-Hermosa demostración de poder, Robert…
Alcé mis ojos y la vi, hermosa, elegante, poderosa. El aire mecía lentamente sus cabellos, mientras ella caminaba hacia un lugar más soleado, desde donde pudimos verla mejor.
Sonreía con altanería, pero de vez, me dirigía en cuándo una mirada de preocupación.
Robert se había quedado helado en el sitio, no podía dejar de mirarla con odio y frustración.
-Esperaba que…-dijo desde el sitio-.
-…Un vampiro de tu nivel…-se escuchó detrás de nosotros con la misma voz-.
-…Sería capaz de matarme...-Se escuchó desde otra posición-.
-Patético, de verdad- volvió a decir Bella desde su sitio-.
¿Qué estaba pasando? ¿Había escuchado otras Bella? ¿Era sólo imaginación mía? No estaba claro que no, porque los otros vampiros también la habían escuchado, entonces, ¿por qué no reaccionaban?
Quise girarme para ver si mis sospechas eran ciertas, pero los vampiros no cedían su presión.
-Maldita cazadora-murmuró Robert con cara descompuesta por la rabia-.
-Lo sé…
-Pero me pregunto…
-A cual de nosotras…
-Te refieres-dijo Bella-.
De repente donde antes había solo una habían cuatro, tres copias y la verdadera, pero, ¿cuál de ellas era la auténtica Bella? ¿Todas? O ¿Ninguna?
-Me has sorprendido gratamente-dijo Robert-. Está claro que eres difícil de matar, pero se te olvida algo.
-¿El qué?-dijeron todas a la vez-.
-A él-susurró Robert señalándome-.
La cara de Bella se quedó tranquila en unas centésimas; sin embargo, al darse cuenta de las palabras que Robert había pronunciado sus caras se descompusieron y me miró con tristeza.
-Edward-susurró con dolor-.
-Matadlo-dijo Robert-.
(Bella)
No podía permitirlo, no podía dejar que Edward Cullen muriera, no debía.
Me moví con rapidez y en menos de un abrir y cerrar de ojos todas mis "yo" teníamos una daga en el cuello de cada vampiro.
-No hace falta que os despidáis-dije-.
Todas les cortamos la cabeza. No me paré a mirar a Edward, sabía que estaba bien, pero tenía que acabar con Robert de una vez por todas.
Corrí hacia su dirección mientras miraba como la cara se le descomponía por la rabia y nos mirábamos, como en un duelo del Antiguo Oeste dónde ganaba el más rápido.
-Esta vez sin trucos, ¿verdad?-sonrió con suficiencia-.
-Supongo-dije encogiéndome de hombros-. Que más da, si vas a morir de todas formas.
Sonrió y entonces se abalanzó sobre mí.
Fui más rápida que él y conseguí esquivar su ataque dando un único paso hacia la derecha. Sentía las ganas irrefrenables de Edward, de querer ayudarme, pero era incapaz de moverse por la presión que mi poder ejercía sobre él. Robert había perdido el control, estaba desesperado y solamente se guiaba por la rabia y el miedo.
No quería alargar demasiado aquel combate, por lo que me retiré un poco escondiéndome entre la maleza, ocultando mi olor todo lo posible, mientras le rodeaba tranquilamente, como si yo ahora fuera el furtivo y él la presa.
-¡No servirá de nada que te escondas!-exclamó-. Sabes, Christian tenía razón, eres buena, pero tienes tus defectos. Me dijo que en tu tiempo eras hermosa y muy poderosa, pero que con el paso de los años no perdías tu hermosa sino tu poder. Él se había enamorado de tu…
Aquello no podía durar, no quería seguir escuchando las palabras que en su día me había dicho aquel vampiro cuyo nombre me era imposible pronunciar. Sin perdida de tiempo salí como un rayo de mi escondite y tuve la suerte de tenerlo a espaldas de mí, por lo que sin contemplación le corté el cuello y luego decapité el cuerpo entero, incendiándolo.
-Nunca tuve intención de enamorarme de él-hablé a los restos aún latentes-. El amor es ciego, pero la próxima vez que lo vea, seré yo quien le clavé algo, pero esta vez, en vez de una rama, le clavaré estas dagas en el corazón.
Me alejé y me acerqué lentamente a Edward, mientras mis clones desaparecían. No pude evitar sentir lástima por él, que había venido para ayudarme; sin embargo, había provocado todo lo contrario. Había conseguido ser el rehén de aquellos tipos. Si, me había causado un poco de molestia, pero no pude evitar pensar que Edward Cullen, cuándo quería era todo una ricura.
-No te sientas mal-dije mientras él se ponía en pie-.
-Lo siento mucho Bella-murmuró triste-.
Comenzó a caminar por la playa sin rumbo fijo, pero estaba segura de que lo único que quería era alejarse de mí.
-¿Adonde vas?-susurré mientras le alcanzaba-. Me has sido de mucha ayuda.
-No lo creo.
-Pareces un niño de cinco años-sonreí-. Es cierto que las cosas se han alargado un poco más de lo previsto-en realidad unas dos horas más-, pero me has ayudado mucho. Lo único que lamento es que te creyeras que de verdad que había muerto.
Me miró enfadado.
-Es verdad-susurró-. Prométeme que nunca más lo volverás a hacer.
-No te puedo prometer nada.
-¡¡BELLA!!-me llamó la voz de una chica-.
Me giré hacía el mar y vi una chica morena y de ojos verdes. Tenía el cabello negro y largo, que le caía en cascada por la espalda. La reconocí de inmediato y le sonreí mientras agitaba una mano, para remarcar mejor nuestra posición y asegurarla de que la había visto. Se acercaba a nosotros con una lancha motora, mientras yo divisaba a lo lejos, el barco que me llevaría hacía casa, bueno, nos llevaría. Iba vestida como una amazona y era una de mis mejores amigas.
-Iris-susurré, mientras me giraba a Edward-. Vamos-le dije mientras le cogía de la mano-.
Le llevé corriendo por la arena sin que nuestras manos se separasen y pensé en lo feliz que era al tenerlo junto a mí; sin embargo, cuándo apenas quedaban unos pocos metro para subir a la lancha me detuve y mi giré para poder mirarlo mejor.
-Gracias por venir a ayudarme.
Fue un susurro que escuchó muy bien.
Una duda asaltó mi cerebro y pensé en hacerlo, pero a la vez no hacerlo. No quería que confundiera el gesto, no quería que las palabras que antes había intentado decirme salieran de su boca, pero sentía que necesitaba hacerlo. Era un crimen, era algo que no me convenía hacer, pero yo quería hacerlo, y mi egoísmo era más poderoso que mi razón de lógica.
Me puse de puntillas para llegar a su mejilla y apreté mis labios en ella , con una suave beso, que más que cariñoso pretendía ser amistoso y agradecido; sin embargo, también conseguí transmitir un toque de dulzura y amor, aunque estos últimos sentimientos deseaba no transmitirlos.
-Gracias-volví a susurrar-.
No me dijo nada, solo me miró con confusión, con sus magníficos ojos dorados brillando bajo la luz de la luna.
No pude evitar pensar en lo tremendamente guapo que se vería si el sol aún estuviera fuera, con su piel brillando como auténticos diamantes, pero eso tenía que esperar, algún día le vería y entonces me deleitaría con el sabor de sus labios perfectos y con las caricias de sus manos…
Sacudí la cabeza un momento. No me podía permitir pensar en eso.
-Vamos-le urgí-.
Esta vez no corrimos, sino que caminamos hasta la lancha cada uno sumido en sus pensamientos, pero hasta que no me subí no me di cuenta de que aún estábamos agarrados de la mano y hasta que no se la soltase, me di cuenta de que sin aquella mano rozando mi cuerpo, me sentía tremendamente vacía.
Llegamos al barco en poco segundos. Estaba demasiado pensativa, en lo que podía ocurrir cuándo llegáramos, en la explicación que tendría que darle a Matt y sobretodo como reaccionarían los demás al ver un vampiro entre la tripulación.
Edward parecía muy pensativo y de vez en cuándo le echaba miradas de reojo o le encontraba mirando y entonces le sonreía, para relajar un poco el ambiente. Iris no decía nada, supongo que intuía que necesitábamos esos escasos segundos para reflexionar y yo más que él.
Cuándo llegamos a la cubierta, no había nadie, estaba desierta, por lo que supuse que todos los demás estarían en el restaurante. La cubierta parecía de lo más normal y apenas daba indicios de que no era un barco corriente.
-Bueno, Edward, como si fuera tu casa-sonreí sin mirarle-.
Pegué un brinco cuándo algo se enrolló en mi pierna. Era largo y delgado que emitía un suave serpenteo.
Miré mi pierna derecha y vi como una cobra se enroscaba en ella y miraba mi pierna con maldad, mientras abría lentamente la boca. Me quedé quieta paralizada, mientras Edward y Iris intentaban averiguar el porque de mi rigidez.
Edward se puso tenso y miró a la cobra e intentó alargar una mano para poder cogerla.
Edward se puso tenso y miró a la cobra e intentó alargar una mano para poder cogerla.
-¡¡No!!-exclamé con pánico-.
Edward me miró confundido, pero Iris sonrió y me agradeció con la mirada que lo hubiese detenido.
Cogí a la serpiente en mis brazos, mientras está se enroscaba en uno y apoyaba su cabeza en mi hombro.
-Ha estado a punto de matarme-siseo la serpiente, mirando a Edward-.
-No le culpes-murmuré-.
Miré a Edward que parecía estar atónito ante todo aquello; sin embargo, pronto comprendería el porque de mi negación y la razón de que aquella cobra pudiese hablar.
-¿Sabes, Iria?-dije captando su atención-. Tienes una forma muy rara de darme la bienvenida.
-Y tú siempre me descubres-murmuró-.
Me agaché mientras la dejaba en el suelo y luego volver a incoporarme.
El cuerpo de la pequeña cobra se cubrió por una luz envolvente y blanca que resplandecía, poco a poco iba cambiando de altura y forma. Su larga cola se transformó en unas robustas piernas y su largo cuerpo fue cogiendo forma, mientras le salían los brazos y la cabeza se volvía más humana.
Cuándo la luz cesó, ante mí se hallaba una réplica de Iris, con la diferencia de que Iria tenía una media melena castaña y sus ojos eran grises. También vestía como una amazona, solo que iba un poco más "ligera".
Edward me miró sin comprender demasiado, por lo que supuse que tendría que hacer las presentaciones.
-Bueno Edward-comencé-. Estas son Iris-dije señalando a la pelinegra-, y está Iria-la pelicastaña-. Son gemelas y viven el campus de la organización. Sus poderes son muy útiles y poderosos.
Edward escuchaba atentamente mientras me miraba con una extraña mirada que me ponía cada vez más nerviosa.
-Iria-seguí-, es un torbellino humano-señalé a la susodicha que me mostraba alagada-. Su poder es, como has podido comprobar, la transformación en animales. Da igual el tamaño, si son de tierra, agua o aire, si son bichos: es irrelevante. Consigue cambiar hasta el olor y la capacidad de que no puedas leerle la mente-expliqué-.
Edward seguía bastante perplejo y por una vez me hubiese gustado tener la capacidad de leer yo la mente para saber sus pensamientos. Sonreí y proseguí.
-Iris es la más tranquila y callada de las dos-dije señalando a la pelinegra-. Siempre tiene un aire misterioso. Su poder es parecido al de Iria, solo que Iris puede transformarse en humanos que haya visto o conozca. También lo consigue camuflar todo, hasta el olor, todo, excepto, su aura.
Me callé dando por finalizada la explicación, mientras las gemelas y yo esperábamos su reacción.
Al principio su rostro era inexpresivo, no lograba entender nada, como, ¿Qué hacían ellas aquí? En un crucero. Pero ha medida que pasaban los segundos se fue dando cuenta de todo lo que pasaba.
-Así que tú eres el famoso Edward-habló Iria-.
-Si-asintió aun sabiendo que era una afirmación-.
-Eres muchísimo más guapo de lo que nos había descrito Bella-explicó Iria sonriente-.
Edward levantó una ceja divertido y me miró, mientras un leve rubor cubría mis mejillas y las ganas de desaparecer o de que la tierra me tragase se hicieron inconfundiblemente grandes.
Realmente Iria era una bocazas, ¿Por qué no podía ser como Iris? Callada, tranquila, misteriosa. ¿Por qué tenía que ser todo lo contrario a ella?
-¿Eso es lo que os ha dicho, Bella-dijo con una voz sensual que perturbo mis sentidos-.
Mi corazón se agitó fuertemente y comenzó a hiperventilar.
-Pues claro-murmuró entusiasmada-.
Tenía
que intervenir, fuera como fuera, si no quería morir:
1ª:
Por vergüenza. 2ª:
Por un ataque al corazón.
-No
es verdad-mentí-.
-Si que es verdad-dijo Iris-.
Me quedé petrificada mientras la miraba con rabia. Me había vendido, ¡¡ella!! Esto si que era vergonzoso, y estaba segura de que Edward ya estaba escuchando los latidos de mi corazón.
-Me pregunto si será guapo en otras partes-susurró pensativa Iria-. A lo mejor…
Se giró hacía mí y me miró haciendo un puchero. Miré a Edward para ver su reacción y su consentimiento; sin embargo, vi la vergüenza en su mirada. Le miré divertida y fruncí los labios para evitar soltar una carcajada, pero el hecho de Iris también sonreía no me ayudaba en nada.
-No se refiere a eso-le aseguré sonriendo burlonamente-.
El cuerpo de Edward se relajó notablemente, mientras Iris y yo nos reíamos con ganas. Iria, al principio confundida, comprendió de que hablábamos y a que se debían nuestras risas. No le hizo demasiada gracia, por lo que se giró hacía Edward.
-¿Me crees capaz de eso?-preguntó herida-.
-Lo siento-murmuró Edward encogiéndose de hombros-.
Iria no le dio más vueltas al asunto y se giró hacia mí y esperó pacientemente a que las últimas lágrimas provocadas por las grandes carcajadas desaparecieran.
Dejé de reír, cosa de lo que me arrepentí profundamente. Los celos comenzaban a hacer mella en mí, ¿por qué Iria, con su espontaneidad, había conseguido la confianza de Edward más rápido que yo? No era justo, era algo profundamente doloroso, pero era mi amiga y aunque, a veces, fuera una completa inmadura, nunca me había traicionado.
No me hice rogar. Me acerqué a Edward y puse la mano a escasos centímetros de su rostro y cerré los ojos concentrándome en cada paso que hacia. Noté la energía concentrandose en mis manos y poco a poco fui girando la muñeca hasta que la palma de mi mano quedó bocarriba. La energía se iba acumulando más y más y ,cuando por fin abrí los ojos, pasados tres segundos escasos, unos pocos centímetros más elevada, había una gran bola blanca, brillante.
Relucía como un pequeño Sol y era hermosa y pura, reflejando el alma y la pureza de su portador.
-¿Qué es eso?-preguntó Edward-.
-Tu aura, bueno una copia-expliqué-. Aquí tienes Iria-le dije, mientras ella daba pequeños saltitos-. Cuídala, ya sabes que hacer para que desaparezca.
-Si-asintió-. Es hermosa, ¿verdad Iris?
-Si-susurró esta-. Por cierto Bella, dentro de unas tres horas todos los cazadores nos reuniremos en el restaurante del barco…
-Un momento, ¿este barco no nos llevaría a casa?
-Claro-susurré-.
Iria y Iris se alejaron dejandome sola, justo cuándo más las necesitaba.
-Dime la verdad, Bella. ¿Qué ocurre en este barco?
Me había cazado y no sabía que responderle. Podía decirle la verdad, que este barco era el punto de encuentro de una cantidad mínima de cazadores, todos con extraordinarios poderes y que llegaban a ser una veintena de personas.
También podía optar por decirle que era una mentira y que Iria e Iris solamente querían acompañarme y que nos estaban gastando una broma sin sentido alguno.
Me mordí el labio inferior. Estaba nerviosa y bajo presión y eso dificultaba notablemente el controlamiento de mi poder.
-Yo… verás… exactamente…-me detuve-.
No podía decírselo, no podía decirle que en este barco había al menos una veintena de personas dispuestas a matarlo, dispuestas a torturarlo. Agaché la cabeza, me encontraba en una difícil situación, pero, ¿que más podía hacer?
-Esto es una reunión de cazadores, donde tú Edward Cullen, no deberías estar-dijo una voz a mis espaldas, con autentico reproche-. Te pones en peligro a ti y pones en peligro a Bella.
Me giré y lo vi. Alto, hermoso y, desafortunadamente, furioso. Sus ojos castaños estaban fijos en mí y yo no pude hacer otra cosa que sonreír con timidez, como una auténtica idiota.
-¿No crees que estas exagerando, Matt?-pregunté-.
-No, Bella- negó-. Necesito hablar contigo, a solas.
Había enfatizado las dos últimas palabras mirando a Edward por encima de mi hombro.
-Que más da, Matt-murmuré-. Nos va a escuchar igualmente.
-Y todo el barco también-dijo Matt-. Pero necesito hablar contigo.
-Muy bien-susurré-.
Miré a Edward y cogí rápidamente el celular que tenía en los bolsillos. Marqué un número de cuatro dígitos, el que correspondía a las gemelas, y esperé pacientemente, sumida en mis pensamientos.
Un tono…
¿Qué pensaría Edward de todo esto? ¿Pensaría que le había engañado?
Dos tonos…
¿Por qué Matt estaba tan furioso?
Tres tonos…
¿Qué ocurriría hoy exactamente en la reunión?
Cuatro tonos…
Cerré el móvil y en menos de cinco segundos, Iria e Iris, se deslizaban por la superficie de madera.
-Ellas te cuidarán-le dije a Edward.
Seguí a Matt, que aún seguía serio, hasta mi camarote y cuándo llegué no pude evitar tumbarme en la cama.
-Esto es grave, Bella-murmuró preocupado-.
-¿A qué viene tanto lío, Matt?-susurré-. Es un vampiro que no nos puede hacer daño. Los demás no le atacaran si no hace nada. Lo puedo controlar…
-Es más grave de lo que piensas-me interrumpió, mientras se sentaba a mi lado-.
-¿Por qué?
Mi subsconciente no quería admitir porque el simple hecho de que un vampiro, que nada nos podía hacer, estuviera en el barco. ¿Acaso Matt estaba celoso? No, era imposible, él no era celoso, y nunca habíamos llegado a ser novios, éramos simplemente buenos amigos. Amigos que traspasaban un poco la barrera de sexos, porque Matt para mí era como una chica, y yo para Matt era como un chico.
No
me refería a que fuésemos homosexuales o transexuales,
ni que nos acostásemos por mero placer, simplemente que
nuestra amistad no era la típica entre un chico y una chica.
No sabría explicarlo mejor, puesto que era difícil
hacerlo, pero siempre habíamos sido inseparables y siempre nos
contábamos los secretos del uno y guardamos el del otro.
INSEPARABLES.
-Ellos
están aquí.
Fue un susurro apenas audible, pero lo suficiente para helarme la sangre.
Fue un susurro apenas audible, pero lo suficiente para helarme la sangre.
-No bromees con eso, Matt-susurré atemorizada-.
-No bromeo, Bella.
Era verdad no bromeaba, decía la verdad, una verdad que asustaba demasiado como para querer escucharla y yo no podía, no podía.
Mecánicamente me llevé las manos al corazón, mientras mi respiración aumentaba. Aquello no podía estar pasando, Ellos no podían estar aquí.
-¡Mierda, mierda!-exclamé-. Esto no puede ir de mal en peor, ¿verdad?
Me giré hacia mi amigo Matt con violencia, mientras le miraba suplicante, expectante, para que me dijera que no había nada más grave, pero él desvió la mirada, y eso era una muy mala señal.
-¿Hay algo más?-pregunté con autentico pánico-.
Matt ni me miró, simplemente miraba la blanca pared que había detrás de mí. Aquel gesto me sacó de mis casillas, ¿no podía entender la gravedad del asunto?
-Matt, sueltalo ya-susurré con un tono amenazador-.
-Verás, Bella…-suspiró-. Saben que está aquí.
La sangre se me heló. Las cosas no podían ir peor, como si no tuviera cosas más importantes de las que preocuparme aparte de un par de cazadores enemigos eternos de los vampiros.
-Tranquila, Bella-dijo Matt mientras me abrazaba-. No le van a hacer nada, o eso dicen, pero, tu situación es un poco delicada…
-Espera, espera-le interrumpí-. Me alegra de que nada le vaya a pasar a Edward, y en cuanto a mi situación, podríamos hablarlo luego, necesito un buen baño para relajarme.
-Claro, te dejo sola.
Se lo agradecí con la mirada, pero Matt se detuvo en la puerta medio abierta, con una gran sonrisa.
-Desde luego, todo el mundo preocupado por el cambio climático y por la escasez de agua y tu te tienes que darte un baño.
Le miré perpleja y contuve las ganas de sacarle la lengua como una niña pequeña. Giré la cabeza avergonzada, y vi la almohada que reposaba en la cama. Fijé los ojos en ella y luego giré la cabeza hacia mi amigo.
La almohada salió disparada por una fuerza invisible dirigida hacia Matt, quien cerró la puerta tras de sí en el último segundo y salia de mi habitación.
-¡Tramposo!-me quejé, mientras escuchaba su burlona sonrisa-.
Me fijé en la habitación por primera vez. Las blancas paredes permitían que la intensa luz, proveniente de una lámpara del techo, iluminara más la estancia. La cama era de matrimonio, tenía sábanas blancas y el colchón mullido y cómodo. Era de madera, pero lo que no sabía era de que tipo. A un lado de la cama había dos mesitas de noche idénticas, entre ellas y de la misma madera y pintura, o barniz, que la cama. Las mesitas tenían unos extraños bordados que mostraban a los cazadores más poderosos e históricos de nuestros tiempos. Al fondo del ala este había un armario gris, casi blanco, donde estaría alguna de las ropas que tendría que ponerme. También había un escritorio a juego con la cama, donde descansaba un ordenador de última tecnología.
No pude evitar pensar en la gran obsesión que tenían con el blanco, mientras entraba en el baño.
Como no-susurré-, blanco.
Estaría comenzando a odiar ese color, de no ser por cierta persona. Pero era verdad, todo, absolutamente todo: la bañera, el lavamanos, el retrete, un botiquín grande donde se ponían los útiles de aseo… A diferencia de que aquí todo estaba remarcado con una o dos finas líneas doradas.
Me encaminé a la bañera y abrí el grifo, dejándolo en agua caliente, sin abrasar.
Fui a la otra habitación y cogí la ropa interior, unos vaqueros y una camiseta roja con extraños dibujos negros. Cogí unas bambas y volví a entrar en el cuarto de baño.
Apagué el grifo y me desvestí con rapidesa, demasiado excesiva, porque por un momento perdí el equilibrio y me tuve que sujetar del lavamanos.
Perfecto, hoy estaba patosa, yo diría que demasiado patosa.
Suspiré resignada y me acabé de desvestir.
Entré en la bañera y me sumergí, dejando que el calor del agua relajar mis músculos poco a poco.
"Tu situación es un poco delicada…"
¿A que se refería con eso? ¿Estaría bien Edward?
No pude evitar sonreir ante este último pensamiento. Claro que estaba bien, solo que brutalmente torturado a jugar el escondite, un estúpido juego infantil.
Sonreí y me relajé más, inconscientemente mi mente viajó al pasado poco a poco.
"¡No
es estúpido Bella!".Exclamó Iria. "Por
primera vez, tengo que darle la razón a esta cabeza de
chorlito". Murmuró con tranquilidad Iris. "El escondite
nos sirve como entrenamiento para nuestros poderes. Ya sabes que aún
no hemos avanzado demasiado con las transformaciones, hay cosas que
fallan"
Era
verdad, hace cuatro años, a las gemelas no se le daban
demasiado bien eso de las transformaciones; siempre fallaba algo.
Pero cuatro años más tarde se habían vuelto unas
autenticas maestras de espionaje. A mi me había pasado lo
mismo. Antes era un caso desesperado e incluso, ahora mismo, tendría
que estar cultivando malvas en un cementerio.
Hace cuatro años tuve un problema con mis poderes que casi me cuesta la vida; sin embargo salí casi ilesa. El incidente provocó ciertos problemas, como que ahora tenga que concentrarme siempre para no provocar cambios irreparables en la personalidad o en el físico de las personas o cosas. Hubo un vampiro que me ayudó bastante, pero al final me traicionó.
-Christian…-suspiré-.
Bostecé involuntariamente, mientras mis ojos se cerraban y mi mente desconectaba de todo…
No podía pensar en las verdaderas situaciones que estaban a punto de suceder, solo quería dormir y eso no era un pecado.
Pero al parecer mi hora no había llegado. De repente la puerta del baño se abrió de golpe y por ella entró Edward.
En un principio pareció no haber reparado en mí, porque solo se concentraba en cerrar la puerta para que nadie entrase, por lo que supuse que Iria e Iris ya habían hecho de las suyas.
Cuando creyó que la puerta estaba lo suficientemente bien cerrada, se giró para mirar la habitación; sin embargo, se quedó petrificado al verme y cuando nuestros ojos se encontraron, no pude evitar, teñirme de un leve rubor mientras los latidos de mi corazón, que seguramente Edward escucharía a la perfección, aumentaban con cada segundo de aquel incomodo contacto.
-Ee… mmm.-parecía buscar la disculpa más acertada-. Mejor me voy.
Comenzó a abrir la puerta de nuevo, mirándome de vez en cuando. Estaba tan guapo, parecía, mejor dicho, ERA un dios heleno, marcada por la perfección. No pude evitar comérmelo con la vista mientras reparaba como su jersey se adhería a su pecho perfecto. Mi corazón volvió a latir desbocado y no ayudaba nada que Edward tardara tanto.
Me fijé en la puerta y me di cuenta de que había puesto todos los pestillos.
-Parecen que en vez de diez dedos, tengas veinte-bromee-.
Extendí una mano con la palma hacia arriba señalando hacia la puerta, pero sin extender demasiado el brazo. Automáticamente, la puerta se abrió y Edward me miró agradecido, también creí distinguir un toque de lujuria.
Antes de que la puerta se cerrara tras de si, le dije:
-Espérame un momento en la habitación, tengo que hablar contigo.
Cuando la puerta se cerró, acabé de limpiarme y salí atropelladamente de la bañera. Me sequé con la toalla y me puse la ropa. Me peiné tranquila y pausadamente, pero me sorprendió mi imagen en el reflejo.
Esa no era yo, o al menos no la yo que conocía. Mi cara estaba más iluminada y mis ojos brillaban. Era rasgos apenas visibles para la gente, pero yo y quienes me habían conocido desde muy pequeña sabrían notar los cambios.
No pude evitar alargar una mano y tocar la fría superficie del espejo para asegurarme de que aquello no era una alucinación.
No quise insistir más, no quería hacer esperar a Edward y lo que debíamos tratar era un tema delicado, hasta cierto punto.
Abrí lentamente la puerta del baño, mientras respiraba hondo. Mi actitud rozaba más bien lo estúpido que lo seguro, pero tenía muchas cosas que decirle, muchas cosas que confesarle, demasiadas.
Edward siguió cada movimiento que hacía y cuándo le miré me sonrió con una sonrisa que parecía tener la intención de deslumbrarme; sin embargo, la sangre no llegó a mis mejillas, un claro hecho de que algo no andaba bien, de que algo estaba pasando, algo que QUISE pasar por alto.
El estaba sentado en el borde de la cama y con un gesto me indicó que me sentará a su lado.
¿Por
dónde debía empezar? ¿Acaso debía
decirle: "Verás Edward, no sé como decirte esto, pero
estás en peligro de muerte, por meterte donde no te llaman"?
No,
estaba claro que así no debía comenzar. "Edward
verás, resulta, que… bueno que me gustas y…". No, me
estaba yendo de contexto. No quería hablarle de mis
sentimientos, por ahora, ahora solamente me preocupaba él y su
seguridad.
Me senté a su lado y le miré a la cara, un exquisito ejemplo de hermosura eterna e inigualable; yo no podía estar con él, yo era poca cosa en comparación con él. Edward era demasiado perfecto, y yo, una cazadora mediocre que no era capaz de controlar sus poderes. Nos miramos a los ojos, pero había algo que no me cuadraba, ¿qué estaba pasando?
-Bueno verás, necesito hablar de un tema delicado contigo-comencé-. Verás…
-Ya lo sé-murmuró con un extraño tono-. La verdad es que poco importa, Bella. Quería hablar contigo de una cosa.
Esto no me comenzaba a gustar. Algo no pintaba bien. No me había dejado ni hablar, así que, ¿qué era exactamente lo que sabía? Quise escuchar sobre cual era ese otro tema, porque me había entrado la curiosidad
-¿De qué?-le pregunté desconfiada-.
-De sentimientos.
Su voz sonó melodiosa, seductora, como si de un ángel se tratase; sin embargo, eso era Edward Cullen, un ángel inalcanzable.
No pude evitar que mi cuerpo se pusiera rígido y tragué dificultosamente saliva. No, no quería tocar ese tema, era posible que me derrumbara y le contará todo a Edward, todo. Mi relación con Christian, su traición, su intento de matarme, TODO. Yo no sabía lo que él sentía hacia mí y temía que si se lo dijera, y si él me quería, se sintiese tan dolido que me dejara.
-No estoy preparada-susurré agachando la vista-.
-Yo no hablaba sobre…-dejo la palabra en el aire, dándole un aspecto más cautivador y sexy-.
-Y tu no me has dejado acabar-sonreí-. No estoy preparada para tocar ese tema. No puedo hablar de sentimientos, por ahora.
-Pues nadie diría eso-susurró-.
-¿Por qué lo dices?-pregunté confusa-.
Me sonrió con una sonrisa que me dejó deslumbrada, pero entendí a lo que se refería. Poco a poco, lentamente, suavemente, nos habíamos ido acercando. Nuestros cuerpos estaban pegados, nuestros labios apenas se rozaban y nuestros alientos chocaban con el del otro.
Un centímetro más, y nuestras bocas se encontrarían formando un baile, con las únicas acompañantes: nuestras lenguas. Un baile de amor, dulzura y pasión.
Pero estaba claro que ese momento aún no podía ser. De repente, la puerta se abrió y la persona que la había abierto se había quedado de piedra al ver tal escena.
Mecánicamente me separé de Edward a duras penas y a regañadientes. Miré por encima de su hombro. Maldecía a esa persona una y otra vez, pero al descubrir quien era, los ojos se me salieron de las orbitas y comprendí el porque de mis dudas.
