Bueno, aquí les dejo el momento más esperado (?) nos leemos.

-Sleepy Little Writer


El agua era cálida y apacible. Me distraje de tal modo con ese baño, hasta el punto de olvidar, por momentos, lo que había ocurrido.

La verdad no me hubiese importado matar a un desconocido si eso me permitía ver a mi madre por última vez. Si al menos al hacer eso, hubiera tenido la oportunidad de despedirme de ella.

Pero no, claro. A mi esposo le horrorizó la idea de que yo cayera en la cuenta de que me había convertido en un monstruo. Como si no lo hiciese cada vez que terminaba de beber la sangre de un pobre animal. Como si el hecho de beber sangre humana sólo empeorara las cosas, cuando hacía bastante yo ya había reconocido en qué me había convertido.

Nunca se lo dije, porque yo insistí en primer lugar el querer convertirme, pero la sensación era horrorosa.

Todavía recordaba ese momento.

Hacía varias semanas no salía de caza, mis ojos habían adoptado un tono muy oscuro, exteriorizando mi sed brutal. Necesitaba alimentarme, con urgencia.

Esa vez salí sola, ya que mi sed había emergido repentinamente. Aún así era una cosa fácil; cazar algún venado, estabilizar mi organismo y volver a casa. Simple como eso. O al menos supuse aquello.

Al adentrarme en el bosque, sentí el intenso aroma de un ciervo, muy, muy fuertemente en mis fosas nasales. Fue suficiente para enloquecerme. Rastreé su ubicación, y cuando lo tuve a la vista, salté sobre él.

Sin misericordia por esa inocente existencia. Sin siquiera mirar esos ojos asustados, llenos de vida. Vida con la que terminé de la peor manera. Bebí hasta la última gota, hasta saciarme completamente. Y lo disfruté, demonios, lo disfruté tanto.

Fue cuando retrocedí unos pasos cuando caí en la cuenta de lo que había hecho.

Tres pequeños ciervos salieron de detrás de unos arbustos, cautelosos ante mi presencia, y asustados por lo ocurrido. Había matado a su madre, y fue la peor experiencia que había vivido.

Asesinar a una persona, como dijo Edward, de seguro hubiese sido mucho peor. Pero ya que mi madre estaba en el medio de todo eso, no me hubiese importado demasiado.

—¿Ya terminas, amor? —mi marido ya había tocado la puerta como tres veces antes. Era un pesado.

—Ya salgo—repetí, fastidiada. Quería irme de esa ciudad cuanto antes, decidí no quedarme tres días más. No lo soportaba, quería estar en mi casa, con mi hija, cuanto antes.

—El vuelo es dentro de cinco horas, tomate tu tiempo—dijo, con sarcasmo. Qué gracioso.

—Edward, apártate de la puerta, hazme el favor.

Oí sus pasos alejándose, bastó sólo eso para que me pudiese secar tranquila. Estaba empapada de pies a cabeza.

Salí del baño con una toalla, había olvidado llevar mis vestimentas conmigo.

—Podríamos visitar el cementerio antes de irnos—dijo Edward, haciéndose el distraído y fingiendo mirar por la ventana mientras yo me vestía.

—Obviamente visitaremos el cementerio, Edward—contesté, cortante.

El clima entre nosotros estaba muy tenso. Aún no podía perdonar lo que me había hecho. Por primera vez en años sentí que mi matrimonio corría peligro. Que nuestra relación se estaba gastando.

De seguro eran ideas mías…

—Bueno, pues, eso haremos—se limitó a decir.

—Edward—dije, ya vestida, sentándome en la cama mientras escurría mi pelo en una toalla, con la mirada fija en él—, ¿por qué no pretendías decirme lo de mi La Tua Cantante? —se sentía raro pronunciar aquello.

—No pensé en alargar tanto el ocultarte aquello. Sólo esperé a decirte lo de Renée hasta que tu víct… tu La Tua Cantante—corrigió, con celeridad— se hubiese retirado de la ciudad.

—¿No es de aquí? —pregunté.

—No. Según Alice, estaba de viaje. El problema es que no pudimos rastrear de dónde es, ni dónde está instalado… Quiero tomar precauciones, para que no te cruces con él.

—Así que es hombre—susurré—. ¿Tiene familia?, ¿cómo se llama? —me apresuré a interrogar—, ¿cuál es su número de documento…?

—No te hagas la chistosa…—me interrumpió, captando el sarcasmo en mis palabras.

—Bueno, lo lamento. Sólo me pareció entender que investigaste toda la vida de ese joven a mis espaldas, sin decirme nada. —Entonces exploté:— ¡Sin decirme nada a mí!, ¡justamente a mí, que soy la más involucrada en todo esto!—exclamé, sin poder creer la actitud de mi esposo— Si tan sólo me hubieras explicado la situación, podría haberme quedado en casa de Phil, con mamá, todo el tiempo. No me hubiese cruzado nunca con… con él y habría podido despedirme de ella—sollocé. Edward miró sus zapatos, con la cabeza gacha. El muy cobarde no soportaba verme llorar.

Pues él era el causante de mi llanto esa vez.

—La visión de Alice era muy concisa, pero de verdad había muchísimas probabilidades de que sucediera, de verdad.

—¡No, Edward, no! Lo que hicieron fue una ridiculez, fue totalmente absurdo…

—Pensé que ya habíamos hablado de esto, Bella—bufó.

Traté de ignorar aquel comentario, y cambiar el rumbo de la conversación.

—Y, ¿ahora dónde está él? —susurré.

—Creemos que ya se marchó de Phoenix. Según algunas visiones de Alice, fue hace unos días, el día en el que te conté lo de Renée.

Arqueé una ceja, profiriendo una risita incrédula.

—Alice no puede saber cuándo pasan sus visiones a menos que tenga algo de referencia, eso es ridículo—susurré. —Si me lo hubieras dicho con tiempo…

—Ay, Bella, por favor no empieces.

—… podrías haber evitado tantas cosas—seguí, ignorándolo—. Podría haberme despedido, decirle que la quería—casi no tenía voz—. Renesmee pudo haberla conocido.

Soltó una risita irónica que me confundió.

—Bueno, Bella, hubieses pensado en eso antes—lo observé con pasmo mientras él seguía hablando—. Si querías que Renesmee conociera a su abuela podrías haberla traído cuando te lo pidió, no cuando Renée ya estaba en un estado terminal—soltó—. Eso no es mi culpa, así que no voy a permitirte culparme por eso—su tono autoritario, como el que utilizaba para regañar a Renesmee, me enfureció más de lo normal.

Y aunque en ese punto, él tuviera razón (cosa que por nada del mundo le reconocería) no podía utilizarlo de excusa. Pues lo que él me había ocultado era mucho peor que lo que yo había hecho con mi hija… ¿no? No claro que no. Pero de igual forma, no iba a darle la razón.

Me alisté, tomé mi cartera y un abrigo y me encaminé hacia la puerta. Edward me tomó del brazo.

—¿A dónde vas?—preguntó, exigiendo fuerza en el agarre. Aparté su mano bruscamente.

—A visitar a mi madre. —Retrocedió para recoger su abrigo—… y ni se te ocurra acompañarme—espeté. Tiró su saco a la cama, mirándome con resignación.

Di un portazo y marché rumbo al vestíbulo.

Salí del hotel con rapidez, eran eso de las 19:30 y ya estaba empezando a oscurecer. Me paré en una florería y compré un ramo de rosas blancas para mamá.

Notaba varias miradas, lo cual no hacia más que incomodarme. Faltaban tres calles para llegar al "Greenwood Memory Lawn Mortuary & Cemetery" ya estaba en la West Van Buren Street.

Al llegar, noté que en la lápida de mamá ya habían dejado algunos presentes. Mi madre era una persona muy querida por la gente.

Me puse de cuclillas para inhalar el olor a lluvia, que perduraba desde el diluvio del día anterior.

Entonces un aroma en especial me llamó la atención. Un aroma… delicioso. Algo exquisito que hizo que mi garganta se irritara levemente. Seguí ese hedor, agachándome hacia la lápida. Un minuto después lo pude distinguir en otra sepultura, al lado de la de Renée. Estaba en una tarjeta.

La tomé y leí el epitafio de la tumba en la que la habían dejado. "Mary Huppert 1951-2001: «Aquí yace tu cuerpo, pero tu alma late en los corazones de quienes te aman. Con el más honesto cariño, tu esposo e hijos»".

Acerqué la tarjeta a mi nariz para inhalar más fácilmente aquel olor. Luego de un rato permaneciendo en esa posición, me reincorporé y abrí la tarjeta.

Phoenix, Arizona - 9 de Octubre.

Dicen que las cosas pasan por una razón, pero jamás entenderé por qué te perdí cuando más te necesitaba. No creo que haya razón para ello. No creo que haya razón para nada… O tal vez, sólo es que yo estoy perdiendo la razón. ¿Pero sabes?, preferiría perder eso y mucho más, antes que perderte a ti. Podría perderme a mí mismo miles de veces, antes que perderte a ti.

El problema es que ya te perdí, y ahora estamos perdidos los dos. En este momento, mi único deseo es encontrarte, para encontrarme a mí mismo también. Por eso llámame para saber en dónde estás.

Con amor. Con tristeza. Con necesidad: Andrew»".

Noté que debajo de un ramo que estaba en aquella tumba, habían diez tarjetas más, con el mismo sobre que la que tenía en mis manos. Y con el mismo delicioso olor.

Era evidente que estaba invadiendo la privacidad e intimidad de ese tal "Andrew" al estar leyendo – y oliendo – sus cartas, pero ese aroma pudo conmigo, por lo que abrí e inhalé tres cartas más: 9 de Julio, 9 de Agosto, 9 de Septiembre… todas tenían un mes de diferencia.

Cuando me disponía a abrir la cuarta carta, el olor se intensificó. Se hizo mucho, mucho más potente y mi garganta comenzó a quemarme. Tosí varias veces para quitarme aquella picazón. De repente, me puse en guardia…

—¡Oye, tú!

Solté la carta y me volteé hacía el lado de donde provenía la voz. Necesitaba calmar esa sed…

Y aquel joven olía muy delicioso.