Rengina Rosarum
No lo llamaría hogar, no. Pero estaba segura que uno debería oler así. El aroma a tostadas calientes le acariciaba la piel, el café apenas hecho entibiaba sus manos a través de la vieja taza naranja, su cuerpo reposaba tranquilamente entre mullidos y coloridos almohadones mientras que unas hábiles manos le peinaban el cabello ya seco. El sonido del televisor se dejaba absorber por el silencio que reinaba entre ellos. Uno placentero, ameno. No era necesario romperlo.
Rachel cerró los ojos y alzó su cabeza a sabiendas de que Jason pronto comenzaría a acariciar su cuello. Habían hecho una apuesta sobre el no muy predecible final de una película. Él la había perdido, y por ende debía cepillarle el cabello. Pero no lo haría por mucho tiempo, ya que sin importar lo placentero que le resultara, ella se había percatado de que el joven tenía cierta obsesión por su cuello. Jason no podía mantener las manos o la boca cerca de su pequeño cuello sin terminar acariciándolo o besándolo. El juego de asfixia que antes la había aterrorizado tanto se había convertido en una caricia ruda que pretendía ser amable. Él era así y ella lo sabía, lo había aceptado.
Era un ser extraño, misterioso y de sentimientos cambiantes. De hecho, el tiempo que habían pasado juntos la había inmunizando ante sus cambios de humor; ya no se inmutaba cuando pasaba de ser un niño a un sádico, sin embargo, eran estos escasos momentos de ternura gratuita que aún la sorprendían.
La mano del muchacho bajó lentamente por su nuca y rozó sus hombros hasta llegar a sus senos. Ella se volteó para recibir ese beso que anhelaba desde que llegó. Y fue suave, tierno, lento. Atrás habían quedado las noches de terror. Tener intimidad ya no era un martirio. Ahora podía contar con los dedos las veces en las que el había vuelto a ser rudo con ella. Sin embargo, siempre luego del el acto seguía el arrepentimiento. Rachel había notado que los ojos de él carecían de alma cuando la herían, como si un ente desconocido, despiadado y extraño ocupara su cuerpo. Pero él emendaba sus errores. El hombre que la había lastimado y que aún podía hacerlo era el fruto de un desequilibrio, que solo en apariencia lucía solucionado. Y ese sociópata se había tomado unas largas y oportunas vacaciones, dejando en su lugar a ese nuevo hombre… No, no era nuevo, siempre había existido. Jason siempre había estado escondido debajo de esa mascara. Red X había sido reemplazado por una persona completamente diferente, una que parecía tener cierta estima para con ella.
Rachel se dejó abrazar. Aceptó los besos y correspondió gustosa a las atenciones recibidas. Él lograba controlar sus demonios, mantenerlos escondidos mientras se deleitaba con ella. En cambio, en el acto sexual ella descargaba todas sus ansias. Sus problemas se carbonizaban como humo en el fuego de la pasión, gracias a su toque experto. Así, la habitación de hotel quedó en el olvido. En momentos como esos, en los que las ásperas manos masculinas delineaban sus contornos, ella podía respirar en el aire que era parte de la vida de Jason, al igual que el sillón que ocupaban ambos para descargar todas esas energías que no podían controlar. Un sillón demasiado pequeño para las acrobacias que se dedicaban a hacer allí y sin embargo para ellos alcanzaba. Lograban mantenerse en un abrazo tan estrecho que parecían querer fundirse a la fuerza.
Pero allí, no existía nada ni nadie más en el mundo que no fueran ellos. Sus furtivas sensaciones, sus ilícitos aromas mezclados con el tostado del pan y los vestigios de lo que fueron granos de café. Los sonidos de sus cuerpos rozándose y sus voces irregulares callaban las del televisor sin muchos problemas. Eran una sola persona. Eran un solo ser sin razón, concentrados en el éxtasis y el dolor.
Rachel descansaba sobre el cuerpo de Jason, dejando que su mejilla se meciera al ritmo de las respiraciones de su pecho. Los pies de ambos, entrelazados, juntos, parecían tener un desafío mudo: los de ella luchaban por subir su temperatura, aunque siempre estuvieran fríos como los un cadáver y los de él buscaban un poco de consuelo en el frio porque permanecían tibios, como si hubieran caminado por las arenas de una playa bajo el sol de mediodía.
-¿No te da morbo? –Rachel se debatió en si romper el silencio era lo correcto. Había entendido que el noventa por ciento de las veces entre ellos las palabras sobraban, pero algunas cosas debían decirse-.
-¿El qué? –No tuvo que mirarlo para saber que mantenía sus ojos cerrados, consiente de que sus brazos la mantenían presa bajo su voluntad, consciente de que ella no desaparecería, que la tenía atada aunque fuera con la fuerza de sus extremidades-.
-La diferencia… aquí –se dio cuenta de que no estaba siendo muy clara-. Mi cuerpo sobre el tuyo parece aún más pequeño de lo que es. –Su cuerpo de quinceañera, con suerte, apenas mostraba los avances de una madurez que jamás llegaría-.
-Eso te pasa por no comer tus vegetales –La voz del muchacho se mostraba tranquila, en paz-.
-¿Qué edad tienes?- No sabía porque se torturaba tanto ¿Qué importancia tenía la edad? Tuviera treinta o cincuenta a ella jamás le afectaría. Después de todo, ella jamás podría alcanzarlo-.
-Veintidós largos y tediosos años- ¿Cómo se vería su cuerpo si reflejara una edad semejante? Creyó que esos pensamientos habían quedado en el olvido tiempo atrás, pero por alguna razón últimamente habían vuelto a acecharla día y noche.
Jason la tomó por los costados y la sentó sobre su cadera. Pasó sus manos por sus muslos y sus pechos, su espalda y sus brazos. Lentamente, regresó a su punto de partida mientras la observaba con detenimiento, mientras la escrutaba sin escrúpulos. Le pellizcó el muslo con fuerza, ignorando las quejas de la chica y manteniendo la mirada firme en sus ojos dijo lo primero que se le vino a la mente:
-Eres hermosa- Declaró, sin una pizca de mentira en sus ojos fríos y azules.
Un rubor casi imperceptible se asomó por las mejillas de la joven. Él no solía regalarle muchas palabras que la elogiaran o la hicieran sentir bien, quizás por eso las atesoraba y valoraba. En señal de agradecimiento, por parte de ella, se quedaron en esa posición contemplándose por un largo rato, hasta que Rachel tuvo un escalofrió. Él, al contrario, parecía tener un cuerpo resistente a las bajas temperaturas. La joven no dejaba de notar esas diferencias. Se preguntaba con frecuencia qué clase de vida había llevado. Hasta el momento, ella podía decir que lo conocía, pero en realidad solo había aprendido de sus reacciones: sabía qué efecto provocaría en él tal o cual acción y se movía acorde a eso, pero si alguien le preguntaba su apellido o como había llegado a ese barrio, ella no sabría responder. Entonces, tomó la decisión de arriesgarse. ¿Qué más daba? Preguntar no la mataría, ¿o sí?
-¿Algún día vas a contarme cosas sobre ti? –Tenía dos variables: o él respondería o la empujaría al suelo produciéndose en mayor o menor grado alguna escena violenta, cosa que no sería nueva. Allí se percató de que no perdería nada-.
-Está muy preguntona hoy –Jason dudó, aun así cedió-. Pero podemos negociarlo –Negociar. ¿Qué tenía ella que ofrecer? Empezaría por lo fácil-.
-¿Cuál es tu apellido?
-Nop -con una sonrisa amable la pregunta fue descartada-.
-¿Naciste aquí? –Se dijo a sí misma que si no contestaba esa inquisición, desistiría de su investigación-.
-No, nací más al norte, en una gran ciudad, en un barrio pobre obvio- aunque vaga, era una respuesta
-Familia. ¿Tienes? -En su rostro afloró la duda, que pronto se transformó en rencor-.
-Es… –no supo cómo completó esa oración, se notaba que sus emociones no eran sencillas de plasmar-. Es…complicado princesa. –No la miró a los ojos. La mente del joven se vio invadida por recuerdos durante una fracción de segundo: un rostro, un hombre imponente de gran porte, un señor mayor y amable que cocinaba galletas, una gran casa, y luego el desastre.
-¿Hijos? –La voz de Rachel, que para muchos sería similar a una tétrica sinfonía, siempre lograba sacarlo de esos recovecos de su mente como si se tratara de en realidad del coro de un ángeles que llegaba a salvarlo y purificar su alma. Y esa pregunta, no hizo más que soltar una carcajada fuerte a Jason, acción que acompaño con unas cosquillas a los costados de ella para oír sus risas combinadas-.
-No, cariño –negó-. Ni hijos ni esposa, ni nada que me ate –explicó, deteniendo sus manos sobre las caderas de la joven-. Solo me relaciono con personas que puedan volar –Su mirada se volvió inusualmente tierna y eso no escapó del ojo de águila de Rachel-. Vamos, princesa. Sé que conoces el poema –No hubo necesidad de ahondar más en el tema, el poema al que se refería era de Oliveiro Girondo y ella entendió que esa era la señal para cambiar de tema. Sonrió con una calidez que contrastaba con su piel y le recitó unas líneas que él disfrutó.
-"Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por mas empeño que le ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando" –citó-.
-Me toca –dijo, tomándoselo como un juego de intercambio de peguntas-. ¿Por qué cortaste con el chico verde? –Rachel sabía que no debía sorprenderse: él tenía pleno conocimiento de todo sobre ella, sin embargo de todas las preguntas no se esperaba esa precisamente-.
-Veamos –con una mano en su mentón, buscó las palabras correctas-. Era muy… superficial. No lo sé en realidad… Era muy… –hizo una pausa-. Muy él –aunque no lo quisiera, se le escapó una risita-. Salí con él porque estaba aburrida –admitió-. No sé, fue solo un pasatiempo. Sigue siendo igual de infantil que en aquel entonces.
-Claro, yo soy mucho más maduro y varonil –su risa claramente sincera y ególatra, resonó en la habitación-. Y apuesto.
-¿Maduro? ¿Tú? –espetó Rachel con ironía, sin negar la parte de varonil y apuesto algo que a Jason no le pasó desapercibido-. No comimos en el restante de Arlo porque no tenía sorbetes con punta plegable.
-Hey –espetó él-. Arlo no cumple con los estándares de salubridad.
-Jason, nosotros le bajamos el puntaje cuando usamos su baño para "jugar" un rato –Rachel aún no podía creer que había aceptado tener sexo de reconciliación en el baño de un restaurante de barrio, pero prefería mil veces que los atraparan haciendo "cositas" indebidas en un baño público a estar en un duelo interminable de "ley del hielo".
-¡Siguiente pregunta!
-Maldito. Deja de evadirme –esta vez fue ella quien le hizo cosquillas a él, a modo de venganza, a modo de disfrutar de su risa. Porque a ella le gustaba verlo reír. De esa forma, parecía un inocente niño feliz y alegre-.
-¿Si hago mucha fuerza puedo sacar esa gema de tu frente? –Los ojos del joven centellaron con un brillo peligroso, probablemente llevaba tiempo queriendo hacerlo y si ella se descuidaba lo haría a pesar de sus suplicas y gritos de dolor, después de todo era caprichoso y obstinado cuando quería-.
-Te recomendaría que no lo hagas –advirtió, cruzándose de brazos-. Es como el centro de comando. La uso para controlar mis poderes y sin ella sería como una bomba de tiempo –dijo a modo de explicación y para desalentar cualquier tentativo de extracción de la piedra-. Los monjes me la colocaron para canalizar mi fuerza. Fue muy doloroso, así que no la toques –finalmente, un pequeño puchero infantil se dibujó en los labios de él, pero el tema quedó olvidado-.
-Quiero preguntarte tantas cosas –comentó el joven como si fuera un suspiro, como si se fuera un poco de vida en cada palabra no dicha-. Y sé que tú también quieres, pero ni yo estoy dispuesto a hablarlas ni tú estás de acuerdo en escuchar mis preguntas –Su voz salió de su garganta tan calmada, que arrastraba consigo una gusto terriblemente amargo, como si una pequeña parte de él estuviera sufriendo por el intercambio que compartían-.
Allí, Rachel recordó que para ella, él era una caja de sorpresas emotivas, a punto de estallar para bien o para mal. Quiso saberlo todo de él. Absoluta y totalmente todo, pero temía las respuestas. Tenía miedo de las preguntas. Estaba aterrado de quebrar el estatus quo. Con cierta duda, lo contempló con sus ojos color lila incrustándose en los de él. Allí se sintió Pandora, abriendo esa caja a la que le habían prohibido su abertura. Y a diferencia del mito, ella no podía cerrarla para guardar a la esperanza en su interior o por lo menos, no antes de haber liberado a todos los horrores de la humanidad.
-Quiero saber –las palabras salieron de su boca rápidas, atropelladas, torpes, casi enredándose en sus cuerdas vocales al mezclarse con una exhalación-.
-Pero yo no quiero responder.
Jason estaba a punto de levantarse y dar por terminada la charla. Ella lo supo con un solo vistazo a sus ojos, que se tornaron más fríos que de costumbre. Rachel debía impedir una discusión a como diera lugar, no quería generar tención cuando las cosas entre ellos estaban yendo tan bien. Por lo tanto, colocó sus manos sobre el pecho masculino para empujarlo sobre el sillón nuevamente. Se ganó una mirada de reproche. Porque a él no le gustaba que lo presionaran a hacer las cosas. Era un ser libre. O ese era el estilo de vida que quería llevar a como diera lugar. Ella se convirtió en un manojo de nervios, mas quería… No. Tenía que darle una explicación, no a él, él era solo el oído que ella necesitaba. Tenía que darse a sí misma la oportunidad de exteriorizar lo que había guardado en su interior por tanto tiempo. Debía convertir los sentimientos en palabras para quitarse un peso de sus estrechos hombros.
-Pregunta lo que quieras –Rachel lo miró y trató de transmitirle en su mirada que esperaba una pregunta, pero que al mismo tiempo la temía-.
-Puedes no responder si lo deseas, ten por seguro que yo no lo haré -Ella supo que no sería juzgada. Asintió y esperó con paciencia-. Tu cuerpo- dijo mientras acariciaba sus caderas- no crece –afirmó-. ¿Por qué? –La inquisición ganó un suspiro, con el que la joven tomó fuerzas de su determinación-.
-Mi padre tiene muchos hijos. –Mantuvo la mirada evasiva-. Pero no desea tener nietos. Básicamente, es un régimen patriarcal –Aunque solo hubiera pronunciado menos de veinte palabras, estas le pesaban-. Solo puede haber un padre. –Quiso rendirse y cambiar de tema-. Al cumplir quince, yo… mis hermanos… -contempló la propaganda que pasaba la televisión-. Nuestros cuerpos dejan de crecer. El día que sangré por primera y única vez mi cuerpo dejó de envejecer. Jamás lo hará, de hecho. Mi cuerpo no puede engendrar vida.
Poner en palabras esa condena la hizo más llevadera. A pesar de que no deseaba tener hijos, sí deseaba poder envejecer como los demás. Deseaba no ver morir a las personas que la rodeaban hasta quedarse sola. No lloró, no quería hacerlo. En cambio, colocó su vista en el pecho masculino. Que subía y bajaba. Sus manos sobre él percibían los latidos constantes de su corazón, tan cálido… tan humano, aún cuando miles de cicatrices surcaban su piel. Sintió la mirada de Jason sobre la de ella. Sin juzgarla, pero contemplándola con sentimientos que ella no quiso identificar.
-Vi unos grabados de los demonios de Trigón y parecían mayorcitos para tener quince. –Ella lo oyó, hablando con firmeza, como si fuera un hombre completamente desconectado de las emociones ajenas. Sin embargo, el largo silencio que presidió a su comentario le afirmaron que había pensando mucho en si hablar o no. La joven no pudo reprimir una risa. ¿De qué sombrero sacaba él esas preguntas tan peculiares?-.
-Los demonios alcanzamos la madurez sexual en el límite de nuestra contraparte mortal –decidió explicar-. Por ejemplo, si el límite para el ser humano es de nueve a quince, alcanzamos la meta a los quince años. Yo soy la única mitad humana; los demás son híbridos de otras especies, por ende tiene otras edades.
-O sea… que ellos ¿son estériles o impotentes? –Miró de reojo su miembro, con una mueca de terror grabada en su rostro. Con miedo fingió agregó-. Compadezco a esos sujetos, no saben de lo que se pierden y si lo saben es peor. –Ambos rieron por el mal chiste del muchacho, quien se sintió más propenso a hablar-. Pregúntame algo –solicitó-. Te lo responderé… Capaz… no lo sé. –Su mente estaba dividida. Quería hacer un trueque de confianza, pero no se sentía capaz. Rachel lo notó y agradeció mentalmente el gesto. A ella le servía desahogarse, expulsar el mal de su padre… Tal vez con él podía ser igual.
-¿Tu padre era o es tan imbécil como el mío?
-Pongamos algo en claro: yo no soy hijo de nadie –espetó con hielo en su voz-. Los imbéciles que me trajeron a este mundo, sin que yo lo pidiera, una verdadera falta de respeto a mi entender, eran drogadictos.-dijo con un tono más coloquial- Me concibieron para venderme. El mafioso de turno no aceptó el pago. Ellos se fueron a otro lado de la ciudad y a los nueve años los asesine ganándome el favor del mafioso. Fin. -Rachel se quedó de piedra. Eso no se lo esperaba-.
Jason se levantó y comenzó a vestirse. Desde el sillón, Rachel esperó esa horrible parte en la que él se marchaba dejándola sola para que ella se fuera. Sin embargo, eso no ocurrió. Cuando ella elevó a la vista, él le tendió su ropa con una cálida sonrisa que ella no pudo evitar grabar en su cabeza. Porque cada vez que Jason dibujaba una sonrisa tan perfecta, sin levantar sádicamente las comisuras de sus labios, mostrando los dientes solo lo suficiente, sin acompañarla con una macabra carcajada, era necesario grabarse a fuego ese preciso momento.
-Ahora que ambos estamos más ligeros –comenzó a decirle-. Podemos ir a volar un rato, ¿no lo crees?
Ella sintió a su cabeza asentir, embelesada por la imagen que él acaba de darle. Uno al lado del otro, se movieron a la par del sol, dando largas caminatas por el gueto, visitando algunos de los negocios más escondidos de la ciudad. Antes que el atardecer se divisara en el horizonte, ambos se encontraron sentados en la playa. En silencio. Porque las palabras sobraban entre ellos. Y mientras la brisa marina mecía sus cabellos, pensó en lo tranquilo que era vivir así. El peso sobre sus hombros aún estaba sobre ellos, presionando su caja torácica, casi asfixiándola. Pero ahora parecía más liviana, el oxigeno ingresaba más amenamente a sus pulmones. Un suspiro la llevó a levantar la vista, a observar el cielo anaranjado que era solo decorado por las rayos del sol cada vez haciéndose más tenues y las gaviotas que no se callaban e irrumpían esa paz. Aunque eso no fue lo único que la interrumpió.
-¿Se pueden correr? –Exclamó una voz con un acento extranjero sobre un cuatriciclo-.
-¿Debo hacerlo? –Devolvió Jason, levantando una ceja poniéndose de repentinamente de mal humor-.
-Sí. Es que vamos a hacer una carrera entre mi amigo y yo y ustedes están en medio de la pista.
-No me voy a correr. Pueden hacerla en otro lado.
-No. La carrera la vamos a hacer acá, muévanse uste –el hombre siguió con su plan, la carrera empezó a solo centímetros de ellos, obviamente lo estaban haciendo a propósito, pero su arrogancia se topó con la mochila de Jason que repentinamente se volvió dura como el acero haciendo caer de su vehículo al turista.
Rachel, quien estaba detrás de esto, reprimió una carcajada lo mejor que pudo. ¿Por qué tenían que molestarlos a ellos? La playa era lo suficientemente grande como para no tener que molestarlos-.
-Maldito bastardo, lo hiciste a propósito, tiraste algo a mis ruedas, mira como quedo mi codo y mi cuatri, debes pagarme- el joven estaba hecho una furia.
-Me cago en ti, en tu intento de transporte y en que se haya roto –bramó el joven casi gruñendo, levantándose. Se sacudió la arena de la ropa y le hizo un gesto a Rachel para que lo siguiera. Ambos se alejaron aún cuando los gritos del hombre seguían taladrándoles los tímpanos. Normalmente, no se hubiera movido, pero no estaba con el humor necesario para no asesinar a la primera persona que osara molestarlo-. Odio a los turistas.
-Tengo una idea –comentó la muchacha, llamando su atención al instante, con una sonrisa de lado en su rostro que oscilaba en apaciguarlo-.
-¿Qué idea, princesa?
-¿Qué tal si alguien le da por error laxantes a las gaviotas?
Rachel supo al instante que él había captado su broma. El alimentar a las aves con laxantes solo haría que están no pudieran retener sus eses y llenarían la playa, y a los molestos turistas, de su excremento. La risa de Jason no tardó en hacerse audible, regresando al instante a su antiguo buen humor. Esa chica sabía cómo mantenerlo en un buen estado mental.
-¿Qué tal si ese alguien somos nosotros?
-Me suena a un buen plan.
Y así, el sol se esfumó y apareció en el otro lado del mundo.
En la Torre de los Titanes había una biblioteca muy escueta, solo con novelas de esas que ganan premios al consumo. Como Raven no tenía nada mejor que hacer, se encontraba allí, revisando libro por libro para solo desilusionarse por cada uno de ellos. En una atípica rabieta, lanzó uno sobre la repisa haciendo que callera detrás del mueble. Mientras lo recuperaba se percató de dos cosas: la primera fue que en lugar de usar sus poderes se agachó y estiró su brazo de forma muy incómoda. Desde que había comenzado a frecuentar el barrio marginal de la ciudad, ya no usaba sus poderes para realizar tareas que no lo requerían. Si lo veía en retrospectiva, había estado usando sus habilidades para las cosas más pequeñas, como alcanzar un libro o levantar algo caído. Ahora, notaba que había caído en un mal hábito, en la mundanidad del día a día. Como si ser heroína fuera algo de tiempo completo. La segunda cosa que distinguió, fue un libro olvidado y empolvado detrás de la biblioteca. Se trataba de un viejo tomo de Cumbres Borrascosas. No era ciertamente el mejor de los libros para una tarde de sol, pero era claramente el mejor de los que ella tenía a disposición en ese momento.
Para las tres de la tarde, había llegado al clímax de la historia. Mientras se disponía a averiguar si Heathcliff conseguiría casar a Catalina II con su hijo y así vengarse de Edgard, una repentina llamada por parte de Robin la distrajo. En su fuero interior pensó que más le valía estar necesitando ayuda contra un ejército de androides venidos de otro planeta, porque interrumpirla en lo mejor del libro era crueldad absoluta. Pero si llegaba a hacer sus cavilaciones audibles, recibiría una mirada confusa y un "los libros no son tan geniales" de Chico Bestia.
La emergencia en cuestión no era de magnitudes intergalácticas, pero sí era seria. Robin había estado investigando los explosivos usados por la mayoría de los criminales. Aquellos que podían permitírselo, los compraban. A través de meses de búsqueda y arrestos se llegó a un nombre: "El Fabricante". El sujeto era un constructor de bombas y explosivos varios. Tenía un don a la hora de crear armamento solo comparable con el de Speedy, desde una lapicera con un explosivo de radio extenso hasta una bomba nuclear portátil. Sus últimos estudios se basaban en explosivos que no emitirían radiación alguna. Era un genio.
El plan parecía ser sencillo. El hecho es que nadie había contado con sus habilidades bélicas. Robin debía estar estresado. No era posible que no hubiera tomado en cuenta la posibilidad de que El Fabricante tuviera entrenamiento. El taller del criminal contaba con un sinfín de puertas falsas y túneles listos para huida o protección personal en caso de explosiones. Los túneles eran un arma de doble filo, ya que solo este criminal podía correr en una dirección. Una explosión allí sería la perdición para todos; además de que se destruirían los edificios y las calles que estaban sobre esos túneles. Sin embargo, la persecución terminó de forma abrupta cuando los cinturones de los titanes dieron la "Alarma Territorial", es decir, la alarma que les indicaba que estaban por ingresar a uno de los guetos.
La ciudad contaba con dos guetos. Estos eran autosuficientes y tenían un gobierno propio. Tras años de luchas entre las fuerzas armadas y los habitantes del barrio pobre, lograron su autonomía al demostrar su superioridad numérica y, sobre todo, tras un "incidente diplomático": un oficial de las fuerzas antimotines había asesinado a un niño de seis años sin razón alguna. Simplemente, le disparó y ultrajó el cuerpo para deleite de sus compañeros. El video se esparció como un virus y las autoridades tuvieron que reconocer su autonomía: ningún policía, vigilante o ambulancia podía entrar en sus tierras, teniendo así sus propios servicios de salud y tropas parapoliciales. Los ciudadanos más vulnerables habían tomado la dedición de rehacer sus vidas en esos guetos ya que allí no había un Estado que los reprimiera o usara de excusa para justificar sus robos de presupuesto en temas de "Seguridad".
El Fabricante, y ellos, tenían prohibida la entrada al gueto del Este, sin embargo se tardarían meses en conseguir una cita con los líderes del lugar para que ellos, tras una junta de los miembros más sobresalientes de la comunidad, dieran la orden de capturar al sujeto. En estas circunstancias, Robin decidió arriesgarse. Raven tenía la capacidad de moverse entre las sombras. El plan era localizarlo y ponerlo en evidencia ante los habitantes del lugar, de esta forma ellos se encargarían y la amenaza estaría anulada.
Así, Raven se encontró paseando por los pasillos de barrio que conocía de memoria y encontró al Fabricante en pocos minutos. El único lugar al que podía dirigirse era a la casa del irlandés. Allí, podría intercambiar las bombas que tenía encima a cambio de protección. Haciendo uso de sus habilidades, le quitó la capucha al hombre haciendo visible su cara. Al parecer, era un hombre conocido en el ambiente, porque en seguido fue apresado por los miembros de la comunidad.
Como se suponía que ella no conocía el lugar, su misión debería haberle tomando mucho más tiempo. Por lo tanto, decidió seguir entre las sombras y dar una vuelta por el lugar. Se dedicó a conocer los espacios que escapaban de sus pisadas o había pasado por alto. Girando por unos sucios callejones, pasó por una zona a la que casi nunca iba. Rápidamente, entendió la razón de eso.
Apoyado en un auto sin ruedas, que la gente usaba para drogarse o tener sexo recostados en los asientos, con aire de ganador y seguro se encontraba Jason. Su brazo izquierdo rodeaba el hombro de una muchacha de perfectos cabellos rubios que llovían con ondas por sus hombros hasta llegar a su media espalda, excesivamente maquillada y de ropa provocativa. Su atuendo consistía en un vestido tubo, color rosa chillón acompañado de un patrón en forma de "S" de una tela semi transparente, que partía desde el cuello, resaltando sus senos sin sujetador, y finalizaba en su muslo izquierdo. El color contrastaba con su bronceado de playa, pero eso no era todo. Del otro lado, una pelirroja se había colgado a su brazo para llamar su atención. Sus rulos saltaban cada vez que se movían y caían de forma dispareja sobre sus ojos del mismo color que el pasto: llenos de vitalidad y alegría. Su cuerpo estaba enfundado en una mini falda negra, tan corto que se notaba el inicio de sus glúteos. Su blusa, de un verde brillante y segador con un pronunciado escote en V suelto, tanto en la parte delantera como en la trasera, ya que sus omoplatos y su busto, de una piel blanca como la porcelana, sin marca alguna, estaban libres.
Ambas eran el retrato de la vulgaridad. Sus tacos excesivamente altos y sus uñas largas y rojas, le dieron a Raven la confirmación de sus sospechas. Jason reía y coqueteaba con esas mujeres de dudosa moralidad y, seguramente, se acostaría con ellas esa noche. Ella se apresuró en volver a la Torre. La misión había concluido de forma exitosa. Ella era Raven, recordó. No tenía relación alguna con ese hombre, solo se acostaban y se utilizaban mutuamente.
La habitación estaba a oscuras. Se encontraba en su hábitat natural. Se suponía que le gustaba, que allí estaba en paz. Sin embargo, ¿por qué no podía hacer más que volver a ese momento? Las veía a ellas, a él. Los tres reían y, a diferencia de ellas, no tenía que hacer preguntas ni necesitar "tacto". Eran prostitutas. Sabían exactamente qué hacer para que los hombres estuvieran a gusto. La belleza era una característica de ellas, sus cabellos eran largos y brillantes, su piel se asemejaba a la porcelana y sus vestimentas, aunque dejaban poco a la imaginación, les quedaban bien y cumplían su función: llamar la atención. Pero lo que más atormentaba a Rachel eran sus curvas, sus cuerpos delgados, de senos grandes, caderas anchas, muslos carnosos y glúteos voluminosos, sus piernas largas y bronceadas. Su porte era regio, casual, seguro y alegre. En cambio, ¿qué era ella? Pues, todo lo contrario. Rachel llevaba el cabello corto y despeinado, con la piel pálida casi llegando al gris. Ni una sola gota de maquillaje surcaba su rostro y solo usaba ropa vieja y corriente. Sus dimensiones eran diminutas: era de baja estatura, sus senos eran pequeños pero redondos, alcanzaban para llenar una mano, sus caderas no llamaban la atención bajo su ropa, sus manos no estaban arreglados… Incluso, podía ser confundida con un varón por su elección de indumentaria casual.
Jason estaba acostumbrado a pasar sus días con mujeres bellas. ¿Por qué se acostaba con ella entonces? Claramente, y a su parecer, no podía competir contra los encantos de esas jóvenes. Jamás podría. Ella era biológicamente incapaz de desarrollar tales encantos, debido a que su cuerpo le escapaba al tiempo.
Después de mucho pensar sobre lo mismo y de torturarse con parsimonia en el proceso, se levantó. Mirándose al espejo, con la tenue luz de una vela, odió su apariencia actual. Por lo tanto, salió de la habitación rumbo a la cocina. Su destino específico: el frízer. Su objetivo: el único pote de helado de chocolate. No sabía de quién era, pero se le antojó comérselo todo. Buscó en los cajones una cuchara y optó por llevarse el envase entero a su cuarto. Aún así, el acaparamiento del dulce no pasó desapercibido. Garfield, el dueño de ese postre, se interpuso para quejarse, pero no pudo; Raven le dirigió una mirada extraña que él no reconoció como propia de la joven. No era de ira ni de apatía; era una mirada de rencor.
El chocolate frío se derritió en su paladar, dándole un momentáneo alivio. Al llegar a las proximidades de su habitación pudo escuchar como en el cuarto de Kori las demás mujeres y jóvenes de la Torre reían y charlaban de cosas que ella no encontraba interesante, pero antes de volver a su reclusión auto infringida pensó que tal vez convivir con otras mujeres la ayudaría a sentirse más como una.
Entró sin pedir permiso y sólo la notaron cuando se sentó en la mitad de la cama comiendo helado sola mientras las miraba. Lo que llamó la atención de sus compañeras fue básicamente el verla allí, intentando integrarse a una útil charla sobre cotilleos femeninos. Los murmullos no se hicieron tardar, Raven los escuchó todos sin mostrase afectada, después de todo era mejor que ellas inventaran sus propias teorías sobre su cambio de humor que pensar ella en alguna excusa.
-¿Qué le pasa? ¿Está entrando en la pubertad? ¿Está en sus días? –eran los comentarios que la joven pudo captar sin esfuerzo. Era increíble, pensó, como esas jovencitas aún creían que ella verdaderamente tenía la edad que aparentaba. Qué poca atención el prestaban, algunas de ellas hacia diez años que la conocían-.
-¿Raven, estás bien? –Interrumpió Kori, quien siempre intentaba llenar la incomodidad con amabilidad-.
-¿Tengo pinta de estar bien? –No pretendía ser grosera, pero le salió del alma. Últimamente, estaba más emocional que de costumbre, ya que a veces Jason lograba calmar sus emociones y otras alterarlas; ese era el efecto tan contradictorio que él causaba en ella-.
-¿Pero qué es lo que te pasa? –era obvio que Cassie no tenía ninguna paciencia, como hija de Ares no poseía tendencia hacia la compasión gratuita-.
-Me siento fea. –admitió y una lagrima amenazó por escapar de sus ojos. No supo si las demás lo notaron, tampoco le importó demasiado-.
-Eso se puede arreglar –Raven jamás entendería de dónde sacaba Kori tanto entusiasmo, pero allí estaba, brillando tan radiante como el sol-.
-¿Cómo? –Inquirió, con curiosidad-. ¿Qué hacen ustedes cuando se sienten así?
-¿Qué más? ¡Ir de compras! –Y de todas las cosas que podían pasar en el mundo, el abrazo grupal que la estrechó la tomó desprevenida.
La tarde que transcurrieron en el centro comercial fue agotadora. Todas se llenaron las manos de bolsas y tomaron el resto de reinventar el look de Raven, desde ropa para todas las ocasiones habidas y por haber, hasta maquillaje con prácticos tutoriales, sin dejar de lado accesorios como zapatos y carteras. Lo finalizaron con una visita a la heladería y a la librería.
La vieja Raven ya no existía. Esa pequeña y asexuada personita, que hasta hace poco quedaba momentáneamente reflejada en los espejos de los locales, había desaparecido. En su lugar, había surgido una joven mujer con estilo grunge moderno. Se había descubierto a sí mismo como fanática de las medias bucaneras negras y de los sombreros del mismo color, los cuales sustituían en cierta medida su usual capucha. A su vez, las camisas a cuadros se habían vuelto sus favoritas. El maquillaje del mismo estilo no le disgustaba, le encantaban los colores suaves y uva para sus labios, tomando nota mental de que los rojos intensos la hacían lucir como una muñeca de porcelana antigua. Los zapatos que pensó incómodos, resultaron favorecerle las pantorrillas. Luego de años, por fin se sentía bien con su cuerpo y cuando se miraba al espejo, encontraba a una chica divertida, seria y hermosa. Sentía que poseía una identidad plena y lista para ser exteriorizada. Se dio cuenta que no necesitaba vestidos provocativos que resaltaran atributos que ella no tenía; había diferentes maneras de demostrar su belleza natural. La canción de S.O.S de Rihanna resonó en el shopping, mientras ella y las demás cargaban miles de bolsas y tarareaban la melodía.
Luego de ordenar sus nuevas prendas, se dejó caer en el sillón de la sala común con un esplendido humor. Se sentía hermosa, capaz de seducir a cualquier hombre. Cosa que había demostrado, con gran asombro de sus compañeras, con el heladero y el chico de las escaleras mecánicas cuyos ojos no pararon de mirarla con letreros en sus frentes de "amor a primera vista". Ya no necesitaba que Jason le dijera que era hermosa, ella lo estaba respirando por su propia cuenta. Se sentía capaz de pasearse por las inmediaciones de las "amigas" del joven y levantar más miradas que ellas con su aire de rebeldía y sensualidad. Aunque pareciera trillado y plástico, a veces solo se necesitaba un cambio de look y un paseo por el estilista para sentirse mejor.
Ya habían pasado unas semanas desde la visita al centro comercial y Raven entendía el porqué de tanto alboroto a la hora de entrar en los locales de lencería. Kori había comprado un sinfín de prendas íntimas muy provocativas.
Ricardo, estaba de vuelta.
Cada cierto tiempo, él volvía a la torre para ver cómo estaban las cosas y a pasar tiempo de calidad y esparcimiento con su novia.
La lluvia que caía a cantaros no era exactamente el mejor escenario para Raven. Esa mañana se había despertado con la energía suficiente para correr una maratón y cruzar el mediterráneo a nado, ida y vuelta, desde el norte hasta el sur. Debido a esto, dejó de leer "Matar a un Ruiseñor" para dirigirse sigilosamente hasta el gimnasio. Entre pesas y combates mano a mano, nadie reparó en ella. Oh, qué raro. Decidió comenzar con algunos estiramientos y luego se dedico a las acrobacias.
En unas gradas, alejado de los demás viéndolo todo estaba Ricardo. Tranquilo y observador, escrutó como sus compañeros progresaban y se forjaban como guerreros. Sin embargo, a diferencia del resto, él no pasó por alto los movimientos de Raven. Su cuerpo se movía con una elasticidad nueva, su mirada concentrada y su renovada energía la hacían ver radiante, como si el sudor que escapaba de su cuerpo fueran destellos de algún estilo mágico. Llevaba unos mini short deportivos y una pupera gris suelta con un sujetador deportivo negro. Ella se movía con facilidad y destreza, tenía la gracia de un gato y la velocidad de un ave, su cabello en un rodete despeinado saltaba junto a ella. Sus orejas llevaban sencillos y pequeños aros de plata y una fina cadena con un pendiente de gota le colgaba en el cuello, reposando en su torso dando una disimulada invitación a dirigir la mirada hacia sus senos.
En la primera ocasión en la que ella dio una mirada en su dirección, este la llamó con un gesto que hizo con la mano. Raven levitó hacia su encuentro posicionándose a su altura, él la miró con una expresión paternal y acarició su mejilla de una manera que a Raven le supo incomoda y perversa. ¿Pero por qué? Solo le había hecho una caricia. Sin embargo, ella lo sintió extraño, sucio, pensó que su tacto le disgustaba, que no era necesario. Por alguna razón, la mirada atenta, examinadora y esa extraña sonrisa de Ricardo estaban poniéndola alerta.
-¿Te maquillaste? –Inquirió, notando la máscara sobre sus pestañas-. Mi niña ha crecido, pero no exageres –Parecía una simple recomendación paternal, pero algo se sintió mal en esas palabras. No supo con exactitud qué era, pero fue extraño, casi rozando lo morboso, se sintió perverso-.
-Es lo mismo que usa Kori –se defendió, limitándose a apartar la mirada incomoda al sentirse tan observada-.
-Pero ella es más grande. –y la conversación finalizó-.
Los días pasaron tranquilos y alegres bajo la atenta custodia de Ricardo. En ese tiempo, la ausencia de mensajes de Jason no la alteró en lo más mínimo. Ella estaba lo suficientemente ocupada descubriéndose a sí misma como para pensar en él. Sin embargo, sin previo aviso, una tarde llegó un mensaje que la citaba en su casa.
Con cuidado, para evitar romperlas, se puso unas medias largas negras, de textura fina y semi transparente con unas bucaneras negras superpuestas. Cassie la había inclinado a las botas bajas con tacón, y las que llevaba puestas la hacían sentir más alta manteniendo la ilusión de que esa era su altura natural. En el mini short de jean negro de cintura alta colocó su comunicador. El clima era agradable, por lo tanto optó por una musculosa color mostaza, corta de la banda de Black Canary adherida al cuerpo, con una camisa a cuadros roja como su único abrigo. Se recogió el pelo en un semi rodete despeinado. Así se paseó por el gueto, con toda la seguridad de haber nacido allí.
Mientras pasaba por los intrínsecos pasillos de ese sector excluido de la sociedad, un hombre gordo y con voz reposaba sobre una pared, contemplando desde la distancia. La miró con lujuria e hizo un comentario vulgar que ella ignoro olímpicamente, pero no fue la situación: el comentario de que el hombre amagara con seguirla fue lo que permaneció en su memoria. Aunque se le grabó más la actitud del amigo del sujeto gordo. Éste lo codeó y, cargando su rostro de una mirada preocupada, le advirtió:
-No –exclamó-. Es la mujer de Jason. –Ante esta revelación, el sujeto cambió su expresión a una sorprendida y se disculpó bastante avergonzado-.
-Perdoná. No sabía que eras de acá.
Rachel solo asintió con la cabeza aceptando sus disculpas. Esa experiencia le dejó tres cosas en claro. Primero, en el gueto todos conocían el nombre de pila de Jason y lo llaman como tal y no Red X. Segundo, debía tener cierta reputación forjada como para que el hombre se intimidara de solo ser nombrado y le tuviera el suficiente respeto como para disculparse con ella solo por ser "su mujer". Y tercero, ella era conocida y considerada como miembro de esa comunidad. Esto último provocó que un extraño sentido de pertenencia que, a pesar de no ser nuevo, se apoderó de ella. Por alguna razón los barrios marginales siempre la habían acogido como una hija más. Y eso la regocijó en un placer que no creyó tendría jamás.
Al llegar a su destino, Rachel notó un leve desorden entre las cosas acumuladas. Supuso que hubo una gran e infructuosa caza al ratón o a la lagartija que rondaba la casa, que Jason solucionó con trampitas diseminadas por los rincones. Cuando él la vio entrar, al instante percibió el cambio. En silencio, se tomó su tiempo para evaluarla mientras ella dejaba una pequeña mochila sobre una mecedora. La risa de él llenó el ambiente y Rachel creyó firmemente que él se estaba riendo de ella y de su abrupto cambio. Después de todo, sus compañeros habían asistido a la "transformación" que Kori logró en ella, pero Jason no. Por instinto, se excusó a sí misma. Aún le quedaban algunas costumbres de su anterior relación.
-Star Fire me tomó como conejillo de indias –de hecho, no era del todo mentira, solo que de la forma en que lo decía no quedaba claro si a ella le agradaba o no-.
-La verdad, espero que lo haga más seguido –admitió, y ella lo miró sorprendida, dibujando una interrogación en su cara-. Te queda bien, hasta podrías pasar por cortesana –agregó el joven entre risas-.
-¿Qué necesidad de tratarme así? -Para Rachel, eso era cruel. Sin embargo, para Jason ese era el único tipo de relación que conocía. Era todo lo que había aprendido de sus padres biológicos y de sus carceleros-.
-Así soy. Si no te gusta, te puedes ir –lo dijo sin maldad mientras se sentaba en un sillón individual morado, solo como algo natural y obvio, pero a Rachel le pareció un comentario sarcástico e hiriente-.
-No –negó con firmeza-. No me puedo ir y lo sabes –no quería tocar ese tema. El chantaje aún estaba en pie. Aunque no lo mencionaran, existía. Aunque ella no quisiera pensar en ello, cada tanto ese asunto regresaba a colación como un reproche por parte de ella o como una amenaza por parte de él-.
-Sí, ya sé. Soy hermoso –Jason prefirió salirse por la tangente y no abordar el tema en cuestión, no era algo de que quisiera hablar-.
Con el enojo palpable, Rachel se quitó la camisa, dejándola a un costado. Mientras se subía sobre él, comenzó a sacarse la musculosa. Sin embargo, cuando sus manos llegaron a desabrocharse el sujetador, las manos de Jason tomaron sus muñecas por detrás de su espalda, ejerciendo una buena cantidad de fuerza. El joven estaba perdiendo la paciencia, pero no quería ponerse violento. Ella lo notó, al ver como tomaba una única bocanada de aire, por lo que no se resistió y permitió que él guiara a sus manos hasta delante.
-No. Así no –dijo él, con seriedad, soltándola-. Vamos a caminar.
Jason quería evitar el problema de fondo. Pero ella no. Las emociones revolucionadas no las dejaba, la seducía la idea de buscar pelea. Luego de que ella recogiera su ropa y volviera a colocársela, ambos salieron de la casa a caminar. Él caminaba por delante de ella, incitándola a seguirlo. Y terminaron recorriendo el gueto, hasta llegar a la parte céntrica del mismo, donde se sentaron sobre el pasto de una plaza. Esta se hallaba concurrida por varias parejas, que caminaban de la manos, paseaban a sus mascotas, o que simplemente estaban sentados sobre el pasto, uno al lado del otro, mirando el cielo. Y ella no pudo, en verdad no pudo, sentir otra cosa que envidia. Pero ella no quería llegar a ese sentimentalismo, sino que solo esperaba llevarse bien con la persona que tenía al lado.
-Explícame –exigió-. ¿Por qué no podemos ser como ellos? La pareja del Golden no nutre sus sentimientos profundos el uno por el otro. Solo tienen sexo y pasean al perro, sin embargo se llevan bien.
-Este es el único de tipo de relación que conozco –por un instante, la frase sonó especial a los oídos de Rachel. Él los había definido como una "relación", algo que ella jamás había hecho con anterioridad. Aunque para él, significaba exteriorizar una realidad que se conectaba de forma directa con su turbulento pasado-.
-Sí, pero no haces nada para cambiarlo –continuó, leyendo en el ambiente que, era ahora o nunca-. Tienes actitudes de hombre golpeador: discutimos, me maltratas de varias formas y después me das flores –las palabras hicieron un click en el joven-.
-ÉL le daba flores –dijo más para sí mismo que para ella, en un murmullo, con la mirada perdida en el pasto que se mecía con el viento. Ella distinguió que el tema lo ponía vulnerable, por lo que decidió poner el dedo la llaga y echarle en cara bastantes cosas aprovechándose de su debilidad momentánea, de la misma manera que habría hecho Catalina I de Cumbres Borrascosas, libro del que había extraído algunas enseñanzas-.
-Una persona normal, cuando se equivoca, pide perdón –prefirió decir, con cuidado-. En su lugar, irrumpes en mi habitación, entras en mi baño y dejas una reina de corazones, como en antaño, como si yo fuera de tu propiedad. Siempre diciendo "Tuve una mala jugada", echándole la culpa a la suerte o a mí. O escribes "sonríe" como si fuera algo poco serio –relató-. El gran Jason jamás tiene la culpa, ¿no? Después de todo, eres un ganador.
-Por Dios –balbuceó, él estaba a punto de tener un ataque de violencia. Sin embargo, no era contra ella, sino contra el mundo. Sus dedos se hundieron en el terreno mientras recordaba con odio-. Hago lo mismo que ÉL con Quinn.
Al oír esas palabras y desconociendo a quienes se refería, pero con la certeza que esas personas estuvieran relacionadas con sus heridas, el corazón de Rachel se ablandó. Allí comprendió que el realmente se encontraba turbado. Ella acaba de meterse en un territorio altamente peligroso, ya que se estaba arriesgando a que él terminara matando a alguien para desahogar su frustración. Y eso no era lo que ella deseaba, su único propósito había sido hacerlo sentir culpable por lastimarla con sus comentarios hirientes.
-La gente camina con tanta calma en los parques, pasa por los arbustos sin preocuparse por las ardillas o los perros que pudiera haber –intervino ella, notando como los ojos de él dejaban de lucir tan asustados y se giraban para contemplarla-. Algún día, alguno de esos va a morder a alguien y yo me voy a reír –continuó, distrayendo a Jason de los pensamientos autodestructivos y de sus ganas de herirse a sí mismo mientras lastimaba a los demás. Como siempre, y una vez más, ella lograba llevarlo de un punto al otro es su escala de niveles emociones sin el menor esfuerzo.
-Tengo una idea –comentó Jason, con el cerebro comenzando a idear una travesura. Ella lo supo porque su rostro se ilumino con ese brillo infantil-. Y te va a gustar.
-No lo creo.
-Vamos, ayúdame –suplicó, con un puchero en la punto de sus labios mezclado con la diversión que su imaginación ya anticipaba-.
-Bueno, vamos –Rachel soltó una risita ante el pedido, contenta de poder volver a Jason, quien le caía bien y no a Red X, que la había hecho llorar-.
-Wow, cuanta resistencia la tuya –la ironía complementó su voz, pero no había malicia en ella. Solo un tono juguetón y aniñado, que acompañó con un beso en la mejilla.
Así, se dispusieron a colocar grabadoras con sonidos de ladridos en los arbustos de la plaza, con el fin de asustar a los transeúntes.
