Y… ¡entran en acción Draco y Ron!

Harriet se asió firmemente a la barandilla, los nudillos blancos. Mordiéndose el labio inferior dejó que la vista vagase sobre el borroso paisaje nocturno. Hacía fresco y había salido sin chal. Como se resfriase, Hermione se iba a poner furiosa con ella… Cerró los ojos con fuerza. Necesitaba esos instantes de soledad, aunque fuese a costa de que su doncella la sermonease más tarde.

Una risa inesperada e irónica le hizo girarse.

-Así que os casaríais con un dragón con tal de liberar al país… ¡Qué resuelta sois, Su Alteza!

En la penumbra la ya pobre visión de la princesa era aún peor, así que no distinguía bien a su indeseado acompañante. El joven vestía de plata y tenía un rostro puntiagudo, el cabello muy claro aplastado sobre el cráneo, pero sus rasgos se perdían en una neblina borrosa.

-¿Quién sois? –preguntó ella, entre molesta e inquieta. De repente, algunas advertencias que su doncella le había hecho no parecían tan risibles.

-Vuestro amigo, si así lo deseáis, mi querida princesa –respondió él, alargando la mano en un movimiento brusco para asir la suya. Se inclinó velozmente para depositar un beso en la palma que poco tenía de casto. Harriet notó como la lengua del desconocido parecía atravesar su guante. Se estremeció y retiró el brazo con un respingo.

-Sois muy audaz, y eso que ni siquiera nos han presentado –respondió, tratando de ser altiva y fría. El desconocido no era muy alto, sólo le debía sacar un palmo, al fin y al cabo la princesa siempre había sido pequeñita y de constitución fina, de hecho recordaba el día que por primera vez superó en estatura a Hermione como uno de los más felices de su vida, así que le podría estampar con facilidad una rodilla en esa zona que se suponía que las doncellas de buena cuna ignoraban que existía…

La risa del joven volvió a resonar, algo fantasmal y francamente desagradable.

-Ciertamente, hermosa dama, ningún caballero que no lo fuese podría aspirar a vuestra mano…

-Vos no sois un caballero –repuso Harriet con rabia. Como cada vez que se enfadaba, los puños le temblaban, y se afirmó sobre los pies. Hermione solía decir que cuando hacía eso parecía un pillete a punto de iniciar una pelea, cosa nada digna en una princesa…

-¡Su Alteza! –interrumpió una voz conocida. Ambos se giraron hacia el recién aparecido.

"Oh, no, lo que faltaba…"

En la puerta del balcón estaba el más joven de los caballeros Weasley, una familia noble pero empobrecida por el gran número de hijos entre los que habían tenido que repartir sus tierras. El muchacho en cuestión, llamado Ronald, tenía el cabello zanahoria característico de los hermanos Weasley, pecas y ojos grises de mirada algo vidriosa cuando se fijaban en su adorada princesa, a la que perseguía con auténtica devoción. Aparte de eso, se trataba de un muchacho honrado, espigado y de buen apetito, interesado en cosas propias de su edad, léase los torneos, las aventuras y poca cosa más. Un buen chico, vamos, y aburrido como él sólo, con una fobia por las arañas que era la risa de sus hermanos.

-Sir Ronald…

-Su Alteza, deseaba preguntaros si me concederíais el honor de una danza… ¿Quién es este caballero?

La princesa trató de buscar un apelativo apropiado para su acompañante.

-Uh… -intentó recordar sus lecciones de francés, tan lejanas y aburridas-. Lord Malfoy –pronunció con difícil acento-, un señor del continente. Sir Roland, Lord Malfoy.

La princesa podía no percibir claramente los rasgos de los dos muchachos, pero sí que captó rápidamente el mutuo desagrado con el que se contemplaban. "Uh-oh"… Pensó para sí.

-Lord Malfoy, ¿eh? –el noble Sir Roland miró a su antagonista levantando la nariz como si oliese algo desagradable-. No conozco vuestra familia.

-¿De veras? –el presunto Lord arqueó una ceja-. Será que no pertenecemos al mismo círculo –añadió, contemplando con obvio disgusto y sorna los pobres ropajes del caballero. El insulto era más que evidente.

Sir Ronald se puso del color de su cabello. Harriet, previendo el desastre, le tomó del brazo.

-De hecho, Lord Malfoy y yo estábamos comentando la falta de contacto entre los continentes –dijo con voz melosa-. ¿No es una pena que los reinos estén tan distanciados, Sir Ronald? Pensad lo delicioso que resultaría poder viajar por la exótica Europa… -sus dedos casi acariciaban la cara interior del brazo del joven. Éste se puso aún más rojo, aunque esta vez no se trataba de rabia lo que le coloreaba los rasgos. Una sonrisa de boba admiración le iluminó la cara.

El falso noble bufó divertido, recobrando la atención de ambos.

-Una persona de vuestra alcurnia no debería relacionarse con gentuza de baja estofa. Quizás podríamos prolongar nuestra conversación un poco más y extendernos al respecto, me parece que andáis necesitada de guía… -el rubio le tendió la mano.

Harriet volvió a sentir una terrible rabia hacia aquel arrogante desconocido.

-Creo que sé discernir por mí misma, Lord Malfoy –dijo con un tono más frío que la nariz de un oso polar en diciembre-. Y nuestra conversación ya había terminado, de todas formas. Sir Ronald, ¿y esa danza…?

Los dos jóvenes se alejaron, juntando las cabezas, el pelirrojo murmurando algo que hizo reír a la princesa. Ninguno de los dos vio como unas pálidas mejillas se coloreaban vivamente y el desconocido murmuraba:

-No voy a olvidar esto, Harriet… Un día te arrepentirás de este desaire…