Fracasando en su enésimo intento de silenciar sus atormentados pensamientos para dejarse llevar por el sueño, salió de la cama y comenzó a vagar por la habitación, concediéndose unos minutos para tranquilizarse y reflexionar en el asunto que lo mantenía despierto y con el ánimo alicaído. En algún momento tenía que hacer frente a la verdad; sin embargo, no encontraba la manera, ni el valor para hacerlo, y aquí estaba ahora, escondido en esa solitaria villa a la que bien podía llamar mausoleo, rumiando derrotas anticipadas y sintiéndose sobrecogido ante la perspectiva de enfrentar el reto más complicado de su existencia: aquel que iba a determinar si en los trazos de su futuro predominaban luces o sombras.
Faltaba un cuarto para las diez y la tenue campanada de advertencia del reloj se escuchó desde la Torre Sur. El sonido llegó raudo hasta su habitación, rebotando entre paredes, cristales y madera, y penetró en sus oídos, atentos a los murmullos de la noche.
Fugaz como un suspiro y tan tenue como una caricia, el recuerdo vino a él. En su memoria, todavía resquebrajada, penetró intempestivamente la imagen de una adolescente curiosa y el sonido de su grito, urgente y aterrado, rompiendo el silencio de una noche en el ayer muy parecida a esa en el ahora. Tan sólo una presencia en medio de la oscuridad, un contacto humano distinto y, por lo tanto, bienvenido.
Frágil, como la primera capa de hielo que se formaba sobre el lago año con año, el cuadro se malogró, rompiéndose en fragmentos imposibles de reconstruir; sin embargo, las sensaciones provocadas por aquel interludio con su pasado permanecieron, dejándole la impresión de haber sido sacudido por un terremoto.
Fuera lo que hubiere sido, aquello era real, estaba seguro de eso; no obstante ¿cómo explicar ese rostro en aquel ambiente? Esa mirada que ahora formaba parte de sus más hermosas memorias no podía ser la misma con la que se había topado, alguna misteriosa y cálida noche, atrapados ambos en la húmeda lobreguez del tercer piso de aquella fría mansión ¿O si?
