Si esperaban novedades, yo no podía dárselas porque, todo lo que sabía sobre el incidente, envolvía a la persona de Erik, de quién no pensaba decir nada.

-En realidad, sí- solté. ¡Vaya, hombre! Ya la estoy liando. Yo y mi manía de abrir la boca para algo más que para comer…- Pero me temo que es información confidencial- Menos mal que a veces también te da por pensar, Cristina.

-Sin embargo, nosotros somos parte interesada en el asunto- intervino Richard y Moncharmin asintió- Bouquet trabajaba para nosotros y alguien lo mató en nuestra ópera, en nuestros pasillos, junto a uno de nuestros decorados- Llegan a decir "con nuestras manos" y los acuso de haber sido los autores. Humf, ¿no resolvería eso mis problemas? Fingí meditar lo que me habían dicho, mientras dejaba la idea aparcada en un rinconcito de mi cabeza.

-De acuerdo, tengo un par de sospechosos- les dije, mesándome la barbilla-. Ahora que Mlle Daae ha vuelto, voy a aprovechar la oportunidad para vigilarla de cerca- y a volver a pedirle un autógrafo, asegurándome de llevar papel encima.

-¿Mlle Daae?- repitió Moncharmin- ¿Ya ha regresado?

-No habrán recapacitado sobre dejarla a ella cantar como Margarita, ¿no?-pregunté rápidamente.

-¡Por supuesto que no!

-Pero, recuerden el aviso, señores míos- les dije, poniendo cara seria y zarandeando un dedo delante de sus narices- Es una gran amenaza la que pende sobre sus cabezas y la de todo su público. Si algo llega a pasar, por supuesto-. Ya está, ya lo había dicho, no lo habría podido dejar más claro: es grande, pende, está sobre sus cabezas… vamos, que el candelabro se va a caer como hagáis enfadar a Erik…- Además, he oído rumores de que la Carlotta no va a venir, porque no se encuentra demasiado bien.

Como si me hubiera oído, la puerta se abrió de golpe y entró la gran diva, dándose aires de ser divino y con expresión enfadada.

-Ma non! Signore Moncharmin, signor Richard…-se interrumpió al verme allí pero optó por hacer como si no estuviera delante- ¡Acudan esta noche a la ópera porque van a ver a la mejor Marguerite de todos los tiempos!-gritó, se dio media vuelta y se marchó mascullando algo sobre "les amis de la estúpida de Daae".

-Yo creo que se encuentra en plena forma-se sonrió Richard, mesándose el bigote- Así que no se preocupe usted.

-Y ahora Inspectora, si hace el favor de marcharse, hay algunos asuntos más importantes de los que tenemos que ocuparnos- me despidió Moncharmin, sin mucha amabilidad. Salí de allí y me dirigí hacia el pasillo donde se encontraba el camerino de la Carlotta, ignorando la grosería de los managers. Ya se encargaría Erik de darles una lección, si yo no conseguía evitar que la diva cantara. Si todo iba bien, ella ya habría encontrado la carta.

Un grito sopránico confirmó mis sospechas. Me dirigí hacia la puerta del camerino y llamé a la puerta. La misma la Carlotta me abrió. Llevaba el papel en la mano y, por su aspecto alborotado, supe que ya la había leído. Al verme, se quedó paralizada pero enseguida se recuperó.

-¿Qué quiere usted?- me dijo, poniendo en cada sílaba todo el acento español que pudo.

-La oí gritar y pensé que le había pasado algo- me inventé, observando con cuidado su expresión-. Veo que ha recibido una carta de un admirador secreto- dejé caer, con lo que la diva me miró extrañada- No se sorprenda, todo el mundo en la ópera lo va comentando hoy- Venga ya, más mentiras… Cristina, Cristina, ¿dónde te estás metiendo?

-¿Comentando qué?- el tono de la mujer se volvió suspicaz.

-Que un caballero guapísimo y muy elegante hizo traer esa nota para usted- le guiñé un ojo y me acerqué un paso hacia ella- ¿Es verdad que está muy enamorado de usted? Debe de admirarla mucho- Para mi buena fortuna, la soprano se dejó llevar por la vanidad. Sonrió.

-Es posible- murmuró con ojos brillantes- Volvió a mirar la carta y su sonrisa se ensanchó.- Debe de ser un caballero muy inteligente si tiene tan buen gusto…

-Sin duda, sin duda- asentí, emocionada al ver que tragaba el anzuelo- ¿Y qué le dice? ¿Quiere verla?_ pregunté en un susurro, acercándome un poco más.

- Oui, desea conocerme en persona. Esta noche.

-Oh, señora… ¿Y qué va usted a ponerse?

-Realmente, no lo sé- parpadeó confusa- Pero, ¿por qué está usted tan interesada?

-Bueno… es que es un orgullo que una dama de nuestra ópera y una compatriota, sea tan admirada. ¿Cómo va a peinarse? ¿Por qué no se pone ese perfume que le sienta tan bien?- Ella iba contestándome con monosílabos, nuevamente confiada, con un arrebol en las mejillas cuando, de pronto, se llevó las manos a la cabeza- Ma non! Non! Non! ¡No puedo acudir estar noche a la cita!

- Pero, ¿por qué?- inquirí aturdida. ¿Habría adivinado que la carta la había escrito yo?

-Porque esta noche tengo una función muy importante- clamó como si se tratase de un papel ensayado, con un gesto de afectación-. Los amigos de Mlle Daae planean algo contra mí y yo tengo que estar lista y asegurarme de que mis amigos están aquí para interceptarlos- Gritó y cerró la puerta en mis narices.

Llamé, rogándole que me abriese, pero no atendió a razones y, finalmente, tuve que marcharme. Mi plan (excelente donde los haya), había consistido en citar a la diva en nombre de un acompañante que no iba a presentarse y hacer que se quedase esperando un largo rato- tanto como para que se le pasase la hora de la actuación y la Daae tuviera que sustituirla y, dado el caso de que no fuera paciente y no quisiera esperar el tiempo necesario, entretenerla o, incluso, emborracharla para que se quedase durmiendo la mona.

Pero como ahora se había encerrado en el camerino me dio que ya no iba a salir hasta la hora de la representación y, por consiguiente, no iba a poder hacer ninguna de esas cosas.

Aturdida, pero sin ganas de darme por vencida, regresé a mi habitación. Comprobé que Erik no había dejado nada para mí (al parecer, llevar a cabo sus planes debía de tenerle muy ocupado) y estuve recorriendo el cuarto durante unos minutos, pensando para mis adentros en cómo evitar la catástrofe. Entonces se me encendió la bombilla: el candelabro no podía caerse si no había candelabro. Pero, ¿cómo iba a librarme de ese armatoste que pesaba toneladas? Me desplacé hasta el escenario, donde ya empezaba el bullicio de los preparativos, y me quedé mirando a la enorme araña de cristal. Erik era capaz de grandes trucos de ilusionismo, pero o no sabía nada de ellos y me inquietaba no saber cómo hacer desaparecer el candelabro. Quizás, pensé, no hacía falta deshacerme de él, sino asegurarlo de tal modo que impidiera a Erik arrojarlo sobre el público.

Llamé la atención de Gavroche, que acababa de aparecer. Fui corriendo hasta él y le pregunté quién era el responsable de la lámpara.

-Nadie, Mlle. En todo caso, habría que avisar a los managers, supongo- me explico, encogiéndose de hombros. Parecía más tranquilo. Sin duda, alguien le había dicho que no le iban a despedir. Le di las gracias y volví al despacho de los managers.