《Adrien Agreste: modelo y diseñador》

Apenas terminaron de clases, el joven heredero Agreste se retiró a toda velocidad a su destino. No tuvo tiempo de despedirse de su musa por lo que le extendió una nota antes de partir.

Subió al automóvil que conducía su guardaespaldas y dieron marcha. En el camino el joven se puso a estudiar las notas que siempre procuraba escribir cada que su padre, u otra persona de la industria de la moda, le otorgaba explicaciones de todo tipo para sus futuro trabajos.

Sabía que no tenía las mismas habilidades de alguien como Marinette o su progenitor, pero estaba seguro que daría su mayor esfuerzo y más con la ayuda de ellos dos.

Hojeando ese mismo cuaderno encontró el primer trabajo en que se inspiró en su compañera, justo fue algo que ilustró una semana antes de que ella le hiciera su proposición. Todo le quedó como anillo al dedo, si ella no se hubiera atrevido a pedirle aquello, él no hubiese tenido el valor de hablar con ella para que trabajaran juntos en su proyecto artístico.

Llegó al reciento y su chófer le ayudó a bajar cajas, un par de maniquíes y varios rollos de telas. Su padre no estaría ese día en el pequeño local, por lo que él estaría trabajando solo.
El hombre corpulento le indicó que estacionaria a un lado el vehículo para después acompañarle.

– Claro. – Sonrió con amabilidad. – Gracias.

El trabajador se retiró por unos minutos, los cuales Adrien utilizó para acomodar todo lo que habían llevado al lugar. Todo aquello solo representaba una tercera parte de lo que usaría para la colección conjunta. Aquello era emocionante pero también podía resultar aterrador. Respiró profundo ante esos pensamientos.

Se quitó la camisa, colocó en un pedestal su libreta de notas, una cinta métrica rodeo su cuello y finalmente portó unos anteojos similares a los de su padre. Ese era el cambio que Adrien hacía cada que trabajaba en el atelier familiar. Dejaba de ser el modelo para convertirse en el joven diseñador.

La puerta sonó y al ver por encima de su hombro se encontró con que su guardaespaldas llevaba un par de bebidas para ambos.

– Gracias. – Pronunció tomando el vaso con té helado de kiwi. – ¡Ha trabajar!

Con la ayuda su cuidador acomodó los dos maniquíes, los cuales empezó a modificar con las medidas de su amiga; eso le serviría muy bien para ir probando las prendas sin tener que pedirle que asista a diario.

Lo vio de lejos, con una mueca de satisfacción. Era momento de comenzar este nuevo proyecto con esa preciosa chica en mente.

– ¡Oh Marinette! – Habló para si mismo. – Lucirás como la musa perfecta. Lo juro...