Cuando estuvieron todos sentados en sus sitios, el profesor Binns comenzó la clase de Historia. Éstas siempre eran monótonas y aburridas. Varias personas comenzaron a cabecear antes de apoyarse en la mesa y cerrar los ojos. Hermione atendió, simplemente por pura distracción. Sospechaba que algo extraño pasaba por la mente de aquellos dos chicos, Malfoy y Zabini. ¿Qué tramarían aquellas malignas conciencias? Nada bueno, se dijo. Ellos nunca podrían hacer nada honrado o amable por mera satisfacción personal. Si desde la tarde pasada la trataban bien, quería decir que buscaban algo de ella, pero Hermione no acertaba a descubrir qué.

Cambió de postura, y se apoyó en su codo izquierdo. Así tenía visión del resto de la clase. Nadie estaba pendiente del profesor. Alguno, incluso, estaban ya casi roncando en sus pupitres. Harry y Ron hablaban en voz baja en la fila de atrás, Parvati y Lavender murmuraban algo mientras reían y otros más miraban por las ventanas o se dedicaban a contar las manchas del techo.

-¿Señorita Granger?-repitió el profesor Binns, molesto.

La chica se irguió y manoseó sus apuntes torpemente. Varias miradas se fijaron en ella.

-Perdone, profesor Binns, no estaba atendiendo-admitió y bajó la cabeza avergonzada, con un leve rubor en sus mejillas.

-Que no vuelva a pasar, señorita. Me decepciona ver que no está prestando atención en mis clases. Eso puede influir en sus notas.

Ella asintió y miró hacia delante. Era la primera vez que alejaba sus pensamientos de la clase y no atendía, y la mala suerte había hecho que el profesor prestara atención a una alumna por primera vez en su vida. Se convenció a sí misma de que no iba a volver a pensar en Malfoy o Zabini.

Durante la hora, intentó apartarlos de su mente, en vano esfuerzo. Pero al menos, el profesor pareció satisfecho cuando le hizo una pregunta y ella supo responder correctamente-porque el libro ya lo había leído, no por haber atendido-.

Después de una aburrida clase de Biología con el torpe profesor Rubeus Hagrid, y una lamentable actuación-como siempre- en química frente a Snape, el timbre sonó en los pasillos del instituto, y las puertas de las clases se abrieron con gran estruendo.

-Señorita Granger-la llamó Snape. Ella se dio la vuelta y esperó pacientemente a que el hombre sentenciara su veredicto-. Hoy ha hecho un terrible trabajo, para variar. Me veo obligado a advertir de ello a la subdirectora de la institución, y tenerla hoy una hora en retención, esta tarde-esbozó una patética sonrisa de venganza.

Los ánimos de la chica cayeron como plomo al suelo. Cada día se autoconvencía de que la misión de Snape en ese mundo era fastidiarle la existencia a ella. Dijo algo inaudible como asentimiento y se dirigió al patio, donde sus compañeros ya estaban descansando de las fatigosas clases. Se sentó junto a Ginny bajo un techo que proporcionaba sombra. La pelirroja la miró extrañada al ver su semblante sombrío.

-Herms, ¿qué ocurrió?-su voz estaba teñida de preocupación.

-Nada. Sólo que el maldito de Snape me ha castigado esta tarde.

La chica farfulló algo, dándole la razón.

-Deberían despedir a ese desgraciado. Da asco-arrugó la nariz y sacó la lengua-. Y encima, hoy es jueves...

-Da igual el día, Ginny. Es mejor no estar castigada, y punto-replicó molesta.

-Pero hoy ponen "Amor fugado"-suspiró, fantaseando.

Hermione puso los ojos en blanco. La chica hablaba de un culebrón muy exitoso, que emitían los jueves. Gran parte de las chicas del instituto sólo sabían hablar de eso. Ella no veía la serie ni nada parecido; los culebrones le parecían intentos patéticos de ganar dinero. La miró, y sonrió al ver que estaba pensando en el protagonista, un joven bastante apetecible, mientras las babas empezaban a caer por las comisuras de su boca.

-Ginny-rió-. Deberías verte. Te encuentras patéticamente estúpida con esa sonrisa de tonta, esa carita de cordero degollado y la baba cayéndote.

-Pero Herms, deberías verlo-suplicó.

Ella no contestó. Miró a Ginny por un momento y después desvió su mirada al centro del patio. Casi todos los alumnos aprovechaban ese momento para tumbarse al sol-o a la sombra, como ellas-, mientras que algunos preferían jugar un partido de fútbol o baloncesto. Ahora, los alumnos de su mismo curso disputaban un partido de balompié con los de cuarto.

Los ojos marrones de la chica se posaron inmediatamente en Draco Malfoy, quien llevaba su camisa blanca abierta parcialmente, dejando ver un pecho fibroso y de color pálido, pero perfecto para cobijarse en él. Y encima, ahora, cuando estaba tan desaliñado, con su rubio cabello cayendo sobre su frente, Hermione lo encontraba más irresistible que nunca. (N/a: babas y quien no se lo comería? Yo lo violaría en una esquina xD alguien se apunta?)

¿Qué demonios...? La castaña agitó la cabeza preocupada por aquel pensamiento. Sí, era verdad, Draco Malfoy estaba realmente bien...muy bien... ¡era la octava maravilla! ¡No, Dios! ¿Cómo podía ella pensar eso de él? Draco Malfoy, junto a Blaise Zabini, eran lo peor que le había podido suceder en la vida. La habían humillado y tratado de forma despreciable.

Aunque ahora en su mente pululaba la misma pregunta: ¿Qué estaba ocurriendo ahora con aquellos dos chicos de mentes perversas? Ayer, Zabini la había ayudado a recoger todo el material que había caído al suelo. Y hoy, la llevaban al instituto en su coche, donde nunca antes la habrían dejado pasar, por considerarla una plebeya.

Apartó la vista del rubio y la fijó en el moreno. Éste también era un fenómeno antinatural de la perfección. Era tan alto como Draco Malfoy, y aunque su piel era igualmente cetrina, sus cabellos eran negros, con reflejos azulados y sus ojos claros, de un azul eléctrico intenso. (N/s: diosss que tioss - yo quiero un novio así...menos mal que soñar es gratis, verdad?) ¿Quién no podía resistir aquella mirada? Los dos amigos tenían una constitución atlética, pero a primera vista parecían simples y delgaduchos, incluso.

Hermione, en su antiguo colegio, no había sido capaz de reconocer que los dos eran dioses. Era plenamente consciente de que más de la mitad del curso había pasado la noche con alguno de los dos, y se consideraban a sí mismo los reyes del sexo. Ahora, sin embargo, podía ver claramente el motivo por el cual hasta sus amigas se sentían atraídas por ellos.

¿Qué estoy pensando? Se dijo. ¿Reconozco que hasta a mí me gustan? Miró a Ginny de nuevo.

-Ginny, ¿qué piensas de Malfoy y Zabini?-inquirió.