Continuamos con las andanzas de Miranda en la Tierra...

Disclaimer: Halo no me pertenece; si fuera mio, yo sería Frank O'Connor y el jefe maestro sería mi hijo.


Capítulo 6: Entre hipnotistas y nombres desconocidos.

En medio del sótano, el soldado insurrecto permanecía atado de pies y manos, su boca obstruida por un trapo no le permitía emitir mas que un gemido. Kelly lo observaba desde la oscuridad, lo presionaría al punto que cantaría todo lo que supiera.

―¿Vas a hablar o solo seguirás gimiendo? Si hablas puedo darte algo de agua y comida ―le dijo la mujer. El sujeto no hizo gesto alguno de querer cooperar―. En fin, si te decides, estamos arriba.

Kelly salió del sótano.

―¿Habló? ―preguntó Catherine.

―No. Y dudo que lo haga. El condicionamiento que ahora están recibiendo los soldados insurrectos es muy fuerte, no es fácil quebrarlo.

―Oye ¿no crees que es muy peligroso tener a un tipo como él encerrado en el sótano con todas esas armas allí? Porque podría soltarse y ya sabes lo que podría pasar.

―Tienes razón ―concordó Kelly.

―¿No han probado con hipnosis? ―preguntó Cortana―. Creo recordar que Catherine sabe algunos procedimientos.

―No es mala idea ―comentó Kelly sobando su barbilla―. ¿Lo harías?

―Estoy algo oxidada en eso, pero... quizás funcione. Solo que deben darme algo de tiempo, porque esto no es como en las películas donde con solo pasarles algo en frente de los ojos ya los hipnotizas.

―¿Cuánto tiempo? ―preguntó Kelly.

―Todo depende de su fortaleza mental. Podrían ser solo segundos o varias horas, incluso podría no funcionar.

―Entonces deberías comenzar.

―De acuerdo, pero ¿qué haremos con lo de irnos de Minister?

―Eso está cubierto ―dijo Cortana―. Ya le hablé a Alicia para que cuide de la casa en lo que volvemos, también pedí un permiso especial al ayuntamiento para ausentarme por tiempo indefinido.

―¿Te lo concedieron?

―Pero bajo una condición.

―¿Cuál? ―Catherine sentía curiosidad.

―Debo tener una cita con el alcalde.

―¿Y accediste?

―Ya está confirmado el viaje ¿no?

―Deja que John se entere de esto y vas a ver.

―Catherine ―llamó Kelly.

―¿Qué?

―El prisionero.

―Ya voy ―dijo la doctora como reclamo, luego se retiró.

Cortana se rió.

―¿Qué te causa gracia?

―Que John podría dejar inválido al alcalde si se llega a enterar.

―Pareciera que el tipo no te cae bien.

―Es un pervertido.

―¿Por qué lo dices?

Cortana suspiró.

―Si supieras...


Thomas y Sarah desayunaban en el restaurant del hotel donde se hospedaban.

―Me pregunto si Cortana ya tendrá todo listo para partir ―comentó Thomas.

―Espero que sí. Ya me muero por ver a los chicos.

―Ojalá no hayan vuelto loca a su nana.

―Conociéndolos...

―Solo espero que el psiquiatra no salga muy caro.

Los dos esposos rieron.

―Y en cuanto a la condición de Cortana de ver al jefe, espero que él acceda ―los ojos de Sarah permanecías fijos en los de Thomas.

―Ha pasado tanto tiempo desde que se separaron que no creo que él se oponga.

―En todo caso espero que cuando se reúnan, ambos puedan por fin permanecer juntos; no me gustaría que volvieran a pasar por lo mismo.

―¿Remordimientos por lo de hace quince años?

―La verdad es que si.

―Pues ya somos dos ―Thomas sonrió― Creo que será bueno ir contratando un psicólogo también para tratarnos el remordimiento.

―La condena del jefe está por terminar en los próximos días. ¿No crees que sería una gran sorpresa ser libre y ver al mismo tiempo a la mujer que ama?

―Creo que más que eso, estaríamos asistiendo a una boda.

―Eso sería genial ―comentó Sarah con voz soñadora.

―¿Desde cuando te volviste tan romántica?

―Bueno ―Sarah se levantó de su silla―... desde que hablé con cierto capitán de una cierta nave hace tiempo ―se sentó en las piernas de su esposo.

―Ok, eso es bueno.

Los dos se besaron.


El fin de semana había sido siempre para John una pérdida de tiempo. Sin embargo, no podía negar que los cadetes necesitaban descanso de vez en cuando. Para desgracia de Miranda y Sandra, aquel no había sido su caso, pues ante el mal comportamiento mostrado el día anterior, tendrían que sufrir limpiando los dos hangares del ala norte, donde se llevaban a cabo las fiestas de los soldados y oficiales de la academia y que eran la mayor parte del tiempo asquerosos debido a que cuando algunos soldados bebían de más, terminaban por regurgitar en el lugar, y por si fuera poco, muchos orinaban o defecaban ahí mismo ante la pereza de desplazarse a los baños del plantel, lo que constituía un cóctel de inmundicia que luego nadie quería limpiar.

Miranda terminaba de limpiar su lado del hangar mientras Sandra trataba de limpiar el suyo entre arcadas y malos pensamientos. Sabiendo que entre más pronto terminara ahí, más pronto terminaría con el otro hangar, la chica se apresuraba, pues además, quería aprovechar esa ventaja para limpiar el lado menos sucio y seguir fastidiando a la hermana de Cadmon.

Estaba por salir cuando se encontró con el jefe maestro.

―¡Buen día, jefe maestro, señor! ―saludó la chica. John respondió el saludo.

Sandra que estaba absorta tratando de no contribuir a la polución del lugar, ni siquiera se percató de la presencia del Spartan.

―Veo que ya has terminado con el primer hangar.

―Si, señor. Ya estoy por comenzar con el otro hangar.

«Otro hangar» fueron las únicas palabras que Sandra escuchó, mismas que fueron suficientes para hacerla voltear a donde estaba la otra chica.

―¡Eres una maldita! ¡Seguramente vas a quedarte con la parte más limpia para perjudicarme!

―Oye, tú te lo buscaste. No fui yo la que te buscó pleito ayer. Y agradece que no te dejé limpiar sola ―Miranda observó cómo limpiaba la chiquilla―. Y se nota que no sabes nada de labores de limpieza ―le dijo con algo de prepotencia.

―Ay, si. Y seguro que tú sabes mucho ¿no? ―replicó la otra.

―Por lo que veo si.

―Pues déjame decirte que en mi casa no necesito andar haciendo estas cosas porque tengo sirvienta.

―Ahí está el detalle, chiquita; en mi casa no tenemos nada de eso.

―Claro, como debes ser una muerta de hambre...

Miranda se rió sonoramente.

―Mi madre gana el suficiente dinero como para tener dos o tres sirvientes, pero siempre me ha enseñado a trabajar duro para obtener lo que quiero, y entre ello, me ha enseñado a trabajar en las cuestiones hogareñas ―extendió sus manos―, estas manos ásperas lo corroboran.

En efecto, las palmas de las manos de Miranda no parecían las de una mujer.

John al escuchar aquella manera de expresarse de Miranda, no podía pasar por alto lo similar que era a Cortana, tanto en su forma de hablar como en sus ademanes.

―¿Y tu papá no le dice nada? ―preguntó la chiquilla.

―No.

―Pues que malo.

―No es para tanto; ni siquiera lo conozco.

Sandra vió a Miranda sonreír con cierta tristeza. John se sintió culpable.

―Seguro que tu papá las abandonó al ver la clase de arpía que eres.

―Y de seguro tú nunca te casarás, porque al ver lo mal que lo haces limpiando, de seguro cualquier hombre se desilusionará de una tipa tan inútil como tú.

―¡Jefe, la tipa me está molestando! ―rezongó Sandra.

―No soy tu padre para defenderte ―respondió el hombre.

―Pues de ella tampoco; Al menos debería fingir un poco, yo tengo más antigüedad.

―¿Jefe, usted tiene hijos? ―preguntó de improviso Miranda e ignorando completamente a Sandra.

John la miró, sus ojos eran serenos, aunque por dentro dudara en qué contestarle.

―No eres la primera persona que me lo pregunta ―dijo.

―¿De verdad?

―Si.

―¿Y... tiene hijos?

―Deberás unirte a la fila si quieres saberlo.

―Ya me dejó con la duda ―sonrió―. Será divertido averiguarlo.

Créeme que no ―pensó el supersoldado―. Entonces te deseo buena suerte.

―Mas bien ustedes son los que parecen padre e hija ―comentó Sandra con sus ojos inquisitivos puestos en los dos frente a ella.

Miranda se sonrojó, su mente de inmediato se puso a imaginar qué se sentiría ser hija de un gran héroe como el jefe maestro, seguro que sería genial, especialmente cuando presumiera su ascendencia, pero pronto se bajó de la nube en la que andaba. Aquello era imposible, el jefe maestro no parecía alguien dispuesto a sentar cabeza, mucho menos a reconocer algún hijo, si es que lo tenía.

Por su parte, John miraba a su hija perderse en sus pensamientos, e intuyó que la chiquilla se imaginaba como hija suya. Sin embargo, el debía por todos los medios impedir que ella lo averiguara, al menos, hasta que terminara su condena, lo que sucedería en unos pocos días, y aún así dudaba que le dijera la verdad.

―Sería maravilloso saber que el jefe maestro tiene una hija tan bonita como tú ―se escuchó detrás de John. Todos voltearon a ver.

―Hola, Natasha ―saludó alegre Miranda al ver a la joven piloto del pelican que la había transportando dos días antes a la academia.

―Hola ¿cómo has estado? Escuché que te habían castigado por pelearte ―la chica, de corto cabello rubio y ojos verdes sonreía.

―Si, bueno, aquella chica comenzó.

Natasha miró a Sandra.

―¿Por qué no me sorprende?

―!Ey! No estoy pintada ―protestó Sandra.

―Nóvikov, te dejo encargadas a las cadetes hasta que completen su castigo ―John comenzó a alejarse.

―Jefe, quisiera hacerle una pregunta ―dijo la mujer.

―Imagino que es con respecto a tu hermano.

―Si, señor.

―Cuando termines de vigilar a las cadetes vienes a mi oficina.

―Si, señor, gracias.

John se retiró.

―¿Tienes un hermano? ―preguntó Miranda.

―Si, aunque es un idiota.

―Como todos los hermanos ―dijo Sandra―. Pero este además de idiota, es un cagón.

―En vez de estar interrumpiendo conversaciones ajenas, deberías estar terminando con tu labor, Lasky ―la reprendió la rubia, molesta por haber escuchado un insulto hacia su hermano, cuando ella era la única autorizada para hacer eso.

―¡Ok, ok, ya voy!

―Yo también tengo que terminar la mía. Así que, si me disculpas...

―Te acompaño, me apetece platicar contigo y evitar las «malas vibras» ―miró a Sandra con molestia.

―Si, ya váyanse que me distraen.

Ya en el otro hangar...

―Esa chica si que es una malcriada ―comentó Miranda.

―Típico, es hija de un almirante. Supongo que debe creerse la última coca cola del desierto ―Natasha se reía.

―Lo que me parece curioso es que su hermano es muy amable.

―Cadmon es un amor ―opinó Natasha con actitud de ternura―. Lástima que sea tan joven. Que si no, hace mucho que le hubiera pedido ser mi novio.

Miranda se rió junto a la otra muchacha.

―¿Qué edad tienes? ―le preguntó Miranda.

―Veintiocho ―respondió.

―Aún eres joven.

―Pero Cadmon apenas tiene como quince.

―Y está guapo ―dijeron al unísono.

En ese momento llegó el mencionado.

―Siento que los oídos me zumban ¿están hablando de mi?

―¿Para qué negarlo? ―dijo Natasha.

―Hola, Nat.

―¿Cómo has estado chico?

―Bien, dentro de lo que cabe, pero vengo a visitar a las castigadas.

―Tu hermana está en el otro hangar.

―Supongo que estará refunfuñando ―Cadmon conocía bien a su hermana menor.

―Como león enjaulado.

―En ese caso mejor me quedo aquí, no quiero estar escuchando sus berrinches ―luego suspiró―. Si mi madre estuviera aquí ya le habría dado un buen par de coscorrones.

―Tengo entendido que tu madre es muy estricta.

―Mucho.

―Tu mamá debe ser muy valiente ―comentó Miranda.

―Bueno, al ser una Spartan no le queda de otra. Aunque hace mucho que no comparto tiempo con ella ―los ojos del chico se volvieron melancólicos.

―¿Por qué? ―preguntó Miranda.

―Desde que Sandra y yo llegamos a la academia solo la hemos visto un par de veces, la última vez fue hace dos meses, y solo fue por un día.

―Imagino que la quieres mucho.

―La verdad es que si. Y aunque es dura con nosotros, también puede ser tierna.

―Por cómo la describes me recuerda un poco a mi madre ―comentó Miranda―. Claro que, ella no es una Spartan ―la joven se quedó en silencio, lo que llamó la atención de los otros dos presentes.

―¿Sucede algo? ―le preguntó Natasha con preocupación en su voz.

―La última vez que la vi discutimos y lo le dije que la odiaba ―las lágrimas amenazaban con inundar y desbordar sus ojos, mas su voz no se quebró en ningún momento―. Y no es cierto. Yo la amo mucho. Pero también quiero encontrar a mi padre y ella no me lo permitió, por eso es que huí de mi casa y me enlisté ―secó el agua de sus ojos con la manga de su uniforme.

―¿Tu padre es militar? ―preguntó Cadmon con curiosidad.

―Si, pero no sé dónde pueda estar destacado, o como se apellida, solo sé su nombre y que sigue activo.

―Pero imagino que tendrás una foto de él, de esa forma podríamos buscarlo en la base de datos mediante reconocimiento facial ―le dijo Natasha.

―No tengo ninguna foto suya, mi madre jamás me mostró una.

―Habrá algún motivo para eso ―dijo la rubia.

―Si, lo hay, pero es algo que no quiero discutir hoy ―le dio la espalda a sus visitantes―. Mejor continúo con mi castigo, no sea que el jefe maestro vuelva y me encuentre holgazaneando.

―En ese caso, no te interrumpimos más ―le dijo Cadmon.

Los dos jóvenes se retiraron después de verse a los ojos.


Cuatro horas habían pasado para que Catherine lograra quebrar la mente del soldado capturado, para ese momento, la joven doctora sentía que las tripas estaban a punto de estrangularla porque no había podido comer. No obstante, el resultado bien valía la pena. La joven salió del sótano para informar a su hermana y a Kelly, quienes comían cada quien un enorme pedazo de pastel de chocolate.

―Si no fuera porque esto engorda, lo comería diario ―comentó Cortana, disfrutando el trozo que había llevado a su boca―. ¿Sabías que el chocolate hace que el cerebro libere las mismas sustancias que un orgasmo?

―O a fumar marihuana; lástima que no sea en las mismas cantidades, porque de ser así, en este momento estaríamos tiradas en el suelo llorando de alegría y con las manos en la ingle ―dijo Kelly devorando su pedazo. Cortana soltó una carcajada.

―¡Oigan, par de degeneradas! El tipo ya está listo.

―Mi no entender... comiendo pastel... chocolate ―le respondió Cortana con la mirada perdida y con voz de robot.

―Kelly ―Catherine fijó su vista en la Spartan.

―Chocolate... comiendo... no hablar ―Kelly contestó de la misma forma que Cortana.

―¡Ya no bromeen! ―les dijo con desesperación.

Las otras dos se rieron de la doctora.

―Ya vamos, no hay prisa ―le dijo Cortana volviendo a la normalidad y llevándose otro pedazo de postre a la boca.

―Pues si ese es el caso, yo también quiero pastel ―tomó un gran pedazo, luego consumió el primer bocado; suspiró y sonrió―. Que bonito se siente.

―Catherine siente orgasmos por cualquier cosa ―bromeó Cortana.

―¡Oye! ―protestó la aludida.

―Solo espero que no comience a gritar como posesa ―siguió Kelly.

―¡Ya córtenla!

―En fin, vamos por el chico ―Cortana se levantó de su asiento.

―Ahora se aguantan, estoy comiendo.

Cuando Catherine hubo terminado, bajó al sótano acompañada por la otras dos mujeres. Al entrar en el lugar, notaron que el soldado insurrecto permanecía inmóvil, su mirada perdida en un punto en el infinito; evidentemente se encontraba en trance.

―Veo que ha funcionado ―comentó Cortana.

―¿Podemos interrogarlo?

―¡Por su puesto! Pero las preguntas debo hacerlas yo, porque solo escucha mi voz.

―De acuerdo. Entonces, pregúntale a qué organización insurrecta pertenece.

―Chico, ¿a qué organización perteneces?

El tipo, cuyos ojos permanecían fijos contestó...

―Pertenezco a un grupo rebelde independiente relacionado con el Frente Revolucionario Unido.

―¿Quién es tu líder?

―El general Grigory Nóvikov.

Kelly y Cortana se extrañaron de la respuesta, pues estaban seguras que escucharían el nombre de Serin Osman, especialmente Cortana.

―¿Ha habido cambios últimamente en la organización? ―Continuó Catherine con el interrogatorio.

―Hace dos meses llegó al cuartel una mujer.

Las tres mujeres se vieron una con otra.

―¿Sabes cómo se llama?

―Solo sé que su apellido es Osman.

No hacía falta más para dilucidar que era exactamente la persona que temían que fuera.

―Esto es malo ―dijo Kelly.

―Les dije que vi a Serin Osman.

―Silencio ―ordenó Catherine, luego volvió a interrogar al soldado―. ¿Cómo supieron de nuestro domicilio?

―Hay un informante en Minister.

―¿Cuál es su nombre?

―No lo sé.

―Si lo ves ¿podrías identificarlo?

―No.

―¿Cuánto tiempo tiene ese informante observándonos?

―Alrededor de seis años.

―¿Vive cerca?

―No lo sé.

―¿Hay alguna otra información que puedas decirnos?

―No.

Catherine se levantó de la silla en la que se había sentado para interrogar al soldado.

―Tal parece que tenemos a un soplón en el vecindario ―los ojos de Catherine eran serios, completamente diferentes a su expresión habitual.

―¿Quién podrá ser?

―El soldado dijo que tiene alrededor de seis años observando ¿Hay alguien que haya llegado a este lugar más o menos en el mismo periodo? ―preguntó Kelly.

―Solo una persona ―comentó Cortana.

―Creo que ya todas sospechamos de alguien ―sugirió Catherine.

―Barry Black ―dijeron las tres al unísono.

―El tipo ya me parecía desagradable, ahora es sospechoso ―comentó Kelly con desagrado.

―¿Y qué haremos? No podemos llegar simplemente y preguntarle si es un espía de Serin Osman.

―No, no podemos. Aunque... ―Kelly se quedó pensativa.

―¿Qué tramas?

―Creo que le daré una oportunidad a Barry de cortejarme esta noche.


El sonido de su estómago ya era exagerado y la tarea parecía nunca acabar. Sandra temía que en cualquier momento caería desmayada por el hambre. Y es que ya había pasado cuatro horas limpiando el desastre en el hangar; no podía creer que los soldados fueran tan asquerosos en sus fiestas ¡Había baños, por el amor de Dios! Y lo peor no fue limpiar todo el vómito y desechos fecales, sino levantar la enorme cantidad de condones usados que encontró, algunos parecían a punto de reventarse. Si no estaba vomitando igual que los ebrios de la noche anterior, era porque no había desayunado.

Para más molestia, la zorra ya había terminado con su labor hacía una hora y se había ido junto a la molesta de Natasha al comedor para degustar seguramente un rico pie de manzana, waffles, omelets o cualquier cosa que los cocineros hubiesen hecho ese día. Los intestinos volvieron a gruñirle, y todavía le faltaba comenzar con el segundo hangar, que de seguro estaba tan o más asqueroso que el primero. Se sintió tentada a salir corriendo para pedirle disculpas a Miranda, pero su orgullo estaba primero y no quería rebajarse ni humillarse ante una mujerzuela.

Recordó que su hermano había estado en el lugar, y ni siquiera se había dignado en darle los buenos días, es más, con solo un saludo a la distancia se habría conformado, pero parecía que la bruja lo había hechizado. Y no es que negara que fuera bonita, sino que le parecía que por dentro era fea como las brujas de los cuentos. Una dominatriz capaz de dejar sin voluntad a los hombres, una diosa de la seducción y demás cosas. Y ella, Sandra Lasky, estaba obligada a hacerle ver a su hermano que la chica nueva no le convenía. Y con tal de que no se acercara a ella nunca más, estaba dispuesta a buscarle una novia acorde a su estatus, que entre otras cosas, fuera bonita, inteligente, amable, y ¿por qué no? buena en la cama. El problema... ¿dónde la encontraría? Si la mayoría de las mujeres en la academia eran demasiado mayores para Cadmon; ya tenían novio o eran unas facilotas con los agujeros más grandes que los de la capa de ozono.

―¡Sandy! ―escuchó a sus espaldas. La chica volteó para ver de quién se trataba. Allí estaban sus amigas, con una charola con comida.

Los ojos de la media Spartan brillaron de alegría y se llenaron de lágrimas al ver que pronto su estómago estaría saciado.

―¡Gracias chicas! ―gritó la muchacha ante el detalle de sus amigas y se acercó para tomar la charola, pero ellas se la alejaron.

―Primero ve a lavarte, hueles horrible ―le dijo una de ellas con cara de asco.

―Pero...

―Podrías enfermar si no lo haces.

―De acuerdo ―dijo con molestia. A los pocos minutos, después de haberse lavado lo indispensabe―... OK ¿ya puedo comer?

―Todo lo que quieras.

Ni bien terminó la frase de la otra chica, Sandra comenzó a devorar sus alimentos. No había tiempo para los modales. Primero estaba su estómago.

―Se ve que tenías hambre dijo la otra amiga.

―¿Tenía? Tengo. La maldita de la chica nueva me estafó haciéndome creer que le había ganado una discusión y me hizo limpiar la parte más sucia del hangar. Y de seguro la perra me dejó la parte más sucia del segundo.

―Yo no creo que la chica nueva sea tan mala, si no, miren lo bien que se lleva con Cadmon y con Natasha ―dijo la otra muchacha.

―Seguramente mi hermano está embrujado, y esa tal Natasha debe ser cómplice de la fulana.

―¿Crees en esas cosas, Sandra? ―le preguntó la que había tenido la charola en sus manos.

―No encuentro mayor explicación. De seguro en la noche entrará en su cuarto ¡y lo va a violar! Como esos demonios que entran en la noche y violan a los hombres.

―Súcubos, se llaman súcubos ―le informó la otra chica.

―Como se llamen, seguro lo va a dejar flaquito y enfermo ―Sandra miraba al vacío imaginándose a un Cadmon raquítico y moribundo.

―No exageres, Sandra. No creo que sea para tanto.

―Cuando esa ramera siga con sus novios no creo que sigan creyendo que no es para tanto. Por ejemplo, Karen, si esa meretriz llegara a tener contacto con tu novio, de seguro que lo envolvería en sus encantos y te lo quitaría. Y tu novio, Yoko, seguro que en una semana se lo lleva a la cama.

―¡Ay, no digas esas cosas!

―Pues si no quieren que pase, tenemos que detenerla.

―Yo sigo sin creer que sea mala persona; hasta el momento no he visto que haga algo malo.

―Pero lo va a hacer, solo es cuestión de tiempo. Y luego va a seguir con el resto de la academia, y puede que hasta con el jefe maestro.

―Ya es mucha tu imaginación.

―Cuando pase, no dirán eso.

―Yo creo que deberías conseguirte un novio.

―Y uno que esté bien dotado ―la chica puso sus dedos frente a su cara señalando una longitud.

―Si no es el jefe no quiero nada.

―Son muy altas tus exigencias.

―¿Y creen que me importa su opinión?

―Sabes que nunca ha sido así.

―Entonces... ¿me ayudarán a detener a la zorra?

―Se llama Miranda.

―Lo que sea... ¿me ayudarán?

―OK, espero que no nos arrepintamos.

―De acuerdo, pero esto no me gusta.

―Muy bien... ―la chica le dio la espalda a sus amigas― Esa tal Miranda, va a saber quién soy.

Las otras dos chicas se vieron la una a la otra creyendo que su amiga se había vuelto loca, o, como había dicho Miranda el día anterior, era estúpida.


Por su parte, Miranda esperaba en la fila a que los demás soldados y cadetes recibieran su desayuno, Cadmon se había tenido que adelantar para enviarle a su hermana el desayuno con sus dos amigas, porque con lo que había visto hacer a la chica, de seguro no terminaría en todo el fin de semana de limpiar lo que le correspondía.

El chico estaba por regresar a la fila cuando vio al jefe maestro entrar en el comedor, su uniforme de diario se veía especialmente limpio ese día, y eso que todos los días estaba impecable, tal como debía lucir alguien en su posición. Lo raro de todo era que aquel hombre no se presentaba en el comedor durante el desayuno, solamente durante la comida y la cena, puesto que era más de desayunar en su barraca privada o en su oficina.

John se acercó al lugar donde se ponían las charolas para tomar una y formarse detrás de Miranda.

Cadmon se apresuró a llegar a la cola antes que alguien más le ganara, tomó su respectiva charola y se formó detrás del jefe.

―Veo que ya has terminado con tu labor, Halsey.

La chica volteó a mirar al supersoldado.

―Si, señor ―contestó.

―No veo a Sandra por ningún lado.

―Todavía no terminaba con el primer hangar, Señor.

―Ya veo. Al parecer, la limpieza no es algo que se le de bien a la hija del almirante.

―Deberían ver su habitación en nuestra casa ―comentó Cadmon a sus espaldas. Los otros dos lo vieron―. Parece campo de batalla, con todas sus cosas regadas por todas partes, su cama sin tender y sus monos de peluche desordenados. Les puedo asegurar que esa chica no ha tocado una escoba en toda su vida, hasta hoy.

―Es como una princesita ―le dijo Miranda.

―Eso y más. A veces creo que mi padre la consintió demasiado.

―Dicen que eso pasa con los padres y las hijas.

John, que escuchaba la conversación entre los dos adolescentes pensaba que ese no habría sido su caso dada su educación.

―¿Usted que opina jefe? ―le preguntó Cadmon.

―Yo jamás me permitiría consentir a un hijo.

―¿No? ―preguntó Miranda.

―Jamás.

―Que bueno, porque los hijos consentidos son los peores. En mi caso particular, mi madre me daba unas buenas nalgadas cuando me ponía a hacer berrinches.

Seguro que si, Cortana no tiene mucha paciencia con esas cosas ―pensó John.

―Y debe tener la mano pesada ―comentó Cadmon divertido.

―Como no tienes idea. Parecen piedras en vez de manos. Y mira que tiene unas manos preciosas.

―Tu mamá debe ser muy bonita.

―Más que yo, sin duda. Es más ―metió una mano en uno de sus bolsillos y sacó una pequeña cartera, de cuyo interior sacó una foto―... aquí tengo una foto de ella cuando yo era una bebé ―Miranda le extendió la fotografía al otro chico. Cadmon la recibió.

―Es bonita ―dijo el chico.

―Y deberías verla ahora, parece que no ha envejecido. Yo le he dicho que debería buscar trabajo como modelo y dejar su empleo en la biblioteca del pueblo donde vivo.

―¿Trabaja en la biblioteca? ―preguntó Cadmon sin dejar de ver la foto.

―Es la directora actual.

―Pues debe ganar bien, porque las personas con un cargo como ese, son bien pagadas hasta donde tengo entendido.

―Al menos la comida no hace falta.

―Eras una beba muy linda.

―Quizás, pero hoy no soy tan bonita como mi madre.

―Creo que te equivocas ―dijo el chico―. Yo creo que son iguales. Es más, me atrevo a decir que parecen hermanas.

―Ojalá fuera cierto.

―No te menosprecies, eres muy bonita ―miró con más atención la fotografía―. ¿Quienes son las otras dos detrás de ustedes?

―Esas son mis tías, Catherine, de quien ya te platiqué y la otra es Kelly, que aunque no es mi tía como tal, la he conocido toda la vida, y me acostumbré a llamarla así. Ella también es oficial de UNSC, creo que de ONI. El jefe maestro debe conocerla ―los ojos de Miranda cambiaron a unos levemente maliciosos, gesto que John reconoció de inmediato, era una expresión que Cortana utilizaba a menudo durante la guerra―. Ella es una Spartan.

John tragó saliva ¿Cómo se había enterado Miranda de ese detalle? Kelly le había asegurado en más de una ocasión que su hija no sabía nada sobre eso.

―¿De verdad? ―preguntó sorprendido Cadmon―. Entonces el jefe debe conocerla ―miró al supersoldado―. ¿La conoce, jefe?

―Si ―sus ojos estaban puestos en otro lugar, no quería que Miranda o Cadmon se dieran cuenta de su incomodidad al saber que su hija había descubierto un poco más de la verdad detrás de su existencia.

―¿De verdad la conoce? ―preguntó Miranda.

«¿Qué diablos?» Pensó John, no perdería nada si le decía un poco más de «la verdad».

―Entrenamos juntos y hemos servido en el equipo azul toda la vida.

―¿En serio? ―los ojos de Miranda brillaban con especial entusiasmo― ¡Increíble!

―Ahora entiendo por qué te fue tan sencillo enfrentarte a Sandra ayer ―comentó Cadmon―. Ella debió enseñarte algunos trucos.

Los ojos de la chica se llenaron de un brillo especial, de nostalgia y algo de orgullo.

―Desde que era pequeña, ella me enseñó a pelear. Es más, mi primer pelea verdadera la tuve a los nueve años con unos chicos que querían golpear a un buen amigo mio. Desde entonces, me gané la reputación de ser muy pleitista, y es cierto ―se rió con algo de vergüenza―, porque desde aquel momento comencé a asistir a peleas en todos lados de mi pueblo, tanto como espectadora como participante.

―¿Qué? ―preguntaron John y Cadmon a la vez.

―Lo de ayer con tu hermana, fue más experiencia que fuerza y me disculpo por eso. Porque si de fuerza bruta se tratase, tu hermana me habría puesto la paliza de mi vida, tú sabes por qué. Además, creo que mi tía me enseñó bien, porque al ser una Spartan, debió enseñarme cómo pelear contra uno y como uno. ¿No lo cree jefe?

―No lo dudo ―y estuvo a punto de decirle que lo sucedido el día anterior no había sido solo experiencia―. Pero necesito saber algo.

―¿Qué?

―¿Cómo supiste que Kelly es una Spartan? ―necesitaba saberlo, no fuera que su hija supiera más de lo que debía.

―De eso me enteré hace poco. El sargento Schmidt fue quien me lo dijo, y la verdad es que me sorprendí mucho, porque toda mi vida he sido una especie de friki de lo militar y enterarme que mi tía, es una Spartan, pues... imagínense lo que sentí ―lo ojos de la muchacha expresaban la emoción que sentía en ese momento.

―Pues yo toda la vida he sido hijo de una Spartan y no me siento tan especial.

―Eso es porque los has sabido siempre, pero yo no.

No quiero imaginarme cuando te enteres que yo soy tu padre ―pensó John.

Fueron interrumpidos en su conversación por uno de los cocineros.

―No quiero ser el aguafiestas del día, pero... ¿van a desayunar?

Los tres aludidos miraron hacia el frente de la cola y vieron que no había nadie, en cambio, hacia atrás debía haber al menos treinta personas, entre soldados y cadetes.

―Los sentimos ―dijo Miranda riendo con vergüenza.

―Se nos fue el tiempo platicando ―dijo Cadmon todo rojo.

―Lo que me parece raro es que el jefe participe tanto en una conversación así ―comentó el cocinero con una sonrisa burlona en el rostro.

―¿Que hay para desayunar? ―preguntó John para desembarazarse de la situación.

―Waffles.

Tanto Miranda como John aguzaron sus ojos y expresaron a la vez con voz ronca y grave...

―Mis favoritos.

Cadmon y el cocinero vieron extrañados a los dos.

―Si fueran padre e hija no se parecerían tanto ―comentó el cocinero.

―Estoy de acuerdo ―dijo Cadmon.

―¿Parecidos? ―preguntó Miranda saliendo de su trance.

―No me hagan caso ―el hombre comenzó a servirles.

En la mesa...

―No me imagino diciéndole «papá» al jefe ―comentó Miranda.

John comía sin decir nada. Cadmon se rió.

―Eso sí que sería raro ―Cadmon se divertía ante las divagaciones de su nueva amiga.

―En todo caso ¿cómo le diría? papá, jefe maestro, señor ―dijo con tono militar―. Oye, eso sería una falta de respeto completa.

John seguía comiendo.

―¿Te imaginas cómo sería tu vida en familia? ―preguntó Cadmon sonriendo divertido.

―Con mi mamá llamándolo: «Querido, jefe maestro» o mejor aún «Mi amor, jefe maestro» ―su voz era melosa y cursi.

Los dos chicos se reían a carcajadas a costillas del supersoldado.

Por su parte, John, contrario a lo que cualquiera en el comedor pudiera pensar, no se sentía molesto, sino al contrario, pues la forma de expresarse de Miranda le recordaba al humor de Cortana, que era sarcástico y hasta cínico en ocasiones, además de tener especial énfasis en las burlas con los demás sin molestar realmente.

―Tienes suerte de que no sea tu papá. Porque se serlo, seguramente ya te habría reprendido ―comentó Cadmon limpiándose algunas lágrimas.

―Suerte tengo de no saber su nombre ―miró a John―. Jefe ¿cuál es su nombre?

Cadmon se puso serio.

―¿De verdad quieres saberlo?

―Claro ―dijo ella con obviedad.

―Entonces que Cadmon te diga los requisitos ―el Spartan tomó su charola y se retiró sin más.

―Creo que se enojó ―dijo Miranda―. Tal vez me pasé un poquito con mis bromas. Pero ¿por qué me dijo que te preguntara?

―Porque hay una apuesta en todo la academia para saber su nombre.

―¿Nadie sabe su nombre?

―No.

―¿de veritas, de veritas?

―Si.

―¿Y cuánto hay que poner para entrar en la apuesta?

―Cincuenta créditos de UNSC es el mínimo.

―¿Y cuánto va acumulado?

―Bueno, pues, ya son quince años de acumulación, así que, ya van como veinte mil créditos acumulados, y teniendo en cuenta la inflación, pues, el monto asciende a cerca de treinta mil créditos. ¿Te apuntas?

―Mmh... pues... de acuerdo.

―¿Cuánto piensas dar?

―Pues solo tengo cincuenta créditos en la bolsa ―sacó una tarjeta con los créditos disponibles.

―Bien. Y ¿cuál es el nombre que escogerás?

―Pues ―lo pensó unos momentos. Una seguidilla de diferentes nombres pasó por su mente, pero solo uno retumbaba entre todos―. Apúntame con...


Natasha se encontraba frente a la oficina del jefe maestro, sus nudillos golpearon suavemente la madera de la puerta. Desde adentro, la voz de John le autorizó el paso. La joven mujer entró.

―Señor.

―Toma asiento.

―Gracias.

La joven se sentó en una de las dos sillas frente al escritorio.

―Creo que primero desearás escuchar lo que tengo que decir de tu hermano.

―Si, señor.

―Bien ―John se recostó en el alto respaldo de su silla―. Estoy seguro que ya supiste el incidente de Sergei hace unas semanas.

―Claro ―aunque le diera vergüenza por su hermano, no podía negar que también se había reído cuando se enteró.

―En realidad, aquello fue culpa mía.

―No hace falta que se disculpe, jefe. A mi hermano se le suelta el estómago con mucha frecuencia.

―Bien. En cuanto a su desempeño en clases, no hay nada destacable. Es un cadete ejemplar. Pero su desempeño en el ejercicio de hace dos semanas, fue de lo peor; estuvo distraído junto a Romney y García. Al parecer son amigos, pero tal amistad los distrae mucho y pierden la concentración fácilmente cuando están juntos.

―Ya le he dicho que no se distraiga tanto. Además, sabe que no podemos perder esta oportunidad de ser personas de bien. Usted sabe por qué.

―Entiendo que quieran desmarcarse de la fama de su padre.

―La verdad es que sí, jefe. No es muy agradable que la gente escuché nuestro apellido y nos relacione con la insurrección. Mi madre luchó mucho para sacarnos de aquel lugar cuando éramos más jóvenes, y temo que mi padre haya tomado represalias por eso.

―¿Temes por la vida de tu madre?

―Lo he hecho desde el momento en que huimos de Venezia. Sergei no lo recuerda, y me alegro por eso, pero nuestro padre nunca fue alguien a quien se le pudiera tener confianza. Mi madre sufrió mucho a su lado, y no es para menos, mi abuelo la obligó a casarse con él para proteger los bienes de su familia. Yo, personalmente lo odio. Éramos unos niños cuando él me obligaba a trabajar a marchas forzadas para atender a sus allegados.

A la mente de la muchacha vinieron terribles recuerdos de su niñez.

―Debió ser un infierno.

―No se lo deseo ni a mi peor enemigo ―Natasha se estremeció―. Pero en fin, ya estamos lejos de él y eso es lo importante. Y en cuanto a lo de mi hermano... bueno, hablaré seriamente con él para que se aplique más durante los ejercicios ―el semblante de la joven cambió de melancólico a sonriente―. Jefe ¿le puedo hacer una observación?

―Espero que no sea algo muy personal.

―En ese caso mejor no digo nada ―la muchacha se levantó de la silla, saludó a su superior y se disponía a retirarse cuando John la detuvo.

―¿Y bien? ¿Cuál es tu observación?

―Creo que fue demasiado duro con la chica nueva, ella no inició el pleito ayer.

―Tengo mis razones para haberla castigado.

―Bueno, quizás sea así. ¿Sabía usted que ella está aquí porque anda buscando a su padre?

¡Claro que lo sabía! Mucho antes de que ella llegara a la Tierra.

―No ―dijo con sequedad.

―En fin, hasta luego, jefe.

Cuando la joven salió y cerró la puerta, John, ya sentado en su silla, se giró hacia la ventana detrás de su escritorio y miró hacia el campo de entrenamiento frente a ella. En dicho campo, Miranda hacía flexiones sola. Él pensó de inmediato que la actividad de aquel día no había sido suficiente, dada su capacidad superior. Volvió a girar el escritorio, abrió uno de los cajones del mismo y extrajo un cuadro con la fotografía que Cortana le había enviado en su mensaje. Sonrió.


―Novecientos noventa y nueve... Mil ―terminó Miranda de Contar.

―Se nota que tienes demasiada energía ―habló Natasha a sus espaldas.

Miranda volteó a mirarla.

―Es que no sé qué más hacer ―contestó la muchacha―. No he hecho nada durante estos días y ya comienzo a impacientarme.

―Descuida. El jefe te enseñará el lunes lo que es entrenar con él ―la joven rubia sonrió divertida―. Por lo pronto, voy a dar un paseo al bosque junto a mi hermano ¿vienes?

―Ya que no tengo nada mejor qué hacer...

―En ese caso vamos.

Las dos mujeres se dirigieron hacia la barraca donde el hermano de Natasha estaba esperándola junto a García y Cadmon.

―¿Por qué tardaste tanto? ―preguntó Sergei a su hermana mayor.

―Fui a hablar con el jefe maestro sobre tu desempeño en la academia ―por el tono usado y la expresión en el rostro de la chica, el muchacho intuyó de inmediato que habían hablado de su desempeño en el ejercicio de hacía dos semanas.

El rostro pálido de Sergei se tornó rojo por la vergüenza y por la posible reprimenda que recibiría después de su hermana mayor.

―Es un gusto verte de nuevo, Miranda ―comentó Cadmon a la chica.

―Lo dices como si no nos hubiésemos visto en siglos ―bromeó la chica―. ¿Cómo está tu hermana? ―Preguntó.

―Después de terminar de limpiar el hangar y darse cuenta que habías limpiado completamente el otro, no ha salido del baño tratando de quitarse «la suciedad» ―Cadmon sonreía burlón.

―Si, bueno. Pensé que ya que tu hermana no es muy diestra en las cuestiones domésticas, necesitaría un poco de ayuda, por eso limpié todo el hangar.

―Y qué bueno que lo hiciste. Porque al paso que iba, de seguro no habría terminado en todo el fin de semana. Y de paso tuvo una buena lección de humildad.

―Bien chicos ¿empezamos nuestro paseo? ―propuso Natasha.

El grupo se adentró en la vegetación a pasar el resto del día en contacto con la naturaleza.


Kelly había aprovechado el descubrimiento de que Barry no estaba en su casa para escabullirse dentro y registrar el lugar. Si el sujeto era un informante de Serin Osman, seguro encontraría algo. Aunque sabía que debía darse prisa, pues el hombre podría volver en cualquier momento.

Ya había registrado toda la planta baja, incluyendo el sótano, pero no había encontrado nada, por lo que en ese momento subía hacia el segundo piso para inspeccionarlo. Aquella casa en apariencia, era como todas las otras casa de un vecindario, parecidas, por lo que no era muy difícil explorar. Entró el la que consideró la habitación principal y por ende, la de Barry.

Se acercó a la cama y se sentó en la misa para luego abrir uno por uno, los cajones de la cómoda al costado. Pronto descubrió que uno de ellos tenía doble fondo, lo que en una persona de la que no se sospecha nada, sería raro, pero en alguien como Barry Black, quien nunca le había agradado a Kelly, era como encontrar el santo grial.

Levantó el fondo y debajo de este se encontraban varios chips de memoria. Los extrajo y volvió a acomodar todo tal cual había estado antes de su intrusión. Salió de la casa y corrió hacia la de Cortana para hacer una copia de los chips y luego devolverlos a su lugar de origen antes de que el habitante de la otra casa volviera.

Todo aquello le había tomado cerca de una hora.

Dos horas después, y tras haber revisado solo una pequeña porción de los archivos replicados, Cortana estaba más que furiosa, sus mandíbulas se apretaban a tal extremo que sus dientes comenzaron a chirriar y sus ojos comenzaron a llenarse con lágrimas de ira. Barry las había estado engañando por seis años proyectando la imagen de buen vecino. Lejos había estado de sospechar que fuera un espía de Serin Osman y mucho menos, había sospechado las oscuras intensiones que tenía para con su hija y con ella.

La mujer se dio la media vuelta, tomó un arma y comenzaba a encaminarse hacia la salida cuando Kelly la detuvo.

―Calma ―la Spartan puso una mano sobre el hombro de su amiga― De ese bastardo me encargaré cuando ya te hayas ido a la Tierra.

Cortana la miró, sus ojos anegados de lágrimas delataban al ira que sentía contra el sujeto.

―Quiero que sufra, Kelly ―dijo.

―Deseará no haber nacido. Te lo prometo. Nadie se mete con mis amigos, muchos menos con mi sobrina.

Aunque pareciera estar calmada, Kelly sentía un enorme enfurecimiento en su interior. Y no era para menos, Miranda era lo más cercano a una hija que jamás tendría.

―¿Qué haremos con el soldado insurrecto? ―preguntó Catherine, no mejor que su hermana.

―Va a ser conveniente que nos deshagamos de él ―Kelly miró al tipo, un muchacho que no pasaría de los veinticinco o veintiséis años.

―¿Sugieres que lo matemos?

―No podemos entregarlo a la policía sin que pidan explicaciones de por qué tenemos a un insurrecto en nuestro poder ―Kelly tenía razón.

Catherine tomó la pistola que Cortana había estado sosteniendo en su mano y se la entregó al soldado, quien aún permanecía en trance. Luego le dijo...

―Ahora, camina diez mil pasos hacia el bosque y suicídate ―fueron las palabras de la joven doctora. La seriedad en sus palabras y su mirada, indicaban que aquello no le agradaba. Sin embargo, era algo que debía hacerse.

El soldado, cuyo nombre nuca supieron se retiró de la casa para entrar en el bosque y nunca más salir de él.

Media hora después, el matrimonio Lasky llegaba a la casa, para entonces, Cortana y Catherine ya tenían listo su equipaje, lo subieron al vehículo de los recién llegados. Cortana llamó a Alicia para que se presentara en su casa. Pasó otra media hora hasta que la mujer llegó.

―Aquí están las llaves. Cuida bien de la casa ―indicó Cortana― y no hagas fiestas ―Bromeó.

―No te preocupes, todo va a estar bien. Ya no soy una niña.

Las dos féminas se abrazaron.

―Con suerte estaré de regreso en poco tiempo y Miranda vendrá conmigo.

―¿Qué hay de él? ―preguntó Alicia refiriéndose a John.

―Espero que él también nos acompañe ―sonrió levemente.

―Salúdalo de mi parte.

―Lo haré. Ah, y algo más...

―Dime.

―Kelly se quedará un tiempo más para arreglar un asunto pendiente.

―¿En serio?

―Si ―dijo la Spartan―Espero que no te moleste.

―No, para nada. Me sentiré más segura teniéndote aquí.

―Pero solo será poco tiempo ―afirmó la supersoldado.

―No importa, eso es mejor que nada.

―En ese caso, nosotros nos vamos ―Thomas fue quien habló.

―De acuerdo, cuídense ―dijo Alicia.

Cortana, Catherine, Sarah y Thomas salieron hacia el automóvil rentado. Alicia y Kelly las siguieron hasta el corredor. A los pocos minutos el vehículo se alejaba con rumbo al espaciopuerto.

Al quedarse solas, Kelly habló...

―¿Y bien? ¿Qué sugieres para esta noche?

―Licor y chicos guapos.

―Espérame, voy a cambiarme.

Ni Alicia, ni Kelly, durmieron en esa casa aquella noche.


Miranda despertó aquella mañana antes de que el sol saliera, y como cada mañana desde que tenía memoria, salió a correr; y como cada mañana desde que estaba en aquella academia, corría junto al jefe maestro, a quien, pese al poco tiempo de conocerlo, sentía que ya apreciaba. Y no era precisamente por su carácter que ya lo estimaba, sino por algo que ella no sabía definir, como si a pesar de la seriedad y frialdad que siempre mostraba, hubiera algo cautivante, como si lo hubiese conocido desde siempre. Si le preguntaran un por qué, ella no sabría definirlo.

―Jefe ―llamó la chica.

―Mmh ―gruñó él.

―¿Usted tiene hijos? ―preguntó.

―Ya te dije que hay una fila queriendo saberlo.

―Bueno, solo quería intentar averiguarlo por mí misma.

«Seguro que sí» pensó John. Miranda exhibía algo de la curiosidad que siempre había caracterizado a Cortana.

―¿Tienes hermanos? ―preguntó él.

―No. Soy hija única.

―Ya veo ―De alguna manera tenía que seguir la conversación para obtener más información de su hija.

―¿Usted tiene hermanos? ―preguntó Miranda.

―Tengo muchos ―respondió él con especial énfasis.

―¿En serio? ―preguntó emocionada la chica.

―Todos los Spartan son mis hermanos.

―Ah. ―exclamó no muy emocionada y bastante decepcionada.

―¿Esperabas algo más?

―En realidad, sí ―sonrió la joven.

―En ese caso. No lo sé.

―¿Cómo no lo sabe?

―No sé si tengo hermanos de sangre.

―¿Se refiere a biológicos?

―Así es.

―¿Por qué lo dice?

―Creo que ya debes saberlo. Hace un tiempo algo de información se filtró a los medios.

―Bueno, yo soy de Minister, de un pueblito llamado Rose Valley, y allí las noticias del exterior del planeta no llegan muy a menudo.

John guardó silencio por unos momentos pensando en darle una lección intensiva de historia Spartan a su joven hija.

―Los Spartan de mi generación fuimos reclutados a la edad de seis años y sometidos a entrenamientos similares a los que se someten los cadetes bajo mi mando.

―¿Seis años? ―preguntó sorprendida la muchacha― ¿Qué clase de monstruo recluta niños y los entrena desde tan tierna edad? ―Ni por asomo pensaba que el monstruo podría ser su propia abuela.

―Esa es la razón por la que no sé si tengo hermanos ―dijo con frialdad―. Ni siquiera recuerdo ya a mis padres.

Miranda reconoció un poco de tristeza en las palabras del Spartan.

―Debe ser duro pensar en eso. Y en cierto modo, lo comprendo.

―¿A qué te refieres?

―Bueno, yo no conozco a mi padre. Toda mi vida he deseado tener uno ―guardó silencio unos segundos―... cuando era niña, y miraba a los demás niños acompañados por sus padres, no podía evitar sentir algo de envidia. Ellos vivían en una familia completa, mientras yo solo era acompañada por mi madre. Toda la vida le pregunté por él, pero ella me mentía diciéndome que él había muerto, y que por eso no podía estar con nosotras. Imagínese lo que sentí el día que me enteré que él sigue vivo y que su nombre es John.

―¿John se llama tu padre? ―una pregunta obvia, siendo él «ése» John.

―Es lo que escuché decir a mi madre la noche que cumplí años ―la joven volvió a guardar silencio―. ¿Usted recuerda su niñez?

John miró hacia la lejanía.

―Después de tantos años, se aprende a reprimir esos recuerdos ―comentó―. Sin embargo ―añadió―, hay cosas, situaciones y personas que no se pueden olvidar ―fue lo primero que se le ocurrió decir par no parecer obvio.

―En eso estoy de acuerdo ―concordó Miranda―. Yo tengo pocos amigos, ya que no soy muy sociable. De hecho, de no ser porque Natasha y Cadmon se acercaron a mi, yo los habría conocido sólo como compañeros. Lo mismo me sucedía en Minister, los pocos amigos que tengo allá, los tengo porque fueron ellos quienes se acercaron a mi o porque las circunstancias nos unieron. La verdad es que, siempre he sido tímida para eso. El psicólogo de mi escuela decía que yo tenía miedo de la gente. Yo creo que tiene razón.

¿Miranda con el psicólogo?

―¿Has recibido tratamiento psicológico? ―preguntó el viejo supersoldado.

―No un tratamiento como tal; solo fueron dos o tres pláticas. Mi madre las pidió ante mi poca relación con mis compañeros. Y es que, ella es tan extrovertida. Tal vez pensó que tenía algún problema. Ya sabe. En las escuelas no faltan los niños abusivos. Claro que yo nunca sufrí de tal situación. Ya se imaginará por qué.

―No, no me lo imagino.

―Oh, bueno, mi estatura siempre fue un disuasorio hasta para los chicos de los grados más altos. Con decirle que a los seis años ya parecía de diez. Y en eso si tenía problemas porque aunque no lo hicieran de frente, yo sé que muchos se burlaban de mi, quizás creyendo que había repetido el grado. En fin, nunca he sido alguien muy sociable, ya no digo popular.

―Pero sí muy habladora.

Lo elocuente era algo que había heredado de Cortana, sin duda.

―Eso no puedo negarlo ―se rió―. Una vez que me suelto hablando no puedo parar. Es más, mi mamá tiene que gritarme en ocasiones porque dice que la mareo con mi parloteo. En una ocasión...

―Ya entendí el punto ―mejor detenerla, no fuera que la esencia de Cortana la dominara. Él ya sabía a lo que se enfrentaría si la dejaba hablar. Con Cortana había tenido que soportarlo durante más de ocho años.

―Si... de todos modos, jefe, gracias por escucharme. Yo no me acerco a la gente, siento que puedo ser una molestia.

En aquellas cosas, Miranda se parecía a John. Él nunca se acercaba a nadie. Siempre eran las otras personas quienes se acercaban a él para entablar comunicación o tratar de hacer amistad.

―Quizás somos un par de ermitaños ―dijo con ironía el supersoldado.

―Tal vez. Aún así... ¿Quién quiere vivir solo para siempre? Por lo menos, yo no.―ella tomó aire―. Jefe.

―Dime.

―¿Cómo se sentiría usted si... si alguien muy querido le dijera que lo odia?

No había mucho que pensar.

―Es más que obvio que me sentiría mal.

Miranda sonrió con tristeza.

―Eso es precisamente lo que le dije a mi madre cuando partí hacia la Tierra. Le dije que la odiaba.

―Y eso ahora te remuerde la conciencia ―afirmó, más que preguntar.

―Como ninguna cosa que haya hecho antes.

Sin haberse dado cuenta, ambos habían detenido su marcha, y en ese momento permanecía en medio del bosque.

―Siempre habrá ocasiones en que hagamos o digamos algo que después nos hará arrepentirnos.

―Supongo que usted ha pasado por cosas similares.

―Si ―no había razón para negárselo a sí mismo, mucho menos a ella.

―Y me imagino que no quiere hablar de eso.

―Por el momento no. Ya llegará el día en que lo haga. Por lo pronto, es mejor terminar la carrera.

Ambos reanudaron su marcha.

Miranda, mientras corría, pensaba en las palabras dichas por el jefe maestro, y le hacían pensar en que quizás él guardaba un gran dolor en su interior. Tal vez era eso por lo que la comprendía.

―Jefe.

―Mmh ―volvió a gruñir.

―Si algún día llego a encontrar a mi padre. Me gustaría que fuera un poco como usted.

John se sintió realmente tentado de revelarle la verdad a la adolescente. Y fue gracias a su autocontrol, llevado hasta el límite, que no se lo dijo.

―Espero que no te arrepientas de lo que dices.

―No lo creo ―la chica sonrió.


La noche era joven, Alicia y Kelly entraron en el centro nocturno más popular de Rose Valley, el Dante's Hell. La música retumbaba por todos lados, la pista estaba llena de gente bailando y disfrutando de la noche. Kelly sonrió al recordar el breve tiempo en que fue empleada de ese lugar hacía ya mucho tiempo, durante el embarazo de Cortana. Ciertamente había entablado muy buenas relaciones con el dueño del lugar y el que hasta ese momento fuera el jefe de seguridad, Willy.

―Este lugar me trae muchos recuerdos ―comentó la Spartan, cuya vestimenta consistía en un pantalón entallado que delineaba perfectamente sus caderas y piernas, una blusa suelta cuyo escote mostraba que no usaba brasier y un par de zapatillas de tacón de aguja que la hacía ver especialmente sensual a pesar de ser una mujer madura.

―Recuerdo cuando trabajabas aquí ―Alicia sonrió―. Sacabas borrachos como si fueran costales de algodón.

―Era mi trabajo ―mencionó Kelly.

―Bueno, ahora estás aquí en calidad de cliente, así que, ¡es hora de divertirse!

Las dos se acercaron a la barra.

―Ron con Cola ―ordenó Kelly.

―Lo mismo ―secundó Alicia.

Las dos mujeres observaron los alrededores en busca de algún chico solo al que le gustaran las mujeres mayores.

No hubo que buscar mucho cuando uno de ellos se acercó a las dos mujeres.

―Hola, chicas ―saludó un tipo que no pasaría de los veinticinco años.

―Hola, guapo ―devolvió Alicia el Saludo.

―Me preguntaba si alguna de ustedes querría salir a bailar conmigo.

Alicia miró a Kelly.

―Es todo tuyo ―le dijo.

La madura mujer de ascendencia asiática se fue con el chico. Al quedarse sola, Kelly comenzó a beber de su vaso mirando cómo Alicia bailaba con el sujeto y cómo este le metía mano. Rápidamente la Spartan se imaginó que su acompañante desaparecería el resto de la noche.

―Hola ―escuchó a su derecha.

Ella volteó encontrándose frente a frente con Barry. A su mente acudió el recuerdo de lo visto aquella tarde. Su sangre amenazó con hervir y sus manos con despedazar al tipo. Sin embargo, recordó las palabras de Cortana: «quiero que sufra».

―Hola ―saludó sin mostrar su enojo, y por el contrario, su expresión era alegre.

―No creí verte en un lugar como este ―comentó el hombre.

―A veces es bueno escaparse.

―Si, lo es.

―¿Qué bebes? ―pregunto él.

―Ron con Cola.

―Dame vodka ―le gritó al cantinero. El encargado de la barra le sirvió la bebida― Y dime ¿Cómo hiciste para escaparte de Cortana y que Catherine no se te pegara?

Kelly identificó cierto tono de burla en la voz del hombre.

―Aproveché que están de viaje.

―¿De viaje?

Ella asintió.

―En este momento ya deben estar en rumbo hacia la Tierra.

―¡Vaya! ¿Y te dejaron sola?

―Les dije que me quedaría unos días más.

―¿Hay algún motivo?

―Ninguno en especial. Solo quiero disfrutar de mis vacaciones.

―Eso me parece bien.

A la mente de la mujer acudió una idea con la cual haría pagar al hombre su traicionera forma de ser.

―¿Quieres bailar? ―si John, o cualquiera de sus conocidos la viera, se extrañarían de su comportamiento. Pero aquello no era más que una farsa... a medias.

La pista de baile estaba a su máxima capacidad, apenas había espacio para moverse, especialmente cuando la música era movida e invitaba a derrochar energía corporal.

Kelly podría ser una Spartan, una de las más eficientes, pero también era mujer y había aprendido a bailar hacía muchos años de la mano de su amigo Fred, quien a su vez había aprendido con la fallecida doctora Halsey, quien en secreto les había enseñado cuestiones de la vida civil sin que las autoridades militares lo notaran.

Así pasaron dos horas, sin que la mujer le diera espacio a Barry de descansar. Su plan estaba dando resultado, lo quería agotado para llevar a cabo su escarmiento. Como en todo lugar de entretenimiento que se precie, la música romántica comenzó a sonar, dándole la pauta a Kelly para el siguiente paso de su plan.

―Oye ―se acercó al oído del hombre―. Esta noche quiero pasarla bien.

El rostro de Barry mostró una sonrisa excitada, su pantalón lo delataba.

―¿Y a dónde quieres ir? ―preguntó el tipo cayendo en la trampa de la mujer.

―¿Te parece bien tu casa?

Barry sonrió creyendo que el esfuerzo de seis años cortejando a Kelly había rendido frutos. Su ego no podía estar más inflado. En su mente fijó a Catherine como su siguiente objetivo, luego Cortana y finalmente a Miranda, como el plato fuerte.

Los dos salieron del lugar directamente hacia la casa del sujeto.


Sandra se desperezaba en su habitación. Un terrible dolor de espalda la acosaba, y sabía la razón, y por muy media Spartan que fuera, el hecho de limpiar aquel hangar había sido lo peor que le habían puesto a hacer desde que llegó a la academia hacía más de un año. Y todavía la muy descarada de Miranda se había dado el lujo de limpiar el otro hangar completo, seguramente para restregárselo en la cara. Cómo odiaba a esa mujer.

Su puerta sonó.

―¿Quién? ―preguntó con gesto adolorido.

―Soy Karen.

―Pasa.

―¿Vas a desayunar con nosotras?

―Esperame tantito. No tienes idea de lo que me duele la espalda.

―Vamos con el médico para que te de un analgésico.

La chica hizo un gesto de molestia. Realmente no le agradaba el médico. Mucho menos desde aquel día cuando la tuvo con el trasero al aire y toda la academia pudo contemplar sus cavidades infreriores. Claro que, los silbidos habían inflado su ego como nunca antes, tampoco le agradaba que el jefe maestro pudiera verla tan «desnuda».

―Ok ―contestó―. Nada más deja que me bañe, me arregle y salimos para allá.

Minutos después que la muchacha hubiese aseado su cuerpo, se encontraba peinándose, momento que la otra chica aprovechó para hablarle.

―Oye, Sandy.

―¿Qué?

―¿Supiste que Cadmon y Miranda dieron un paseo por el bosque ayer? ―Karen realmente no tenía la intensión de echarle leña al fuego, pero sabía que Sandra debía saber algunas cosas de su hermano.

―¿Qué? ―preguntó con sorpresa y molestia.

―Eso fue lo que me dijeron los chicos.

―¿Quienes? ―la mirada de Sandra no era para nada amigable.

―García y Nóvikov.

―Ese par de idiotas ―espetó con molestia.

―Aunque estuvieron acompañados en todo momento ―la joven trató de minimizar el enojo de la otra suavizando el asunto―. Quizás solo la invitaron a pasear, ya que Natasha, la piloto, iba con ellos.

―Esa mujer es una alcahueta. De seguro los quiere juntar.

―Sandra ―la muchacha calló un segundo, temía que lo que iba a decir molestaría a su amiga―. Solo son amigos. Aunque tampoco puedes impedir que tu hermano sienta atracción por esa chica, ella es bonita y creo que hacen buena pareja.

―¿De qué lado estás, Karen? ―la mirada de la hija del almirante Lasky era fiera.

―P... pu... pues del tuyo ―dijo la aludida con temor de la otra muchacha. Sabía bien de los arranques iracundos que solía tener y temió que en cualquier momento se lanzara contra ella.

―Entonces ¿por qué los excusas?

―Yo solo decía.

―Mira, Karen. Puedo aceptar que Cadmon se enamore de cualquier chica del mundo, de la galaxia si tú quieres, es más, puedo aceptar que se enamore de otro hombre o de un perro o de un extraterrestre ¡pero de esa pérfida nunca!

«Ya está exagerando otra vez» pensó la otra chica. Y arriesgándose a recibir un golpe, o algo peor, volvió a hablar...

―¿Y qué más da? No puedes influenciarlo solo con tus palabras y no creo que tus acciones le agraden mucho. Es más, me atrevo a decir que él podría incluso molestarse contigo ―Sandra le lanzó otra mirada enojada―, y... yo nunca lo he visto enojado, pero tengo el presentimiento de que él te daría un escarmiento ―al terminar la frase, sus palabras eran apenas un susurro.

―Cadmon no se atrevería a ponerme un dedo encima ni aunque le apuntaran con un arma a la cabeza; mi padre le daría una reprimenda terrible y seguramente lo castigaría el resto de su vida si se llegara a atrever.

―Bueno, piensa lo que quieras. Pero yo opino que...

―Tú no opinas nada. Cadmon es mi hermano y es mi deber cuidar que ninguna ramera se le acerque para pervertirlo.

―Ok, está bien, de acuerdo. Ya no me meteré en tus asuntos con tu hermano. Pero vamos a desayunar, tengo hambre.

―Hasta que dices algo sensato. Vamos.

Las dos muchachas salieron del dormitorio con rumbo al comedor.


John, igual que el día anterior, se encontraba en el comedor a la espera de que Miranda llegara. Tenía muy presente que tal actitud con la chica levantaría sospechas, pero no podía evitar sentirse emocionado por poder convivir con ella. Además ¿qué importaba? Mientras ella estuviera en esa academia, él podría protegerla... ¿verdad?

―Buen día, jefe ―llamó Cadmon a espaldas del supersoldado.

―Buen día, Lasky ―contestó con su típica frialdad.

―¿Va a desayunar con nosotros otra vez?

―¿Ya estoy aquí, cierto?

―Si, eh... ―el chico se rió.

―Buen día Cadmon ―saludaron dos chicas que pasaban al lado del muchacho.

―Buen día ―respondió extrañado de que aquellas muchachas se atrevieran a saludarlo. Teniendo en cuenta que si su hermana se daba cuenta, podrían sufrir las consecuencias.

A John no le pareció destacable que las dos cadetes saludaran a Cadmon, ante todo, él siendo hombre y además apuesto, tenía que producir algún efecto entre las jóvenes de la academia. Incluso, sin que él se lo propusiera, había escuchado, a varias secretarias y oficiales femeninos comentar lo «guapo del hijo del almirante» y lo de cosas pervertidas que le harían si fuera mayor.

―Parece que tu encanto ha aumentado ―bromeó John, aunque por su consabida expresividad, Cadmon no lo notó así.

―No es para tanto.

Miranda entró justo en ese momento. Iba a saludar a Cadmon y al jefe al verlos, pero un grupo de chicas la interrumpieron al pasar alrededor de ella para hacer justo lo que ella intentaba, pero de una manera bastante más melosa con el hijo de Thomas Lasky.

―¡Buen día, Cadmon!

Las jóvenes ya rodeaban al adolescente y una por una lo fueron besando, y pese a su enorme estatura, las chicas se las arreglaron para inclinarlo y hacerlo recibir los ósculos. Incluso una de ellas se atrevió a besarlo en los labios.

Cuando el saludo terminó, las chicas se alejaron entre gritos de emoción y comentarios de lo «bueno» que estaba el chico.

―¿Qué fue eso? ―preguntó Miranda con cara de haber visto la cosa más extraña del Universo.

Cadmon miró hacia la entrada del lugar percibiendo la presencia de Sandra.

―Creo que ya sé la razón ―comentó el adolescente al notar que su hermana sonreía con malicia.

Sandra entró en el comedor mirando fijamente a su hermano. Cadmon sintió como si de la chiquilla emanara un aura de maldad pura.

―¿No vas a ofrecértele tu también? ―dijo mirando a la Hija de John y Cortana.

―Contrario a lo que piensas, no soy una ofrecida.

―¿A no?

―No.

―Entonces ¿por qué ayer tú y mi hermano se fueron al bosque? ―Sandra sabía perfectamente que Cadmon y Miranda habían estado acompañados en todo momento, pero no podía dejar pasar la oportunidad de hacerlos sentir mal.

―Oye, a nosotros nos invitaron. No sé qué pretendes insinuar, pero desde ahorita te digo que yo con tu hermano no pretendo nada malo.

―Eso lo veremos.

Sandra se retiró hasta la cola de la fila.

―Sandra se está comportando cada vez peor ―comentó Cadmon.

―Creo que será mejor que no me junte contigo. No quiero tener que pelear con tu hermana otra vez.

Miranda estaba por retirarse cuando Cadmon la detuvo.

―Oye, no le hagas caso, solo está celosa.

―¿Nunca has oído que las mujeres celosas son peores que fieras salvajes?

Cadmon no supo que contestar, nunca le habían dicho algo semejante.

―Eso es verdad ―comentó John.

―¿Ves? Hasta el jefe sabe de lo que hablo.

Los dos muchachos detuvieron su conversación y se pusieron a pensar la razón por la que el jefe maestro le había dado la razón a Miranda. La jovencita comenzó a sonreír de la misma manera que lo hacían Catherine y Cortana cuando intuían algo con lo que podían molestar a alguien. John y Cadmon lo notaron de inmediato.

―Se me hace que el jefe ya ha tenido novia con anterioridad. Porque solo un hombre que conoce a las mujeres diría algo así.

Definitivamente, Miranda tenía demasiado de su madre.

―Solo lo he visto en otras personas.

―Nah... a mi no me engaña, jefe. Díganos ¿quien fue la afortunada?

¡Maldición! Miranda también había heredado la extraña propiedad de Cortana para hacerle hablar cosas sin pensar. Si no se apresuraba a crear una distracción, las cosas podrían ponerse difíciles.

―Es hora de desayunar ―dijo dirigiéndose de inmediato a tomar una charola para formarse en la fila.

―Creo que el jefe tiene cola que le pisen ―dijo Miranda sonriendo.

―No estarás pensando...

―No me des cuerda.


Despertar del sueño criogénico no era para nada agradable, y Cortana lo sabía más que bien, pese a que solo había viajado por el espacio unas pocas veces como humana.

El estómago lo sentía tan revuelto como cuando estuvo embarazada de Miranda, la cabeza le dolía como si le estuvieran dando martillazos. No obstante, confiaba que los síntomas pasaran pronto gracias a su constitución superior.

Aunque no podía decir lo mismo de Catherine.

―¿Mucho tiempo sin viajar? ―preguntó Sarah a las otras dos mujeres mientras atendía a su esposo, cuyo estado era mucho peor.

―Ya se me pasará ―dijo Cortana.

―Yo quiero una aspirina ―comentó Catherine antes de volver el estómago.

Sin embargo, por sobre los síntomas que pudieran sentir, los cuatro viajeros habían llegado a la Tierra, lo que a Cortana le provocó sentimientos cruzados. Por una parte sentía que no debía estar allí, ya que UNSC podría darse cuenta de su presencia. Y por otra, no podía quitarse la ansiedad por volver a ver a John.

Los pasajeros, que en aquella ocasión habían sido pocos, comenzaron a pasar al área de los asientos para prepararse de cara a la reentrada en la atmósfera.

Dos horas para la reentrada a la Tierra ―dijo por los parlantes el capitán de la nave.

―¿No te emociona volver después de tanto tiempo? ―preguntó Sarah a Cortana.

―La verdad es que no sé que responderte.

―Yo me sentiría emocionada. Ya sabes por qué.

―Ciertamente me siento contenta porque veré nuevamente a John. Pero también algo asustada de lo que pueda pasar por ya sabes que.

―Ya deja de preocuparte, hermana ―le dijo Catherine―. Kelly ya nos dijo que todo está arreglado.

―Aún así no puedo dejar de sentirme ansiosa.

―Es normal, tienes más de quince años de no verlo.

Dos horas y quince minutos después, la nave aterrizaba en el espaciopuerto de Nueva York. Los pasajeros comenzaron a bajar del vehículo con paso lento.

El grupo de Cortana pisó tierra finalmente, Catherine fue la primera en mirar los alrededores. Suspiró.

―Se siente bien regresar a tu planeta natal.

―Si, es lindo. Pero no es tu planeta natal ―dijo Cortana con no muy buen humor.

―Oye, no me arruines el momento. Y sí, sí es mi planeta natal. Recuerda que fui clonada aquí ―le reclamó la doctora.

―Vamos a la aduana, tenemos que registrarnos.

Cortana tragó saliva, aquella era la prueba de fuego; si los lectores de códigos y los sensores reconocimiento facial la identificaban, estaba perdida.

La entrada a la terminal era un túnel largo en cuyo extremo posterior se encontraba un arco con un sinnúmero de sensores, cada uno especializado en detectar metales, sustancias prohibidas y reconocer rostros. Cortana se sintió sumamente sobrecogida al pensar en las consecuencias si llegaban a reconocerla.

Sarah fue la primera en pasar por el arco. El aparato no mostró reacción alguna, estaba limpia. Thomas fue el siguiente, obteniendo el mismo resultado, luego fue Catherine, el arco sonó inmediatamente.

Cortana estuvo a punto de salir corriendo, pues ella y su hermana eran casi idénticas ¿Y si la habían reconocido?

―Señorita ¿trae entre su ropa algún objeto metálico?

Catherine revisó entre sus ropas sacando una pequeña moneda de plata.

―Lo siento ―se rió nerviosa― es una moneda que me encontré antes de salir de Minister ―puso la moneda en una charola y volvió a pasar por el arco. El aparato no volvió a reaccionar.

Era el turno de Cortana. La mujer cruzó por el arco temiendo lo peor, mas el aparato no mostró señal alguna de reaccionar. Pronto estuvo del otro lado.

Unos minutos después estaban en la entrada del espaciopuerto esperando un taxi que los llevara hasta la casa del matrimonio Lasky.


La casa del almirante era enorme, lo suficiente para contener a la pareja y al mini ejército de hijos que tenían. Rina, la más pequeña de los vástagos de Thomas y Sarah, miraba por una ventada cuando vio un taxi detenerse frente a la entrada de la propiedad. Sus ojos curiosos no dejaban de mirar tratando de identificar a las dos mujeres que habían bajado primero, a quienes ella consideró muy parecidas, salvo por su estatura. Sus ojitos se iluminaron cuando vio a las otras dos personas que bajaron.

Reaccionando de inmediato, la chiquilla corrió hacia la sala, gritándole a sus hermanos mayores.

―¡Chicos! ¡Chicos! ¡Papá y mamá regresaron!

Ni bien escucharon que sus padres habían vuelto, los otros niños se levantaron de la sala, en donde estaban sentados esperando a que su nana volviera del supermercado, para recibir a sus progenitores.

Los cuatro niños se formaron uno al lado del otro en progresión de edades, desde la mayor hasta la más pequeña.

La puerta de la casa se abrió dándole el paso a Sarah, quien al ver a todos sus hijos formados sonrió.

―Hola, chicos ―dijo ella sonriendo.

Los cuatro niños corrieron a los brazos de su madre para darle la bienvenida.

Cortana y Catherine miraban enternecidas el amor que aquellos pequeños profesaban a su madre.

―¿Y a mi no me van a saludar? ―les preguntó Thomas.

―¡Papi! ―gritó Rina, la más pequeña, saltando a los brazos de su padre para besarlo.

―¿Cómo has estado? ―le preguntó su padre.

―Bien.

―¿Sólo bien?

―Si.

Los demás niños se acercaron al almirante.

―Hola, papá ―saludó Laura, la mayor de todos los niños presentes y la tercera en orden de edad, siendo tres minutos mayor que su hermano Charlie.

―Bienvenido ―dijo Charlie, el gemelo de Laura.

―Que bueno que volviste ―le dijo Paula, la penúltima de los hijos.

―¿Dónde está su nana? ―preguntó Sarah.

―Fue al supermercado a comprar la cena ―contestó Laura a su madre.

―Ya veo ―Sarah se giró para encarar a sus retoños―. Chicos. Su padre y yo tenemos que avisarles de algo.

Los niños se le quedaron viendo a su madre y luego a su padre.

―Tenemos invitados ―anunció Thomas.

Todos los niños miraron a Cortana y Catherine.

―Buenas noches ―saludaron las dos mujeres.

―Buenas noches ―dijeron todos los niños a la vez.

―Ellas son Cortana y Catherine; estarán con nosotros durante un tiempo, así que espero que sean amables con ellas y no las molesten ¿de acuerdo?

―¿Qué onda? ―saludó alegre Rina a las dos mujeres.

―¿Qué hay muñeca? ―la saludó Catherine en el mismo tono.

―¿Ustedes son novias de mi papá?

Cortana y Catherine se vieron la una a la otra, luego miraron a Sarah.

―No, mi amor. Ellas son nuestras amigas y vienen a visitar a otra persona ―le aclaró su madre.

―Ah ―dijo la niña.

A Catherine aquello le pareció gracioso, recordándole mucho a cómo era ella durante su primer infancia. Si no se equivocaba, entablaría una buena amistad con la chiquilla ¿y por qué no? Con el resto de los hijos del almirante y la Spartan.

―Bueno, niños, ahora vuelvo, voy a mostrarle su habitación a nuestras invitadas ―Sarah miró a las otras dos mujeres―. Vamos.

Cortana fue la primera en seguir a Sarah. Las tres mujeres subieron al segundo piso de la casa. Después de caminar por un largo pasillo llegaron al cuarto donde se hospedarían.

―Tu casa sí que es grande ―le comentó Catherine.

―Antes vivíamos en una más pequeña, pero como la familia creció...

―Entiendo ―Catherine sonrió―. ¿Han pensado en tener más hijos?

―No ―respondió la mujer―. Ya con seis tenemos suficiente. Además, aunque lo quisiera, ligué mis trompas después de tener a Rina, y Tom se hizo la basectomía, así que ni uno ni otro puede disparar a quemarropa.

―Mas bien será a moja ropa ―Catherine se rió. La otras dos la siguieron.

―¿Siempre es tan vulgar para hablar? ―preguntó Sarah a Cortana.

―Después de quince años ya ni caso le hago, solo me rio.

Sarah abrió la puerta mostrando el interior de la habitación.

―Es la habitación de mi hijo mayor, Cadmon, pero como no está aquí, cualquiera de las dos puede usarla.

―Entonces me apunto para eso ―dijo Catherine de inmediato.

Mas Cortana la detuvo.

―¿A dónde vas kimosabi? ¿Crees que voy a dejarte sola en la habitación de un chico con la posibilidad de que espíes lo que tiene oculto?

―No te preocupes ―intervino Sarah―. Cadmon guarda todas sus revistas, videos y demás cháchara en otra parte.

―Las madres conocen a sus hijos ¿eh? ―dijo la joven doctora.

―Como la palma de nuestra mano ―confirmó Cortana.

―Y lo dice porque a Miranda le ha encontrado revistas de tipos en pelotas bajo el colchón de su cama.

―Si. Por eso. ―confirmó la madre de la mencionada.

―Parece que todos los que hemos sido adolescentes tenemos la misma fijación por «esas» cosas.

―Cómo les gusta disimular. Llámenlo por su nombre. Se llama por-no-gra-fía ―dijo sílaba por sílaba.

―Pues ya que estamos entre adultas, no podemos decirlo de otra manera y no parecer mojigatas ―afirmó Sarah.


Aquella noche, Cadmon sintió un terrible escalofrío.

―¿Pasa algo Cadmon? ―preguntó Natasha a su amigo. Miranda también estaba presente.

―No, solo es un escalofrío.


NOTAS DEL AUTOR:

Ya tengo escrito lo que Kelly hará con Barry, y de hecho, había pensado en ponerlo en este capítulo, pero no quiero hacerlos demasiado extensos, más bien, quiero que cada capítulo ronde las 12 mil o 13 mil palabras.

Como ven, Cortana ya está en la Tierra, ahora me toca pensar la forma en que ella y John se encontrarán y quizás, muy remotamente, Miranda pueda enterarse quién es su padre. Aunque para eso quiero que primero pasen muchas cosas.

En fin... Nos leemos luego.