― No puedo creerlo.

La voz de Iwaizumi fue como despertarse con una patada en los huevos.

Se sentó con rapidez y tuvo que tomarse un minuto para que sus ojos y su cuerpo se acostumbraran. Pero bastó menos de un minuto para que su mejor amigo se largara de la habitación.

Al echar un vistazo a su alrededor, se le cerró la garganta de angustia. Por un instante, salió de su cuerpo y se halló en la entrada, mirando lo que vio Iwaizumi al entrar. La ropa y la almohada estaban desparramadas por todo el suelo cercano al colchón. Kuroo y Oikawa estaban desnudos, abrazados, bajo las sábanas que apenas cubrían sus cinturas. Y era justo lo que parecía.

A su lado, el gato se sentó junto a él y se frotó la cara.

― ¿Ese era tu Iwa-chan?

Tu Iwa-chan. Ay, Kuroo.

Toda la tristeza se transformó en furia. No hacia el gato, él no hizo nada malo. Hacia Iwaizumi. No tenía el derecho de estar enojado, como tampoco tenía el derecho de irse sin reclamar por él. Se acostó de nuevo, con la vista fija en el techo.

― Sí, era Iwa-chan.

― Creo que tuve que preguntar esto antes, antes como... como ayer a la noche ―de reojo vio a Kuroo frotarse la nuca y era bueno, porque él contagiaba calma, por más que estuviera muy lejos de calmarse―. Ustedes no están en "algo", ¿Cierto? No me gustaría meterme en una relación que...

― No tenemos nada ―le cortó Oikawa.

Sólo dos idiotas enamorados cometiendo idioteces sin fin. Eso no contaba como una relación, ¿Verdad?

― Está bien ―asintió el gato y se recostó sobre Oikawa―. Entonces no dejes que te afecte.

Era fácil decirlo.

Pero a veces Kuroo hacía todo más sencillo. Él dijo algo sobre su cabello despeinado y Oikawa no tuvo más opción que defender su hermoso cabello y atacarlo, porque claro, el cabello del gato siempre se ve igual y no podía saber lo difícil que era mantenerse bonito todo el tiempo.

― Nunca dije que no fueras bonito ―se rió con esa risa tonta que tenía él.

Oikawa quería pegarle, pero se encontraba en desventaja debajo de él. E igual lo intentó. Olvidó el altercado con Iwaizumi con una boba lucha libre en el colchón de porquería, una pelea en honor a su cabello. Quedó en un empate porque Kuroo no aceptaba que había perdido.

― No cuenta como lucha si me seduces en la mitad ―alegaba él.

Porque, como no podía ganar por su posición, comenzó a darle besos hasta que logró estar encima de él e inmovilizarlo. Eso era ganar limpiamente. Kuroo no pensaba lo mismo.

― Por supuesto que sí. Las luchas no se ganan sólo con violencia ―declaró.

Eran las ocho de la mañana y ninguno podía seguir durmiendo. Oikawa se sentía exhausto, pero no había manera de que el sueño regresara. Tampoco quería seguir en el colchón con Kuroo. Era muy agradable y todo, pero había una culpa que, aunque se manifestara como tristeza o furia, no perdía su condición de culpa.

― Tú ve a desayunar ―le dijo a Kuroo―. Yo voy a buscar ropa limpia y te alcanzo.

El gato no se molestó en contestar, torció el gesto.

― ¿Qué?

― Nada. Ve a buscar tu ropa limpia, princesa ―se burló.

― Que seas un sucio no significa que yo lo sea ―lo empujó jugando mientras bajaban al pasillo y el gato casi tropieza los últimos dos escalones.

― Eso no me pareció anoche.

Se alejó riendo antes de que Oikawa pudiera contestarle. De todas formas, no se le ocurrió nada ingenioso para responder. Entró en el cuarto del pasillo donde guardaban la ropa, las cajas con las provisiones y las armas, pero se quedó congelado en el umbral al ver a Iwaizumi con la misma intención que él. Uh. Esto era incómodo. Muy incómodo.

― Iwa-chan...

Avanzó un paso, inseguro. No tenía la menor idea de qué decir, pero algo debía decirse.

― Vete ―gruñó él, con los ojos clavados en una camiseta que había escogido al azar.

― Vine a buscar ropa ―respondió con torpeza, dando otro paso con cuidado, como si estuviera pisando en un campo minado.

― Ven en otro momento.

― Iwa-chan ―insistió.

Él levantó la vista, pero la corrió en seguida. Se agachó y rebuscó algo en la caja de accesorios que había junto al perchero. Le lanzó un espejo de mano.

― No puedo ni mirarte. Vete.

Su voz era dura como una piedra y lo hacía sentir peor. Se miró al espejo y comprendió a qué se refería Iwaizumi. Mierda. Tenía el cuello lleno de los chupetones de Kuroo. Eran muy visibles y quiso arrepentirse por ellos, pero era testarudo y no quería arrepentirse. Se plantó en su opinión, ni muy convincente ni muy errada.

― No puedes reclamarme nada ―levantó la voz, tratando de alcanzar la seriedad de piedra que tenían las palabras de Iwaizumi―. Tú eras el que no quería tener nada conmigo.

Entró al cuarto y se plantó en el perchero. Podía hacerlo si quería. Era el perchero de todos. Buscó alguna camiseta interesante, con suerte alguien habría lavado la de Star Wars.

― ¡Yo nunca dije que no quería! Y tú lo sabes bien, pero te importó una mierda cuando...

― No puedes reclamarme nada si no somos nada ―reiteró.

Encontró una con la estampa de una película que estaba de moda hace unos años. No era mala, tampoco buena; como sus ánimos, como casi todas las camisetas allí, como todo en el maldito escondite.

― ¿Sabes qué es lo que más me molesta? ―soltó Iwaizumi―. Yo estuve pensando toda la noche en lo que pasó y volví para hacer las paces y disculparme por gritarte. Y todo ese tiempo, tú estuviste revolcándote con Kuroo.

― Sí. ¿Y qué?

― ¿Y qué? Vete a la mierda, Oikawa.

Iwaizumi pasó a su lado y salió. Oikawa miró la camiseta que había escogido durante un largo rato. Se dio cuenta que el estampado era feo. La tiró al suelo, tomó las dos primeras prendas que vio y un abrigo sencillo. Se cambió allí mismo, reparando en que la camiseta era muy grande y los jeans estaban rotos en las rodillas a propósito, y los odiaba. Pero ya no tenía importancia.

Quiso sentarse y ahogar su muerto corazón en café, pero a la vida le gustaba verlo sufrir. Oh, no bastaba con meterse en una revolución en la que no quería estar, hacerse amigos que no quería hacer, ganar el odio de la única persona que amaba con locura, no, por supuesto que no basta con comer todas las semanas comida enlatada y ver ocasionalmente cadáveres; ahora tenía que convivir con la personas que más detestaba en su vida y, para colmo, compartir la mesa del desayuno con él.

No puedo con esto.

Tendou estaba sentado en su lugar de siempre. Su llameante cabello parecía ser más luminoso que la luz tenue de la habitación. Tenía el brazo lleno de vendas blancas y rojas, no el rojo intenso de su cabello, sino uno más propio de la oscuridad. Ushiwaka estaba al lado, impasible con su monótona y fría cara, irritante en su superioridad silenciosa, en su falta de vida viviente. Se dio cuenta, como una realización de fondo, que lo odiaba mucho más que a Kageyama Tobio. En frente de ellos dos, Kuroo, Bokuto y Akaashi conversaban tranquilamente. Iwaizumi no formaba parte, pero no le sorprendió. Y quién sabe dónde estaban metidos los padres de los cuervos de Karasuno. Menos no le podía interesar.

No podía desayunar aquí. No podía desayunar. No podía. No.

― Buenos días ―sonrió de oreja a oreja, como si fuera el día más feliz de su miserable existencia.

― ¡Buenos días, Oikawa-chan! ―saludó el búho.

― Buenos días ―asintió Akaashi.

Por supuesto que no eran buenos días. Su sonrisa no flaqueó. Apoyó una mano en el hombro de Kuroo y lo miró, miró la puerta, lo miró y volvió a señalar la puerta con los ojos. Pensó que el gato era muy tonto como para entender, porque siguió tomando su café, pero antes de que pudiera insistir, él se estaba levantando.

― Tengo trabajo ―anunció― y me llevo a Oikawa para que lo haga ―bromeó.

― No seas flojo ―le recriminó Akaashi.

― ¡Tengan cuidado! ―les advirtió Bokuto―. Oikawa e Iwaizumi todavía son buscados.

― Puedo con eso, Bokuto ―le aseguró Kuroo.

...

En resumen: Kuroo finge tener trabajo o su trabajo consta en dar vueltas y hacer reportes de la ciudad. Probablemente un trabajo inventado para pirarse. Oikawa tuvo que acompañarlo por lo que dividió en fragmentos de día. Porque si bien la mañana empezó con el pie izquierdo, las cosas pueden mejorar en el transcurso del día. Luego de dar vueltas y comer más bazofia en la calle, le restaban sólo 7 horas de las 24. Aquel día sólo fue de mal en peor, de peor en terrible y de terrible en revelaciones de vital importancia.

Reporte de Oikawa Tooru para el escondite, nunca entregado. Fragmentos registrados desde las 5:00 PM hasta las 00:00 AM. Acceso exclusivo únicamente para sí mismo.

Sumario:

I – El subterráneo.

II – Kuroo.

III – La policía.

IV – La nada.

V – Las estrellas.

Fragmento I: El subterráneo.

Lo he pensado siempre. Los subterráneos son, hoy en día, el transporte más práctico, por más que no sea mi favorito. Sin embargo, cuando uno habla de ellos, se refiere a los nuevos subterráneos. Aquellos que se construyeron con mejor tecnología, con túneles más amplios y con más luces. Los subterráneos bonitos. Nadie menciona los subterráneos viejos, porque nada bueno hay en ellos. Se dice que es lugar de transacciones de drogas, de contratación de sicarios, prostitución y todas las ilegalidades juntas y por haber. Por eso, cuando Kuroo me dijo que iríamos al subterráneo, supuse que serían los nuevos.

La estación del subterráneo viejo de Tokyo es tal como dicen las malas lenguas. Las luces son peores que las del escondite, el aire es distinto; por más que sea el mismo aire y no huela muy diferente al del exterior, es distinto (y culpo al pequeño claustrofóbico que tengo dentro). Todo está sucio, o roto, o sucio y roto. Las paredes, el suelo, los carteles, todo. Si me tuviera que guiar por los carteles, es lo mismo si estuviera en Tokyo que en Rusia. Pensé en Rusia porque, (al menos supongo el por qué) Kuroo me estuvo hablando todo el viaje sobre un compañero suyo y de Kenma quien sospecha que ellos están involucrados en algo "raro". Entonces suspira y me dice que, la peor parte es que más que denunciarlos le gustaría meterse, incluso si no sabe en lo que se está metiendo. Y por la manera en que lo dice, suena a un dolor de culo. Cuando se lo mencioné, negó con la cabeza, pero sinceramente no supe si fue porque en realidad no le cae mal o porque ya no sabe qué hacer con él. Asumí que eran las dos y listo.

― ¿Por qué estamos aquí? ―finalmente le pregunté y vaya a saber uno por qué lo hice susurrando. Era el ambiente de película de terror. Mis sentidos estaban alerta y nada de lo que veía me gustaba.

A parte de los carteles, suelo y paredes en mal estado, y los vidrios y la basura en las vías, había otras cosas en la estación del subterráneo. Había un puesto de diarios y revistas viejo sin vendedor, ni diarios, ni revistas, ni nada en absoluto. Estaba abierto, vacío y lleno de grafitis. Al final de la estación, un grupo de tres personas (por la apariencia, deberían ser jóvenes) estaban sentados al lado de la vía. Uno balanceaba las piernas hacia ellas y, dios mío, qué peligro, ¿Y si pasaba el subterráneo? Tenían ropa de pocos colores que hacían juego con el sitio, que no entiendo cómo no se vino abajo en todos estos años.

― Oikawa...

Kuroo se detuvo al pie de la escalera, así que hice lo mismo, pero me moví de lado para quedar a su izquierda. No me gusta hablarle a la gente de costado, como tampoco quería darles la espalda a esos chicos, que en realidad no podía ver bien si eran chicos o no porque estaban lejos. Y no podía hacer ninguna de las dos cosas si no me movía de lugar. Sí, todo el lio para no estar de costado ni dar la espalda. Pero ahora todo estaba bien.

― ¿Qué?

No, en realidad no todo estaba bien. El tono y ese "Oikawa..." no estaban bien. Nada sonaba bien en un viejo subterráneo. Estar en un entorno que no conozco me descoloca, y lo desconocido siempre causa miedo. No soy miedoso, no tengo miedo de este lugar sólo por su aspecto o por la cautela y los mismos susurros de Kuroo, pero tampoco lo negaría si alguien me dice que lo tengo.

Lo que sí tengo, es un mal presentimiento.

Fragmento II: Kuroo.

Kuroo se recostó contra la pared, como si una charla amena fuese indicada en este lugar. ¿Es que no te das cuenta que si los de allá no nos apuñalan antes de robarnos es pura suerte? Y el gato quiere hablar. Ja, ja.

Pero Kuroo esbozó esa sonrisa que me gusta y me disgusta tanto. La que es una mueca de burla, pero no deja de ser una sonrisa sexy. Además, esa es su sonrisa cuando va ganando un partido de póker, o cuando desayuna con Kenma y ninguno de los dos se hablan o cuando Bokuto se despega de él después de darle un abrazo rápido y efusivo. Es la sonrisa de Kuroo cuando está a gusto. Me relajé un poco y sonreí con él.

― Bueno, supongo que follar es lo más íntimo que pueden hacer dos personas ―empezó él con naturalidad.

Por favor, Kuroo. Esa desfachatez era tan impropia de mí mismo que casi me daba vergüenza ajena. Pero él era así. Y se equivocaba por completo. Hay cosas más íntimas que darse por el culo unos a otros (hey, yo lo pienso pero no lo digo, Kuroo lo dice y no quiero ni saber lo que piensa y no dice...), como tomarse las manos durante una cena o dormirse mientras uno le acaricia el cabello al otro. Kuroo no me acarició el cabello después de follar, entonces no está en su derecho de decir que somos íntimos.

Suena idiota, pero para mí es así.

Para mí... sólo puede ser así con Iwa-chan.

― ¿Cuál es tu punto? ―pregunté, poniendo las manos sobre mi cintura.

Me molestaba tanto que la chaqueta que agarré no tuviera bolsillos. Pero era cómoda y hoy no había nada lindo. Sólo tenía que ser cómodo. Día oficial de En Busca De La Comodidad.

― Puede que sea una especie de confesión o algo ―dijo desinteresadamente y rogué porque no dijera la palabra "romántico" de ninguna manera―, pero contigo es diferente. Quiero decir, mi amistad con Bokuto es genial y lo conozco desde hace años, pero hay ciertas cosas que no se pueden compartir con ciertas personas, ¿Me entiendes? Lo mismo me pasa con Kenma. Pero contigo es diferente, porque no importa cuanta mierda lleve, a ti no te importa. Tú sólo... pareces aceptarlo.

Parpadeé con bastante confusión. Bueno, no estoy en desacuerdo con lo que dice. Hay ciertas personas que son para ciertas cosas y no para otras. Me gusta Iwa-chan porque no hay aquello de ciertas cosas. No importa de qué, puedo hablarlo con él y lo va entender, porque es mi mejor amigo y puede entenderlo todo. Lo echo tanto de menos. Es tan extraño. Es como si la ruptura de la mañana fuera de esos momentos que marcan un antes y un después. Y, repito, no soy miedoso, no me gusta admitir cuando tengo miedo, pero con toda sinceridad, mi pelea con Iwa-chan me aterra de verdad.

Pero Iwa-chan no está aquí y Kuroo está exponiendo una parte bonita de él, y no me lo quiero perder.

― Mmh, lo entiendo ―dije luego de las reflexiones que siempre se me van por las ramas―. Pero no sé a qué te refieres.

― Bien. Pero eres bueno fingiendo, así que haz como si entendieras lo que dije y no actúes como un estúpido ahora. Eso es importante. Mantente callado y no actúes como un estúpido.

Por supuesto, es sencillo soltar un montón de cursilerías sobre amistad e intimidad, pero, ¿Es tan difícil explicarme qué vas a hacer? Bufé con evidente descontento, pero me quedé calladito como él quería.

Kuroo ignoró mi queja silenciosa y caminó hacia los chicos, que resultaron ser dos chicos y una chica de pelo muy corto. Conforme nos fuimos acercando, un aroma dulzón y asqueroso invadió mi sentido del olfato y me esforcé por no preguntarle qué diablos hacía interactuando con drogadictos.

Enseguida supe por qué repitió que no actuara como un estúpido. Presencié la transacción de marihuana en mutismo sepulcral, como si no existiera. Cuando ya se estaban despidiendo, la chica (muy ocupada chateando como para ser parte de la amigable compra-venta) levantó la vista de repente y clavó sus ojos azules en los dorados, saludando como si fueran viejos amigos. Le ofreció una caja de nosequé y Kuroo transfirió un montón de dinero a la cuenta de la chica. No podía creerlo. Después de guardar todo en un bolsillo, regresaron al pie de la escalera. Nos movimos más cerca de la vía, más lejos de la escalera y más, más lejos de los chicos drogadictos.

Todavía no dije nada. No-podía-creerlo. Kuroo era un drogadicto y lo sabía a ciencia cierta. ¿Eso era lo que quería compartir conmigo que no podía decirles a Kenma o a Bokuto? No sabía si sentirme bien o mal. Porque no importa cuanta mierda lleve, a ti no te importa. Tú sólo pareces aceptarlo. Eso dijo. Lo acepto porque acarreo tanta mierda como tú, quise decirle, y no supe si era una agradable empatía, como si me hubiera sacado un peso de encima por no ser la única escoria del escondite, o una empatía de plena tristeza por Kuroo. Y por mí mismo.

Pero a Kuroo no le interesaba la empatía ni lo que yo pensara en ese momento. Dobló la bolsita de marihuana y la metió dentro de su zapatilla, debajo del pie. De la cajita sacó un blíster de pastillas y se lo metió en los pantalones, lanzando la caja a las vías.

Puse mis manos en la cintura otra vez. Tenía tanto para reprochar y tan pocas palabras para hacerlo.

― ¿Terminaste? ―dije con sarcasmo.

― Sí.

― Drogadicto ―me reí, pero no supe por qué. Estaba tan enojado.

― Sí.

― ¿Cómo...? ¿Por qué?

― No lo digas como si fueras menos vicioso que yo.

Eso me molestó. Yo no lo era. Sólo me gustaba el sexo ocasional y los juegos de azar.

― Y apostar, y atiborrarte de alcohol para emborracharte, y... ―me respondió cuando se lo dije.

― Pero no fumo ―insistí.

Nunca se me dio la oportunidad de fumar un cigarrillo, tampoco me llamaba la atención. Y mucho menos, las drogas. Había límites.

― Todavía.

Esto habría sido una discusión muy larga si unos pasos provenientes de la escalera no hubieran hecho eco hasta donde estábamos nosotros.

Está bien, está bien. Tengo miedo. Se me paró el corazón.

Fragmento III: La policía.

Dos hombres uniformados bajaron las escaleras y se dirigieron al trío de chicos. De manera automática, como si supieran exactamente que hacían esos chicos. Tal vez algún informante les avisó o algo. Estaba aún a la izquierda de Kuroo, cuando él me tomó por los hombros y giramos. Dejé de ver a los chicos y estuve a punto de mirar sobre mi hombro, pero Kuroo también me tomó de las mejillas y mantuvo mi cabeza inmóvil.

Oí un grito. Oí golpes. Oí que la chica suplicaba ayuda. Oí más golpes. Oí un disparo y dos chillidos. Oí otro disparo. Oí sólo el lamento de la chica. Oí palabras sucias. Oí respuestas afiladas. Oí llanto. Oí un tercer disparo.

Las piernas me temblaban. Kuroo me soltó y me sonrió. Era su sonrisa relajada. Yo no podía sonreír, pero sabía lo que tenía que hacer a continuación: quedarme callado y no actuar como un estúpido.

Pero estaba cerca de hiperventilar y mis manos también temblaban, y no tenía bolsillos donde esconderlas.

La sonrisa relajada de Kuroo tembló junto a mi cuerpo. Los policías caminaron hacia nosotros. Puse toda mi concentración en obligar a mi cuerpo a relajarse. Los miré a la cara, pero no a los ojos. No dejé que vieran mi miedo, por más que mis piernas parecieran vibrar sin mi permiso. Esperaba que no se notara y que sólo fueran persecuciones mías.

― Qué tal, señores ―saludó Kuroo con tono plástico.

― Gato, volviendo a casa, ¿Eh? ―dijo uno acomodando su gorra.

― Sí, volviendo a casa. Los subterráneos andan cada vez peor.

― ¿Con un amigo? ―dijo el otro, parecía curioso.

― Ah, sí. Es un nuevo socio, trabaja con nosotros hace un mes.

― Nuevo, ¿eh? Siempre es difícil ser el nuevo en el trabajo. Me acuerdo cuando...

Me desconecté. Dejé de escuchar por completo. Todavía me aturdían los disparos. Había tres cadáveres a unos pocos metros de mí y me entraron unas ganas de llorar abrumadoras. Pero no lo hice. Era incapaz de hacerlo. Me mantuve en silencio durante toda la conversación hasta que vislumbré luces en el túnel. Gracias al cielo, venía el subterráneo. Nunca creí que estaría tan ansioso de entrar en él.

― Nos tenemos que ir ―anunció Kuroo―. Nos vemos, señores.

― Adiós, Gato. Tengan cuidado, estas zonas son peligrosas.

CLARO QUE LO SON. Me metí en el subterráneo vacío y me aferré a uno de los caños que había para no caerse. Me aferré como si mi vida dependiera de ello. Mi compostura lo hacía. Como soy un idiota con todos los honores, no pude evitar mirar hacia el trío de drogadictos antes de que el subterráneo abandonara la estación. Sabía que me arrepentiría, pero no lo pude evitar. Los tres tenían balazos en la cabeza. Nadie había recogido sus cuerpos. Estaban allí, a la intemperie. El corazón me latía con fuerza y quería tener a Iwa-chan conmigo. Quería llorarle que no tengo idea lo que está pasando, que el mundo estaba patas arriba. Que siempre pensé que era bueno que se ocuparan de las personas que vendían drogas, porque son malos. Pero si esto fuera una historia, las víctimas serían ellos y los villanos los policías. Pero los policías no podían ser los villanos. No obstante, los que asesinaron a tres personas a sangre fría fueron los policías. Los que se pusieron a charlar como si hubiera sido un trámite, fueron los policías. Los policías no podían ser los villanos. No deberían. Iwa-chan, tú me dijiste que lo eran desde un principio. Lo siento por tomármelo a la ligera. Lo siento tanto...

Me senté en uno de los asientos, junto a Kuroo.

― Perdón ―se disculpó él con la cabeza gacha―. No creí que vendrían y menos que los matarían así como así. A veces sucede.

― ¿No eran tus amigos? ¿Por qué no los ayudaste? ―no sabía por qué lo decía. Quizás era porque todavía tenía los gritos de la chica en mi cabeza, esa de ojos celestes y saludo amistoso.

― Ni ellos ni los policías son mis amigos ―declaró como si yo lo hubiera ofendido.

Tal vez Kuroo era la victima de todo esto. O el villano. Quise abrazarlo. Pero lo detestaba por haber charlado con los policías.

― ¿A dónde estamos yendo? ―se me ocurrió decir, aún tenía tanto que decir, pero seguía sin encontrar las palabras adecuadas.

― A la nada.

Fragmento IV: La nada.

Caminamos por un sendero de tierra durante un rato interminable. El viaje en el subterráneo también me pareció infinito, fue como estar viajando a través del tiempo y tenía la sensación de que, cuando bajáramos, estaríamos diez años después en el futuro. Y luego de bajar, lo sentí como si fueran diez años en el futuro, pero no lo era y tiempo es la condena eterna del ser humano. Con sueño y cansancio mental, tuve que seguir a Kuroo hasta que el agotamiento también se hizo físico.

Ya había puesto mi mente en blanco cuando su voz me indicó que llegamos. ¿Por qué? Era tan agradable moverse sin pensar. No quería llegar a ninguna parte, pero al parecer lo hice.

Kuroo dijo que iríamos a la nada. Me pareció tonto y decidí ignorarlo, pero ahora pensaba que no existía algo más acertado que la nada. Porque, de verdad, no había nada. Ya no veía la ciudad, ni un mísero atisbo de los grandes edificios. A lo lejos parecía haber una carretera, pero nada pasaba por allí. No había plantas en el césped, no había nubes en el cielo, no había más vida que las de nosotros. Era extraño. Seguí a mi amigo hasta un par de tablas de madera que daban a un lago horrible. Al costado de las maderas, había un barquito pequeño y viejo; no entrarían más de dos personas. Pensé que sería lindo ir en uno de esos, lástima que este estaba completamente roto, la mitad hundido y la otra mitad con la madera podrida de la humedad. Me senté al lado del gato, que ya sabía por qué no le gustaba que le dijera gato, entonces no lo diría nunca más.

Mientras Kuroo armaba unos porros de marihuana, me di cuenta que ya no importaba mantener mi mierda si él no lo hacía. Quería ser franco, lo más franco que podía serlo sin arruinarlo todo.

― No entiendo por qué lo haces ―confesé con la vista fija en el agua negra, dispuesto a tener una conversación seria.

―Tengo un trabajo horrible que consiste en matar personas en algo a lo que mi jefe insiste llamar juego. Me escapo de ello y termino matando el doble, en mi trabajo y en la supuesta rebelión, en la que nunca conseguimos nada. Estoy enamorado de mi mejor amigo desde que lo conozco y lo conozco desde que tengo memoria, pero no soy correspondido, obviamente. Si quiero tomar un respiro con un amigo, terminan asesinando a tres personas y tengo que hablar con unos idiotas a los que me veo obligado a caerles bien para no terminar como esos tres. ¿Y tú ―se rió con amargura― tú me preguntas por qué consumo drogas?

― Consumirlas no va a cambiar el hecho de que todo sea una mierda ―contesté.

― Tampoco lo va a cambiar no consumirlas. Y paso un buen rato, eso vale la pena...

Me cuesta llevarle la contra. Estoy acostumbrado a ser condescendiente, y encima simpatizo con Kuroo porque no me dijo nada que no haya pensado o sentido. Pero eso no significaba que me fuera a desenfocar de lo que era realmente importante. Yo tengo un objetivo y voy a cuidar de Iwa-chan aunque él me odie. Voy a terminar lo que empecé. Me prometo no resignarme, no como lo hizo Kuroo.

Él terminó de armarlos. No le presté atención. Me perturbaba el silencio de la nada, tan acostumbrado al constante bullicio de la cuidad. Nunca hasta ahora me di cuenta de cuánto ruido hacen los automóviles en el cielo, la televisión y el incesante parloteo de la gente en todas partes. Pero demasiada paz siempre me inquieta. Si Kuroo no hacía algún ruido, era como si me hubiera quedado sordo. Me malacostumbré al caos, o a buscar el caos, donde me siento menos caótico. Quién sabe.

Kuroo prendió uno. Lo vi posar el cigarrillo sobre los labios y mentiría si dijera que no es atractivo cuando fuma. Pero me gustaba más cuando soltaba el humo, lo miraba como en cámara lenta: el mundo entero se paralizaba cuando el humo salía de su boca. Y era tonto pensarlo, porque el mundo entero ya se paralizó. Ni la más leve brisa movía la tierra, ningún pez, ningún bicho, ningún ¡nada! movían el agua del lago. La nada. Un sitio que trasmitía desconfianza, donde una fantasía recurrente del ser humano tenía su lugar en el planeta: el tiempo no corría en la nada. Porque de eso, se trata, de que no haya nada.

Qué gracioso. Dentro de mí hay de todo.

Kuroo me ofreció el cigarrillo. Negué con la cabeza.

― No me gusta.

― No lo vas a saber hasta que no lo pruebes ―insistió él.

Sacudí mi cabeza. Negativo. Me rehúso a probar drogas.

Kuroo suspiró y trató de ver lo que yo observaba. Imposible, tenía la mirada perdida en el horizonte.

― Estás muy serio ―señaló.

― Ahá ―murmuré de acuerdo.

Ya lo dije, si tengo que sostener los pesares y secretos de Kuroo, no hay necesidad de no hacer lo mismo. No estaba de ánimos para pretender que soy feliz, entonces no lo iba a hacer. No más sonrisas falsas ni comentarios simpáticos.

Algo se rompió en mí cuando sentí la mano de Kuroo sobre mi cabello. Con un gesto despreocupado, él me corrió el flequillo de los ojos y dio otra calada sin dejar de mirarme. Hizo que me doliera el estómago, pero no estaba seguro qué era. Una mezcla de agradecimiento y pena me invadió.

Tomé todo mi coraje y le dije:

― Está bien ―suspiré―. Lo voy a probar.

Fragmento V: Las estrellas.

Me reí con ganas, escondiendo mi cara en el hombro de Kuroo. La superficie en la que estaba recostado a medias se movía de la risa. La risa de Kuroo era escandalosa y peligrosamente contagiosa, pero no hacía juego con su personalidad, algo que al final, sólo me hacía más gracia. Olvidaba pronto de qué me reía, pero lo seguía haciendo al oír sus carcajadas.

― Me hiciste acordar que una vez ―le comenté, antes de interrumpirme a mí mismo con el bobo sonido de mi risa. No me gustaba como sonaba, pero poca importancia tenía en la nada―. Una vez, ¡Kuroo-chan, no te rías! Sino...

Estaba tentado y decidí no contar mi historia hasta parar de reír. Eso tomó un rato. Luego, olvidé qué era lo que iba a decirle.

Me acurruqué contra él, como si tuviera frío, pero creo que no lo tenía. Él puso su mano sobre mi cuello y lo acarició con el pulgar. Estaba a punto de acomodarme mejor, pero lo escuché hablar. Su voz vibraba en el pecho y yo lo sentía porque mi mejilla estaba pegada contra él. Era raro y me hizo sonreír. Cerré los ojos, todo se sentía hermoso y lejano.

― Me encanta este lugar ―dijo arrastrando la voz―. Pero me gusta más con tu compañía.

Kuroo era un flojo idiota por fuera, pero por dentro era un poema melancólico. Dividido entre sonetos bonitos y tristes, que me hacía suspirar de a ratos, pero eso se acababa ni bien terminaba de leerlo. Además, el poema era precioso, pero no estaba dedicado a mí, y eso estaba bien. Al menos esta terrible noche, todo estaba bien.

No le contesté. No sé si necesitaba pensar la respuesta o no quería contestarle. Me eché de espaldas, estirando las piernas, cuando... dios mío. Oh, dios mío.

Creo que nunca vi nada más bello mi vida. No me alcanzan los adjetivos que sé para describir tal magnificencia. Ni aunque aprendiera todos los idiomas del mundo, actuales y muertos, podría encontrar las palabras suficientes para explicar lo que sentí. Las estrellas plagaban el cielo, brillantes y danzantes alrededor de la enorme luna. A causa de la contaminación lumínica y del smog, las estrellas ya no se ven en la ciudad, pero ya no estamos en la ciudad y esto es fascinante. Pude reconocer la constelación de Orión, que hasta ese entonces sólo conocía por imágenes. No me esforcé en buscar las demás constelaciones. Inventé las mías. Tracé con mis ojos los caminos que yo quería. En un determinado momento pestañeé y me di cuenta que estaba lloriqueando.

Tuve un déjà vu del día en que comenzó todo el enredo de problemas. Cuando me senté a ver las estrellas artificiales en la ventana. Pero estas estrellas eran tan reales que, quizás por eso me puse a llorar. O aún estaba drogado, o en shock, o todo a la vez.

Fuera como fuere, el espectáculo me despertó por completo. Fue un sacudón, un choque eléctrico, una explosión de sentimientos que me revolvió mente y alma. Cualquiera diría que estoy exagerando, pero fue como renacer. Tiré mi piel al lago negro y volví a encontrar a Oikawa Tooru. No el Oikawa que hace y dice cosas que no quiere y no cree para agradarles a personas que no le agradan, sólo para agradarles a ellos y usarlos cuando los necesitara. No el Oikawa descentrado que se encaprichaba porque el amor de su vida no le prestaba atención. No el Oikawa que se desquitaba con otros, que hacía locuras con tal de conseguir lo que quiere. No el Oikawa que hirió chicos de quince años que están en el hospital, no el Oikawa que apretó el gatillo, no el Oikawa que le contestó horrible a su mejor amigo.

Yo no quiero ser ese Oikawa Tooru. No quiero que cuando esto termine, de la manera que termine, las personas me recuerden como tal. Quiero ser el que llora cuando mira las estrellas, el que hace amigos maravillosos, el que toma té de limón con pan de leche, el que apoya a Bokuto sin demonios, el que charla con Akaashi sin segundas intenciones, el que pasa tiempo con Kuroo sin muertos de por medio. El que cuida, por sobre todas las cosas, a Iwaizumi Hajime.

Ya sé lo que debo hacer. Es el momento de ser el héroe de la historia. Por más que eso signifique convertirme en el villano más grande que las estrellas hayan tenido el placer de presenciar. Porque, después de todo, un héroe y un villano son cosa ambigua y a estas alturas, carecía de importancia.

Reporte concluido.


Yo no sé de donde salió la escritura de este capítulo, mucho menos la estructura. Supongo que me gusta estar constantemente saliendo de mi zona de confort y encontrar nuevas maneras de escribir. En el siguiente todo será normal, lo prometo.

No puedo creer que me había olvidado cómo escribir en primera persona, ¡Hace años que no lo hacía! Un millón de gracias a mi beta Lette por prevenir que este capítulo sea un desastre (y ayudarme con todo el fic en general~)