Esta historia pertenece a Linda Howard, al terminar dire su nombre real. Los nombres y descripciones de algunos personajes perteneces a Stephenie Meyer.
El libro contiene desde los primeros caps un alto contenido sexual, por lo que si lo leen, ES BAJO SU PROPIO RIESGO :)
Gracias a Angie Masen por sus correcciones y a las chicas que han leido y dejado RR por esta y la otra de las historias y agregarla como favorita y/o alerta
Si todo sale bien entre la semana que empieza mañana y la proxima estaré subiendo el fic original... mio de mi xP
XOXO
Dhampi
Uno ochenta con Ochenta
La distancia, aprendió Bella, era relativa. Eau Claire, Wisconsin, no estaba tan lejos de Minneapolis si conducías, cuestión de una hora o dos, dependiendo de dónde estabas en Minneapolis cuando empezabas y con qué rapidez conducías. En avión, no era nada más que un saltito. A pie, y teniendo que esconderse durante el día, le llevó tres días.
No se atrevía a coger un autobús; Con su pelo largo y llevando una funda de ordenador sería demasiado fácilmente identificable. No lo sabía, pero pensaba que sería lógico que la policía, sabiendo que no tenía coche, revisara todo transporte público que saliese de la ciudad. James probablemente la cazaría, también, y no tendría que comparar su apariencia con una foto para reconocerla.
Se las arreglaba para sobrevivir casi sin nada, porque esa era la única forma en que había podido ingeniárselas. Cosas que siempre había dado por supuestas, cosas necesarias como comida, el agua, el calor, un inodoro, ahora costaba obtenerlas. Al menos tenía dinero, y siempre podía encontrar un supermercado, aunque sabía que debería evitarlos por sus cámaras de vigilancia. La comida no era un gran problema; simplemente no tenía hambre.
Parecía una vagabunda; era una vagabunda. Anduvo hacia el norte durante un tiempo, luego cambió de dirección hacia el Este, en paralelo a las carreteras estatales en vez de caminar por el arcén de la carretera donde podía ser vista fácilmente. No se había percatado antes de que poca presencia humana había entre Minneapolis y Eau Claire; Si hubiera estado en la carretera interestatal, al menos habría un motel o parada de camiones cada pocas salidas, pero fuera de la interestatal no había nada excepto unas pocas casas y una estación de servicio ocasional.
A las diez y media de su segunda noche en la carrera, entró en una estación de servicio y pidió la llave del cuarto de baño. El encargado alzó la vista con ojos aburridos y hostiles y le dijo "¡Fuera!". Le llevó más de una hora encontrar otra gasolinera. El segundo encargado no fue tan educado, y amenazó con llamar a la policía si no se iba.
La necesidad de orinar la estaba atormentando, exacerbada por su continuo tiritar. La cara de Bella estaba blanca mientras se volvía silenciosamente y salía de la estación. Atravesó andando el aparcamiento, consciente de que el encargado vigilaba cada paso que daba. Justo cuando estaba a punto de poner el pie en el arcén de la carretera, miró hacia atrás y vio que el hombre había vuelto a la revista que estaba leyendo cuando ella entró para pedir la llave. Cambió bruscamente de dirección, bordeando el aparcamiento, y rodeado la estación por detrás.
Tenía que aliviarse, y estaba a punto de hacerlo al lado de la carretera.
La grava crujió al llegar conduciendo un cliente, y ella oyó a un hombre diciéndole algo al encargado y luego la respuesta de éste, pero no podía entender lo que estaban diciendo. Al abrigo de la pared de atrás, cuidadosamente colocó su preciosa bolsa de basura fuera del área de salpicadura, y abrió la cremallera de sus pantalones vaqueros.
El ruido de pasos se acercó, haciendo ruido en la grava. No había ningún lugar donde esconderse. Una débil luz sobre cada uno de las puertas de los cuartos de baño le robaba la ventaja de la oscuridad. No había nada que hacer excepto correr, y esperaba que el cliente que entraba no llegase a verla claramente.
Agarró la bolsa de basura y su mirada pasó rápidamente sobre la puerta del cuarto de baño, en la que estaba pintado en grandes letras mayúsculas "Señoras".
Había un pestillo fijado a la puerta, y un candado abierto colgaba de él. ¡La puerta ni siquiera estaba cerrada!
El ruido de pasos estaba cerca, casi en la esquina. No vaciló. Dejando el saco de basura donde estaba, se lanzó dentro del pequeño cuarto oscuro, y se apretó contra la pared pintada. Ni siquiera tuvo tiempo de cerrar la puerta. El cliente pasó de largo, y un segundo más tarde se encendió una luz más brillante cuando pulsó el interruptor en el otro cuarto de baño. La puerta se cerró de golpe. Bella se apretó más contra la pared. El cuarto de baño no era más que un cubículo diminuto, apenas lo bastante grande para tener un inodoro y un lavabo. Las paredes eran bloques de hormigón, el suelo era de cemento. El olor no era agradable.
No se atrevió a encender la luz, aunque cerró la puerta hasta que sólo quedó una rendija de cinco centímetros. Sujetando con fuerza sus pantalones vaqueros, se encaramó sobre la porcelana del sucio inodoro tal como su madre le había enseñado a hacer, y luego ya no pudo contenerse más. Acuclillado allí como un pájaro torpe, con las piernas doloridas por la postura antinatural, lágrimas de alivio brotaron en sus ojos y ahogó una risa sin humor por lo ridículo de lo que estaba haciendo.
En el cuarto de baño de al lado hubo un sonido largo, explosivo de gas liberando, luego uno contento
—Ah.
Bella puso ruidosamente una mano sobre su boca para detener la histérica risa nerviosa que se elevaba por su garganta. Tenía que terminar antes que él, o podría oírla. Era la más extraña competición en la que alguna vez había participado, y no estaba menos llena de tensión porque ella fuera la única que sabía que se estaba desarrollando.
Terminó justo mientras sonaba un fuerte burbujeo. Rápidamente trató de alcanzar la cadena y tiró de ella, el ruido de la segunda cubierto por el de la primera. No se atrevió a moverse, porque el hombre no hizo una pausa para lavarse las manos sino que inmediatamente dejó el cuarto de baño. Se quedó quieta, sin siquiera atreverse a respirar. Él pasó al lado sin darse cuenta de que la puerta que había estado abierta cuando había entrado en el cuarto de baño estaba ahora casi cerrada.
Bella hizo una inspiración temblorosa y permaneció en pie durante un momento en el oscuro, pequeño y maloliente cuarto de baño, tratando de calmar sus nervios.
El cuarto de baño no era lo único que apestaba. Podía olerse, el hedor de miedo se sumaba a casi tres días sin una ducha. Sus ropas olían muy mal, por haber estado mojadas por la lluvia y haberse secado sobre su cuerpo.
Su estómago dio un vuelco. No le importaba llevar ropa sucia; le importaba estar sucia, que no era exactamente lo mismo. Era una arqueóloga viuda, susurraba una pequeña voz insidiosa antes de que pudiera silenciar el pensamiento y a menudo había soportado la suciedad en las excavaciones, cuando el polvo y el sudor habían dominado el día. Sin embargo, siempre se limpiaban por la noche.
No creía haber estado nunca antes tanto tiempo sin tomar un baño, y no podía soportarlo.
Abrió la puerta del cuarto de baño otra pulgada más o menos, dejando entrar más luz. El lavabo estaba tan sucio como el retrete, pero por encima colgaba un dispensador de toallas, y al lado del grifo había una botella de jabón líquido.
La tentación era irresistible. Quizá no podía hacer nada con el olor de sus ropas, pero podría hacer algo respecto al olor de su cuerpo. Dio vueltas el grifo hasta que salió un hilo de agua y siendo tan silenciosa como le era posible, se lavó como mejor pudo.
No se atrevió a desvestirse, y sólo tenía las toallas de áspero papel color marrón para lavarse y secarse, pero se sintió mucho más fresca cuando terminó.
Ahora que sus manos estaban limpias, las ahuecó, las llenó de agua, y se agachó para beber. El agua era fría y fresca en su lengua, deslizándose por su garganta seca y serenando los tejidos celulares deshidratados.
— ¿Qué coño haces aquí? —las palabras coléricas la llenaron de pánico.
Bella se giró, olvidándose de cerrar el agua.
Era la voz del encargado, y después oyó el susurro inconfundible del plástico mientras él recogía la bolsa de basura que contenía su ordenador y todos los documentos.
Un gruñido bajo sonó en su garganta y empujó con fuerza la puerta abierta. Él estaba de pie de espaldas a ella, sujetando la bolsa abierta mientras miraba en su interior, pero por su movimiento él se dio la vuelta. Una mirada perversa asomó a sus ojos como si la reconociese.
—Te dije que te largases de esta propiedad —extendió la mano y la agarró por el brazo, sacándola a empujones por la puerta del cuarto de baño y enviándola de un empujón varios metros hacia adelante.
Bella tropezó y casi cayó, dándose un fuerte golpe en una rodilla antes de recobrar el equilibrio. Una piedra se le clavó en la rodilla, haciéndola jadear de dolor. Otro fuerte empujón en la mitad de la espalda la envió desgarbadamente al suelo.
—Pedazo de mierda sin valor —dijo el hombre, echando hacia atrás su pie calzado con botas—. No te fuiste cuando te lo dije, así que sacaré a patadas tu culo de aquí —era enjuto pero fuerte, miserable y mezquino como el perro de un chatarrero.
Bella gateó lejos de la oscilante bota, segura de que le rompería las costillas si la patada la alcanzase. Él no dio en el blanco y se tambaleó, y eso le puso aun más furioso. Ella gateó frenéticamente hacia un lado y él la siguió, echando de nuevo la pierna hacia atrás para darle otra patada.
Él estaba bastante cerca. Sabía que no podía moverse lo suficientemente rápido como para escapar esta vez.
Desesperadamente repartió golpes alrededor con su pie, alcanzándole en la rodilla. Él estaba de pie sobre una pierna, con la otra levantada para dar la patada, y el golpe le hizo perder el equilibrio. Cayó pesadamente hacia delante a su lado, y dejó caer la bolsa del plástico con un ruido sordo.
Bella intentó ponerse de pie pero no fue lo bastante rápida; maldiciendo, él se levantó, cerniéndose sobre ella y con la bolsa entre ellos. Ella echó un vistazo rápido hacia la bolsa, midiendo la distancia hasta ella.
—Pequeña perra —escupió, su cara ferozmente tensa—. Te mataré por esto —se abalanzó hacia ella, con las manos extendidas para agarrarla.
Desesperadamente Bella probó lo que había funcionado antes: se dejó caer al suelo y dio patadas con ambos pies. Un pie aterrizó sin posibilidad de daño alguno en su muslo, pero el otro conectó sólidamente con el fino tejido esponjoso de sus testículos. Él se detuvo como si se hubiera golpeado contra una pared, un sonido extraño, agudo y jadeante escapó de su garganta mientras se doblaba, agarrándose con ambas manos la entrepierna.
Agarró la bolsa de plástico, salió gateando lejos incluso antes de estar completamente de pie, y luego corrió. Sus pies golpearon en el suelo del estacionamiento mientras rodeaba el edificio y corría a toda prisa al otro lado de la carretera.
No se detuvo ni siquiera cuando la oscuridad la tragó y la gasolinera no fue nada más que un pequeño y lejano punto de luz detrás de ella.
Gradualmente redujo la velocidad, su corazón martillando en su pecho, su respiración raspando dolorosamente en su garganta. Suponía que el encargado llamaría a la policía, pero dudaba que se molestara en buscar a un vagabundo, sobre todo uno que no había robado nada y que el único daño que había hecho fue en "las joyas de familia" del hombre. A pesar de eso, si un policía local fuera por la carretera y la viese, seguramente sí que se detendría. Tendría que dejar la carretera cada vez que viese un coche acercándose, y se escondería hasta que se fuera.
Había estado relativamente limpia. Ahora la suciedad cubría de nuevo sus manos y su cara, y sus ropas estaban bañadas en ella. Se detuvo, quitándose el polvo como mejor pudo, pero era consciente que a pesar de todo, se veía aún peor que antes.
La situación tenía que corregirse. No necesitaba un cuarto de baño público por el inodoro, sino por el agua, y la oportunidad para asearse, aunque aún no había podido resignarse a la posición en cuclillas en un campo o una zanja para aliviarse.
Ese momento probablemente llegaría, pensó entumecida. La próxima vez que tuviese oportunidad robaría un poco de papel higiénico, por si acaso. No obstante, si no quería encontrarse una y otra vez la misma reacción que se había encontrado esta noche, tendría que parecer, si no respetable, al menos como si tuviese un lugar para vivir. La bolsa de basura de plástico era estupenda para proteger el ordenador de la lluvia, pero la señalaba como una persona sin hogar, una vagabunda, y los dueños de las tiendas no la admitirían en sus propiedades.
Tendría que encontrar otro lugar para lavarse completamente, volverse tan presentable como fuera posible, y luego se arriesgaría a entrar en un almacén de rebajas para comprar unas pocas ropas y un bolso barato de algún tipo. Cosas simples, pero harían su vida mucho más fácil; en primer lugar, podría usar cuartos de baño públicos sin llamar la atención. Lo que necesitaba de veras era un coche, pero eso estaba descartado a menos que robase uno, y el sentido común le decía que el robo de un coche atraería justamente el tipo de atención que más quería evitar. No, por ahora estaba mucho mejor caminando.
La lucha y la huida habían bombeado adrenalina a través de su cuerpo, calentándola, pero ya había pasado y se sentía temblorosa. Sus rodillas trastabillaban a medida que caminaba a lo largo de la carretera oscura, sosteniendo cuidadosamente la bolsa contra su pecho con ambos brazos. No pudo creer lo que había hecho. Nunca antes en su vida había golpeado a otra persona, ni siquiera había considerado la idea de pelearse con alguien. Pero no sólo había peleado, había ganado. La victoria sombría y fiera la llenó. Había ganado sólo por suerte, pero había aprendido algo esta noche: cómo usar cualquier arma que estuviera disponible, y que pudiera usar para ganar. Había cruzado un límite muy sutil, pero podía sentir un profundo cambio interior, una fuerza que iba en aumento allí donde antes sólo había habido entumecimiento, y miedo.
La luz cambiaba de posición en las hojas de los árboles delante, señalando la aproximación de un coche en torno a una curva. Bella salió de la carretera, incapaz de correr porque la oscuridad no la dejaba ver las desigualdades del terreno, y ahora hasta un tobillo torcido podía significar la diferencia entre vivir y morir. Se apresuró hacia el refugio del límite de la vegetación, pero estaba más lejos de lo que pensaba, y el coche se movía rápido.
Las luces se volvieron cada vez más brillantes. La tierra ascendió brusca, inesperadamente, y sus pies se resbalaron en la maleza mojada. Cayó boca abajo, aterrizando duramente sobre la funda del ordenador, dañándose el hombro. Echó una ojeada hacia su derecha, con la urgencia bombeando a través de ella, y el coche entró en su campo de visión.
Bella dejó caer la cabeza al suelo y se quedó inmóvil, esperando que la escasa maleza fuera suficiente para esconderla.
Las luces delanteras del coche eran tan brillantes, que sintió como si la inmovilizaran contra la tierra firme.
Pero el coche pasó sin reducir siquiera la velocidad, y ella se quedó detrás dentro de la bendita oscuridad, con las ropas volviéndose cada vez más frías y mojadas, con la maleza arañándole la cara, y con el pecho dolorido por el duro contacto con la funda del ordenador. Se puso otra vez de pie, con movimientos torpes como si las diversas heridas que había sufrido comenzasen a dejarse sentir.
Pero cada paso la llevaba más lejos de Minneapolis, de su antigua vida, del que ya no era su hogar.
Cada paso la llevaba más cerca de la seguridad, lejos de James. Regresaría y le haría frente, pero con sus condiciones, cuando pudiese luchar mejor contra él.
Ignoró el frío, y los dolores. Ignoró los cardenales, los músculos tensos, el gran lugar vacío donde una vez había estado su corazón.
Caminó.
Los escáneres eran inventos maravillosos. Laurent se enteraba de muchas cosas escuchando la banda de frecuencia de la policía. Conocía todos los códigos, entendía el argot policial. Para él era una ventaja entender cómo pensaba la policía, así que había invertido una gran cantidad de tiempo en estudiarla.
Además, una persona bien informada tenía que saber qué ocurría en el mundo de la ley, porque mucho de lo que pasaba cualquier día no llegaba nunca a salir en las noticias, que sólo daban lo dramático o lo insólito, o todo lo que estimulara las actuales causas políticamente correctas. Reconocía direcciones de lugares conflictivos a los que la policía volvía una y otra vez para mediar en problemas domésticos, sabía dónde se producían redadas de droga, y en qué esquinas trabajaban las putas. También escuchaba, con atención redoblada, cada vez que contestaban a llamadas de lugares que salían fuera de lo común; sus voces eran más apremiantes, la adrenalina bombeando porque eso era diferente.
La ciudad nunca estaba tranquila, nunca quieta. Siempre había algún problema en marcha. Fuera, en las áreas rurales, era más tranquilo, y los escáneres del condado recogía muchos más mensajes de radio rutinarios. Esos escáneres tenían que alcanzar mayores distancias, y aunque la información que obtenía era mucha menos que la que recababa del escáner de la ciudad, era un hombre prudente, y había invertido dinero en escáneres más potentes con amplificadores especiales para las áreas rurales. Si pasaba algo en un radio de sesenta millas, quería estar enterado.
A Laurent le gustaba quedarse en cama con todos los escáneres delante, escuchando el flujo de información.
El constante sonido era tranquilizador, conectándole con el centro de la oscura vida que deliberadamente había elegido. Dejaba puestos los escáneres toda la noche, y algunas veces pensaba que absorbía el estallido de palabras aun en su sueño, porque cualquier código urgente le despertaba inmediatamente.
No dormía mucho, de cualquier forma. Descansaba, en una especie de estado suspendido en la penumbra, pero no necesitaba sueño real. Encontraba el descanso físico más satisfactorio que la mera inconsciencia; medio dormitando, podría disfrutar de la relajación total, la percepción de las sábanas bajo él, del suave movimiento del aire en su cuerpo peludo. Era de la única caricia de la que disfrutaba, quizá porque no era sexual. Laurent no tenía ningún interés en el sexo.
No le gustaba despertarse con erecciones, no le gustaba sentirse como si su cuerpo no estuviera bajo su control. Consideraba la actividad sexual una debilidad; ni las mujeres ni los hombres le atraían, y le desagradaba la promiscuidad que parecía extenderse por sociedad. Nunca veía películas eróticas en la televisión, sin embargo disfrutaba mucho con las repeticiones del Show de Andy Griffith. Era entretenimiento bueno, decente. Quizá todavía había lugares como Mayberry en el mundo. Le gustaría visitar uno algún día, aunque por supuesto nunca podría vivir allí. Mayberry no era para él; quizás sólo quería sentarse en un banco en la plaza del ayuntamiento, y respirar el aire lleno de bondad durante un minuto o dos.
Laurent cerró sus ojos, y dirigió sus pensamientos de Mayberry a Isabella Swan. Debía estar en un Mayberry. Pobre mujer, no tenía ni idea de cómo desenvolverse en el mundo que él oía en los escáneres, noche tras noche. ¿Dónde había ido, después de que esa sabandija estúpida le hubiera robado? ¿Había encontrado un escondite, o había caído víctima de algún otro? No había sido capaz de seguir el rastro de sus movimientos, pero no tenía duda que con el tiempo tendría éxito. Tenía antenas por todo Minneapolis, y la encontraría.
Laurent no tenía dudas sobre su capacidad; tarde o temprano, todos aquéllos a los que buscaba caían en sus manos.
Estaba sorprendido por sentir una leve sensación de interés por ella. Era simplemente una mujer corriente, similar a millones de otras mujeres; había vivido en paz, había amado a su marido y su trabajo, había hecho la colada y comprado en la tienda de comestibles. No había tenido problemas tan serios que no pudieran solucionarse con nada más que una dosis de sentido común de Mayberry.
Desgraciadamente, se había visto involucrada en algo que estaba lejos de su experiencia, y moriría.
Laurent lo lamentaba, pero allí no había alternativa.
Uno de los escáneres del condado volvió a la vida. Ah, el encargado de la estación de servicio de Brasher informaba acerca de un vagabundo que se negó a dejar el local y le atacó cuando trató de hacerla salir.
¿Hacerla? Laurent prestó atención. Después de un momento, un comisario del condado en algún lugar de la noche hizo clic con su radio.
—Aquí uno–doce, estoy cerca del área. ¿Todavía está allí la vagabunda?
—Negativo. El tipo no está muy herido, y no quiso ningún médico.
—Ah, ¿dio una descripción?
—Mujer, pelo oscuro, edad aproximada veinticinco. Pantalones oscuros, camisa azul. Altura uno ochenta, peso unos ochenta kilos.
—Una mujer grande —comentó el comisario.
—Me pasaré por Brasher y le tomaré declaración, pero probablemente no sea más que una riña.
Y el encargado probablemente había mentido, pensó Laurent, tirando de la sábana y saliendo de cama.
Encendió una lámpara, de luz suave y tranquilizadora, y cavilosamente empezó a vestirse. Quería dar tiempo de sobra al comisario para tomar formalmente declaración al encargado y que se fuera.
¿Metro ochenta y ochenta kilos? Quizás, pero era igual de probable que el encargado hubiera sido el perdedor del encuentro y no quisiera reconocer que había sido vencido por una mujer de uno sesenta que pesaba sesenta y dos kilos.
Sonaría mejor si le añadía veinte centímetros y dieciocho kilos al tamaño de su oponente. El pelo, la edad, las ropas, se aproximaban bastante, así es que más le valía comprobarlo.
Llegó a la estación de servicio una hora más tarde. Estaba tranquilo, bastante después de la medianoche, no había otros clientes. Laurent se detuvo en el surtidor de gasolina con el signo "Paga Antes De Echar" situado al lado, y caminó hacia la pequeña oficina, bien iluminada. El encargado estaba de pie, vigilando, con una incongruente mezcla de sospecha y expectación en su delgada cara de hurón. No le gustaban el aspecto de Laurent, pocas personas le gustaban, pero al mismo tiempo quería que una audiencia oyera de nuevo cómo contaba la aventura que había vivido.
Laurent sacó su cartera mientras caminaba, sacando un billete de veinte.
Quería información, no gasolina.
Viendo el dinero, el encargado se relajó. Laurent entró y colocó los veinte sobre el mostrador, pero mantuvo la mano sobre el billete cuando el encargado intentó alcanzarlo.
—Una mujer estuvo aquí esta noche —dijo—. Los veinte son para que respondas a unas pocas preguntas.
El encargado miró el billete, luego volvió a mirar a Laurent.
—Veinte pavos no es mucho dinero.
—Tampoco son muchas mis preguntas —otra mirada, y el encargado decidió que no sería inteligente tratar de sacarle más dinero a aquel gorila.
— ¿Qué quieres saber acerca de ella? —refunfuñó malhumoradamente.
—Describe su pelo.
— ¿Su pelo? —Se encogió de hombros—. Estaba oscuro. Ya le dije al comisario todo esto.
— ¿Hace cuánto tiempo?
—Hace alrededor de una hora, más o menos.
Laurent controló el impulso de aplastar otra tráquea. Desgraciadamente, este idiota no era basura callejera.
Si fuera asesinado, se harían un montón de preguntas, y Laurent no quería dirigir a la policía en dirección de Isabella Swan.
—Su pelo. ¿Cómo lo tenía de largo?
—Oh. Bueno, llevaba uno de esos recogidos, ¿sabes?
— ¿Una trenza? —propuso Laurent servicialmente.
—Sí, esa es la palabra.
—Gracias.
Quitando la mano de los veinte, Laurent dejó la oficina y se volvió caminando con tranquilidad a su coche. No eran necesarias otras preguntas. Sin duda alguna la mujer había sido Isabella Swan. Ella necesitaba salir de Minneapolis, fuera del estado. Se dirigía al Este, probablemente hacia Eau Claire. Era la siguiente ciudad grande en esa dirección. Se sentiría más anónima en una ciudad, llamaría menos la atención.
Podría encontrarla en el camino, pero de noche ella tendría la ventaja de ser capaz de esconderse mejor cuando un coche se aproximara. Quizá viajaba de día, pero él creía que no. Tenía que descansar, y tendría miedo de salir a la luz del día.
¿Trataría de conseguir un medio de transporte hacia Eau Claire? Tampoco lo creía.
Era una mujer de clase media, una ciudadana cautelosa, instruida desde niña en lo peligroso que era recoger autostopistas o hacer autostop ella misma. También era lista; un autostopista llamaba la atención, y eso era lo último que ella querría.
El encargado de la gasolinera la había debido de molestar de algún modo, o nunca se habría arriesgado a llamar la atención peleándose con él. Tendría frío, estaría alterada y quizás herida.
Quizá se había escondido cerca en alguna parte, tratando de calentarse, llorando un poco, demasiado desanimada para seguir. Estaba cerca, lo sabía, pero no tenía forma de encontrarla en breve sin traer perros de rastreo, y no lo haría porque eso llamaría la atención. El quería mantener la discreción tanto como ella.
Todo sería mejor si ni la policía ni los medios de comunicación se involucraban más de lo que ya lo estaban. Calculó cuánto tiempo le llevaría llegar Eau Claire. Al menos dos días más, y eso si nada más le ocurría. Permanecía lejos de la carretera interestatal, y las carreteras secundarias le proporcionarían más puntos de entrada en la ciudad.
Eso hacía su trabajo más difícil, pero no imposible. Podría reducir sus rutas más probables a dos, y dos eran un número muy manejable. Sin embargo, necesitaría respaldo. Quería alguien que no fuera propenso a disparar impulsivamente, alguien que no perdiese el control si las cosas no iban de acuerdo a los planes. Pensó en los hombres que estaban disponibles, y se decidió por Riley. Podría ser un poco cabeza hueca, pero era prudente, y de cualquier modo, Laurent se encargaría de pensar en todo.
Pobre señora Swan. Pobre mujercita.
