Yyyy aquí está el nuevo capi. Os adelanto que el fic tendrá dos o tres capítulos más. Quiero terminarlo antes de que empiece las clases porque sé que si no lo voy a dejar a la mitad o tardaré siglos en subir un nuevo capi, así que... Y nada, gracias a Setsuna-Halliwell que me ha sugerido que incluya en el fic la llegada del resto de los hijos de Esme, pero lo haré en otros distintos, que escribiré como continuación de este. ¡Gracias por el apoyo! Un abrazo.
CAPITULO 7
ALBOROTO
Cuando volví a casa, Esme estaba tumbada en el sofá, leyendo un grueso volumen de historia contemporánea. A su lado, apilado en la mesa, había un montón de libros de diferentes temas, desde arte y poesía hasta novelas policíacas y de terror. Levantó la vista cuando se percató de mi presencia y me sonrió.
- ¿Qué tal ha ido?
- No muy bien.- contesté cerrando los ojos y pinzándome la nariz.- Voy a tener que tomar medidas. El vampiro que está haciendo esto está tardando demasiado en marcharse y no sé cuánto tiempo más voy a conseguir despistar a la policía…
- ¿Y qué vas a hacer? – me preguntó Esme frunciendo el entrecejo.-
- Seguir su rastro hasta dar con él y pedirle que se marche.
Ella se quedó en silencio pensativa. Me miró. Había algo de preocupación en sus ojos.
- Ten cuidado Carlisle. Si te pasa algo…
- No me va a pasar nada Esme.- le dediqué una sonrisa tranquilizadora.- No es la primera vez que me topo con un vampiro. Normalmente suelen ser bastante comprensivos y se marchan.
- ¿Normalmente? – levantó una ceja.-
- Si… Hace unos ciento veinte años yo vivía en un pueblo cerca de Chicago. Y pasó lo que ahora está pasando aquí. Una vampiresa, Chloé… Era neófita. Todos los días moría alguien. Ella estaba sola, no tengo ni idea de quién la pudo transformar, pero no era capaz de controlarse. Varias personas en el pueblo juraban haber visto a una bella mujer rondando por el bosque y no tardé en encontrarla.- suspiré.- Intenté convencerla de que se fuera y que tratase de controlarse, pero era una neófita que estaba totalmente salvaje y lo interpretó como un intento de invadir su coto de caza. Me atacó.-
Me levanté la camisa con cuidado y le mostré a Esme las marcas de dientes y garras que aún tenía en un costado. Ella se levantó del sofá como hipnotizada. Cuando llegó a mi altura extendió su mano y pasó un dedo por mis cicatrices, siguiendo su forma. El contacto de sus manos directamente con mi piel me aceleró y se me nubló la mente. Inconscientemente puse mi mano sobre la suya y, aunque no hacía falta, le guié los dedos a través de mis marcas. Suspiré. Y me arrepentí, porque Esme pareció volver a la realidad y apartó la mano rápidamente.
- Lo siento mucho Carlisle.- bajó la vista, avergonzada.- No debí hacer eso.
Yo me quedé en silencio. No sabía qué decir. Por un lado luchaban mis ganas de decirle que me gustaba sentir sus manos en mi cuerpo y por otro lado mi sentido común, que me decía que no era decoroso que una mujer me estuviera tocando de aquella manera tan… sensual.
- Y… ¿qué pasó luego? – su voz me evitó tener que decidir.-
Me costó muchísimo encontrar la voz para hablar.
- No me gusta la violencia. La odio. Pero tuve que destruirla para salvarme a mí, y a mucha gente.
- Cómo se destruye a un vampiro… - murmuró Esme.-
- ¿Tú cómo crees? – sonreí, abandonando el tono serio de la conversación.-
- ¿Clavándole una estaca en el corazón? – preguntó con una sonrisa como de disculpa.- Si fuera así no me lo preguntarías…
Solté una carcajada y ella rió también.
- No… No se necesitan estacas.
Mi sonrisa se transformó en una mueca triste. No veía necesario que Esme supiera los detalles de la destrucción de un vampiro. Era incapaz de imaginármela cometiendo cualquier acto violento. Ella, que parecía tan frágil, tan delicada, tan…humana.
- Para destruir a un vampiro tienes que partirlo en trozos y luego quemarlos. – dije sin poder mirarla.-
- Oh…
Se hizo un silencio un poco incómodo. De pronto, me di cuenta de que, aunque su esencia estaba por toda la casa, Edward no se hallaba en ella. Me dio un ataque de pánico momentáneo, recordando el día en que se fue.
- Esme, ¿dónde está Edward?- miré a todos lados frenéticamente, buscando su rastro.-
- Tranquilo Carlisle, ha salido a cazar.
Abrí los ojos como platos. Mis peores temores se estaban haciendo realidad.
- ¿A cazar? - noté que mi voz había salido una octava más alta de lo normal.-
- A cazar animales.- me tranquilizó ella.-
- Es que no sé si es capaz de controlarse.- respondí pasándome una mano por el pelo con nerviosismo.-
- Confío en él.
Me sentí un poco avergonzado por haber dudado de mi hijo. Si había vuelto a casa era porque realmente tenía claro que quería cambiar su dieta, pero mi temor siempre se imponía.
De pronto se abrió la puerta.
- ¡Carlisle tienes que ir al pueblo enseguida! – gritó Edward mientras cruzaba el salón a toda velocidad y me agarraba por los hombros.- ¡El señor Bolton quiere ejecutar a tres personas en la plaza!
Me quedé paralizado. "No. Otros tres inocentes no."
- Escúchame Edward. – le cogí un brazo.- Quédate aquí con Esme. No quiero que le pase nada. Si Bolton ejecuta a esos pobres inocentes va a ocurrir una desgracia.
- Y tanto que va a ocurrir. En los pensamientos de los vecinos solo hay odio, Carlisle. Mucho odio. Y miedo. Saben que cualquiera de ellos puede ser el siguiente, si no en morir asesinado como los otros, en ser colgados por Bolton delante de sus familias. Ellos saben tan bien como tú y como yo que ninguno de los ejecutados es culpable, pero no tienen el suficiente valor para enfrentarse a Bolton. De momento… Muchos piensan que si estas tres ejecuciones se llevan a cabo… Van a tener que tomar cartas en el asunto.- me dirigió una mirada significativa y supe a lo que se refería.-
- Dios mío…
Eché a correr por el bosque en paralelo al camino que conducía al pueblo. A unos kilómetros se empezaron a oír los gritos de una multitud enfurecida. "He llegado demasiado tarde…"
Viéndome forzado a caminar a una velocidad humana, entré en la plaza mayor. Habían habilitado un rudimentario cadalso en el centro de la plaza y dos hombres y una mujer estaban subidos allí. Eran el tintorero, su esposa y su hermano. La muchedumbre gritaba enfurecida mirando hacia algún punto a la izquierda del cadalso. Allí estaba Mr. Bolton, vestido con su traje color crema y su sombrero que le daba cierto aire colonial. En su cara se dibujaba una sonrisa de suficiencia, pero detrás de aquella máscara se podía adivinar terror. Dio un paso al frente y se situó delante de los condenados.
- ¡Vecinos de Northbrook!
La multitud multiplicó sus abucheos, que él siguió ignorando.
- ¡Vecinos de Northbrook! ¡Hoy es un día grande para el pueblo! ¡Hoy, hemos conseguido atrapar a los culpables de esta horrible ola de asesinatos!
Entre el caos de voces se escuchaban claramente "¡Es inocente!", "¡Suéltalos!" y también muchos insultos dirigidos al alcalde. Él siguió con su política de ignorancia.
- Estos tres individuos –se dio la vuelta para mirar a los condenados.- se confabularon para elaborar un plan diabólico. ¡Son adoradores del diablo!
Hubo más gritos y protestas ante esta falsa acusación. Pero no había terminado.
- ¡Estos… monstruos! – bramó, escupiendo saliva con cada palabra.- ¡Estos monstruos desangraban a sus víctimas y teñían telas con su sangre que luego entregaban al maligno! ¡El pueblo ya no tendrá nada que temer!
Se dio la vuelta nuevamente y le hizo una señal a un hombre, que avanzó hacia el tintorero. Tenía una expresión de resignación y se mantuvo con la cabeza alta mientras le colocaban la soga en el cuello. "Dios mío, parece que hemos retrocedido cien años…" Después, se colocó detrás de su mujer, que lloraba en silencio. Le colocó un saco de tela en la cabeza y después la soga. Todavía sobresalían del saquito mechones de pelo. Por último, el verdugo se dirigió hacia el hermano del tintorero, que era presa de un ataque de pánico. Le temblaban las manos y cuando le pusieron las manos encima empezó a gritar.
- ¡No por favor! – gritó el hombre con desesperación hacia la multitud.- ¡Haced algo! ¡Sabéis que somos inocentes!
Y con un ruido sordo, la trampilla cayó y los cuerpos quedaron colgando durante algunos segundos en el aire. El cuello de la mujer se rompió en el acto, pero los dos hombres quedaron pataleando hasta que se asfixiaron.
Cerré los ojos. No podía hacer nada por esos pobres inocentes, pero sí iba a evitar que murieran más.
La multitud enfervorecida por el odio comenzó a gritar a Bolton, quien se había subido al cadalso y levantaba los brazos como quien proclama una victoria. "¿Realmente se cree todo este circo que está montando? Sus paranoias son peores de lo que pensaba…"
De pronto, alguien le arrojó algo. Le dio al alcalde en el hombro, y se lo agarró con un gesto de dolor. No tuvo tiempo a hacer más porque empezaron a llover objetos de la masa de gente, que gritaba y le insultaba al tiempo que le lanzaba todo lo que tenían a mano. Sentí como a mi alrededor las cosas se empezaban a alterar. Me empujaban contra unos y contra otros. Miré otra vez hacia el cadalso, donde a Bolton se lo llevaban medio a rastras algunos de sus hombres y le metían en el ayuntamiento. Se oyeron disparos.
Salí del medio de la multitud empujando a la gente y me dirigí a toda prisa hacia mi casa.
- ¡Edward tienes que ayudarme!- grité nada más entrar por la puerta.-
