Lola
Illea, Honey! perdon por no haberte respondido antes xD Jaj, yo no conozco a nadie que se llame Dolores, así que sos la primera :) Vamos las Slytherins (sí, seguro yo también lo seria). Y bueno, sól oquería agradecerte por las críticas positivas, y asegurarte que, aunque los capítulos sean cortos, tratan de, al menos, no espaciarse mucho. Un beso!
Weeea, 3 RRs xD ajajja bueno, da igual. Si les gusta firmen, si no también, así critican. Por cierto, Illea, lo de los capis... Intentan ser uns 3000 palabras promedio, no creo que sea taaan corto... aunque tampoco es largo, ni mucho menos. xD Bueno. Espero RRs, que el botoncito ese divino de allí abajo no muerde. Tomates, zapatos, flores (?), cualquier cosa que me quieran tirar.... al botón!
Y las aclaraciones de siempre:
Por cierto. Los textos en cursiva, si están en inglés, es porque son en inglés; y si están en español es porque son en español. También los encantamientos están en cursiva... Y, como la protagonista es original de Argentina, usa algunos insultos como boludo o expresiones del tipo de "es un garrón" o "fiaca" que los foráneos pueden no entender. Pregunten en un review, porque me da fiaca ponerme a hacer un diccionario de argentinismos. En negrita y cursiva es un recuerdo, y los recuerdos siempre están en español.
Bueno, espero que esas aclaraciones les faciliten la lectura. A mí me facilitan la escritura xD
En fin... El disclaiment: Todo lo que pertenece a Jotacá y yo tomé prestado para este fic, pertenece a Jotacá igual que sus casas, autos y millones de dólares. Si yo tuviera casas, autos y millones de dólares como ella, no estaría escribiendo estas boludeces. La historia, los personajes fuera del canon y los hechos ocurridos en "Lola", son enteramente míos y no dejo que nadie los firme con su nombre, los reescriba ni los copie en otras páginas. Todo peola con el copyleft, y si quieren bajarse los capis a su compu, e imprimirlos, y pasarle la historia a sus amigos (con MI NOMBRE) y reírse de lo mala que está y tirarme tomatazos, pueden, pero nada de plagios.
Recuerden: DEJAR REVIEWS ADELGAZA
Medianoche musical
De de dedo, de de drogas, de de desesperación… La fábrica de pastas cerró y estoy desesperado…
El canto letárgico y adicto me impide conciliar el sueño. Apago la música. Pasa un segundo, dos, tres. Tic, tac, tic, tac, tic, tac. No sé qué me pasa. Normalmente, me duermo rápido. Es cuestión de decir "bueno, chau, mundo" y cerrar los ojos. Nada más. Pero esta noche, eso no funciona.
Decido salir a dar un paseo. Son las once y veinte, y hace mucho que pasó el toque de queda, pero la noche está clara y estrellada después de la lluvia insistente de los últimos tres días. Faltan cuarenta minutos para que el jueves empiece, y NO PUEDO DORMIR.
La fábrica de pastas cerró y estoy sonámbulo… La música sigue en mi mente.
Dudo que eso sea excusa si me atrapan, pero lo mismo me da. Abro el baúl en silencio. Una brisa cálida, suspiro agonizante del verano inglés, llega desde fuera. – Accio short negro, accio musculosa negra, accio zapatillas viejas. – Murmuro. Me quito el camisón (camisón EMO, decía Guada: Completamente negro, con un corazón rojo y roto en pedazos en el pecho; de esos cortitos y cómodos que tanto me gustan.. Sí, es EMO, definitivamente, pero es lindo), lo arrojo sobre la almohada y me visto sin hacer ruido. Cigarrillos, varita, música.
Siempre me ha gustado andar sola por allí. Cuando ERA LIBRE en Bahía Blanca, mi ciudad de toda la vida (hasta ahora, vale aclarar), volvía del Colegio a pie, cenaba y luego salía a correr hasta cosa de las once de la noche. Por alguna extraña razón, probablemente relacionada con su poco sentido del peligro, a mamá eso no le molestaba. Y yo era feliz.
Ahora, dudo que pueda hacer eso. Pero un pequeño riesgo no va a matarme, y extraño mis noches al aire libre. Voy a admitir, que la infinitud de los terrenos de Hogwarts tiene poco que ver con las silenciosas y peligrosas calles de una ciudad de medio millón de habitantes a medianoche, pero la sensación de plenitud espiritual es la misma. Y empieza a sonar otra canción en la radio de mi cabeza. ¿Qué FM es esa?
No escucho y sigo, porque mucho de lo que está prohibido me hace vivir.
En eso voy pensando mientras me deslizo -o más bien, serpenteo – por los corredores en penumbras. Ya me sé el camino al exterior, aunque todavía tengo mis dudas sobre los pisos del cuarto para arriba. Pero ahora eso no importa. Me asomo al Hall, no hay nadie. Llegan ronquidos desde la oficina del celador, unos pocos metros por el corredor de la derecha.
Sonrío, y corro hasta la puerta. Mis zapatillas gastadas suenan como si fuera descalza. El portón chirría un poco cuando lo abro. Mierda. Pero nada se mueve. Suspiro, aliviada. Me cuelo por el estrecho espacio entre hoja y hoja.
No me persigo, porque mucho de lo que está prohibido me hace feliz.
Me dan ganas de gritar al estar fuera. El aire tiene esa fragancia a campo que todavía no me acostumbro a sentir. Es algo que inunda todo el colegio, pero en el exterior se nota mucho más. Es delicioso.
Lo reprimido cuando está cautivo, te pide salir.
Para no arriesgarme a ser descubierta, me alejo del portón. Voy hasta el pequeño muelle de madera. Los tablones crujen bajo mis pies.
Llego al final, y siento. Me quito las zapatillas, y dejo que mis pies rocen el agua helada. La noche es perfecta, fragante, cálida, pura. Hay mil palabras para describirla. Unas pocas nubes, plateadas como jirones de luna, cruzan el firmamento. Y la luna misma, una uña blanca en medio de la negrura. Y ese millar de estrellas como ojos fijos en el mundo, contemplando sin juzgar. Es medianoche.
…Muchas manzanas son las que hoy y mañana se cruzan y se van a cruzar,
Y en algunas se encuentra lo que algunos llaman felicidad.
Saco el atado de cigarrillos, enciendo uno. Me dejo caer hacia atrás, y con el cigarro en la boca aún, extiendo los brazos, como intentando hacer uno de esos ángeles de nieve de las películas cursis yanquis. La banda sonora cambia.
Tendré los ojos muy lejos… Y un cigarrillo en la boca…
Ah, qué adecuada. Una de mis canciones favoritas empieza a sonar en el aire nocturno. Malditos jueguecillos de mi mente, pienso, pero no me importa. Me encanta que mi maldito subconsciente se la pase musicalizando mi vida. Siempre la canción perfecta para cada momento. Suelto el humo despacio, y la columna azulada se disuelve en la atmósfera oscura. Pasan unos largos segundos.
Un escenario vacío… Un libro muerto de pena…
Ya deprime, mentecita. ¿Algo con más onda? Me pregunto, y no puedo evitar reírme. Le estoy pidiendo música al DJ de mi cerebro, ¿y qué? El DJ de mi cerebro sigue con Sui Generis.
Necesito alguien que me emparche un poco y que limpie mi cabeza.
Que cocine guisos de madre, postres de abuela y torres de caramelo.
Que ponga dos tachuelas en mis zapatos para que me acuerde que voy caminando.
Y que cuelgue mi mente de una soga hasta que se seque de problemas…
Sonrío. Y se me escapa una de esas carcajadas guturales tan mías, las que me hacen identificarme aún más con la Nina de Leslie Schnur. El mundo parece hacerme eco.
Te tocó nacer en este rincón del fin del mundo
En el medio de este banquete de serpientes y chacales.
Te tocó crecer en este tiempo,
Que no es más que un inmenso montón de soledades.
Una lágrima se desliza por mi mejilla. En una noche como ésta murió él. Y hasta ahora no se me ocurrió pensarlo. ¿Por qué mi memoria no se calla un rato? No puede. Siempre la culpa, siempre la pena. Siempre la nostalgia por esos ojos verdes y ese corazón blanco. Los murgueros cantan, ya no sé si es en mi mente o en mi alma.
Niño hijo de niños más grandes
Que el mundo va envejeciendo a los golpes.
Niño del fin del mundo,
Candilcito en la tormenta, puerta clandestina en la muralla.
¿Por qué la gente es tan cruel? Cómo es que pueden con la carga de esos ojos enormes y aterrorizados, de la sangre brotando de su pecho inmaculado, de la muerte de un ángel. Porque eso era él. Era un ángel. Ángel de barro, abre tus alas, por favor.
Niño del fin del mundo,
te traigo todos los abrazos que precises
El mundo entero por cambiar
Y el corazón… En esta retirada.
Me seco las lágrimas con el dorso de la mano. Algún día voy a encontrar a ese tipo. Juro que nunca, nunca, me voy a olvidar de su cara. Y aunque la próxima vez que lo vea sea un viejo postrado en una silla de ruedas, igual no voy a sentir piedad. Sería una buena forma de estrenar el Sectusempra.
Me levanto. Hay varias colillas allí. Para no tirarlas al agua (cosa que sólo sumaría culpa a mi pobre alma, y de paso me daría mal karma), saco la varita y murmuro un evanesco. Cada colilla de cigarrillo que tirás por el inodoro contamina no sé cuantos miles de litros de agua que nunca más van a ser potables… Supongo que se aplica al lago también.
Suspiro. Me estiro como un gato recién levantado, y recorro el muelle de vuelta. Al fin, mis pies hacen crujir el senderito de grava.
¿Y si doy una vuelta por el castillo? Mientras tomo la desición, vuelvo a la orilla y me echo un poco de agua en la cara.
Al final elegí volver a la sala común y no meterme en líos. Pero, como para matar el tiempo, tomé otro camino. Ahora recorro un pasillo que, por alguna extraña razón, huele a vainilla y a canela. Canela… ¡Dios! Quizá sí deba contarla como una adicción.
Paseo los dedos por la pared, trazando círculos en la piedra y en los marcos de los cuadros. Hay uno particularmente soso de una frutera, y también acaricio la tela al pasar. Pero algo llama mi atención. Allí donde mi mano acaba de tocar, un reluciente picaporte dorado ha hecho acto de presencia. Sonrío.
Presiono el picaporte, y abro el cuadro como si de una puerta se tratara. El olor a vainilla y canela se hace más intenso, y se suman el del café y el cacao. Hay un calor extraño, como de chimenea, pero no puedo ver el interior. Me aventuro dentro de la calurosa habitación.
Lo primero que veo, son cinco mesas que me hacen pensar en las del Gran Comedor inmediatamente. Luego, un horno mágico enorme en una pared. Y mesadas. Y en ellas, cacerolas, jarras, platos, vasos, paneras… Me quedo absorta contemplando la enorme cocina, pero de pronto siento algo que me golpetea la pierna. Miro abajo, y una elfina doméstica vieja y sonriente, vestida con una especie de funda de almohada de seda con el emblema de Hogwarts, me saluda con elegancia. Hace una reverencia galante al tiempo que pregunta…
- ¿Qué se le ofrece, señorita? Winky para servirle. – Mi boca se abre como si se hubiera roto alguna bisagra. Al fin, puedo disculparme por la intromisión.
- Lo siento, entré aquí por accidente. – Me sonrojo. Ella sonríe más, y su narizota deforme se arruga como la de un cerdo.
- No hay problema, señorita. Es usted bienvenida a las cocinas. ¿Desea comer algo? – Ofrece, y sus orejas de murciélago se agitan cuando cabeza a los lados, abarcando toda la cocina con un movimiento.
- Ehr… Me gustaría tomar una taza de café, si no es molestia. – Winky asiente con la cabeza. Sonriendo enormemente, corre entre las mesas. Pasan unos segundos hasta que regresa con una bandejita de plata con cafetera, taza, azucarera, y cantidad de cosas más que yo no sabía que fueran necesarias para tomar un café.
- Aquí tiene, señorita. – Dice, con tono servicial. Le agradezco, y tomo la taza de café y su platillo. - ¿No desea leche o crema, señorita?
- No, no es necesario, Winky, muchísimas gracias. Me llamo Lola. – Aclaro, pero ella ignora ésta aclaración. Un elfo coge la bandeja de sus manitas y desaparece.
- ¿No desea nada más, señorita? – Me veo obligada a negarme cortésmente por segunda vez, y apuro el café. Le devuelvo la taza, le agradezco otra vez y desaparezco antes de que me ofrezca nuevamente… Cualquier cosa. Y antes de que ese olor a canela se fije en mi cerebro.
Debo anotar las cocinas en mi lista de lugares que debo recordar, me digo a mí misma. De pronto, oigo un ruido en el pasillo hacia el que me dirijo. Puta madre. Pasos. Me doy media vuelta, y corro hacia el otro lado.
Tomo el camino normal a mi sala común, y procuro mantener el culo en la cama, por lo menos, por esta noche.
