CUIDADO CON LO QUE ESCUCHAS… EN BAKER STREET
Fic escrito en colaboración con arcee93.
Capítulo VII Instintos biológicos
Casi una hora antes de esto, Sherlock durmió durante unos minutos, cómodo y calentito en la cama, hasta que la maldita herida decidió doler como los mil demonios.
Vaya, la jerga de John se le estaba pegando, sonrió ante esos pensamientos al ver al doctor dormido en el sillón.
¿Para qué perturbarlo? Después de todo estaba en un hospital, podía buscar por sí mismo algún calmante y regresar a su cama antes de que se diera cuenta. Quizás..., un estimulante también, necesitaba algo de lucidez para analizar los hechos ocurridos durante el día.
Y con gran sigilo, el detective consultor se levantó de su cama y se soltó los tubos de las vías, dejando el catéter en su vena para colocarse lo que encontrara. Tampoco era masoquista y ya bastante le habían agujereado en un día para que él contribuyera a la causa.
Salió de la sala y caminó pesadamente por los pasillos, aguantando los accesos de tos que empeoraban el dolor. Tras unos minutos encontró lo que buscaba, un depósito de suministros médicos. Más calmantes no le calmarían por mucho tiempo. Él lo sabía; su cuerpo estaba habituado a tantas cosas que a esas alturas poco hacía algún efecto en él pero, al menos, alejaría su aburrimiento por un tiempo, aunque fuera un poco.
Sólo un residente hacía guardia y, con una emergencia entrando por la puerta, dejó de hacerla. Todo tan fácil, al menos podrían pensar de vez en cuando, caviló rodando los ojos. Y como un ninja cargado de excitación temporal, se deslizó por la puerta.
Los calmantes, estimulantes y demás medicamentos que pudieran causar adicción con mayor facilidad estaban protegidos por una caja fuerte al final de los pasillos de estanterías. Tal vez un impedimento para el ciudadano de a pie, un juego para Sherlock.
Leyendo las etiquetas se decantó por un calmante fuerte primero, mientras guardaba en un bolsillo un estimulante de la misma intensidad; en un futuro lo necesitaría, por ahora la prioridad era quitarse ese molesto dolor que le estaba reduciendo su capacidad deductiva.
Le fue sencillo inyectar el calmante por el catéter, habría sido buena idea usar uno durante los días de adicción, pensó, aunque tampoco es que lo planeara mucho. Pero esos días quedaron atrás, el sólo necesitaba adormecer el dolor, y para ello necesitaba dosis ligeramente mayores a las del promedio.
Esperó unos minutos, hasta que apenas sintió la herida y se levantó.
¡Vaya! No sólo no sentía la herida, sino tampoco sus piernas. Dando traspiés, abrazándose a las estanterías, intentó salir, pero sus continuos bamboleos se transmitieron a lo alto de la estructura, provocando que pesadas cajas cayeran sobre él.
Al despertar minutos después no sabía dónde estaba, así que algo confundido se levantó de entre las cajas y salió del depósito.
¿Un hospital? ¿Qué hacía en un hospital? ¿Qué hacía vestido con esa bata? ¿Qué era esa cosa que sobresalía de su mano?
— ¿Un catéter? —lanzándoselo a un sorprendido enfermero, fue a inspeccionar un poco la zona, ahogado por todo el entorno, toses, gemidos, gritos, silencios sepulcrales…
Uno sonoro alboroto llegó a sus oídos proveniente de detrás de una colorida puerta. Curioso, la abrió y asomó la cabeza; algo parecido a un parque infantil se abrió ante él.
Muchos niños brincaban y jugaban sin supervisión, con todos los juguetes regados por el lugar; no era su sitio pero, por si le estaban buscando, mejor esconderse allí. Poniendo su mejor sonrisa entró, y el lugar era más cómodo de lo que podía haber esperado.
Pronto se vio rodeado de niños, vistiendo un sombrero pirata, un parche en el ojo y un loro de peluche en el hombro, cantando canciones piratas coreadas y bailando una especie de danza guerrera. ¡Se sentía tan a gusto! Los niños eran más sinceros y directos y nada prejuiciosos, mucho más fáciles de tratar.
Por su parte, John se había despertado y recorría el hospital, bufando y lanzando maldiciones a Sherlock Holmes. Ya vería el muy..., cuando le encontrara; conocería quién era el Capitán John Hamish Watson del Quinto Batallón de Fusileros de Northumberland, lo juraba por Dios.
Pero no hay que jurar en vano.
Guiado por cierto desastre en el depósito, quejas de enfermeros que hablaban de un lunático semidesnudo lanzador de catéteres que recorría el hospital y demás detalles, que vivía con Sherlock Holmes, carajo, y algo había aprendido, llegó hasta el ala de Pediatría, en concreto a la sala de los niños con cáncer.
Gritos, risas y alegría pura escapaban de aquel lugar, por lo demás sombrío.
John abrió la puerta y, tras observar el interior, no supo si reír, si preocuparse, o si entrar y arrastrar a Sherlock por la oreja.
— ¡Jawn! —le llamó Sherlock con voz infantil, mientras empujaba a un inocente peluche con su espada para que "caminara" por una improvisada tabla. — ¡Ven a jugar!
El lado sentimental e infantil de John quería unirse al juego, disfrutar de esos instantes únicos con Sherlock, pero su lado racional le decía que debía sacar al detective de ahí; estaba enfermo y los niños con cáncer eran más propensos a las infecciones.
Decidió grabarlo unos minutos con el celular, así disfrutaría siempre de ese recuerdo. Luego entró y, cogiendo firmemente a Sherlock por un brazo, atravesó la sala, esquivando pelotazos y mandobles de espadas de globos de los enfadados niños, que no querían que su compañero de juegos se fuera.
— ¡John! Quería seguir jugando —protestó Sherlock, aún llevando el sombrero pirata.
— Es hora de dormir, Sherlock. No tengo ganas de que empeores —explicó paciente John.
— No tengo sueño —bufó el detective— ¿Qué hacemos aquí?
— Sí tienes sueño —inquirió el doctor— ¿No recuerdas qué hacemos aquí? ¿Te diste un golpe?
— No sé.
Sherlock se dejó guiar en silencio hasta que, al pasar por el área de maternidad, Sherlock se detuvo en seco frente al vidrio del retén, donde los bebes recién nacidos descansaban plácidamente, sin ser conscientes de las miradas enternecidas de los espectadores ocasionales.
John no protestó. La mirada de Sherlock en esos momentos era una epifanía de emociones; tenía el rostro completamente pegado al cristal, con una mueca de fascinación casi infantil.
—John, quiero uno —murmuró el detective antes de deslizarse por el vidrio y caer en brazos de John, dejando una duda latente en su mente.
¿Qué habría pasado para que Sherlock actuara así? ¿Se habría despertado su reloj biológico? ¿Sherlock tenía de eso?
Con el detective nunca sabría, suspiró John, dando una última mirada nostálgica a los bebés.
Porque ése secretamente también era su deseo, admitió, sacando el frasco de estimulantes del bolsillo de la bata del joven. Sherlock a veces no tenía remedio, pensó arrojando el medicamento a la basura.
No podría con dos niños, rio para sí el mayor mientras acostaba a Sherlock en su cama. Le quitó el sombrero pirata y admiró al joven mientras dormía.
Quizá..., tan sólo si... No tenía ninguna duda de que Sherlock sería un buen padre y más valiente que él con sus sentimientos, pero el que no recordara por lo que estaban allí era una cuestión que daba vueltas en su cabeza y en su preocupación.
Tan embelesado estaba John detallando a Sherlock que no se fijó en el enfermero que se acercaba sigiloso.
La manga del uniforme se retiró un poco en su muñeca al tenderle la mano con un Buenas noches, me asignaron a Sherlock Holmes, y dejó ver un tatuaje que se perdía a lo largo de su antebrazo.
John no había visto nunca a un Yakuza y consideró el tatuaje como un dibujo más; una equivocación que le costaría ver a su amigo con una daga al cuello en un visto y no visto. Con Sherlock desfallecido y él desarmado y con mucho que perder, ¿qué pasaría ahora?
