Hermione se despertó a la mañana siguiente con una sensación de resfriado. La nariz taponada, los oídos taponados, la cabeza taponada… en fin, todo taponado.

Las chicas ya se habían levantado, y le habían dejado una simpática nota en su cepillo del pelo: "anímate" le habían escrito. Hermione sonrió y, con su varita, se recogió un moño en lo alto de su cabeza. Tiró con la varita de dos mechones (al más puro estilo peluquero, con la punta del peine), uno a cada lado de sus orejas, y los dejó caer desordenadamente sobre sus hombros. Con una sonrisa, ya mejor, se vistió con su falda corta del uniforme (no tan corta como la de Ginny, pero no tan larga como para parecer una vieja), una blusa, un jersey y su corbata.

Al bajar al Gran comedor, Ginny y Harry estaban sentados alrededor de un artilugio que le habían enviado a alguien de la mesa. Hermione se dirigió distraídamente hacia ellos, observando todas las mesas del gran comedor.

-Y cuando le aprietas de la cola, suelta un humo que… -se escuchaba de fondo a Seamus, quien explicaba con todo detalle los usos de su nuevo objeto-.

Al otro lado del comedor, un chico rubio observaba con nerviosismo la mesa de los leones.

-Draco, ¿otra vez observando a la chica esa? No deberías de perder el tiempo en Gryffindor, sean o no sangres sucias son enemigas, y no merecen la pena.

-Ya, eso lo estás diciendo tú, Pansy, pero creo recordar haber visto a alguien muy guapa, rubia, con ojos claros y cuerpo esbelto y elegante –la describió, intentando tenderle una trampa-…

-Yo, sin duda –dijo la rubia con orgullo-.

-¡Ah! ¡Entonces te vi a ti anoche mientras hablabas con Weasley! Un traidor a la sangre. Qué más da vecino que hijo de vecino–Dijo el rubio, contento de haberla pillado por sorpresa-.

-¡Pe-pero yo…! ¡Draco! ¡No me hagas trampa, a mi no! –le replicó, gritando infantilmente-.

-Tranquila, no se lo diré a nadie. Todos saben que Weasley es muy bueno haciendo encantamientos y hechizos (aunque luego transforme a su rata en una copa peluda y cosas por el estilo), y me parece muy bien que te ayude. Siempre que no lo dejes salir a la luz –le dijo, no sabía bien si como advertencia o como consejo–.

-¿Lo oíste todo?

-Pues claro, iba de camino al dormitorio, antes de que cerraran la biblioteca, y os escuché a ti y al comadreja. ¿Sabes? – le picó un poco mas el ojigris- creo que le gustas un poco al pelirrojo… ¿no será que a ti también te gusta?

-Ni hablar, es estrictamente profesional, y acepté solo porque es un caso desesperado y tu eres un chico ocupado –replicó la ojiazul indignadísima-. ¿Y tú con la Granger? ¿Que me dices de eso? ¿Acaso no sabes que se te ve el plumero?

Draco ignoraba completamente a Pansy, mientras buscaba con la mirada algún indicio de que la ojimiel hubiera llegado al gran comedor. Aquella mañana Millicent no estaba allí para reprenderle también por su comportamiento con respecto a la mesa de los alumnos de Gryffindor. A pesar de lo complicado que era localizar a alguien del otro lado del comedor con las mesas de Ravenclaw y Hufflepuff entre ellos, Draco siempre se las ingeniaba para localizar a los alumnos de séptimo.

"–Ya ha llegado –se dijo, observándola sentarse en su sitio de costumbre–. No se está cuidando nada, claro está, simplemente se dedica a comer cosas dulces y porquerías. Ahí va un buen trozo de bacon –se lamentó–. Va a ensuciarse sus preciosos dedos. Espera –se detuvo–. ¿Sus dedos? En serio, ¿No podría haberme fijado en otra cosa para elegir ese adjetivo? No sé, tal vez sus labios o sus ojos. Si, sus ojos están bien, de color marrón y muy cálidos… y, ¿me está mirando?"

Efectivamente, Hermione estaba observando a Malfoy. El chico, al percatarse, dio un pequeño sobresalto y volvió la cara a Pansy, que le regañaba por no prestarle atención. Hermione se quedó pensativa, no esperaba que el chico la estuviera observando, y mucho menos que se quedara embobado. Rió por lo bajo ante la reacción tan infantil de su compañero prefecto, pero se le ocurrió algo que podría solucionar muchas cosas, algo tan simple y evidente que ninguno de los dos lo había pensado hasta ese momento. Ella terminó rápidamente de desayunar, cogió una tostada con mermelada y con el pan aún en la boca, se despidió de sus amigos y salió al vestíbulo.

Allí estaba, Draco Malfoy seguido de Pansy Parkinson y rápidamente abordado por Millicent Bulstrode y Crabbe y Goyle.

–Malfoy –dijo, pero al ver que no contestaba, exclamó – ¡Malfoy!

Hermione Granger corría hacia el grupo de séptimo de la casa Slytherin, mientras se sujetaba el vientre con una punzada en el costado de correr. Draco y sus compañeros se quedaron quietos, observándola llegar.

-¿Que quieres tu ahora, Granger? –Dijo Bulstrode con un tono de superioridad-. ¿Acaso no te han dicho que a la gente que está por encima de ti se le trata con respeto?

-Malfoy –dijo, ignorando olímpicamente a la morena-. Tenemos una reunión de prefectos, ahora mismo, en el quinto piso.

-¿En el quinto piso? –preguntó, extrañado-. Curioso lugar para una reunión.

-Si, en el despacho de McGonagall… -improvisó ella-.

-¿McGonagall? –Preguntó volviendo a repetir por segunda vez el final de cada frase de la castaña-. ¿No tenemos las reuniones con…? Ah, claro, es la subdirectora, ya se me había olvidado… -se lamentó. Aun sabiendo que era una reunión de prefectos y que, en cualquier otra situación, la chica no se le hubiera acercado, no pudo evitar sentir un nerviosismo recorriéndole la espina dorsal-. Chicos, decidle a Sprout que no iré hoy a su clase, por favor.

-Claro, Draco… dijo Pansy-. No te preocupes, nosotros se lo diremos.

Hermione cogió a Malfoy de la capa y le arrastró unos pasillos más arriba. Al llegar al cuarto piso, se detuvo.

-Pero, Granger, ¿no me dijiste que la reunión era en el quinto piso?

-Mentí –dijo con gracia-. Obviamente, La profesora McGonagall nunca dejaría que el rumor corriese sin estar segura de que todos sus prefectos fueran a asistir. Claro que no nos ha convocado McGonagall, pero, ¿Qué excusa querías que pusiera para llamar al príncipe de las serpientes sin ser avasallada por todo su cutre-sequito?

-¿Entonces, que es lo que quieres, Granger? Voy a perder la clase de herbología por tu culpa.

–Quiero hablar… sobe lo que ocurrió anoche –dijo Hermione algo tímida-. Quiero decir… que me besaste.

-¿Que te bese? –dijo el rubio sorprendido-. Perdona, pero no fui yo el único que se acercó. ¡Tú también te acercaste!

-¡Bueno! Bueno, tú me has entendido, ¿no? –replicó ella-. Quiero decir, que lo que ocurrió anoche, es decir… tú te fuiste corriendo –dijo, preocupada-.

-Si, yo… me entró el pánico, no quería otro puñetazo más –mintió el rubio. Si por el hubiera sido, se habría quedado allí el resto de su vida. O por lo menos el resto de aquella noche-.

-Entonces, ¿no te arrepientes de lo que pasó? –Preguntó la chica-.

-¡A-ah!... –malentendió el ojigris, algo triste. ¿es que ella sí se arrepentía de lo ocurrido?-. Ah, bueno, si, lo mejor que podríamos hacer sería olvidar…

-…olvidar el asunto –dijo Hermione, también malinterpretando al chico con la cabeza gacha-. Claro, por supuesto. Yo estoy embarazada, ¿Qué podría pasar si…? Es igual, déjalo –le pidió–. Entonces, ya no tenemos más que… más que hablar.

-Exacto si, eh… -El Slytherin no sabía que más decir. ¿Tanto deseaba que no se olvidaran de aquel asunto? ¿Y por qué sentía esas punzadas junto a su pecho?-.

-Si, claro, y yo me iré a… a la biblioteca, o…

Ninguno de los dos terminó la frase y se fue cada uno al sitio donde debían estar, ambos con el pensamiento de un "podría haber sido". Hermione bajó al comedor, donde se sentó con sus libros a leer un poco sobre runas contemporáneas de oriente medio y sus derivados. Allí la encontró Ginny.

-¡Hermione! Hija por fin te encuentro, te he estado buscando a la hora del desayuno pero cuando he mirado para mi lado ya no est… ¿qué te pasa? –Preguntó la pelirroja, mirando a su amiga con preocupación-.

-No me pasa nada –sollozó Hermione. Se secó un poco las lágrimas con la manga del jersey-. Es solo que… anoche Draco Malfoy me besó.

-¡¿Que te beso?! Por Morgana, ¿porque no me lo dijiste nada más llegar? –exclamó en voz baja, mientras Hermione pensaba en lo ridícula que se veía por ello-.

-Estabas dormida, y me pediste que mejor te lo contara al día siguiente, y yo no quise insistir… pero Ginny –dijo con tristeza-, El y yo somos muy distintos y solo fue un beso… y yo estoy embarazada, ¿Qué iba a hacer él con el hijo bastardo de su amante sangre sucia? No puedo preguntarle nada al señor Allen porque, maldita sea, Ginny, ¡me da terror acercarme a él!

-Pero Hermione –dijo, mientras intentaba consolar a su amiga-, no puedes intentar abarcar todo eso tu sola. Tú sabes que Malfoy te gusta, pero también sabes que eso no tiene por qué durar siempre. Y sobre lo del padre de… -vaciló-. Bueno, de eso nos preocuparemos más adelante. Puedes ir a decírselo a Dumbledore, ¿no? Tampoco puede pasar nada… no creo que le moleste mucho.

-¿Pero como no le va a molestar, Gin? Es un profesor, ¡un profesor recomendado por otro profesor! ¡Llegaría a manos del profesor Snape! ¿Como no quieres que le importe? Podría meterme en un buen lío por acusarle sin pruebas y, además, sin ningún tipo de respaldo –le explicó la chica-.

-Hermione, ¿quieres que hable yo con el profesor?

-¿Harías eso por mí? –preguntó, ahora más animada-.

-Claro que sí, le prometí al profesor Dumbledore que cuidaría de ti, ¿no? Y yo puedo hablar con él como la que no quiere la cosa, disimuladamente.

-Gracias, Ginny, tu eres una amiga de verdad… -dijo, abrazándola-. Solo espero que a ti te haga mas caso.

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-Bien, ¿lista para tu primera clase? –dijo el ojiazul mirando a la rubia mientras entraba al aula vacía-.

-Pues si, Weasley, estoy lista, pero no quiero que pienses nada extraño –le aclaró-. Quiero volver a recordarte –comentó toqueteándose la melena- que yo soy superior en belleza y clase, y que nunca podremos ser más que… en fin, que esto –dijo levantando los brazos señalando al aula vacía-. Así que no te hagas ilusiones, Weasley.

-Si hemos venido para hacer encantamientos, ¿que es lo que pretendes con ponerte en posición impertinente, que no te ayude a aprobar? Porque yo solo lo hago por ayudarte, Parkinson –dijo el pelirrojo, sin alterarse-.

-E-eh… bueno, empecemos, quiero que me enseñes todos estos encantamientos –dijo la rubia pasándole un pergamino con una lista e ignorando aquella contestación-.

Estuvieron practicando hechizos varias horas, con resultados completamente imprevistos y divertidos, tanto que Ron tuvo que conjurar varios cojines y almohadones para posibles "caídas" en pos de esquivar objetos que volaban o explotaban. Estuvieron practicando durante al menos una hora antes del primer descanso, en el que Ron se había preocupado por traer unos sándwiches de pavo, y luego una hora más, hasta que a las doce en punto Pansy y sus pies dijeron "basta". Se sentó en un banco cercano a la mesa del profesor, y Ron hizo lo propio apoyado en la mesa, con la frente sudada pero muy contento por los breves progresos de Pansy-.

-No puedo más, Weasley… ¿podemos descansar un poco? –pidió–.

-Si, por supuesto… ¿quieres cerveza de mantequilla? –le ofreció el chico, sacándola de su mochila. A ella se le encendieron los ojos de pura sed–.

-Si, claro –aceptó la muchacha. Ron le pasó una botella que sacó de su morral verde y ambos bebieron un largo trago-.

-Dime, Parkinson… ¿tan poca confianza tienes en lo que sepan tus amigos de encantamientos, que te ves en un apuro como este? –Le preguntó el chico-. Ha debido de ser realmente preocupante para que acudas a un Gryffindor.

-Mis amigos no tienen encantamientos porque piensan que es una asignatura estúpida, pero yo pienso que es una asignatura muy interesante que seguro que me puede venir bien en la vida- le explicó ella-. Todo el mundo necesita saber encantamientos en la ida cotidiana, pero no todos tienen la necesidad de transformar caracoles en dedales o cosas por el estilo.

-Entonces, no entiendo porque se te da tan… -Al notar la mirada asesina de la Slytherin, se corrigió-, bueno, no quería decir que se te de mal, es solo que necesitas practicar.

-No, Weasley, soy horrible en Encantamientos. Y en lo demás tampoco destaco en nada… solo voy a ser una mas del montón, una vez más-dijo triste. Tomó otro sorbo de cerveza y miró a los ojos al pelirrojo-. ¿Tu que opinas, pelirrojo? ¿Que crees que va a pasar con tu vida después del colegio?

-¿Mi vida? –preguntó sorprendido-. Ahora mismo me preocupa mucho más la tuya. Lo de que no destacas en nada no es verdad. Tienes muchas cualidades, seguro. Se te da bien Transformaciones…

-Pero no tan bien como a Granger.

-Se te da muy bien herbología…

-No tanto como a Longbottom.

-Y tienes buena mano en pociones…

-Pero recibo mucha ayuda de Draco, el me salva de muchos apuros. ¿Lo ves, pelirrojo? –preguntó triste-.

-¿Lo ves tú, Pansy? –Preguntó Ron entonces, de repente-. ¿Acaso no te das cuenta de que no paras de compararte con la gente, sin pensar en tu propia felicidad? Sé que tus padres pueden comprar tus notas, porque sé que eres de una familia importante en el mundo mágico y todas esas cosas –comentó, restándole importancia con un gesto de su mano–, pero aun así quieres dar Encantamientos porque te gusta, y aprobarla por tus propios medios. ¿Pero, quieres aprobarla para que los demás vean que puedes hacerlo? –Preguntó, como si la simple idea fuera absurda-.

-Pues… pues si –admitió la rubia-.

- ¿De veras? –Se sorprendió el chico-. Escucha, Parkinson, puede que no seas mejor que toda esa gente que me has dicho en algunas cosas, pero eres muy buena en otras. Por ejemplo, en Encantamientos.

-No digas bobadas, si estoy aquí contigo es porque…

-Porque no tienes suficiente confianza en ti misma –terminó Ron la frase-. Solo fallas en Encantamientos porque crees que es lo que todos esperan que hagas. Porque crees que no puedes conseguirlo… ¡pero si que puedes! Tienes que ser fuerte y –añadió cogiéndola de las manos- seguir haciendo todo lo que esté en tus manos para demostrarles que Pansy Parkinson no es solo una familia rica y una cara bonita.

-¿De verdad piensas eso de mí, pelirrojo? –preguntó la chica, notando como se estaba emocionando-.

-Pues claro –sonrió él.

Pansy no pudo evitar la tentación de darle un fuerte abrazo, que él devolvió con mucho gusto. Sentía sus fuertes brazos estrechados contra su cuerpo y su olor a eucalipto, como estar en un día de campo, y como su cabeza se apoyaba contra la suya propia, haciéndole cosquillas en la cara con su lacio pelo. Al separarse, el chico seguía teniendo esa radiante sonrisa como el sol. Era agradable, dulce y considerado, y pensaba que ella era especial. Eso para ella era suficiente, aunque fuera un Gryffindor. Se sentía sola, y nadie en su grupo de amigos se había preocupado tanto por ayudarla, comprenderla y atenderla como había hecho ese completo desconocido con el que se metía tan a menudo por su condición y su pobreza. Pansy se fue acercando poco a poco a él, temiendo un posible rechazo que no llegó a manifestarse, y se besaron. Acariciando sus cabellos, rodeando su cintura, Ron sintió en su pecho algo arder, mientras que Pansy, que notaba las grandes y cálidas manos del chico rodear su pequeña cintura, se sentía como la mujer más libre del mundo.

Pero podría ser que esa libertad se desvaneciera tal y como había llegado.