~No me dejes caer~

Por razones estéticas


"Era precioso cuando sonreía. Iba a tener que asegurarse de que lo hiciese más a menudo, por razones puramente estéticas."


Los días en Adelaide transcurrían lentamente: las mañanas serenas seguidas de días largos, secos y calurosos, con un sol que parecía no querer ocultarse por más tarde que fuese, prolongando así por más tiempo el hastío. Olvidando incluso por momentos que se trataba de una ciudad, intento de primer mundo y no de las, salvajes y asfixiantes, provincias australianas. Tan solo por las madrugadas el precario invierno hacía presencia en forma de humedad y un frescor que entumía los huesos. Días tediosos que se transformaban en semanas interminables.

Se encontraban en el extremo del mundo, en un pedazo de tierra gigantesco situado en una punta del cono sur del planeta, ¿qué podría importar lo demás estando ahí, al borde de todo?

Con pereza caminó por los pasillos de la Facultad de Artes de la Universidad de Adelaide y mientras sostenía su bandolera de piel negra contra su hombro derecho, pudo sentir algunas miradas curiosas sobre sí; ignorándolas, avanzó hasta que llegó a la salida del edificio, abriendo la puerta y sintiendo de inmediato el aire seco y caluroso del exterior.

Después de evitar a algunos alumnos alborozados, pudo al fin sentarse en una banca al lado de un viejo arbusto, y mientras se aflojaba la corbata extrañó por un momento el aire acondicionado del edificio. Con cautela, abrió su portafolio y sosteniendo su tabaco recién encendido buscó con la otra mano los documentos que hace un momento acababa de revisar con el jefe del Departamento de Estudios Asiáticos. Antes de abrir la carpeta grabada con el logo de la universidad, dio una calada a su pitillo, para posteriormente disponerse a revisar los papeles con la parsimonia y antipatía que le eran características en tales menesteres.

—Joder… —resopló con cierta ironía. Si tiempo atrás le hubiesen comentado que terminaría como profesor en una universidad australiana no lo habría creído, pero la vida —o el destino, como lo llama Shinobu— siempre da giros impensables, y entre su fugacidad y su crueldad, uno siempre termina lejos de donde ambicionó llegar.

La Facultad de Artes de Adelaide no contaba con una formación propia de estudios asiáticos, mucho menos de estudios japoneses, pero contaba sí con grados menores que consistían más bien en enseñanza de la lengua y algunos aspectos básicos interconectados entre sí sobre algunas de las culturas importantes de Asia. Contra su gusto, no impartiría literatura, pero sí lengua japonesa y no precisamente en un nivel de morfosintaxis avanzada como a él le hubiese gustado.

El asunto era gracioso porque durante su formación de filólogo él más bien se enfocó en los estudios literarios que en los lingüísticos. Y era gracioso también, porque así, como profesora de japonés, fue que años atrás conoció a aquella que se convertiría en su mujer, a su sensei.

Él tenía 17 y ella era mayor. Él no sabía qué rayos hacer con su vida y ella impartía cursos de japonés superior y también clases en una academia para extranjeros. Ambos eran un remolino de contradicciones y sutilezas, pues mientras Miyagi era un desastre de chico —fuerte, impertinente y salvaje—, ella era dedicada y amable, enfocada siempre en su trabajo y en sus alumnos, noble e inteligente, pero sobretodo muy hermosa. Era todo eso y más, y había logrado hacerla suya pese a su corta edad.

Durante años, al pensar en ella y en todo el inmenso amor que le tuvo, solía experimentar ataques fugaces de viejas memorias de su mujer: algunas más felices, otras más tristes, pero también aquellas de la intimidad compartida entre ambos, la dama dulce y el muchacho impetuoso. Y eran esos pequeños destellos lo único que bastaba para mantener vivo tanto el cariño como el dolor, para tener la certeza irrevocable de que nadie nunca podría llenar aquel vacío.

Ahora, en cambio, al pensar en ella sólo sentía una oleada de cariño, de melancolía y de una desesperanza que más bien le parecía añeja. Atrás se había quedado el frenesí de la juventud y de tenerla. Él se había despedido en Japón y junto a ella se había quedado enterrado para siempre lo más hermoso que ambos habían poseído. Ya solo quedaba el recuerdo, uno ahora más dulce que amargo, pero que al mismo tiempo comenzaba a tornarse difuso e intangible.

Con un suspiro terminó de revisar el plan de estudios y se dispuso a hojear el libro de texto frente a él. Pese a todo, el no tener que ocuparse de la investigación y crítica literaria de manera formal, le daría el tiempo para poder adaptarse a su nueva vida en Australia, pero especialmente para asegurarse de que todo estuviese bien con Shinobu, razón principal por la que había viajado a ese extremo del mundo cuyos folletos turísticos no hablaban del calor y el hastío.

Después de apagar su cigarro contra la orilla de la banca en la que se encontraba, miró con sosiego su reloj de mano, aún faltaba poco para recoger a Shinobu en el consultorio del Dr. White, pero, por si acaso, prefirió adelantarse.

Mientras guardaba sus cosas y se echaba la bandolera al hombro su móvil comenzó a timbrar, con prisa lo buscó en los bolsillos de su saco y pudo ver el nombre de Risako Takatsuki en el identificador de llamadas.

En un momento de pereza pensó en ignorar la llamada y poner el aparato en modo silencioso. De inmediato desecho la idea, primero porque él no habría obtenido un empleo con tanta rapidez de no ser por la magnífica carta de la Universidad M que Risako le consiguió, y segundo porque después de todo ella era la hermana y tutora de Shinobu.

—¡Yō…! ¿Qué tal está todo en Adelaide? —la voz dulzona fastidió por un momento su oído y no pudo sino hacer un mohín y desviar la mirada ante el, para su gusto exagerado, entusiasmo de la chica debido a su nuevo empleo.

—Es grandioso que las cosas estén mejorando por allá, en verdad… también me esforzaré mucho, para resolver los asuntos pendientes en Tokio y reunir de nuevo a mi familia —dijo con seguridad y aunque frunció el ceño al escuchar que su hermano había estado teniendo un poco de debilidad y cansancio, confió en que con la mejora en sus terapias y los planes para su posterior ingreso al instituto todo estaría mejor— Es genial que el aire de Australia le esté sentando bien —susurró— y sé que después de tanto dolor podrá salir adelante.

El profesor asintió, los planes de la castaña a veces lo abrumaban, pero sí de todo eso podía salir algo bueno entonces qué más daba.

—He estado pensando en inscribirme a un curso de cocina, luce bastante interesante, desde gastronomía tradicional japonesa hasta algo más gourmet e internacional. ¡Cuídense mucho y espérenme, que ya pronto podré ir a cocinarles para que no mueran de inanición! —y la coqueta risa de la muchachita de pronto se vio sumida en el silencio— En verdad… gracias por hacer todo esto por nosotros. Y, bueno… Yō, sé que es muy pronto para esto… pero cuando todo esto pase y mi hermano sane y vuelva a ser el mismo de siempre, yo… yo te estaré esperando de vuelta, en Japón.

Y esta vez fue el turno de Miyagi para fruncir el ceño.


Fastidiosos como los días de colegio eran los días de psicólogo. Lo cierto era la mayoría de las veces White lo cansaba y lo abrumaba, cuando no se aburría en la terapia se fastidiaba. Incluso en ocasiones cuando creían estar llegando a algo, el menor terminaba odiándolo mucho por recordarle momentos que lo que en realidad deseaba era olvidar.

¿Qué hay de malo en querer borrar de sí el dolor? Removerlo de su piel blanca hasta que no quedase nada, enterrar toda la miseria en un agujero y no volver a saber de la crueldad humana nunca más. Eliminar todo por más imposible que pareciese. ¿Cómo sanar un alma cuando ni tú mismo sabes qué transcurre en ella? ¿Cómo salir adelante si aunque sujeten tus manos tan sólo quisieras negar todo lo ocurrido, salir de la tempestad fingiendo que no te dañó, que los moretones y desgarraduras no están ahí? Oh, pero sí que lo están.

Y, sin embargo, en medio de todo el sufrir, no podía negar que poco a poco estaba consiguiendo salir del abismo en que el terror y la desesperación lo habían sumido. Quizá despacio, quizá inconscientemente y quizá de un modo insano… pero saliendo adelante, a fin de cuentas. El rubio quería atribuirlo al cambio de aires y a la compañía de su profesor de literatura favorito, sin embargo, en el fondo, y más de lo que le gustaría admitir, White también lo estaba ayudando.

—Tal vez deberías de prestar más atención entonces —le dijo el psicólogo mientras se removía los cabellos caramelo y acomodaba sus lentes de pasta— Shinobu.

La voz grave del mayor sacó al rubio de sus cavilaciones, y con el ceño fruncido miró al galeno mientras fingía prestar atención.

—No podrás pasar toda la vida simulando que nada pasó, y debes ser consciente de que no siempre podrás soportar tú solo el peso de eso que tanto tratas de negar.

El rubio hizo oídos sordos a las palabras del mayor y puesto que era consciente de que poco a poco —tal vez con lentitud, pero de modo más o menos constante— el miedo iba abandonando su ser, fue que se decidió a clavar sus ojos grises en los marrones de White. Tal vez era un genio australiano, una eminencia médica… pero oh, esta vez sí que se equivocaba, pues a fuerza de mimos y sinceridad había logrado convencerse de que ya nunca más tendría que cargar él solo con el peso de sus pecados. No mientras él estuviese a su lado.

—Shinobu… —suspiró el galeno ante el brillo de desafío en la mirada del menor. No sé necesitaba ser un genio para saber que Takatsuki estaba haciendo las cosas mal… no obstante, White tenía que admitir que conforme las semanas pasaban el niño iba mejorando, recuperando los pedazos rotos que había dentro de sí. Quizá no fuese del mejor modo, y quizá más tarde habría que corregir hábitos que debieron haberse eliminado desde un inicio… pero, ¡joder! con niños como Shinobu uno no siente sino ímpetu de sanarlos.

Gabriel White frotó sus ojos con lentitud mientras depositaba sus anteojos frente a su estilizado escritorio. A diferencia de muchos, él se consideraba humano en su trabajo. No era un naturalista objetivo, pues bien sabía que la magnitud de la fragilidad del hombre al final termina sobreponiéndose a todo. Él era un genio, sí… pero también entendía de debilidades y miserias, de corrupciones.

Sujetando su pluma fuente comenzó a escribir algunas anotaciones en uno de sus elegantes folios mandados a hacer. Y mientras la tinta se deslizaba con fluidez en una bella caligrafía cursiva, supo que por más tentando que se sintiese a una u otra opción, era consciente del camino que debía seguir.

—Me parece buen momento para bajar la medicación. —habló con suavidad y una sonrisa amable— sé que te fastidia, pero verás que pronto saldrás de todo esto y no será necesario. Sé que has tenido algo de cansancio excesivo y malestar general, pero me parece mejor que le hagas una visita rápida a tu médico general y sea él quien te recete algo que te siente bien, también podrías pedirle algún buen suplemento alimenticio e incluso un plan nutricional o, que sé yo, de ejercicio. Seguro que te sienta de maravilla. Por ahora creo que estarás bien con un poco de… Shinobu, ¿me estás escu…? —Y al voltear sus orbes mieles hacia el menor pudo comprobar que en efecto no lo estaba escuchando.

—Genial. Bueno se ha acabado el tiempo, me tengo que ir… gracias—Shinobu hablaba con calma y propiedad, pero con un rastro de entusiasmo, mientras que, con algo de prisa, tomaba sus cosas y se apresuraba a salir del consultorio.

Afuera, en la recepción, ya lo esperaba Miyagi, como siempre. Colgándose su bolsa al hombro, Shinobu avanzó y en un gesto sin importancia le colocó la receta de White en sus manos. El profesor suspiró, no había que ser un genio para darse cuenta de que, como siempre, Shinobu se haría el tonto a la hora de tomarse los medicamentos… del mismo modo que él, también se haría el tonto para reclamárselo. No era partidario de una medicación fuerte en el menor, y mientas que a Shinobu no le afectase negativamente, ¿qué más daba verle la cara a White?

Afuera, el viento removió los cabellos rubios del niño y la arena acarició su piel. Suspiró mientras miraba como el aire ondeaba el cabello negro de Miyagi y le dio una pequeña mirada de agradecimiento al verse al fin libre de la terapia del día.

...

Recargado sobre la puerta de su consultorio, Gabriel se acomodó la corbata y miró con el ceño fruncido el modo en que los ojos de Shinobu brillaban al encontrarse con el asiático y como, después de ignorarlo olímpicamente, se iba tras el profesor cual perro fiel— Joder… —susurró a sabiendas de que no podía permitir que el caso se le saliese de las manos.


Abriendo su paraguas para protegerse de la inminente lluvia, Hiroki caminó de regreso a casa. Esa tarde había comido con Akihiko y, al igual que siempre que salía con el escritor, no terminaba de sorprenderse de ya no sentir nada, de que aquella atracción y admiración constante ya no estuviesen presentes… de que aquel amor que una vez lo consumió hasta dejarlo en la miseria, simplemente hubiese terminado, así, como empezó: rápida e indoloramente.

El otro día, había visto de reojo a quien parecía ser la nueva adquisición de Akihiko, un niño menudo y de ojos verdes… y lo que con todo lo relacionado a Takahiro antes torturaba su alma desahuciándolo física y emocionalmente, en esta ocasión no lo lastimo. ¿Qué más daba lo que el escritor hiciese con su vida? ¿Qué importaba que compartiese cama con ese mocoso de ojos verdes?

Y, sin embargo, pese a todo lo bueno o malo que pudiese haberle pasado en su vida, no dejaba de preguntárselo... ¿dónde quedó el amor?... adónde había ido a parar aquella maraña de sentimientos que durante tantos años había guardado por el peli-plateado. ¿Habían desaparecido así como así, de la nada, acaso tan efímero fue su amor?

Con cautela se apeó frente a la entrada de su apartamento, dejando su paraguas colgado en el alféizar de la ventana y quitándose su grueso abrigo mientras rebuscaba las llaves en su bolsillo.

—¡Estoy en casa! —susurró el castaño cerrando al fin la puerta tras de sí.

Extrañado de no escuchar una respuesta colgó su abrigo en el perchero, y después de descalzarse, avanzó con parsimonia por su apartamento. Hasta que de pronto, al igual que muchos días, una sonrisa en su rostro iluminó su día.

—Idiota… —susurró quedito Hiroki al ver un enorme ramo de rosas blancas sobre la mesa.

Al entrar a su hogar, se le había hecho extraño que siendo tan tarde no hubiese rastro de Nowaki… pero lo cierto es que siempre había rastro de él, pues como el tifón que era alborotaba todo a su paso, revolviendo la vida y los sentimientos de Hiroki.

Sin prisas, miró las flores que en la mesa aguardaban por él, con una etiqueta que ponía "Para: Hiro-san" en la desastrosa, pero amable caligrafía del médico.

El sonido de la puerta abriéndose y cerrándose hizo que de súbito se voltease para encontrarse al fin frente a frente.

—¡Oh! ¡Hiro-san! —lo recibió el tifón con su entusiasmo y lealtad de siempre— ¡No pensé que ya hubieses regresado! ¡Debiste haber llamado y pude haber pasado por ti a la estación!

Sin decir nada, sus ojos cafés lo miraron como queriendo buscar hasta lo más hondo de la alma del galeno.

—Tan solo fui por la cena —aseguró el otro con una sonrisa mientras dejaba unas bolsas con comida china en la mesa de la cocina— fue por eso que no dejé una nota ni te envié ningún mensaje… no pensaba tardar y, de hecho, quería darte una sorpresa —asintió mientras con cierta timidez miraba las flores que reposaban en la mesita de centro detrás de Hiroki.

Y ante el gesto del otro, este fue el turno de Kamijou de sonreírle de vuelta, de depositar su mirada marrón en la azul del otro con ese amor, entrega y reciprocidad que solamente había experimentado al lado de Nowaki— Idiota… —susurró mientras se acercaba al más alto y con amor sacudía la lluvia que había empapado sus cabellos azulinos— te enfermarás —dijo con molestia mientras retiraba el abrigo empapado del torso del más alto.

Pues bastaban esos minúsculos detalles para que Hiroki se convenciese de que lo suyo con Nowaki no era algo efímero ni decadente, sino que por el contrario era un amor luminoso que sin importar lo mucho que se lastimasen o las muchas veces que se perdiesen en el camino los haría volver a casa, a ambos: juntos.

Esa noche comieron comida china, y con el sonido de la lluvia, que poco a poco decaía, hicieron el amor hasta altas horas de la madrugada.


Al día siguiente, separados por un océano y un tanto más al sur, el sol salía radiante como siempre sobre las costas de Adelaide, iluminando con gracia a su alrededor y calentando poco a poco la arena, las playas, la ciudad entera que despertaba sonriente a iniciar un nuevo día o a encender su aire acondicionado.

...

Apeándose del autobús, Lizzie dudó de nuevo si haber traído una remera sin mangas había sido una buena opción. Era obvio que más tarde el calor estaría de los mil demonios, pero tampoco quería que el sol australiano chamuscase su piel. Haciendo ojos al cielo sacudió la arena de sus botas marrones e ignorando lo que más tarde pudiese suceder se internó en el campus principal de la Universidad de Adelaide.

Antes de entrar a uno de los laboratorios principales de biología, sintió como le jalaban una de sus coletas y la sujetaban fuertemente por la cintura.

—¡Elizabeth! —susurró con falso entusiasmo un muchacho unos años mayor que ella, de piel blanca un poco bronceada y cabello rubio y rizado, quien le sacaba de hecho varias cabezas a la menuda chica.

—Alexander… —susurró ella con hastío deshaciéndose de la merced del más alto.

—¿Qué hay? Supuse que estarías aquí. Que fastidio, Elizabeth, si no estás en Cleveland con los animalitos, te la pasas estudiando o metida en un laboratorio. Nerd —afirmó esto último con un gesto de desprecio.

—¿Vienes sólo a joder o se te ofrece algo más? —reiteró la muchacha con un suspiro mientras se acicalaba su coleta recién desacomodada, trenzándosela mejor en un intento fallido de ocultar el tono verde agua de las puntas.

—En realidad venía a platicar —dijo el que respondía al nombre de Alexander con un mohín— de hecho amanecí de buenas, Elizabeth. Incluso podría invitarte a tomar un café y platicarte por qué ando de tan buen humor. ¿Y qué me dices, Elizabeth? —enfatizó nuevamente su nombre con fastidio mientras tomaba a la chica por la cintura para captar su atención. Ante este gesto, ella se encogió de hombros, dejándose guiar por el muchacho, quien la tomó de una mano y la arrastró a la cafetería de la escuela.

—El Doctor Hale me espera antes de las 9 en el laboratorio, así que si en verdad planeas que te escuche más te vale ir rápido.

El rubio le restó importancia con un gesto de la mano mientras tomaba un americano bien cargado para él y un té frío para la chica.

—¡Es que estoy de suerte, Elizabeth! No sólo he conseguido un puesto oficial como ayudante de profesor, sino que ¡uf! ¡qué personalidad! ¡y qué porte! Oh, dios, ¡y encima es un estudioso de Bashō! Si con esto no consigo sacar adelante mi brillante tesis y obtener una beca en la Todai entonces mátame.

—¡Retrocede y pausa! —le dijo la muchachita clavando su mirada verde agua en la azul de Alexander— Es que no entiendo nada de lo que me dices…

Con más calma y con una sonrisa socarrona el rubio le explicó que sería ayudante de un profesor recién llegado de Japón, pero que lo mejor de todo era que había leído su tesis y algunos de sus artículos y que se estaba especializando en Matsuo Bashō. Y que si bien aún no era muy reconocido, sin duda, en el futuro se volvería toda una eminencia en la literatura japonesa— Me tiene que asesorar mi tesis, Elizabeth, sabes que mi sueño es conseguir una beca en la Universidad de Tokio para poder realizar mi master en filología.

La jovencita le sonrió de vuelta a su compañero. Alexander era un pesado y un cabrón. Sin embargo se conocían desde pequeños y durante mucho tiempo habían estudiado juntos, siempre formando equipo pues solían ser los mejores de la clase, Alex compitiendo con rudeza y ella simplemente estudiando. Y aunque actualmente la joven estudiante de biología estaba más que segura de que el joven filólogo se apenaba de presentarla ante sus luminosas amistades de la Facultad de Artes, él siempre terminaba llegando de vuelta a ella, ya para fastidiarla o compartirle sus logros. Oh, y como agradecía la joven que así fuese.

—¿Cómo dices que se llama? —preguntó después de un rato viendo la soberbia en los ojos azules de Alex.

—Yō Miyagi.

Y mientras recogía su bolso y terminaba de un trago su té frío, Lizzie se preguntó de dónde conocía ese nombre.

….

La respuesta le vino a su mente momentos más tarde, cuando con una leve sonrisa sacaba de su bolso el billete arrugado que Alex había colocado ahí, argumentándole que su orgullo no le permitiría dejarle pagar el té a una muerta de hambre, y que a fin de cuentas él la había invitado. Ahí, en el fondo de su vieja mochila se encontraba un sobre beige con las fotos que el día anterior había ido a imprimir. Muchas eran de sus experimentos y prácticas de campo, pero también tenía algunas de su empleo de medio tiempo en el Parque de Conservación de Cleveland. Entre ellas se encontraban unas pocas que había tomado a un par de visitantes, Shinobu y Miyagi, en una ocasión en que visitaron el zoo y ella fue su guía. Mientras esperaba a su asesor de tesis, la veinteañera admiró las fotos, había algo en ellas que le removían sentimientos dentro de sí, y se preguntó, muy detenidamente, si debía mencionarle a Alexander algo al respecto. Guardándolas en su bolso decidió que lo mejor era no decir nada, al menos por el momento.


Esa tarde decidieron salir por comida americana, por decisión de Shinobu, obviamente. El profesor se sorprendió y pese a su nulo gusto por las hamburguesas y las malteadas, no pudo sino complacer al rubio, quien poco a poco iba superando el temor al exterior y adquiriendo nuevamente pequeñas ilusiones cotidianas.

Porque claro, él quería estar ahí cuando el menor terminase de recuperarse a sí mismo, cuando pudiese después de un gran esfuerzo humano sanar sus injustas heridas… y tanto al final como en el proceso, Miyagi estaría junto a él. ¿Es que acaso podría ser de otro modo?

Así, ambos terminaron en un popular lugar de comida americana. Con timidez, el rubio ingresó, sujetándose inconscientemente de una manga del saco del profesor. Sin embargo, poco a poco, y ante una mirada llena de cariño de Miyagi, supo que no tenía que temer. El lugar estaba lleno de familias, grupos de amigos y parejas. Cosas que siempre dijo no le importaba tener o perder, y que, sin embargo, miraba siempre con atención e imperiosa curiosidad.

El ambiente en Australia era bastante agradable, había muchos extranjeros y en múltiples ocasiones llegar a un establecimiento y escuchar a lo lejos tu lengua te hacía sentir de un modo extraño en casa. Escuchando a todos a su alrededor, Shinobu deseó también participar, mostrarle a ese viejo que su inglés no era tan patético como el suyo, oh, no, sino todo lo contrario, digno de un joven de la alta clase de Japón.

Con sencillez, el rubio pidió la orden, eligiendo lo que el consideró mejor para ambos. Miyagi simplemente se encogió de hombros, en realidad no le agradaba nada de lo que ahí vendían, pero mientras fuese comestible y si Shinobu se lo pedía entonces qué más daba. Después de dar una levísima mirada de aprobación al buen inglés del menor, lo ayudó con simpleza a cargar las bandejas de comida y llevarlas hacia una mesa de la esquina.

Acomodándose en su asiento, el rubio miró a su alrededor y, de nuevo, comprobó que no había nada que temer. De improviso, una mesera apareció detrás de ellos, trayendo una soda para Miyagi y una malteada para Shinobu. El menor se sobresaltó al inicio, pero no pudo sino terminar rodando los ojos y burlándose descaradamente del pésimo inglés que Miyagi utilizó para recibir las bebidas y despachar a la moza.

—No lo entiendo, ¿acaso tu edad nunca te permitió hablarlo bien? —el rubio solía fastidiarse de la pésima pronunciación de sus compatriotas ¡qué les costaba mover la lengua un poco! No obstante, el horrible inglés de Miyagi no hacía sino causarle gracia… darle felicidad al hacerlo reír con algo tan simple.

El profesor se encogió de hombros y con un suspiro simplemente revolvió los cabellos de Shinobu para después tomar un poco de soda e ignorar las miradas curiosas de los otros con maestría.

Dándole un pequeño mordisco a su hamburguesa Shinobu cayó en cuenta de que no conocía muchas cosas del mayor, pero lo que en el presente vivía junto a él le daba tranquilidad y algo parecido a la alegría. Quería estar con Miyagi por siempre, escuchar su pésimo inglés siempre y burlarse de él siempre.

—¿En dónde aprendiste a hablar inglés?

Tragando duro y evitando mostrar en el rostro alguna seña que delatase su pasado tempestuoso ante esos ojos grises, el profesor le explicó que en la universidad, y que aunque no entendía ni mucho menos compartía la obsesión de los japoneses por lo americano era algo que más bien se vio obligado a realizar.

El rubio le explicó que el pasó un par de veranos estudiando inglés en los Estados Unidos, y que también había pensado con anterioridad en venir a pasar un tiempo a Australia.

Era cierto, tal vez conocían muy poco el uno del otro, tal vez el tiempo compartido aún era poco… pero ¿qué importaba?

Qué importaba si estaban alejados por muchas leguas de su tierra natal, qué importaba si después de todo un océano enorme los separaba de todo y de todos.

Y Shinobu lo entendió, tal vez estaba muy roto, y tal vez no sabía mucho del profesor, pero de cualquier modo se tenían el uno al otro. Y esa tarde ardiente en Australia, el rubio decidió que conocer más sobre Miyagi se volvería su nuevo pasatiempo favorito.

En ese momento, el sol se coló por los cristales del establecimiento, cayendo con suavidad sobre el rubio y haciendo que su cabello rubio luciese como de oro.

Al sentirse observado, Shinobu posó sus ojos grises, que con la refracción lucían azulinos, sobre él y le dedicó una de las más bellas sonrisas.

Y el profesor no tuvo otra opción más que devolverle el gesto.

Afuera el sol provocaba cansancio y un polvo terroso y marrón se colaba hasta los rincones más remotos de los hogares. Sin embargo, Miyagi entendió que no valía la pena el calor ni el hastío, siempre que Shinobu continuase saliendo adelante. Y viendo el rostro del rubio no pudo sino pensar que era precioso cuando sonreía. Iba a tener que asegurarse de que lo hiciese más a menudo, por razones puramente estéticas, obviamente.


21/Marzo/2016 ¡Feliz primavera!

Lamento haber tardado tanto en actualizar, no era mi intención, sólo que los meses pasados tuve una serie de complicaciones que se fueron encadenando hasta lograr que me retrasase enormemente en muchos aspectos de mi vida. Pero como siempre les digo: No pienso dejar los fics inconclusos, ni tampoco abandonarlos por tantísimo tiempo.

Una disculpa, de cualquier modo ya estoy aquí, y si bien este capítulo trae de todo, no estoy tan conforme xD Pero es más bien de esos pasajes necesarios para la transición efectiva de la historia. No son escenas que me entusiasmasen tanto, ni he ahondado tanto en los personajes, pero son momentos justos y necesarios.

Por cierto, agárrense fuerte que ya se viene el último momento fuerte de drama en el fic. Después las cosas se calmaran un poco e irá concluyendo.

¿Qué les ha parecido? Sean sinceros xD Me ha costado un poco, pero me la he pasado muy bien escribiendo algunas partes. ¿Qué piensan? ¿Tienen sus predicciones, apuestas?

Esta semana he tenido libre y me he apurado a terminar este capítulo, que quizá podríamos llamar relleno necesario para la transición de la historia.

Lo cierto es que ahora mismo estoy cursando demasiadas materias, pues estoy adelantando un par y además de seguir estudiando japonés también me inscribí a italiano. He tenido demasiadas tareas y pendientes, pero no hago esto de a gratis y si todo sale bien, en unos meses les traeré buenas noticias sobre mi vida. Es por eso que a veces puedo tardar un poco en actualizar, pero nada grave.

En fin, antes de pasar a responder las reviews les comento que si me apuro, también habrá esta semana actualización de Junjou Vampire, cuyo capítulo tengo en mente desde hace meses. De hecho iba a escribirlo y publicarlo mucho antes que éste, pero por facilidad y no sé qué yo termine escribiendo primero No me dejes caer, y al final ya ni sé qué hago con mi vida, lol.


RESPUESTAS A COMENTARIOS:

Rose Cf: Gracias por leer y animarte a comentar, me da mucho gusto leerte por aquí! Ya verás como se va desarrollando el fic, y es bueno saber que te entusiasma. Espero te guste, lamento la tardanza, pero ahora sí que trataré de ponerme a actualizar pronto, en la medida de lo posible. Por cierto, he visto que también has publicado algunas historias de Terrorist, obviamente pasaré a leerlas todas. Te mando un fuerte abrazo y espero que nos leamos pronto. ¡Saludos!

Mink Iason: ¡Hola! Que bueno que te hayas pasado por acá y que te gustase, a mí también me encanta la pareja, son hermosos. En fin, espero te guste el capítulo y nos sigamos leyendo. Un abrazo, ¡saludos! (;

Noodle-G: Gracias por tomarte la molestia de dejar review y cogerle tanto cariño al fic, me ha hecho muy feliz :') Lamento haberte hecho llorar, este capítulo no ha tenido tanto drama, pero el que viene sí que lo tendrá *-* Espero te haya gustado y espero leerte pronto y saber tu opinión. Te mando muchos abrazos, ¡saludos, nos leemos!

Kanae Michahive: Gracias por siempre dejarme review, lo aprecio muchísimo :') Me encanta como todos por aquí amamos el drama y hasta yo me he sorprendido de tener un capítulo más o menos tranquilo en este fic, pero como dije son más bien cosas que tenían que pasar para lo que viene. Es cierto, Miyagi sí que siente algo, y me encantó eso de "el terrorista ya quiere algo", Shinobu siempre busca sin saber qué. Por otro lado, aunque no hubo tanto drama, en el próximo sí que lo habrá, o al menos algo xD (ire preparando las infusiones relajantes y pañuelos desechables para todos). En fin, espero te haya gustado el capítulo, después de escribir y tratar de editar ni yo sé qué pensar sobre ello (?) Oh, y sobre el M-Preg, espero cumplir las expectativas de todos, aunque no esperen tanto, tu duda se resolverá en el próximo capítulo, aunque supongo que ya con eso dije demasiado xD Te mando muchos abrazos y espero todo te vaya de maravilla, nos leemos por aquí o en Junjou Vampire ;) ¡Saludos!

También quiero agradecer a Sora Asahi por haberme enviado un comentario por la mensajería de Facebook, he tardado un poco, pero ya estoy de vuelta. ¡Un abrazo!


Muchas gracias a todos los que leen y comentan, el fic tiene buenas estadísticas dentro de lo que cabe. Espero de todo corazón les haya gustado y sino me den su opinión. Yo espero se ponga mejor en lo que viene xD

Tengo un par de historias que quiero publicar, y un fic pendiente para celebrar la tercera temporada. Y ya que a Junjou Vampire todavía le queda bastante, he decidido tratar de apurarme (ajá...) con este fic para así empezar a publicar otros dos de Junjou en cuanto concluya. Sería uno de todas las parejas y otro de MiyagixShinobuxAkihiko (KHÉ?)

Sin más les mando un abrazo enorme a todos los que leen. ¿Tendrán libre esta semana? Si es así disfrútenla y descansen muchísimo. Los quiero.

¡Nos leemos!

Apailana*