.
7. El paso del tiempo
Hay veces que somos terriblemente conscientes del paso del tiempo. Pasamos nuestra vida sin pensar en él, intentando ignorar que siempre sigue adelante, deleitándonos cuando eso nos viene bien. Los gatos no tienen ese problema, pasan durmiendo el setenta por ciento de su tiempo sin que les importe. Pero nosotros tenemos miedo, porque sabemos que cuanto más avancemos menos queda para el final.
¿Cuándo somos terriblemente conscientes del paso del tiempo? Cuando usamos un microondas. A veces un minuto se nos hace eterno, esperando a que termine de calentarse nuestro vaso de leche. Otras veces nos damos cuenta de que hemos perdido medio minuto en guardar la mantequilla en la nevera. ¿Cuántos medios minutos perdemos a lo largo del día? ¿Cuántos perdemos en una vida?
Lo peor de todo es que ser conscientes de ello no hace que cambiemos. Seguiremos perdiendo tiempo de forma voluntaria, seguiremos anclándonos en el pasado como si eso sirviese de algo y anhelando un futuro que no sabremos si llegará. Olvidamos que también existe un presente.
.
Pilar Aizcorbe, 18 años – España
Intento incorporarme, pero no puedo. Noto la asfixia en mi pecho y las lágrimas en la garganta. Da igual lo mucho que luche por moverme, lo único que consigo es mirar la cama de hospital en la que yace mi padre. De pronto entra Joaquín y me mira con decepción, mientras mamá se lleva la mano al pecho porque está sufriendo otro ataque.
—Arriba, chica, deja de dar vueltas.
La voz que apenas reconozco se repite con un eco extraño y gracias a ello consigo salir de la inconsciencia. Parpadeo, confusa, en un intento de ver algo. Se cuela luz por las cortinas abiertas.
—¿Qué pasa? —pregunto en medio de un bostezo.
—Venga, no tengo todo el día. Llegas tarde al desayuno.
Me mira con exasperación y después se marcha dando un portazo. Marta López, mi mentora, es una mujer un poco rara. Ya anoche cuando la conocí no me cayó bien. Aunque tampoco es que haya venido para hacer amigos.
Voy al baño a asearme. La ducha sirve para quitarme el sudor que la pesadilla ha dejado en mi cuerpo. Qué desagradable ha sido. Lo peor era que no conseguía despertarme, a veces me pasa y es una sensación horrible. En casa me iría hasta la habitación de mamá para acurrucarme con ella o andaría unos metros para tirar piedras a la ventana de Joaquín y él me consolaría sin necesidad de palabras. Pero he tenido que irme, ahora ellos dos no pueden venir a animarme.
No sé cuándo el tiempo ha pasado tan rápido. En qué momento las manecillas del reloj empezaron a correr hacia delante, llevándose mi infancia y mi adolescencia. Ahora casi se han detenido porque el final siempre es la parte que más se sufre.
Abro el enorme armario, cojo una camiseta blanca de tirantes y unos vaqueros. Mientras me visto, los ojos se me van a la mesilla de noche. Me acerco y miro el libro que he dejado sobre ella: El Principito. Fue mi primer libro, papá me lo regaló y me lo leyó tantas veces que los dibujos deberían estar desgastados. Siempre será mi preferido.
Recorro con el dedo las letras del título en la portada y me viene a la cabeza la despedida con mamá. Sus lágrimas dolieron como si ya me hubiera ido para siempre, como si la hubiera dejado igual que papá tuvo que dejarnos. Me dijo que siempre fui su mayor orgullo, el de ambos. Joaquín se comportó muy diferente, nunca le había visto así. Entró gritando de todo, completamente fuera de sí. Después me refugió en sus brazos y allí me permití llorar porque tenía miedo de no volver a verle nunca más…
Les prometí a los dos que no me dejaría vencer. Y eso haré.
Sobre una silla sigue el vestido que me pusieron anoche, mi compatriota Santiago y yo fuimos a juego de bailaores flamencos. La verdad es que me dio igual, como si me hubieran puesto un saco de patatas, a él pareció enfadarle un poco aunque no podría asegurarlo.
Voy hasta el comedor, donde ya está servido el desayuno. Me siento en la primera silla que veo y cuando escucho otra arrastrarse veo que Marta está alejándose un poco de mí. Ni que tuviera la lepra.
—Ya era hora. Bueno, tributos, mi trabajo es guiaros por el camino correcto. O al menos el más adecuado para vosotros. No es que me lo pongáis fácil, pero tendré que trabajar con lo que tengo.
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunto, ya algo molesta.
—Una chica de campo y un estirado ricachón no es exactamente lo que esperaba.
—¿Y qué que sea de campo? Además está claro que la más estirada aquí eres tú.
Me parece escuchar que Santiago suelta una risita, aunque la esconde en una tos. La mujer me dirige una mirada envenenada que podría haberme matado del susto. Valdría para villana en una película.
—Eso no viene al caso —dice mi compatriota—. Señora López, me gustaría saber cuál es la programación para antes y durante los Juegos.
Me cruzo de brazos, algo enfurruñada por lo idiota que es Marta, pero me callo porque sé que de alguna manera dependo de ella. Empieza a hablar sobre entrenamientos y entrevistas, no consigo prestar demasiada atención. En vez de eso imagino lo que haría en casa: saldría a cuidar de las vacas, Joaquín llegaría y besaría mi frente, después desayunaríamos cosas mucho menos sofisticadas pero que de alguna manera me saben mejor y mamá bajaría a saludarnos.
Es doloroso casi de forma física salir de esas ensoñaciones. Pero tengo que prestar atención, puede que la clave entre vivir o morir esté entre alguna de las palabras de las dos personas que me acompañan. Todo lo que haga estos días puede ser un paso decisivo.
Miro a Santi para agradecerle que me pase la mermelada. Él rehúye mis ojos. Supongo que esto deja algunas cosas claras entre nosotros. Y me siento más sola que nunca.
.
Ignacio Moreno, 16 años – Argentina
—¡Buenos días!
El grito en mi oreja hace que dé un respingo, después hundo la cabeza en la almohada, no quiero despertar todavía. Noto que alguien sube a la cama y da botes, cogiéndome del brazo para que me incorpore. Refunfuño, Victoria es una pesada.
Estoy tan dormido que tardo en darme cuenta de que falla algo. Esa voz de hombre no es la de mi hermana, tampoco ha tenido nunca tanta fuerza.
Me incorporo de golpe y pestañeo para intentar acostumbrarme a la claridad. Veo al enorme tipo que anoche se presentó como nuestro mentor sacudiéndome. Tiene una sonrisa tan grande en la cara que me quedo desconcertado. Nunca se me ha dado muy bien saber dónde estoy cuando me despierto, teniendo en cuenta todo lo que ha cambiado mi vida en solo un día… Bueno, hoy estoy más espeso de lo normal.
—¿Nicolás?
—Uf, ese era mi padre —replica él riendo—. Nacho, puedes llamarme Nico.
—Si no te importa, no me gusta mucho Nacho, ni Nachete o cosas por el estilo.
—¿Qué tal Ig?
—¿Ig? ¿Qué clase apodo es ese…? —me interrumpo al darme cuenta de que alguien nos mira desde la puerta.
Ayer no hablé con Iliana pero tengo curiosidad por ella, lo poco que le escuché decir consiguió hacerme reír. Y no es que ayer tuviera muchas ganas de divertirme. Me hace un gesto con la cabeza al ver que he advertido su presencia y se ríe cuando Nico vuelve a zarandearme.
—¿Qué pasa? —pregunto, no sé si estoy despierto del todo.
—¡Es hora de levantarse! Hay que alimentar ese cuerpo flacucho que tienes. Y hay mucho que hablar. Ili y yo hemos estado esperándote pero nos hemos aburrido. Bueno, yo me he aburrido. Y tengo hambre, así que venga.
Por la cara de mi compañera, no le hace gracia el apodo. Me lo confirma cuando empieza a quejarse de camino hacia el comedor. Cierro la puerta para cambiarme de ropa y asearme un poco. Cuando llego a la mesa ya están devorando todo lo que pillan. Entonces, ¿para qué me estaban esperando? Ah, claro, porque habrá cosas que hablar y clases que recibir. Creo que esto no me va a gustar.
—¡Hola, Ig! —me saluda Nico—. ¡Siéntate! Le estaba diciendo a Ili que ha sido divertido. A ver si mañana se queda ella dormida más tiempo y podemos ir a molestarla.
—Si a mí me despertáis así os arranco la cabeza —replica ella.
Me echo a reír. Cojo algo de beicon y unos huevos fritos. No suelo desayunar cosas así pero el olor me ha abierto el apetito. Es buena señal que tenga hambre, tal vez influya el hecho de que ayer no comí casi nada en todo el día. O que todavía no asimilo bien la situación. Pero es mejor que no me pare a pensar en eso.
—Mi hermana Vic suele despertarme así. Aunque hoy la ha sustituido un tío enorme.
—Las mujeres son más pillas, seguro que ella lo consigue antes —dice el mentor sonriendo—. Me ha costado más de diez minutos. Empezaba a pensar que estabas en coma.
—Victoria es muy bruja cuando quiere.
—¡Un poco de respeto! —se queja Iliana.
—Es la verdad, me maneja como quiere. Y en general todas sois más avispadas que los chicos. Al menos a nuestra edad.
—Entonces el problema lo tenéis vosotros.
Discutimos un rato acerca de eso. Nicolás va saltando del bando femenino al masculino solo por molestar. Me sorprende pero estoy pasando un buen rato, tal vez he tenido suerte con quienes me ha tocado. Picar a mi compañera es divertido, creo que me recuerda un poco a Vic.
Y pensar en eso me lleva inevitablemente a las despedidas. Mis hermanos iban de las lágrimas a la cólera a tanta velocidad que no me daba tiempo a asimilar los cambios, hubo muchos gritos pero intenté que no me pusieran nervioso. Mis amigos también vinieron, escuché palabras de ánimo que me sonaban vacías. Es decir, nadie puede prometerme que todo va a salir bien. Mamá no lo hizo. Ella ya no cree en la suerte, dejó de ser optimista el mismo día que papá murió, así que se podría decir que nunca la he visto alegre. Todo el día de ayer recordé el momento del accidente de moto. Sé que ella no puede perder a nadie más, no puedo hacerle eso.
—¡Eh, Nacho! —me llama Iliana—. Alegra esa cara y come.
—No me llames así, no me gusta.
—Lo sé.
Sonríe enseñándome todos los dientes y me hace reír. Será mejor que me despida de mis seres queridos, si vivo estos días con ellos en la cabeza no podré seguir adelante. Así que les digo adiós y dejo que se marchen hasta Argentina, donde deben estar. Yo tengo que empezar a aceptar lo que pasa. Que estoy en las Seychelles, que tendré que escapar de asesinos y tal vez volverme uno, que me tocará ser listo.
Pero es difícil. Sobre todo porque la ciudad en la que estoy se llama igual que mi odiosa y querida hermana. La echo de menos
.
Eros Kapetano, 15 años – Grecia
—¿Queréis algo? —pregunta Sibilla retorciendo un mechón de pelo—. Estáis tan flacos… os puede dar algo. Eros, traeré una manta para ti. Si viene una corriente de aire te resfriarás.
Escucho a Althea resoplar. Yo sigo sin apartar los ojos de la pared del fondo. Nuestra mentora lleva toda la mañana paranoica. Empieza a contarnos algo de la programación de los Juegos y al instante siguiente se preocupa porque no llegaremos a ellos. He dejado de responder a sus preguntas hace más de una hora, aunque no parece haberse dado cuenta.
Pienso en el día de ayer, todavía me parece de locos. Mamá y papá entraron a despedirse gritándose cosas. Lloraron también, sí, pero estaban más ocupados discutiendo. Llegué a entender que mi padre quería contarme algo y mi madre pensaba que no era el momento.
—¿Que no es el momento? ¡Puede que no haya ningún momento más!
—No digas esas cosas, menos delante del niño. Vas a preocuparle.
—¿Es sobre Cassandra? —pregunté.
Se quedaron muy serios antes de negarlo, saben lo mucho que me afectó su pérdida, cambió toda mi vida. Estoy acostumbrado a las miradas de lástima, así que tampoco me afectaron.
Se despidieron diciendo que todo saldría bien. Papá estuvo a punto de decir algo pero se lo llevaron a la fuerza. La verdad es que no me intriga lo que querían contarme, si no tiene que ver con Cassy no es demasiado importante. Mamá se despidió diciendo que rezaría a los dioses todo el tiempo, pero la primera vez no ha servido de mucho.
Poco después escuché a mis padres gritando, supuse que seguían con la discusión. Horas más tarde me enteré de que les obligaron a firmar unos documentos en los que renunciaban a mis derechos. Lo sé porque me los enseñaron al llegar aquí. No sé si por diversión o para asegurarse de que sé que voy al matadero, de todas formas se quedaron con las ganas porque no reaccioné de ninguna manera.
Supongo que al resto de los tributos les han hecho firmarlos, menos al australiano que tiene mi edad. Hace unos años los Siete impusieron una especie de mayoría de edad a los dieciséis para algunas cosas, a los dieciocho para otras. Así que algunos pueden renunciar a sus derechos como seres humanos pero para conducir o beber tienen que esperar dos años. Es absurdo. Aunque preferiría haber firmado yo, no quiero ni pensar en las amenazas que habrán sufrido mis padres para ceder a eso.
Sibilla vuelve y me echa una manta por los hombros. Masculla cosas como "desagradecido" cuando no le digo nada y Althea le da una mirada envenenada.
—Hagamos algo productivo, si no te importa. ¿Puedo hacer una pregunta?
—Cuidado con las preguntas, porque ya llevan una respuesta implícita. —Mi mentora a cada momento me parece más desequilibrada.
—Sí, ya. Bueno en realidad es una pregunta para Eros.
Me obligo a mirarla. Ha sido muy agradable conmigo, ha aguantado mis silencios y me ha untado tostadas. Hacía mucho que no me había sentido tan niño, dejé atrás eso cuando Cassy desapareció. Pero tengo que reconocer que me gusta que me cuiden. Mamá suele estar ocupada con sus dioses o discutiendo con papá de política y él con el campo, además he crecido tan rápido que casi han olvidado que solo tengo quince años.
—Por lo que ha dicho antes Sibilla, no va contra las reglas trabajar en equipo —dice mi compañera—. De hecho lo más probable es que todo el mundo busque alianzas. ¿Querrías aliarte conmigo?
No entiendo por qué lo hace. He sido completamente maleducado con ella, no le he dado las gracias por nada. Además, cargar con un niño puede ser una desventaja. Igual lo hace porque soy alto pero no tengo pinta de ser fuerte.
—¿Por qué? —Tengo que preguntarlo.
—Quiero que trabajemos juntos. Quiero cuidar de ti.
Parpadeo repetidamente, tratando de asimilarlo. La miro intentando encontrar algo que me dé mala espina, una señal de que me está mintiendo para que me confíe o de que esperará a que estemos en la Arena para apuñalarme. Pero todo lo que veo en sus ojos es calidez. Creo que es sincera.
—Vale.
No le molesta mi falta de entusiasmo. Me sonríe y se vuelve hacia Sibilla para intentar sonsacarle algo más que sea útil. Me gustaría poder expresar lo agradecido que estoy, lo agradable que es que alguien pueda preocuparse por mí en un sitio como este, pero nunca he sido bueno para hablar. Así que me limito a escuchar y prestar atención. Yo también cuidaré de ella, no seré una carga.
.
Aanjay Vaishali, 17 años – India
Todo esto es un asco. Desde que me sacaron de mi país no han hecho más que tratarme como un títere. Primero tuve que firmar estupideces, después se atrevieron a mirar mi cuerpo sin pudor alguno y encima me exhibieron con los demás tributos como si fuéramos animales de un zoo. Si creyera en la reencarnación estaría segura de que hice algo muy malo en otra vida. Porque este castigo es insoportable.
Por si fuera poco, me ha tocado de compañero a un idiota redomado y pomposo.
—Señorita Vaishali, no es de buena educación fruncir el ceño, no está bien visto —me dice Jason.
Vaya, ahora resulta que le hace gracia molestarme. O eso o tiene muy poco respeto por su vida porque no le conviene hacerme enfadar.
—Eres un plasta. —Es agradable poder contestar lo que quiera, se acabó el tener que ser dócil, hola verdadera Aanjay.
Hace un sonidito irritante demostrando desaprobación. Pues me da igual lo que piense este estúpido de mí. Lo único que he sacado en claro el día de hoy es que me mantendré lo más alejada posible de él. Y que cuando me lo cruce en la Arena no dudaré demasiado en quitármelo de mi camino. No soporto a los que se creen mejores que los demás, sobre todo cuando no lo son.
—Eh, bueno, ¿qué estaba diciendo? —balbucea nuestro mentor—. No lo recuerdo. Ah, sí, que debéis comportaros delante de los demás. La actitud será importante, eso seguro.
Resoplo. Lo olvidaba, hay otra cosa que he aprendido hoy: Harshad también es idiota. No sé cómo he tenido tan mala suerte de tener que convivir con estos dos. Uno con tanto ego que va a salir volando y el otro tan nervioso que me saca de quicio. Aquí quien es más "hombre" soy yo.
—¿Por qué iba a importar eso? —pregunto—. Tenemos que entrar ahí y matar. Punto.
—No, Aanjay, verás… Ah, claro, no os lo he comentado todavía. Bueno, según tengo entendido, van a hacer algo llamado patrocinio.
Jason y yo esperamos, pero el estúpido ha vuelto a quedarse callado. No sé si es que es tonto de nacimiento o se cayó de la cuna o algo así. Está todo el rato estrujándose las manos y sudando a chorro, creo que le preocupa no hacerlo bien y que haya consecuencias. Pues va por mal camino.
Le toca a mi compañero hacerle un gesto para que siga. Harshad tarda en procesar pero por fin se explica.
—Eso, que habrá patrocinadores.
—Lo hemos captado —dice Jason en un tono petulante que hace que quiera darle un tortazo—. ¿En qué sentido se refiere a patrocinios? ¿De la misma manera que las empresas dan dinero a equipos para que lleven sus logos y demás?
—Mm… no. Creo. Bueno, no sé. Van a hacer algo así como los programas esos que estuvieron tan de moda hace unas décadas. Que la gente vote por mensajes y llamadas, que serán cada vez más caras. Y también quienes tengan más dinero pueden hacer contribuciones directamente.
Vale, esta información no me gusta. Soy una chica india que se comporta como no debe, nadie en la sociedad de mi país va a apoyarme. Me parece que voy a tener más problemas de los que pensaba.
—Pero como os digo será muy caro —sigue explicando—. Será para mandar comida, armas y cosas de ese tipo una vez que estéis en la Arena. Así que la popularidad puede salvaros la vida o al menos daros más tiempo.
—Perfecto —digo con rabia—. Es simplemente fantástico. ¿Alguna otra genial idea de los Directores?
Mi mentor se rasca la cabeza con inquietud, intentando pensar. Otra vez revuelve entre los papeles para asegurarse de que no se le olvida nada.
—¿Preocupada? —La pregunta de Jason hace que respire con fuerza para contenerme.
Al mirarle entiendo por qué le he cogido tanta manía. Es ese gesto que pone o tal vez cómo mira a los demás. Me recuerda a Lekhan, el estúpido novio secreto de Hianni. Imagino a mi protegida viendo en la pantalla gigante del Salón Presidencial cómo me sacan al escenario vestida con el típico traje indio, han conseguido lo que ella no en todos estos años. ¿Seguirá enfadada conmigo? Supongo que algún día llegará a entender que le salvé la vida al no dejar que se presentara voluntaria. Aunque puede que siga teniendo la cabeza hueca por mucho que envejezca.
Mi compatriota arquea una ceja. No sé qué estará pensando de mí pero tampoco me importa.
—Claro que no estoy preocupada.
Pone gesto de aburrimiento, como si ya hubiera esperado mi respuesta y toda yo hubiera perdido la gracia al ser predecible. Se cruza de brazos y vuelve a mirar a Harshad, parece que por fin ha encontrado la lista de temas importantes.
—Ah, claro, ya. Buscaros aliados os puede venir bien. Si a ellos les mandan cosas las compartiréis.
—No quiero limosna de nadie —replico, mordaz.
—No está entre mis planes acercarme a los demás tributos —suelta Jason—. Sería ponerlo fácil para que alguien me apuñale por detrás. Además, no tengo interés en intimar con nadie. Se supone que venimos a matarnos, ¿recuerda?
—Eh, ya, bueno…
Otra vez balbuceando, alguien debe haberle robado toda la hombría a mi mentor. Espero no depender demasiado de él. Y mi compañero no quiere saber nada de alianzas. Mejor, prefiero que las cosas estén claras desde el principio. Tampoco lo quiero como aliado.
.
Alaric Rasgazt, 18 años – Egipto
Isis tamborilea con los dedos sobre la mesa de cristal. Sus uñas hacen un ruido curioso y algo hipnótico al chocar contra la superficie. Para de golpe al darse cuenta de que miro su mano y veo que se sonroja. Tal vez cree que me molesta, aunque para nada es eso. Solo me parece curiosa su manía, yo no tengo demasiadas, creo que soy muy estático para considerarme normal. Por ejemplo, mi tía suele estar tocándose el pelo y la abuela juguetea con sus anillos. No suelo fijarme mucho en quienes tengo alrededor, pero voy a convivir un tiempo con esta chica así que me es imposible ignorarla.
—¿Qué hacéis ahí parados? —pregunta Amsu asomándose por la puerta.
—¿Dónde quiere que vayamos? —inquiere mi compañera con un hilo de voz, claramente intimidada por los improperios que ha soltado nuestro mentor toda la mañana.
—Al salón. Tengo que daros lecciones sobre supervivencia y demás. Cosas que sabríais si fuerais unos exmilitares instruidos como yo.
Me mira a los ojos, tal vez esperando ver alguna reacción ante sus continuas provocaciones, pero le dejo con las ganas. Me pongo en pie y sujeto la silla de Isis para apartársela. Ella parece cohibida por mi gesto, yo estoy acostumbrado a comportarme así con las mujeres así que casi lo he hecho de forma inconsciente. Vamos hacia donde Amsu nos ha dicho y él se marcha otra vez, refunfuñando porque se le han olvidado unos papeles.
Ha estado las últimas horas criticando a los Juegos, diciendo que es injusto que los adultos no puedan ir para disfrutar del honor. Al parecer para él lo más importante en la vida es llegar lejos en sus metas, la guerra que perdió le ha dejado huella, pero no debería pagarlo con los hijos de quienes luchaban a su lado. Está claro que considera a Isis una cría y yo debo caerle mal por el poco entusiasmo que pongo ante la sangre ajena. No sé quién ha elegido a este hombre como mentor pero si no nos matan nuestros enemigos tal vez sea él quien lo haga, solo por celos.
Esto me recuerda que tengo un tema pendiente con mi compañera. La miro y su pequeño cuerpo parece aún más frágil entre los enormes cojines del sillón. Siento que mi instinto protector se activa, pero tengo que recordarme dónde estoy. Me viene a la mente la imagen de mi tía despidiéndose entre lágrimas.
—La abuela está bien, cielo. —Por alguna razón todavía no consigo creer esas palabras, nada impediría a mi abuela venir a despedirse—. Solo necesita reposo.
—¿Dónde está?
—En el hospital, para que la vigilen, pero me la llevaré a casa en un par de horas.
—Asegúrate de que no ve los Juegos, no los veas tú tampoco —le pedí, a sabiendas de que era inútil.
Negó con la cabeza y sonrió, con el llanto todavía saliendo sin control de sus ojos.
—Lo intentaré. No puedo prometértelo.
—Y, pase lo que pase, recuerda ser fuerte.
—Se supone que eso debería decírtelo yo a ti, eres quien se lleva la peor parte de esto.
—No, tía. Ambos sabemos que la peor parte es para quien se queda, para quien vive con la pérdida.
Después de eso lloró abrazada a mí unos minutos. La sacaron cuando se acabó el tiempo y me deseó de parte de la abuela que los dioses me protegieran.
Es el rostro de mi tía, lleno de lágrimas de un dolor anticipado, lo que me da fuerzas para hablar.
—Isis.
Da un respingo cuando la llamo. Vuelve a sonrojarse y parece que no quiere mirarme a los ojos. Pero respira varias veces antes de atreverse a encararme.
—¿Sí, Alaric?
—No quiero que te tomes esto como algo personal, de verdad que no es por ti. Verás, he decidido que no me aliaré con nadie.
Veo en sus ojos que no cree mis palabras. Estoy siendo completamente honesto, prefiero hacer esto solo. Además, estar con ella significaría que me dedicaría a protegerla. Solo quiero poner cuantos más metros entre nosotros mejor. Ya tengo muy pocas posibilidades de sobrevivir, no puedo añadirme otro inconveniente más. Y siempre cabría la posibilidad de verme obligado a hacerle daño, es lo último que querría.
—Ya, lo entiendo. —No parece enfadada y eso me da más pena, creo que se siente desplazada.
—Lo digo en serio, no es por ti.
—No te preocupes. —Me sonríe con sinceridad y no puedo evitar devolverle el gesto—. Te demostraré que te equivocaste al no escogerme.
—Espero que sea así. De verdad.
.
Caitlin Harris, 17 años – Estados Unidos
Me miro en el espejo del baño. Lavo mi cara en un intento de que no se noten las lágrimas. Ya lloré mucho ayer y casi toda la noche, es hora de que empiece a reaccionar. Pero esa decisión se quiebra en cuanto me acuerdo de papá y Frankie. Ninguno intentó ocultar su llanto y eso me destrozó por dentro. Cuando se marcharon, con mi promesa de que haría cualquier cosa con tal de volver a casa, no conseguí decirles adiós. Me sonaba muy definitivo.
Otra persona, además de mis amigos, vino a verme en el último momento. No cupe en mí del asombro al ver a mi hermano mayor entrando. Me pidió perdón por muchas cosas, me dijo que había cogido su coche y corrido como nunca en su vida para llegar hasta donde estaba y poder despedirse de mí. No sé hasta qué punto lo que dijo es cierto, que yo sepa las carreteras habían sido cortadas. Tal vez ya estaba cerca por si me elegían.
Hablar con él no me alivió. Me dejó claro que para Nick yo ya había seguido el camino de mamá, sobre todo cuando me dijo que me parezco mucho a ella. Le hice prometer que cuidaría de papá y Frankie, no sonó muy sincero al decir que sí pero tendré que aferrarme a ello.
Parece que los ojos se me hinchan más por momentos pero ya debería salir. Así que vuelvo a lavarme y no miro mi reflejo al volver a mi habitación. Voy al salón y encuentro a Blake y Ryan poniendo algo en el enorme proyector. Bajan las luces hasta la intensidad mínima y mi compañero salta sobre el sofá para repantigarse en él.
—¡Con unas palomitas esto sería un cine! —dice riendo.
—Espera un poco, en un rato comerás —replica nuestro mentor.
Me hace un gesto amable para que les acompañe y miro la pantalla. Veo la bandera rusa y empieza la Selección de la chica, una tal Aleksa. Creo que Ryan quiere que veamos las Selecciones para analizar a los demás tributos. Es una gran idea, claro que sí, pero me cuesta pensar en ello. Solo tengo en la cabeza el hecho de que, en unos días, cualquiera de ellos puede morir a mis manos. O, peor, puede matarme a mí.
El mentor pulsa un botón para detener la imagen cuando acaba la Selección del ruso, llena de muchos gritos que me angustian.
—¿Quién de los dos os parece más peligroso?
—El tipo, obviamente —dice Blake—. Conocí a uno así hace tiempo. Siempre buscaba broncas en las discotecas y mis colegas acabaron pegándose con él.
—¿Qué crees tú, Caitlin?
—Pues… —dudo un poco, no quiero parecer tonta ni nada así—. En realidad creo que hay que tener más cuidado con ella. Él está claro que es peligroso pero se le ven más las intenciones. Ella parece más impredecible y cauta.
—Muy bien, eso es lo que buscaba. Y tú, Blake, deberías empezar a tomártelo más en serio.
—Ya tenemos a Caitlin para eso —replica él guiñándome un ojo.
Desvío la mirada, no sabiendo cómo reaccionar al trato tan familiar que me está dando. No puedo olvidar que él es otro de esos veintitrés asesinos en potencia.
Seguimos viendo las Selecciones. Los italianos parecen un poco menos amenazadores pero no me fío, que el chico se presente voluntario encima siendo menor que yo me inquieta, ella tiene la reacción más normal hasta el momento quedándose como en shock. Los griegos son parecidos, me sorprende la altura del chico porque solo tiene quince años y me debe sacar más de una cabeza, no me di cuenta anoche en el escenario.
—Otra chica guapa —dice Blake al ver a la francesa—. Menudo desperdicio. Mis amigos estarán tirándose de los pelos
—No solo es guapa —opina Ryan—. Mira sus ojos. Dime qué ves.
—¿Qué veo? No sé. Estará asustada, como todos…
—No —le interrumpo—. Está decidida. Tenemos que tener cuidado con ella. Y el francés también tiene algo que no cuadra.
—Es lo que yo pensé al verlo por primera vez —concuerda mi mentor—. Parece que esconde algo.
Blake a ratos se ríe y a ratos se aburre, pero no le queda de otra que ver todas las Selecciones. Los españoles me resultan una curiosa mezcla, ella parece muy de campo y él muy de ciudad, me pregunto cómo serán sus personalidades. No podemos más que aventurar por lo que vemos aquí, las reacciones no dicen mucho.
La japonesa también me intimida un poco pero no es nada comparado con lo que me asusta su compatriota. No es solo su aspecto amenazador, ni siquiera la decisión que rezuma, es que se presenta voluntario.
—Si hay un verdadero peligro dentro de la Arena, es él —afirma Ryan—. Puede que haya muchos futuros asesinos, pero la mayoría no lo han elegido. Él no solo parece tenerlo claro, es que por su aspecto viene de un ambiente donde ha vivido eso.
Bueno, por si no estaba ya asustada, sus palabras terminan de preocuparme. Pero es hora de que deje de ver el mundo con filtros. Ahora esta es mi realidad. Una en la que tendré que huir o enfrentar a todos esos adolescentes. Y perder significa morir.
.
Dimitri Koshka, 18 años – Rusia
Me dejo caer en la silla y me sostengo sobre las patas de atrás, esperando a que llegue la comida. Toda la charla que he tenido que aguantar ha hecho que me entre hambre. Aleksa se sienta enfrente de mí y apoya la barbilla en las manos. Levanto la cabeza para mirar su escote y se da cuenta. Se pone recta y recoloca la camiseta. Bah, qué aburrida.
—Podría hacer que pasaras un buen rato —digo sonriendo.
Ella resopla y se muerte los labios. Es un poco fiera, eso me pone. Dejo caer la silla y me apoyo en la mesa para acercarme a Aleksa. No se echa para atrás, es valiente.
—Vamos, no te hagas de rogar, muñeca.
—Te he dejado bien claro que no quiero nada contigo. —Está enfadada y eso me hace gracia.
—Menuda estrecha.
—Menudo cerdo.
Me pongo en pie y la miro con rabia, no dejo que nadie me insulte. Parece que no la intimido. Si tuviera mi bate las cosas serían distintas. Bueno, tendré que esperar a enseñarle modales dentro de los estúpidos Juegos.
Entra Irina y se sienta al lado de mi compañera. Es otra tía buena, al menos puedo entretenerme mirándolas. Por fin llega la comida y me zampo todo lo que pillo, mi madre nunca ha sabido cocinar tan bien. O igual es que nunca hemos tenido pasta como para permitirnos estas cosas. Por aquí casi todos son unos pijos que no saben lo que es la vida de verdad. Vi anoche a los otros tributos, muchos eran así. Aleksa parece una tipa normal, me alegra que no me haya tocado aguantar a alguna ricachona.
Mientras comemos me acuerdo de mi familia otra vez. Aprieto con demasiada fuerza el vaso y me lo cargo, no me inmuto por el corte que me he hecho en la mano. Vienen a limpiar pero yo en lo único que puedo pensar es en el gilipollas de mi hermano. No sé por qué quisieron despedirse de mí, solo sirvió para que acabara a golpes con él. Mi padre también se llevó alguno, se los buscaron. Mi madre se fue corriendo para no recibir y llamar a la pasma, y por culpa de eso tuve estar esposado en la despedida con mis colegas. Ellos sí que estaban mosqueados.
—Puedes cargártelos a todos, ya lo sabes —me dijo Petr.
—Sí. Los mataré y cuando vuelva con toda la pasta podremos hacer cosas impresionantes.
—No te vuelvas un pijo, ¿eh?
—No estoy para bromas, imbécil.
—Suerte, tío. Aunque no la necesitas.
Es cierto, no la necesito. Por lo que he visto solo hay un par de tipos que me parecen rivales, los demás son pan comido. Y hay varias chicas con las que no me importaría divertirme un rato. Una pena que tengan que morir.
—Bueno, ¿qué tal estáis de ánimos? —pregunta Irina.
Sigo engullendo, paso de responder. Aleksa se encoge de hombros y la otra la rodea con un brazo. Se están haciendo muy amiguitas, no sé si eso me viene bien.
—¿Estás preocupada?
—Sería antinatural no estarlo —responde mi compañera, me doy cuenta de que me mira de reojo. Yo siempre he estado por encima de lo normal, ya se dará cuenta.
—Estoy segura de que puedes hacerlo.
—Es que no consigo asimilarlo del todo. No me imagino a mí misma dentro de unos días. Mucho menos me imagino ganando.
—Si no nos atrevemos ni siquiera a soñar, ¿cómo vamos a llegar a hacerlo? Primero hay que empezar por creer en ello y después luchar hasta conseguirlo.
Uf, cuántas chorradas. Pero parece que a Aleksa le gusta lo que ha dicho. Las tías y sus cosas, no hay quien las entienda. Las dos me miran como si esperasen que diga algo, yo las ignoro para seguir tragando. Esto está bueno, no sé qué es pero cuando vuelva haré que alguien me lo cocine todos los días. También haré que le pongan a Petr un par de dientes de oro, intimidará más todavía.
—No digo que no me vea capaz —dice Aleksa—. Es solo que no me gusta. Que si tuviera elección no estaría aquí, como casi todos.
—Hay tres voluntarios.
—Uno parece que quiso salvar a un chico, el chino. Los otros dos no sé qué pretenden.
—No pienses en ello. Mañana en los entrenamientos podrás juzgarles mejor y estaría bien que buscaras una alianza.
—No se me da bien confiar en la gente, en esta situación va a ser aún más difícil.
—Tendrás que hacer un esfuerzo, cariño. Y tú también, Dimitri.
Pongo los ojos en blanco. Nos ha dado la tabarra con eso toda la mañana. Pues yo no quiero tener que cargar con algún blandengue y tampoco darle la oportunidad a alguno de que me mate mientras duermo. Lo lógico sería ir por libre. Aunque sé que en equipo las cosas salen mejor, es como lo hacemos mis colegas y yo.
—Bueno. Mientras no sea con algún pijo…
.
Selene Astori, 17 años – Italia
Doy vueltas a la sopa con la cuchara. Primero era para enfriarla, pero debe estar ya congelada. No tengo hambre aunque me parece un desperdicio que se tire toda esta comida. Cojo un trozo de pan y me obligo a masticar y tragar. Tengo que cuidar mi salud, dejar de comer no ayudará en nada.
Los adornos de mi pulsera se agitan con cada movimiento que hago. La luna llena queda quieta sobre mi muñeca y me entran ganas de llorar. Este es el recuerdo permanente de lo que he dejado atrás, de que hay personas esperando mi regreso. Demos vino a despedirme con su hermano, ambos me abrazaron pero fue él quien consiguió consolarme, su aroma me recordó a la noche que me besó. Tengo que volver y aclarar mis sentimientos por él. Me he ido sin darle una respuesta.
—¿Estás bien, amore? —me pregunta Caterina.
La miro y me doy cuenta de que mis ojos están aguados. Inspiro bien fuerte para contenerme y asiento con la cabeza. Gaius no levanta la vista de su plato, se lo agradezco.
—Si te frustras haz lo que hago yo: métete en el baño y grita —dice nuestra mentora entre risas—. Mírate en el espejo y chilla. Si no quieres que te escuchen te metes en la ducha y gritas con el agua bien fuerte en la cara. Ya verás lo bien que te sientes.
No puedo evitar arquear un poco las cejas. Sé que sus intenciones son buenas, pero esta mujer es un poco extraña. Lleva todo el día diciéndole a Gaius que es una lástima que tenga solo dieciséis años. No es la clase de cosas que se debería decir a un tributo.
Mi compañero me intriga. Al ver la repetición de las Cosechas me he enterado de que se presentó voluntario. ¿Quién en su sano juicio querría entrar en esta atrocidad? Pero no parece un mal chico ni que esté loco, debe haber alguna razón de peso para esto. Parece fuerte, supongo que se ve muy capaz de ganar. Yo no sé si tendré lo que hay que tener para llegar al final…
No. No puedo pensar así. Prometí que lucharía.
Cuando reaccioné después de que me eligieran estaba metida en una sala cerrada y casi vacía. La abuela entró de pronto con lágrimas en los ojos. Al ver esa imagen no importó que me mordiera la lengua hasta hacerme sangre, no contuve el llanto. Me abrazó con fuerza y besó mi frente, como si volviera a ser una cría asustada.
—Los dioses cuidaran de ti, mi niña. Recuerda que tu nombre es el símbolo de eso. Eres fuerte, Selene, demuéstraselo a todos y vuelve conmigo. —Las manos de la abuela temblaban y no pude evitar tener miedo de que algo malo le pasara en mi ausencia.
—Volveré, abuela, tú solo espérame. —Le sonreí y tomé sus arrugadas manos con fuerza antes de que la sacaran a rastras del lugar.
Ella es mi madre, maestra y amiga, no permitiré que vuelva a tener que enterrar a una hija.
—Gracias por el consejo —susurro, sintiéndome maleducada por no haber contestado antes.
Caterina sonríe aunque no me presta atención porque acaba de volver un camarero con el que lleva ligando toda la comida. Me parece escuchar que le susurra algo de que vaya esa noche a su habitación. El tema me incomoda y trato de no enterarme. Yo solo he besado un chico en toda mi vida, o más bien él me besó a mí.
Sonrío un poco al pensar en Demos. Me alegra que me besara. Tal vez sea la única vez que pueda tener esa sensación.
Miro de reojo a Gaius. Me pregunto si él también tiene gente esperando su regreso, estoy segura de que sí. En su Selección se vieron varias personas gritando y llorando, entre ellas una chica. ¿Será su novia? No entiendo por qué se iría a los Juegos dejándola atrás. Pero por muchas vueltas que le dé no puedo imaginar que sea malo. Algo en mi interior me dice que es una buena persona. Sus ojos lo dicen.
—Al final no me habéis contestado —se queja Caterina.
—¿A qué? —pregunto, porque mi compañero no es muy hablador y me toca a mí llevar la conversación.
—A si os vais a aliar o no. Tengo que saberlo porque hay cosas que tendré que hablar por separado con vosotros entonces.
Le miro y él me devuelve la mirada. Creo que ambos pensamos lo mismo.
—No quiero arriesgarme a tener que hacer daño a alguien de casa. Es mejor que nos mantengamos alejados.
Gaius asiente con la cabeza y me alivia haberlo soltado.
—Me gustaría prometerte que no te atacaré, pero no puedo saber lo que pasará en la Arena. —Sus palabras me arrancan un escalofrío, sé que tiene razón—. Lo que sí puedo asegurarte es que no te haré daño por la espalda.
Es mi turno de asentir. Se ve que es una persona de honor, sé que no me hará algo así. Creo que podremos tener una relación de respeto el uno por el otro, solamente hemos tenido la mala suerte de conocernos en estas circunstancias.
.
Syoran Huang, 18 años – China
Yue Wu nos conduce al salón y después se va a por algo a su habitación. Miro a mi compañera y no me sorprende que sus hombros se muevan ligeramente. Lleva temblando desde que la conocí anoche. Creo que esta situación le está afectando mucho. Me parece inhumano que hagan sufrir a alguien como ella.
—¿Sabes? Me pregunto cómo será ser ellos —suelto—. Quiero decir, no entiendo cómo piensan, cómo pueden dormir cada noche sabiendo que destrozan familias enteras.
Nuo abre muchos los ojos con una mezcla de asombro y miedo. Mira a nuestro alrededor, como esperando que haya micrófonos, que hayan escuchado lo que he dicho. No me importa, no tengo miedo de decir la verdad.
—Ten cuidado. Ellos podrían oírte.
—¿Quiénes son ellos? Porque nadie ha visto nunca a los Siete.
—Ya. Pero hay mucha gente que trabaja para ellos. Mi padre trabaja para ellos.
Hay algo en su voz que me deja claro que no le agrada ese hecho. Me enderezo un poco y la obligo a mirarme a los ojos. Parece que le cuesta, debe ser muy insegura. Y no debería ser así.
—Mis abuelos murieron por intentar luchar contra ellos. Mira. —Me quito la cadena con las placas y se la tiendo, ella las coge con manos temblorosas y lee las inscripciones—. Pertenecieron a dos aviadores, una a Claudio Rossi y otra a Albert Di Fiore, mi abuelo. Las llevo por una razón, porque son parte de un recuerdo. ¿Quieres que te lo cuente? Creo que te serviría para entender que debes ser fuerte.
Parpadea varias veces, como intentando asimilar lo que digo. Me devuelve la cadena. Después asiente con la cabeza y me mira expectante. Me da la sensación de que nunca nadie ha hablado con ella de esta manera.
—Cuando era pequeño vi algo que me cambió. Al salir de la escuela me aventuré por los barrios pobres de la ciudad italiana donde vivía, me lo tenían prohibido pero nunca he sido un ejemplo en obediencia. Escuché unos gritos y me asomé a un callejón. Allí unos policías pateaban y azotaban a un niño de mi edad. Por lo que pude escuchar, había robado un poco de pan. El niño me miró. En sus ojos vi cómo me suplicaba ayuda. Mis piernas temblaron y cuando pude reaccionar eché a correr en la dirección contraria. No paré hasta llegar a casa.
Mi historia la asombra. Creo que esperaba alguna cosa heroica, pero no fui más que un cobarde de niño. Muchas cosas han pasado en mi vida para que llegue a ser como hoy día.
—Mi abuelo se dio cuenta de que me pasaba algo —continúo—. Tenía los labios amoratados de apretarlos y estaba pálido. Le conté todo y le dije: "no soy valiente". Él como respuesta sacó de su camisa esta cadena con las dos placas. Me contó que su amigo Claudio había muerto en combate, lo derribó un misil. Su placa le daba fuerzas a mi abuelo antes de cada batalla, le recordaba cómo un hombre tan valiente había muerto por lo que creía justo. Me regaló la cadena y me dijo unas sabias palabras: "no se puede sobrevivir si no se tiene miedo. No se puede ser valiente si no hay un temor que superar". No pasa nada porque estés asustada. Eso solo significa que tienes la oportunidad de ser la más valiente de todos.
Nuo me mira fijamente. Después baja la cabeza durante un minuto entero. Cuando me sonríe entiendo que la enseñanza de mi abuelo es capaz de hacer grandes cosas por los demás.
Yue entra en el salón, algo en su gesto sonriente me dice que ha estado escuchándonos. Su nombre es demasiado parecido al de mi amigo como para que no me recuerde todo el tiempo lo que he dejado en China. Unos padres orgullosos y tristes, unos amigos agradecidos y que se sienten culpables. Pero me repito que ellos podrán seguir adelante sin mí, es hora de que les deje atrás y me centre en mi futuro. Espero que Nora sea feliz con Yu y que Zac siga sacando adelante a su familia.
Nos da a cada uno una pequeña carpeta con consejos sobre supervivencia, desde alimentos hasta hacer fogatas o cazar. Nos tocará estudiar. Nunca se me ha dado demasiado bien, la verdad.
—Todo conocimiento es poco. Creo que ambos tenéis posibilidades de volver, pero para eso tendréis que trabajar.
Asiento con la cabeza. Supongo que por una vez podré concentrarme en aprender. Esta vez es importante de verdad. No digo que la escuela no sea importante… pero siempre he pensado que hay cosas más serias en las que pensar.
—Bueno, Nuo, espero que tengas mejor memoria que yo —digo riendo—. Porque si nos encontramos alguna planta venenosa en la Arena y tengo hambre no creo que recuerde nada de esto.
—Suelo sacar buenas notas —susurra avergonzada.
—Genial. Seguro que podrás cuidar de mí entonces.
Nuestro mentor sonríe. Habla de que no se sabe qué vegetación o fauna habrá pero que más vale intentar conocer el mayor número posible. A mí a partir de la doceava planta todas empiezan a parecerme iguales.
Mi compañera parece más tranquila y me alegro, no quiero que tire por la borda su oportunidad, ella puede salir adelante tanto como cualquiera. Y me he dado cuenta de que además de lista tiene buenos reflejos, porque ha agarrado un vaso antes de que cayera al suelo.
—Cuando estéis en los Juegos recordad algo —aconseja Yue—. El ser humano es fuerte, más de lo que se cree. Nos damos cuenta de ello cuando estamos en las últimas. Siempre hay un aliento que te hace levantarte. Se llama instinto de supervivencia. Vuestros límites los marcáis vosotros mismos.
.
Claire Hinze, 18 años – Australia
Doy un sorbo a mi vaso de agua. Me gustaría poder sumergirme en ella. Siempre he ordenado mejor mis ideas nadando un rato. Se podría decir que esta noche ha servido para que me desmorone y tome una decisión sobre cómo voy a continuar, pero hay cosas que inevitablemente he tenido que improvisar.
¿Cuánto tiempo me queda de vida? ¿Cinco días? ¿Seis? Nunca había valorado tanto cada segundo como ahora, cuando queda claro que pueden arrebatármelos en cualquier momento. Las personas somos así, a veces solo nos importan las cosas cuando nos las quitan.
Los ojos de Elgin son acusadores cuando cruzamos una mirada. Lleva sin hablar apenas desde que he rechazado la propuesta de que seamos aliados. Me parece un buen chico, muy agradable, pero necesito tener más posibilidades y debo aliarme con alguien fuerte. A Michael en cambio parece que le ha encantado mi decisión, creo que había dado por hecho que soy una blanda, pero se ha dado cuenta de que mi apariencia puede engañar. Me siento mal por Elgin pero tengo que recordar la primera de todas las prioridades: sobrevivir.
Nuestro mentor pulsa un botón y el vídeo continúa. Es el turno de las Selecciones indias. Hay revuelo con la chica, habla algo con otra que quiere presentarse en su lugar, no parece asustada cuando mira a la multitud. Intimida mucho. Parece que tiene alguna motivación fuerte. El chico me desconcierta un poco por su aspecto, creo que hay muchos mestizos entre los tributos.
Varios países de los que se rebelaron han acabado muy mezclados. Australia y Estados Unidos no son de ellos, como fueron de los pocos que conservaban armas causaron muchos daños a los Siete y todo ha sido más estricto. En mi familia no se ha notado demasiado pero conozco varias que querían emigrar para probar suerte en otros lugares y no se lo concedieron.
En China es el chico el que parece más decidido, ella me da pena en cuanto la veo, aunque me recuerdo que no debería juzgarla por una primera impresión como hacen los demás conmigo. La conclusión que sacamos de los egipcios es similar, la chica parece menos peligrosa, él tiene complexión atlética.
Escucho a Elgin emitir un ruidito de miedo cuando el estadounidense se empieza a reír. Es raro, sí, aunque yo diría que es una reacción nerviosa, como a un shock postraumático. La chica argentina hace contraste con la estadounidense, se ve la agresividad y el miedo respectivamente, tengo claro de cuál mantenerme alejada. Con el argentino, que tiene una reacción normal de incredulidad, acaban los tributos desconocidos.
Entiendo por qué todo el mundo me subestima al verme en la pantalla. Parezco tan pequeña y frágil… Aunque al menos me mantengo firme. Andrew alabó eso cuando vino a despedirse, el recuerdo de su abrazo es lo único que me reconforta, él confía en mí. Mis padres ya me dan por perdida y mis amigos también, aunque intentaran fingir lo contrario.
La Selección de Elgin es bien distinta. Se ve con claridad lo asustado que está, incluso antes de que se eche a llorar. Reconozco que es la reacción más natural que he visto. Todo el mundo ha intentado aparentar cosas que no son, o ha tenido una decisión nada lógica, pero él simplemente ha llorado al saber dónde le estaban metiendo.
Michael no parece muy contento con mi compañero. Vuelve a encender la luz y se pone en cuclillas para hacer que Elgin le mire.
—¿Entiendes cuál es la diferencia entre la impresión que has causado tú y que han causado los demás?
—¿Cómo iba a reaccionar? —pregunta él, con lágrimas contenidas—. Esto es imposible para mí. Voy a morir.
Trago saliva, no debería dejarse llevar por ese pensamiento derrotista. Si yo me dejase llevar por esas cosas me habría encerrado en la habitación y tapado la cabeza con la colcha. Tengo que mantenerme fuerte. Él también debería. Siento una punzada de culpabilidad al pensar que esto significa una persona menos de la que preocuparme.
—Si no tienes agallas para matar, sí, morirás —dice con crudeza nuestro mentor.
—Lo dices como si fuera fácil ser un asesino.
—Esto no es ser un asesino, es intentar sobrevivir. No creas que las cosas son sencillas porque no es así. La vida no es así. Si alguien te lo ha dicho alguna vez es que ha tenido mucha suerte o te ha mentido descaradamente. ¡Eh! Pero mentir no es nada malo. Muchas veces las verdades hacen más daño.
Hay mucha razón en sus palabras aunque son muy crueles. Intenta hacer reaccionar a Elgin, pero no sé si conseguirá algo. Ha estado diciendo algunas cosas que me hacen pensar que esto es importante para él. Creo que busca prestigio, si alguno de los dos ganamos Michael será recordado también, se hará famoso. Por eso está aquí, fingiendo que le importamos.
Bueno, al menos sé que hará lo que sea por nosotros. El egoísmo lleva a las personas mucho más lejos que la generosidad.
.
Hana Izumi, 17 años – Japón
Pincho un trozo de carne y me lo trago sin apenas masticar. No soy muy consciente de lo que he estado haciendo todo el día. Desde que hablé con mi hermano Kyo en la despedida no consigo pensar en otra cosa. Le conté lo que me había pasado con el estúpido de Genki y que estaba asustada por nuestros padres. También le di el billete de autobús para que fuera a asegurarse de que están bien.
—Hana, tonta, ¿por qué no me dijiste que tenías problemas? —Había verdadero enfado en su voz.
—No quería preocuparte.
—Pues esto es peor.
—Lo sé… si les han hecho algo a papá y mamá…
—¡Eso es lo de menos! Lo que me asusta es lo que podrían haberte hecho a ti.
—¡Siguen siendo nuestros padres, Kyo! Además, ya no importa, ahora me voy a ir muy lejos del alcance de Genki. Y si llegara a volver no tendría por qué quedarme aquí…
La voz se me quebró y mi hermano me abrazó. También Miyako, que no había dejado de llorar desde que entró por la puerta. Despedirme de ellos fue muy doloroso, pero al menos sabía que estaban a salvo. No me gusta la idea de que alguien corra peligro por mi culpa.
Suelo intentar buscar el lado positivo a todo, los Juegos podrían haber supuesto escapar de la mafia. Pero con el compañero que tengo, esa idea está descartada.
—¿Quieres puré de patata, Tori? —pregunta Misaki.
Él niega con la cabeza y sigue cenando. Le miro de reojo. Me intimida muchísimo. He conocido suficientes chicos de bandas como para saber que es uno de ellos. Después de ver las Selecciones me ha quedado claro que es un líder. Viene de Tokio, así que ser el jefe en un lugar así es incluso más impresionante. Es un tipo peligroso, estoy segura.
Levanta los ojos y se clavan en los míos. Me evalúa con la mirada, no sé qué conclusión saca sobre mí porque decido que es más cómodo darle toda mi atención al plato.
—¡Oh, vamos, chicos! —se queja nuestra mentora—. Este silencio es muy incómodo. Alegrad esa cara.
No pudo evitar reír, sé que intenta animarnos aunque es bastante difícil. Bueno, Tori ha elegido estar aquí así que supongo que estará más contento que yo. Me pregunto qué le llevaría a querer entrar en los Juegos. Algo me dice que la razón es más complicada de lo que puedo imaginar.
—Estas galletas se parecen a las que hizo ayer Miyako —digo cuando traen todo tipo de postres, entre ellos unas cookies—. Aunque las suyas estaban malísimas.
Las dos nos reímos, mi compañero se limita a mirarnos antes de coger un poco de macedonia.
—¿Quién es Miyako? —me pregunta Misaki.
—La novia de mi hermano. También es mi mejor amiga.
No puedo evitarlo, otra vez pongo gesto triste. Ella se da cuenta y me abraza. Me tiende el plato de las galletas para que coja otra y me guiña un ojo.
—Bueno, cuando ganes podrás pagarle unas clases de cocina.
Sonrío y como en silencio, me gusta esa imagen. Me dedico a soñar despierta sobre las cosas que haré cuando vuelva a casa. Iré a buscar a mis padres, llevaré a mamá a Portugal para que se reúna con su familia y dejaré algunas personas para que ayuden a papá en el dōjō. Después les compraré una gran casa a Kyo y Miyako y hablaré con mi hermano para que le proponga matrimonio de forma muy romántica. Y yo me dedicaré a viajar por el mundo haciendo fotos, yendo a galerías de arte moderno y a conciertos. Puede que tome clases de pintura y de algún instrumento.
Pero mis sueños se interrumpen cuando mi mentora arrastra la silla al levantarse. Como si ese estridente sonido fuera una puerta hasta la realidad. Una realidad horrible.
Vamos al salón de nuevo y vemos nuestra presentación pública, cuando nos subieron al escenario. Los kimonos nos sientan bien a Tori y a mí. Me gusta el mío porque está lleno de colorido. Misaki se pone a contarnos una anécdota sobre su primer kimono y consigo olvidarme un poco de todos los problemas que hay de pronto en mi vida.
—Bueno, hora de dormir. Mañana será un gran día.
—Okada-san, ¿cuál actitud deberíamos tener hacia los demás tributos? —pregunta mi compañero—. ¿Le han dado alguna instrucción?
—Como os he dicho, podéis formar alianzas y cuanto más grandes mejor. Estoy segura de que alguno de vosotros ganará.
—Su positividad está muy bien, pero ahora mismo no ayuda. Necesitamos realismo.
Tori se levanta, hace una pequeña reverencia y se va a su habitación. Yo suspiro porque sé que tiene razón.
.
Zidane Deux, 17 años – Francia
Ha sido un día muy raro para mí. Nunca he visto estos lujos más que en películas, he crecido en la parte pobre de un pequeño pueblo y pasé un tiempo en un correccional que me pareció casi un palacio, pero no tenía nada que ver con esto. Me pregunto cómo el mundo puede estar tan mal repartido.
También ha sido extraño convivir con otras personas. Genevre se ha encargado de mantenernos ocupados todo el día. Primero informándonos de cosas relevantes como patrocinadores, entrenamientos y entrevistas. Después aconsejándonos sobre alianzas, analizando las Selecciones y hablando de supervivencia. También ha pasado parte del día regañándonos si no nos sentábamos correctamente o si no cogíamos el cubierto adecuado para cada comida. Dice que la presencia ahora mismo puede significarnos el camino hacia la victoria.
Marion ha pasado callada casi todo el día. Hay algo imponente en su mirada, puedo ver una gran fuerza, casi me siento identificado con ella. Pero también se ve melancolía, creo que no soy el único que ha sufrido grandes cosas en la vida. Me ha tratado muy bien todo el tiempo y puedo notar como poco a poco va haciendo que sienta debilidad por ella. Es culpa de esos ojos, de esa mirada cristalina.
Cuando nuestra mentora ha preguntado por nuestras familias ambos hemos puesto el mismo gesto incómodo. Marion se ha limitado a contestar que una amiga suya ha ido a despedirla y no necesita más. En eso no somos iguales. El único amigo que tuve, Jean, está en paradero desconocido.
Nunca les contaría lo de mi madre, demasiado doloroso de recordar. No hay mucho que decir de mi padre. Sé que se llama Adolfo de la Torre, que es español y tiene una buena situación económica. Mi madre me contó que la encandiló y ella abandonó a su familia por él, pero cuando le contó que estaba embarazada se marchó y nunca volvió a ver al que sería su primer y único amor. Llevo un tiempo deseando ir a buscarle para reclamarle por lo que hizo, para conocer el rostro de aquel que nos abandonó. Tal vez si salgo con vida de esta pueda ir a hacerle una visita.
He hablado de eso con Lenine esta mañana. Suelo tener monólogos frente al espejo, con la esperanza de que él me escuche. A veces puedo atisbarle en mi reflejo y creo que por una vez queremos lo mismo. Salir de los Juegos es nuestra única prioridad, sobrevivir. Y quizás si él sacia su sed de sangre podamos vivir en paz. Aunque hay algo que necesitamos para seguir adelante, la fuerza no será nuestra única arma, tendremos que ser inteligentes.
Cuando Genevre ha hablado acerca de alianzas, Marion me ha mirado fijamente pero yo no le he devuelto la mirada. Ahora que nuestra mentora se va la cama, puede ser un buen momento para dejar algunas cosas claras.
Agarro la muñeca de mi compañera con suavidad, no quiero asustarla. Ella se para en seco en su camino por el pasillo y me mira. Hay tantas luces y sombras en sus ojos que casi me siento mareado.
—¿Podemos hablar un momento? —Mi pregunta no parece pillarle desprevenida, creo que sabía que quería decirle algo, llevo todo el día buscando el momento.
Volvemos sobre nuestros pasos y entrecerramos la puerta del salón. Me quedo junto a ella para escuchar si nuestra mentora vuelve o si alguno de los guardias decide seguirnos, pero están ocupados jugando a las cartas junto a nuestras habitaciones.
—¿De qué quieres hablar?
La voz de Marion me traslada a mi niñez de alguna manera. Por eso paso la conversación más metido en mis recuerdos que en mis palabras. Ella no cambia el gesto mientras hablo. Solo veo que aprieta ligeramente el labio inferior. Me gustaría saber qué esconde, qué es eso que puedo ver en sus ojos, pero no estoy en posición de exigir verdades a nadie. Llevo toda mi vida entre secretos. Como, por ejemplo, que hay un psicópata, un verdadero diablo, viviendo en mi interior.
—Es mejor que nos mantengamos alejados —sentencio, mirando otra vez hacia fuera.
—¿Por qué?
—Es lo mejor —repito—. Que no hablemos, que no estemos juntos, que ni nos miremos.
—Está bien. Creo que tienes razón.
Si mi compatriota hubiera sido otra tal vez mis intenciones serían distintas, pero con ella no puedo actuar de otra manera, no quiero. Sé que he hecho una buena elección. Aunque no sé qué pensará Lenine de todo esto. Puede llegar a estropearlo todo porque lo único que le importa es él mismo. Me pregunto cuántas personas necesitará matar antes de sentirse saciado. Espero que haya un límite.
.
Bien en este capítulo he querido centrarme en las relaciones de los compatriotas y con los mentores, ha quedado claro que algunos se llevarán bien y otros no podrán ni verse. En el siguiente veremos el primer día de entrenamiento y surgirán algunas alianzas más.
Como siempre, información sobre el blog: además de una ficha con los personajes que puse hace tiempo y de más fantásticos dibujos de Genee, acabo de subir unos regalitos de Peetkat que están increíbles y aparecen todos los tributos.
Preguntas:
-¿Qué opinas acerca del tiempo? A mí es un tema que siempre me ha encantado. ¿Prefieres ignorar su paso, temes que avance o vives con eso tranquilamente?
-¿Qué te parecen las relaciones entre los tributos del mismo país? ¿Te ha sorprendido alguna? ¿Esperabas que alguno se comportara diferente?
-Imaginad que sustituis a vuestros tributos en la historia, ¿cómo os llevarías con vuestro compatriota? ¿Os aliaríais con él/ella? (Ejemplo: si yo soy Elenear, la creadora de Aleksa, mi compañero sería Dimitri).
Besos fuertes :D
