Capítulo 6

El sábado llegó tan rápido que Elena no tuvo tiempo de prepararse mentalmente para su cita con Damon, aunque ella misma se resistiera a considerarlo así. Estaba empeñada en querer verlo como una reunión de negocios, un encuentro orquestado con el único objetivo de firmar una tregua. Sin embargo, las mariposas que revoloteaban descontroladas en su estómago parecían estar en desacuerdo con sus razonamientos.

El día anterior, ella y Jenna habían ido de compras. Damon le había regalado un armario entero cuando se casaron, pero Jenna había insistido en que tenía que ponerse algo especial para la ocasión, algo con lo que se sintiera realmente cómoda y guapa y Elena había estado de acuerdo, sobretodo porque se moría de ganas de ir de compras. Así que con el dinero que tenía ahorrado, encontraron un vestido que se ajustó tanto a sus gustos como a las exigencias de Jenna.

- ¿Estás segura de que no es demasiado escotado? - Preguntó Elena mientras se miraba en el espejo de su habitación.

- Pues claro que es demasiado escotado. Esa es la gracia, darle facilidades a Damon para que te mire el escote.

- ¡Jenna! - Elena se ruborizó y Jenna se echó a reír.

- ¡Es tu marido! ¿A que viene esa actitud tan puritana?

Elena sintió como las mejillas le ardían, pero intentó disimular. El vestido, de color rojo oscuro, se le ajustaba al cuerpo como un guante. Tenía detalles de encaje, manga hasta los codos y un pronunciado escote en uve. Las dos se habían enamorado de él en cuanto lo habían visto, pero ahora que se lo veía puesto en casa tenía miedo de que fuera demasiado atrevido. Jenna no lo entendería, ni podía explicárselo tampoco, pero la idea de que Damon tuviera una exposición tan directa a su escote alborotaba aun más a las mariposas de su estómago.

- Estás guapísima – añadió Jenna con una sonrisa casi maternal al observar el reflejo de su nueva amiga en el espejo – Damon va a alucinar cuando te vea.

Elena sonrió y esperó que fuera así. No sabía porqué se había arreglado tanto, pero había puesto empeño especial en sentirse guapa. Quizá porque lo necesitaba, después de todo lo que había sucedido en su vida en apenas unas semanas. Se había dejado el cabello suelto, ligeramente ondulado, y se había maquillado bastante los ojos, enfatizándolos y haciendo que tomaran aún más protagonismo en el conjunto de su cara.

Cuando escuchó unos golpes en la puerta, se quedó paralizada. Jenna estaba tan emocionada con que el matrimonio saliera por fin a cenar que ni siquiera prestó atención a las reacciones de Elena. Se dirigió a la puerta y la abrió, saliendo inmediatamente y casi atropellando a Damon en el camino. Este se quedó inmóvil en el marco de la puerta al ver a Elena de espaldas. Estaba inusualmente nervioso para él, así que fue a decirle algo, pero en cuanto ella se giró, se quedó completamente mudo. Incluso tuvo que obligarse a cerrar la boca. Elena sonrió insegura y se dirigió al tocador para agarrar su bolso de mano. Damon estaba arrebatador, con un traje negro y una camisa igualmente oscura, tenía un toque misterioso y peligroso en el que Elena no quería pensar demasiado.

- ¿Nos vamos? - preguntó la chica al ver que él no reaccionaba.

Cuando lo hizo, se apartó de la puerta y la dejó pasar a ella primero. Elena sonrió agradecida y comenzaron a caminar hacia el piso de abajo. Una vez allí, se despidieron de Giuseppe y Stefan, quienes todavía estaban alucinando ante el giro de acontecimientos,y por fin salieron de la mansión.

- Estás preciosa. Si es que no es una obviedad. – dijo Damon abriéndole la puerta del coche.

- Gracias. Tu tampoco estás mal. -sonrió.

El viaje hasta el restaurante se redujo a algunas conversaciones intrascendentes y muchos silencios. Silencios sorprendentemente cómodos entre ambos. Después de más o menos un cuarto de hora de viaje, Damon detuvo el coche en un callejón que se alejaba bastante de la idea que Elena tenía sobre lo que iba a ser su cena esa noche. Sorprendiéndola una vez más, Damon apagó el motor, rodeó el camaro y le abrió la puerta.

- Si sigues con ese comportamiento tan caballeroso dentro de un rato ni siquiera te reconoceré – le pinchó ella.

- Crees conocerme, pero tienes una idea totalmente equivocada de mí. – añadió él con esa media sonrisa tan particular. Elena sintió que se le aflojaban las piernas justo cuando él la tomó del brazo y la dirigió al restaurante en el que iban a cenar.

Definitivamente, aquel sitio no se ajustaba al lugar al que Elena había imaginado que la iba a llevar. Le sorprendía que alguien con tanto dinero como Damon Salvatore, pudiera conocer siquiera semejante antro. El restaurante era un local prácticamente en ruinas, con un cartel medio roto y una carta de menú escrita a mano en la puerta y con faltas de ortografía. No es que a ella le importara ir a un sitio así, pero no hubiera puesto tanto empeño en vestirse elegante de haberlo sabido.

- Damon... no creo que vayamos vestidos apropiadamente...

- No te preocupes – dijo él conduciéndola hacia el interior – el sitio es horrible, pero es el mejor restaurante italiano de todo Mystic falls y alrededores. Te lo garantizo.

Elena se relajó un poco ante aquella afirmación. ¿Cómo habría adivinado que le gustaba la comida italiana? No recordaba habérselo comentado, ni siquiera cuando fueron a cenar con la gente de su empresa. Un poco más tranquila al saber que al menos podría disfrutar de la comida, se dejó conducir por un largo pasillo oscuro hasta llegar a un salón más grande en el que había algunas parejas cenando. Allí, detrás de una pequeña barra de madera había un señor gordo con un extravagante bigote que sonrió al verlos entrar.

- ¡Damon!

Elena abrió los ojos sorprendida cuando ese hombre, que supuso que sería el dueño del establecimiento, salió de detrás de la barra y abrazó a Damon.

- Vittorio, me alegra volver a verte – dijo Damon devolviéndole la sonrisa – Te presento a Elena.

- Hermosa – Vittorio sonrió también a la chica y le agarró la mano para depositar un suave beso en sus nudillos. - Pasad por aquí, ya está todo listo.

Caminaron por otro pasillo y fueron conducidos hacia un salón apartado.

- Es todo vuestro. - dijo Vittorio al fin señalándoles el espacio con la mano extendida.

- Muchas gracias – respondió Damon dándole una palmada de nuevo en la espalda. - Vamos, Elena, sentémonos.

Elena se dirigió a la única mesa que había en la pequeña salita en la que estaban. Era un sitio bastante más acogedor que el salón que habían visto antes, todo decorado en tonos granates y madera oscura. Incluso había una pequeña chimenea y hasta un televisor.

- En realidad, este es el salón de su casa – dijo Damon tomando asiento – Me ha hecho un favor personal. ¿Verdad que no es tan horrible como el restaurante? No entiendo como puede tenerlo tan mal y seguir teniendo clientela.

Elena seguía un poco aturdida, así que asintió con la cabeza y bebió un poco del agua de la copa que tenía ya servida sobre la mesa.

- ¿Cómo conociste este sitio? - se atrevió a preguntarle, muerta de curiosidad.

- Estuve trabajando aquí una temporada.

- ¿Tú? ¿Trabajando aquí? - preguntó Elena sin poder evitar su sorpresa.

- Si empezamos con el tono impertinente me callo ¿Eh?

- Perdón, perdón – rió levantando las manos en señal de rendición - sigue...

- Antes de irme a estudiar al extranjero, pasé una época estudiando y trabajando a la vez, por eso repetí el último curso. En ese momento yo era un poco difícil...

- Que me vas a contar a mí...

- Pues eso, y la relación con mi padre no era la mejor, especialmente después de la muerte de mi madre. Así que me empeñé en irme de casa y en hacerlo con mis propios ahorros. El problema era que no tenía ninguno. Así que un día, por casualidad, encontré este lugar y vi que tenían un cartel en la puerta en el que pedían camareros. A Vittorio le hizo gracia que yo tuviera ascendencia italiana, a pesar de no haber cocinado en mi vida antes de entonces, y me cogió. Por eso estuve trabajando algunas noches aquí.

- ¿Y aprendiste a cocinar? - preguntó Elena divertida. Era agradable poder mantener una conversación normal con él.

- Aprendí. Algún día te mostraré mis habilidades. Se me da de vició la lasagna. – respondió juguetón – pero por ahora, mejor pidamos la cena. ¿Quieres la carta o te dejas asesorar?

- ¿Me estás pidiendo que me fie de ti? - Respondió con cierto humor en la voz.

- Por una vez en tu vida – dramatizó Damon poniendo los ojos en blanco. Elena soltó una risita y a él le pareció música celestial. ¿Cuando se había vuelto tan cursi? - Entonces decido yo. En este lugar hacen la mejor salsa carbonara de todo el país. Prometido.

Emocionado, Damon corrió a la cocina a hablar con Vittorio y al rato volvió con una cesta de pan y unas aceitunas para acompañar. Elena tenía que reconocer que a pesar de la primera impresión, el lugar estaba muy bien. Y se reafirmó cuando les sirvieron la comida.

- Reconoce que son los mejores espaguetis a la carbonara que has probado jamás – la provocó él mientras los enrollaba con el tenedor.

- Está bien. No tengo réplica esta vez.

Damon empezó a presumir y Elena le lanzó su servilleta a la cara, provocando que ambos se echaran a reír. Era agradable poder conversar con él sin tener que levantar un escudo invisible para protegerse de sus ataques.

- La pasta es mi comida favorita – dijo Elena con una sonrisa.

- ¿De veras? - disimuló Damon – He acertado entonces. Me alegro.

Se recrearon en la cena y en la tranquilidad del lugar, hablando de trivialidades y de gustos personales. Mientras devoraban el trozo de tiramisú que Vittorio les había traído como regalo de la casa, Elena, se atrevió a sacar un tema un poco más comprometido.

- ¿Cómo llevas eso de ser monógamo?

Damon dejó la cucharilla en el plato y la miró fijamente.

- Sin problemas. ¿Por?

- bueno, todo el mundo conoce tu reputación. Por eso estamos aquí ¿no? El periódico de Mystic falls iba cada semana lleno de tus escándalos con mujeres casadas y jovencitas menores de edad.

- Eh, eso último solo fue una vez – se encogió de hombros y tuvo un escalofrío – y me dijo que acababa de cumplir los dieciocho. En cuanto a lo primero, las que tenían el compromiso eran ellas, no yo.

- Me sorprende el poco valor que le das al matrimonio...

- No es eso Elena, las que le daban poco valor eran ellas. Yo estaba disponible, ellas querían vivir una aventura. Después de todo, yo no era el que tenía la responsabilidad. Pero ya te dije que no iba a acostarme con nadie. Aunque te cueste creerlo, soy perfectamente capaz de ser fiel y no pienso volver a salir en esas páginas con alguien que no seas tu hasta que termine nuestro acuerdo.

- Ni siquiera con Katherine? - se le escapó a Elena. Al darse cuenta de que había sonado como la novia celosa que se suponía que no era, se refugió de nuevo en el tiramisú.

- Especialmente, no con Katherine.

- ¿Te enamoraste de ella?

- ¿A que viene este interrogatorio? - preguntó Damon levantado una ceja.

- No es un interrogatorio... es que a pesar de conocernos de toda la vida jamás habíamos podido hablar así, sin lanzarnos nada.

- Bueno tu me has tirado una servilleta a la cara...

- Damon, hablo en serio.

- Esta bien. Hablemos de cosas serias entonces. No, jamás me enamoré de Katherine – principalmente porque siempre estuve enamorado de ti, pensó Damon. Y tuvo que morderse la lengua para no decirlo en voz alta. - Pero me gustaba lo suficiente como para plantearme tener algo en exclusiva con ella.

- Y Ella se fue con Klaus.

- Se acostaba con ambos a la vez para ser más exactos – Elena abrió mucho los ojos sorprendida. - Y yo ni siquiera me di cuenta. Katherine tiene la habilidad de ser la arpía más seductora que he conocido jamás.

- Y ahora vuelve a estar empeñada en recuperarte.

- Elena – Elena se sobresaltó al notar como él le agarraba la mano por encima de la mesa – Soy un hombre de palabra. Puede ser todo lo insistente que quiera, pero ahora tengo un objetivo y no voy a ser tan idiota de lanzarlo todo por la borda por un calentón.

Elena apartó la mano al sentir ese maldito corriente eléctrico que le recorría cada vez que se rozaban y asintió con los ojos fijos en su plato. Ella entendió que se refería a su ascenso, pero Damon hablaba de otra cosa. De ella, concretamente. El ambiente volvió a ponerse un poco tenso, así que Damon se levantó de golpe y sugirió que pagaran y fueran a dar una vuelta para bajar la comida.

- No es que estas calles sean muy bonitas – dijo Damon mientras caminaban por un callejón desierto – pero hay pequeños tesoros escondidos por aquí.

- Eres una caja de sorpresas – bromeó Elena abrazándose a si misma. - nunca pensé que frecuentaras estos barrios.

Damon se dio cuenta del gesto y se detuvo de golpe. Se sacó la americana y la dejó caer sobre los hombros de la chica, que se sobresaltó.

- G..gracias – respondió sinceramente, la verdad era que se estaba muriendo de frío. - ¿Porqué te comportas así conmigo? - se atrevió a preguntar alentada por el buen ambiente que por primera vez había entre ellos.

- ¿Así como?

- Como un caballero. Me abres la puerta del coche, me prestas tu americana... Entiendo que lo hagas cuando estamos rodeados de gente, pero cuando estamos solos no tendrías ninguna necesidad de ser así.

Damon la miró sorprendido. ¿Realmente tenía esa imagen de él?

- Elena, no soy una mala persona...

- Nunca he dicho eso, pero reconoce que jamás te has portado bien conmigo. Me sorprende el cambio, eso es todo.

- Bueno, tu tampoco fuiste un ángel en el instituto...

- ¡Porque empezabas tu! ¡Siempre! Muchas veces intenté ignorarte, pero entonces aparecías tu y hacías algún comentario gracioso sobre mi delante de tus amiguitos o me hacías la zancadilla, o me empujabas o me llamabas mocosa... habría sido tonta si no hubiera empezado a devolvértelas.

Damon notó como a Elena le temblaba la voz al recordar y se sintió realmente mal. ¿Cómo había podido hacer las cosas tan mal? Lo único que quería entonces era llamar su atención. No soportaba que intentara ignorarlo, así que durante años buscó la manera de acercarse a ella. El problema era que por aquel entonces era un adolescente arrogante y estúpido, y no se le ocurrió cambiar de estrategia. Siguió haciendo con ella lo mismo que había hecho mientras eran niños. Sabía que eso había conseguido que ella le odiara, pero tampoco imaginaba que le hubiera hecho tanto daño como para que al recordarlo, le entraran ganas de llorar. Se detuvo en seco y se acercó a ella con la intención de ponerle una mano en la mejilla, pero Elena dio un paso atrás, alejándose.

- La fastidié mucho, ¿no, mocosa? - preguntó Damon con tristeza en la voz.

Elena asintió, limpiándose las lágrimas que se habían escapado y resbalaban por sus mejillas.

- Odio ese mote.

- Elena... para mi era siempre fue un juego, jamás quise...

- Pero nunca te molestaste en preguntarme si a mi me gustaba jugar – se defendió alzando la cabeza de nuevo – llegué a detestarte con todas mis fuerzas.

Por un segundo, Elena vio verdadero dolor en los ojos de Damon y se quedó sorprendida.

- Lo siento. Fui un imbécil – reconoció él volviéndose a acercar a ella.

- ¿Porqué yo? - preguntó Elena con los ojos fijos en los de él – ¿Porqué te metías conmigo?

- Porque era un idiota – no podía decirle la verdad, ella no le creería. O peor, huiría de él, y eso no se lo podía permitir. Algún día, si lograba que ella le perdonara, se lo contaría todo, pero a juzgar por el dolor que estaba viendo en los ojos de Elena, no iba a ser tarea fácil. - Empezamos así de entrada y simplemente... no fui lo suficientemente listo como para cambiar esa dinámica. ¿Podrás perdonarme algún día?

- Quizá – respondió ella encogiéndose de hombros.

- Lamento haberte hecho daño – A Damon Salvatore siempre le había costado pedir disculpas, sin embargo, al ver los enormes ojos marrones de Elena humedecidos por las lágrimas no derramadas, todo su orgullo desaparecía y tenía ganas de arrodillarse delante de ella con tal de lograr que dejara de llorar.

- Es cosa del pasado, no te preocupes. Aunque sigo sin entender que ahora quieras que nos llevamos bien, pensé que yo nunca te había gustado.

Damon quiso echarse a reír ante lo irónico que le resultaba ese comentario.

- Ya te dije que fui un imbécil, deja de hacer que me auto-insulte – sonrió intentando rebajar la tensión – aunque te cueste creerlo, y lo entiendo, jamás te he odiado.

Elena lo miró sorprendida, como si fuera incapaz de creerse aquella afirmación.

- Y además, ahora te debo mucho. Lo único que quiero es que esto sea más fácil para los dos, y de paso compensarte por lo mal que te lo hice pasar ¿Me dejas?

Elena lo miró de reojo. Si no pensaba en el pasado, era fácil tenerlo cerca. Es más, se sentía atraída hacía él por una fuerza que era incapaz de descifrar. Sin embargo, cuando volvía a recordar algunos de los incidentes de su infancia, y sobretodo, adolescencia, volvía a sentir la necesidad de empujarlo y alejarse de él para evitar que le hiciera daño. Y sabía que no era del todo justo, pues como bien había dicho Damon, ella no se había quedado de brazos cruzados y más de una vez le había devuelto con creces alguna de sus puyas. Tampoco es que ella hubiera sido una santa, tenía que reconocerlo.

- Podemos intentarlo – dijo al fin – la verdad es que antes de recordar el instituto me lo estaba pasando bien.

Damon asintió, todavía triste, y decidió que quizá necesitaban tener esa conversación después de todo.

- ¿Quieres que nos vayamos a casa? - preguntó con miedo de que ella le dijera que sí.

Elena lo miró a los ojos durante unos segundos y, para alivio de Damon, finalmente negó con la cabeza.

- Ya que hemos conseguido comportarnos como dos personas adultas y civilizadas toda la noche, aprovechémonos un poco más. - Aquello provocó que Damon sonriera sinceramente.

- ¿Te apetece bailar?

- Claro – sonrió Elena – aunque procura no pisarme esta vez. La última vez que lo intentamos terminé con los pies destrozados.

Damon se cruzó de brazos, ofendido, y entrecerró los ojos.

- Eso es mentira, soy un bailarín excelente. Retíralo.

- No.

Elena soltó una risita cuando él apretó a correr hacia ella con la intención de hacerle cosquillas. Ni siquiera llegó a la esquina cuando él la alcanzó y empezó a torturarla mientras ella se retorcía.

- Retíralo – dijo levantándola y colgándosela al hombro.

- ¡Suéltame! – siguió ella riéndose. Era curioso como podían pasar de discutir a reír con semejante facilidad. Y como, contra todo pronóstico, se sentía tan a gusto a su lado. - Está, bien, está bien! ¡Lo retiro! ¡Bájame! - Entonces él la soltó, haciendo que sus pies volvieran a tocar el suelo.

- Hemos llegado.

La había dejado en frente de la puerta de una pequeña disco-bar que había frecuentado durante los meses que había ayudado a Vittorio. Entraron y por suerte, no encontraron demasiada gente dentro. Damon se pidió una cerveza e invitó a Elena a uno de los cócteles especiales del lugar. Más relajados y ya con la conversación sobre su pasado medio olvidada, Elena decidió que haría un esfuerzo por pasar página. Quizá él había madurado después de todo, y además se le veía decidido a que se llevaran bien. Cuando él le tendió la mano para sacarla a bailar, ella lo siguió con una sonrisa y se metieron entre la multitud.

Bailaron entre risas y copas un buen rato y cuando el alcohol empezó a afectarles lo suficiente como para evitar inhibiciones y complejos (especialmente a Elena, pues Damon no había bebido demasiado porque tenía que conducir), Damon decidió que ya no le quedaba más autocontrol. Estaba sufriendo lo que no estaba escrito al tener que mantener las manos quietas mientras Elena, la chica de sus sueños, se contoneaba delante de él. Ella era totalmente inconsciente a las reacciones que le provocaba y no tenía ningún pudor en moverse de una forma que Damon encontraba dolorosamente sexy.

Sin pensar muy bien en lo que hacía, la agarró de las manos y la hizo girar hasta que ella quedó de espaldas contra su cuerpo. Elena se sorprendió con el gesto, pero rápidamente empezó a moverse de nuevo, esta vez contra las caderas del chico. Hipnotizada por la magia del momento y por las manos de Damon fijas en sus caderas, sonrió y se dejó llevar por el ritmo de la música.

Elena recostó la cabeza en el pecho de Damon y subió los brazos rodeándole el cuello. No sabia si era el alcohol, el ambiente, o la confianza que se había creado entre ellos esa noche, pero aquel baile no tenía nada que ver con los inocentes movimientos que habían compartido después de la cena de BCO. Elena empezó a sentir un profundo calor en la parte baja de su estómago, justo donde los dedos de Damon comenzaban a acariciar la fina tela de su vestido. Él debía estar sintiendo lo mismo, porque la chica se sobresaltó al notar la prueba de su excitación presionando contra sus nalgas. Y en contra del sentido común, no se apartó. Las manos de Damon descendieron de nuevo hasta sus caderas y ella ladeó la cabeza para poder mirarlo a los ojos. La mirada hambrienta de él se desvió hacia los labios de la chica y ella se inclinó un poco más contra su cuerpo. Pero entonces, se acordó de con quien estaba, de la situación que estaban viviendo y no pudo evitar, una vez más, ser inoportunamente racional.

- Damon, no podemos. - susurró a milímetros de sus labios - Esto solo complicaría las cosas.

Él se detuvo de golpe, apartándose y dejando que ella se girara para poder hablar cara a cara.

- ¿Complicar las cosas? - Dio un paso hacia ella y la apretó contra su cuerpo. No era una actitud muy razonable, pero estaba terriblemente excitado y le ponía furioso que ella se echara atrás justo ahora. Había aguantado toda la noche sin tocarla, se había comportado como un caballero, y cuando había dado el paso, ella se había mostrado más que dispuesta a recibir sus caricias. - Has dicho que ibas a darme una oportunidad...

- De llevarnos bien – lo empujó ella sin ser brusca, solo para mantener una distancia prudencial. Principalmente porque si lo tenía tan cerca no podía pensar con claridad y su razonamiento se iba al garete. - Pero en el trato no incluía que fuera a dejar que me llevaras a la cama, Damon.

Ofendido, Damon se alejó aún más de ella. La frustración se apoderó de su entendimiento y no pudo controlar su enfado. Ella se estaba restregando contra él, ella le había devuelto el beso la otra noche... ¿Cómo le decía eso ahora?

- Tu lo has notado igual que yo, la atracción sexual. Y no te atrevas a negármelo – le advirtió señalándola con el dedo índice.

Elena se llevó una mano a la frente y resopló.

- ¡Claro que la he notado! No entiendo de donde ha salido, pero llevo muchos días notándola. El problema es que no somos dos desconocidos que se enrollan en un bar y al día siguiente giran la cara cuando se cruzan por la calle. Estamos en una situación que ya es lo suficientemente complicada como para añadir un problema más.

- ¿Un problema más? Somos adultos, Elena, somos perfectamente capaces de manejar esta situación.

- Damon – resopló nerviosa – no estás siendo razonable...

- ¡Estamos casados! - chilló él dirigiéndose hacia la salida.

- ¡De mentira! Estamos intentando convencer a la gente de que nos queremos, de que tu eres una persona responsable. ¿Qué pasa si mañana nos acostamos y no funciona? ¿Qué pasa si uno de los dos confunde las cosas? Yo necesito que me prestes ese dinero y tú que yo siga aquí, no podemos arriesgarnos a que salga mal y terminemos sin poder mirarnos a la cara.

- No creo que fuera una situación muy distinta a la que teníamos cuando nos casamos.

- Damon, por favor...No podemos dejarnos llevar por un calentón, tu mismo lo has dicho antes.

Damon abrió la boca para protestar. Se había referido a Katherine, pero Elena no tenía nada de calentón para él. Sin embargo, ella estaba decidida, y era la persona más cabezota que había conocido nunca. Así que decidió no insistir, por mucho que le doliera. Salió del local y se metió en el coche.

- No deberías conducir. - dijo ella siguiéndole – has bebido.

- Apenas una cerveza y hace horas. Estoy perfectamente.

- Damon...

- Vayámonos a casa de una vez, Elena. Ya está todo dicho.

- Esto tira por tierra nuestra "reconciliación" ¿no? - preguntó ella con pesar.

- No – dijo decidido Damon mientras apretaba el volante con fuerza – Déjame un rato, ¿Quieres? Se me pasará.

Elena lo entendió y apoyó la cabeza contra la ventanilla. Sabía que había estropeado las cosas cuando mejor iban, pero estaba convencida de que era lo más sensato. No controlaba lo que sentía cuando tenía a Damon cerca y no podía arriesgarse. Tenía miedo de acabar sufriendo porque debía reconocer que se había sentido realmente a gusto a su lado. A pesar de lo mucho que razonaba siempre las cosas, había estado a punto de dejarse llevar y besarlo mientras bailaban, y esa era una actitud totalmente impropia de ella que la confundía todavía más.

Permanecieron todo el camino de vuelta a casa en silencio. No era demasiado tarde, apenas las tres de la madrugada, cuando Damon detuvo el coche en el jardín trasero de la mansión Salvatore. Seguía con el ceño fruncido y sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto de color blanco.

- Damon – con el coche ya detenido, Elena se atrevió a ponerle una mano sobre el hombro.

Damon se giró y la miró, con algo indescifrable en sus ojos azules. Soltó el volante sin dejar de mirarla y luego, hizo lo que llevaba deseando toda la maldita noche hacer. Y le importó un comino que no fuera lo correcto.

La sujetó por las mejillas y se inclinó sobre ella, besándola, no, devorándola con los labios. Quizá fuera porque la pilló desprevenida y no tuvo tiempo de razonar, o quizá porque la dominó la excitación que llevaba creciendo en su vientre toda la noche, fuera como fuese, Elena se olvidó de cualquier razonamiento y le devolvió el beso inmediatamente. Actuó por impulso y lo besó con tanta o más entrega que él. Sus lenguas se encontraron, jugando y bailando la una con la otra, explorando la boca del otro mientras los dedos de Elena se enredaban en los mechones oscuros del cabello de Damon. La posición en el coche era incómoda, pero ninguno de los dos lo notaba, perdidos en las sensaciones y en el calor del momento. Damon la aprisionó contra el asiento del copiloto, casi colocándose encima de ella y deslizó una mano hasta agarrarla posesivamente por la nuca. Después de varios minutos perdidos en el sabor del otro, Damon mordió el labio inferior de la chica y se apartó bruscamente, temiendo no poderse controlar si no detenía aquello inmediatamente.

Después del beso, se quedaron mirando el uno al otro unos segundos. Damon con determinación en la mirada, Elena confusa, pero ambos con los ojos nublados por el deseo. Cuando Elena se dio cuenta de lo que acababa de hacer, fue a decir algo, pero Damon se lo impidió, poniéndole el dedo índice en los labios.

- Te prometo que esto no volverá a ocurrir. - se adelantó él intentando todavía controlar la respiración. - Lo haremos a tu manera, aunque fracasará, y acabo de demostrártelo. Pero la próxima vez que esto suceda, serás tú la que de el primer paso.

Y sin más, la dejó allí sentada. Salió del coche y se dirigió a casa y esta vez no le abrió la puerta, ni le dio la mano caballerosamente para ayudarla a salir. Elena, todavía sobresaltada y con las manos temblorosas, apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y cerró los ojos con fuerza, intentando comprender lo que acababa de pasar. Pero ni siquiera su parte más racional atinaba a darle una respuesta que la satisficiera.