Mi relación con esta historia es de amor-odio. Por un lado, me encanta escribirla y disfruto muchísimo viendo cómo Handa va creciendo poco a poco (mi bebé ;u;), pero, al mismo tiempo, me pone nervioso y tenso. Tengo unas ganas terribles de acabar de una maldita vez, de llegar al final y escribir por fin todo lo que llevo meses madurando, pero lo tengo TAN idealizado que Dios sabe si podré plasmarlo en palabras de un modo tan bueno como aparece en mi cabeza. Ése es para mí el mayor terror de un artista, pero, bueno, el tiempo dirá. De momento, centrémonos en lo que toca, por muy emocionado que esté con lo que queda por llegar.
Dicho esto, ¡bienvenidos al séptimo capítulo de El rugido de la bestia! Este capítulo está plagadito de flashbacks, y no me arrepiento en absoluto. Por fin daré respuesta a una pregunta que la historia lleva acarreando desde el primer capítulo; una pregunta de la que quizás ni siquiera os acordéis xD No os preocupéis; yo en vuestro lugar tampoco sabría por dónde me está pegando el aire. Además, me he permitido meter en la historia a uno de mis jugadores favoritos, y ha sido todo un placer. Ya le echaba de menos en mis fics, aunque es la primera vez que tiene algo de "protagonismo" real.
Este capítulo se lo dedico, cómo no, a Char, que me lleva pinchando para que lo escriba desde que acabé el anterior. Tuve la decencia de pasarle un adelanto para que se callase y sólo me sirvió para que me pinchase más; así de cansino es el tío. Además, también me gustaría hacer una pequeña mención a Toane07, la única persona además de mis lectores habituales que me ha dejado una review para darme a conocer su opinión. Espero que escribas mucho a partir de ahora ^D^
Ya vale de hablar, leches. ¡Disfrutad del capítulo!
—De acuerdo. ¿Estás listo?
Handa asintió con fuerzas renovadas. Saber que sus amigos le apoyaban y le seguían ayudando a pesar de estar tan lejos le daba una sensación de seguridad en sí mismo que hacía tiempo que no notaba.
—Muy bien. Demuéstrame lo que sabes hacer.
Handa se llevó la mano a la boca y cerró los ojos, tratando de recordar las enseñanzas de Koutei. Colocó los dedos en posición y sopló con fuerza, produciendo un fuerte y perfecto silbido. Instantes después, una escuadra de cinco pingüinos violetas emergió de la tierra y se alineó detrás de él.
Yagami se cruzó de brazos.
—Pingüinos violetas. No está del todo mal.
Handa mostró una pequeña sonrisa de felicidad absoluta.
—¿Y bien? —preguntó Yagami con cierto retintín—. Has llamado a esos pingüinos tú solito. ¿Cuál es el problema, entonces?
—Bueno… —Handa carraspeó mientras se rascaba la nuca—. Es genial tener pingüinos a mi disposición y eso, pero yo lo que quiero son… pandas.
—Y, por lo que me has dicho, no sabes cómo llamarlos.
—N-no. Sólo me enseñaron a silbar del modo correcto para invocar pingüinos.
—"Silbar" —repitió Yagami con sequedad—. Creo que empiezo a ver el problema. Dime, ¿tienes acaso la más mínima idea de qué demonios estás haciendo para atraer al campo a esos pingüinos?
—Pues, eh…
—Y ni se te ocurra decirme que "silbar" —cortó Yagami en seco antes de que Handa pudiese hablar. Él, por tanto, se quedó totalmente callado, ya que ésa era precisamente la respuesta que pensaba dar. Bajó la mirada avergonzado y tragó saliva.
—¿Es eso todo lo que puedes invocar —prosiguió Yagami—, o te han enseñado a llamar a alguna otra clase de animal?
—Bueno, sé cómo hacer aparecer pingüinos verdes… —dijo Handa mientras le acariciaba la cabeza a uno de los pingüinos violetas. Después, le dio las gracias por venir tan rápido y le dijo que podía irse. Los pingüinos hicieron una pequeña reverencia y volvieron a hundirse en la tierra.
—Ah, ¿sí? ¿Y cómo lo haces?
Handa fue a meterse los dedos en la boca otra vez, pero Yagami le frenó sujetándole uno de los brazos.
—Es suficiente —resopló—. Si vas a volver a silbar, no nos sirve de nada.
Handa se sorprendió y abrió los ojos algo más de lo normal. No terminaba de entenderlo. ¿Cómo pretendía que llamase a sus pingüinos sin silbar?
—Estás demasiado anclado en esa estúpida idea, "Shin-shin" —aseveró Yagami, claramente irritada—. No sé qué demonios te han metido en la cabeza, pero tú mejor que nadie deberías saber que hay muchísimas maneras de tomar prestado el poder de un animal: el Raimon tiene muchísimas técnicas que se basan en fauna.
—Pero cada animal se invoca de una manera, ¿no…? —preguntó Handa en un susurro—. ¿No son los silbidos el método para llamar a los pingüinos…?
Yagami chasqueó la lengua.
—No existe un "método" concreto; cada cual busca su propia manera de lograr sus propósitos. Si el Teikoku ha decidido utilizar silbidos es porque es un método simple, pero no es ni por asomo el único. Lo que atrae a un animal no es un ruido ni una acción, sino el propio poder del usuario. —Hizo una pequeña pausa, dio un paso atrás y dijo—: Fíjate atentamente.
Yagami bajó la mirada, tensó los músculos y apretó los puños. Al instante, un círculo de un brillante color azul oscuro apareció alrededor de ella y, tras unos segundos, éste estalló en llamas, formando una pequeña barrera y rodeando a Yagami por completo. Entonces, uno por uno, cinco pingüinos de color verde oscuro vestidos como pequeños astronautas asomaron el pico desde debajo de la tierra y salieron disparados hacia el cielo. Tras hacer una serie de acrobacias aéreas, fueron aterrizando y se alinearon detrás de Yagami, del mismo modo que los pingüinos violetas habían formado detrás de Handa minutos antes.
Handa miraba la escena de hito en hito. El poder de Yagami era increíble y… aterrador. La princesa se irguió, cruzó los brazos y dijo con seriedad:
—Éstos son los pingüinos espaciales, una clase de pingüinos a la que el Teikoku no es capaz de acceder. Se requiere una energía desorbitada para llamarlos y controlarlos, así que ellos prefieren pingüinos más dóciles para hacer uso de su fuerza más fácilmente y no sufrir daños al realizar sus técnicas. Ahora, dime, "Shin-shin": ¿he silbado para hacerlos aparecer ante mí?
Handa negó con la cabeza.
—Invocar no significa encontrar el reclamo adecuado para cada animal —prosiguió Yagami—, sino ser capaz de controlar el poder que pretendes usar. Una vez te ganes el respeto del animal al que buscas, aparecerá ante ti con tan solo proponértelo. Ser capaz de invocar es, por tanto, sinónimo de tener las capacidades idóneas (o mínimas, al menos) para controlar dicho poder.
En cuanto Yagami acabó su explicación, comenzaron a sonar una serie de efusivos y rápidos aplausos procedentes del banco donde estaba Ootani. Desde lejos, la gerente felicitó a Yagami por su clase magistral con su característico tono de voz dulce y amable, y le preguntó a Handa si lo había entendido bien.
—Eh… C-creo que sí —dijo Handa a la par que asentía con la cabeza—, pero hay algo que no termino de comprender. —Volvió la cabeza hacia Yagami de nuevo y preguntó—:Si es la fuerza propia la que atrae a los animales, ¿por qué no fui capaz de hacer aparecer a los pingüinos hasta que aprendí a silbar…?
—¿Cómo pretendes que lo sepa si no estaba allí para verlo, memo? —bufó Yagami, cruzándose de brazos de nuevo—. Sólo puedo conjeturar, pero supongo que fue cosa de tu propia confianza en ti mismo. Tú creías ciegamente que no lo conseguirías sin poder silbar, y eso te tenía bloqueado. No vale con ser fuerte; hace falta ser capaz de exteriorizar esa fuerza y mostrar la confianza necesaria para hacer un correcto uso de ella. …Razón por la cual sigues siendo tan dramáticamente patético.
Handa soltó un suspiro que bien podría haber pasado por sollozo.
—¡Ya lo has oído! —dijo Ootani, acercándose a Handa y a Yagami, y prosiguió en tono ligeramente recriminatorio—: ¡Te tengo dicho que tienes que confiar más en ti mismo, Shinichi!
Handa hizo un poco convincente gesto afirmativo con la cabeza y se giró a tiempo para ver cómo Yagami despedía a sus pingüinos del mismo modo que él lo había hecho antes. Los pingüinos echaron a volar en vertical a toda velocidad gracias a sus propulsores y se perdieron en el firmamento.
«Supongo que tiene lógica que se vayan al espacio —pensó Handa mientras miraba a los pingüinos—, pero, entonces, ¿cómo es que salen de debajo de la tierra cuando se les llama…?»
Handa no pudo esperar a la hora de comer y, antes de entrenar, se metió el contenido de una de las tarteras entre pecho y espalda bajo la atenta mirada y la cálida sonrisa de Ootani, que veía complacida cómo su amigo disfrutaba a niveles casi extáticos de la comida que ella misma le había preparado. Yagami comenzaba a impacientarse: no porque Handa comiese despacio —de hecho, el caso era justo el contrario—, sino porque semejante actitud auguraba que el chico podría resultar todavía más inútil de lo que a primera vista parecía. El saque del que estaba haciendo gala no era ni de lejos normal para alguien de su complexión física.
Una vez hubo terminado de engullir, Handa resopló y se rascó el estómago. Echó un rápido vistazo hacia su derecha, donde Yagami comía en silencio, y empezó a sudar a chorros al comprobar que la chica le estaba lanzando una mirada asesina.
—Perdona a Shinichi —dijo Ootani con tono ligeramente contrito—. La teoría le da mucha hambre.
Handa soltó una risotada forzada para tratar de quitarle hierro al asunto, pero sonó tan lamentable que sólo consiguió irritar más a Yagami. Dirigió la mirada al suelo durante unos segundos e, inmediatamente después, preguntó con voz trémula:
—Dígame, Yagami-sama… ¿Qué vamos a hacer a continuación…?
—Haces demasiadas preguntas. —Yagami se tomó su tiempo para llevarse un pedazo de carne a la boca y masticarlo concienzudamente, mostrando total indiferencia hacia el pobre centrocampista del Raimon. Tras tragar, prosiguió—: Mamoru-kun no me dio órdenes específicas, así que haremos las cosas a mi modo. Si lo que quieres es desarrollar un hissatsu de invocación, lo mejor es que te prepares para poder llegar a llamar al propio animal. Centrémonos en hacerte más fuerte… si es que eso es posible.
Yagami se metió en la boca la comida que quedaba en su tartera y se la pasó a Ootani sin mirarla siquiera. La gerente recogió todo, se levantó y se fue de nuevo al orfanato para fregar, indicando que volvería lo antes posible.
Handa y Yagami se quedaron solos. De pronto, el chico clavó la vista en el suelo y susurró:
—Lo… lo siento mucho, Yagami-sama. Siento que se haya visto envuelta en todo esto. Debe de parecerle muy egoísta que yo venga aquí de golpe y espere que usted me ayude sin más…
Yagami miró a Handa sin decir una palabra. Al cabo, tomó aire y lo soltó en forma de leve suspiro.
—Deja de decir estupideces, miedica. Si estoy haciendo esto es porque quiero. Sea cual sea mi relación con Mamo… —Yagami se interrumpió a sí misma y tosió sobre su mano, sonrojándose muy levemente— con… tu capitán, él sabe que nunca podría obligarme a hacer nada que yo no quisiera hacer. De hecho, no me habría pedido ayuda de no haber sabido a ciencia cierta que yo estaría dispuesta a echarle una mano. Y si en este caso ayudarle a él significa que tengo que ayudarte a ti, de momento no tengo inconveniente, supongo. —Se encogió de hombros—. A fin de cuentas, los que te han intentado ayudar hasta ahora no han hecho absolutamente nada a derechas.
Handa despegó los ojos del suelo y los dirigió hacia Yagami. En su cara, podía verse una pequeña y agradecida mueca de alegría.
—Además —prosiguió ella—, por inútil que seas, no eres peor que ese par. Cuidar de dos imbéciles es siempre mucho más pesado que cuidar de uno solo, así que me sirves de excusa para aligerar un poco el trabajo.
Los ánimos de Handa volvieron a derrumbarse, y su cuerpo dio señales de ello desplomándose sobre sus piernas como si de un peso muerto se tratase. Yagami volvió a suspirar.
—Eh —dijo al cabo, hincando repetidamente la punta de su pie derecho en las costillas de Handa para hacerle reaccionar—, tengo una pregunta para ti.
Handa soltó un aullido de dolor ahogado e hizo un gesto dubitativo con la cabeza para invitarla a preguntar.
—Ya has aprendido a invocar pingüinos. Son animales versátiles, poderosos y rápidos. ¿Por qué no conformase con eso? ¿A qué viene semejante interés con los pandas?
Handa se calmó misteriosamente al oír aquella pregunta. Reclinó el cuerpo hacia delante y reposó sus brazos sobre las piernas. Fijó la vista en el horizonte durante unos segundos: ya hacía horas que había llegado al orfanato y el sol que había alumbrado su primer día allí se perdía ya entre las montañas junto a su tenue luz. El tiempo estaba definitivamente en su contra.
Tras aquella pequeña pausa, volvió la cabeza hacia Yagami y, con una voz mucho más solemne que antes, dijo:
—Es… porque no quiero rendirme.
Yagami parpadeó, sorprendida.
—Quiero ser capaz de alcanzar mis propias metas sin atajos —prosiguió Handa—. Me propuse invocar un panda y desarrollar un hissatsu increíble gracias a él. Siempre he sido el punto débil del Raimon, ¿sabe…? —Handa soltó una risilla forzada—. Soy un veterano en el equipo y uno de sus primeros miembros y, a pesar de todo, no he conseguido nada. Nunca he sido de ayuda ni he destacado lo más mínimo. Siempre he sido el "normal", el inútil del montón al que nadie hace ningún caso… Ni siquiera con la Piedra Aliea pude ser realmente fuerte.
»No han sido pocas las veces que me he sentido como un estorbo para el resto. El Raimon es un equipo increíble, pero yo… no estoy a su nivel. Siempre he estado ahí, pero nada habría cambiado aunque yo hubiese faltado. Y… no quiero acabar así. Éste es mi último año en el Raimon y no quiero seguir siendo un lastre para los demás. ¡Quiero ayudar, ser más fuerte y llegar a ser útil tanto en la delantera como en la defensa…! ¡Y no me importa cuánto tenga que esforzarme para conseguirlo! ¡¡Algún día, conseguiré lo que me he propuesto, y entonces… todos verán de lo que soy capaz!!
Yagami se levantó.
—Ya veo. Creo que te había juzgado mal, después de todo. Puede que seas un miedica inútil, pero tienes una meta y estás dispuesto a alcanzarla cueste lo que cueste. Eso me gusta.
El rostro de Handa se iluminó al ver que en los labios de Yagami aparecía una pequeña y suave sonrisa. Hasta entonces no se había dado cuenta, pero, en aquel momento, Handa no pudo evitar pensar que, cuando sonreía, Yagami era realmente preciosa.
—Bien, Handa: ya sé qué hacer contigo. Dado que quieres ser útil en cualquier posición, te mostraré lo que tus habilidades propias pueden conseguir. No hace falta ser más rápido o chutar más fuerte para conseguir nueva fuerza; basta con sacarle el máximo potencial a lo que ya sabes hacer.
—¡Suena genial…! —exclamó Handa—. Pero, ¿cree que yo podré hacer algo así…?
—¡Eh, eh! ¿¡Adónde ha ido toda esa decisión que me has enseñado antes!? ¡Nunca conseguirás nada si dudas, miedica! ¡Tienes que confiar en que podrás hacerlo!
Handa no pudo contener una cortísima risita.
—…Suena usted un poco como el capitán, Yagami-sama —dijo, aún sonriente. Yagami se puso colorada de repente y, tratando de mantener su habitual aspecto frío e indiferente, desvió la mirada.
—D-deja de decir tonterías, imbécil.
Ootani volvió, así que Yagami decidió dejar a la gerente al cuidado de su pupilo mientras ella se preparaba para entrenarle bajo condiciones extremas. Se había notado demasiado blanda al tratar con Handa y quería resarcirse a sí misma sometiéndole a un entrenamiento lo más duro posible. Así fue como ella y el resto de miembros de su equipo se volvieron tan increíblemente fuertes, al fin y al cabo.
La subcapitana de The Genesis volvió corriendo al Ohisama-En. Abrió la puerta de golpe y entró en el orfanato como un huracán desbocado, arrasando con todo lo que se cruzaba en su camino y gritando a pleno pulmón. Salió al jardín y, bajo la sorprendida mirada de todos los que allí estaban entrenando, agarró al joven Hiroto del pescuezo y se lo llevó en volandas sin dar una sola explicación.
—¿Puedo… puedo preguntar a qué viene todo esto? —llegó a balbucear Hiroto, sorprendentemente tranquilo a pesar de estar siendo arrastrado por el suelo por razones que aún no alcanzaba a entender.
—¿Sabes dónde demonios está Wheeze? —dijo Yagami secamente sin molestarse en mirarle.
—Oh… Creo que no está aquí. Me parece que él y Saginuma-kun se han ido a entrenar a alguna parte. Y, Reina, creo que agradecería que empezases a llamarle por su nombre real en vez de por su nombre de alienígena. Nadie aquí quiere recordar esa época.
—¡Y yo no tengo ganas de aprenderme su nombre! —gritó ella, claramente irritada—. ¡Maldita sea!, ¿es que hoy tiene que salirme todo mal? ¡Tengo que entrenar al idiota ése de Handa!
De repente, un chico asomó la cabeza por una puerta cercana.
—¿Habéis dicho Handa? —preguntó con los ojos muy abiertos.
—¡Oh, Segata-kun! —exclamó Hiroto—. Llegas en buen momento. Sí, Handa-kun está por aquí. ¿Te apetece venir a entrenar con nosotros? Nos falta uno, al parecer.
—¡Por supuesto! —Segata sonrió de forma casi malévola a pesar de que en el fondo estaba contentísimo—. Je, esto me trae muchos recuerdos. ¿Verdad, Kiyama?
—¿Eh? ¿Es que le conoces, Zel? —inquirió Yagami, arqueando las cejas.
—¿Te importaría aprenderte mi nombre de una vez, Yagami? No soy Zel; soy Ryuuichirou Segata. No creo que sea tan difícil.
Yagami discrepó pacíficamente poniendo los ojos en blanco.
—Y, sí. Nos conocimos hace unos meses, cuando vino a pedirle ayuda a Kiyama. Es un tío bastante raro, ¿no te parece? —rió Segata.
—Yo lo definiría como… "peculiar" —sonrió Hiroto.
Yagami se mordisqueaba la uña del pulgar derecho.
«¿¡Es que aquí todo el mundo le conoce o qué!?»
La noche ya había caído sobre Inazuma. Shinichi desenroscó la tapa de su hucha y sacó cuanto dinero tenía en ella. Lo contó con cuidado y suspiró: su pequeña caja fuerte personal iba a quedarse tiritando después del viaje. Pero se trataba de algo que tenía que hacer, y estaba dispuesto a gastarte hasta su último yen si era necesario.
Se despertó muy temprano y miró por la ventana. Nubes de color gris oscuro se extendían hasta donde su vista alcanzaba y llovía a cántaros. Parecía que el cielo estuviese a punto de caérsele encima, pero no quería retrasar su viaje ni un día más. Se vistió con su chándal de fútbol habitual y, sin más equipaje que un paraguas, le echó valor y salió a la calle. La tormenta le saludó abofeteándole en la cara con un periódico mojado que iba volando por ahí, pero Shinichi no se echó atrás. Se quitó el dichoso periódico de la cara, se secó con la manga y, abriéndose paso a través del fuerte vendaval gracias al paraguas, se dirigió hacia la estación de tren de la ciudad.
Tuvo que correr como nunca, esquivando a la gente entre resbalones provocados por sus zapatillas mojadas y procurando no tragar cemento en el intento, pero finalmente consiguió meterse en el primer tren del día e incluso encontró un buen sitio donde sentarse.
Pasada una hora larga, un frenazo brusco despertó a Shinichi de golpe, quien se vio a sí mismo volando hacia el señor que estaba sentado frente a él y notó cómo su cráneo se quebraba un poco al golpear la dura mandíbula del hombre. Shinichi se disculpó varias veces, pero el hilillo de baba que aún tenía en la barbilla no decía mucho a su favor. El hombre se fue maldiciendo la estampa del chico y se sentó en otro sitio. Tratando de hacer caso omiso a toda la gente que mantenía los ojos clavados en él después de aquel desafortunado incidente, comprobó dónde se encontraba y suspiró aliviado. Al menos, el frenazo había llegado en un buen momento: la siguiente parada era la suya.
Se bajó lo más discretamente posible para evitar más miradas acusatorias, pero tuvo que volver a entrar en el vagón a toda prisa y empujando a todos los pasajeros que se pusieron en su camino porque se había dejado el paraguas, mandando al traste todos sus esfuerzos de no volver a atraer todas las miradas del vagón de un modo tan poco positivo. El tren estuvo a punto de arrancar de nuevo con él dentro, pero consiguió salir en el último momento. El paraguas, sin embargo, quedó trabado en la puerta del vagón y no salió del todo bien parado. Lo sacó de un tirón y trató de abrirlo: un par de varillas colgaban de un hilo, pero al menos aún podría protegerle de la lluvia… durante un rato, al menos.
Suspiró. Su vida se componía de un desastroso error tras otro, pero eso era algo que no estaba dispuesto a aceptar. Era hora de cambiar, de volverse mejor y luchar a capa y espada contra el destino que le había tocado. Y más firmemente decidido que nunca a remodelarse a sí mismo, salió a la calle, se protegió de la cada vez más violenta tormenta con su maltrecho paraguas y echó a correr hacia su destino.
Enfrentándose al terrible viento y al frío helador de la mañana, Shinichi consiguió abrirse paso a través del temporal y divisar un enorme edificio que se alzaba entre la niebla. Lo había conseguido: su destino final estaba a tan solo unos minutos de distancia. De un momento para otro, el viento cesó y la lluvia dejó de caer, como si se diesen por vencidos; al menos, eso le pareció a Shinichi, que consideró aquella hazaña su primer paso hacia la meta que se había impuesto. Plegó el paraguas y recorrió de un sprint los pocos metros que le separaban del orfanato que lucía en su entrada un cartel de madera con el nombre "Ohisama-En" grabado en él.
Llamó a la puerta y, segundos después, un chico le abrió. Tenía los ojos de color naranja, las orejas sospechosamente puntiagudas y el pelo blanco como la nieve, el cual llevaba por la altura de los hombros y peinado hacia un lado. Su mirada podía parecer perversa, pero en realidad solamente reflejaba cierta picardía innata.
—¿Q-quién eres tú…? —preguntó Shinichi. El chico se cruzó de brazos y reposó la espalda en el marco de la puerta.
—¿No crees que eso debería preguntarlo yo? —contestó con un resoplido.
—Ah, s-sí, disculpa. Me… me llamo Shinichi Handa —dijo con una pequeña reverencia—. ¿Está Kiyama-san en casa…?
—Son las ocho de la mañana de un sábado; lo raro sería que no estuviese aquí. De hecho, creo que sigue durmiendo, como casi todo el mundo. Pero ¿se puede saber de dónde demonios sales tú a estas horas, chaval?
—Yo, esto… Bueno… —Shinichi titubeó, pero luego se irguió y dijo con firmeza—: Tengo que hablar con él. Es… muy importante para mí.
—Ya veo —dijo el chico después de una pequeña pausa—. En fin, supongo que vas en serio. Ven, pasa.
El chico guió a Shinichi hasta una sala de estar muy amplia. El pasillo estaba lleno de fotos de niños pequeños, entre los cuales creyó reconocer a su anfitrión un par de veces.
—Por cierto, yo me llamo Segata —dijo el chico—. Ryuuichirou Segata. Tú eras… Handa, ¿verdad?
El invitado asintió con una pequeña sonrisa.
—Trataré de acordarme, pero no prometo nada. —Se encogió de hombros—. Voy a buscar a Kiyama. Tú siéntate en el brasero si quieres.
Shinichi se acomodó en la mesita del brasero y se dejó seducir por su delicioso y relajante calor. Cuando estaba a punto de volver a dormirse, una voz que venía de alguna estancia contigua le despertó.
—¿Handa-kun? —preguntó la voz. Shinichi miró en todas las direcciones y acabó por encontrar a Hiroto, que venía de lo que parecía ser la cocina del orfanato cargado con una bandeja en la que traía una tetera y una gran cantidad de recipientes donde servir su contenido.
—Ése era tu nombre, ¿verdad? —dijo con una pequeña risita mientras dejaba la bandeja en la mesa del brasero—. Perdona si me he equivocado, pero mi memoria no es especialmente buena.
—¡No, no, Kiyama-san, lo has dicho bien…! —exclamó Shinichi, feliz de comprobar que todavía se acordaba de él a pesar de todo el tiempo que había pasado—. ¿Cómo es que no estás dormido…?
—Oh, por la gloria de Padre, ¡pero si estás empapado! —dijo Hiroto sin hacer caso a la pregunta de Shinichi—. Ahora mismo te traigo una muda seca para que te cambies antes de que pilles un resfriado o algo peor.
Shinichi titubeó y trató de retenerle, pero visto que no había manera de hacer que su anfitrión cambiase de opinión, decidió dejarle hacer lo que sus modales le dictasen. Y puede que sí que necesitase secarse un poco después de semejante diluvio.
Hiroto volvió minutos después con un uniforme de fútbol de color rojo y naranja al que Shinichi puso muy mala cara.
—…No eres muy fan de la licra, ¿eh? —suspiró Hiroto con un gesto de comprensión en la cara—. Lo siento mucho, pero me temo que no tengo más ropa a mano. Habíamos dejado la colada secando al sol y… en fin, qué te voy a contar. Lo que queda lo necesitan los demás, y tampoco quisiera robarle la ropa a nadie, compréndeme. Siento ser tan mal anfitrión, de verdad.
—Supongo… supongo que no importa. Es sólo ropa, ¿no…? —Shinichi hizo un esfuerzo por sonreír al extender los brazos para que Hiroto le diese la muda de spandex que tantísimo le recordaba a los uniformes de Aliea, con todo lo que ello suponía.
—Me alegra que te lo tomes tan bien. ¿Te dejo solo para que te cambies de ropa?
—…Si no te importa…
En cuanto Hiroto salió de la sala de estar, Shinichi se quitó el chándal empapado, lo dobló y lo dejó en el suelo mientras se ponía el traje de licra que le habían dejado. A pesar de los malos recuerdos que le traía a la cabeza, tuvo que reconocer que era increíblemente cómodo y que se ajustaba al cuerpo como un guante.
Minutos después, cuando Hiroto volvió, él también llevaba puesto un uniforme como el de Shinichi; según él, para que no fuera el único así vestido y no se sintiese tan incómodo por ello. Al ver que Shinichi iba a protestar, se apresuró a añadir, además, que él también se había quedado sin mudas secas, que no estaba haciendo ningún sacrificio por él y que, por tanto, no tenía que preocuparse por eso.
Hiroto se llevó la ropa mojada de Shinichi a algún lugar donde no estorbase y después se sentó junto a él en el brasero.
—Siento que tengas que tomarte tantas molestias, Kiyama-san… El chico que me ha abierto, Segata-san, me ha dicho que debías de seguir en la cama…
—Ah, ¿Segata-kun? —Hiroto soltó otra risita—. Él suele ignorar a todo el mundo y todo lo que los demás hacen, pero la verdad es que yo madrugo casi a diario para preparar el desayuno. Él también se despierta temprano, pero se dedica a vaguear de diversas maneras sin prestar la más mínima atención a lo que hagan o dejen de hacer los demás. —Hiroto le acercó una taza a Shinichi y comenzó a verter un humeante té verde en ella—. ¿Qué te trae por aquí tan temprano?
—Bueno, verás… Es por algo que me tiene obsesionado desde hace tiempo, y… creo que eres el único que puede ayudarme.
—Ah, ¿sí? —preguntó con una sonrisa en los labios mientras vertía té en su propia taza—. Cuéntamelo, por favor.
—Soy… —tragó saliva— un inútil.
Hiroto parpadeó sorprendido y dejó la tetera a un lado. Empujó un poco más la taza de Shinichi hacia él y le dijo:
—Bebe, anda. Creo que será mejor que me lo cuentes cuando hayas entrado en calor del todo.
Shinichi asintió y le dio un pequeño sorbo al té, abrasándose la lengua por el camino.
—Oh. Perdona. Debí avisarte de que está un poco caliente.
Shinichi se tragó las lágrimas y las ganas de gritar de dolor y posó la taza en la mesa con cuidado.
Hiroto le trajo un vaso de agua y Shinichi se lo bebió de un trago.
—¿Mejor? —preguntó Hiroto. Shinichi asintió.
—…Creo que ya he entrado en calor para todo el mes.
Hiroto soltó una risita tímida.
—Me alegra que te lo tomes con tanto humor. No sabía que, además de un gran jugador de fútbol, fueses también tan gracioso, Handa-kun.
Shinichi lanzó la mirada hacia abajo al momento, más rojo por la vergüenza que por todo lo que le ardía la lengua.
—No… Te equivocas, Kiyama-san. Si he venido hasta aquí es porque… no valgo para nada. Pero ya no puedo soportarlo más. ¡Quiero dejar de ser un jugador de relleno en el Raimon, aportarle al equipo algo que no tenga…! No quiero que todo el peso de los partidos siga recayendo en el capitán, Gouenji-kun y Kidou-kun… Me gustaría ayudarles, serle útil al equipo y… ser reconocido como un jugador de verdad. Me gustaría dejar de ser un simple cero a la izquierda.
Hiroto cruzó los brazos y, tras una pequeña pausa, dijo:
—Es natural que te sientas así; te entiendo perfectamente. Pero ¿por qué has venido a pedirme ayuda a mí? ¿No crees que deberías hablarlo con tus compañeros de equipo o con tu entrenador, Handa-kun?
Shinichi sacudió la cabeza.
—No. Si les pidiese ayuda, tan solo conseguiría convertirme en… en una especie de mala copia de alguno de ellos, y eso no le serviría de nada ni al equipo ni… a mí. ¡Si he venido a pedirte ayuda es porque, durante el partido contra The Ogre, tú cubriste mi posición mucho mejor de lo que yo lo he hecho jamás…! El equipo se sintió muy a gusto, colaboraste en el ataque y la defensa… Le aportaste algo al partido. Y pensé que quizás podrías enseñarme a, bueno, a jugar como tú…
Hiroto sonrió.
—Preferiría que siguieses tu propio camino antes que tratar de imitarme.
—¡P-pero el Raimon necesita tu fuerza, Kiyama-san…! La mía no… no es suficiente.
—¿Sabes, Handa-kun? —pregunto Hiroto. Se tomó su tiempo para tomar la taza de té entre sus manos y darle un trago. Se quedó mirando a la taza y murmuró para sí—: Vaya, qué buen té. Me pregunto dónde lo habrán comprado… —Volvió a dirigir los ojos hacia Shinichi y prosiguió—: Da igual lo fuerte que seas, lo que sepas hacer o la cantidad de goles que puedas marcar. Lo que de verdad marca la diferencia entre un jugador útil para su equipo y un simple jugador de relleno es la confianza y el valor, y sé de sobra que todos los jugadores del Raimon rebosan aptitudes en ese sentido. Si eres capaz de sacar a relucir tu aplomo, encontrarás tu propio modo de ayudar a tu equipo.
—Entonces, ¿no me ayudarás…? —dijo Shinichi disgustado y con la mirada gacha.
—Al contrario. Me encantaría ayudarte y enseñarte lo poco que yo sé. —Shinichi levantó la cabeza y una mueca de alivio y gratitud apareció en su cara. Hiroto continuó—: Sé por lo que estás pasando porque yo solía ser igual, y nada me haría más feliz que ayudarte a sacar a relucir la fuerza que duerme en ti. Además, al igual que tú, yo también quiero algo de reconocimiento. Imagínatelo: ¡Hiroto Kiyama, el hombre que ayudó al gran Shinichi Handa a encontrar su camino y a convertirse en un jugador de fútbol de primera! ¿No te parece que suena genial? ¡Seguro que las chicas me perseguirán como a un ídolo! —río.
—¿Qué decís de ligar con titis? —dijo un sorprendido Ryuuichirou Segata, asomando la cabeza de repente por la puerta de la sala de estar. Hiroto resopló.
—Sólo oyes lo que quieres, ¿eh, Segata-kun?
—¡Sermones, los justos, Kiyama! —contestó Segata—. Entonces, ¿qué dices que hay que hacer para que las tías nos persigan?
—N-no, Segata-san, no es…
—Tendríamos que ayudar a Handa-kun —cortó Hiroto—. Seguro que nos salen muchísimas fans si conseguimos convertirle en un gran jugador.
—Pero, Kiyama-san, ¿qué estás diciendo…? —susurró Shinichi.
—Sígueme el juego de momento, por favor —respondió Hiroto, manteniendo el tono de voz bajo—. Segata-kun es vago como él solo, pero muy buen jugador, y me vendría muy bien que me echase una mano a la hora de ayudarte. Tenemos que ofrecerle algo que le motive o se negará a colaborar, y me temo que las mujeres son el único flanco por el que podemos atacar de momento. No debemos desaprovechar esta oportunidad.
—¿¡Qué demonios cuchicheáis!? —gritó Segata—. ¡Vamos, gandules, no hay tiempo que perder! ¡LAS TITIS NOS ESPERAN!
Segata echó a correr hacia fuera sin prestar más atención a sus dos nuevos compañeros de prácticas ni al hecho de que aún llevaba el pijama puesto.
—Bueno, parece que nos hemos salido con la nuestra —rió Hiroto.
—Oye, Kiyama-san… ¿Qué clase de entrenamiento vamos a hacer…?
—Lo cierto es que no lo sé —contestó muy serio—. Así que creo que, simplemente, cumpliré mi palabra y te enseñaré lo poco que yo sé.
—¿No habías dicho que no tenía que imitarte…? —preguntó Shinichi, confuso.
—Una cosa es que te enseñe, y otra cosa es que me imites. Los consejos que yo te pueda dar son solamente eso: consejos. Cómo los utilices y cómo los lleves a la práctica es tan solo cosa tuya. Quiero que los conviertas en algo tuyo.
—¿De verdad está bien que trate de… cambiar lo que me enseñes y apropiarme de ello? ¿No es eso como robar…?
—¡No pienses así! Yo te enseño porque quiero y porque tengo fe en que te acabará sirviendo para mejorar. Digamos que te… cedo lo que sé. Yo ya le he dado mucho uso, y no creo que pueda llegar a sacarle más partido. Creo que estará mejor en tus manos: considéralo un trozo de arcilla que puedas modelar a placer.
Shinichi hizo una mueca de desconcierto. No acababa de seguir a Hiroto.
—Pero, eh… ¿De… de qué estamos hablando, Kiyama-san…?
—Te lo advierto —dijo Hiroto muy seriamente, haciendo, una vez más, caso omiso de las preguntas de Shinichi—: no te lo pienso poner fácil. Dominarlo no es nada sencillo, y puede que nunca lo consigas, pero es un riesgo que debes asumir. ¿Estás dispuesto a sacrificarte y a entrenar duro para conseguirlo?
Shinichi tragó saliva, tratando de mantenerse tan serio como él en apariencia: bajo el brasero, donde Hiroto no podía verle, sus manos y piernas temblaban de puro miedo.
—¡…Sí! ¡He decidido que haré lo que sea por cambiar y convertirse en una persona mejor, y haré cuanto sea necesario para conseguirlo…! ¡¡No… no voy a rendirme después de haber llegado tan lejos!!
—Eso es justamente lo que quería oír —sonrió Hiroto, volviendo a su actitud atenta y amable de siempre—. Dime, Handa-kun, ¿te gustaría aprender mi Ryuusei Blade?
La cara de Shinichi se iluminó como nunca y asintió como un loco.
—¡Ya verás como lo haces genial, Shinichi! ¡Estoy segura de que podrás plantarle cara a cualquier desafío que te proponga!
—B-bueno, gracias por tu confianza, Tsukushi-chan, pero no estoy tan seguro… —río Handa, rascándose la mejilla.
Fue entonces cuando vio cómo Yagami volvía al parque acompañada de dos figuras que no tardó en reconocer.
—¡Hiroto-san, Segata-san…! ¿Qué hacéis vosotros aquí…?
—Yagami iba buscando a alguien que le ayudase, y cuando he sabido que eras tú, ni me lo he pensado —sonrió Segata—. Luego, Kiyama se nos ha acoplado por toda la cara.
—Deja de distorsionar la realidad, Segata-kun. Eres tú el que se ha apuntado porque Izuno-kun no estaba.
—¡Detalles, detalles! —refunfuñó el antiguo centrocampista de Epsilon—. ¡La cosa es entrenar! ¿Verdad, Handa?
—¡Sí…! ¡Hagámoslo lo mejor que podamos, chicos…!
Yagami contemplaba la escena con el ceño fruncido.
—Parece que se lleven muy bien, ¿verdad? —apuntó Ootani.
—Supongo. Al menos, puede que acabemos más rápido así. —Levantó la voz y gritó—: ¡Eh, Handa! ¡Deja de hacer el imbécil con esos dos y ven aquí!
Handa obedeció diligente y se acercó a ella, seguido por sus dos compañeros de entrenamiento.
—¿Qué tienes pensado para él, Reina? —preguntó Hiroto.
—Si es verdad que lo que quiere es ser mejor delantero y defensa, lo mejor será que aprenda a combinar ambas facetas. —Dirigió la mirada hacia Handa y preguntó—: ¿Sabes ya cómo bloquear disparos con disparos?
—¿Bloquear disparos con… disparos? —preguntó Handa, ladeando la cabeza.
—Veo que no sabes ni por dónde te está pegando el aire —resopló Yagami—. Escucha bien, "Shin-shin", porque sólo lo diré una vez. Existen ciertas técnicas de tiro que, utilizadas debidamente, pueden servir para bloquear los disparos del rival e incluso devolvérselos. Pero no vale cualquier birria, claro; sólo un limitado número de hissatsus tienen la fuerza necesaria y son lo suficientemente precisos como para ser utilizados de este modo. Sé que es inútil preguntar, pero ¿crees que tienes algún tiro que pueda utilizarse de este modo?
—Suena increíble, Yagami-sama, pero… —gimoteó Handa, cabizbajo—. No creo que ninguno de los míos sirva, no…
—Espera, Handa-kun —interrumpió Hiroto—. Creo que ésta podría ser la oportunidad que buscábamos.
—¿Ah…? ¿De verdad?
—¡Por supuesto! ¡No pierdes nada por intentarlo!
—¿Tú qué crees, Segata-san…?
—Claro, ¿por qué no? Quizás sea cosa del destino. Aquí comenzó todo, y aquí acabará. Suena hasta poético, ¿eh? —dijo con una risilla.
—¿¡Pero se puede saber de qué demonios estáis hablando, imbéciles!? —gritó Yagami, harta de estar fuera de la conversación.
—Yagami-sama, ¿cree que el Ryuusei Blade podría utilizarse así…?
—¿Cómo que el Ryuusei…? —titubeó Yagami—. ¿¡Es que este inútil sabe utilizar tu Ryuusei Blade, Hiroto!?
—Y muy bien, además —dijo Hiroto con cierto aire de orgullo—. Quién sabe, Reina. Puede que no sea tan inútil como tú crees.
Handa clavó la vista en el suelo y se rascó la nariz, sonrojado.
«Así que este idiota ha sido capaz de imitar a Hiroto… No está mal. Puede que sí que sea interesante, después de todo», pensó Yagami. Tras una pausa, y esquivando el comentario de Hiroto, afirmó:
—Debería funcionar perfectamente, sí. Todo depende de lo rápido que aprendas a hacerlo.
—Te sorprenderías, Reina —sonrió Hiroto—. Créeme; tiene muchísimo talento.
—…Ootani, el balón. Handa, a la portería. Vosotros dos, conmigo.
Ootani lanzó el balón a los pies de Yagami de una precisa patada mientras los demás se ponían en posición.
—¡Listo o no, Handa, allá vamos!
Con un movimiento de brazos, Yagami indicó a Hiroto y a Segata que saltasen. Se agachó, tensó los músculos y apretó los puños. Al instante, un círculo de un brillante color azul oscuro apareció alrededor de ella y, tras unos segundos, éste estalló en llamas, formando una pequeña barrera y rodeando a Yagami por completo. Entonces, uno por uno y a velocidad vertiginosa, cinco pingüinos de color verde oscuro vestidos como pequeños astronautas asomaron el pico desde debajo de la tierra y salieron disparados hacia arriba bajo las órdenes de Yagami, quien conducía y coordinaba su vuelo mediante movimientos de brazo del mismo modo que un director guía a su orquesta. Los pingüinos, volando en formación, llevaban el balón en el centro del pentágono que su formación dibujaba.
—¡Space Penguin! —gritaron los tres cuando Hiroto y Segata, en mitad del aire, chutaron juntos el balón que los pingüinos traían consigo. El esférico, sobrecargado de poder, se descontroló y empezó a volar por el aire sin orden ni concierto, pero los pingüinos se encargaron de corregir su trayectoria y enfilarlo hacia Handa.
Saltó.
—¡Ryuusei Bl…!
El balón golpeó a Handa en la cara y le hizo desplomarse de cabeza sobre el césped.
—Eh, guapa, ¿qué hace una preciosidad como tú por aquí?
—¿Yo? He venido a ayudar a Shinichi. Eso es todo.
—¿Es que estás saliendo con él?
—¡Oh, no! ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada, por nada. Oye, nena, ya que es tu primera vez por aquí, ¿te gustaría recordarla para siempre?
—¡Sí, claro que sí!
—Je, je, je… Pues, ¿sabes qué? Yo soy experto en crear recuerdos inolvidables. Y… tengo alguna sugerencia para que tú y yo nos lo pasemos muy bien, si es que sabes de lo que hablo.
—…Pues la verdad es que no, pero no lo necesito, gracias. ¡Lo único que necesito para pasarlo bien es ayudar a Shinichi!
—Ya… ya veo. ¿Y qué hay de mí, preciosa? ¿Vas a dejarme pasar hambre?
—¡No, claro que no!
—¿¡De verdad!?
—¡Claro! Tienes comida en la nevera. Oh, ya sé, ¡no sabes cocinar! ¡Pues no te preocupes, que yo te preparo algo rápido en un momento! ¡Espérame aquí!
—¡No, espera! ¡Eso no es lo que yo…!
Segata sólo pudo suspirar al ver cómo Ootani salía disparada hacia el piso de abajo sin hacerle caso en lo más mínimo.
—Te esfuerzas demasiado, Segata-kun —sonrió Hiroto.
—¡T-tú a callar, Kiyama! Y éste, ¿hasta cuándo piensa dormir? ¡¡Despierta de una maldita vez, Handa!!
Segata le dio un golpe a Handa en la cara y éste se despertó al momento, sobresaltado.
—¡BLAAADE! —gritó, incorporándose en cuanto se despertó como si tuviese un resorte en la espalda—. Espera, ¿qué…?
Handa miró alrededor. No estaba en el campo de fútbol, sino en un pequeño cuarto de estilo clásico, tumbado sobre un futón y bien arropado en él.
—¡Por fin! —resopló Segata, exasperado—. ¡Tío, qué manera de dormir! ¡Llevabas horas roncando!
—Pero, ¿qué ha pasado…? ¿Dónde estamos?
—¿Que qué ha pasado? Que el balón te arreó en toda la jeta, te caíste y te desmayaste del golpe. Es un milagro que no te hayas roto nada. ¡Estás hecho de piedra!
Segata le dio una sonora palmada a Handa en la espalda. Su columna se mantuvo de una pieza por muy poco.
—Te tuvimos que traer hasta aquí a cuestas —añadió Hiroto—. Estábamos preocupados; sobre todo tu amiga.
—¡No hay forma de meterle fichas! ¿A quién tengo que venderle mi alma para que me haga un poco de caso, tío?
Handa se sonrojó ligeramente y se encogió de hombros. Segata resopló de rabia y se echó en su futón con las manos tras la cabeza.
—Gracias por traerme hasta aquí, chicos —dijo Handa al cabo.
—Reina hizo casi todo el trabajo; dale las gracias a ella cuando la veas —respondió Hiroto.
—Yagami-sama… ¿hizo eso?
—Son pocas las veces que la he visto actuar así. Siéntete afortunado, Handa-kun.
—S-sí… Claro.
Segata empezó a husmear.
—¿Oléis eso? —preguntó con una sonrisa—. Se me está haciendo la boca agua. ¿Qué demonios será?
—¿No te ha dicho la amiga de Handa-kun que te iba a preparar algo de comer? Quizás sea eso.
—¡Es verdad! ¡Ja! Bueno, si no voy a conseguir nada con ella, al menos me pondré las botas. ¡Ahí os quedáis!
Y se fue dando zancadas hasta la cocina.
—Es un caso —rió Hiroto.
—¿Qué hora es? —preguntó Handa.
—Las… 3 de la mañana, más o menos.
—¿¡Q-qué!? ¿Y por qué no estáis dormidos…?
—Estábamos esperando a que te despertases. Ya te he dicho que nos tenías preocupados.
—Ah, yo… Lo siento. Hemos perdido una tarde entera de entrenamiento por mi culpa. Sólo voy a estar aquí un día más, y…
Hiroto le dio una palmada en el hombro a Handa.
—No digas eso; ha sido un día productivo. Al menos has aprendido cosas, ¿no?
—Eso sí…
—Y ya sabemos que lo que te falla es el tempo. Tendremos que trabajar esa coordinación… aunque después de ese fallo, Reina va a ponerse aún más dura. Ten cuidado.
—Me lo temía… —sollozó Handa.
—¡Arriba esos ánimos! —exclamó Hiroto—. Ya has pasado por entrenamientos muy duros, ¿no? Y no es la primera vez que un jugador del Raimon se supera cuando tiene el tiempo en su contra. Lo lleváis en los genes, así que no te preocupes. Todo saldrá bien.
—Sí… Eso espero. Gracias, Hiroto-san.
—No hay por qué darlas. Ahora, venga, duerme. No sé si estar desmayado cuenta como dormir, pero visto cómo te has despertado, yo diría que no has descansado nada.
—Tienes razón. Me siento todavía más cansado que…
La tripa de Handa soltó un sonoro rugido.
—¿…Crees que quedará algo de lo que Tsukushi-chan ha preparado?
—Todavía me llega olor a comida, pero será mejor que bajes a comprobarlo.
Handa salió del cuarto como una exhalación y se dirigió hacia la cocina. Hiroto, desde el piso de arriba, pudo oír como Handa arrasaba con las sobras de la comida para disgusto de Segata.
Se tumbó en el futón, se arropó y cerró los ojos. Le esperaba un día duro, pero lo hacía por el bien de su amigo.
Ahora, le tocaba a él encontrar su camino, del mismo modo que él lo había encontrado al conocer a Endou.
Y, antes de quedarse dormido, una idea pasó por la cabeza de Hiroto. Y es que Endou y Handa, de alguna manera, se parecían mucho. Aunque no supiera decir en qué ni cómo.
—No… no puedo continuar…
—¡Levanta, Handa-kun! ¡Me prometiste que no te rendirías!
—Pero, K-Kiyama-san… ¡No puedo moverme! ¡Me… me duele todo el cuerpo…! Ni siquiera puedo mantenerme en pie…
—Déjalo, Kiyama. Este tío no vale para nada. Me temo que nos quedaremos sin titis.
Shinichi yacía boca abajo y luchaba por levantarse del suelo y volver a encarar a su destino, pero las piernas no le respondían. La lluvia había vuelto minutos antes, pero eso no cambiaba nada: su uniforme de licra ya estaba empapado en sudor. Hiroto, de pie junto a él, fruncía el ceño y le miraba con malos ojos. Segata, desde la portería, sacudía la cabeza y chasqueaba la lengua, despreciando las habilidades del recién llegado.
—¿Y de verdad esperabas que este tío se convirtiese en un gran jugador? ¡Si no es capaz ni de mantenerse en pie! ¡A éste me habría gustado verle soportar los entrenamientos de Neo Japan! ¡Ja!
—Puede que me equivocase con él, Segata-kun. Me prometió esforzarse, y ahora ni siquiera puede ponerse en pie. Qué… patético.
Shinichi cerró la mano derecha en torno a una mata de césped y la estrujó, tratando de descargar algo de rabia. Él se estaba esforzando al máximo, siguiendo las indicaciones de Hiroto e incluso las de Segata lo mejor que podía, pero no conseguía absolutamente nada. Se había pasado horas saltando, chutando, fallando y cayendo al duro suelo desde gran altura, y su cuerpo ya no daba para más. Le dolían los músculos, los huesos y la piel. Le costaba respirar y el corazón le latía tan fuerte que sentía que se le escaparía del pecho en cualquier momento.
Cerró los ojos, apretó la mandíbula y dejó que las lágrimas rodasen por su cara y se perdiesen en la hierba, ocultas entre las gotas de lluvia que asediaban la zona. Estaba a punto de desmayarse de puro dolor, pero no era el dolor lo que le hacía llorar. Era la frustración. Él se había propuesto cambiar, mejorar y convertirse en alguien mejor a base de esfuerzo y agallas, pero había fallado nada más empezar. Apenas había dado un paso antes de caer al suelo, derrotado por sus propios demonios. No tenía lo que hay que tener para cumplir los increíbles propósitos que se había impuesto.
Entonces, se acordó de sus compañeros del Raimon. Ésos que siempre le habían ayudado a librar todas sus batallas por duras que fuesen. Ésos que habían sido la fuente de su fuerza durante tanto tiempo. Y entonces comenzó a llorar no sólo de frustración, sino también de soledad, porque ninguno de ellos estaba ahora allí para apoyarle, para animarle y cubrirle las espaldas.
Era él contra el mundo, y el mundo había ganado.
—Je… Y pensar que Endou-kun me había hablado tan bien de ti…
Shinichi abrió los ojos y dejó de llorar.
—¿Q-qué…?
—Tenía entendido que eras increíble —puntualizó Hiroto—. Endou-kun solía hablarme muy bien de todos los miembros del Raimon que había dejado atrás, pero tú eras su favorito. Durante el FFI, siempre lamentaba que tú no hubieses sido seleccionado. Le habría encantado que los tres fundadores del Raimon se enfrentasen juntos al mundo.
—¿De verdad…? ¿El capitán… se acordaba de mí? —susurró Shinichi.
—Sí, pero soy incapaz de entender por qué. Me decía que tenías mucho potencial, que acabarías llegando a la selección, que estabas de sobra capacitado para hacer frente a quien fuese… Y mírate ahora. Tirado en el suelo, incapaz de levantarte para perseverar en cumplir las promesas que te hiciste a ti mismo ni corresponder a sus esperanzas. Y pensar que él confiaba tanto en ti… Endou-kun, eres demasiado pasional. No deberías dejarte llevar por tus sentimientos a la hora de juzgar las capacidades de alguien.
Shinichi miró al suelo con expresión triste y trató de tragar saliva, pero no pudo: tenía un nudo enorme en la garganta.
«El capitán confiaba en mí… No. Todavía confía en mí; siempre lo ha hecho. Ha estado esperándome muchísimo tiempo, convencido de que me haría fuerte, pero yo… estoy traicionando su confianza. Me he rendido y he dejado de luchar…»
Shinichi arrancó de un tirón el matojo de hierba que tenía agarrado y lo apretó con fuerza. Abrió la mano y se quedó mirando cómo la tierra mojada y las briznas de hierba caían al suelo de nuevo.
—Capi… ¡tán…! —gimió Shinichi, arrastrando las rodillas por el suelo. Hiroto alzó las cejas, sorprendido.
Plantó las manos en la tierra y arrastró un pie hasta que pudo apoyarlo en el suelo correctamente. Se dio un pequeño impulso hacia arriba con las manos y apoyó el otro pie en la tierra. Aún no estaba erguido, pero al menos volvía a estar sujeto por sus dos piernas.
—El capitán todavía… me está esperando…
Apoyó las manos en las rodillas y se irguió ligeramente, aunque su cuerpo seguía encorvado.
—¡Quiero… quiero hacer frente a quien sea! ¡Quiero hacer frente a quien sea…!
Shinichi echó a correr hacia el balón, al principio dando continuos traspiés, pero mejorando a cada paso, irguiéndose, aumentando su velocidad y estabilidad mientras repetía su mantra personal una y otra vez.
—¡¡Quiero ser un miembro valioso del Raimon!!
Comenzó un sprint hacia delante, siendo observado por Hiroto en todo momento.
—¡Segata-kun, atento! —gritó Hiroto.
—¿¡Qué!? ¡S-sí!
Shinichi le dio una fuerte patada al balón, mandándolo por los aires.
Saltó tan alto como pudo y giró sobre sí mismo, colocando su cuerpo casi en horizontal en mitad del aire. Echó un rápido vistazo al balón, que ya volvía hacia el suelo tras su patada, y después fijó la vista en su objetivo, la portería, tal y como Hiroto le había enseñado a hacer.
—¡Ryuusei…!
Shinichi dio una fortísima patada hacia arriba, haciendo contacto pleno con el balón y desatando una cegadora luz violeta que se condensó en sí misma y se convirtió en una auténtica explosión universal.
—¡¡…Blade!! —gritó Shinichi con todas sus fuerzas.
Haciendo uso de toda la fuerza restante de sus piernas, arrastró aquella enorme cantidad de energía hacia la portería mediante una volea y la convirtió en un poderosísimo disparo que, envuelto en una energía centelleante, generaba enormes explosiones y abría el espacio-tiempo en dos a su paso.
—¡VAMOOOS! —gritó Shinichi mientras caía al suelo, mirando la explosión fijamente.
Segata alzó su mano y una bola eléctrica apareció en ella, la cual se convirtió en el enlace entre su cuerpo y el gigantesco taladro que había aparecido de repente al otro extremo.
—¡¡Drill Smasher!! —gritó, encarando la punta del taladro hacia la enorme explosión que se le venía encima y haciéndolo girar a toda potencia para intentar detener el disparo.
«Imposible…»,pensó Hiroto al ver cómo el taladro se hacía pedazos y el balón golpeaba de lleno a Segata antes de incrustarse en el fondo de la portería. «¿¡Cómo… cómo ha podido dominar el Ryuusei Blade en tan sólo unas horas…!? Endou-kun, ¿es esto a lo que te referías?»
Shinichi cayó de culo y acabó desplomado en el suelo, casi incapaz de moverse. Después de soltar un par de quejidos y hacer un esfuerzo titánico por incorporarse aunque sólo fuese a medias, echó un vistazo hacia la portería. Segata yacía en el suelo y el balón estaba justo detrás de él.
—He… m-marcado…
Hiroto trató de contenerse, pero acabó estallando en una alegre y sonora risa mientras se acercaba lentamente hasta Shinichi.
—Impresionante, Handa-kun —sonrió Hiroto—. Realmente impresionante. Sabía que eras asombroso, pero no pensé que pudieses llegar a semejantes niveles.
Shinichi se quedó mirándole desde el suelo, aún un tanto aturdido. Un par de segundos después, una pequeña sonrisa asomó en su cara.
—Oh, y ruego me perdones por ser tan duro contigo —musitó Hiroto al cabo, apartando un poco la mirada y rascándose el cuello—. Creí conveniente forzarte de alguna manera para que siguieses practicando, pero me temo que me he pasado un poco de la raya. Lo siento.
—Está bien… —resopló Shinichi, mirándose el pecho. Tenía el uniforme lleno de barro y se le estaba pegoteando en la piel por culpa de la lluvia—. Ha sido bonito pensar que todo eso era cierto, aunque sólo haya sido por un momento…
—¿Mmm? ¿Y quién dice que no lo es?
Shinichi volvió a mirar a Hiroto.
—No me he inventado nada, Handa-kun —prosiguió—. Yo jamás pondría en boca de nadie palabras que no ha dicho, ni siquiera en un caso como éste. Siento haber retorcido sus palabras para azuzarte, pero te aseguro que no he dicho nada que él no me hubiese contado antes directamente. Puede que Endou-kun sea pasional, pero sabe apreciar el talento cuando lo ve, y siempre me dijo que el Raimon, su Raimon, el original, estaba lleno de auténticos genios. Puede que vuestro talento no sea tan visible como el de Gouenji-kun o el de Kidou-kun, pero eso no quiere decir que no exista. Vuestro talento nace de vuestra pasión, de vuestro trabajo en equipo y de vuestro amor por el fútbol, no de un don natural con el que algunos han sido bendecidos por el Universo. —Hiroto hizo una pausa y soltó una carcajada, sorprendido de sí mismo—. Vaya, qué raro ha sido eso. Creo que paso demasiado tiempo con Endou-kun, ¡ja, ja!
Shinichi sonrió levemente y preguntó:
—Entonces, lo que has dicho de mí, ¿también es cierto…?
Hiroto dejó de reír, pero conservó una pequeña sonrisa en el rostro.
—Por supuesto —añadió—. Endou-kun me contó muchas historias acerca del primer año del equipo. Kino-san, Someoka-kun, él y tú, todos juntos en el club, entrenando día tras día bajo la lluvia o sobre la nieve. Por eso le entristeció tantísimo que ni Someoka-kun ni tú llegaseis a la selección japonesa de primeras. Cuando Someoka-kun fue seleccionado más tarde, se puso como loco de contento, por supuesto, pero ambos seguían echándote muchísimo de menos a ti. Endou-kun siempre creyó que tú habrías sido de muchísima ayuda en el campeonato mundial; la verdad es que Someoka-kun y él te ponían por las nubes. Es bastante gracioso, porque ninguno de los demás teníamos ni idea de quién eras… —Hiroto volvió a reír, pero paró inmediatamente al ver que Shinichi no le seguía esta vez—. E-el caso… El caso es que estaba convencido de que eras un jugador extraordinario, y acababa contándome todo esto a mí, claro.
—No tenía ni idea de que el capitán y tú estuvieseis tan unidos, Kiyama-san…
—Oh, no… Quiero decir que sí, somos buenos amigos, pero, en realidad, Endou-kun es, digamos… muy poco selectivo en ese aspecto. Considera amigos del alma a todos los miembros de su equipo y no duda en compartir sus alegrías y sus penas sobre la primera persona que se cruza en su camino, pero estoy seguro de que eso ya lo sabías. —Shinichi asintió débilmente—. Yo simplemente solía estar en el sitio apropiado en el momento apropiado, parece ser, aunque no me quejo: su compañía me fue muy grata desde el mismo día que le conocí.
—Sí… Entiendo a lo que te refieres. El capitán es… especial, como si fuese la pieza que mantiene al equipo unido y que nos empuja a mejorar. No creo que ninguno hubiésemos llegado a ser lo que somos ahora sin él… Es una persona increíble. Creo que… creo que conocerle es lo mejor que me ha pasado jamás. A veces desearía ser como él…
—¿Le envidias, por un casual? —preguntó Hiroto, mirándole de manera inquisitoria.
—Yo… solía envidiarle, s-sí. Él es lo que yo nunca he sido ni nunca seré, y eso… me hacía sentir extraño, como si a su lado yo no sirviese para nada. …Nunca he sido demasiado útil, ¿sabes? La gente me ignora y se cree que no sirvo para nada solamente porque no destaco. Sin embargo, el capitán no pasa desapercibido jamás: cada vez que llega a un sitio, todas las miradas se acaban centrando en él por alguna razón. —Soltó una risilla boba y prosiguió—: Pero, ¿sabes qué…? —Shinichi miró al suelo y sonrió para sí—. Ahora eso ya no me importa. El capitán es especial, pero es especial porque es él mismo. Si yo tratase de ser como él, estaría siendo quien no soy… y eso no me llevaría a ninguna parte. He acabado comprendiendo que debo tratar de ser alguien importante… por ser quien soy. Y el haber conseguido pensar así es algo que le debo al capitán. Ojalá pudiese pagarle por todo lo que ha hecho por mí a lo largo de los años…
Hiroto asintió, satisfecho con la respuesta que acababa de oír. Las palabras de Shinichi eran temblorosas, pero firmes y convincentes, y eso es todo lo que Hiroto necesitaba para saber que estaba siendo sincero con él y consigo mismo.
—Levanta del suelo, anda —dijo Hiroto, tendiéndole una mano a Shinichi—. Te estás poniendo perdido de barro, y te recuerdo que ese uniforme lo tendré que lavar yo.
Shinichi volvió a mirar a Hiroto, pero apenas pudo verle: sus ojos estaban entrecerrados y vidriosos por culpa de las lágrimas. Aun así, cogió la mano de Hiroto y se levantó. Una vez le tuvo a su lado, Hiroto le pasó el pulgar por el ojo izquierdo y dijo con voz solemne:
—Sé fuerte: los héroes no lloran. ¿Qué pensaría Endou-kun de ti si te viese ahora?
—T-tienes razón… —gimoteó Shinichi, enjugándose las lágrimas de ambos ojos con los puños—. …Gracias, Kiyama-san.
—Oh, venga, déjate de formalismos. Somos amigos, ¿verdad? Puedes llamarme Hiroto.
—De acuerdo, Hiroto… san.
Hiroto suspiró y se encogió de hombros.
—En fin… Supongo que es un comienzo.
Shinichi volvió la cabeza hacia Segata, que trataba inútilmente de escurrirse el barro del pelo con las manos. Desde luego, era obvio que solía ignorar a todo el mundo y todo lo que los demás hacían.
Los ronquidos de un atiborrado y satisfecho Segata llenaban el Ohisama-En con su tranquila resonancia, arrullando ligeramente a aquellos que ya estaban acostumbrados a su rítmica respiración y provocando un insomnio crónico a Handa, que tenía que soportarlos a escasos milímetros de distancia. El centrocampista del Raimon se acabó dando por vencido y volvió a levantarse; esta vez, sin que nadie le viese.
Pensó que le vendría bien tomar un poco el aire, así que bajó las escaleras y se dirigió a la puerta corredera que daba al jardín. Esperaba poder disfrutar allí de un poco de paz y tranquilidad, cosa que hacía ya días que no había tenido la oportunidad de experimentar.
No se lo esperaba, pero tampoco se sorprendió demasiado cuando vio que Kageno y Shourin habían tenido la misma idea que él. Los amigos se saludaron en silencio, como si diesen por supuesta la presencia de los demás, y Handa se sentó silenciosamente en el porche, justo entre ambos.
—¿Qué tal os ha ido, chicos…? —preguntó.
—No demasiado bien, pero, en fin… Seguiremos intentándolo, ju, ju, ju… —dijo Kageno con su siempre profunda y espeluznante voz, que sonaba todavía más tenebrosa cuando reía.
—¡Sí! —añadió Shourin—. Cuando Yagami se llevó a Kiyama, fue Kira-san quien estuvo entrenando con nosotros, ¡y él sí que es fuerte! ¡No tuvimos ninguna posibilidad a pesar de ser dos contra uno! ¿Verdad, Kageno?
—No… Puede que ahora sea un hombre de negocios, pero sigue siendo asombroso… —convino Kageno.
—Me alegro mucho de que penséis así, la verdad —dijo la alegre voz de Hiroto Kira sus espaldas. Se acercó y se sentó junto al grupo de jóvenes invitados.
—¿Qué hace usted levantado a estas horas, presidente Hiroto …? —preguntó Handa.
—¿Presidente? —rió Kira—. En fin, supongo que no puedo pedirte otra cosa, ¿no, Handa-kun? Siempre has sido muy formal en ese aspecto. —Miró hacia el cielo estrellado y prosiguió—: Midorikawa me ha tenido ocupado hasta ahora. ¡Soy su superior y es él quien me trata a mí como a un esclavo…! Es un tanto deprimente si lo miras bien. —Soltó una risotada alegre y volvió la cabeza hacia los chicos—. ¿Y vosotros, qué?
—¡Estábamos demasiado emocionados para dormir! —exclamó Shourin. Handa asintió en silencio por no admitir que la causa de su insomnio eran los monstruosos gruñidos de Segata, pensando que, en el fondo, debía de ser el único a quien le molestaban realmente.
—Sí… —prosiguió Kageno—. Llevamos ya dos días aquí y no hemos conseguido nada… Parece ser que nuestro destino es que nuestra presencia quede para siempre oculta entre las sombras…
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Handa al oír la fantasmagórica voz de Kageno dolerse una vez más de su falta de presencia.
—Tiene razón. ¡Por más que lo intentamos, no conseguimos que nuestros hissatsus mejoren! —Shourin, enfurruñado como un niño, se cruzó de brazos y arrugó la nariz.
—¿Se puede saber de dónde habéis sacado esa idea? —dijo Kira en voz alta a pesar de que en realidad era una pregunta para sí mismo—. ¡Por supuesto que habéis mejorado, chicos! De hecho, me sorprende lo rapidísimo que avanzáis. Es algo fuera de este mundo… y eso es mucho viniendo de un extraterrestre —rió.
—¡Pero no hemos conseguido rebasarte ni una sola vez, y eso que lo hemos estado intentando todo el día!
—Bueno, chicos, agradecería que me dieseis cierto… voto de confianza. Soy mayor que vosotros, ¡y el que tuvo, retuvo, aunque haga tiempo que no juegue! —rió—. Modestia aparte, no soy mal rival; es normal que no podáis conmigo de primeras. Pero creedme si os digo que Yagami y el joven Hiroto tendrían que esforzarse mucho más si quisiesen robaros el balón ahora; es increíble lo que tan solo unas horas de entrenamiento han conseguido. Además —se estiró y comenzó a masajearse un hombro—, me habéis dejado hecho polvo. Y Midorikawa me ha echado la bronca por ponerme tarde a trabajar. Todo un dos por uno.
Kageno se acercó a Kira y empezó a darle un masaje en la espalda.
—Ay, ¡qué gusto…! —maulló Kira—. Tienes unas manos milagrosas, Kageno-kun. ¿Por dónde iba yo? A-ah, sí. Siempre debéis recordar que sois compañeros, y que si estáis en el mismo equipo es para apoyaros mutuamente. Si en alguna ocasión vuestras fuerzas por separado no son suficientes, ¡unidlas!
Sin que nadie lo notase, Handa bajó ligeramente la mirada.
—De hecho —prosiguió Kira—, me extrañó muchísimo que no cargaseis contra mí los dos a la vez, chicos. Es probable que hubieseis podido conmigo de haber trabajado juntos.
—¿De verdad…? —le susurró Kageno aprovechando su posición estratégica.
—¡Por supuesto! Sois jugadores extraordinarios, pero vuestra fuerza nace sobre todo del trabajo en equipo. Debéis tenerlo siempre en cuenta.
Una vez el masaje hubo acabado, el nuevo presidente de la compañía Kira le dio las gracias repetidas veces a Kageno, se levantó y se fue a la cama, donde cayó redondo. Handa y sus compañeros se quedaron un rato más despiertos; entre otras cosas, porque Handa todavía oía los ronquidos de Segata tronando en el piso de arriba y no se decidía a volver a la cama.
—El cielo está lleno de estrellas… —susurró Handa. Sus dos amigos asintieron. Handa levantó el brazo hacia el cielo y cerró la mano, haciendo como que atrapaba un puñado de astros variados—. No se ven tantas desde Tokio…
—¿Creéis que este entrenamiento es útil de verdad? —preguntó Shourin no muy convencido.
Kageno dudó, pero Handa asintió firmemente.
—…Sí. Al fin y al cabo, ¡es un entrenamiento especial diseñado por el capitán…!
—Eso es verdad, Handa, pero… —resopló Kageno— no sé hasta qué punto nos estamos haciendo más fuertes. Yo no noto nada…
—¿Sabéis…? Creo… creo que no es sólo cuestión de que nos hagamos más fuertes. Creo que si Endou-san nos ha traído aquí es porque quería que… nos abriésemos, que conociésemos el fútbol fuera del Raimon, porque eso nos convertiría en mejores jugadores. Lo que hay aquí es un fútbol muy diferente al nuestro, y hay mucho que aprender de él en muchos sentidos. …Vamos, digo yo.
—¿Es que se te ha ocurrido una manera de hacerte más fuerte, Handa? —preguntó Shourin.
—…Algo así, pero necesito vuestra ayuda. ¿Me echaréis una mano mañana…?
Shourin y Kageno sonrieron.
—¡Eso ni se pregunta!
—Estamos contigo hasta el final, Handa…
—Chicos… —sonrió Handa.
Los ronquidos de Segata cesaron de golpe, indicándole a Handa que su día había acabado oficialmente.
¡Listo! No se puede decir que me haya costado poco acabar de escribir este condenado capítulo, pero, en fin, ¡todo llega! Repasemos: Handa, ya en el Ohisama-En, se gana la confianza de Yagami y entrena con ella, Hiroto y Segata para aprender a bloquear disparos con hissatsus de tiro, pero un golpe de balón en la cabeza lo noquea. De madrugada, una charla con el Hiroto adulto, Kageno y Shourin le abre los ojos a Handa, quien parece encontrar el modo de hacerse más fuerte junto a sus compañeros.
Mientras tanto, Segata recuerda cómo conoció a Handa, y Hiroto sueña con el entrenamiento al que le sometió para enseñarle su técnica estrella, el Ryuusei Blade.
El día del partido está cada vez más cerca, y a Handa se le agota el tiempo. ¿Estará preparado cuando llegue la hora de la verdad?
