Bienvenidas de nuevo a mi historia.
Como siempre, muchas gracias por leerla y gracias especiales a quienes me habéis dejado vuestros amables comentarios: Mac Snape, Snape's Snake, Diggea, GabrielleRickmanSnape, MoonyMarauderGirl y Genna Lotto.
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Capítulo 7
Antes de entrar en el harén, y a pesar de estar aún algo confundida por lo que acababa de ocurrir con los Malfoy, Iliana recordó las palabras de Snape y decidió estudiar la reacción de sus compañeras cuando la viesen. Quien la hubiera denunciado debía de suponer que la habían ejecutado en el acto, por lo que esperaba detectar la sorpresa en su rostro.
Entró en la sala y recorrió las caras de sus compañeras con atención. La mayoría la miraron un momento y después volvieron a sus quehaceres; algunas ni siquiera se giraron hacia la puerta a ver quién había entrado, como Nadine, que estaba hablando con otra de las mujeres; y Violet la saludó con una mano y le hizo una seña para que se acercase. Iliana la ignoró y siguió mirando a su alrededor; a su derecha, apoyada contra la pared, estaba sentada Atenea, que la miraba con el ceño fruncido y la boca entreabierta, pero esa expresión le duró sólo un segundo y luego la mudó por su habitual mueca de desdén.
Iliana le sonrió y se acercó a ella.
—Pareces sorprendida de verme —dijo, con aire fingidamente dulce—. ¿Esperabas que me hubiera marchado a algún sitio?
—No sé de qué me hablas —saltó la mujer, con su tono más arisco.
Violet, que no se había dado cuenta de que ocurriese nada inusual, se acercó para hablar.
—Iliana, me han dicho que… —pero ella la hizo detenerse de golpe con un gesto imperativo de su mano.
—Debe de ser un error de apreciación mío —repuso Iliana, sin dejar de sonreír a la veterana. Desvió la mirada hacia Pandora, que estaba sentada junto a su inseparable amiga y la observaba con evidente hostilidad—. Hace tiempo que nadie solicita vuestros servicios, ¿verdad? —dijo—. Es curioso que os sigan manteniendo aquí…
—¿Qué insinúas?
Las mujeres que estaban más cerca interrumpieron sus charlas, interesadas de repente en la singular conversación.
—No insinúo nada, sólo digo que es extraño que tengan en el harén a alguien que no ofrece sus servicios como todas las demás. ¿Qué utilidad tenéis vosotras dos para los mortífagos?
Más voces se apagaron a su alrededor y Nadine se acercó a ver qué ocurría.
—¿Cómo te atreves a cuestionar nuestra utilidad? —saltó Pandora, ofendida.
—Que no nos hayan solicitado últimamente no quiere decir que no sigan considerándonos útiles —indicó Atenea, con el mismo tono exaltado.
—¿De qué manera? —preguntó Iliana—. Desde que llegué al harén no os he visto participar en ninguna de las actividades que organizan los mortífagos. No os han solicitado ni una sola vez. ¿En qué les servís, si puede saberse?
—No es asunto tuyo —dijo Atenea, con ojos entrecerrados y voz venenosa.
—Lo es, si vuestro trabajo consiste en delatar a vuestras compañeras.
Las dos mujeres se pusieron en pie de un salto, todos los ojos de la sala puestos ahora en el pequeño grupo que formaban.
—Yo de ti cuidaría esa lengua —le advirtió Pandora—, si no quieres que te la corten.
—¿Qué quieres decir? —intervino Nadine, mirando a Iliana con intensidad.
—Que sé que Hevia no delató a Adele; y si no fue ella, otra tuvo que hacerlo. —Un murmullo escandalizado recorrió el harén—. ¿Quién te explicó lo que había ocurrido con ellas, Lorna?
La chica que difundió la noticia de la ejecución de las compañeras se puso en pie y dijo, con aire de sospecha:
—Pues, ahora que lo dices... fue Pandora, Iliana.
—Qué curioso, que tú te enterases antes que nadie, ¿no? —dijo la joven, mirando a la veterana—. ¿Y por qué no nos diste la noticia directamente? ¿Por qué se lo contaste a Lorna para que ella nos lo explicara a las demás? ¿Quizá pensaste que así la atención no recaería sobre ti?
—¡Ya está bien, Iliana! —dijo Nadine—. No tienes ninguna prueba de lo que estás diciendo y son acusaciones muy graves.
—No, no tengo ninguna prueba —reconoció—, pero sé que es verdad. Sé que hay por lo menos una espía entre nosotras, si no dos, y estoy segura de que son ellas. ¿Por qué otro motivo iban a estar aquí, como las demás, sin tener que sufrir las penas de nuestra vida de servidumbre? —Se dirigió por última vez a las dos mujeres antes de darse la vuelta y encaminarse a su rincón—: Espero que disfrutéis de los lujos que os han proporcionado las muertes de Hevia y Adele.
Las veteranas empezaron a increparla a sus espaldas, pero Iliana no se giró ni quiso escuchar nada de lo que le decían. Se sentó en su colchón y se puso a coser el roto de una de sus túnicas, que hacía días que quería arreglar, pero no había tenido tiempo de hacerlo.
Nadine y Violet llegaron a su lado al mismo tiempo.
—¿Es que te has vuelto completamente loca? —le preguntó su ex protectora—. ¿Cómo se te ocurre enfrentarte así a las veteranas?
—No son diosas, sólo dos mujeres más —contestó Iliana—, y de las malas.
—No puedes ir lanzando acusaciones de ese tipo tan alegremente.
—Ocurre que sé, sin ningún género de duda, que los mortífagos tienen espías aquí dentro y quiero que todas lo sepan para que puedan evitar confiar en quién no deben. No voy a permitir que vuelvan a ejecutar a nadie por culpa de una asquerosa rata traidora.
Nadine la miró con una expresión extraña.
—Te has precipitado, Iliana, parece que no hayas querido aprender nada de lo que intenté enseñarte. No puedes enfrentarte a ellas de esa manera y esperar salir impune del combate. Tienen influencias.
—Ya sé cómo han conseguido esas influencias —dijo la joven, con desprecio—. Mira, ya sé que te preocupas por mí, pero no les tengo miedo.
—Pues deberías —le advirtió la otra mujer—. Deberías.
Y, sin añadir nada más, se fue a su propio rincón de la estancia.
Violet, que había estado escuchándolo todo, pálida como la cera, se sentó junto a Iliana.
—Ya sé que llevo poco tiempo aquí —dijo—, pero, ¿crees que eso ha sido prudente?
—¿A ti también te parece mal?
—No, no es eso, es sólo que… creo que ha sido arriesgado. Por un momento me has recordado a mi amigo Harry, él es muy impulsivo y a veces eso le ha causado problemas o le ha conducido a tomar decisiones equivocadas.
Iliana suspiró, comprendiendo que a la chica no le faltaba razón.
—No he podido evitarlo. Cuando he visto la cara que ha puesto al verme me he sulfurado. La muy arpía seguro que pensaba que ya me habían ejecutado.
—¡¿Ejecutado?! —preguntó Violet, espantada—. ¿Por qué habrían de hacerlo?
Iliana estudió durante unos instantes el rostro de la joven. Snape le había aconsejado que no se fiase de nadie y había tenido razón, pero aunque Violet hacía poco que estaba en la Fortaleza –o quizá precisamente por eso–, la mujer sentía que podía confiar en ella. Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie las escuchaba y se acercó más a la muchacha para susurrarle.
—Alguien me ha delatado al amo Malfoy.
—¿Delatado? ¿Por qué?
—Eso da igual, el caso es que ha sido algo muy serio que ha estado a punto de costarme la vida y no tengo ninguna duda de que ha sido cosa de Atenea. Ella y Pandora son informadoras de los mortífagos.
—¡Merlín!
—No debes fiarte de nadie, Hermione. De hecho, creo que será mucho más seguro para las dos que a partir de ahora te llame Violet, como todo el mundo.
—¡Por supuesto! —accedió la chica—. No querría que te la jugases por eso; y no te preocupes, iré con cuidado. —Las dos se sumieron un instante en un silencio meditabundo, que Hermione terminó por romper—. Merlín, si tan solo pudiese recuperar mi bolso, quizá…
Iliana la miró sin comprender.
—¿Después de lo que te he explicado te preocupa tu bolso? —dijo, anonadada.
—No lo entiendes, en el bolso guardo algo que… bueno, es una locura, pero… —la miró como intentando averiguar si podía explicarle aquello tan importante y al final decidió que para conseguir algo tenía que arriesgarse. Bajó aún más la voz para confesar—: he estado pensando en huir…
Iliana se quedó estupefacta. Tal como estaban las cosas, la casualidad de que la joven le dijese eso, después de haberlo hablado ella también con Snape, le hacía desconfiar.
—¿En serio? —murmuró, cautelosa—. ¿Y cómo pretendes hacerlo? —Violet vaciló. Estaba claro que a las dos les resultaba difícil hablar sin tapujos por miedo a ser traicionadas. Iliana tomó una decisión—. Mira, este es un tema muy delicado, así que lo mejor será que lo tratemos en el aseo mientras te preparas para la tarde. Supongo que te habrá solicitado algún mortífago, ¿no? —preguntó, poniéndose en pie.
La chica asintió, imitándola, y ambas se dirigieron al baño.
—Tengo que ir a una fiesta con Yaxley… de hecho, eso era lo que te quería decir cuando has llegado: estoy algo preocupada, ¿es muy violento?
—No, tranquila, Yaxley es bastante fácil de llevar cuando está colocado… —contestó distraídamente, mientras ayudaba a desvestir a la joven y cogía los tarros de crema perfumada de jazmín.
—¿Colocado?
—Sí, le gusta tomar sustancias alucinógenas en las fiestas y lo dejan suave como la seda. Tú también tendrás que tomarlas.
Iliana empezó a untar la espalda de Violet con la crema.
—¿Yo? ¡No quiero! ¡No he tomado drogas en mi vida!
—Cielo, eso no es algo que puedas negociar, tendrás que hacerlo. Pero créeme, es mejor así; en realidad yo preferiría estar colocada con todos…
—Pero…
—Escúchame —dijo, bajando la voz y agarrándola de los brazos para darle la vuelta y quedar de cara a ella—, deja eso ahora, lo que tenemos que hablar es otra cosa, aprovechando que estamos solas… sé que en nuestra situación es difícil confiar en nadie, pero si no lo hacemos no llegaremos a ninguna parte. Yo te diré por qué me denunció Atenea y tú me explicas cómo crees que podrías huir de aquí, ¿qué te parece?
Violet asintió y la mujer le contó que la veterana la había delatado porque se había escondido una pieza de fruta para bajársela al prisionero.
—¿Y quién es el misterioso prisionero? —preguntó.
—No puedo decírtelo. —La muchacha la miró con los ojos entrecerrados—. En serio, no puedo. Pero te he contado lo prometido, ahora te toca a ti.
La joven cogió aire y lo exhaló lentamente, como para darse valor.
—Dentro de mi bolso guardo una capa de invisibilidad. Si pudiera hacerme con ella quizá podría escapar de aquí.
Iliana se quedó impresionada. Una capa de invisibilidad era realmente una muy buena noticia. Su mente trabajó rápido: si pudieran conseguir la capa, ellas dos podrían andar por los pasillos con el pretexto de que las habían solicitado y Snape podría ir oculto por ella; y si, además, se hacían con una varita, mucho mejor. Se sintió más optimista de lo que nunca se había sentido desde que la capturaron.
—Merlín, eso es realmente estupendo —susurró.
—Lo sería, si supiera donde han dejado mi bolso —dijo Violet, no tan feliz—. Me lo requisaron cuando me atraparon.
—No desesperes. Encontraremos tu bolso y recuperaremos la capa, después sólo nos faltará conseguir también una varita.
—Lo haces sonar muy fácil.
—Fácil no lo será, pero es necesario. Tienes toda la razón en que no puedes quedarte aquí, corres un peligro gravísimo si alguien descubre quién eres. Pero si te ayudo a escapar, yo me iré contigo… y alguien más, también.
—¿Quién? —preguntó Violet, alarmada.
—No puedo decírtelo. Aún no.
Violet negó con la cabeza, nerviosa.
—Esto es un error. Me dices que no debemos confiar en nadie y acto seguido me pides que comparta mi plan de huida con alguien que ni siquiera sé quién es?
—Violet, no tienes plan de huida, ni siquiera sabes dónde está situada esta Fortaleza ni lo que es.
—¿Y tú sí?
—Yo sí —dijo con seguridad, dejando boquiabierta a la joven.
—¿Conoces este lugar?
—Sí, pero eso no importa ahora mismo, hay muchas cosas que planear antes, como la manera de recuperar tu bolso. Sé que te pido mucho y no te doy ninguna información, pero piensa esto: si quisiera hacerte mal, le podría haber dicho a los mortífagos quién eres, y no lo he hecho.
Violet quiso replicar algo, pero no pudo. Su argumento era aplastante. Suspiró.
—Está bien, confío en ti. Pero, ¿estás segura de que esa otra persona no nos va a delatar?
—Absolutamente.
—Piensa que estamos poniendo nuestras vidas en sus manos.
—Lo sé.
—¿Es Nadine?
—No.
—Entonces… —antes de que pudiese terminar la frase, la puerta del baño se abrió y entró un centinela.
En un impulso, Violet agarró una toalla y se tapó como pudo con ella, pero Iliana se la quitó y la dejó fuera de su alcance. La chica la miró con ira mal contenida, pero entonces la voz del centinela se impuso.
—Vaya, vaya… la puta se ha vuelto pudorosa —se mofó.
Se acercó a ellas y recorrió de arriba abajo el cuerpo desnudo de la joven. Ella quiso taparse con las manos, pero Violet se las sujetó con fuerza a ambos lados del cuerpo para impedirlo.
—Iliana… —siseó, furiosa, intentando zafarse de su agarre.
—Estate quieta, es lo mejor —susurró la otra.
—Sí, estate quieta, será lo mejor —repitió el centinela, burlándose. El hombre levantó una mano y pellizcó uno de sus pezones con tanta fuerza que la hizo gritar—. Lástima que ahora eres requerida en otra parte, porque sino me encantaría perder un poco de tiempo contigo —dijo con tono de desprecio—. Acaba de arreglarte, te esperan en la sala grande.
Y, sin añadir nada más, el hombre salió del aseo.
Iliana soltó a Violet y esta, con lágrimas de humillación en los ojos, se giró para darle una bofetada.
—¿Por qué has hecho eso? —gritó.
La mujer suspiró.
—Si te tapas es peor —explicó—, no debes taparte cuando entre un hombre, aunque estés desnuda, no te sirve de nada y sólo consigues que se fijen más en ti. Es natural que tengas ese acto reflejo, pero debes intentar controlarlo. Hace un rato yo misma he cometido ese error y por suerte he salido del paso, pero sé de una chica que también lo hizo y los guardias la exhibieron en cueros por toda la Fortaleza durante dos días enteros.
Violet la miró horrorizada.
—¡Merlín!
—Exactamente.
—Tenemos que irnos de aquí, Iliana.
—Lo sé. Pero ahora será mejor que acabes de ponerte las cremas y vayas a donde te esperan.
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Al día siguiente, cuando fue a llevarle la comida a Snape, Iliana casi no podía mirarlo a la cara. Se moría de vergüenza de estar junto a él, como si pudiera adivinar sólo con verla las vívidas fantasías que había tenido con él mientras Malfoy la poseía. Pero si dificil le resultó contenerse mientras le daba la comida, fue mucho peor cuando tuvo que asearle. En cuanto hundió el paño en el agua de la palangana y se dispuso a ello su voz flaqueó y terminó por guardar silencio, ya que no podía sacarse de la cabeza la noche anterior. Frotó con suavidad el rostro y el pecho del hombre, creyendo sentir todavía sobre su piel las manos que se aferraban a sus caderas y que no eran las de Snape, pero que ella había imaginado que lo eran. Lavó con cuidado las partes íntimas del hombre, notando como sus mejillas ardían con intensidad por el azoramiento y agradeció en silencio que la luz de la estancia fuese tan escasa. Cuando terminó con estas tareas se dedicó a abrazar al hombre para darle un poco más de su calor y disfrutar de paso de la sensación de tenerle tan cerca. Tenerle de verdad, sin necesidad de echar mano de la imaginación. Tenerle sólo para ella.
Snape, sin embargo, al verla tan callada, notó que algo le ocurría, así que cuando le preguntó si se encontraba bien, Iliana se obligó a recomponerse para que no se procupara.
—No es nada —dijo—, sólo que ayer fue un día... interesante.
Le explicó primero su enfrentamiento con las veteranas, pero a Snape no le hizo ninguna gracia que se hubiera expuesto de aquella manera.
—Debes ser más precavida —le advirtió, con el ceño fruncido y rostro sombrío—. No te conviene crearte más enemigos de los que ya tienes. Hay toda una fortaleza llena de ellos.
—¡Pero es que no puedo soportar sus caras de suficiencia!
—Sólo te pido que vayas con cuidado, Sandra.
—Haré lo que pueda, pero… pero a veces me cuesta morderme la lengua. Ya tengo que hacerlo con todos los mortífagos, callarme también ante mis compañeras del harén es… dificil.
Iliana pasó entonces a explicarle su conversación con Violet y Snape se mostró fascinado por el relato.
—Una capa de invisibilidad... —dijo—. No puede ser otra que la del maldito James Potter. Sería paradójico que ahora esa misma capa me ayudara a escapar. Eso, si de verdad esa chica la tiene y si es cierto que es realmente Hermione Granger.
—¿Y por qué iba a mentir sobre eso?
—No lo sé, pero tenemos que asegurarnos y se me ocurre cómo hacerlo. Sólo tienes que averiguar algo muy sencillo.
Justo en ese momento se escucharon los pasos del carcelero aproximándose, de modo que Snape le dijo rápidamente lo que tenía que averiguar y después Iliana besó por segunda vez la velluda mejilla del prisionero en un gesto que a partir de aquel momento sería habitual cada vez que llegaba la hora de irse.
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Iliana obedeció a Snape y en cuanto vio a Violet le preguntó lo que le había dicho. Al día siguiente, Iliana le relató al prisionero su respuesta.
Para que Violet no sospechase nada raro, Iliana decidió que tenía que descubrir lo que quería dando un rodeo.
Le explicó que no siempre lo había pasado bien en Hogwarts, que a veces había sufrido humillaciones, como cuando un chico de Gryffindor le lanzó un hechizo que le quemó el pelo y la dejó calva durante una semana. Y que lo peor de todo fue que el profesor Flitwick no se creyó que ella no hubiera hecho nada y los castigó a ambos por igual. Tenía pensadas otras historias tristes de su época de estudiante por si era necesario echar mano de ellas, pero no hizo falta, porque a continuación Violet le contó lo que quería saber.
—Me ha explicado que una vez un Slytherin le hizo crecer los dientes como los de un castor —le repitó después a Snape— y que usted, cuando la inspeccionó, dijo que "no veía ninguna diferencia".
Snape sonrió.
—Es Granger —dijo.
—Fue usted muy injusto con ella, profesor —repuso Iliana.
La sonrisa del hombre se esfumó y la miró con expresión inescrutable.
—Quizá —dijo simplemente—. La vida no es justa.
—Lo cierto es que fue usted muy cruel mientras era profesor —continuó ella, pensativa, y el humor del hombre empeoró visiblemente.
—Tienes razón, lo más probable es que merezca el castigo de estar aquí prisionero. He hecho muchas cosas terribles en mi vida y no siempre para mantener la tapadera como espía.
—Oh, no, en absoluto. Nada de lo que hizo le hace merecedor de esta situación.
—¡¿Cómo lo sabes?! —estalló él con ferocidad, haciéndola respingar, y la joven se echó un poco hacia atrás—. ¿Cómo sabes que no me lo he ganado a pulso? No me conoces, no sabes nada de mí. Crees que sí, pero no es cierto. Crees que lo que te han contado es la única verdad, que soy un héroe… ¡vaya héroe! Cruel y despiadado, rencoroso, vengativo... un héroe al que le importan una mierda las desgracias ajenas. He torturado y matado, incluso he violado a mujeres tan indefensas como lo estabas tú cuando te capturaron los mortífagos. Sus gritos y sus llantos no lograron hacerme parar, sus súplicas no me conmovieron ni hicieron que les mostrase clemencia. Las injusticias que cometí durante mi faceta de profesor eran amabilidad pura comparadas con mis acciones como mortífago.
Iliana sintió un peso terrible en la boca del estómago. ¿Sería posible que estuviera cuidando y que incluso sintiera afecto por alguien no muy distinto de cualquiera de sus captores? ¿Podría ser que se equivocase al volcarse en alguien que había cometido semejantes atrocidades?
Se mantuvo apartada de él unos instantes para reflexionar, durante los cuales el hombre la observó con expresión ansiosa, como esperando su sentencia.
Iliana trató de ser objetiva, pero le costaba centrarse con las palabras de Snape resonando en su cabeza. En su opinión, el mero hecho de que considerase que merecía ser castigado por sus actos ya le diferenciaba del resto de mortífagos. Todos los que conocía se pavoneaban de un lado a otro como si el mundo les perteneciera y el resto de la humanidad les debiera pleitesía, satisfechos y felices con su situación de poder. Ninguno de ellos se mostraba arrepentido en lo más mínimo por esclavizarlas para su propio placer ni por convertirlas en esclavas; ninguno de los que la había capturado pareció asqueado por aquel salvajismo, como Snape lo estaba mientras hablaba, ni tampoco se mostraron incómodos por matar a todos los hombres que se ocultaban en la misma cueva que ella. No, de ninguna manera podía compararle a aquellas bestias. Pero lo que había confesado era realmente terrible.
—¿De... de verdad ha violado a mujeres? —preguntó, desolada.
—Desearía poder decir que no, pero sería mentira. Lo he hecho tres veces. Todavía recuerdo sus rostros y sus gritos, los insultos que me dijeron, sus uñas clavadas en mi piel...
—¿Por… por qué...? ¿Por qué lo hizo?
—Quiero creer que no tenía alternativa, pero la verdad es que fui un cobarde. Mis compañeros me instaban a hacerlo y no sabía cómo quitármelos de encima, de modo que hice lo que me decían. Esa fue la primera vez, cuando acababa de unirme a los mortífagos. Se llamaba Evangeline Starking. Cuando acabé con ella, Lucius Malfoy le lanzó un avada kedavra. Las otras dos veces ya estaba espiando para Dumbledore, pero no podía permitir que lo descubrieran y fui demasiado débil o demasiado estúpido para encontrar una salida a la situación. Eran Abigail Hooper y Denise Trevanian. También fueron asesinadas después.
—Pero entonces no lo hizo voluntariamente...
—No te engañes, quizá eso no fue voluntario, pero fui yo, no otra persona quien lo hizo. Y también hice cosas igual de malas o incluso peores y sin coacción. Antes de que Dumbledore me rescatara de mí mismo estaba muy perdido en mi propia oscuridad. Quizá Albus nunca llegó a ser la figura paterna que él creía ser, pero lo cierto es que sin él, probablemente ahora sería la mano derecha del Lord.
—Eso no me lo creo. Seguro que hubiera encontrado su camino hacia la luz, aunque hubiese tardado un poco más —dijo ella, con voz suave—. Sé que hay bondad en usted, profesor. La diferencia principal con respecto a los demás mortífagos es que usted sabe que todo eso está mal. Tiene una conciencia que le hace recordar los nombres y los rostros de esas mujeres, y que en su día le llevó a sacrificarlo todo (su integridad física, su paz espiritual, su vida entera) por enmendar sus errores pasados. Entre usted y los demás media un abismo —afirmó, con solemnidad—. Y si no le importa, prefiero no volver a hablar de esto; me duele pensar en las cosas que tuvo que hacer cuando estuvo en las filas del Lord.
—No quieres reconocer la verdad —la acusó él.
—La reconozco —se defendió ella—. No pretendo negar los hechos, soy perfectamente consciente de lo que significa llevar esa marca —apuntó, señalando el brazo izquierdo del hombre—, yo misma he sufrido sus consecuencias, pero eso no quiere decir que me guste regodearme en ello. Profesor, su cuerpo está atrapado en esta celda, pero veo que su mente se halla cautiva de una prisión aún peor que usted mismo se ha creado, donde los recuerdos son su condena y los remordimientos sus carceleros. Y tengo intención de liberarle de ambas cárceles.
El hombre estaba asombrado, toda la furia de momentos antes se disipó tan rápidamente como había aparecido.
—Eres una inconsciente —murmuró.
Para su estupor, Iliana sonrió.
—Es posible —admitió—, de otro modo no se explica que esté pensando en escapar de una fortaleza plagada de mortífagos sin tener la menor idea de cómo hacerlo.
Volvió a coger el plato de la comida y acabó de alimentar al prisionero, que se quedó un buen rato sumido en sus pensamientos.
—¿Sabes? —dijo de pronto, mirando a un punto indefinido de la oscuridad—. En todo el tiempo que llevo encerrado y a pesar de las frecuentes visitas que me hace, la verdad es que el Lord nunca ha sabido cómo quebrarme. Él piensa que toda la gente es como él, y que el reconocimiento y el temor o la admiración pública son las únicas cosas que anhelamos los mortales, así que él está convencido de que lo que me hunde por completo es ser ninguneado, que nadie sepa dónde estoy ni nunca conozcan cuál ha sido mi destino. "Ya no eres nadie", me dice en cada una de sus visitas, "Mi fiel traidor, no eres nadie. Muerto para todos y ya olvidado, estás peor que muerto, estás ignorado". Pero me da igual porque nunca he necesitado ni tenido el reconocimiento de la gente. Lo que de verdad me duele, y es un daño que él consigue infligirme sin siquiera saberlo, es saber que nunca le he importado a nadie de verdad, que nunca he dejado mella en otro ser humano; al menos, no una huella positiva, por la que alguien pudiera querer recordarme sin sentir la bilis subirle a la garganta. Y ahora, en medio de este infierno en el que sobrevivo, apareces tú y me dices que te da igual arriesgarlo todo para sacarme de aquí, me dices que lo más importante para ti es liberarme de esta prisión. Nunca nadie me había puesto por delante jamás. Nunca nadie había puesto mi bienestar por encima de todo lo demás —alzó el rostro y la miró directamente a los ojos—. ¿Entiendes ahora por qué necesito que tengas cuidado? —Iliana no pudo contestar, el nudo en la garganta se lo impedía, pero asintió con la cabeza—. Si te ocurriera algo… —añadió él—. Eso sí conseguiría quebrarme de tal manera que nada ni nadie podría volverme a recomponer.
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Después de aquel momento tan intenso vivido con Snape, Iliana se encontraba sumida en un estado de agitación tremendo. Cuando se encontró con Malfoy por la tarde, el mortífago se sorprendió ante la fogosidad de la joven que, a la más leve indicación por su parte, se arrodilló ante él para tomarle en la boca y succionar su miembro con energía. En pocos minutos, el hombre se corrió con fuerza y, tras la última sacudida de placer, la tomó por los brazos, la hizo levantarse y la besó en los labios con frenesí.
Fue el turno de la joven de mostrar su asombro; se quedó rígida como una tabla en sus brazos y abrió los ojos de par en par, sin entender a qué venía aquello; y el hombre, que tampoco se explicaba de dónde había salido el impulso por besarla, se apartó de ella con brusquedad.
—No se puede negar que eres muy buena en tu trabajo —masculló el rubio, que nunca antes había besado a otra mujer que no fuera su esposa.
Iliana apretó los puños. Su trabajo, había dicho. Como si fuera una prostituta vocacional. Sus ojos se empañaron con lágrimas de rabia, pero se empeñó en espantarlas.
Malfoy le ordenó que se desnudase y se pusiera a cuatro patas sobre la cama. Ella obedeció con presteza, feliz de no tener que mirarle a la cara mientras la tomaba.
