Capitulo 6
Avaricia
"¿Qué? nosotros no acaparamos toda la comida. No, espera, sí fuimos..."
Tuve mucho tiempo para pensar, ellos no nos dejaban hablar entre nosotros, así que durante todo el camino sólo fui yo, y mi mente. Un grupo de al menos quince ponis nos escoltaban a Celestia-sabrá-dónde con sus pistolas y rifles apuntando a nuestros cráneos. Parecían bastante dispuestos a disparar, pero no lo habían hecho. Nos necesitaban.
Claro, la raza poni es ambiciosa, y es gracias a esa misma ambición desenfrenada con que nacimos que la guerra hizo que el mundo muriera en una furiosa explosión de Balefire y mega-hechizos radioactivos. Pero incluso aquí, donde cualquier maldito pedazo de basura tiene valor, seguimos buscando más que sólo lo indispensable. Y, bueno, qué hay más valioso para un pony que la vida de otro pony.
Sip, quizás eso era lo más valioso que teníamos, además de la comida y las armas, era el poder de adueñarnos y arrebatar la vida a otros. Esa clase de poder parecía de origen, se dice creo, divino. Así que… seguíamos vivos por el capricho de los ponis que nos habían emboscado mientras dormíamos. Estábamos desarmados entonces, nos habían quitado todo salvo la ropa. Nuestros cascos y cuellos estaban amarrados por cuerdas y cadenas.
Rex llevaba una correa.
La noche anterior, Jitters había tomado el primer turno de vigilancia. Nada sucedió durante sus horas. Me despertó horas antes de ser emboscados, yo sentía que sería una tontería dejarme a cargo de nuestra seguridad. E increíblemente no fue mi culpa que un grupo de esclavistas nos sorprendieran en la madrugada y nos despojaran de todo, incluyendo la libertad.
Nop, no fue mi culpa.
Yo estaba ocupándome de mis asuntos, me tomaba una botella de soda para permanecer despierta, mi pistola estaba tirada en el piso, junto a mis alforjas. Dormíamos en el interior de un viejo vagón de tren enterrado en medio del yermo, Rex y Jitters estaban acurrucados al fondo, cada uno en una esquina diferente. Para la guardia me ubiqué en la entrada, donde pudiera ver lo que sucedía afuera, a la vez que las sombras de nuestra cueva artificial me protegían de ser vista. Parecía una posición privilegiada, perfecta, sin margen de error.
Nada en mi vida es aprueba de fallas, eso es seguro.
En fin, pasaron horas, largas, aburridas, en las que me dediqué a jugar con mi Pipbuck, revisando mis viejas notas. Me di cuenta de la cantidad de cosas que escribía en mi aparato, había un par de recetas de cocina que requerían ingredientes no disponibles afuera; también encontré mis anotaciones… aquellas que Quill no dejaba de curiosear. Y un viejo archivo, el último que tenía, donde mi madre me había escrito algo en honor a la ocasión, tener un Pipbuck era algo importante y algunos lo creían digno de celebración, lo que en mi establo significaba un poco más de comida durante el día y quizás una botella de Sunset zarzaparrilla.
La oscuridad de la noche fue remplazada por la monotonía del día, y realmente no había pasado nada. Aun era de madrugada cuando quise despertar a Jitters, pero no pude. De la nada, un par de cascos me sujetaron por detrás, no tenía mi arma cerca, así que no tuve otra que intentar patear al idiota que me estaba atacando.
Asaltantes.
Comencé a pelar, le di un golpe al mugriento pony en la cabeza, balas de sus compañeros y uno que otro pedazo de basura volaban en mi dirección. Evadí lo mejor que pude los proyectiles, me dieron un par en el lomo, y me apresuré a tomar mi arma. Disparé como loca cuando tuve el arma entre mis dientes. No maté a ninguno, todos mis disparos se perdieron o le dieron a alguna roca. No tuve tiempo de contarlos, sólo sabía que eran más que yo. Recargué al mismo tiempo que un unicornio intentaba golpearme con una navaja. Grité un poco, por dos razones: la primera, ¡eso había dolido!, la segunda, Jitters y Rex tenían que despertar.
Noté que me quedaba sin cartuchos para la pistola de energía, en mi alforja cargaba otras armas que Jitters me había conseguido. Un rifle de cacería, quince balas. Las cosas se veían mal. Aun así, me ayudé del Pipbuck para sacarlo. Tomé el rifle entre mis dientes y disparé.
Luego me caí de espaldas.
Perdí el equilibrio con el impulso del arma y al no tener mis alas, bueno, simplemente acabé en el suelo cual vil tortuga sobre su caparazón.
Incluso derribada seguí disparando, y seguí hasta poderme levantar. Una vez con mis cascos en la tierra fui capaz de matar a un par de asaltantes. No me quedaban más municiones… Pero a ellos sí. Sinceramente, yo nunca había esculcado las pertenencias de un cadáver, eso era tarea de Iron y de Rex. Sin embargo, en medio del calor de la pelea, eso no me importó, corrí a registrar los cuerpos y a sacar cuantas cosas fueran posibles. Me escondía detrás de ellos, así las balas penetraban en la carne muerta.
Conseguí algunas pistolas, eran más fáciles de manejar que el rifle, así que procuré sacarles el mayor provecho posible. Las pequeñas rugían como manticoras escupe fuego. Esta vez, el campo estaba igualado, y pronto la balanza se inclinó en mi favor.
Los asaltantes cayeron, muertos. Estaba a punto de acercarme a registrarlos, cuando caí en la cuenta de que estaba a punto de acercarme a registrarlos. No quería recurrir a ese tipo de comportamientos mientras estuviera aquí… Si mi familia se llegara a enterar de las cosas que tenía qué hacer para vivir, no sabría decir si estarían orgullosos u horrorizados.
Decidí dejar los cadáveres, los ponis que yo había matado para conservar mi propia vida.
Horrorizados, eso seguro.
Un escalofrío me recorrió la espalda cuando escuché ese ruido salido directo del Tártaro.
Pip.
Se repetía una y otra vez en mi audífono.
Troté hacia el vagón, en plena madrugada y con la escaza luz, aun podía distinguir las sombras durmientes de Rex y Jitters.
-Ah-suspiré aliviada al ver que esos dos seguían dormidos como potros recién nacidos-. Ustedes me la deben en grande-suspiré, pensando en la tontería que acababa de decir. Fui a despertar a Jitters, seguramente había más asaltantes de dónde aquellos habían venido y yo no quería tener que ahuyentarlos sola.
-Despierta,-le susurré a mi guardián. Él soltó un quejido, pero se puso de pie-. Será mejor irnos, Jitters, hay asaltantes allá afuera.
-¿En serio?-dijo una voz, masculina sin duda, pero no era la de mi unicornio.
Retrocedí. Mi arma estaba en mi alforja.
La figura que creí era Rex también se levantó, era una yegua. Los dos ponis extraños se acercaron a mí, lentamente, blandiendo cuchillos y armas de fuego a mi nariz.
-Qué bueno que ya se han ido- dijo "Jitters" al tiempo que la yegua sacaba una gruesa soga de los pliegues de su ropa. Con magia, la cuerda ató mi cuello y cascos mientras ellos me quitaban mis cosas. El semental me empujó fuera de la cueva artificial, en donde pude ver a Jitters y a Rex. Ambos tenían la mirada un poco perdida, pero caminaban lejos de nuestro escondite de manera natural.
-¿Qué les hicieron?-grité aterrada, parecían Ghouls sin hambre, arrastrando los cascos y ladeando la cabeza como si les colgara del cuello.
La yegua suspiró con una sonrisa.
-Ah,-dijo mientras sacaba una bolsita de polvo amarillento de entre sus ropas-. Ditzy, la mejor amiga de un esclavista.
Entonces sacó el polvo, con su magia lo metió en mis fosas nasales. Me cabreé, quise moverme, golpearlos, pero su magia y las ataduras me lo impedían. Ardía. Mi cabeza comenzó a dar vueltas mientras la droga hacía efecto… Ellos dijeron algo que no entendí al principio, luego me empujaron.
Je, si querían que caminara, lo hubieran dicho.
Seguimos caminando por siglos, o quizás fueron sólo años. Mi percepción del tiempo, y de cualquier cosa que no fuera mi propia nariz, estaba realmente borroso en mi cerebro. Cerebro es una palabra divertida. Ce-re-bro. Ja, ja, si la repetías muchas veces sonaba rara. Y hablando de cosas raras, ¿era normal ver un Muffin sonriéndome en medio del apocalipsis? ¡No lo sabía, pero parecía un muffin muy amigable! No como esos ponis malos que me obligaban a caminar sin darme un descanso.
Mis cascos se movían solos… así que mi cabeza dejó de preocuparse por ellos y comenzó a pensar en muchas cosas de importancia trivial. Como lo inteligentes que eran esos ponis, je, emboscarnos después de un ataque de asaltantes en plena madrugada ¡Malditos genios!
Oh, no, me dije a mí misma dentro de mi cabeza, Potrilla tontilla, esa es una mala palabra.
Y me sonrojé por lo mala pony que había sido al pensar de esa forma.
Cielos, Fly, tienes una boquita tan sucia.
En ese momento se volvió literal. Me había tropezado con una piedra que mi cuerpo automatizado no había previsto y mi boca terminó llena de tierra. Mi Pipbuck marcó que me estaba irradiando por comer guijarros irradiados. Eso no era bueno.
A punta de pistola, la unicornio esclavista me levantó del suelo. Seguimos caminando. Ella caminó junto a mí para evitar más "retrasos estúpidos" por mi culpa. Su rostro estaba cubierto por una bufanda y una capa parecida a mi vieja capucha de viaje. Lo único que se distinguía de ella eran sus ojos, azules; pestañas largas y llenas de polvo; y su cuerno de color dorado. No supe en ese momento si era por el Ditzy, fuera lo que fuera, o por mi confusión reciente con respecto a mis propios gustos; pero todo el camino me la pasé adherida a mi captora como si fuera una calcomanía.
¿Síndrome de Estocoltmo? Quizás.
Pero no importaba, mientras estuviéramos cerca de ella nada me podría pasar. Pareciera que los asaltantes estaban dispuestos a protegernos mientras andábamos por los yermos. Nuestras vidas no eran valiosas para ellos, no realmente, pero nuestro bienestar en vida podría hacer de su negocio uno aun más redituable. Si entregaban esclavos heridos o moribundos seguramente no podrían comprar ni una aguja usada de Med-X, en cambio, si nos vendían vivos y sanos, sin heridas graves, podríamos resultar útiles para el comprador y, claro, más caros. Varias veces por el camino nos atacaron insectos y uno que otro asaltante solitario. Nuestros captores se encargaron de ellos mientras siguiéramos bajo el efecto de la droga.
Pasó al menos un par de horas antes de que el polvo dejara de hacer efecto en nuestros cerebros. Cuando recuperé la consciencia el mundo real me golpeó como una puerta en la nariz. Mi cabeza no se despejó, si acaso tenía la vista más borrosa y me dolía un poco la acción de intentar pensar. Me espanté cuando vi a la yegua sacar la bolsa otra vez. No quería… Bueno, era mejor sentirse un poco desconectada del mundo, pero no de esa forma tan… artificial y barata. Mi cuerpo parecía no haberse dado cuenta, pues mis cascos seguían caminando sin notar mi presencia. Jitters gruñó, me di la vuelta y lo vi, avanzando detrás de Rex el unicornio cerraba los ojos mientras intentaba encender su cuerno, convocar algún hechizo, pero su magia parpadeaba en su frente puntiaguda.
Con su magia sosteniendo la bolsa, la yegua esclavista exclamó con una carcajada:- Yo no lo intentaría si fuera tú, copo de nieve.
Y luego de decir eso hizo un comentario sobre como el Ditzy afectaba nuestras mentes, al parecer Jitters no sería capaz de hacer magia en un buen tiempo gracias a la droga metiéndose aun con sus terminaciones nerviosas mágicas, en caso de los pegasos eso se limitaba a debilitar los nervios que controlan las alas, por lo que realmente no debía preocuparme mucho. Aun así, si la droga seguía haciéndonos vulnerables, no entendí porqué la esclavista comenzaba a levitar más de ese polvo amarillo muffin en su campo de magia.
Jitters parecía igual de nervioso que yo.
La telequinesis de la unicornio guió la droga por el aire, avanzando como una víbora hambrienta hasta su víctima. La enorme nariz negra de Rex recibió aquel polvo en el mismo segundo en que el cachorro comenzaba a recobrar la consciencia. Al escuchar los gemidos del potro canino me dieron ganas de hacer algo. De moverme, de golpearlos a todos. No tenía armas, y si era necesario iba a matarlos a patadas o a morir en el intento. Pero no pude, mis piernas y mi cerebro seguían peleados como novios orgullosos, no se dirigían la palabra, es más, parecía que el uno no existía para el otro, a pesar de estar ahí mismo.
Detesté el drama que mi cuerpo estaba haciendo en ese momento. Yo decía "vamos a matar a los desgraciados que nos capturaron", pero mi forma física en este mundo me respondía gritando "¡Tú no te metas!".
Rex sacudió la cabeza y siguió avanzando sin decir nada.
Me hervía la sangre al ver la forma en que trataban a Rex… Podría hacerle mucho daño consumir tanta de esa cosa... Ese era el único pensamiento que tuve mientras caminaba con el cuello atado y cuerdas presionándome los costados. Pasó otra hora antes de que mi cerebro fuera realmente capaz de volver a la normalidad. Jitters, que había intentado jugar con su magia durante esa hora, parecía aun agotado por la droga.
Quise hablar con ellos, acercármeles, comprobar que estaban bien. Pero en cuanto hice ademán de abrir la boca una pistola de 10mm apareció en mi boca, pero del lado equivocado. El esclavista que creí era Jitters era quien sostenía el arma, haciendo un ademan de "Vuelve a abrir la boca y te vuelo el cerebro". Yo sabía que no lo haría, si nos había defendido hasta entonces era prácticamente imposible que se decidiera por desperdiciar la oportunidad de una buena venta… Por otro lado, con todos los locos que habitaban las tierras desoladas nunca era posible saberlo.
Procuré no hacer movimientos bruscos después de eso. A ellos parecía no importarles mi buen comportamiento, así que mientras no me prestaron atención me dediqué a estudiar nuestra pequeña marcha. Eran al menos una docena más que nosotros, bien armados y en su mayoría unicornios. Rex parecía cada vez más abatido por la caminata inconsciente. Jitters estaba a punto de morir por el dolor de cabeza. Las cosas se veían muy mal. No podía esperar a llegar a donde fuera que nos llevaran, una vez lejos de los esclavistas quizás eso de huir sería más fácil. O al menos eso pensaba yo.
Los esclavistas también son ponis, ¿saben? También duermen, y comen, y tienen necesidades como nosotros. Bueno, sé que es difícil de creer, pero me di cuenta de que era cierto cuando nos detuvimos en un lugar que mi Pipbuck nombró el Mercado de Intercambio. La tierra, como siempre, llena de gris, una que otra mancha de arcoíris radiactivo cada tantos metros y muchas tiendas y casuchas hechas con basura. Dentro podía escuchar algunos ponis riéndose con comida entre los dientes.
No había muchos ponis a la vista, uno que otro terrestre arrastrando a otro poni del cuello era la única señal de vida en aquel sitio. Nuestros captores no perdieron mucho tiempo, con las armas en mi nuca me guiaron hasta una celda olorosa llena de sudorosos y temerosos ponis. Jitters entró a la misma cabaña, pero a una jaula distinta. Y Rex, a mi amigo cachorro se lo llevaron, dándole algunas patadas lo obligaron a caminar hasta que un esclavista distinto llegó para llevárselo a otro lado.
Mis cascos seguían atados con cuerdas y en mi cuello había un collar de cadenas muy apretado para mi gusto y comodidad. Los ponis cautivos me ignoraron, se apartaban de mí y procuraban no mirarme. Mis alas estaban ocultas, por lo que me costó saber la razón de su evasión. Luego recordé que llevaba puesto un traje de establo con el símbolo de la orden de Jitters, los Rangers. Estaban intimidados, quizás. O peor aún, asustados de que un pony cercano a tan poderosa facción hubiera sido capturado. Si los Rangers, tan poderosos como yo los había visto, podían ser esclavos entonces el mundo estaba perdido.
Aún más perdido.
Estaba cansada, físicamente mis cascos me mataban por la caminata; mentalmente, bueno, estaba considerando con cierto grado de seriedad el golpearme la cabeza contra el piso hasta matar suficientes neuronas para no volver a pensar. En mi vida. Pero no me era posible, así que me limité a buscar un lugar junto a la pared para recostarme y tratar de descansar un poco.
Mi Pipbuck me indicaba que comenzaba la tarde, en pocas horas iba a oscurecer, pero ya muchos de mis colegas esclavos en potencia estaban tumbados en el suelo, haciéndose camas con la basura que se encontraban por ahí. Rocas, viejos periódicos, cualquier cosa podía ser una almohada o una manta para esos ponies. Dormir podría ser bueno para mí, me ayudaría a apagar mi cabeza un rato.
Pero no pude cerrar los ojos.
En la otra jaula Jitters parecía tener problemas similares. Su ceño se fruncía cada cinco minutos, como si una nueva idea se apareciera y fuera desechada antes de llegar a completarse. Estaba sentado junto a los barrotes, quizás ponderando sus posibilidades en comparación a su anterior captura. O tal vez sólo estaba observando las paredes de la cabaña, llenas de posters de Sparkle-cola y Cidra Dash.
Yo también me perdí unos segundos en la contemplación de aquellos papeles. Conocía el de la soda, ya lo había visto un millar de veces. Sin embargo, me quedé observando el de la bebida alcohólica, no era nada espectacular, salvo por el hecho de que era una yegua en uniforme la que anunciaba el producto, una pegaso con melena de fuego. En su casco sostenía la botella, usando lentes oscuros y sonriendo. La parte de abajo aseguraba "Cidra Dash: Tan asombrosa que ha sido aprobada por el Ministerio de lo asombroso". Uh, tenía que aceptar que la pegaso de fuego se veía bastante asombrosa ¿asombroso, no?
Pudieron pasar horas mientras yo observaba esos carteles. Lo supe porque cuando por fin pude despegar la mirada de las pegasos de papel habían entrado un par de esclavistas. Ambos terrestres arrastraban cubetas en sus bocas. Las dejaron en el suelo y de ellas sacaron pedazos rancios de pan. Unas viejas cajas de cupcakes de antes de la guerra que no se habían conservado tan bien. Arrojaron unos cuantos a la jaula donde estaba Jitters y otros a dónde estaba yo.
Al principio no supe lo que ocurría. Luego me di cuenta del caos que reinaba en ambas prisiones. Los esclavistas, que observaban entre risas, sólo habían arrojado tres cajas para la media docena de ponies en cada jaula. Todos los ponis se habían arrojado sobre la comida en el momento en que la vieron, en ese momento se debatían varios ponis entre la comida, dándose mordiscos, patadas e incluso cabezazos para acabar con el otro y quedarse con la comida vieja.
Jitters logró salir de la masa de cuerpos sudorosos luchando, en cuanto salió tomó el paquete, lo abrió y devoró el pastel de una mordida. Aun quedaban dos en su jaula. En la mía había tres, pero varios sementales se ocupaban de matarse entre ellos con suficiente insistencia para hacerme desistir de intentarlo siquiera.
No me di cuenta del hambre que tenía hasta que vi a los ganadores zamparse sus premios. Todos los ponis estaban morados de un ojo, rasguñados o simplemente les faltaba un pedazo de oreja. Yo era la única aparentemente intacta en la jaula. Tras la pelea, cosa rara, ninguno de esos ponis se volvió a dirigir la palabra, ni siquiera se miraban entre ellos. Todo quedó en silencio suficiente para escuchar a los esclavistas que, con comida en la boca, se carcajeaban y golpeaban sus cascos ante el espectáculo que acababan de presenciar.
Era desagradable, pero no dije nada, los esclavistas hubieran hecho algo peor si me hubiera atrevido a criticar sus estúpidos medios de entretenimiento. Neh, no valía la pena. Era mejor quedarme escondida en las sombras de nuestra prisión, así al menos pasaría desapercibida hasta saber qué sería de nuestro destino. De manera indirecta, Jitters parecía seguir el mismo plan.
Dormir un rato no haría mal.
…
Consejo de supervivencia en el yermo #22891: si eres una yegua y estás encerrada en una jaula con sementales nunca, y repito, nunca, bajes la guardia. Dormir en un ambiente así puede ocasionar incomodidad extrema al tener media docena de cascos intentando alcanzar partes que no deberían ser alcanzadas por desconocidos.
Tuve problemas para poder conciliar el sueño, al principio no me importaron los idiotas a mi alrededor, me habían sido tan indiferentes que creí que ignoraban mi simple existencia. Me equivoqué. Los ponis que estaban encerrados conmigo habían pasado un rato sin molestarme, cuando me dormí tuve sueños muy raros -involucraban a Dot, así que no pregunten-. El punto es que de no haber despertado al sentir esos cascos en mi entrepierna definitivamente habría pasado a mayores.
Me desperté de un salto, entre el pitido de mi Pipbuck y el terrestre arrastrándose sobre mi lomo logré reaccionar y apartarme de los sementales, que ya se habían agrupado a mi alrededor. Todos me observaban con cierta irritación en el rostro, seguramente por su intento frustrado de desahogar sus penas en mí. Me di cuenta de que ya había oscurecido, así que procuré alejarme de ellos. Me quedé pegada a los barrotes, marcando un pequeño círculo que en ese momento era mío y que ninguno de ellos se atrevió a tocar. Quizás estaban demasiado cansados para intentarlo, aun así no pude dormir durante lo que restaba de la noche.
Ellos se echaron a descansar a distintas horas de la madrugada, pero yo me quedé alerta. De pie en mi pequeño círculo, no cerré los ojos. Me quedé quieta, alerta a cualquier ruido, a cualquier movimiento… No quería que alguno de ellos fuera a intentar nada mientras yo dormía, no contaba con armas, ni con ningún objeto para defenderme además de mis propios cascos. Y siendo sincera, no confiaba mucho en mi habilidad para usarlos.
De todas formas, pasar la noche en vela valió la pena. A primera hora de la mañana mi cuerpo era una estatua, mis músculos estaban tiesos y mis ojos hinchados, sentía el estómago vació y la boca seca. Lo único capaz de despertarme fue el infernal pitido del Pipbuck, que me provocó un escalofrío en la espalda.
Burr.
Incluso después de que sonará mi aparato pasaron horas antes de que los esclavistas volvieran. Los sementales siguieron dormidos durante ese tiempo, así que cuando nuestros captores regresaron arrojando comida vieja a la jaula yo tuve una oportunidad de tomar algo antes de que los somnolientos animales comenzaran a matarse por un poco de tarta de manzana. Ellos no lo notaron, así que pude disfrutar de mi bien merecida comida mientras ellos se golpeaban. Quizás me duele admitirlo, pero los guardias y yo estábamos más que entretenidos con la carnicería de sementales.
Después de pasar un rato riéndose, los esclavistas se pusieron serios, sacaron cuerdas y collares de cadenas con los que se ocuparon de atarnos a todos. Uno por uno, salíamos de las jaulas hacia el exterior.
Yo esperaba encontrar el deshabitado lugar que conocí el día anterior, pero eso no sucedió. El centro del mercado estaba lleno de ponis. Iban y venían arrastrando a otros ponies por el cuello. A las orillas de la zona de negocios parecía haber muchos guardias, con largos rifles cargados y listos para matar a cualquier idiota que intentara escapar.
Nuestros captores nos obligaron a desfilar por el terreno, muchos ponis de apariencia similar a los esclavistas se nos quedaban mirando con ojos juzgadores. Nos evaluaban. Era incómodo tener todas esas miradas sombre mí, pero más incomodo aún era la posibilidad de tener que ir con alguno de los muchos ponies que se reunían para toquetearme con la excusa de "valorar" mi cuerpo en corcholatas. Paseamos durante una hora. Una larga hora en que no podía replicar cuando alguien me tocaba, porque tenía una pistola pegada a la nuca. Una maldita hora en que no pude saber nada de Rex o de Jitters.
Intenté no pensar en el hecho de que ahora todos éramos propiedad de otros ponies, cuando el desfile frente a los potenciales compradores terminó me dediqué a observar. Regresé a una jaula, mucho más pequeña que la anterior. Estaba a la intemperie, con el viento azotándome las orejas y el polvo metiéndose en mis ojos, junto a media docena de ponis. Tratar de ignorar lo malo de aquel ambiente de mierda era sumamente difícil, y se me agotaba la paciencia, así que intenté enfocarme en lo que estaba afuera de la jaula.
El mercado estaba rodeado por barricadas de basura y costales llenos de tierra, había varios puntos de acceso, tres para ser precisa, y cada una de esas puertas tenía al menos dos guardias con rifles y enormes escopetas. El lugar estaba lleno de edificios en mal estado, quizás viejos puestos. Había una enfermería, un restaurante, una tienda de lámparas y otro edificio que no pude identificar, ahora todo servía a otro propósito.
-¡Comienza la subasta!-gritó algún pony detrás de las jaulas- ¡Ahora comienza la subasta!
Genial.
Un enorme grupo de sementales, y una que otra yegua, se apresuraron a ganar un lugar frente a unos ladrillos viejos que servían de escenario para el pony terrestre que había anunciado la subasta.
Mi jaula se abrió, un unicornio esclavista sacó a rastras a uno de mis compañeros de prisión y lo encadenó con un bozal. El pony sostenía con su magia la correa de hierro mientras la multitud de compradores se arremolinaba a las orillas del escenario, gritando una vez que comenzó la subasta.
El pony fue vendido por quinientas corcholatas.
Otro pony salió de la jaula, también atado por el hocico. Sin embargo, aquel pequeño terrestre fue un poco menos conformista, dio patadas y gritos, relinchó hasta quedarse sin aliento, peleó y eso hizo que algunos potenciales compradores le despreciaran, otros simplemente parecían querer tenerlo más. Aun así, no duró mucho su pelea, unas cuantas pizcas de Ditzy le relajaron lo suficiente para que los ganadores de la subasta lo sacaran sin problemas.
Perdí la noción del tiempo tras el quinto pony vendido a los gritones de afuera de la jaula.
Mi frustración seguía creciendo, entre la impotencia de estar en una jaula de pájaro, ser una esclava en potencia y no haber visto a mis amigos en todo el día. No dejaba de cuestionarme qué podría haberles pasado ¿Jitters habría escapado? ¿Lo habrían comprado ya? Acaso... ¿estaba muerto?
No. Maldita sea. No.
Quería mantenerme positiva al respecto, pero no podía evitar pensar en lo peor. Y Rex... mi cachorro quizás ya estaba en alguna barbacoa de esclavistas. O con collar como perro guardián.
No quería pensar en eso, pero terminé haciéndolo durante casi una hora. Teoría loca tras teoría loca sobre el posible destino de mis amigos aparecía en mi cabeza durante la subasta de esclavos. ¿Sería posible que Rex desarrollara ojos laser para escapar? Neh, en estos yermos nunca se sabe. Mi jaula estaba casi vacía, un par de ponis más, la otra ya estaba limpia.
-Sal de una vez- me di la vuelta al escuchar al semental, el unicornio esclavista usaba su escopeta para empujar a un corcel fuera de la jaula. El mugroso pony terrestre era un poco más joven que yo, aun así parecía tomárselo todo con más calma y madurez. Su rostro era una roca, sus ojos reflejaba el temor que sentía, pero su expresión era casi impasible. Una cuerda le rodeó el cuello y el cañón de una pistola envuelta en magia se pegó a su cabeza.
El unicornio volvió a cerrar la jaula con su magia al tiempo que arrastraba al pony hacia los compradores, aun quedaba una considerable cantidad de ponies dispuestos a gastar corcholatas y alimentos en otros ponies.
Nunca podría yo saber el nombre de aquel corcel, solamente supe que era bastante digno para ser un esclavo y que fue vendido al mejor postor en setecientas corcholatas.
Aun quedábamos dos en la jaula, otro semental que me ignoraba, pero que de vez en cuando me lanzaba miradas llenas de angustia, no dijimos nada. No era necesario decir en voz alta que nuestra vida se había convertido en un infierno para darnos cuenta de ello. Se notaba como un corcel bastante fuerte, grande y con una enorme barba de candado, desaliñado como todos los habitantes de estas tierras desoladas. Él era el siguiente. El unicornio de la muerte llegó para llevárselo, no opuso resistencia, por el contrario, bajó los hombros, dejó colgando su cabeza mientras las cadenas le rodeaban el fornido cuello. Me volteó a ver una vez más, lo único que pude hacer fue pronunciar un callado "adiós".
Me sentía tan inútil.
Aquel pony fue bastante peleado por los compradores. Hubo varios heridos de gravedad. Su complexión y aparente docilidad le daban puntos con los esclavistas. Una yegua que se paseaba por el apocalipsis en vestido veraniego y herraduras de tacón lo compró, dos mil tapas de botella.
En cuanto el gran semental salió del mercado arrastrado por su nueva dueña, el unicornio se apresuró a sacarme de la jaula. No hacía falta, de verdad. En cuanto el cerrojo se abrió yo estaba ya en la puerta. No intenté escapar, si es lo que podían pensar, simplemente… me quedé parada, sintiendo la gruesa cuerda clavarse en mi pelaje. Un jalón, comencé a caminar.
Después de haber pasado horas encerrada, de ver a tantos intentar pelear, e incluso tratar de escapar y morir en el intento, me desanimó extremadamente. No tenía armas, no tenía mis amigos. Daba igual lo que hicieran conmigo. No había esperanzas de salir, solamente muerta. Y sinceramente no estaba dispuesta a repetir esa sensación otra vez.
Llegué al frente de una gran audiencia, ojos brillantes y llenos de deseo se posaron en mí. Yo era de las pocas yeguas que habían llegado a pisar el Mercado ese día. Tomando en cuenta que la mayoría de los compradores eran sementales, bueno, no me costaba imaginar lo que harían con una poni en su propiedad. Me estremecí al pensar en ello, pero incluso ese temor no parecía demasiado para despertar mi instinto de auto-conservación.
-Y ahora, tenemos aquí a una yegua- dijo el terrestre que había estado gritando precios y descripciones durante todo el día-. Como pueden ver, esta recién salida del establo- su asqueroso casco señaló mis ropas, lo único que me habían dejado conservar. Algunos sementales comenzaron a murmurar entre ellos.
-Terminemos con esto de una vez-gruñó el terrestre, y todos los otros asintieron-. Cien corcholatas por esta… eh… pony de establo.
Ni una sola pistola se alzó.
-Cincuenta.
Nada.
-Veinte.
Una vez más, nada. No sabía si sentirme aliviada o insultada.
-¡Quítale esa cosa!-gritó uno de los sementales. El resto apoyó su moción.
Querían verme desnuda, lo cual no tenía sentido porque generalmente los ponies no utilizamos ropa. Es más, casi la mitad de los compradores iban con nada más que sombreros o zapatos.
Volteé a ver a mis captores, se notaban algo cansados tras haber pasado horas ahí. No estaban de humor para tonterías. El agarré mágico del unicornio me arrancó parte de la ropa, las zonas reforzadas, mientras que los cascos del otro desgarraban la tela. En segundos estuve ahí, parada frente a un montón de sementales sexualmente hambrientos con las alas descubiertas.
-¡Un pegaso!-parecía ser la expresión en general.
Los ojos del terrestre y el unicornio cambiaron del impacto a la codicia en cuanto vieron que podría ser beneficioso para ellos el tener algo un poco más exótico para comerciar.
-Bien, ahora, ¿quién de ustedes cabezas de roca comenzará con cien corcholatas?- exclamó entusiasmado el corcel terrestre, con su casco forzándome a abrir mi ala derecha.
Varias armas aparecieron en el aire, al tiempo una voz emocionada gritó:
-Doscientas.
Otros ponies replicaron, alegando cada vez números más altos. Y cada vez que parecían dudar si subir o no el precio, el unicornio usaba su magia para extender mis alas. Un par de veces me obligaron a darme la vuelta y mostrar el, eh, qué palabra usaron… plot.
Al final, un corcel terrestre de curiosos ojos morados gritó algo que marcaría mi destino:
-Dos mil quinientas corcholatas.
Nadie más tuvo las bolas de estambre para intentar vencer aquel precio. El pony de ojos purpuras había ganado la subasta, y como tal había sido yo entregada. La cuerda pasó a su boca. Comenzó a arrastrarme hacia la salida, pasamos por donde estaban los guardias no sin que me dirigieran una mirada burlona. Salimos.
El páramo nos recibió con un nuevo cantico de falsas promesas y algo de esperanza moribunda. Aun así, mientras era arrastrada, comencé a pensar en Rex, en Jitters y en lo decepcionados que deberían estar de mí. Aquel pony a mi lado iba cargado con un rifle de cacería, una buena reserva de balas y un muy lindo sombrero de antes de la guerra. De haber querido, estoy segura de que habría podido matarlo a patadas, le hubiera podido quitar todo y regresar a buscar a mis amigos.
Pero no hice nada de eso.
En cambio me dejé arrastrar por mi nuevo amó hacía una parte desconocida del yermo arcoíris.
…
-Anda- dijo mi nuevo amo, Jack era su nombre, jalando la cuerda que sujetaba mi cuello hacia él. Habíamos caminado por horas, ambos estábamos algo cansados así que paramos a descansar junto a una enorme roca, él se contentó con grandes tragos de agua de su cantimplora. No quería hacerlo, pero la sed me obligó a decirlo, le pedí algo de agua.
-Claro- dijo él cuando escuchó mi petición, pero en lugar de darme lo que sobraba de su contenedor, me arrastró hacia un charco multicolor que mi Pipbuck inmediatamente calificó como radiactivo-. Bebe- gruñó con una sonrisa torcida.
-Eso tiene demasiada radiación-le repliqué, estaba harta del sujeto y a penas lo había escuchado hablar un par de veces. Él hizo caso omiso de mi ceño fruncido, simplemente respondiéndome:- No es para tanto, un poco de arcoíris líquido no te matará. Ahora, si deseas tener potros en un par de generaciones tus nietos tendrán seis piernas en lugar de cuatro, ¿no es genial?
¡No! no sonaba genial… quizás un poco, pero era una tontería pensar que yo bebería del agua estancada en la tierra cuando el sujeto tenía una botella llena de agua.
Negué con la cabeza. Si había algo que Jitters me había enseñado, era a no dejarme intimidar por los ponies de la tierra desolada. Planté bien firmes los cascos en el suelo, no me movería hasta que ese idiota me diera algo de beber.
El corcel se movió con la velocidad de un rayo, sus cascos me atraparon por el cuello. Con una patada rápida me derribó y se colocó sobre mí, sus pesuñas me tapaban la garganta. Mis ojos estaban llorosos, comenzaban a dolerme los pulmones por la falta de aire. Intenté pelear, quise luchar, levantarme, pero él era muy grande. Su peso me mantenía en el suelo, aplastando cada hueso de mi cuerpo.
Se agachó y con una voz tan fría como el hierro me susurró al oído.
-Escúchame, pedazo de basura- su aliento me hacía cosquillas, su agarre se aflojó lo suficiente para dejarme respirar-. Ahora me perteneces, harás lo que yo diga porque ahora eres mía.
En cuanto se quitó de encima de mí, me di cuenta de que había pasado un buen rato comiendo tierra. Tiene un sabor muy peculiar, entre polvo, carne de insecto y radiación. Me levanté, me sacudí lo mejor que pude bajo su mirada juzgadora. Le dirigí una última mirada de odio y luego comencé a beber del charco. El infernal pitido del Pipbuck no se hizo esperar. Mi corazón se detuvo varias veces, no supe si era por la enorme radiación que estaba tomando o por el ruidito de mis pesadillas.
-Suficiente-murmuró amenazador el semental segundos antes de darme una patada en los costados. Caí y me levanté sin dejar de observar sus ojos, mordaces, inyectados en sangre… hambrientos. Intenté sacudirme esa sensación, pero el simple hecho de ver sus ojos me daba escalofríos. Me volvió a empujar y luego se adelantó, jalando de mi correa.
Le seguí con la cabeza baja, gotas multicolor cayendo a mi paso en el suelo infértil de las tierras desoladas. Una vez más, nos vimos en un silencioso viaje. El viento soplaba con cierta fuerza ese día, golpeándome la cara y enredándome la melena. Al idiota de Jack le importaba una melena estarse llenando la cara de tierra. Lamentablemente, la arenisca que parecía aventurarse en cada parte de mi cuerpo no se conformó con fastidiarme un rato. El viento creció, y con él comenzó a arrastrar más arena. Y más. Antes de haber avanzando más, ambos, mi captor y yo, nos dimos cuenta de que la tormenta nos mataría si seguíamos por ese camino.
El pony de ojos morados, entrecerrados por el aire que soplaba directo en ellos, me hizo un gesto con el casco y jaló de mi cuerda. Él iba al frente, avanzando con cierta lentitud en dirección contraria de la tormenta. No tenía idea de a dónde me llevaba, así que intenté avanzar a tres pesuñas mientras revisaba el mapa del Pipbuck. Lo que mi pequeña terminal me mostraba era un plano verdoso de desierto y más desierto. Uno que otro asentamiento, la isla de Shove, la cueva de los Rangers… pero nada más. No había mucho que ver, mucho menos un refugio a la vista.
Un sombrero voló frente a mi rostro, lo tomé con mi casco y sin tiempo para admirarlo lo metí en entre mis alas. Casi me arrastra el viento por haber abierto una, pero ahora el sombrero de la pre-guerra estaba a salvo.
Estando ciega sin la ayuda de mi Pipbuck, me decidí a no luchar más contra el caprichoso destino. Me dejé arrastrar por Jack, esperando que él supiera qué hacer. Caminamos unos minutos antes de que su voz resonara por encima del furioso ventoso arenal.
-¡Corre!-gritó un segundo antes de casi ahorcarme con la soga. Tardé un poco en reaccionar, pero logré seguirle el paso. Atravesamos unas cuantas formaciones rocosas que rompían el viento un poco. Fue un alivio.
-¿Ahora a dónde?- me atreví a preguntarle, con el corazón latiéndome rápidamente, la boca seca y la arena donde no debería estar.
El terrestre movió la cabeza un par de veces, escaneando los alrededores para finalmente alzar su casco y señalar al este. Asentí. Esta vez ambos corrimos a la par, atravesamos más rocas antes de llegar a un sitio más o menos seguro. Estábamos sentados entre dos paredes de roca. Jadeando, y aun con algo de arenisca metiéndose en mi boca, logré tranquilizarme lo suficiente para dejar de escuchar el Pipbuck pitando por la radiación presente en el aire... Sí.
Mi nuevo amo parecía un poco menos agitado, su pecho bajaba y se elevaba con cierta frecuencia y también se notaba un poco ansioso por la arena que aun nos llegaba, pero su rostro seguía siendo una roca inquebrantable. Sacó la cantimplora de los pliegues de su ropa y comenzó a beber.
Quise suplicarle que me diera un poco. Quise arrodillarme a pedírsela. Mi boca estaba seca, arenosa y sedienta.
Pero no hice eso. Abrí mis alas y dejé caer el sombrero de mi captor. Con un casco lo agité frente a su rostro mientras mis ojos señalaban con firmeza la cantimplora. Jack alzó las cejas, pero no dijo nada, me lanzó la botella mientras yo le daba el sombrero.
-Bien jugado-dijo con una sonrisa soberbia mientras se colocaba su preciado accesorio sobre su despeinada crin marrón.
Sonreí en respuesta, le quité la tapa a la cantimplora y la acerqué a mis labios. Un torrente de fría arena me llenó la boca.
-Demasiado bien jugado- continuó con una carcajada mientras yo tosía en un intento por evitar que más arena entrara a mi sistema.
Quizás debí haberlo imaginado. Mi boca estaba más seca que nunca, y los granitos de tierra se metían entre mi lengua y mi paladar de una manera bastante incómoda. Decidí no decirle nada, en cuanto terminara la tormenta podríamos irnos y quizás encontrar otro charco.
Me recosté e intenté dormir unas horas. El viento soplaba con bastante fuerza, silbando entre las rocas y metiéndose entre mis orejas. Había perdido mi ropa y todo el frío comenzaba a calarme, comencé a temblar un poco. Entre estar dormida y tiritando de frío me di cuenta de que llegó un momento en que no me afectaba tanto la falta de armadura. Sentí algo cálido recargándose en mi costado. Alcé la cabeza y encontré a un roncante pony terrestre.
Estuve a punto de murmurarle un agradecimiento, pero él habló primero, haciéndome brincar.
-Ni lo pienses-dijo Jack entre dientes-. Invertí mucho en ti como para dejarte morir de frío.
No dije nada, pero en mi cabeza no dejaba de repetir y repetir lo mucho que apreciaba lo que había hecho por mí. Quizás era una tontería, pero era mejor estar con aquel semental, que sola y perdida en las tierras desoladas.
La tormenta no parecía que fuera a parar pronto, así que regresé a mi espacio en la tierra y me acurruqué más cerca de mi captor, quedándome dormida al poco rato gracias a la seguridad que me brindaba la presencia de otro pony que, aunque me privaba de mi libertad, nunca me quitaría la vida y haría lo posible por evitar que otros le quitaran tal honor.
…
Había pasado un día, quizás dos, desde que la tormenta nos dejó tranquilos y pudimos continuar nuestro viaje. Caminamos durante incontables horas por los páramos solitarios, únicamente acompañados por el ocasional tono de la radio y la voz del pony que la dirigía.
Mis cascos me mataban, mi estomago se estaba comiendo a sí mismo y mi boca seguía seca. Jack parecía no molestarle el haber pasado dos días sin comer, ni beber nada más que agua irradiada del suelo. Durante todo ese tiempo no pude evitar preguntarme a dónde nos dirigíamos. Habíamos vagado mucho como para pensar que llevábamos un rumbo fijo. Procurábamos evitar los asentamientos, campamentos y guaridas de bandidos, y vaya que encontramos bastantes en nuestro camino. En general, él me obligaba a ir atrás, cubriendo él la mayor parte del terreno antes de asegurarse que era seguro dejarme pasar.
Una vez encontramos un par de asaltantes, estaban recolectando basura en una de las muchas carrozas que la llanura había devorado el día de las bombas, realmente no nos prestaban atención, simplemente se cargaban la espalda de viejas botellas de vidrio y ropas que estaban regadas por el vagón de la gran carroza. A Jack no le costó nada acercarse por detrás y rebanarles la garganta con un cuchillo casi oxidado. Mientras eso ocurría, yo estaba agachada a un lado del vagón, sin ver nada, simplemente escuchando la forma en que la sangre borboteaba en la garganta de los bandidos al momento de morir.
Me daba escalofríos escuchar los cuerpos sin vida caer, más aun cuando no estaban del todo muertos y comenzaban a patear o a gritar suplicando piedad. Agradecí enormemente no poder verlo en realidad.
Desde ese día el idiota de Jack me obligó a vestir una armadura de asaltante, me había dicho que era mucho mejor que no llevar nada puesto y tuve que ceder, era un buen punto. Pasé dos días enteros enfundada en el cuero de asaltante mientras trotaba detrás de Jack.
La mañana del tercer día ya me sentía desfallecer, fue cuando una sombra cuadrada me devolvió la esperanza. Frente a nosotros se alzaba una construcción de piedra, con una fachada de color purpura, ventanas rotas tapadas con tablas y puertas de madera color avellana. Mi Pipbuck se encargó de darle un nombre bastante informativo: Casa de Dusk.
-¿Dónde estamos?- pregunté a Jack, intentando no sonar como una ingenua pony de establo.
Jack me miró con una sonrisa que decía que no había funcionado.
-En tu nuevo hogar, pequeña pony.
Nota al pie de página: 80 % para el siguiente nivel.
Nuevo beneficio de facción agregado: Yegua de trabajo: a caballo regalado no se le ve el diente, ser esclavo no es tan malo cuando sabes mantener la cabeza baja. Sólo recuerda mantenerte lejos de Fillydelphia. Este beneficio te otorga un punto en Resistencia siempre que haya una soga, cadena o collar en tu cuello.
