Capítulo 7
Elsa aparcó su deportivo verde, un Lotus Elite británico, en el extremo más alejado del concurrido aparcamiento. Se puso las gafas de sol y contempló el embarcadero, donde la gente preparaba sus barcos para el invierno. Fue hacia el muelle y vio un edificio de madera sin pintar, cuyo rótulo de hierro fundido se balanceaba con la brisa.
—Sea Stone Café —murmuró, esbozando una media sonrisa debido a su vieja costumbre de hablar consigo misma—. Muy apropiado.
—¡Elsa!
La entusiasta voz de Anna, ligeramente sin aliento, la hizo girar sobre sus talones. Vestida de cuero negro de los pies a la cabeza, con un uniforme que le ceñía cada curva del cuerpo, Anna se acercó con largas y enérgicas zancadas, haciendo bailar tras ella aquella trenza que el atardecer volvía de color rojo oscuro. Llevaba un casco rojo bajo el brazo, y su acostumbrado bolso de piel cruzado sobre el pecho.
—Te he visto llegar. ¡Menudo coche! —exclamó con una amplia sonrisa—. Viajas con estilo, Winter.
Elsa le devolvió la contagiosa sonrisa.
—Me gustan los deportivos.
—A mí también, pero sigo conduciendo mi viejo Volvo cuando hace demasiado frío para ir en la Yamaha —respondió Anna haciendo una mueca.
—No tiene nada de malo.
—A menos que tu Volvo sea un modelo familiar de 1982.
—¡Oh, un modelo clásico!
—Di mejor una carraca moribunda. Dudo que dure otro invierno —suspiró Anna.
Tras espiar por las ventanas del café le hizo señas a Elsa para que la siguiese:
—Está a tope. Ya me lo temía, de modo que telefoneé antes de venir. Veamos si Korra se las ha podido arreglar para guardarnos una mesa.
Una vez dentro, Elsa se vio agradablemente sorprendida por el cálido ambiente. Las mesas, de estilo rústico, estaban cubiertas con clásicos manteles de cuadros rojos y blancos, y el vivo fuego de la chimenea proporcionaba una luz acogedora, creando formas caprichosas en las paredes forradas de madera oscura. Una inmaculada barra ocupaba toda la pared del fondo.
—Anna, me alegro de verte —dijo una mujer de cabellos castaños que apareció llevando una bandeja llena de vasos relucientes—. Hace siglos que no venías. ¿Qué tal te va?
—Estupendamente, gracias. Esta es Elsa, mi amiga y vecina. Elsa, esta es la propietaria, Korra.
Korra dejó la bandeja sobre el mostrador, se secó las manos en un trapo que colgaba de su negro delantal y sonrió cautamente.
—Encantada de conocerte, Elsa. Su mesa es la de allí —dijo señalando la esquina en la que confluían las dos paredes acristaladas—. Tiene unas magníficas vistas del embarcadero.
—Es un placer, Korra.
Al estrecharle la mano, Elsa recordó dónde había conocido a Korra Stone, pero se limitó a decir:
—Gracias por reservarnos una mesa.
—¡Impresionante! —exclamó Anna con una amplia sonrisa—. Gracias por tratarnos tan de primera.
—Ni lo menciones —contestó Korra, y sus ojos azules se iluminaron—. Vengan conmigo.
Korra las guió por entre las mesas, y Elsa se fijó en que se movía con la suavidad y el control de una atleta. Aunque atrajo la atención de varios hombres, no se molestó siquiera en mirarlos.
Cuando llegaron junto a la mesa de la esquina, Korra quitó el letrero de «reservado» y apartó las sillas.
—Aquí tienen, señoras. ¿Qué desean que les traiga para beber?
Elsa notó que su estómago protestaba y alargó la mano para leer el menú.
—He oído maravillas de tu café, de modo que tomaré un exprés con leche, por favor.
—Lo mismo para mí —dijo Anna abriendo otra de las cartas. —Dos exprés con leche, pues. Tomen tiempo. Vuelvo enseguida.
Elsa se quedó mirando cómo se alejaba a toda prisa.
—Una mujer muy agradable, y bastante singular —comentó al volverse hacia Anna.
—Sí. Destaca en cualquier lugar. Melancólica y misteriosa, no sé si me entiendes.
—¿Melancólica y misteriosa? ¿Es una gótica?
Anna enarcó las cejas de golpe.
—Creo que no… ¿Cómo es que alguien como tú sabe lo que son los góticos?
—¿Qué quieres decir con lo de alguien como yo? —quiso saber Elsa, frunciendo el ceño.
—Debes admitir que te mueves en círculos bastante diferentes.
—Por las oficinas de la Fundación pasa todo tipo de gente, y suelen parecerme muy interesantes. Hablar con ellos es algo que contrasta agradablemente con los actos rígidos y formales a los que estoy obligada a acudir con regularidad.
—No pretendía sugerir…
—Lo sé.
Sin pensarlo siquiera, Elsa posó la mano sobre la de Anna para tranquilizarla. «¡Dios Santo! ¡Retira esa mano de ahí ahora mismo!», gritó para sus adentros.
Anna se inclinó hacia ella, giró la palma hacia la de Elsa y la estrechó cálidamente.
—¿Te ocurre muy a menudo?
Elsa notó que le cosquilleaban los dedos al notar la firme piel de Anna. «¡Retira la mano!»
—¿El qué?
—Esto de que te traten como a una pobre niña rica que no sabe nada del mundo real —explicó Anna con una mueca—. Es lo que acabo de hacer yo. Lo siento.
—Solía ocurrirme, sí. Y es algo que escuece bastante — contestó Elsa, arreglándoselas para apartar la mano.
Complacida al observar lo intuitiva que era su nueva amiga, tomó la carta y la abrió tan sólo para tener las manos ocupadas.
—Sus exprés con leche, señoras —anunció Korra, poniendo fin a la incómoda situación—. ¿Ya decidieron lo que quieren comer?
—¿Qué nos recomiendas? —preguntó Elsa alzando la vista.
—La quiche de jamón y tomate. Además viene con una ensalada.
—Entonces tomaré eso, y agua mineral.
—Yo tomaré las crêpes de espinacas —anunció Anna—. Y agua también.
—Muy bien. Hasta entonces, disfruten del café.
Elsa probó un sorbo y dejó escapar un suspiro de placer: sabía tan maravillosamente como olía.
Anna sonrió de oreja a oreja.
—Está bueno, ¿eh? Te lo dije —advirtió, y a continuación probó el suyo—. Muy, muy bueno.
Su rostro adquirió una expresión soñadora, y por un momento Elsa pudo imaginarla fácilmente como si fuese un personaje de una obra de Shakespeare. «Tal vez una Puck, o… ¡Deja ya eso y di algo!»
—He estado todo el día sin poder tomar café.
Los nervios la hicieron beber demasiado rápidamente, y el ardiente líquido le inundó la garganta. Tosió, buscó afanosamente la servilleta y la apretó contra la boca mientras intentaba no jadear.
—¿Estás bien? ¿Necesitas algo? —preguntó Anna levantándose a medias de la silla.
—No, no —consiguió decir Elsa con voz ronca—. Estoy bien. He tragado mal, eso es todo.
Por fin consiguió recuperar el aliento y se enjugó las lágrimas provocadas por la fuerte irritación de garganta.
Anna le dirigió una mirada de incredulidad pero no volvió a insistir. Miró a su alrededor y sus ojos se iluminaron.
—¡Eh, mira allí! ¡Acaba de entrar tu amiga, nuestra mezzosoprano favorita!
Elsa se dio la vuelta.
—¿Asami también está aquí? Debe de ser el sitio de moda.
Esta vez tragó con gran cuidado su café antes de añadir:
—¿Te importaría que se sentase con nosotras, si no ha quedado con nadie?
—¡Claro que no! Me gustaría poder conocerla mejor.
Elsa le hizo un gesto a Asami para que se acercase, y le pareció detectar un gesto de alivio en el rostro de su amiga.
—¡Elsa, qué alegría encontrarte aquí!
—¿Por qué no te sientas con nosotras? Esto está completamente lleno.
—Pasaba sólo para tomarme un café en la barra, pero, si no les molesta, prefiero sentarme aquí.
—Creo que ya conoces a Anna Summer —dijo Elsa haciendo un gesto hacia esta.
No le gustó el tono ronco e intenso que adquirió su voz al pronunciar el nombre de Anna.
—Sí, de la conferencia. Gracias por escribir aquel artículo tan encantador en el periódico del domingo, señora Summer —dijo Asami mientras tomaba asiento—. Fue mucho mejor que el de aquella impertinente mujer del Boston Phoenix. La verdad es que no parecía que ambas hubiesen acudido a la misma conferencia de prensa.
Elsa se fijó en que las mejillas de Anna se habían teñido de rosa, destacando más sus pecas. Estaba muy atractiva así, jugueteando con los cubiertos para disimular la incomodidad. «No sólo es competente sino modesta además. ¡Qué agradable diferencia respecto a la mayoría de los reporteros!»
—Gracias —murmuró Anna, más complacida que avergonzada—. Me alegro de que le haya gustado. Sin embargo, lo importante es que conseguí convencer a mi editor para que colocase un anuncio en primera página a diario, durante las próximas semanas, en el que se indica a qué dirección se pueden hacer llegar las donaciones para la nueva ala del hospital.
Elsa sintió una oleada de calidez dentro de sí que derribó varios viejos carámbanos. Anna y ella se miraron a los ojos y percibió un instante de silenciosa comunicación entre ambas, algo maravilloso e inesperado. No apartó la vista hasta que Korra se acercó a la mesa.
—¡Hola, Asami! Ya veo que has encontrado compañía —dijo esta—. ¿Qué tal si te traigo un exprés con leche y esa ensalada que tanto te gusta?
A Elsa le pareció bastante extraño que su amiga permitiese tan pronto esas confianzas a Korra. Asami era una mujer muy reservada. «Debe de sentirse sola.»
—Sí, me he encontrado a unas amigas muy especiales, cara. ¿Puedes unirte a nosotras?
Korra negó con un gesto.
—Lo siento. Tenemos lleno hasta la bandera. He de ir sirviendo los platos a medida que Pema los va sacando del horno. ¿Quieres algo de comer, Asami?
—No, gracias, no tengo mucha hambre.
Los increíbles ojos de Korra se volvieron color oscuro.
—Muy bien. Avisa si cambias de idea, ¿vale?
—Eso haré.
Una vez que Korra se hubo marchado, sorteando ágilmente las mesas, se hizo un silencio algo incómodo entre ellas. Por fin Anna carraspeó y dijo:
—¿Se está adaptando bien a su ciudad natal, señora Sato? Debe de haber cambiado mucho en estos años.
—Tutéame y llámame Asami, por favor —pidió ella, consiguiendo por fin despegar los ojos de Korra—. La señora Sato es solamente mi personalidad sobre el escenario, mientras que esta —señaló— soy yo: una mujer de East Quay. Y sí, la ciudad ha crecido y se ha convertido en… otra cosa. Y me encanta poder explorarla, ahora que he regresado.
Elsa estaba atónita. Asami nunca había mencionado en absoluto East Quay, ni la época en la que había vivido allí antes de hacerse famosa. Era como si los primeros dieciséis años de su vida se hubiesen borrado, y Elsa sabía que no era la única que se preguntaba cuál sería la razón.
—Será un honor poder llamarte Asami. A mí llámame Anna, claro. Como ya le he dicho a tu amiga aquí presente, todo lo que hablemos será confidencial a menos que se los advierta previamente.
—Me parece justo. Si Elsa confía en ti —dijo Asami sonriendo a su amiga—, yo también.
Mientras comían, conversando sobre temas triviales, Anna observó a sus dos compañeras. Ambas contrastaban en estilo y personalidad, pero tenían en común el que ambas eran mujeres de mundo. Sin embargo, se negó a sentirse inferior a ellas. Además, al menos a Elsa le parecía que había gente interesante en todas partes. «Me pregunto si seguiría pareciéndole adecuado almorzar conmigo si supiese que soy lesbiana. Las señales que percibo de ella son contradictorias.» Anna juraría que Elsa había temblado cuando sus manos se tocaron brevemente minutos antes, y después había detectado algo muy cercano al pánico en sus ojos, antes de apartar la mano. Dejó el tenedor sobre el plato, contentándose con escucharlas.
—Ojalá dispusiese de más tiempo para trabajar el aria de Rossini —decía Asami, con voz algo cansada—. Hace siglos que no interpreto a Rosina, y aunque conozco bien El barbero de Sevilla… No estoy satisfecha. Esta es mi última actuación, al menos por un tiempo, y quiero que sea perfecta.
Elsa frunció el ceño y se apoyó en el respaldo de la silla.
—¿No estás ensayando casi a diario con la orquesta?
—Sí, pero echo de menos a Sherry, que es la que suele acompañarme al piano. Está haciendo una gira con el Otello. No podía dejar a un lado su carrera tan sólo porque yo haya decidido tomarme un descanso —explicó Asami, incómoda—. Y, si te soy sincera, no quiero que se sepa que me siento insegura… o tal vez intimidada, por el hecho de que este sea mi último concierto. Con Sherry sabía que estaba en buenas manos, tanto musical como personalmente.
Gracias a la investigación que había hecho sobre Asami, Anna sabía que Sherry Millard era una de las más cotizadas acompañantes del mundo operístico. Se preguntó si era que Asami había cortado todos los lazos que la unían a su carrera.
Elsa dejó la servilleta junto a su plato.
—Si no eres demasiado exigente y de verdad necesitas más ensayos, yo podría acompañarte. Sé tocar el piano.
Anna se quedó mirando a Elsa, atónita.
—No soy ninguna virtuosa como la señora Millard, pero tampoco soy tan mala.
—¿Conoces El barbero de Sevilla? —quiso saber Asami—. Me encantaría poder afinar al máximo la entonación y el fraseo. ¿Tienes tiempo mañana por la noche?
Hizo gestos grandilocuentes, parodiándose a sí misma en escena:
—¡Necesito ser Rosina, no limitarme a cantar el aria!
Alzó ampulosamente el mentón, imitando a la típica cantante de ópera. Después soltó tal carcajada que varias personas se volvieron a mirarla.
—Tengo un piano de media cola, y los altos techos de mi casa proporcionan una acústica decente. ¿Por qué no vienes el viernes, después del ensayo? —preguntó Elsa—. Así no importará si se nos hace tarde.
—Es una gran idea —consiguió decir Anna, intentando con todas sus fuerzas parecer convincente.
Se miró las manos, que habían convertido su servilleta en una pelota arrugada, y se preguntó qué era lo que le estaba estallando dentro del pecho. «¡Por Dios, esto es ridículo! ¡No puedo estar celosa!»
—No tenía ni idea de que también fueses intérprete —añadió—. Eres una mujer de muchos talentos, Elsa.
—Gracias. Soy buena, pero no sobresaliente. Disfruto tocando el piano.
Garabateó algo en el dorso de una tarjeta de visita y se la entregó a Asami.
—Aquí tienes mi dirección. El teléfono ya lo sabes. Estaré en casa a partir de las seis. Si tienes hambre podemos encargar algo.
—¡Qué solución tan maravillosa! —exclamó Asami, cerrando la mano con fuerza sobre la tarjeta—. ¡Te estoy muy agradecida!
Para alivio de Anna, Korra se unió a ellas.
—¿Va todo bien, señoras?
La expresión de Asami se dulcificó al verla.
—Magníficamente. Elsa ensayará conmigo el viernes, de modo que ya tengo un motivo menos de preocupación.
Anna se preguntó qué otros motivos tendría Asami para preocuparse. Ya en la conferencia de prensa le había parecido que Asami tenía motivos ocultos para hacer lo que estaba haciendo. También sentía curiosidad por la química que parecía haber entre Asami y Korra. Extraña pareja, pensó mientras se acababa el café, y estuvo a punto de atragantarse con el último sorbo. «¿Pareja? ¡Bah, imposible!»
—¡Magnífico! —dijo Korra posando la mano sobre el hombro de Asami—. Avísame si quieres que saque a Perry y a Mason.
—¡Oh, tienes razón! ¿Cómo pude haberme olvidado de mis chicos? —exclamó Asami, haciendo un gesto de sorpresa con la mano—. ¿Podrías sacarlos el viernes a media tarde?
—¿Qué tal si me los traes aquí cuando vayas a irte a los ensayos? Pueden quedarse en mi patio trasero, y así podré pasearlos varias veces.
—¿Seguro? Ya sabes lo grandes que son. Tendría que traerles también su comida.
Las cejas de Anna estaban a punto de alcanzar el nacimiento del pelo.
—Supongo que estamos hablando de perros…
Asami se echó a reír.
—Sí, dos, de raza Gran Danés.
—Oh, cielos —intervino Elsa—. Había olvidado a Perry y Mason.
—Seguro que les encantará que los mimes. Los recogeré al acabar —dijo Asami en voz baja, y se mordió el labio a continuación—. Pero no sé lo tarde que será entonces, Korra…
—No te preocupes, te esperaré levantada.
Aquellas palabras, pronunciadas con gran seguridad, relajaron de nuevo el rostro de Asami, y su voz se convirtió en un suave ronroneo:
—Muchas gracias, cara. ¿Apuntas esto en mi cuenta?
Korra asintió, con el mismo gesto dulce de Asami, una expresión que Anna nunca había visto en ella. Pareció que Asami iba a añadir algo más, pero entonces miró de reojo a Elsa y Anna y se limitó a decir:
—Me lo he pasado muy bien con ustedes, pero ahora debo irme a casa.
Elsa se puso en pie.
—Hasta mañana, Asami.
Ésta se volvió hacia Anna:
—¿Nos veremos en el apartamento de Elsa? Tal vez te gustaría asistir a los ensayos.
Anna intentó parecer segura de sí misma, aunque no sabía por qué seguía con el estómago encogido.
—Sí, me encantaría.
Molesta consigo misma, echó hacia atrás su silla y añadió:
—Es hora de que yo me vaya también.
Sabía que aquello había sonado muy brusco, pero estaba como un flan y no tenía ni idea de cuál era el motivo. ¿A qué venía aquel torbellino de emociones?
Asami miró la hora en su reloj.
—Para mí es tardísimo ya. Los chicos llevan tanto tiempo solos que seguro que me están echando abajo la casa.
Siguieron a Korra hasta la barra, donde Elsa insistió en invitarlas a todas.
—Ya me invitarás a mí la próxima vez —dijo, decidida a no dejarse convencer.
Anna y Asami se dieron por vencidas, proclamando esta última que no tenía tiempo para discusiones.
—¡La siguiente la pago yo! —exclamó Asami, y desapareció por la puerta.
Cuando Elsa y Anna se dirigían al aparcamiento, Anna miró de reojo a su acompañante, con la mente hecha un torbellino. Sabía lo irracional que había sido su reacción de momentos antes, y estaba intentando racionalizarla. Sin embargo, en esos momentos era completamente incapaz de racionalizar nada.
Elsa giró la llave de contacto y se oyó el ahogado rugido del poderoso motor. Puso marcha atrás y maniobró para salir. Al pasar junto a una moto color rojo pudo ver el gesto frustrado de Anna mientras se aferraba al manillar para montarse en el amplio asiento acolchado de la moto.
Elsa se detuvo junto a ella, bajó la ventanilla y enarcó una ceja:
—¿No arranca?
Anna cerró los ojos, desesperada.
—Parece que no. ¡Maldita sea, no puedo creerlo! ¡Nunca me había hecho esto! Y no es que me haya olvidado de repostar; seguramente es un fallo en el sistema eléctrico. ¡Traidora! —añadió mirando con rencor a su máquina.
—¿Por qué no la dejas en el patio trasero de Korra, y envías mañana a los del taller para que la recojan? Seguro que a ella no le importará. Puedo acercarte yo, si vas para casa ahora. Es lo menos que puede hacer una buena vecina.
Elsa ahogó un gemido ante su propio comentario. «¡Qué estupidez acabo de decir!»
Anna dudó un momento antes de asentir.
—Buena idea, gracias.
Volvió corriendo al café y asomó la cabeza al interior un segundo. Después regresó junto a su moto y la llevó hasta detrás de la valla de anchos tablones de madera.
Regresó con una gran bolsa de gimnasia blanca y azul en la mano. La tiró al asiento de atrás, se dejó caer junto a Elsa y cerró la portezuela soltando un gran suspiro, que era a la vez muestra de alivio y de enfado.
—¿Y esa bolsa de gimnasia? ¿Has estado entrenando? — preguntó Elsa mientras Anna se ajustaba el cinturón de seguridad.
—Sí. Voy dos veces por semana; no porque practique un deporte en concreto, sino porque a veces me paso horas tecleando, y eso me mata la espalda.
—Te entiendo bien. Yo debería hacer más ejercicio… Al menos me he instalado un programa para que mi ordenador me recuerde que tome descansos y haga estiramientos cada hora.
Quedaron en silencio un rato, mientras Elsa conducía diestramente el Lotus por las calles que llevaban al centro. Por fin Elsa miró de reojo a Anna antes de preguntarle discretamente:
—¿Estás molesta por algo?
Para su sorpresa, Anna enrojeció y, cuando ya creía que su pregunta no obtendría respuesta, contestó atropelladamente:
—Vas a pensar que soy una estúpida integral, pero, cuando te vi hablando con Asami me sentí… fuera de juego. Tienen tantas cosas en común…, claro, se mueven en círculos muy similares. En fin — añadió entrelazando con fuerza las manos—; ni siquiera sé por qué me parece que esto tenga importancia. Al fin y al cabo no somos más que vecinas.
Elsa se estremeció al escuchar tan inesperada declaración. Sólo gracias a tantos años de autocontrol consiguió hablar.
—¿A qué viene ese repentino ataque de inseguridad? — preguntó amablemente, con un hilo de voz.
Anna se apoyó contra el reposacabezas y volvió a exhalar un gran suspiro.
—Eso digo yo. Me siento como una tonta.
—Asami puede parecerte muy mundana y toda una privilegiada, eso es cierto, pero ambas sabemos que en realidad no es así. Y en cuanto a mí… bueno, todos somos humanos, ¿no? ¿Estoy haciendo que te sientas inferior? Lo siento, no era mi intención.
—No, no se trata de eso, para nada —contestó Anna tirando de su trenza y soltando sin querer varios mechones de pelo.
Elsa soltó una mano del volante para gesticular, confusa.
—Entonces, no comprendo… ¿Por qué te sentiste fuera de juego?
Anna intentó con esfuerzo mantener un tono ligero, pero su voz fue ahogándose y bajando de tono hasta convertirse en un murmullo:
—Seguramente esto hará que me selecciones para el premio a la más antipática… No es ningún juego, Elsa. Me gustas.
«¡¿Cómo?!» Elsa frenó por puro acto reflejo, y notó cómo se estremecía el Lotus antes de que ella recobrase el dominio de sí misma, continuando por Main Street. Atónita por la declaración de Anna y por su franqueza, Elsa siguió conduciendo, y se sintió aliviada al ver que su edificio aparecía ante ella, al final de la calle. Cambió de carril dos veces y aminoró al acercarse a su garaje, al otro lado del callejón vecino al histórico inmueble.
Estacionó el coche en su plaza, apagó el contacto y aguardó unos segundos para pensar lo que iba a decir:
—Anna…
Anna hizo una mueca y comenzó a enroscar la trenza entre los dedos.
—Lo sé, lo sé. No tienes por qué decir nada. Y yo tampoco tendría que haberlo hecho. Me ocurre siempre, hablo sin pensar.
Y ahora parecía estar deseando morderse la lengua y no decir más, a pesar de su valiente sonrisa.
«¿Y sueles decirle a los demás… a otras mujeres… lo que acabas de decirme a mí, como has hecho ahora?» Seguían sentadas en el vehículo. Elsa volvió el rostro hacia ella:
—Algunos llamarían a eso ser sincera.
—A veces la sinceridad se sobrevalora. A mí suele meterme en líos —confesó Anna atreviéndose por fin a mirarla a hurtadillas—. ¿Tú qué dirías, que estoy siendo sincera o que me estoy metiendo en líos?
A pesar del burlón tono de su voz, Elsa notó que Anna intentaba prepararse para una respuesta negativa. Dominó su impulso inicial de retraerse cuando se dio cuenta de que, si escogía la respuesta errónea, podría perder una valiosa amistad.
—A mí me pareces sincera. ¿Por qué ibas a meterte en líos? — contestó con voz suave—. No sé por qué ni de qué modo te gusto, pero me siento halagada.
«¡Eso es! Quítale importancia, muéstrate amistosa. Como si eso no significase nada.»
—No sabes de qué te estoy hablando, ¿verdad? Eres una mujer increíble, fascinante, y… Pero será mejor que me detenga ahora, o acabaré cavándome mi propia tumba —concluyó Anna, descruzando los dedos y posando las manos sobre el regazo.
El corazón de Elsa latía aceleradamente. No podía creer que aquella hermosa y excitante mujer la encontrase atractiva. «Hay que minimizar los daños, de eso se trata.»
—¿Qué tal si te vienes con Asami y conmigo mañana, después del trabajo? —soltó de pronto—. Si te apetece, claro está.
«¡Dios Todopoderoso! ¿A eso le llamas minimizar los daños?»
—¿De verdad? ¿Lo dices en serio?
—Sí.
—De acuerdo. No sé dónde estaré después de acabar con mi última noticia, pero, si no es muy tarde, iré por tu casa para ver cómo va el ensayo.
El intento de que su frase sonara desenvuelta fracasó miserablemente, pues Anna no pudo evitar que en su rostro luciese una radiante sonrisa. Elsa sonrió también, dividida entre el mareo que sentía al contemplar los brillantes ojos de Anna y el terror que la invadía. Subieron por la acristalada rampa hasta el nivel superior, donde se encontraba el vestíbulo del edificio.
—Permíteme —dijo Anna, presionando el botón de su piso y el del dúplex del ático.
Cuando el ascensor se detuvo, Anna saludó con dos dedos y salió del ascensor.
—Buenas noches, Winter. Gracias por acercarme a casa.
Cuando el ascensor siguió su camino, Elsa se apoyó contra una de las paredes y sonrió al recordar el encantador descaro con que Anna la había llamado por su apellido. Nadie la había tratado nunca con tanta desenvoltura, pero aquella mujer la sorprendía constantemente, y eso le gustaba. No sabía bien cómo debería tratarla, después de su inesperada confesión, ni tampoco cuáles eran sus sentimientos al respecto. Aquello era más de lo que deseaba pensar en aquellos momentos. Tan sólo de una cosa estaba segura: nunca había conocido a nadie que se pareciese ni lo más remotamente a Anna Summer.
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Cuídense mucho y nos veremos pronto.
Que La Fuerza Los Acompañe...
