Durante todo ese tiempo, no he podido parar de pensar en la cabeza humana tras el hollow. Maldita sea. No quería volver a hacer esto.
¿Por qué me invocas, entonces?
No lo sé. Sé de qué son capaces de hacer esas bestias, y sé que hay otra gente que los destruye. Pero jamás los he visto en tanto número. Estoy asustado.
Sobreviviremos. Asustarse está bien, solo necesitas superar aquello de una buena vez. Para mí también fue duro pensar en las bestias convertidas en humano.
Kibo, ¿crees que si acabamos con ellos irán a algún sitio mejor?
Eso espero.
Los shinigami trataban de replegarse y de juntarse gracias a los pequeños aparatos que les dio Mayuri, pero ¡habían pasado tanto tiempo sin comer un shinigami que no iban a dejarlos escapar! Como respuesta, ellos bebieron de unas pequeñas cantimploras un poco reiryoku, lo justo para lanzar kido mientras esperaban refuerzos y se acercaban unos a otros como buenamente podían.
Por otro lado la muchacha posó sus manos en las barandillas de la azotea y sonrió de medio lado viendo como poco a poco el caos iba naciendo. Su felicidad fue robada en seguida cuando una enorme presión espiritual le sacó por completo el aliento. Su jefe.
—¿Te parece bonito lo que estás haciendo?
—Lo cierto es que sí —respondió con rebeldía, provocando que su jefe suspirase con ideas de castigarla.
El jefe, un hombre de casi treinta años y pelo largo y lacio atado con una cola de caballo, de unos penetrantes ojos azules que escudriñaban la situación desde aquel pequeño balcón aflojando el nudo de su corbata.
—Nuestra guerra es con los shinigami, no con los humanos —le explicó como había hecho mil veces anteriormente—. Recuerda que nuestra organización nació para protegerlos, no para usarlos de carnaza. En esta ocasión no tendré más remedio que …
Un reiatsu extraño alertó a los dos, algo rápido, casi imperceptible a la vista, que iba cortando de forma limpia a los hollow como poder divino; mortífero e invisible. El hombre ya había sentido ese reiatsu anteriormente aunque ella no sabía de qué se podía tratar y sus ojos se abrieron como los de un águila buscando a aquel ser con tanto potencial.
—Parece… que te han salvado, por esta vez —susurró el adulto.
Rukia, por su parte, había llamado la atención de más hollow de los que quería siendo presionada a no parar de correr para evitar los constantes ataques por parte de las bestias, forzando al máximo su gigai y resistencia humana hasta que sus pies tropezaron y a pesar de no haber caído perdió el tempo de su carrera. Los hollow sonrieron y atacaron en manada como leones tras haber aislado y cansado a su presa. Ni los shinigami ni los hollow se dieron cuenta de que un grupo de personas de traje evacuaban a las personas, argumentando de que estaban buscando una bomba puesta por unos terroristas. Las personas se habían ido en silencio, así que con un poco de paciencia y disimulo los shinigami de la ciudad se formaron en tres grupos de al menos cuatro personas cada uno, salvo por Rukia. La esencia de una capitana tan débil le hacía en plato más jugoso para los hollow más despiertos y hambrientos. No dudaron en perseguirla por toda una calle hasta la Plaza España donde su cuerpo falló y sus piernas flaquearon. Maldijo por lo bajo preparando sus mejores hechizos de kido cuando un mar de máscaras de hueso se abalanzó sobre ella.
La presión cambió. Apenas podía respirar y los hollow pararon su ataque. Miraban a todos lados, con una mezcla de miedo y deseo por atacar a quien les estaba desafiando. La esencia estaba mezclada entre un hollow y un shinigami, pensó en los Vizard, pensó en un Ichigo venido del Rukongai a salvarla…
Vestido con una piel de un gran y lanudo lobo blanco, un muchacho se plantó entre el enjambre de bestias variopintas y ella. No era muy alto y podía ver como de su cabello habían nacido dos orejas. Una cola sobresalía de sus ropas mientras sus pies y manos habían sido transformados en peludas garras de pelaje blanco y uñas negras. Su cola se movía, erizada. Un rugido de advertencia provenía del muchacho y parecía funcionar.
Aquello era… ¿un shikai o un bankai?
El chico se giró. La esclerótica negra de sus ojos le hizo pensar en un arrancar, pero no había máscara ni rastros de ella.
—Tú… de nuevo —habló el joven Diego con la aguda voz de Kibo hablando al unísono, similar a lo que pasaba cuando cierto joven se ponía la máscara—. No me digas que les puedes ver… Esto es problemático.
Un paso en falso y todos atacarían a la vez.
—Corre, a donde sea, cuando yo te lo diga.
—Debo reunirme con mi grupo —respondió ella—. No puedo irme sin más.
—¿En qué dirección?
—Por la calle a la esquina de la plaza.
Diego cerró los ojos y suspiró con pesadez. Relajó su cuerpo mientras su energía espiritual tomaba la forma de un lobo alrededor suya, aullaron al unísono provocando una casi instantánea ola de frío que parecía ascender en cono por kilómetros de longitud. Cubrió a las bestias con una fina capa de escarcha pero el poder que emanaba del hielo no pudo evitar recordarle a Hyorinmaru. El chico se recompuso y tomó a la desconocida en brazos saltando por encima de los huecos congelados.
—¡Yo… soy Diego! —trató de hablar mientras usaba una extraña técnica de movimiento rápido.
—¿¡Crees que es momento para presentaciones!? —gritó Rukia en sus brazos.
Jamás había visto ese Hoho. No era un shunpo ni un sonido; la técnica no tenía más sonido que el susurro del viento al alcanzar altas velocidades y no se sentía como un shunpo. El Hirenkyaku era imposible, ya que la falta de presión era en gran medida por la existencia casi nula de las partículas, que eran necesarias para estabilizar el reiryoku y el reiatsu. Ni era un Bringer Light de los Fullbring ya que lo único que seguía los pasos del chico era una hermosa estela de nieve. ¿Había desarrollado su propia habilidad para moverse? Saltó cruzó de acerca a acera con un salto y echó a correr por donde ella le había indicado: era la misma calle donde se habían encontrado, la dichosa Calle Castillo. Lo encontró poético.
Más rugidos, y con ellos más bestias saltando de portales por encima de ellos.
—¿¡Es que no paran nunca!? —gritó Diego cada vez más estresado.
El chico era rápido, lo suficiente para dejar atrás una oleada entera de hollow. Sus movimientos eran toscos, y podía sentir como su corazón latía a una velocidad anormal. No sabía cuánto llevaba así pero su instinto le decía que no iba a aguantar mucho más en esa forma, y en cierta manera no se equivocaba: la respiración del chico era pesada, sus pulmones ardían con el entrar y salir del aire y presentaba algunas gotas de sudor bajando por su frente.
—¡Hay gente delante! —dijo ella al fin, tras recorrer media calle.
Los Shinigami, en sus gigai, esperaban a su capitana con la puerta del Dangai a medio abrir. Repelían las fuerzas que saltaban hacia ellos con bolas de energía de color rojo que parecía fuego, si bien una sola bola de fuego no podía con ellos los parecía alejar lo suficiente para pensarse en atacar de nuevo. Diego apretó la marcha.
—¡Tu nombre! —le pidió el chico cuando ya casi estaban llegando.
—¡Rukia, Rukia Kuchiki!
—Muy bien, Rukia. ¡Ha sido un placer! —la tomó por el cuello del vestido y por una pierna, y dando un ágil giro la lanzó contra quienes confiaban eran sus compañeros que no dudaron en ponerse en medio para detenerla, ante los gritos de la capitana que parecía tener un deja buu—. ¡Corred!
La capitana le iba a mentar la madre cuando dos enormes dagas cuyas hojas blancas parecían colmillos de al menos treinta centímetros aparecieron en sus manos. Desapareció, solo dejando su característica estela de nieve donde un hollow caía con un profundo corte en el cráneo Poco a poco, iba deshaciéndose de todos y de nuevo la sensación de inutilidad como hacía tanto tiempo no había experimentado.
—¿Aún os queda energía de las cantimploras? —les preguntó Rukia a sus soldados en la puerta del dangai—. Dádmelas.
No perdieron el tiempo y se las dieron, y Rukia no dudó en terminarse hasta la última gota, cerrar el Dangai con sus soldados dentro, deshacerse del gigai y volar directo a repeler un ataque directo contra el chico.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Diego entre jadeos.
—No podía dejarte tirado. Así que… he venido a ayudarte, usa tu técnica cuando yo lance la mía —sacó su katana de la vagina y se colocó protegiendo la espalda del chico—. ¿Estás listo?
Diego asintió con la cabeza reuniendo las pocas energías que le quedaban. No estaba mal. Estaba orgulloso de haber aguantado tanto tiempo tras el enorme periodo de ausencia, incluso podría decirse que estaba satisfecho y feliz de tener a la chica de la noche anterior protegiendo su espalda. Rukia explicó que solo tenía energía para una única técnica, a partir de ahí sino funcionaba tendría que improvisar él. Con su espada aún en su forma base Sode no Shirayuki brilló levemente y se dibujó un círculo blanco en el suelo. Esperó a que la gran mayoría de los hollow se reunieran en un único lugar y lanzó su ataque.
—¡Tsukishiro!
Rukia saltó fuera del círculo mientras una ventisca proveniente del círculo levantó a Diego cientos de metros, sintiendo como la corriente comenzaba a solidificarse pensó en que si no actuaba pronto acabaría hecho un cubo de hielo.
—¡Aulla conmigo, Kibo!
La corriente de frío del muchacho fue acompañada por el aullido de un lobo, que resonó por todas las casas lanzando la columna de frío en todas direcciones como una ventisca, acompañado de pequeños fragmentos de hielo y nieve. Rukia sonrió complacida de cómo los hollow iban cayendo prácticamente como si hubieran apretado el botón de exterminio de un área, cubriéndose tras una columna de una de las tiendas para que las dagas de hielo no la alcanzaran. A pesar del frío el viento cargado de energía que desprendía era agradable de respirar, y poco a poco la calle se congeló bajo una densa capa de escarcha.
Diego caía al suelo con cuidado mientras la pareja observó el resultado final de la batalla. El jefe se ajustó la corbata y cuando fue a hablar con su subordinada se dio cuenta de cómo le brillaban los ojos.
—¿¡Cómo alguien como él no está trabajando para nosotros!? —gritó entre la histeria y la alegría—. ¡Sus habilidades están a la par que muchos suboficiales!
—Nosotros ya le conocemos, lo hemos tenido bajo vigilancia y hemos esperado ansiosamente a que sus poderes madurasen. Cuando lo hizo… desapareció. Al final resultó que el cebo fue buena idea y todo, suertuda —sonrió—. Te lo encargo; convéncelo, amenázalo, tíratelo… haz lo que sea, pero háblale de nosotros y de la verdadera cara de la Sociedad de Almas.
El holófono del hombre sonó y con un simple gesto desplegó la pantalla viendo el mensaje de que el único shinigami que quedaba era la capitana de la decimotercera. Iban a cerrar las puertas de las islas.
—¿Qué haremos con la capitana?
—Un capitán que no tengan ahí es un rival menos a derrotar allí. Aquí es inofensiva, solo déjala.
Rukia había vuelto al gigai, le costó un poco explicarle al cansado chico, una vez su transformación terminó, qué ella era un shinigami y le prometió dibujos de referencia cuando estuvieran en un sitio más seguro. Y que no estuviese congelado, a ser posible. Tras lo cual ella comenzó a caminar calle arriba hasta donde estaba el Dangai, sacando lo que él consideraba "la reliquia de un fósil" para llamar a la sociedad de almas. Una horrible noticia le petrificó por completo: no se podían abrir de nuevo los dangai, e incluso escuchó la voz de su hija gritando a Mayuri lo incompetente que era.
—¡No me tires tus sandalias a la cara, jovencita! —escuchó Diego antes de que Mayuri le dijera que se apañase, ya que había entablado contacto con el "sujeto de futuros experimentos" y que tratarían de conectar a los pocos días.
—¿Quién le tiró las sandalias a la cara?
—Posiblemente mi hija —respondió ella con calma—. Se llevan muy mal.
Rukia frunció el ceño cuando el chico comparó las alturas con un movimiento de brazos.
—Será un bebé, imagino.
—No, tiene más años que tú.
Diego solo pudo mascullar un "¿ah?" y ella tuvo que explicarle cuántos años tenía y la alta vitalidad de las almas mientras Diego se ponía blanco al escuchar que ¡Rukia tenía 700 años! Mantuvo sus cejas levantadas mientras tomaba aire y su mente procesaba todo lo que le habían dicho en tan poco tiempo.
—Espera, ¿Qué te las apañes? —Rukia asintió—. ¿No tienes dinero, ni pisos franco, ni lugar a los que ir? —Rukia negó en todas, y apuntó que los pisos eran buena idea—. Maldita sea… Está bien, quédate conmigo en mi casa.
—No quiero molestar
Aunque lo cierto es que según el chico se lo pensaba ella colocó cierto rostro triste y lastimero, tal como había engatusado a cierta familia tiempo atrás. La respuesta la dejó helada:
—Ya molestas —espetó él rápidamente con un rostro amargo, que rápidamente cambió con un leve suspiro a una tímida sonrisa—. Qué más te da molestar un poco más. Lo cierto es que tengo cuatro habitaciones muertas de risa que iba a alquilar. Le encargaré tu renta a tu división.
Lo que se convirtió en un ángel salvador para la capitana rápidamente se transformó en un malvado usurero que pensaba sangrarle y cobrarle el alquiler de un par de días en su habitación. Solo tenía una palabra para eso: cabrón. El chico se metió las manos en los bolsillos y con la espalda ligeramente encorvada caminó hacia una de las calles secundarias.
—Es una broma —admitió un poco después, cuando la notó nerviosa por "pagar la renta".
