael - dije, partiéndome de risa. - Uy, digo Mello. Perdona, es que me ha hecho mucha gracia tu expresión. Podrías convertirte en un buen cómico.

Me miró con enfado y se sonrojó levemente. Se veía tan adorable que me venían oleadas de impulsos cariñosos. Mas me contuve, porque él se estaba empezando a impacientar.

- Bromas aparte - me puse serio a la fuerza. - Hoy en día, los presos no llevan camisetas a rallas y a muy poca gente se le ocurriría relacionar las dos cosas. Más bien, este tipo de camiseta se asocia con los marineros. Y los marineros suelen ser imaginados como una figura muy poética. Ahora voy a parecer un vendedor a domicilio, pero aguantaré el ridículo para convencerte. La camiseta a rallas es un símbolo. Una perfecta parábola de la vida. Una ralla blanca, una ralla negra, una ralla blanca. Es una alternancia de contrarios.

Con esa frase acabé mi discurso. Los dos nos quedamos en silencio. Mihael permaneció meditando unos cinco minutos. Por fin había conseguido serenarse y recuperar la compostura perdida por culpa del avión. Por fin, suspiró resignado. Estaba claro que no le apetecía darle la razón a alguien que no fuese él mismo.

- Conforme. Puedes continuar con la segunda explicación.

Me paré a pensar un momento. Ese reto era considerablemente más complejo que el anterior, no estaba seguro de poder dar las razones suficientes y suficientemente buenas. Parecía mentira. Mas iba a hacerlo. Si no se intenta, no se consigue.

- Entiendo tu interés por mi persona, Mello. Eso es una prueba de que no eres tan frío y misántropo como aparentas. Voy a saciar toda tu curiosidad. Al fin y al cabo, los verdaderos amantes se lo cuentan todo con sinceridad.

- Huh? ... ¿¡QUÉ!?

Esa exclamación resonó por todo el avión, haciendo despertar a dos bebés del salón contiguo, que no tardaron en ponerse a berrear. Me alegré de estar en el "business class" y de ahorrarme el ver caras de madres indignadas.

Las cartas estaban echadas. No tenía razones suficientes para defender mi pasión por la nicotina, pero había otras formas, menos honestas tal vez, de persuasión. Para que todo saliese bien, era importante hacer perder la concentración a Mihael.

- Pero, a ver, ¿desde cuándo yo y tú...? - comenzó presuntuosamente, haciendo pasar sus nervios por enfado.

- Olvida lo que acabo de decir - lo corté. - A veces se me escapan cosas que no deberían. Te voy a argumentar por qué fumo. La mayoría de las personas que tienen mi vicio lo justifican con su propia debilidad o su estupidez, pero no quiero hacer algo tan miserable porque perdería tu crédito.

Empecé a fumar poco después de unirme a los tecnócratas. No creas, no lo hice por imitación. De los programadores sólo un 40 eran fumadores. No había nada especial que me instase a ello. Simplemente un día me encontré fumándome el cigarrillo del compañero de al lado. Su olor ni me gustaba ni me daba asco, era algo muy natural. Como comer palomitas mientras miras una película.

Mientras iba hablando iba observando a Mihael. Él se mostraba interesado, pero ya no se encontraba tan tranquilo como antes. Habría apostado lo que fuera por que en esos momentos lo que ocupaba su mente era la palabra "amante". Para poner más leña en el fuego, cogí su taza de plástico y bebí un sorbo de su té, ya frío. Él hizo un gesto brusco, como si hubiese visto algo inesperado. ¡Perfecto! Lo tenía a mi merced.

- Al principio fumar n significaba nada, pero con el tiempo he ido descubriendo las ventajas que me aporta. Para empezar, es una ayuda para concentrar mi atención en algo. También me es útil fumar porque la nicotina me mantiene despierto si me faltan horas de sueño. Los días que duermo menos de ocho horas (que son un 75) recupero el tiempo perdido fumando. Otra utilidad que le encontré a la nicotina después de reunirme contigo es que es una manera de tranquilizarme cuando estoy de los nervios. Ésas son mis razones. ¿Qué te parecen?

Estaba claro que a él no podían parecerle nada, porque no había escuchado nada. Tenía la vista clavada en mi boca, o en mi cuello, o en las dos cosas. Estaba absorto. Tuve que llamarlo y zarandearlo para que me prestara aunque fuera un poco de atención.

- Ah, sí - dijo al fin. - Es que me había quedado pensando. Lo que has dicho está bien.

Frunció el entrecejo, cerró los ojos y se masajeó las sienes. No tenía muy buen aspecto.

- Ahora mismo no me encuentro muy bien - admitió con expresión dolorida. - Tengo una migraña de narices. Creo que este maldito vuelo me está afectando. ¿Debería pedirle una aspirina a la azafata?

- No te va a servir de mucho. En estos casos lo mejor es acostarse. Cuando te despiertes el dolor habrá desaparecido.

- Hum... Pues sí. Voy a echarme un rato.

Le ayudé a apretar la palanca e inclinar el asiento para que tuviese un ángulo más abierto. Se recostó girando la cabeza hacia la ventana. Unos cinco minutos después, su respiración se acompasó y supe que había quedado dormido. Sonreí contento porque su insomnio había remitido. Pero entonces me di cuenta de algo. ¡Él no me había contado nada sobre el tatuaje! Resultó ser más astuto que yo. Por el momento, había perdido.

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Cuando alguien os dice que le gusta viajar os aconsejo que seáis escépticos con sus afirmaciones. Por si acaso. Si queréis aventuraros más, podéis hacer la suposición de que vuestro interlocutor es un masoquista. O que el lenguaje es demasiado impreciso.

Me autoaclaro: no es lo mismo "visitar nuevos lugares" (hacer turismo) que "desplazarse en un medio de transporte" (viajar). Por muy limpio que esté un vagón, por muy espacioso que sea un autobús, por muy blando que uno pueda encontrar un asiento de taxi... En el fondo todos odiamos el transporte. Cuanto más lo usamos, más lo aborrecemos. Hasta los conductores, los pilotos y los capitanes odian sus respectivos vehículos. Por muy positivamente que se mire, lo que más ansía el viajero es llegar.

Pero dentro de poco yo ya no tendré que pensar más en viajar. El trayecto está a punto de concluir. Y pensar que la vibrante Tokio está ahora debajo de nosotros. Millones de vidas a nuestros pies. Y entre todas ellas se esconde el asesino más hábil y astuto del siglo.

El avión se agita. Aparecen los molestos pitidos en los dos oídos. Y una sensación parecida a la ingravedad... como si te anestesiasen el estómago con un preciso pinchazo. No, más bien como si te lo hubiesen cortado y él hubiese cobrado vida propia y se desplazase arriba y abajo.

Sin embargo, lo que más me duele ahora no es el estómago. Acabo de recibir una patada en la rodilla izquierda. Instintivamente, me agacho para frotarme el punto lastimado. Mihael vuelve a estar irritado, no es complicado de percibir. Está pálido y su pelo se ha puesto de punta por culpa de la electricidad estática que flota en el ambiente. No sería extraño que se estuviese aguantando las ganas de vomitar. Jamás lo haría delante de mí, y mucho menos en un lugar público. La verdad es que le agradezco su buena educación.

Ya se pueden ver por la ventanilla las luces de la metrópolis que nunca duerme. Intuyo que éste es un momento crucial en mi vida. Como si fuese a ocurrir algo tan importante que no pudiese ser olvidado nunca. Esta sensación es inquietante, pero no me molesta. Con un presentimiento no es suficiente para amedrentarme.

El avión da una sacudida y la mano de Mihael cae sobre la mía. No permito que ese diáfano contacto desaparezca. Estrechamos nuestras manos con fuerza. Con eso es suficiente para resistir lo que sea. Lástima que los dos llevamos guantes.

••••••••••••••••••••••••FIN DEL CAPÍTULO 7••••••••••••••••••••••••