NI LA HISTORIA O LOS PERSONAJES ME PERTENECEN
LOS PERSONAJES PERTENECEN A S.M Y LA HISTORIA ES UNA ADAPTACION DE Kelly Hunter
hola chicas muchas gracias por sus reviews !
lamento mucho la demora qui tiene el otro cap.
Capítulo 10
Cuando se marchó, Edward se maldijo. Desde el momento en que se presentó en su vida y lo miró a los ojos, supo que tenía el poder de cautivarlo. Y no le gustaba. Habría dado cualquier cosa con tal de no desearla.
Pero no podía hacer nada.
Bella lo había atrapado. Daba igual que fueran de compras, que hablaran de negocios o que discutieran sobre los motivos de sus padres; la deseaba cuando estaba a su lado y la deseaba cuando estaba lejos de él. La deseaba despierto y la deseaba dormido.
Quería rendirse a ella, entregarle su alma, dejarse llevar.
Pero no se rendiría.
Ya no habría más caricias ni más besos. Tenía que dejar de pensar en Bella Swan. Debía expulsarla de sus sueños.
Porque si no lo hacía, sus defensas se derrumbarían inevitablemente. Y entonces, los dos se quemarían.
La suficiencia que sentía por haber torturado a Edward y haberlo dejado solo no le duró demasiado tiempo. Cuando llegó a la suite, Bella se puso a trabajar con el problema económico. Pero las perspectivas eran malas. Aunque pidiera un préstamo contra el hotel y utilizara sus pisos en Brisbane como garantía, no estaba segura de que el banco le concediera el dinero necesario.
El Cornwallis perdía dinero desde hacía mucho tiempo y nada indicaba que no siguiera perdiéndolo cuando terminaran las obras. Además, Bella no conocía bien ese negocio y se sentía insegura.
Estudió las distintas posibilidades durante cuatro horas, hasta que se decidió por la opción más atractiva.
El panorama seguía siendo complicado, pero al menos había logrado algo importante: pasar cuatro horas sin pensar Edward ni preguntarse por lo que habían hecho y por lo que no habían hecho.
Toda una victoria. Aunque fuera pírrica.
Al lunes siguiente, se puso en contacto con su banquero australiano y obtuvo una respuesta antes del mediodía: No. El banco prefería hacer negocios con Swan Corporation antes que hacerlos con ella.
Lejos de rendirse, Bella habló con varios bancos más.
Le dieron todo tipo de explicaciones, pero con idéntica respuesta.
No.
El miércoles por la mañana se reunió con el jefe del departamento de inversiones de unos de los principales bancos de Penang. No rechazó la petición. Ni la aceptó. Le indicó muy educadamente que concederían el préstamo si alguien la fiaba o si podía presentar una fuente de ingresos constante que no tuviera nada que ver con el hotel.
En caso contrario, no estaban dispuestos a asumir el riesgo.
Desesperada, Bella llamó a su padre.
—Hola, Bella —dijo él con cautela.
—Voy a abrir el Cornwallis a otros inversores —le informó—. Sólo quería que lo supieras.
Su padre no dijo nada.
—Si quieres invertir, te ofrezco el cuarenta y cinco por ciento de las acciones. Puedo enviarte los datos necesarios en menos de una hora.
—Estás malgastando el dinero —gruñó—. No lo recuperarás. No conseguirás que el hotel dé beneficios… el precio de su mantenimiento es desorbitado. Siempre lo ha sido y siempre lo será por muchas obras que se hagan.
—Si el hotel consigue una clientela de gran poder adquisitivo, los costes de mantenimiento no tendrán importancia. Sé que los resultados económicos son importantes para ti. El punto de partida no es el mejor y se necesita una fuerte inversión inicial, pero a largo plazo hay buenas perspectivas —explicó mientras caminaba de un lado para otro—. Es una inversión con futuro.
—Déjalo, Bella. Vuelve a casa.
A Bella le temblaban las manos. De hecho, le temblaba todo el cuerpo. Pero mantuvo su resolución.
—Papá, no estoy segura de querer volver a casa. Al menos, no de forma permanente… te echo de menos. Te extraño muchísimo. Pero no echo de menos el negocio. Por primera vez en mi vida, hay algo que me interesa más —le confesó—. Me gusta vivir aquí. Me gusta esta ciudad, me gustan sus gentes y adoro el hotel. Y creo que cuando terminemos las obras y abramos a los clientes, me quedaré y lo dirigiré una temporada. Puedes venir cuando quieras. Eres mi padre y siempre serás bienvenido. Sin embargo, no puedo renunciar a este sitio como lo hiciste tú.
Bella se detuvo un instante para recobrar el aliento.
—Tenías razón. Aunque vendiera todas mis propiedades, no tendría suficiente para pagar las obras. Los bancos no quieren prestarme dinero, así que necesito inversores. Y te lo ofrezco a ti antes que a nadie. Si no me has dado una respuesta antes de esta noche, daré por sentado que no te interesa.
—Cometes un error, Bella. Sólo quiero protegerte.
—Pues no lo hagas.
Bella colgó el teléfono.
Edward encontró a Bella en una mesa para dos del restaurante del Cullen, sentada ante una jarra de agua y un surtido de frutas. No la había visto en varios días y no sabía si intentaba evitarlo o si había estado ocupada con su incesante búsqueda de financiación. Pero había llegado el momento de averiguarlo.
Parecía abatida y melancólica, pero estaba muy sexy y le ofreció una sonrisa cuando lo vio.
—¿Te importa que me siente contigo?
—Estaba tomando algo antes de cenar —explicó ella—. Adelante, sírvete.
Edward se sentó y miró la fruta.
—¿Qué tal va el asunto del dinero?
—Bueno… —dijo lentamente—, estoy barajando las distintas opciones. Los bancos no han mostrado ningún entusiasmo con lo de prestarme dinero y mi inversor preferido ha rechazado la oferta, pero lo comprendo; siempre ha sido muy conservador. No dudo que habrá otros inversores interesados.
Edward sintió una punzada de angustia.
—Se lo has pedido a tu padre, ¿verdad?
Ella asintió.
—Sí.
—Y se ha negado.
Bella volvió a asentir.
—Ya te dije que no afrontaras varios problemas al mismo tiempo. Maldita sea, Bella… ¿por qué has permitido que te deprima?
—Porque es mi padre y le quiero —admitió—. Y no me sueltes discursos, Edward. No soy una víctima de las circunstancias. Sé lo que estoy haciendo.
Edward le rellenó el vaso con agua y se sirvió uno. No le apetecía. Sólo lo hizo para ganar tiempo y atacarla por los flancos.
—Así que necesitas inversores.
Bella alcanzó el vaso y echó un trago.
—Estoy dispuesta a ofrecer un cuarenta y cinco por ciento de las acciones. Eso debería bastar para cubrir las obras y los costes de funcionamiento durante los doce primeros meses. Mañana enviaré la oferta a varios inversores de Australia y Penang.
—No será necesario. Ya tienes un inversor. Yo.
—No —dijo con énfasis.
—Formaríamos un buen equipo. Estoy seguro.
—No se trata de eso.
—Sabes que tenemos una visión muy parecida de lo que se debe hacer con el hotel —insistió—. Lo sabes de sobra.
—Tampoco es por eso.
—Pues si es por el dinero, mi situación económica es muy sólida —declaró con ironía.
Ella sonrió.
—No, no tiene nada que ver con el dinero.
Ya sólo quedaba una opción. La atracción sexual que los unía y que hacía que quisiera devorarla cada vez que se encontraban.
—No vamos a mezclar los negocios con el placer —dijo Edward—. Piensa en la otra noche, por ejemplo. Nos sentimos más que atraídos, es verdad, pero… ¿seguimos hasta el final? No. Tomamos una decisión racional y nos contuvimos.
—Habla por ti —murmuró—. Cuando nos tocamos, yo nunca quiero parar.
Edward se recostó en la silla. Cierta parte de su cuerpo se estaba despertando y empezaba a prestar atención a la conversación.
Eso era lo último que necesitaba.
—Es una buena solución, Bella, una solución práctica.
—No, no lo es. Trabajar contigo en calidad de director de proyecto es una buena solución y ha sido sorprendentemente fácil porque… es algo temporal —dijo, mirándolo a los ojos—. Ser socios sería algo permanente. Casi tanto como el deseo que me corroe por dentro.
Edward la miró e intentó encontrar un argumento para llevarle la contraria. Pero en ese punto tenía razón. Lo cual no impedía que el problema financiero siguiera presente.
—¿Y si te demuestro que podemos controlar nuestro deseo? ¿Aceptarías entonces mi ayuda? —preguntó.
—¿Cómo?
Edward todavía no tenía una respuesta. Lo estaba pensando.
—Salgamos juntos.
Los ojos de Bella brillaron con humor.
—Una idea excelente, desde luego —se burló—. Sería de gran ayuda…
—Escúchame un momento. Salgamos hoy mismo, esta noche. Y me juego la oportunidad de adquirir el cuarenta y cinco por ciento del Cornwallis a que no pasa nada entre nosotros.
—Define eso de que no pase nada.
—Sólo podemos tocarnos en plan amistoso. Por ejemplo, puedo ponerte la mano en la espalda para invitarte a entrar a un sitio. Es un gesto normal y corriente.
—Me parece bien. Es muy caballeroso de tu parte —dijo—. ¿Y los besos?
—Con moderación. Un par de besos en las mejillas, después de una velada, no significan nada especial.
—Lo recordaré. ¿Y hacer el amor?
—Eso está fuera de lugar. Si acabamos en la cama, ganas tú.
—Desde luego que ganaría —murmuró.
Edward la miró con severidad.
—Eso no va ocurrir, Bella.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Me gusta la confianza en un hombre —dijo con una sonrisa irónica—. Y acepto la apuesta… ¿Cuándo empezamos?
—Ahora mismo. Con una cena.
—¿Aquí? ¿Aquí mismo? —preguntó, antes de soltar un suspiro—. Ya veo que no estabas pensando en una cena romántica…
—¿Mi restaurante no te parece romántico?
—Bueno, las velas están bien y ciertamente me gusta la decoración —respondió, mirando a su alrededor—. Pero no se puede decir que sea el lugar más romántico del mundo. Hay gente por todas partes, para empezar. Y mira el aspecto que tenemos… Parece que vamos a una reunión de negocios.
—¿Ves? Ya estás enfadada conmigo. Ya te he dicho que mi plan funcionaría. Comeremos en el restaurante y hasta me aseguraré de que te carguen la cena en la factura del hotel.
—Te recuerdo que la suite corre de tu cuenta. Y eso parece incluir el resto de los gastos, algo que te olvidaste de mencionar… Hace unos días quise pagar una factura y la mujer de administración me dijo que no era necesario.
—Oh, vaya, ¿no te lo había dicho? Bueno, si insistes en pagar las comidas, supongo que te lo podría permitir —bromeó—. Pero dado que te molesta tanto, creo que dejaré las cosas como están.
—Idiota…
—Por cierto, estoy de acuerdo con lo de la ropa. No estamos vestidos para la ocasión. Deberías ponerte un vestido, si es que tienes alguno.
Bella contempló sus pantalones y su top y sonrió.
—Sí, creo que tengo algo por ahí. Hasta podría encontrar unos zapatos de tacón alto. ¿Te gustan los zapatos de tacón alto, Edward?
Edward se encogió de hombros como si verdaderamente le diera igual.
—No tengo preferencias con esas cosas —mintió—. ¿Dónde quieres que vayamos después? ¿A un bar? ¿A ver carreras de trishaws? ¿A una pelea le gallos?
—A bailar —respondió, arqueando una ceja.
Edward sonrió.
—Conozco un sitio perfecto que no está muy lejos de aquí. Sólo a cinco o diez kilómetros. Podríamos ir andando… tiene una pista de baile magnífica. Te encantará.
La sonrisa de Bella fue definitivamente diabólica.
—Oh, yo estaba pensando en un lugar más cercano. Porque resulta que tengo una sala de baile.
Capítulo 11
La cena fue la parte fácil de la apuesta. Tomaron arroz, ensalada y un surtido de pescado tailandés para dos. Después, Bella subió a la suite para ponerse algo más apropiado y Edward se dirigió al ático para afeitarse y cambiarse de ropa. Pero en cuestión de indumentarias era mucho menos imaginativo que ella y se contentó con unos pantalones de vestir y una camisa blanca.
Quince minutos después, Edward estaba en el vestíbulo. Se acercó a recepción y pidió una limusina para que los llevara al Cornwallis. Y en ese momento apareció Bella y todos sus pensamientos desaparecieron de repente.
Se había puesto un vestido rojo que se le ceñía al cuerpo y le llegaba por encima de las rodillas. Edward pensó que lo habían diseñado con la intención específica de volver locos a los hombres, pero apretó la mandíbula y consiguió contenerse. Por lo menos, hasta que vio los zapatos. También eran rojos, y los afilados tacones añadían ocho centímetros a su altura y varios grados de oscilación al movimiento de sus caderas.
Aquello lo dejó sin habla. Bella había ganado el asalto antes de que se fijara en su cabello brillante, en el carmín de sus labios y en el brillo de sus ojos, llenos de humor y aparentemente ajenos a cualquier intención de retarlo.
—Veo que tú también te has puesto algo cómodo.
Bella se acercó y le acarició el pecho.
—Una camisa blanca. Buena elección… y sin corbata —continuó—. Aunque es obvio que no necesitas una.
En ese momento apareció la limusina.
—Sí, claro —dijo él, nervioso.— Mira, ya han venido a buscarnos.
—¿Tiene luces de colores y flores de plástico? —bromeo, ronroneando como una gata.
—Sólo cuero gris. Y champán, si quieres.
—Qué pena —dijo, aparentemente decepcionada—. Pero no importa. Eso también suena bien.
Bella avanzó hacia el vehículo con un movimiento de caderas que hizo las delicias del portero y del chófer. Edward pensó que sólo un hombre extraordinariamente fuerte habría podido apartar los ojos de su trasero. Y allí no había ninguno.
Se acercó al chófer, que mantenía abierta la puerta de atrás, y le dijo:
—Yo conduciré. Diga en recepción que le he dado la noche libre.
—Como quiera, señor.
El chófer sonrió, cerró la portezuela de atrás, abrió la del copiloto y le dio las llaves a Edward. Bella entró en la limusina con una elegancia increíble, introduciendo en primer lugar su trasero y luego las piernas y los zapatos de tacón alto.
Edward la miró. Como todos.
Desde luego, no se podía decir que fuera una forma especialmente platónica de continuar la velada.
—Tendremos que ir de compras por el camino —le informó ella.
—¿Para qué?
Ella sonrió.
—Para comprar música.
Se detuvieron en una tienda de las afueras del barrio chino, donde Bella compró un reproductor de CD con sus pilas correspondientes. Después, ella preguntó si tenían vals y Edward suspiró, aliviado: el vals no se le daba muy mal. Si hubiera elegido tangos, habría sido bastante peor. Era un baile que exigía demasiado contacto físico.
Bella eligió dos CD más y se los dio al dependiente para que les cobrara. Edward no vio lo que eran. pero cruzó los dedos para que fuera más vals.
Acto seguido, volvieron a la limusina y se dirigieron al Cornwallis. El hotel estaba a oscuras y en silencio.
—¿Estás segura de que no preferirías otro sitio? —preguntó él, esperanzado—. ¿A algún lugar con luz y… gente? La gente está bien…
Edward pensó que en la isla había más de un millón de personas. Con un poco de suerte, podrían encontrar a alguien.
—No, esto es mejor.
Él suspiró, se guardó la llave del coche y la ayudó a salir. Entraron por la cocina del hotel, donde todavía estaban de obras.
—Quería preguntarte si no sería apropiado que pusiéramos guardias de seguridad —comentó ella—. Supongo que no vendría mal.
—Sí, supongo.
—Y hay otra cosa que…
—¿Lo ves? No estás pensando en seducirme. Estás pensando en negocios. ¿Qué te dice eso? —preguntó.
—¿Qué vuelvo a cometer el error de afrontar demasiados problemas al mismo tiempo?
—Exacto.
—Pero esto es importante —dijo—. No sé dónde viven Emmett y Rose, y estaba considerando la posibilidad de ofrecerles habitaciones en el hotel. Como aliciente para sus nuevas ocupaciones.
—¿Es que quieres que trabajen más?
—Al contrario. Quiero que trabajen menos —respondió—. Quiero que sólo se dediquen a supervisar y a formar al personal. Se están haciendo viejos… lo de las habitaciones es un premio añadido. Llevan mucho tiempo trabajando aquí, Edward.
Edward estaba totalmente de acuerdo. Y le alegró que Bella fuera una buena jefa y que pensara en su futuro.
—Viven con uno de sus hijos y la familia de éste. No tienen mucho sitio, pero nunca ha sido un problema. Ofréceles esas habitaciones. Puede que les vengan bien, pero son muy orgullosos. Subraya la importancia de su trabajo y las ventajas que supone para ti que vivan aquí. No aceptarán caridad.
—Comprendo.
—Y eso me recuerda que ahora tienes un motivo más para aceptar mi oferta. La mayoría de los inversores no estarían de acuerdo con tu generosidad. En cambio, yo la comparto.
—Cállate, Edward.
—Está bien…
Llegaron a la sala de baile. Edward abrió una de las puertas y esperó a que ella pasara antes.
Los trabajadores habían bajado la lámpara de araña y se habían llevado las pequeñas al sótano, para limpiarlas.
—Iré a buscar unas velas —dijo él.
—¿Crees que las necesitamos? —preguntó ella, arqueando una ceja—. La luz de la luna entra por los balcones y es muy romántica, ¿no te parece? Tanto como la música…
Bella puso el reproductor en el suelo, introdujo un CD, pulsó un botón y subió el volumen.
Las notas de un saxofón llenaron la sala cuantió Bella pasó ante él, alzó los brazos en gesto de abandono y se puso a bailar.
Edward no había visto nada tan erótico en toda su vida.
—¿De qué quieres que hablemos? —preguntó él, desesperado.
—¿Siempre hablas cuando bailas?
Edward no estaba bailando.
—¿Qué piensas del efecto invernadero y el deshielo de los polos?
—Que es desalentador —respondió, acercándose un poco—. Deberíamos hacer algo al respecto.
—Sí, bueno… tal vez deberíamos prestar más atención a la eficacia energética del hotel —dijo, nervioso.
—Hum. No estás bailando, Edward.
—Pero estoy a punto.
—Te sería más fácil si te sacaras las manos de los bolsillos.
Las manos de Bella seguían por encima de su cabeza, moviéndose suavemente al ritmo de la música.
—Empiezo a pensar que esto no es una buena idea —dijo él.
—¿En serio? —preguntó ella, mirándolo con intensidad.— ¿Dónde está ahora tu inmensa seguridad?
—Es que bailar no se me da bien…
La sonrisa de Bella se volvió maliciosa.
—Te noto algo renuente.
Edward comprendió que había fracasado al intentar distraerla con la conversación. No tenía más remedio que acercarse y establecer algunas normas.
—Dejemos esto claro —dijo él—. Podemos tocarnos mientras bailamos, pero sólo lo necesario.
—¿Y los besos amistosos?
—Los dejaremos para más tarde.
Bella sonrió.
—Estás realmente convencido de que esto va a funcionar, ¿verdad?
—Sí —respondió con más seguridad de la que mentía—. Y mañana por la mañana habrán desaparecido tus problemas económicos y tendrás un socio nuevo.
La curva de sus labios lo hechizó. Las formas de su cuerpo lo sedujeron.
Edward la atrajo hacia sí y siguió sus movimientos lentos y sensuales mientras la acariciaba sin poder evitarlo.
—Podemos hacerlo —insistió.
—Solamente hay un problema —dijo ella—. Yo expongo mucha piel con este vestido, pero tú… Llevas la camisa abotonada hasta el cuello. Y eso no sirve para probar mi autocontrol.
Edward carraspeó.
—Claro que sí. De hecho, puedes probar que puedes reprimirte y no desabrocharme la camina.
Ya era demasiado tarde. Bella llevó las manos a su pecho, excitándolo, y le desabrochó el primer botón. El resto siguió el mismo camino en una sucesión rápida.
—Ya está —dijo ella, satisfecha—. Ahora estamos igualados.
Bella le pasó los brazos alrededor del cuello. Él puso las manos en su cintura y apenas logro contener el deseo.
—Sí, ahora lo estamos —continuó ella en voz baja—. Lo malo es que me siento más tentada que antes. ¿Y tú?
—En absoluto.
Edward la giró, la apretó contra la pared, apartó las manos de su cuerpo y las plantó a ambos lados, encerrándola. No la estaba tocando. Ni siquiera la rozaba. Pero podía sentir su calor.
—Puedo resistirme a tus encantos —murmuró él.
Bella se limitó a mirarlo con sus preciosos ojos grises. Después, alzó la cabeza y dirigió los labios hacia los de él, pero se detuvo a escasos milímetros.
Edward no se movió. No podía moverse.
Ella soltó un suspiro trémulo, le rozó con los labios y se quedó así, quieta, durante unos segundos que parecieron una eternidad.
Entonces, la música se detuvo.
Él aprovechó la ocasión para apartarse y ponerse a salvo. Necesitaba aire, así que caminó hasta el balcón que daba al camino de los elefantes y lo abrió. Sabía que al hacerlo notaría el aroma del mar y que volvería a acordarse de Arianne, una forma perfecta de resistirse a cualquier mujer.
La brisa entró por el balcón y jugueteó con el cabello y con el vestido de Bella. Edward se metió las manos en los bolsillos para mantenerlas lejos de ella.
—Te daré el dinero para la obra.
—No.
Edward sonrió.
—¿Qué otra música has comprado?
—Algo de Shostakovich.
A elle pareció demasiado romántico. Prefería algo más tradicional, que sólo implicara un contacto físico mínimo.
—Prefiero un vals.
—Como quieras…
Bella se acercó al reproductor. Él la miró mientras caminaba y cuando se agachó junto al aparato para cambiar el CD. Después, ella se levantó, se echó el cabello hacia atrás y se detuvo a unos diez metros de distancia.
—Vas a ser buena conmigo, ¿verdad? —preguntó él.
—Si te refieres a mi capacidad de bailar, he dado unas cuantas clases.
Edward suspiró y pensó que debería haberlo adivinado. Sus movimientos eran extraordinariamente gráciles en todo momento, incluso cuando daba órdenes a los obreros del hotel. Típico de una bailarina.
La música empezó a sonar. Clarinete e instrumentos de cuerda. Esquivos, como el viento en su espalda mientras avanzaba hacia ella.
Se detuvo a pocos centímetros, la tomó de una mano y puso la otra en su cintura. De momento, todo iba bien. Pero ella se acercó, lo acarició por debajo de la camisa y se sintió desfallecer.
—Dijiste que podíamos tocarnos un poco…
Edward contuvo el aliento.
—Cuando la música se detenga, nos apartaremos —dijo él.
—¿Y qué pasa si no se detiene? —preguntó mientras empezaban moverse—. ¿Qué pasa si es un vals de diez minutos? Diez minutos es mucho tiempo, Edward. Quién sabe lo que puede ocurrir…
—Nada. No va ocurrir nada. Sólo es un baile.
—Te equivocas.
Bella le acarició un pezón y él se estremeció y la atrajo hacia sí. Su deseo empezaba a ganar la partida. Tenía que probarla. Sólo un poco, nada más que un poco y luego la dejaría. Nada más.
Se inclinó sobre ella y Bella cerró los ojos. Edward le mordió un labio, deseoso de que se abriera a él. Y cuando lo hizo, la besó tan apasionadamente como si nada pudiera saciarlo.
La música se detuvo.
Edward tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para apartarse, pero lo consiguió. Después, caminó hasta el reproductor y lo apagó.
—He ganado la apuesta. Te prestaré el dinero —dijo—. Con los intereses y las condiciones típicas de cualquier banco.
—No.
Edward hizo una mueca.
—¿Es que tienes más música?
—Sí. De tambores.
—¿De tambores?
—Tambores japoneses.
Bella encendió la máquina y puso otro CD. El ritmo inundó la sala y Edward supo que empezaba a tener problemas.
—Cuando pienso en nosotros, oigo una música parecida a ésta. A veces es lenta y dulce como una ensoñación… —dijo ella, acariciándolo—. Y a veces es todo lo contrario. No has debido abrir ese balcón y dejar que entrara el viento y el sonido del mar. Lo nuestro también puede ser rápido y primario, Edward. Por supuesto que puede.
Ella lo besó y los muros de Edward se derrumbaron como un castillo de naipes. Se dejó llevar por su deseo. Sabía que podía tumbarla allí mismo, en el suelo de la sala de baile, y tomarla. Podía quitarle el vestido y volverlos locos a los dos.
Su piel era tan suave que no se cansaba de acariciarla. Ella dejó de besarlo un momento, pero sólo para bajar las manos al cinturón de sus pantalones. Él se lo impidió y volvió a su boca con un beso que lo dejó sin aliento y con más ganas que nunca de poseerla.
Ahora ya no podía detenerse.
Bella le acarició el pecho y Edward, el cabello. Los besos se volvían cada vez más profundos y apasionados, pero no era suficiente. Ella se arqueó contra su cuerpo, pidiéndole más, y él se lo concedió: se apartó lo justo para poder desabrocharle el vestido y acto seguido empezó a lamerle y a succionarle los pezones.
—Edward, por favor…
Un segundo después, Edward la alzó en vilo y la apretó contra la pared. Ella cerró las piernas alrededor de su cintura. Estaba realmente excitado y Bella deseó que no se detuviera en ese momento. Pero de repente, surgió un problema. Cuando Edward quiso quitarle las braguitas, se dio cuenta de que no podía hacerlo mientras estuvieran en esa posición.
—Rómpelas —murmuró ella—. Arráncamelas. Edward, por favor…
—¿Por favor… qué?
—Concédeme este deseo.
—Por lo visto es cierto que fuiste cortesana en otra vida…
Bella empezó a desabrocharle el cinturón.
—Y tú, monje… —bromeó.
Edward la maldijo y le apartó las manos antes de que las cerrara sobre su sexo. Sabía que, si le tocaba de ese modo, no podría contenerse. Y quería que aquello durara mucho más.
La acarició suavemente entre las piernas, una y otra vez, saboreando su calor y su humedad. Sólo después, se colocó en la posición adecuada y se dispuso a penetrarla. Pero se llevó una sorpresa completamente inesperada. Su cuerpo se resistía.
—¿Qué ocurre? —preguntó él, sin dejar de intentarlo.
—Nada, es que es muy grande…
—Relájate.
Edward le separó las piernas para facilitar el acceso y la besó suavemente con intención de tranquilizarla. Volvió a intentarlo y esta vez el cuerpo de Bella lo aceptó un poco más. Se movió lentamente, con calma, en acometidas cada vez más profundas, permitiendo que se acostumbrara a él.
Bella agradeció su contención, pero no era suficiente. Quería más.
Se apartó de su boca, se acercó a su oído y murmuró unas palabras que definitivamente debía de haber aprendido en su época de cortesana.
Aquello fue demasiado para Edward, que perdió el control y se empezó a mover con fuerza, entrando y saliendo de su cuerpo mientras ella se aferraba a sus hombros y se arqueaba entre gemidos y gritos.
Unos momentos después, Edward sintió que ella llegaba al orgasmo y dejó de contenerse. El placer los consumió al unísono hasta que, con un último suspiro, se deshizo en ella, agotado, y se rindió.
Edward no sabía lo que había pasado. Todavía estaba jadeando y aún no encontraba palabras para definir la experiencia. No era sexo. No era hacer el amor.
Tenía experiencia en ambos campos y aquello era muy distinto. Era algo ajeno a su control. Algo inexorable, ingobernable.
Inevitable.
Se apartó un poco, sin saber qué decir.
Había fracasado miserablemente en su intento de demostrarle que podían ser socios.
Y volvería a fracasar antes de que la noche terminara.
—¿Te encuentras bien? —preguntó él—. ¿Bella?
Bella no lo miró. Todavía estaba temblando.
—Lo has pedido tú —añadió.
—Sí, es verdad —dijo con una mirada llena de pasión—. Lo sé.
Ella alcanzó su ropa y él estuvo a punto de hacer lo mismo. Pero en el último momento, declaró:
—Pídemelo otra vez.
