7. Sonrisas, dudas y gemidos

Ron se encontraba inmóvil, paralizado. No podía creer lo que acababa de suceder. ¿Hermione le había besado? ¿Y lo había hecho justo sobre la comisura de sus labios? Una inmensa felicidad le invadió el alma, y sintió que no podría desdibujar la sonrisa que tenía en su rostro; parecía que se quedaría allí instalada para siempre.

Subió corriendo y a lo saltos al último piso de la gran casa, tanto que por poco derriba a Kreacher que se encontraba detrás de él. Nada más le importaba, sólo el recuerdo de sus labios, suaves y cálidos como siempre soñó que serían. Cerró la puerta de su cuarto tras de sí, y de la emoción que sentía, se arrojó bruscamente en la cama para intentar recordar cada detalle del agitado día que acababa de conllevar.

Esos labios… Se relamió dulcemente al recordar la expresión de Hermione cuando se acercaba a él. Sus ojos almendrados emanaban destellos de felicidad y duda a la vez, su respiración se agitaba y la humedad de la mano con que ella le tocó su mejilla eran muestran de un nerviosismo inminente… Ella iba a besarlo; posiblemente se arrepintió luego, pero estaba seguro de que ella quiso probar sus labios por primera vez.

Supuso emocionadamente que la castaña había hablado sobre él, que ella lo deseaba con todo su cuerpo al igual que él lo hacía, y que lo amaba con toda su alma. Decidió pensar que Hermione quería que él y nadie más que él entrara en su habitación por la noche, y que recorriera su cuerpo por primera vez como nunca nadie antes lo hizo.

Se llevó rápidamente la remera al rostro y hundió su nariz pecosa en la tela, aspirando el delicioso aroma a canela que desprendía; y aun más apresurado se deshizo de toda prenda que le cubría el cuerpo, para vestirse con aquellas ropas que Hermione había usado hasta hacía un instante. Las prendas aun estaban cálidas y el perfume de la chica le llenaba todos los poros de su cuerpo, y sintió una agradable sensación de bienestar.

Un poco más calmado, se volvió a recostar y miró hacia el techo con una expresión de increíble felicidad. Pero poco después, su enorme sonrisa comenzó a desdibujarse para transformarse en una mueca de desánimo. No debía ilusionarse… quizás habría sido sólo su imaginación. Quizás, ese beso no significó nada para ella, más que un acto de aliento hacia él al notarlo un poco más callado de lo normal. Quizás, intentó calmarlo para que sepa que todo saldría bien al día siguiente en el Ministerio de Magia.

Pero lo que más le dolió fue recordar que la castaña besaba en la mejilla mucho más a menudo a Harry que a él. De hecho, esa era la segunda o tercera vez que sentía la calidez de los labios de Hermione, cuando su mejor amigo recibía a diario caricias, abrazos… y besos. Obviamente, no había notado nada raro en esas muestras de afecto hasta ese momento. Le habían parecido simples muestras de apoyo y cariño —aunque no por ello no sentía una bronca terrible—, pero al recordar que la chica amaba a uno de los dos, todas sus ilusiones amenazaron con estrellarse.

Negó con la cabeza. No podía ser cierto, Harry no podía quitarle lo único que realmente le interesaba. Había decidido resignarse ante su amigo y ser siempre el segundo en todo lo que lo incluía a él pero… esto era muy diferente. No se trataba de la fama, ni del quidditch, de su hermana; ni siquiera del amor de su familia ni de una chica cualquiera. Se trataba de Hermione… No podía permitirlo…, y no lo iba a permitir.

Estaba decidido: en ese mismo momento iba a dirigirse a la habitación de Hermione para decirle lo que sentía, y así aclarar las cosas de una vez por todas. No le importaba nada más, no le importaba si no era él quien ella quería, no le importaba si se enojaría o si arruinaría su amistad. Al día siguiente debían adentrarse en una misión peligrosa, de la cual no sabía si saldrían heridos… o algo peor… No podía esperar.

Abrió la puerta excitado, pero antes de bajar a la habitación de la chica, se asomó a la habitación de Harry. Arrimó el oído a la pared para comprobar si éste dormía, y al escuchar los característicos ronquidos de su mejor amigo se tranquilizó e iba a retirarse cuando un sonido lo desconcertó.

—Ginny… —El chico de ojos verdes gemía el nombre de su hermana, al parecer entre sueños—. Oh… Ginny…

El odio que venía acumulándose en contra Harry se había desbordado con esas últimas palabras, y por ello, apenas las oyó, abrió con brusquedad la puerta de la habitación de su mejor amigo.