Hola a todo el mundo, y he aquí nuevo capitulo ¿Pensaron que el anterior era el final? Pues nah, la verdad es que aun tengo tres capítulos más para esta historia, así que nada de irse, aun los voy a retener aquí.
Este capitulo tiene algo bastante particular y especial, además de estar dedicado a alguien en particular, a ti que lees todo lo que escribo aun que no tengas idea de que se trata, y que siempre me dices lo que te gusta y no, a ti que me has visto crecer, esto va en tu nombre. Gracias por todo padre. Sip este episodio va dedicado a papá, y también ¿por qué no? a todos los padres.
Disclaimer: Los personajes de SNK no me pertenecen
Disfruta la lectura y sabes que eres bienvenido a dejar tus comentarios en un calido review
Abaddon Dewitt
Dejarte Ir
Se miro al espejo por tercera vez, su figura parecía casi etérea, envuelta en las finas telas que se ceñían a su cuerpo, un calido abrazo, pensó en el pasado, en su presente e intuía el futuro adverso que se encontraba a escasas horas. Las manos le temblaron producto de la ansiedad, cubrió el espejo con una delgada capa de su aliento tibio. El sonido de la puerta abriéndose la saco de las cavilaciones que la mantenían nerviosa, observo desde el espejo a la persona que se recargaba sobre el marco de la puerta, el silencio aguardo por largos minutos, una sonrisa, miradas que se conectaban desde el reflejo de la lámina. No había nada más, no existía nada más, y entonces giro sobre sus talones para quedar frente a él.
Identifico la mirada serena, pero afilada, llena de la experiencia y sabiduría que los años agregados a las vivencias le otorgaron, se sentía afortunada de tenerlo allí, en el momento más importante de su vida, -según los estándares de la sociedad- mientras el gesto austero de él la inquieto, pasos paulatinos, con el sonido de la tela arrastrándose sobre el pulido piso de madera, tacones que sonaban firmes, era real.
—¿Lista? —la voz grave de el hombre, sonó como un eco en su cabeza
—Supongo que si —trago saliva en un gesto nervioso casi suplicante
—Si no quieres hacerlo no estas obligada —un visaje de sensatez siempre presente, siempre sincera
—Lo deseo
Le ofreció el brazo, y entonces se percato de la incomoda diferencia de estaturas, casi deja escapar una risa que inmediatamente se ahogo en su garganta cuando diviso la mirada de advertencia, busco otro punto de interés en el rostro y presiono con más fuerza el brazo protector, cada vez faltaba menos distancia entre el pasado y el futuro, aguardo en la puerta de cedro sellada, que la conduciría a las concurridas calles, donde sabía que la esperaba el carro que la llevaría hasta "ese" lugar. Se detuvo en seco buscando con temor la mirada olivo.
Cuando la miro así, vestida como el ángel más delicado bajado en la tierra, no evito ofuscarse, nunca pensó verse en esa situación, en toda su vida que siempre estuvo llena de dolor, muerte, angustia y un sin fin de sinsabores que lo atormentaban, cayo en cuenta de que ya no era una mocosa fastidiosa que le daba dolores de cabeza, ni a la que debía vigilar por miedo a perderla, un dejo de rencor le abatió el pecho, a pesar de la mirada que quería ser dura y seca, noto el miedo a la adversidad, sosteniéndola del brazo para darle seguridad en el camino, acompañándola en ese vía crucis en dirección a la incertidumbre. La difusión de los pasos en los largos pasillos que tantas veces los vieron correr, guardaron los secretos de su mente. No negaba que con el paso del tiempo se había vuelto un viejo sentimentalista, patético y llorón que se negaba a dejarla ir, a tener sus propias alas.
La frontera disfrazada de una puerta alta de roble los detuvo, sus corazones palpitaron desembocados en ese instante, y el agarre se volvió más firme, nuevamente trataron de rastrearse las miradas para darse la seguridad que necesitaban y antes de espetar algo, Rivaille se detuvo en la mirada gris queriéndose quebrar en llanto, allí estaba, dejándola partir a un viaje que no tenía cupo para él, la frustración se acrecentó cuando el delgado sollozo advirtió por volverse un irreparable llanto.
—Basta, vas a correrte esa cosa que llaman maquillaje —alguien debía ser fuerte en esa situación
—… —silencio solo silencio mientras contenía ese insoportable nudo en su garganta y el ovillo de su estomago
Le enjugo las lágrimas con los ásperos pulgares, obligándola a enfrentarlo con esos ojos tan endemoniadamente encantadores, nunca fue un hombre de emociones que pudieran mostrarse en su siempre inexorable rostro, pero ese día, solo por ese día, se tomo la desfachatez de enternecer la dura mirada, y curvar sus labios en un vestigio de lo que parecía ser una sonrisa. Al final del camino el siempre estaría ahí, siempre lo estuvo y en ese momento no la abandonaría a su suerte, pobre de él si se atrevía, aun que la situación era de cierto modo dolorosa, se mordió el labio entintado de carmín, respiro pausado y tenue, buscando una manera de calmarse por tantas emociones encontradas.
—Siempre voy a estar aquí —fue lo único que articulo antes de abrir la puerta que conducía a la calle
—Gracias —dejo el susurro atrapado en las gruesas paredes
El sonido del carro que cruzaba las empedradas calles era el único sonido, miradas discretas que de vez en cuanto escapaban.
—Sabes… —rompió el silencio —Cuando te vi por primera vez, supe que siempre serias mi pequeña mocosa —una sonrisa amarga —Nunca me case con tu madre, peso eso no significa que no exista un lazo que nos una… es difícil ver que mi mocosa ya no estará más fastidiándome en la oficina
El ambiente callado la dejo indefensa, jugaba con sus dedos observando la suave tela blanca, no tenía el valor de mirarlo a la cara, no cuando recordó todo en cuestión de segundos que se desvanecieron en el camino, hasta que el coche al fin se detuvo, era el momento. Rivaille bajo de la carroza dejando su estela de aroma, lavanda y cedro, nuevamente ofreció su brazo protector mientras que ella se angustio, ya no había vuelta atrás, la ansiedad la estremecio pero no estaba para amedrentarse en ese momento.
Todas las mañanas eran casi iguales, dos pares de piecitos corrían de un extremo a otro dentro de todo el complejo de la legión, pequeñas risitas inocentes y pausadas podía escucharse en los rincones que provocaban eco, su plan esta vez era infalible, si, se vengarían ambos por lo de la tarde anterior, se asomaron al cuarto de su padre, que aparentemente aun dormía, una delgada voz mascullo para asegurarse de que su victima estuviera dormida.
—¿Papá, estas despierto? —pregunto en la forma más inocente e inusitada que se espera de un pequeño de cinco años.
—Claro que esta durmiendo tonto —dijo entre susurros severos su hermana mientras le propinaba un buen golpe en la cabeza.
—Ou, Farlan, ¿siempre tienes que ser así de bruto? —se quejo la niña
—Claro, cuando tú dejes de ser una tonta —le contesto de manera tajante.
El mayor era un niño, sus ojos eran como plata liquida, brillantes y demasiado vivos, aun que el gesto era duro y astuto, siempre adornado por una sonrisa socarrona, su cabello negro era corto cayéndole en la frente con algunos mechones desordenados, la pequeña poseía el mismo color de ojos y cabello, sin embargo su expresión era serena y somnolienta, con la melena larga y lacia que caía hasta su estomago.
Ambos escucharon el sonido del cuerpo de su padre moviéndose en el colchón de la cama, causando que el corazón casi se les detuviera en aquel instante y cerrando la puerta con cuidado, se dieron a la tarea de huir despavoridos, uno corría detrás del otro como si escaparan de la escena de un terrible crimen, sin embargo antes de asegurar su victoria se toparon con un cuerpo mucho mayor que el de ellos, cayendo de sentón y causando las quejas.
—Por Sina —se quejo uno de ellos —Eres un bruto Farlan
—¡¿Qué?! Yo no hice nada no me culpes.
Los dos levantaron sus rostros para observar lo que los había detenido de esa manera tan abrupta, y se quedaron congelados, por instinto Uriel que era la menor de los niños, trato de esconder su pequeño cuerpo detrás de Farlan, el mayor, observando a la figura de autoridad que los detuvo, a pesar de ser una delgada figura, imponía lo suficiente para saber que estaban en problemas, el par de pequeños pilluelos gastaban el día entre bromas y juegos infantiles, sus pequeños pulmones casi se quedaron sin oxigeno mientras buscaban el rincón más seguro para huir, pero era tarde, ambos eran tomados entre los brazos de la persona que los había descubierto, parecían pequeños costales sobre los hombros de la entidad que en silencio los conducía hasta la sala principal.
—A ver —dijo la voz inmediatamente reconocida de los dos pequeños que suspiraban resignados —Farlan, Uriel, ¿qué planearon esta vez? —comenzó a interrogar una mujer de apariencia sería pero con la mirada suave.
Ninguno de los dos quería hablar, solo se dedicaban miradas de complicidad, Uriel quería hablar pero su hermano mayor la amenazaba por lo bajo con su pequeño puño, a lo que la niña asintió con pesadez, era mejor esperar a que su plan diera resultado y entonces... Un estruendoso grito de horror en el cuarto de baño de la habitación de Rivaille hizo que Mikasa acudiera en su ayuda, ¿qué había pasado como para que su esposo estuviera tan horrorizado? Farlan se soltó a reír a carcajadas contagiando a Uriel que no evito sostener su pequeño estomago, el plan había sido un éxito.
Mikasa se adentro sin preguntar al cuarto de su marido que estaba en el suelo, todo lleno de madejas y madejas de hilo de colores, su cabello estaba cubierto por un extraño liquido de aroma empalagoso, caramelo para Flan, y en sus manos sostenía la cabeza falsa de un caballo, Mikasa trato de contener la carcajada vanamente, soltándose a reír, cosa que a Rivaille no le parecía gracioso.
—Dónde están esos dos? —preguntó furico —Me van a escuchar, ¡los hare correr rodeando toda la muralla Maria hasta que sus piernas pidan clemencia! —sentencio
—Pues será mejor que se apresure sargento, seguramente ya debieron correr a las faldas de Hanji para salvarse de tu furia —estructuro Mikasa aun riéndose por lo sucedido.
Rivaille salía hecha una fiera en dirección a esos dos, buscando sus diminutos pero muy vivos cuerpos, se las iban a pagar, desde que se negó a llevarlos a las fiestas patronales, ambos estaban sumamente enojados, y buscaban cualquier cosa para hacer bramar a su padre, lo que no le causaba gracia, apenas hace dos días ambos niños lo habían hecho pasar por una situación vergonzosa, cuando lo dejaron afuera del castillo de la legión, debido a que el agua caliente dejo de fluir en la regadera y Rivaille sin mascarlas salio para investigar lo sucedido, trayendo como tragedia que los niños cerraron por dentro toda puerta, con su padre afuera y casi desnudo, peor aun, enjabonado.
Los reprendió severamente, cosa que Farlan el más rebelde de los dos, no tomo bien, más bien era encender la hoguera declarándole la guerra al sargento, ya no sabía como lidiar con ese par de enanos.
—¡Ustedes pequeños granujas! —exclamo el hombre observando a Farlan y Uriel escondidos a las espaldas de Hanji y Eren que estaban reunidos en la oficina de la comandante —Más les vale que vengan aquí o les ira peor.
Hanji enarco una ceja desconcertada, qué sucedió para que Rivaille estuviera tan molesto con las criaturas, si ambos a su parecer, eran toda una delicia de ternura.
—¿Qué ocurre pequeño sargento? —Zoe arrastro la palabra pequeño, acariciando las cabecitas de los dos niños que temían en ese instante por sus vidas ante un furioso Rivaille
—Pregúntales cuatro ojos, a ver si tienen el valor de contestarte —arremetió molesto, bastante molesto.
—¿Ah si? —dijo Farlan que salio a encarar a su padre —Pues pasa que tú no quisiste llevarnos a las fiestas por más que te rogamos —contestó con una lagrima traicionera que quería salir de sus pequeños ojitos de color gris —Y después cuando te hicimos una broma te molestaste —su voz se quebraba y comenzaba a sollozar —Y nos castigaste sin postre, mi mamá dijo que eras injusto y lo ignoraste, yo... Yo solo quería comprarte algo bonito para el día del padre y —ya casi no podía hablar por el llanto que le causaba un nudo incomodo en la garganta —Uriel solo quería ver los fuegos artificiales pero nos enviaste a dormir temprano.
Finalizo con un llanto y sus manitas restregando sus ojos para que dejaran de salir las lagrimas, Uriel corrió hasta él y lo envolvió en un abrazo quebrándose por dentro por su hermano, mordiéndose el labio para no llorar, pues era un pacto, que si uno lloraba el otro debía ser fuerte, y así ninguno dejaría caer al otro, la escena era tan conmovedora al punto en que Rivaille se quedo totalmente paralizado, susurrando algunas maldiciones imperceptibles y sintiéndose el hombre más ruin y cruel del mundo, las atrocidades de su crudo pasado no se comparaban en nada con el hecho de haber lastimado a las dos únicas personas mas puras e inocentes por las que daría su vida, sus hijos y por supuesto Mikasa eran todo para él.
Hanji reacciono ante sus llantos, acercándose y envolviéndolos en sus brazos, Farlan aun sollozaba, podía aparentar ser un niño rudo y a veces brusco con su hermana, pero en realidad el pequeño tenia un corazón enorme y calido como el de su madre, Uriel por su parte era sensible como pero implacable y nunca perdía la compostura, a pesar de siempre esconderse tras de su hermano, quizá porque su naturaleza salía a flote cuando veía que Farlan la necesitaba.
—Shh, ya mis pequeños, tranquilos —susurro Hanji reconfortando a ambos.
Desaprobó las acciones de Rivaille mirándolo con dureza, a su vez él suspiraba mientras llamaba a ambos niños con la voz más apacible, ambos voltearon a verlo, Farlan como siempre no accedía era demasiado orgulloso, a diferencia de Uriel que corría a los brazos del sargento, el pequeño testarudo suspiro aun resentido pero inmediatamente al ver a su hermana tener todo el amor de su padre, corrió igualmente a sus brazos aforrándose con sus pequeñas fuerzas, los tres eran una familia, solo faltaba Mikasa para tener completo el cuadro de la familia de la legión de reconocimiento, y como un llamado celestial, Mikasa ingresaba a la sala, lo hacía por si Rivaille quería reprender severamente a los niños y entonces ella interviniera salvándolos en lo mayor posible de los castigos a veces excesivos de su esposo, suspiro aliviada al ver tan tierno abrazo de los tres.
—Papá, ¿Por qué estas triste? —le pregunto Uriel
—Porque soy una mala persona —Rivaille suspiro aceptando sus errores.
—Tú no eres malo papá, solo un poco, muy poquito tonto —Farlan lo dijo en un tono inocente sin percatarse de que Hanji y Mikasa se soltaban a reír por el comentario —Y un maniático de la limpieza, eso dicen mi mamá y la tía Hanji
—Si, bastante tonto… espera ¿eso es lo que dicen tu madre y la cuatro ojos? —enarco una ceja dejando de lado la escena tierna mientras se giraba a ver a ambas mujeres, suspiro volviendo a abrazarlos, y recordando que ese era el ultimo domingo de fiesta, no había fuegos artificiales como en la inauguración y el día del padre ya había pasado, pero aun así quería compensarlos. —¿Qué les parece si vamos a la casa, me doy un baño, se dan un baño y todos nos vamos al pueblo?
—Uriel, mocosa —la llamo una voz en la lejanía, volviéndose más clara con la insistencia —Uriel no tenemos todo el día y hace calor con este traje de mierda
—Lo siento —se excuso dando un respingo en el carro y golpeándose la cabeza en el techo —Auch —se quejó
—Eso te pasa por distraída —resoplo —Vamos ya, deben estar esperando
—Papá —se detuvo un instante más —Eres un tonto maniaco de la limpieza —mascullo con melancolía
Rivaille se sorprendió un poco, la última vez que había escuchado eso, era cuando esa insulsa muchacha era solo una niña, que imitaba a su madre, Uriel era el vivo retrato de Ackerman, el semblante sereno, los ojos grises, el cabello largo y lacio, las suaves facciones de un linaje milenario que renacía en ellas, eran perfectas, eran su vida y a pesar de ser un hombre de pocas muecas, no evitaba sentir el orgullo expandiéndose por su cara en una sonrisa modesta. Uriel ya no era esa pequeña niña a la que llevaba a su oficina para llenar el papeleo mientras ella coloreaba en hojas que se regaban sobre el piso, aun que él odiara el desorden, le agradaba ver los crayones de colores que le daban más alegría a ese lugar, escuchar su risa en los pasillos del castillo llenándole de esperanza los corazones a cada soldado de la legión.
Cuando la enseño a montar, cuando le mostró el equipo de maniobras tridimensionales, y con una admiración inconmensurable lo llamo su héroe, cuando en la inocencia de su ignorancia le pidió que de grande quería ser su novia, la novia de papá, porque papá siempre había sido el soldado más fuerte de la humanidad, y ella quería que alguien como él la protegiera. O esa vez que llego moreteada y maltrecha luego de que algunos niños la insultaran y golpearan, oh Rivaille, al siguiente día nunca más sufrió abusos, sin saber que él había solucionado el problema a su manera, porque nadie, absolutamente nadie se debía atrever a tocar a su pequeña soldado. Uriel y Farlan eran especiales, porque eran hijos de los soldados más fuertes de la humanidad, eran el fruto de la unión entre dos personas atípicas, que cuando hacían una promesa la cumplían, a pesar de arrastrar pesadas cargas en sus espaldas, sabían que en casa, ese lugar tan calido, eran esperados por su esperanza.
—Rivaille, Uriel… ¿Qué esta pasando? Cariño te están esperando… —hizo una pausa al percatarse de lo que ocurría —Oh ya entiendo
Los años habían pasado para todos, el tiempo y los amigos que iban y venían, se reflejaba en la suavidad de los ojos de Mikasa, el gesto tierno de ver a un padre como Rivaille, despidiéndose de su pequeña, siempre lo supo, era un hombre posesivo con lo que amaba, y su hija no era la excepción. Desde que la vio en sus brazos jurándole fidelidad y amor eterno con suaves susurros junto a su cama, llego a discernir que él sería un excelente padre. Suspiro satisfecha, el mundo era cruel porque aun vivían dentro de las murallas esperando a alcanzar la tan preciada libertad, pero era hermoso porque tenia la fortuna de ver a su familia crecer, porque por más egoístas o cruel que sonara, ambos, hasta el momento, no tenían la desdicha de ver partir a sus hijos para no volver, porque ellos regresaban en cada misión, cuidándose mutuamente las espaldas por amor, un amor consumado en dos vidas que ella cargo en su vientre.
Y ahora, debían entregar a uno de sus más preciados regalos, y no lo negó, siempre fue una mujer que se aferraba a sus seres amados, Eren era la prueba de ello, y Rivaille le seguía ¿qué no se podía esperar de sus hijos?, ella que los vio crecer dentro de su carne, que los vio y sintió nacer, que los amamanto con todo el amor que solo un gesto materno puede aportar, que curo sus raspones, cuido de sus enfermedades y reprendió sus travesuras o lloro ante sus regalos y abrazos luego de una extenuante misión en la que la vida no estaba asegurada.
—Mamá… —mascullo la mujercita
—Cariño —susurro con ese amor limpio y franco —Siempre vamos a estar aquí
Se acerco para entrelazar sus manos a las del hombre que aprendió a amar a pesar de las diferencias, del carácter y los estigmas sociales, y tomo la de su hija a la que adoro desde que la supo concebida, y miro crecer hasta convertirse en mujer.
—Si ese bueno para nada te hace algo, solo dilo e ire a patearle el culo —Rivaille se sintió seguro en cuanto Mikasa lo tomo, porque ella era la única capaz de aplacar sus temores
—Gracias a los dos
Abrazo a ambos con fuerza, porque eran su fuerza, hasta llegado el momento, la decisión estaba tomada y sabía que ambos estaban a sus espaldas para protegerla, pasara lo que pasara, ambos eran siluetas que la seguirían y aconsejarían hasta el final.
—Aun puedes arrepentirte y volver a casa
—¡Papá! —se quejo con una risa y un suave llanto
—Bien, solo era un decir, vamos adentro, el imbecil de Kirschtein ya debe estar impaciente ¿De verdad Uriel Ackerman? ¿Qué le viste al cara caballo jr?
—Rivaille —se quejo Mikasa
—Es la verdad, admite que es un completo inútil, bien en las misiones es de mis mejores elementos pero eso no le quita lo cara caballo de Kirschtein y lo glotón de Braus, va a dejar a la legión en banca rota —hablo en el camino mientras sostenía a su hija del brazo ahora era él quien la presionaba
—Altair no es así —Uriel se sonrojo —Además tú siempre serás mi papá nadie ocupara tu lugar
—No estoy diciendo eso —bufo —Es solo que… mierda, es raro ver que mi pequeña mocosa inútil se este casando con un bueno para nada
—Acabas de decir que es de tus mejores elementos —irrumpió Mikasa —Eres el mismo de siempre Rivaille
—Ya estamos aquí —se pararon frente a la entrada de la puerta de la catedral mientras todos se levantaban de sus lugares al ver a la novia
—Me adelantare cariño… Rivaille, por favor no hagas una estupidez —indico con una mirada dura para el sargento que solo rodó los ojos fastidiado
Se quedaron parados un momento, ambos se sintieron nerviosos, para Rivaille, era más fácil enfrentarse a una horda de titanes, antes que entregar a su hija, la única, suspiro resignado a lo inevitable, y la miro por ultima vez como una pequeña niña tomada de su mano de camino al colegio, de camino a casa, de camino a su oficina, cantando y saltando con esa inconfundible y odiosa bufanda roja regalo de su madre, o el cravat en sus vestidos de volantes, regalo de papá, miro la inocente sonrisa y la calida carcajada infantil… Miro a una mujer lista para tomar el paso más importante de su vida, lejos de él.
—Sea cual sea tu decisión nunca te arrepientas de ella —fue lo ultimo que aconsejo como padre
—Te amo papá… —esbozo la más calida de sus sonrisas
—Y yo a ti… princesa —comenzó a caminar en dirección al altar con su pequeña soldado
Se encontró con el artífice de su dolor, lo escudriño con la mirada, intimidándolo, odiándolo por arrebatarle a ella, no ablando la mirada, simplemente lo observo como al peor de sus enemigos para después palmearle el hombro con fuerza, el muchacho se mantuvo firme y temeroso, Rivaille como padre era aun más aterrador que el Rivaille sargento, el castaño trago saliva hasta que se percato de la pequeña figura al costado de su superior, tan hermosa e inmaculada.
—Lastímala, y perderás algo más que la hombría Kirschtein
Odiaba esa maldita mirada de victoria reflejada en sus ojos al observar el preciado ser de su devoción, se resigno a aceptarlo en su familia, pero no era tan malo, tal vez… el muchacho suspiro de alivio en cuanto Rivaille se retiro del altar, dándole una ultima advertencia. En cuanto le dio la espalda a su pequeña, se sintió extrañamente vacío, y sin embargo, al final de ese túnel, como siempre, Mikasa lo esperaba, sentada serenamente en la primer banca, expectante a él. Si, era difícil dejar ir a su hija, pero no concebía la idea de dejar ir a Mikasa.
Respuesta al Lector:
Rita: ¡Eh! que bueno que te ha gustado, eso me hace feliz, respecto a tu petición, de hecho si tengo algo planeado con eso, pero sera ya dentro de los capitulos finales (para el que no falta mucho xD) pero tranquila todo con serenidad. Muchisimas gracias por tu comentario cariño, te envio un abrazo enorme
Notas extra:
Me nació llamar Farlan y Uriel a los hijos de Rivaille, el primero porque dios, ¡amo a Church! es simplemente encantador, y no veo la hora de que ya salga la ova de Rivaille para verlo =D y Uriel, porque su nombre significa "Fuego de dios" además me enamore del personaje de las novelas Chronicles of the Deryni
