Los hombres martillaban y repartían volantes en la plaza principal del pueblo. Los puestos de juegos y de comidas y las atracciones estaban casi listas, faltaban horas para la inauguración de la feria anual. Banderines con el símbolo de Arendelle atravesaban las calles y los árboles.

— ¿Para cuándo estará terminada? — preguntó Ben mientras transitaban por allí de regreso al Palacio.

—Hoy a la tarde noche. — dijo el señor Bernt al recibir un panfleto.

—Bueno, tengamos una fiesta en la tarde, si la Señora Hyring nos deja después de cenar. — propuso Ben. La Señora Hyring era la dama de llaves, encargada de las criadas. La mujer de unos sesenta años era algo así como la mano derecha del Señor Carrder, y ambos parecían compartir la característica ermitaña y antisocial. Solo era trabajo para ellos.

—Tienes razón. — dijo Annkjell. — No viene seguido y no se queda por mucho tiempo. ¿Y usted, Señor Bernt?

—No veo por qué no. — dijo repiqueteando su bastón por el cemento.

—Vaya, allí está la Princesa Elsa. — Annkjell la reconoció a la distancia, saludando a los que armaban las atracciones de madera y reverenciaban ante la joven. — Sigan. Los veré en el Palacio. — les avisó al Señor Bernt y a Ben.


—Buen día para ti también. — le respondió Elsa. Admiraba los trabajos y casi podía imaginarse a la alegre feria terminada, llena de luces y colores, niños gritando y corriendo. Y adultos igualmente. Ese año parecía ser el doble de grande.

—¿La Reina Idun está bien? — Elsa volvió su vista a su doncella. — ¿Se ha recuperado de…?

Elsa respiró profundo y la invitó a caminar con ella, para que los hombres que estaban allí no escucharan su secreto que solo la joven bajita a su izquierda y la Reina sabían.

—Si crees que nunca se recuperará de cargar el cuerpo del Señor Engin de un lado de la casa a otro, entonces no la conoces. — volvió a colocarse la máscara sonriente sobre su rostro, para esconder lo demás. Apretó con más fuerza el mango de su bolsito morado.

—No quise decir recuperar exactamente, sino olvidarlo. — Annkjell sacudió los brazos a sus costados.

—No hará eso tampoco. — erguió su cabeza decorada con un sombrero de día. — Cuando muera, la abrirán y lo encontrarán tallado en su corazón. — carcajeó sarcástica. Annkjell sonrió apretando los labios.

—¿Y usted? ¿Y su corazón?

—¿No lo oíste? — preguntó Elsa, tornando seria. — No tengo corazón. Eso es lo que todos dicen.

—Yo no, Alteza.

Intercambiaron una mirada y Elsa se alegró de haberlo oído.

—Todos menos tú.

Annkjell estornudó.

—¿Te encuentras bien?

—Dí… Sí, Alteza. No se preocupe.


—¿Quería ver al nuevo chofer, Majestad?

—Sí, Carrder. Por favor, hágalo pasar. —dijo el Rey desde su escritorio en la biblioteca superior. Se dio la vuelta e invitó al muchacho a acercarse. — Pase, pase. Gusto en verlo de nuevo.

El hombre en cuestión era rubio, de cuerpo firme y anchos hombros. Estaba bien peinado y vestía el uniforme común en los choferes: pantalones y botas negras, un saco verde con muchos botones dorados y una gorra. Era algo innovador con la reciente movida de automóviles, y como el Palacio había adquirido uno y su chofer acababa de renunciar, Adgar había solicitado los servicios al joven Kristoff.

—Bjorman, ¿no?

—Así es, mi Rey. — reverenció y se paró tan firme como pudo, con la mano en su gorra detrás de su espalda. Estaba sudando un poco, para ser sinceros. Nunca había estado en presencia del mismísimo Rey en su Palacio, en su biblioteca.

—Ojalá le hayan mostrado todo, y entregado lo prometido en la entrevista.

—Ciertamente, mi Rey.

—¿No extrañará Montgard? — Adgar dejó los papeles que estaba escribiendo y se acomodó el saco mientras iba hacia él.

—Montgard, sí. Es algo diferente a vivir en la ciudad. Pero no extrañaré el trabajo. La señora era amable, pero tenía solo un auto y no me dejaba conducirlo a más de 30km por hora. Así que era un poco… Bueno, aburrido, por así decirlo.

El Rey rió junto con él. Le agradaba el chico.

—Tiene una biblioteca maravillosa. — recalcó Kristoff.

—Puede tomar libros prestados, si lo desea. Ya es uno de nosotros en el Palacio.

—¿En serio, mi Rey? — eso era nuevo. Una agradable novedad.

—Hay un libro mayor que hago que todos usen, incluso mis hijas. —indicó Adgar. — Carrder y la Señora Hyring a veces toman una o dos novelas. ¿Qué le interesa?

—Historia y política, sobre todo. — contestó liberal. No era exactamente lo que planeaba escuchar el

Rey.

—¡Cielos! — descendió las comisuras de sus labios bigotudos. En ese momento, entró Carrder con la elegancia de un cisne. — Carrder, Bjorman va a tomar prestados algunos libros. Tiene mi permiso.

—Muy bien, Rey Adgar. —contestó fría y seriamente.

—¿Es todo, Majestad? — preguntó Kristoff.

—Sí. Vaya, y buena suerte.

Carrder le cerró la puerta al nuevo chofer al partir.

—Parece muy inteligente después del pobre Pattinson. —comentó Adgar. Alzó el ceño. — Y pensar que se fue a manejar una casa de té. No creo que sea una jubilación muy tranquila, ¿no?

—Preferiría que me mataran, mi Rey. — dijo con la voz de una máquina, si es que tuvieran una.

Adgar se giró sorprendido.

—Así es… Huh, gracias, Carrder.


Un ruiseñor cantaba a la vez de la áspera voz de la Gran Duquesa en los jardines reales. La Reina y ella estaban sentadas frente a una pequeña mesita de té, antes del almuerzo.

—Gracias, Harry. — le agradeció. El lacayo dejó la bandeja y retornó al Palacio. —¿Y qué te parecen unas fiestas en la casa? — preguntó a Idun.

—Lady Poletta McNair la invitó a una el próximo mes.

—Qué idea terrible. — sacudió la cabeza. —Elsa no conoce a nadie de menos de 100 años.

—La enviaré a visitar a mi tía. Podría conocer Estocolmo.

—No creo que las cosas estén tan mal, querida. — Idun alzó una ceja disimuladamente. De nuevo lograba denigrar sus raíces. Es dulce cuando quiere, se recordó Idun para sus adentros. — Pobre Elsa, ha estado muy triste últimamente.

—Le afectó mucho la muerte del pobre Señor Engin.

—¿Por qué? — a Viktoria no le cabía el corazón en el pecho, se inquietó. — No lo conocía, y uno no puede derrumbarse por la muerte de cada extranjero. Todos colapsaríamos al abrir un periódico. — resopló. — Y por supuesto, la dificultad principal de Elsa es que su situación no está resuelta. Es decir, ¿es heredera o no?

—La tradición es irrompible, Elsa no puede heredar. —Idun sopló para enfriar su té.

—No. — se negó. — Lo que necesitamos es un abogado que sea decente y honorable para que investigue. Y creo… Creo que quizá conozco al hombre indicado.

Idun frunció el ceño, embrollada.


—¿Irás a la feria mientras esté aquí? — preguntó a Morsvald. Jack acababa de leer el artículo anunciándola en el periódico.

—No creo, Señor Frost. Pero no me molesta. No me gusta la música. — el mayordomo tomó ambas tazas de té y las fue a dejar en la bandeja.

—¡Por Dios! — se alarmó Iselin. — ¿Qué le sucedió a tus manos?

Un espantoso sarpullidlo manaba de las manos del mayordomo.

—No es nada, Señora. — siguió su camino.

—Lucen mal, ¿no les duele?

—No, Señora. Me arden más que dolerme.

Jack siguió leyendo. Iselin no se daría por vencida, la salud de sus empleados y su sobrino lo era todo para ella.

—¿Has utilizado algo nuevo para pulir la plata o los zapatos? — se levantó del sofá.

—No. — sacudió sus cachetes caídos.

—¿Puedo examinarlo?

—Deja de acosarlo, tía. — acotó Jack. Morsvald tímidamente le enseñó las manos y la señora se

colocó los lentes. No quería que lo reemplazaran si es que era algo grave y no podía usar sus

manos. Morsvald no podía darse el lujo de no trabajar ni cobrar.

—Parece ser erisipela. —diagnosticó Iselin. — Debes haberte cortado.

—Mhm. No lo recuerdo.

—Iremos al hospital ahora mismo.

—En serio, Señora…—

—Insisto. — Morsvald no tuvo otra opción más que ceder a su ama. A Jack se le escapó una sonrisa, así era su tía…


Iselin lo llevó al mayordomo al hospital del pueblo. La enfermera de turno le había prohibido el paso a su reserva de medicamentos y soluciones hasta que la señora le dijo que era presidenta del concejal del hospital militar, y que el doctor no presentaría queja si se llegase a enterar. Dubitativa, la enfermera aceptó.

—Esto servirá. — se cercioró Iselin. — Tintura de acero, diez gotas de agua, tres veces al día. — le entregó unos frascos a Morsvald quien miraba preocupado a la enfermera y a su Señora. ¿Acaso no era ilegal tomar cosas del almacén hospitalario?

A Iselin le importaba un huevo y la mitad del otro, y no sentía la mirada atenta de la otra muchacha.

—Y esto es solución de nitrato de plata. Ponte un poco, en la mañana y en la noche.

—¿Cuánto tardará en mejorar?

—La erisipela es difícil de curar. — Iselin salió de la habitación de frascos y guardó sus lentes de lectura. — Podremos reducir los síntomas, pero quizá sea solo eso. Oh, y debe usar guantes todo el tiempo. —dictaminó.

Morsvald abrió bien los ojos.

—¡Gu—Guantes…! ¿Señora? — tartamudeó. — No puedo servir la mesa con guantes. ¡Pareceré un lacayo! Señora.

—Tendrá que hacerlo. —Iselin no veía el escándalo en ello. Claro, que no sabía que eso sería denigrante para alguien que se ha preparado toda su vida para ser mayordomo. Sería como bajarle del rango más alto. La mujer se colocó los guantes para salir. — La tintura y el ungüento servirán. Pruebe una semana y veremos.

Morsvald asintió sin ánimos. Las intenciones de Iselin eran buenas, pero no entendía.

—Alguien quiere verlo, Señor Frost. —Vermal abrió la puerta de la oficina.

—No hay nada en mi agenda. — respondió Jack, continuando con sus papeles.

—Es la Señora Ingenborg. — dijo con cautela. Jack alzó rápidamente la vista.

—Oh, huh… En ese caso, hágala pasar. — Arrojó su pluma y a los tropiezos se puso la chaqueta colgada en el poste para estar más presentable. — Prima Idun, ¿a qué debo el…?

No era la Reina Idun.

—Oh… Espero no decepcionarlo. — dijo Viktoria con su mejor cara inocente. Su piel blanca era lo más suave que tenía. Sin embargo, eran sus ojos los que solían ser fríos como un iceberg.

Jack quedó atontado.


La Señora Hyring sostenía un sombrero negro, sentada en su oficina del Palacio. Pensaba decorarlo para hacerlo más festivo, ya que iría a la famosa feria. Aunque toda su ropa era negra y aburrida. Le pidió consejos a O'vidia.

—Pensé que podría alegrarlo un poco. Quizá una flor, o un poco de velo negro o algo.

—Más fácil decir que hacer… —O'vidia rodó los ojos y zapateó el suelo. Esa vieja le molestaba por cosas sin sentidos cuando estaba atareada de tareas. — Puedo buscarte un velo si quieres.

—Espero que no pretendas que lo haga yo.

—No si estás ocupada, claro. —carraspeó. La dama de llaves esperaba que dijera que sí, ella era la

mejor costurera del Palacio. Si bien era la más egoísta, o empataba con Harry.

—Bien. — respondió fríamente y se retiró lo antes posible. La Señora Hyring la detuvo a un paso de

la puerta.

—Y Señora O'vidia, envié a Annkjell a la cama con un resfriado. Necesito que se encargue de las

niñas.

—¿Qué, a las dos? — se quejó de mala gana. — No soy un pulpo. ¿Por qué no lo hace Benedikta?

—Porque ella no es una doncella. — le miró por debajo de los párpados.

—Y yo no soy una esclava. — La Señora Hyring se levantó de su silla al oír con el tono en que se

dirigía a ella.

—Solo hágalo, Señora O'vidia. Solo hágalo.

O'vidia se retiró como un huracán, sacudiendo su pelo arropado en un moño. La Señora Hyring suspiró.

—Le doy el beneficio de la duda porque no creo que quiera heredar solo porque nadie ha

investigado apropiadamente. — señaló la Gran Duquesa. Intentaba no quitarle la vista al joven para

evitar la visión de ese pequeño cuchitril al que los abogados llaman oficinas. Habían papeles

tirados por todas partes.

—No, pero… — enganchó los dedos entre sí. Rayos, estaba sudando. ¿Él solo con la Duquesa en la

misma habitación? Había que esperar quién salía vivo de esa. O si la anciana saltaría de la silla y le

clavaría su bastón como un ninja.

—Tampoco Elsa puede acusarlo de causar problemas, cuando usted es el que sufrirá más si lo

descubren.

—Tiene razón, Lady Viktoria, que no quiero beneficiarme a costa de Elsa por ignorar la ley. —

—Para decirlo sin rodeos, ¿crees que Adgar ha arrojado la toalla muy pronto? — quiso girar y la

anciana casi terminó en el suelo. A Jack casi le agarró un ataque. No supo si de risa o de que lo

colgarían si la Duquesa se rompiese un brazo por caer en su despacho. — ¡Por Dios, dónde estoy

sentada!

—En una, una silla giratoria. — se cubrió la boca y carraspeó.

—Oh… ¿Otra de las ideas modernas?

—No muy moderna, las inventó Thomas Jefferson. —aclaró él, recompuesto.

—¿Por qué cada día hay que pelear con un estadounidense? — Viktoria se quejó. Quedaba más que claro que tenía una lejana descendencia con los ingleses.

—Le traeré una diferente. — urgió.

—No, no, no, no. —se aferró a su bastón para evitar volver a zarandearse. — Soy una buena navegante. Jack se lamió los labios secos.

—D—Dependerá de los términos exactos en los acuerdos reales, tal vez de algún expediente con la cláusula de que las Princesas primogénitas pueden heredar. Al menos en Arendelle.

—Ahí lo tienes, algo debe decir. Los Ingenborg llevamos Reinando casi un siglo y ha habido Reinas viudas. Yo, por ejemplo. Y los abogados se han cansado de buscar, pero pienso que no ha sido suficiente. Eso es todo lo que pido, entender los términos exactos.

Jack revoloteó la mirada frenéticamente. Era algo complicado lo que le pedía, por su situación, y Viktoria lo sabía. Si encontraba una clausula, no sería Rey. Eso era bueno, ¿cierto? Pero si no lo hacía, podría quedar como que lo hubiese hecho apropósito para heredar. Estaba entre un bastón y la pared.


—¿Por qué Anna tiene un vestido nuevo y yo no? — preguntó Elsa. No es que la resintiera, ambas tenían más vestidos de lo que se pudiera imaginar. Era solo curiosidad. Iba con su hermana y su madre, cruzando la plaza principal y la feria a su alrededor. Faltaban casi 6 horas y ya se sentía el aire festivo. La gente reverenciaba su paso.

—Porque es el turno de Anna. — respondió Idun con dulzura. Recién salían de la modista del pueblo. — Es lo justo.

—¿Esta vez puedo elegir yo? — le preguntó la pelirroja.

—Claro, querida. Siempre y cuando tengamos los mismos gustos. — le sonrió. Estaban del otro lado, frente al coche y el nuevo chofer. — Bjorman, llevará a la Princesa Anna a Fjord mañana. Partirá después del almuerzo.

—Muy bien, majestad. — no miró a las tres mujeres de la realeza a los ojos, se suponía que debía ser

un servil caballero. Pero una de ellas sí lo miró lo que dura un santiamén.

—Pobre Señora Swan. — comentó Anna al subir a la parte trasera seguido a su madre. — No sé por

qué nos molestamos en arreglarnos para visitarla. Ella siempre usa el mismo vestido.

—¿Qué quieres que use? — dijo Elsa con humor, acomodándose en su asiento.

—Algo nuevo y emocionante. — replicó la Princesa joven, con una chispa en los ojos.

—¡Cielos, miren la hora! — se alarmó Idun al ver su reloj de pulsera. Echó un vistazo a Kristoff

mientras se fijaba que los motores funcionaran correctamente. Se sentó adelante. — No

tendremos tiempo de cambiarnos, y la abuela se ha invitado a cenar ella misma.

—Entonces puede esperar alegremente. — bromeó Anna. A Viktoria no le fascinaba la idea de

esperar, por lo que sería divertido ver su expresión después de ello.

—¿Así que los derechos de las mujeres comienzan en casa? Claro. — siguió la Reina. — Bueno, estoy de acuerdo. — las tres mujeres rieron. Hasta Kristoff, dándoles la espalda. Arrancó el automóvil.


Elsa recorrió la feria esa tarde, a la vez que caía el Sol lentamente en el mar. No se podía quedar por mucho, ya que esa noche cenarían con la abuela. Respiró el aire. Olía a maíz inflado y caramelizado. Había muchas luces y ruidos, a ella le encantaba. Tanto descontrol y aceleramiento, pero perfectamente armonizado en sana diversión.

Solía venir de pequeña, y jugar cada uno de los juegos con su hermana. Con el tiempo, acudía con menos frecuencia, si bien su hermana proseguía con la costumbre. Debía ser muy fácil ser Anna, la Princesa menor de la que muy pocos prestan atención. Ella sí puede pasear y jugar con niños sin ser mal vista. No tiene que ser tan responsable como Elsa. Y ella estaba segura que su hermana se escabulliría en cualquier momento para no perderse la diversión.

Ese año, una persona nueva acudía a la feria. Jack no había concurrido desde antes que su padre muriera. Encontró con la mirada a otra forastera de la ocasión. Elsa se acercó a él, procurando sonreír y no ser tan seria, por el momento.

—Pensé en intentarlo antes de irme a casa. — se excusó Jack. Estaba jugando a lanzar unas bolas hacia una pila de latas, pero era su tercer intento fallido. — ¿Y tú?

Jack sacó unas monedas de su pantalón y se las entregó al dueño con bombín, pidiendo dos rondas. Elsa no estaba segura de aceptar las cinco pelotitas, o si debería estar jugando con él. Jugando en la feria. La gente pasaba y la miraba, ¿qué estarían pensando?

—¿Qué pasa? ¿No quieres jugar? — indagó Jack.

—No sé si debería… — retrocedió medio paso. — Mejor n—

—Vamos, será divertido. Apuesto a que puedo ganarle a una Princesa. — le sonrió de lado. Elsa permaneció inmóvil hasta que una sonrisa juguetona y maliciosa surgió de ella.

—Si lo pones de eso modo… Bien, pero no te confíes. Soy más fuerte de lo que parezco. — le desafió. — Solo una ronda y ya.

—De acuerdo. — dijo, encogiéndose de hombros. Estaba contento de haberla convencido. Lanzó la primera bola y falló olímpicamente.

—¡Vaya, buen tiro! — se burló Elsa. Se sentía tan fuera de su zona, era obvio que también iba a fracasar, pero quería ganarle. Debía ganarle. Al menos en eso. Cuando lanzó casi le dio al señor del bombín, quien tuvo que refugiarse tras un poste de luz. — ¡Lo siento! — sus mejillas se encendieron.

Jack la miró riendo. Meneó un poco la cabeza y lanzó otra bola. Falló.

—¿Sabes si tu padre estará ocupado esta tarde?

—No vendrá a la feria. — respondió con su tosco sarcasmo.

—En serio. — de pronto estaba más prudente, reservado. Elsa no comprendió a qué venía la duda y el apagón de su sonrisa, así que lanzó otra bola. Estuvo cerca.

—Cenaremos con la abuela.

—¿Puedo pasar después? — se atrevió a preguntar, a pesar de que no estaba invitado esa noche al Palacio.

—¿Para qué?

—Temas… Secretos. — le divirtió haber insinuado eso. La hizo enojar, casi.

—¡Oh, qué cosa! —ironizó. — ¿Así que ya tienes secretos con mi padre?

Jack solo le prestaba atención a las latas. Lanzó otra bola, le quedaban dos. Comenzó a pensar que ese juego estaba arreglado porque era imposible.

—Bien, hombre misterioso. No me interesan tus secretos. — explicó desinteresada. Arrojó la bola; fue muy lejos.

—¿A eso le llamas tirar? — se concentró en atinarle al centro, si bien apenas logró tirar la lata superior. Las otras cinco se les reían. —Tu abuela me visitó esta tarde, y yo…. — se giró para ver la mirada intrigada de Elsa. Esos ojos celestes cual cielo de la mañana. A Jack le gustaba el color del cielo. Elsa la apartó con rapidez. — Bueno, no importa, pero me gustaría verlo.

—¿La abuela pasó a verte? ¿Se trata del gran asunto? — tiró y colocó sus manos en sus caderas. Le fulminó con la mirada. Jack prefirió no encararla y hacer su último intento. Tiró tres más de su lote.

Elsa, como no tuvo respuesta, lanzó su última bola y casi se deshizo de sus latas a excepción de una muy terca que no cayó. Pegó un pequeño saltito de alegría que desapareció inmediatamente, no así su sonrisa.

—Te dije que ganaría. — parecía que se había olvidado del tema anterior. Solo importaba ese juego. Y esas latas.

Jack también cambió de postura, dispuesto a seguir jugando con Elsa. Mejor dicho, a hacerla morder polvo.

—Pfff ¿A eso le llamas ganar? — rio. — Te quedó una.

Elsa le echó un vistazo a él y a la única lata en pie, mientras que él tenía dos en su contra. El dueño de la atracción las recolectaba y volvía a ubicar en su lugar. Elsa miró la hora.

—¿No tienes que irte? — dijo Jack, adivinando lo que Elsa pensaba.

—¿Quieres que me vaya para que te deje de humillar? Apuesto a que tiraré todas esta vez.

—¿Con esa puntería? — frunció el ceño, burlón. — Yo creo que estaríamos más seguros si dejas de jugar. ¿No es así, Señor del bombín? — le gritó al dueño. El hombre se encontró en un aprieto bajo la mirada de la Princesa y del chico castaño. Se encogió de hombros.

—Preferiría que me paguen otra ronda a que me pregunten sobre temas de parejas, si no les molesta.

Jack carcajeando y Elsa lo miró con odio. Metió la mano en el bolsillo del chico y sacó unas monedas. No supo de dónde sacó tanta intrepidez, pero no llevaba dinero con ella y estaba molesta. Él quedó tan atónito como enrojecido.

—No somos pareja. — le aclaró al hombre. — Y tú deja de hablar y juguemos, Jackson. — dijo tan decidida como un sargento. — Así pierdes de nuevo.

—Con gusto, Princesa. — acomodó su sombrero y recibió las pelotitas. Imitó el filo de la sonrisa de la Princesa de la primera vez que la vio. Falló su primer tiro.

Al terminar su tercera ronda. Jack decidió que era mejor volver a la casa.

—¿Disfrutas tu nueva vida? — preguntó la chica, mirando al frente. Él tomó su bicicleta.

—Sí, eso creo. — la miró. Sí que tenía un sombrero raro. Se parecía a los que usaba tía Iselin y él les decía que parecía una tarta. — Sé que mi trabajo te parece muy trivial.

—No necesariamente. — admitió Elsa. — A veces te envidio, tener un lugar al que ir todas las mañanas.

—Creí que eso me convertiría en una persona de clase media. — le recordó lo que le había dicho.

—Deberías aprender a olvidar lo que digo. Yo lo hago. — alzó los hombros y miró sus guantes. Era cierto que a veces llegaba a arrepentirse de su aspereza. Como que a veces no lo podía evitar. Era algo así como un mecanismo de defensa propio que la hacía más fuerte, o aparentarlo.

—¿Y qué hay de ti? ¿La vida de Princesa es satisfactoria? Aparte del gran asunto, por supuesto.

—Las mujeres como yo no tienen una vida. — Elsa se desahogó. Al menos se lo debía decir ya que él debía desconocerlo. Su tono se oscurecía. — Elegimos ropa, hacemos llamados, caridad y pasamos la temporada. Los Reyes además son los que se encargan de gobernar y eso. Las princesas somos solo… utilería. Al menos no las primogénitas, pero eso ya no importa para mí. En realidad estamos atrapadas en una sala hasta que nos casamos.

—Te he hecho enojar. — Jack sacudió la cabeza. ¿Por qué sacó el tema? Se dio un correctivo mentalmente para no volverlo a hacer.

—Mi vida me hace enojar. No tú.

La suavidad con la que se lo dijo fue como una palmada en el hombro para Jack. El cielo se encontraba con el mar en sus miradas. Jack sonrió a modo de disculpa. Los dos miraron al suelo y se alejaron de la feria.


Elsa llegó a tiempo para vestirse. Annkjell estaba enferma, por lo que O'vidia le arregló el cabello y la vistió. No estaba mal, pero no era lo mismo sin su doncella. Más tarde la iría a visitar al ala de dormitorios para empleados. La Princesa llevaba un blanco vestido, lo escogió de entre otros que O'vidia había seleccionado. Pero pensó que el blanco sería apropiado esa noche. Bajó las escaleras hacia el comedor con su padre.

—Me encontré con Jackson en el pueblo hace una hora. Dice que quiere venir a verte después de la cena, y que aparentemente la abuela le hizo una visita.

—¿Le dijiste que ella vendrá esta tarde?

—Sí, y me dijo que entraría por la puerta de servicio para no ser visto.

—Eso es intrigante. — dijo el canoso Rey. — Cuando él llegue, haz todo por mantenerla en la sala de dibujo.

—Bueno, me gustaría verte a ti intentándolo.


—No se queden hasta tarde, para que puedan acostarse temprano. — indicó Idun. El clan Ingenborg paseaba por el lobby principal hacia el salón de café al terminar la cena. Jack se escondía tras una gran armadura. Las mujeres no lo vieron, pero el a ellas sí. Primero iba la Reina, luego Anna y Viktoria y por último Elsa de blanco. Blanco tregua, pensó.

—Anna, querida, ¿por qué quieres ir a una escuela de verdad? No eres la hija de un doctor. — preguntó la Gran Duquesa.

—Pero nadie aprende nada de una institutriz, abuela. Además de francés y cortesía. — la Princesa puso los ojos en blanco. Viktoria la miró extrañada.

—Bueno, ¿qué más necesitas? — suspiró. — No entiendo ya las ocurrencias de los jóvenes.

—Abuelita…

Elsa vio una figura castaña en el reflejo del un vidrio en su camino. Se dio la vuelta y allí vio a Jack. Le hizo una seña de que se quedara quieto. Jack la observó caminar con cuidado de no ser oída, en dirección contraria.

—¿Es que piensas en seguir una carrera de bancaria?

—No, pero es una profesión noble. — no se pudo oír más de la charla.

—Espera en la biblioteca, le diré a mi padre que estás aquí. — Elsa susurró cuando estuvo cerca.

—Gracias. — sonrió como un bobo. Soltó algo que dejó a Elsa boquiabierta— ¿Puedo decirte que te ves muy bien esta noche?

Elsa cerró la boca y marchó hacia el salón al que se dirigía.


—¿Dónde está Harry Thorson? — preguntó el Rey, ya reunido con su heredero. Carrder llevaba la bandeja de tragos hacia la mesita de la biblioteca.

—Me temo que dejé que algunos sirvientes fueran a la feria, mi Rey. No sabía que tendríamos visitas esta noche. — parecía que el mayordomo se disculpaba, pero era imposible de adivinar por su tono de voz monótono.

—No culpes a la noche, Carrder. — le tranquilizó Adgar. — No suelen divertirse mucho. Deberías unírteles. Carrder tembló con tan solo pensarlo, y se retiró. Jack le miró, divertido.

—Entonces, ¿qué le dijiste a mamá? —el Rey mientras sirvió dos copas.

—No he hablado con ella desde su visita. Pero he revisado todas las fuentes y no puedo encontrar una razón para un desafío, lo juro.

—Sé que tus intenciones son honestas, Jack. Yo nunca dudaría de ti. — le entregó un vaso. — Pero yo podría haberte dicho eso. He visto los papeles, todos y cada uno de ellos, pero nada.

—No sé de qué manera decírselo a ella.

—La Gran Duquesa no debería haberte puesto en ese lugar, fue muy poco amable. — Adgar bebió un sorbo.

—Me temo que pensará que fallé porque no quiero tener éxito. Porque no quiero que Elsa tenga el trono. — temió.

—Lo pensará, pero yo no. E Idun tampoco. — le miró como si mirara a su propio hijo. Porque algo así era para él. El joven chico trabajador de clase media que pasó a ser heredero a la corona de un día al otro. Aunque sea su puesto sería cedido al alguien honesto y luchador.

—Es imposible para Elsa. Debe guardarme mucho rencor. — Jack meditó. De hecho, lo venía haciendo desde que le llegó la carta del Rey. — Y no la culpo.

Adgar lo examinó. Elsa era tan impredecible que no se atrevía a saltar a una conclusión.


—No deberías haber comido con nosotros. — apuntó O'vidia. — El chofer siempre come en su propia morada.

Bernt arrojó el periódico en la mesa.

—Déjalo en paz. Apenas es su primer día y ya lo estás torturando.

—Espero para llevar a cada a Lady Viktoria. — aclaró Kristoff a la vieja amargada.

—Incluso entonces, Pattinson nunca comió con nosotros. Estás sacando ventaja de la ausencia de la Señora Hyring.

—Pensé que dijo que usted iría a la feria también, Señor Bernt. —el rubio ignoró a O'vidia.

—Bueno, sí. Pero Annkjell cayó enferma y le prometí que iría con ella.

—¿No podría haber ido solo? —O'vidia metió sus narices otra vez. Bernt deseó que se pinchara el dedo con su aguja de coser y caiga dormida por la eternidad como la Bella Durmiente. Sobre todo porque no tendría príncipe que la salvara.

—No. No podría.


—La pregunta es, ¿qué le digo a la Prima Viktoria?

—No te preocupes por eso, mi amigo. Puedo manejarla.— Adgar casi había vaciado su fina copa.

—¿En serio? — los labios de Adgar se frenaron a centímetros del vaso. Su madre estaba parada en la biblioteca cuando se suponía que debía ser retenida con Elsa para que pudiera charlar con Jack.

Jack se paró y miró con el mismo asombro, y espanto, que el Rey. La anciana los miraba como si lanzara cuchillos.

—Bueno si puedes, debes haberlo aprendido recientemente. — contraatacó Viktoria. No se sabía con cuál de los dos estaba más furiosa. Elsa apareció detrás de ella, con la exacta estupefacción que los otros dos. Moduló un tácito 'lo siento'.


—¡No te entiendo para nada, Adgar! — se quejó la anciana en cuanto pudo caminar fuera del Palacio, abrigada a más no poder. El coche la aguardaba.

—Mamá, no te enfades—

—¡Parecía alegrarte que Elsa fuera desheredara! —saltó pronto al coche.

—Hablas como si tuviésemos elección. — la posición de Adgar era tanto firme como molesta. Le estaba haciendo ver como el villano de la historia.

—Gracias, Bjorman. — tocó con el bastón el vidrio del conductor y arrancaron. Adgar solo pudo morderse la lengua. Le pidió a Carrder que avisara a las mujeres y a Jack que se iría a acostar, estaba cansado.


—¿Para cambiar las leyes necesitamos un proyecto de ley privado? — a decir verdad, ella no entendía nada de derechos y leyes, pero hasta eso le parecía paradójico. Elsa tocó el timbre de la biblioteca para que vinieran a buscar al Señor Frost.

—Pero solo sería aceptado si el Reino estuviese en peligro. Y no lo está. — Jack no se animaba a mirarla. Podría estallar contra él cuando Jack solo transportaba las noticias, la injusta realidad.

—Y no formo parte de todo esto. — bramó y sacudió los brazos con amargura.

—Al contrario, eres muy importante. — Jack habló despacio, por poco como si le doliera que ella no se diera cuenta. — Muy importante.

Elsa interpretó algo más en sus palabras. Su pulso se debió haber acelerado porque sintió un hormigueo en el cuerpo. Alguien abrió la puerta.

—¿Llamó, Alteza?

—Sí, Carrder. El Señor Frost ya se va. ¿Sabes dónde está su Majestad el Rey?

—Se fue a la cama, Alteza. Se sintió cansado después de llevar a la Gran Duquesa al coche.

—Apuesto a que sí. —retorció sus guantes blancos. Jack no pudo evitar sentirse culpable por haber venido luego de la visita de Viktoria a hablar con el Rey. — Gracias, Carrder. Puede retirarse.

—Lo siento, me gustaría poder decir algo que ayudara, Elsa. — caminó tambaleándose hacia ella, cerca de la chimenea encendida.

—No hay nada. Pero no debes dejar que te preocupe.

me preocupa. — se apresuró en aclarar. Cielo y mar… —Me preocupa mucho.

Elsa alzó las cejas.

—Ese será mi premio consuelo. — se acercó y le tendió la mano. — Buenas noches, Primo Jackson.

El cielo se alejó del mar.

—Buenas noches.

Era extraño, pero Elsa podía sentir la suavidad de su piel a pesar de los guantes. ¿O se la imaginó? Un toque ligero pero prolongado. Elsa le dio una ojeada casi por un momento pausado, y apartó la mano. La de Jack permaneció en el aire unos segundos y la bajó moviéndola incómodamente.

Juró que pudo ver algo dulce, dolido, tras esos ojos fríos y celestes. La chica, no obstante, era una experta en el arte de esconder y cubrirse con una dura coraza intocable como ella misma. Y eso le desconcertaba a Jack, que se siguiera escondiendo. Caminó al lado suyo y se retiró sin decir o hacer más. Elsa captó el aroma al pasar, pino y canela. Resopló y salió por la otra puerta espantando cualquier reflexión referida al pino, la canela o el océano.

—Lamento haberte mantenido despierto tan tarde, Carrder ¿Lady Viktoria llegó bien? — Jack tomó su sombrero que le tendía el mayordomo. En seguida los guantes y el saco.

—"Bien" es una palabra optimista, señor. — dijo el hombre de piedra. El castaño usualmente se sentía extraño al estar cerca de él. No bienvenido, quizás.

—Es muy difícil, Carrder. — le miró consternado. El mayordomo se volteó tomándose su tiempo, suponiendo a lo que se refería el heredero. — Para ella, para la Princesa Elsa, para todos.

—Así es, Señor Frost. Pero le agradezco que lo diga. — por primera vez había una nota de color en su voz que no era color gris. Podría ser un tono pardo, o un gris más claro.

Jack le sonrió, apretando los labios. Empezó a sentirse valorado por alguien aparte la familia real. Una parte de la familia, en todo caso. Tenía ganas de llegar a su casa y pintar.


NOTA DE LA AUTORA:

¡Hola a todos! Sé que no he respondido a los comentarios, en la mayoría no me deja ¬¬ Pero quiero que sepan que leo y aprecio cada review.

Hay tanta gente culta comentando que me pone muy contenta saber que se fijaron en esta historia y que aportan sus conocimiento. ¡Que vivan los dramas históricos! Ahno xD

Espero que les esté gustando la historia. Yo disfruto mucho escribiéndola y viendo sus reacciones.

Nos vemos pronto y no se olviden de dejar una review, seguir la historia para más y favearla si es que les gustó.

¡Saludos!