Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, créditos a Sir Arthur Conan Doyle y a los creadores de la serie Sherlock BBC.
AU/Johnlock/ Quizás un poco OoC.
Enjoy.
POR CIERTO: Advierto que no sé casi nada del mundo de la fotografía y demás cosas, so, no me maten si hay algo fuera de contexto y si lo hay, ilústrenme: siempre es bueno aprender. Sin ánimos de ofender, continúen.
VII. Forgive me.
Sus pies se movían solos, y su cuerpo, cautivado por aquella figura que avanzaba frente a él, ardía. De forma dolorosa y placentera, dejando quemaduras en sus entrañas.
Estaba siendo arrastrado por el pelinegro. Y cada segundo que pasaba, lo hacía dudar.
Pero esa era la gracia, ese era el encanto.
El desconocer y el temer. Verse envuelto por la curiosidad que terminaría causándole más daño de lo que alguna vez pensó.
Es por eso que John sólo lo seguía en silencio, guiado por la mano que sostenía la suya con seguridad y le brindaba calor a sus dedos fríos y resbalosos. Algo reconfortante.
Por unos momentos, John lo dejó pasar y no le importó caminar por las calles de Londres tomado de la mano con aquel hombre. Porque se sentía bien, cómodo, correcto. Pero fue justamente el rostro de una persona, que lo miró con disgusto, lo que hizo soltar abruptamente la mano de Sherlock. Y no supo muy bien que fue lo que le molestó más: el que el Holmes no reaccionara, o la fija mirada que había recibido de aquella mujer mayor, rubia, con ojos que desaprobaban la situación. Era rubia, rubia como Mary.
Frunció el ceño, mientras la velocidad de su caminata comenzaba a descender. Se quedó inmóvil hasta que una voz lo alertó. Y cualquier pensamiento que hubiese tenido hasta el momento, fue opacado por Sherlock y su voz. Lo esperaba junto a un taxi. Entonces, volvió a su vaivén interno, y lo único que bastó para que accediera a subirse a aquel auto, aunque hubiera vacilado por unos instantes, fue la demandante mirada de Sherlock.
Casi pudo escuchar un "Súbete, John" con aquel simple gesto.
Y John se subió al auto seguido por Sherlock.
—Al 221B de Baker Street.
Todo el trayecto fue hecho en silencio, mientras recorrían las calles hasta llegar a su destino cuando el cielo se encontraba negro por la hora y por el clima. La mayoría de los transeúntes se refugiaban con los paraguas mientras llovía. Las gotas caían tan fuerte como el galopar de sus nervios. Sherlock apenas había hablado en todo el camino y John no se atrevió a preguntar.
No quería hacerlo.
Se confundiría más de lo que ya estaba.
Un toque en uno de sus hombros le avisó de que el taxi se había detenido frente a unos departamentos. Se removió en su asiento antes de salir al húmedo Londres, siendo empapado por la reciente lluvia. Y mientras veía a Sherlock subir unos cuántos escalones, examinó los números de aquella puerta.
221B.
Algunas gotas corroían la madera oscura de aquella puerta, mientras también goteaban del enmarañado cabello rizado. Sherlock se volteó. Su mirada ahora grisácea era extraña, tanto, que no supo como interpretarla. Tenía toda la atención de Sherlock sobre él y la mueca fantasmal que había adornado el rostro afilado del moreno le pareció escalofriante.
Comenzó a sentirse atrapado.
Quizás era una trampa. No. No sabía.
Fue un sonido. Una puerta abriéndose de golpe. El crujir de la madera bajo el peso de unos pies, y él siendo azotado dentro de la estancia lo que lo hizo tambalear un poco, exaltado. Apoyó su mano izquierda en la pared.
Atrás de Sherlock se cerraba el murmullo de la ciudad, la lluvia, la realidad y la libertad. Evitó soltar un jadeo y volteó a ver las escaleras que se encontraban frente a ellos. —Tienes preguntas, John. Vamos, después de ti. — la mano enguantada de Sherlock se movió como un gesto educado, formal, con soltura. John lo miró, y se vio obligado a subir las escaleras, una a una, mientras rechinaban ante su peso. Sentía la mirada del Holmes sobre su espalda. Bajo presión, decidió distraerse en la decoración del lugar, hasta que Sherlock lo alcanzó y lo guió abriendo otra puerta que al parecer, era su casa. Lo supo en el minuto en que el moreno se despojaba de sus prendas empapadas y revolvía ligeramente sus rizos moviéndose de forma natural por el lugar en penumbra.
Hasta que la luz de las lámparas los arropó.
Montones de libros y hojas malgastadas se arremolinaban por el piso, mientras una gran cantidad de cajas llenaban los muebles y abastecían gran parte del lugar. Dio unos pasos adentrándose aun más al desordenado departamento. Sherlock miraba cada movimiento de John, memorizando cada una de sus reacciones. Repasó de manera meticulosa y descarada sus gestos, muecas y cada maldito centímetro del practicante.
Se lo estaba comiendo.
Carraspeó, ganándose la atención de John. —¿Y bien?
John tragó saliva.
—Mu-muy bonito lugar, la verdad. Pero todavía sigo sin entender...
—¿Vas a seguir así?
—Realmente no esperaba... ¿Qué? ¿Así cómo? — John tragó saliva, otra vez. La garganta comenzaba a secársele de pronto, más por el hecho de ver a Sherlock acercándosele que por otro motivo. Por instinto, retrocedió un paso, alzando su barbilla a la defensiva.
«Desvístete, John»
—Creo que un resfriado no sería conveniente para ti en estos minutos.— John lo vio, aquel destello en sus ojos, mientras lo escaneaba. Negó internamente; rechazó cualquier pensamiento que que que... —¿Té?— y Sherlock se alejó a la cocina, condescendiente, mientras el rubio intentaba zafarse de su mochila y su abrigo que aún goteaban un poco. Los lanzó a un sofá de tres plazas, agitado, guiando sus pasos para recorrer "calmadamente" el sitio.
No tuvo cabeza para sorprenderse por los tubos y utensilios extraños sobre la encimera de la cocina. —¿Por qué me trajiste aquí?
Sherlock posó dos tazas sobre unos platos. —Te lo dije, es una disculpa.
El rubio apenas lo miró, incrédulo. Hubo silencio. —No, no lo entiendo. — El pelinegro alzó su mirada, hastiado. —¿Qué no entiendes, John?
—De por qué estoy aquí. Dijiste que no me necesitabas, que estaba confundiendo las cosas — relamió sus labios antes de continuar con leves balbuceos. —Que tú, el gran y misterioso Sherlock Holmes, no tenía amigos, ni relaciones ni nada. Y entonces... entonces, tú...— No pudo continuar.
—Yo, ¿Qué? — insistió el otro y John pudo notar la molestia y el tono amenazante que había soltado Sherlock. Se intimidó, aunque le devolvió la mirada para comprobar si era su propia imaginación. Gélido. Me querías alejar, y en el momento de irme me obligaste a quedarme. —Me hiciste seguirte. Ni siquiera me dijiste a dónde iríamos. — Estás mal, estoy mal. Estamos mal.
—Y aun así, estás aquí.
Lo musitó de una forma tranquila, sólida. Y John calló, tensando su mandíbula, incapaz de negarlo, aunque quisiera hacerlo. Con un ademán de manos el pelinegro lo invitó a sentarse en uno de los sillones mientras le ofrecía el té, y John obedeció, sosteniendo la taza humeante cerca de sus labios. Sherlock pareció dudar unos segundos mientras tomaba, oculto atrás de un escritorio, un estuche negro en forma de un pequeño instrumento musical.
Las manos de Sherlock sostenían un violín con delicadeza y suavidad, con tanto cuidado que John perdió el aliento unos segundos. Lo vio voltearse, mostrándole su erguida y elegante espalda. Podía reconocer aquel cariño en él mismo. Sherlock estaba tratando a ese instrumento tal como John tomaba su cámara. Su corazón comenzó a acelerarse lentamente, tomando el ritmo de las notas que comenzaba a emitir Sherlock mientras tocaba. Una melodía lenta, cruda, que a ratos se volvía frenética e intensa, pero que volvía a la lentitud de un reconfortante sonido. Transmitía mucho más de lo que podría decir. Y John se quedó embelesado, sintiendo que esa composición era por y para él. Los dedos de Sherlock se movían con gentileza sobre las cuerdas y el arco que sostenía. Era una disculpa, y quizás, algo más que eso.
Se sintió tan íntimo que no pudo evitar jadear, llevándose su diestra hasta su boca. No quiso sentirse tan importante ni seducido por él. No podía.
Entonces, paulatinamente las notas cesaron, y el departamento quedó nuevamente en silencio. Sherlock se giró, indeciso, sin saber muy bien la razón del por qué buscaba la impresión del doctor.
Encontró al practicante con los ojos algo enrojecidos y la mueca de una sonrisa. Oh, John.
—Fue fantástico. — dejó exhalar y Sherlock asintió, raramente satisfecho. —No dejas de impresionarme. — John soltó una risa, feliz, amarga, no tenía puta idea. Pasó su mano izquierda por su cabeza. —Eres... eres, no sé, asombroso.
—Lo estás diciendo todo en voz alta, John.
—Lo sé, lo sé. — El rubio rió, y Sherlock sonrió de manera imperceptible.
—No, está... está bien.
John se incorporó y el pelinegro frunció el ceño ante eso. —Necesito ir al baño. — la expresión de Sherlock se relajó y soltando pocas palabras le explicó el camino. Sin más, se encaminó por el pasillo, observando el tapizado de las paredes y rozándolas con las yemas de sus dedos. Estaba bien, se sentía bien. Su caminata se detuvo frente a lo que parecía la habitación de Sherlock. La puerta se encontraba entreabierta y a través de ella se asomaba una deshecha cama y la mitad de una tabla periódica colgada en la pared. No sabía la razón, pero John sonrió, familiarizándose con su alrededor, mientras el miedo pasaba a segundo plano. Continuó con su camino hasta que se topó con dos puertas.
—John, ¿Encontraste el baño? — Como por arte de magia, Sherlock le estaba gritando desde la sala y alzó sus cejas—¡Si! — mintió, aventurándose por el primer pomo que tocara su mano, y sorpresivamente era la del baño. Cuando ingresó se vio embargado por el aroma del champú y jabón, también por una mezcla del perfume caro que conocía bien. Hizo una mueca, mientras giraba el grifo del lavabo y empapaba su rostro con el agua fría para serenarse. Se miró al espejo, enrojeciendo súbitamente, hasta que su celular vibró.
Lo ignoró, como si nunca hubiera pasado y se giró dispuesto a volver a la sala.
Sin siquiera dar otro paso, se detuvo al ver algo en el suelo junto a la otra puerta cerrada. —¿Sherlock?— le llamó, sin recibir respuesta. El rubio se encogió de hombros antes de inclinarse para recoger lo que parecía un sobre entreabierto. Se esforzó por no ojear el sobre claramente abultado, y decidió abrir la puerta.
Pero fue en ese mismo momento que unas manos fuertes se cernían sobre la suya para cerrar de un portazo. Elevó su vista para observar a un Sherlock completamente serio, sobre él. El mentón de Sherlock rozó brevemente su nariz. —No puedes entrar ahí.
John por instinto se relamió los labios. Sherlock le arrebató el sobre de las manos, tenaz. —Sólo quería guardarlo. — murmuró.
—Tú no.
John frunció el ceño. —¿Quién eres? ¿Christian Grey? — sonrió con diversión ante su broma, pero el otro lo miró extrañado con un claro: "¿Y ese quién es?"
John se apoyó en la puerta cerrada, intentando no estar tan cerca. —Olvídalo.
Sherlock se apartó de él, mientras se alejaba ocultando el dichoso sobre. John lo vio distanciarse, antes de suspirar profundamente. —Sólo tengo experimentos.
John lo siguió resignado, y asintió varias veces por el resto de la 'reunión'
Hasta que era de madrugada y él debía marcharse.
Y cuando iba bajando las escaleras, observó a una señora en el primer piso. Su rostro reflejaba tensión y preocupación, totalmente callada. John se despidió cortésmente antes de dejar el lugar.
Entonces, consiguió un taxi, sin saber que era seguido por un automóvil negro.
Ojalá no haya tantos horrores ortográficos.
Feliz 29 de enero atrasado. (?)
-Lyrock.
