Capítulo 6

¿COMO había sido capaz de hacer algo tan espantoso? No era su intención disparar. Sólo quería amedrentarlo para que se fuera; el disparo se le había escapado. ¡Oh, Dios, cómo ha bía podido darles semejante ejemplo a sus hijos! Si Edmund hubie ra tirado del gatillo... Se estremeció al pensar en las posibles conse cuencias.

Y Seiya Kou la había protegido con su cuerpo; la había escu dado cuando ella había tenido la culpa. ¿Y cómo se lo había agra decido? En lugar de darle las gracias, después de resolver la peli grosa situación, le había lanzado nuevos insultos. Tenía toda la razón para estar enfadado; todo el derecho. Era una verdadero tonta.

-No llores, mami -la consoló Robert-. Ya está todo bien.

-No, no está bien -sollozó ella-. No tengo dinero para arre glar la casa; vosotros os vais cuando os da la gana y sin avisarme, podríais haber tenido algún accidente. Y Edmund ha estado a pun to de matarnos... -más lágrimas acudieron a sus ojos y se cubrió el rostro con las manos. Su cuerpo se sacudía por los sollozos in controlables.

El hijo menor, sentado a su lado, le palmeó la espalda.

-No iba a disparar, mami -aseguró.

-Y no habríamos ido a escalar sin alguien que supiera de eso -explicó Robert-. Kelvin tiene mucha experiencia en montañismo.

-No tenía derecho a llevaros -gimió Serena-. Os lo dije; os dije que no podíais ir y Seiya Kou no debería haber pasado sobre mi autoridad.

-Pero... no puedes culparlo, mami. Pensábamos que... esta ríamos seguros con Kelvin, de manera que... que dimos a entender a Seiya que tú estabas de acuerdo.

-Sí, e incluso él intentó consultártelo antes, pero nosotros nos aseguramos que te hubieses ido de compras antes de que él lla mara -agregó Edmund en su afán de hacerla sentirse mejor.

-Pensábamos volver temprano para que no te dieras cuenta, pero nos entretuvimos en un risco y...

-¿Cómo habéis podido hacerme eso? ¿Cómo os habéis atrevi do a mentir de esa manera? ¡Y yo he culpado a Seiya Kou por dejaros ir!

-No eran mentiras; no del todo, mami -dijo Edmund.

-Sólo ocultamos parte de la verdad. Quiero decir... también fuimos a observar aves -arguyó Robert-. Por favor, no llores, mami. Te prometemos que haremos toda la limpieza de la casa. Dinos qué quieres que hagamos.

-Sí, nos portaremos muy bien, mami -aseveró Edmund.

Robert le cogió la mano.

-Vamos a entrar, mami. ¿Por qué no te acuestas un rato? Te llevaré una taza de té y pronto te sentirás bien.

Serena no se sintió mejor, aunque las lágrimas cesaron por fin. Había cometido una injusticia con Seiya Kou y Kelvin Umino y en especial con el primero. Su único motivo de queja contra él era el parabrisas roto, y ya había reparado el daño, con creces. No po día ofenderse porque la encontrara deseable, si tenía en cuenta que ella no se había resistido cuando la besó. Tampoco era culpable de lo que dijeran los demás; y la nueva casa acrecentaba el valor de sus propiedades.

Aun suponiendo que fuera un exhibicionista arrogante que con sideraba al mundo como su heredad, ese no era motivo para dispa rarle un escopetazo. Estaba profundamente avergonzada por su in justificada conducta, aún más cuando recordaba la manera en que él la había protegido con su cuerpo.

Le debía una disculpa, no había alternativa, y ese pensamiento la atormentó durante todo el día. Los niños se portaron como unos hijos modelo; Robert cortó la hierba y Edmund apiló en un rincón toda la basura y desperdicios. Después del té, los chicos se pusieron a jugar al Monopoly y Serena ya no pudo acallar más su conciencia.

-Tengo que ir a hablar con el señor Kou -anunció-. No sé cuánto tardaré, pero vosotros tenéis que acostaros a las nueve. ¿Lo prometéis?

-Sí, mami, lo prometemos -aseguró Robert.

Serena condujo el Daimler por el camino vecinal hasta la casa de Seiya Kou. Después de lo que había hecho, ya no podía conser var el automóvil. De alguna manera, ella y los niños sobrevivirían con los alimentos que había comprado, hasta que le devolvieran su coche del taller.

Kelvin Umino abrió la puerta y la recibió con un alegre saludo, sin duda todavía ignorante al desastre de aquella tarde.

-Señor Umino...

-Por favor, llámeme Kelvin . Lamento haber llegado tarde con los chicos ayer, señora Black. Espero que no estuviera preo cupada.

-Pues sí, lo estaba. Siento decirle que ellos lo engañaron, Kelvin. Yo les había prohibido expresamente que fueran a escalar.

-Oh, no sabe cuánto lo siento. Seiya trató de hablar con us ted, pero...

-Lo sé -Serena suspiró-. Robert y Edmund tienden a planear bien sus jugarretas. Sin embargo, le agradecería que de ahora en adelante no les crea todo lo que le digan. Por favor, consúltelo con migo antes.

-Por supuesto, señora Black .

Serena aspiró profundamente.

-Y ahora, quisiera hablar con el señor Kou.

Kelvin se puso muy nervioso.

-Si... yo... le prometo que nunca volverá a suceder, señora Black .

-No tiene relación con lo de ayer, Kelvin, se lo aseguro. Es para hablar con él de un asunto personal.

El secretario se tranquilizó.

-Ah, sí, claro. Por favor, pase. Estoy seguro de que Seiya se alegrará de verla.

Serena lo dudaba mucho, pero agradeció la inocente bienvenida de Kelvin . También se alegró de que el cineasta no le hubiera con tado a su secretario lo ocurrido esa mañana.

-Seiya está viendo una película vieja abajo, en el salón de cine -informó Kelvin -. La acompañaré allí.

-Gracias -murmuró y lo siguió con creciente nerviosismo.

La sala de proyección estaba a oscuras, excepto por la luz que reflejaba la pantalla. La joven vio en ella a Ingrid Bergman y Humphrey Bogart, y reconoció de inmediato la película: Casablanca. Lo cual la sorprendió.

-Seiya... –susurró Kelvin . La oscura silueta del cineasta, hun dida en uno de los sillones, al otro extremo de la sala, no se movió-. La señora Black está aquí, ha venido a verte -anunció Kelvin en tono confidencial.

Por unos segundos Serena creyó que Seiya los ignoraría; luego vio que él se inclinaba hacia adelante. La película se desvaneció en la pantalla y una luz se encendió en el techo. El director se puso de pie, despacio. Con un rostro inexpresivo, se volvió hacia ellos.

-Gracias, Kelvin -dijo con frialdad.

El secretario se fue enseguida y cerró la puerta al salir. Serena se sintió turbada y la lengua se le paralizó.

-¿Quiere una copa de moscatel? -preguntó Kou con helada cortesía.

-No. No, gracias -respondió Serena, ronca.

Él se encogió de hombros y volvió a sentarse. Se quedó mirando con fijeza la pantalla vacía, ignorando por completo la presencia de la mujer. Parecía muy ofendido.

-Casablanca es una película magnífica -comentó Serena, en un intento para romper el hielo.

-Sí, trata sobre el honor, la lealtad, el amor, la caballerosidad y el juego limpio -él enfatizó cada palabra.

Las mejillas de la joven se encendieron, pero él siguió hablando sin volverse a mirarla siquiera:

-Sentimientos que ya no están de moda en la actualidad y que, sin embargo, significan mucho para mí. Pero usted no ve eso, ¿ver dad? Para usted sólo soy un troglodita grosero y abominable; al guien a quien dispararle un balazo.

¡Oh, Dios! ¿Qué había hecho? Serena no sabía qué podía espe rar de él, pero por alguna razón, nunca se había imaginado que Seiya poseyera sentimientos que pudieran ser heridos profundamente. Nun ca se había sentido tan vil, tan ruin y mezquina. Y merecía todas las recriminaciones que él quisiera espetarle.

El cineasta dio un sorbo a su copa y luego la alzó en un brindis burlón.

-Quizá tenga a bien explicarme qué ha venido a hacer a este lupanar, señora Black.

Serena tragó saliva y dijo con voz entrecortada:

-He venido a disculparme; en mi nombre y el de mis hijos.

Seiya la miró con dureza, imperturbable y habló con gélida de liberación:

-No se disculpe por sus hijos, señora Black . Por erró neas que fueran sus acciones, yo habría hecho lo mismo en defensa de mi madre. La quieren mucho.

-Entonces... lamento lo que he hecho y dicho. Interpreté mal las cosas. Pero aunque sé que no es excusa, y no trato de librarme de la culpa, quiero que sepa que he sido torpe y... que me he com portado como una loca y... Lo siento.

Seiya dio otro sorbo a su copa y sus labios se curvaron en una sonrisa sobre el borde del vidrio.

-Me ha lanzado ya una buena serie de insultos y me gustaría saber una cosa, antes de decidir si vale la pena o no aceptar sus dis culpas.

-¿Y qué es lo que le gustaría saber? -preguntó Serena, más mortificada que nunca.

-¿Ha visto alguna de las películas de Dirk Vescum?

La pregunta la sorprendió, hasta que unos momentos de refle xión la hicieron comprender que Seiya debía estar muy orgulloso de sus realizaciones, que ella había desdeñado con sorna.

-No -confesó en un murmullo.

-Así que acostumbra a condenar sin fundamentos, ¿verdad?

La desazón de la joven aumentaba y trató de explicarse, en un intento desesperado:

-Pues... tienen la fama de ser violentas y... Y yo detesto la vio... -se dio cuenta, a tiempo, de lo absurda que iba a resultar esa de claración, después de lo ocurrido esa mañana.

La sonrisa de Seiya se tornó muy irónica.

-Hay ocasiones en que la violencia sólo puede responderse con violencia, para evitar que suceda algo peor -declaró el cineasta-. Sin embargo, eso es algo que usted tiene que decidir. Si su disculpa es sincera, me juzgará con imparcialidad.

-No., no entiendo.

-Voy a ponerle Ojo por Ojo de principio a fin. Tome asiento, señora Black. En cualquier silla. La más lejana posible a mí, si lo desea -hizo una pausa y la observó con expresión cínica-. O puede guardar su disculpa en su mente cerrada y marcharse. Como quiera.

Serena tuvo que admitir que le debía eso, al menos. Incluso si detestaba la película y todo lo que representaba, verla sería un cas tigo más leve del que merecía. Fue, tensa, hasta la silla más cercana y se sentó.

Seiya la miró con fijeza por un momento, terminó su bebida, fue al fondo de la sala y abrió una alacena que contenía varios videocassettes. Colocó uno en la máquina reproductora, volvió a su lugar, oprimió un botón de control que apagó la luz del techo y se acomodó en el sillón en el que estaba sentado cuando Serena entró en la sala de proyección.

La película comenzó. Serena conocía la historia a medias, pues Robert y Edmund le habían relatado los detalles más sobresalien tes. Era una historia sencilla que se desarrollaba en un lugar y épo ca imaginarios. Dirk Vescum, el héroe, se negaba a combatir a los alienígenas invasores hasta que su esposa y su familia eran brutal mente asesinados por aquellos. Dirk perdió un ojo antes de esca par, casi de milagro, del ataque. Desde entonces se embarcó en una aventura de odio y venganza hasta encontrarse con la bella Aleña, hija de un terrícola renegado, quien le da un motivo más equilibra do para vivir. Juntos detienen la amenaza alienígena.

La historia era trillada, tal como había supuesto Serena; lo que no había previsto era la forma emotiva con la que Seiya la había desarrollado. Había momentos tan conmovedores en las escenas de amor y muerte que las lágrimas asomaron a sus ojos y su corazón se comprimió. La dirección era discreta y delicada, pero la simpli cidad de cada escena proyectaba con fuerza el impacto emocional.

Las escenas de acción eran frenéticas, plenas de espectacularidad; la violencia estaba allí, era cierto pero siempre insinuada, nunca con morboso detalle. Serena se asombró ante el ingenio de un hombre que podía sacar tanto provecho de los limitados recursos que le había permitido el escaso presupuesto de esa primera película.

La relación entre Dirk Vescum y Aleña pasaba de un antagonis mo inicial hasta el respeto, y luego, a una confianza mutua. Y sólo en la última escena, cuando los alienígenas habían sido vencidos, hubo una mirada de entendimiento que sugirió la posibilidad del amor entre ambos.

Nada de sexo; ni siquiera un beso. Aleña hizo un comentario breve y conciso sobre una de las escenas de batalla y Dirk Vescum la miró; una sonrisa se fue esbozando con lentitud en su rostro, la primera desde el asesinato de su familia. Después de una leve vaci lación, Aleña le devuelve el gesto y ese es el fin, dejando en el públi co una profunda satisfacción emocional.

Serena estaba todavía embargada por ese consuelo cuando la pan talla se quedó vacía y se encendió la luz del techo. Con cierta re nuencia, se volvió a mirar al director. Los duros ojos azules se cla varon en ella y una ceja se alzó en burlona interrogación.

-¿Una porquería?

-No, en absoluto -Serena buscó en su mente algún comenta rio honesto y claro sobre lo que había presenciado.

-¿Violencia vulgar?

-No.

Serena comprendió que había lastimado algo más que su orgullo al haber hecho aquellos comentarios mordaces sobre su obra. Debía haberle roto el corazón, pues sólo un hombre con mucha sen sibilidad podía haber realizado semejante película.

-Lo siento -dijo con voz titubeante-. Es una hermosa pelí cula muy bien realizada.

Seiya Kou la miró con frialdad, sin sonreír; y eso no le gustó. Hubiera deseado su risa burlona, la sonrisa irónica, el comentario juguetón, cualquier cosa, excepto esa helada indiferencia.

-Ahora entiendo por qué tiene tanta aceptación en una gama tan amplia de espectadores -observó ella, con la esperanza de en cender una chispa de interés en su interlocutor.

Nada. Lo intentó otra vez.

-Escogió un magnífico reparto. No puedo imaginar otros ac tores más adecuados para los papeles.

Ninguna reacción.

Casi desesperada, Serena hurgó en su mente para hallar otras palabras de encomio, atinando por fin en las aportaciones de Seiya Kou como director.

-No hay un momento aburrido... La dirección es... brillante.

Ni siquiera ese elogio directo alteró la frialdad del cineasta.

Finalmente, con voz insegura, dijo:

-Me ha sorprendido. Me ha gustado mucho.

Y esto produjo una reacción.

-Gracias -dijo Seiya, poniéndose de pie, pero todavía sin sonreír-. Me alegra que no le haya parecido una pérdida de tiem po. Si ya quiere irse, la acompañaré con gusto.

Aquella glacial cortesía, el trato formal en lugar del tuteo al que ya se había acostumbrado, la helaron hasta los huesos.

-Lo... lo siento... de veras. He sido muy injusta, yo...

-Ahora acepto su disculpa, señora Black.

Le sostuvo la puerta abierta y ella no tuvo otra opción que salir. Seiya Kou ya no quería tener más que ver con ella; su actitud así lo indicaba. Y eso le dolía. También la lastimó la forma en que él caminó, muy rígido, lo más lejos posible de ella mientras subían por la escalera.

Cuando llegaron a la puerta, ya no pudo soportarlo:

-Por favor, no me acompañe más, señor Kou -le ofreció las llaves del Daimler-. Gracias por permitirme usar su coche; está fuera de la cochera. Ya no lo necesito. Y el trayecto es corto para ir a mi casa. Estaré bien; gracias.

Seiya cogió las llaves.

-La llevaré. Ha oscurecido y quiero asegurarme que llegue bien.

La fría declaración no admitía objeciones. La acompañó afue ra y le abrió la puerta del coche. Subió al coche, sintiéndose más infeliz que nunca. La estudiada cortesía de Seiya Kou era como un bofetón.

La llevó a casa a velocidad moderada, con ninguno de los chi rridos de ruedas que ella asociaba con la manera de conducir del cineasta. Detuvo el coche frente a la casa y bajó, presto a rodear el vehículo para abrirle la puerta. Por un absurdo momento, Serena pensó que quizá volvería a ser el Seiya Kou de siempre y la coge ría en sus brazos, pero él se detuvo ante los escalones de la entrada, y no hizo intento alguno de tocarla. La joven vaciló, atormentada por la espantosa sensación de haber quemado puentes que ahora desearía cruzar.

Buscó algo que decir para retenerlo un poco más, para lanzar alguna cuerda sobre la brecha que ella misma había abierto por su ciega y absurda obstinación.

-¿Pa... para qué vino aquí esta mañana?

-Quería ofrecerle algo. Ya no tiene importancia... Buenas no ches, señora Black.

Serena sintió una profunda desolación.

-Buenas noches, señor Kou; y gracias por traerme a casa.

Él inclinó la cabeza y se volvió para encaminarse hacia la cerca, sin dirigir siquiera una mirada al Daimler.

-¡El coche! -gritó Serena.

Seiya se volvió a medias.

-He dejado las llaves adentro; Kelvin lo recogerá cuando le de vuelva su coche. Uno nunca sabe cuándo va a necesitar un medio de transporte y no quiero que usted se vea privada de ello por causa mía. Y antes de que deje hablar a su orgullo, señora Black, piense en sus hijos.

Después de emitir el más indiscutible argumento, le volvió la es palda y prosiguió su camino.

Serena se mordió el labio inferior y le siguió con la mirada; su corazón se fue hundiendo con cada paso que él daba. Sabía que nunca regresaría. Jamás. Y una profunda zozobra la invadió.