Autor: HikariCaelum.
Prompt: Taiora de 15 años. Mundo oscuro donde fueron enviados durante la batalla de Wallace y los otros. Sora no regresó y Taichi la busca. Beso.
Nunca estarás sola
.
Cuando leyó el mensaje de Hikari, Taichi pudo respirar tranquilo. Bueno, quizá tranquilo no era la palabra.
Con el corazón casi en la garganta. Con las imágenes de las últimas horas en la cabeza. Con las voces aniñadas que aquel Digimon había hecho que volvieran por un momento.
¿Nostalgia? Quizá, solo quizá… sentía un poco.
Sus compañeros del equipo de fútbol no paraban de preguntar dónde se había metido, dijo que tenía algo que hacer, que por eso se marchó. Algunos no quedaron convencidos pero no insistieron más. Esperaba que el resto de sus amigos no tuviera problemas.
Pasó unos minutos llamando a todos. Por suerte, la mayoría habían estado solos en el momento en que fueron llevados a aquel extraño espacio.
Algo empezó a molestarle cuando Sora siguió sin responder al teléfono. Nadie sabía nada de ella. Y cuando la señora Takenouchi llamó preguntando por su hija… lo supo. Lo había estado sintiendo, que algo no estaba bien del todo. Y era eso.
Sora no había vuelto.
Dio vueltas por su habitación, intentando pensar. Lo único que tenía en la cabeza era a ella… más pequeña de lo que la recordaba, con ese pelo anaranjado y los bonitos ojos pidiendo que todo se solucionara. ¿Por qué habían vuelto todos menos ella?
Se dejó caer al suelo y se llevó las manos a la cara, tratando de contener las lágrimas, intentando encontrar una solución.
—Sora… —la llamó, en un susurro.
Fue entonces cuando notó que algo cambiaba a su alrededor. Levantó la cabeza y la vio.
Era ella. De vuelta a su edad actual, sentada en el suelo justo frente a él, aún en ese mundo oscuro y neblinoso. La veía como si se tratara de un espejismo. Alargó la mano, pero no pudo tocarla. Estaba allí y a la vez no estaba.
—¿Sora? —volvió a llamarla.
La chica levantó la cabeza, como si le hubiera escuchado. Pero miró a todas partes antes de abrazarse con fuerza las rodillas y empezar a llorar.
—Por favor, no llores. —Taichi no sabía qué hacer. Arrodillado frente a ella, trataba de alcanzarla, pero no lo conseguía—. Estoy aquí, contigo, aunque no me veas. ¿Me sientes, Sora?
—Estoy sola —murmuró ella, entre sollozos.
—No lo estás. ¡Estoy aquí! ¡Nunca te dejaría sola y lo sabes! Venga, ayúdame a alcanzarte.
Pero Sora no parecía oír nada más. Siguió derramando lágrimas y lamentándose. Mientras Taichi cerraba las manos en torno al aire y la veía cada vez más translúcida. Cuando apenas distinguía el vivo color de su pelo y su piel menos oscura que antaño… Él se desesperó.
—¡Reacciona! —gritaba, sin importarle si sus padres lo escucharían—. ¡No podrás volver si te rindes! ¡Si no confías en mí! ¡Escúchame! ¡Déjame ayudarte!
Con ese último grito, pasó algo. Sora levantó la cabeza al fin.
—¿Taichi?
Se miraron a los ojos unos instantes, antes de darse cuenta de que se veían con absoluta nitidez. Ambos en diferentes mundos, pero con una puerta que habían abierto. Juntos.
Él extendió el brazo y le tendió la mano.
—Vamos, Sora, no te dejaré aquí.
Ella se secó las lágrimas antes de entrelazar sus dedos. Y con un pequeño tirón, Taichi la sacó de aquel mundo extraño. La atrapó en sus brazos, negándose a soltarla.
—Tonta, tonta… —decía—. ¿Cómo puedes pensar que estás sola?
—Yo…
—Nunca estarás sola. Nunca.
Sora se separó un poco para mirarle. Desde tan cerca podía ver cada detalle de la cara del chico, cada pequeña marca, cada surco de sus rasgos. Y solo le quedaba saber el tacto de sus labios para conocerlo por entero.
Eran suaves. Y cálidos. Le sabían a hogar.
¡Gracias por leer!
