CAPITULO VII

Un mal augurio

Entre New York y Chicago
Mayo de 1915.

-¿Es usted el señor Andrey?

Albert se volvió para ver al hombre que pronunció su apellido. Frunció el entrecejo y decidió contestar con otra pregunta.

-¿Lo conozco?

-No, pero yo a usted sí.

-No lo comprendo.

-Tengo un mensaje para el señor William Andrey… de parte de un amigo.

-Creo que me está confundiendo, lo lamento.

-Yo no lo creo.

-¿Quién es usted?

-Nadie importante, pero el mensaje que tengo sí lo es.

-Bien, lo escucho.

-Es una nota – el desconocido extendió el brazo y se la entregó a Albert.

-¿Quién la envía?

-Lo averiguará en la firma. Con permiso.

Albert fue extremadamente cuidadoso resguardando su identidad al arribar a América. Aún no estaba planeada su presentación en sociedad hasta meses después, pero la situación que padecía su más querida amiga lo obligó a volver lo antes posible, aún bajo la sombra del anonimato.

Sin embargo, sospechosamente alguien, "un amigo", le había enviado una nota con un perfecto extraño a bordo del tren en el que se dirigía a Chicago desde New York. No comprendía cómo ese alguien sabía de su llegada y de cada uno de sus pasos. Desdobló entre sus manos y comenzó a leer:

Se que estás a punto de llegar a Lakewood en busca de tu protegida. Pero lamento decirte que es demasiado tarde. Yo la encontré primero y no llegarás a tiempo William. Es una lástima que no hayas podido persuadirla a tiempo para que me entregara a la niña. Es una pena que esto eche a perder nuestra amistad, aunque te advertí no tomar parte en un problema que no era de tu incumbencia. Nadie debió haberse entrometido, ni tú, la señorita White o el hijo del Duque de Grandchester. ¿Entiendes mis razones, no Albert?, piénsalo dos veces antes de continuar con tus imprudencias. No digas que no te lo advertí. Piensa en el buen nombre de tu familia.

Hasta otra cruzada… amigo

-Amigo – repitió Albert, con asco – claro.

William estrujó el papel en su puño y lo lanzó lejos de él.

-No vas a lastimar a nadie. Tendrás que pasar sobre mí primero, y si no consigues derrotarme, sabrás quién es William Albert Andrey.


Edimburgo
Julio de 1914.

-¡SUÉLTENME! – gritó Candy tan fuerte que hizo temblar los vidrios de las ventanas.

Miró furiosa a Terrence y a Berth, y con esa simple mirada consiguió que la soltaran.

-Gracias – dijo burlonamente –. Siento mucho haberle hecho venir hasta aquí para nada, su majestad. Lo que le dije es cierto y me parece que es hora de que se vaya. No hablaré ni una palabra más con usted. Ni hoy… ni nunca.

Berth hizo lo humanamente por guardar la compostura. Correspondió a su mirada y luego de reflexionarlo, concluyó que no conseguiría nada más de Candy esa tarde, aún si la obligara a irse con él.

-No existen el "nunca" para mí, señorita Andrey.

-Adiós – insistió Candy, retadoramente - ¿esa palabra si la puedes entender?

-Hasta pronto – dijo el príncipe y se marchó.

Al verlo desaparecer por la puerta, Candy al fin respiró tranquila y se dejó caer sobre el sillón de la sala, exhausta.

-Estuvo cerca – dijo y se limpió la frente.

-Ya hice lo que me pediste – dijo Terry a sus espaldas - ¿ahora tu también puedes irte?

-¿Puedo quedarme hasta que se haya alejado lo suficiente?

Terry soltó una carcajada y se dirigió a la ventana.

-¿Te crees tan irresistible, pecosa?

-No es por eso – masticó pecas –. Tal vez quiera vengarse de mí. Podría – Candy echó a volar su imaginación –… perseguirme hasta el colegio o intentar ahogarme en el lago.

-Tal vez intente llevarte a su castillo y torturarte sin piedad… al tratar de enseñarte modales y convertirte en una dama.

-¡Hey!

-Vete ya – reiteró el inglés – estoy ocupado.

-Archie tiene razón, eres el hombre más descortés y odioso del mundo.

Al instante que Candy abrió la boca, supo que tenía que habérsela mordido.

-¿Y Anthony diría lo mismo? – le preguntó de pronto.

-¿Qué?

-¿Todos los hombres que caen rendidos a tus pies, dirían lo mismo de mí¿Qué soy lo peor con lo que te has encontrado en tu camino?

-N-no te entiendo.

-Sí entiendes – dijo desafiante - ¡responde!

-Será mejor que me vaya.

Candy caminó hacia la puerta pero el aristócrata le cerró el paso y la empujó por los hombros.

-¿Hablas de cortesía, Candy¿Entonces porque quieres irte sin responderme y despedirte como una dama?

-Porque tú no eres un caballero, así que me da lo mismo – Candy pretendió devolverle el empujón pero no pudo moverlo ni medio centímetro.

-¿Te divierte verdad? – la tomó por el brazo.

-¿Qué cosa es divertida?

-Anthony, Archie o tu príncipe azul. Cualquier chico esta bien para ti ¿no?

-No te entien...

-¡Deja de fingir¡Solamente estamos tú y yo!

-¡No finjo nada¡Tú eres el que siempre actúa como un bruto conmigo y no sé por qué!

-¿No lo sabes?

-¡No me interesa saberlo, suéltame!

-¿Soy un bruto? – Terrence tiró de su brazo tan fuerte que Candy tuvo que contener un grito de dolor. La arrinconó contra la pared y le sujetó ambos brazos a los costados - ¡Repítelo ahora y te daré la razón!

-¡Idiota¡Me lastimas!

-Si yo soy un bruto y un idiota, tú eres una…

-¡No me insultes!

-No he dicho nada. ¿O acaso ya lo sabes?

-Muérete – dijo Candy, rechinando los dientes – muérete y déjame en paz.

-De acuerdo – respondió Terry, reclinándose sobre ella – pero te dejaré algo para que me recuerdes.

Terrence centró su mirada en los delgados y rosados labios de Candy. No se permitió pensar nada más e inclinando la cabeza los tomó entre los suyos, dejándola sin respiración. Brusco, repentino y arrebatado; todos esos adjetivos se le ocurrieron a la pecosa mientras Terry jugueteaba con sus labios y la aprisionaba con su cuerpo, pero reconoció en esa suave caricia la fuerte dulzura que corría a través de la sangre del aristócrata.

Su descortesía fue exquisita. Su intensidad la dejó casi sin sentido y sus labios lo aceptaron gustosamente. Todo fue tan rápido pero a la vez eterno. La nariz de Candy rozaba accidentadamente la de él, mientras el chico continuaba conociendo su tierna humedad femenina.

Un alarmante cosquilleo recorrió las piernas de la pecosa para situarse deliciosamente en su vientre. No pudo evitar jadear de placer. Su cuerpo comenzaba a actuar por sí mismo y ella estaba a punto de rendirse. Terry la sostenía sobre su pecho al tiempo en que sus labios iniciaron un delgado sendero a lo largo de su cuello.

Era su primer beso y en lo único en lo que podía pensar era en exigir más. Sentir más, conocer más. El cabello de Terrence cayó sobre su rostro y entonces pudo aspirar la esencia fresca y masculina que despedía. Todo su ser la absorbía. El calor subió a sus mejillas y se sintió mareada. El rudo abrazo de él se transformó en su sostén para no caer al piso cuando sus piernas empezaron a tambalearse.

Inesperadamente, Terry se separó de ella de la misma manera en que la había tomado y la miró como si hubiese cometido el peor error de su vida.

Un tenso silencio surgió entre ambos. Candy se debatió entre darle un puñetazo en el rostro o salir corriendo apenada por haber accedido a su caricia. ¿Por qué no podía sentir desprecio por ese barbaján?

-Será mejor que te vayas – dijo Terry, dando media vuelta.

La liberó y se alejó con aquella molesta expresión de desconcierto.

-S-sí… - fue lo único que atinó a decir.

Apenas se había alejado unos pasos cuando el impredecible heredero Granchester giró sobre sus talones y de dos zancadas alcanzó su brazo.

-Ven.

Sin darle oportunidad de protestar, la llevó hasta el jardín donde su alazán descansaba distraídamente bajo los rayos del sol.

-¿A dónde me llevas?

-Es hora de pagarme el favor.

-Pero... tienes que decirme a dónde me llevas, Terry.

-Cállate y camina.

Ambos se detuvieron frente al caballo y de inmediato Terrence sintió el nerviosismo creciente de la pecosa ante su más grande fobia.

-¡Sube!

-¡No... no quiero!

-¡Sube, Candy!

-No, déjame en paz.

-¡Sube te digo!

-¡Eres un bruto¡No vas a obligarme!

-¡Es la última vez que te lo digo!

-¡No!

-¡Me debes algo, ahora sube!

-Le confesaré a Berth la verdad, no me importa. ¡No necesito nada de ti¡Suéltame!

-¡Haz lo que quieras, pero en este momento te vas a subir a ese caballo!

Al forcejear con ella, Terry trató de no lastimarla pero tampoco de darle oportunidad de escapar. Candy, sumida en la desesperación, comenzó a tirar de manotazos, empujones y patadas. Se retorcía violentamente mientras el aristócrata la tomaba por la cintura y la subía junto con él.

-Terry – dijo suplicante – déjame bajar.

-Cállate o te caerás.

Terrence dio la orden al caballo para salir a toda prisa del lugar al tiempo en que Candy sintió claramente como su corazón, horrorizado, dejó de latir.


-¿Paty?

-Archie – saludó la señorita O´brien, sonriente – ¿Cómo estás?

-Bien, gracias. Quería saber sí…

-¿Buscabas a Annie?

-No. A Candy, en realidad.

-Salió esta mañana pero no ha regresado.

-¿Sabes a donde pudo haber ido?

-Dijo que quería estar un rato a solas.

-¿Hacia dónde se dirigió?

-Hacia el lago.

-Gracias, Paty.

-¿Irás a buscarla ahora?

-Sí. Tengo que hablar con ella.

-¿Puedes decirle que Annie también la esta buscando?


-Y… ¿sabe usted para qué me busca, Hermana?

-Lo averiguarás cuando bajes a la dirección. Apresúrate.

-Gracias, Hermana.

¿Berth¿Para qué querrá verme¿Le habrá pasado algo a Edward?, no. Tal vez tiene un mensaje para mí.

Annie abandonó su bordado y mientras intentaba adivinar el motivo de la visita del hermano de Edward, corrió escaleras abajo.

-Su majestad – saludó Annie con una reverencia - ¿A qué debo el honor de su visita?

-Buenas tardes, Annie. No hay problema si me llamas por mi nombre. Somos viejos conocidos.

-Gracias… Berth.

-Siento molestarle a esta hora.

-¿Se trata de Edward¿Él se encuentra bien?

-Mejor que nunca. Pero no he venido a hablarte de mi hermano.

-Ah… ¿no?

-No. Vine para hablar un poco sobre tu amiga, Candice.

No puede ser... masculló Annie, exasperada. Pudo leer los pensamientos de Berth tan fácil como un libro abierto… ¿Acaso todos tienen que enamorarse de Candy?

-¿Candice White?

-Sí, Candice White Andrey¿es tu amiga no?

-Sí, nos conocemos hace tiempo.

-Que bien. Dime una cosa Annie¿ella tiene algún tipo de… novio?

-¿Cómo?

-Disculpa si soy demasiado directo, pero no quiero quitarte el tiempo y darle más rodeos al asunto.

-Bueno – meditó Annie por unos segundos – no. No que yo sepa.

-¿Estás segura?

-Segura – sonrió Annie y esbozó una sonrisa forzada.

Aunque no tuviera una pareja formal, Annie sabía de la larga lista de hombres que luchaban por el corazón de Candy. En el fondo eso la volvía loca, especialmente porque uno de ellos era el hombre del que aún estaba enamorada.

Observó a Berth por unos segundos y repentinamente una interesante idea surgió en su mente. Si Berth estaba interesado en Candy y ella le correspondía, Archie podría decepcionarse una vez más y quedaría libre del extraño embrujo que su mejor amiga ejercía sobre él. Sonrió feliz.

-¿Sabes tú de la relación que mantiene con Terrence Grandchester?

-¿Con Terrence?, no realmente. Pero no creo que exista ningún tipo de "relación" en especial.

-¿Por qué lo dices?

-Creo que a Terrence no le agrada nadie – concluyó Annie, encogiéndose de hombros – y él y Candy siempre se pelean cada vez que se encuentran.

-Así que Candy jamás ha tenido nada que ver con él, o con nadie – sonrió su majestad, victorioso.

-En realidad – le interrumpió Annie – sólo hubo alguien de quien Candy estuvo enamorada.

-¿Quién?

-Un chico llamado Anthony…


El caballo iba cada vez más aprisa, ganando velocidad al instante en que sus patas golpeaban furiosas el suelo. Terry azotaba furioso con el fuete la piel del corcel para incrementar desenfrenadamente su loca marcha. Candy se aferraba con todas sus fuerzas a la cintura del aristócrata. Imaginaba que se resbalaría sin remedio y caería trágicamente si no se sujetaba con uñas y dientes. Los gritos de terror se combinaron con su llanto pero Terry la ignoró.

-¡Anthony!

-¡Llora, llora todo lo que quieras!

-¡Detén el caballo, por favor!

-¡Sigue llamando a Anthony, llámalo!

-¡Terry!

-¡Llama a Anthony si tienes miedo, que esperas, vamos llámalo¡Llámalo!

-¡Déjame bajar!

-¡Llama a Anthony¿por qué no lo llamas¡Vamos¡Llámalo!

-¡Basta!

-¡Está muerto, Anthony nunca volverá¡tienes que olvidarlo¿entiendes?

-¡No!

El ruido de los cascos, aquél día también... Anthony... Anthony cultivando rosas. Anthony vestido en su tartán al lado de Stear y Archie. Anthony y su Dulce Candy. Anthony en la calesita y en la torre de la iglesia. ¿Por qué¿Por qué?

Ella no se dio cuenta cuándo sucedió, pero su llanto disminuyó lentamente. Terry mantenía la vista al frente, pero dejó de azotar al caballo y lo dejó correr libremente. Sabía que el corazón de Candy empezaba a encontrar un tenue refugio sobre su pecho. Aquella dulce e incipiente calma se apoderó también de él. De pronto los sollozos cejaron y lo único que ambos escucharon a su alrededor fue el sonido del bosque vivo.

El agitado trajín del caballo se convirtió en un simple y calmoso galope luego de unos minutos. Candy abrió los ojos, sintiendo dentro de su pecho una abrigadora sensación de paz. Tal vez finalmente podría despedirse de aquel duro y atormentado recuerdo del que fue su único testigo.

-Candy, tienes que abrir los ojos. Mira a tu alrededor, no mires hacia atrás, mira hacia adelante, siempre tienes que mirar hacia adelante...

La luz del sol es deslumbrante. Los árboles, el pasto y las flores están frescos y vivos.

-Anthony esta muerto, pero ocurre que nosotros estamos vivos. Y tenemos que seguir viviendo como los árboles y el pasto. Arroja el peso de tu corazón, Candy.

Oyendo a Terry, Candy sintió que el triste pasado que la agobiaba se fue desvaneciendo con el viento.


-¡¿Qué quieres?!

-La encontramos.

-¿A quién encontramos?

-A esa niña¿a quién más hemos estado buscando, idiota?

-¿Para eso me despiertas?, ve y tráela, y listo.

-Levántate, haragán. Tenemos que decirle a "su majestad".

-Agh – bramó el hombre a quien le acababan de pegar una patada en la pierna – que maldita prisa tienes…

-No te pagan por dormir la siesta. Apresúrate.

-¿Y puedo saber dónde la encontraste?

-En el orfanato de las monjas. A las afueras del pueblo.

-¿Cuáles monjas?

-Del Colegio San Pablo

-¿Allí estuvo todo este tiempo?

-Sí. Y adivina qué, lleva el mismo nombre que su madre.

-¿Ivanna?

-Muy estúpido, si deseaba esconderla ¿no?

-Tal vez te equivocaste.

-Nunca me equivoco.

-¿Y qué haremos?

-La entregamos y tomamos lo nuestro. Punto.

-¿Cuándo?

-Hay demasiada gente en el Colegio ahora. Cuando termine el verano y regresen a Londres será mejor.

-Entonces despiértame cuando termine el verano¿quieres?

-Imbécil. Será mejor que vaya a ver a su majestad para ver si puede darme un adelanto de mi paga.

-Su majestad, su majestad – repitió con repudio el hombre que retomó su sitio sobre la cama –. Deja de llamarlo como si valiera su peso en oro. Me da náuseas.

-Lo vale, y por lo mismo tendrás que aguantártelas.

-Largo.

Marc estaba convencido que "su majestad" no era mucho mejor que él. Al contrario, apostaría su paga a que ese tipo podría ser más vil y desalmado que cualquier mercenario que hubiese conocido, de así proponérselo. No pasó mucho tiempo reflexionando en eso. Lo único que deseaba era concluir con aquel asqueroso trabajo para dormir el resto de su vida bajo la sombra de una palmera sobre una hermosa playa acompañado de todo el dinero que le pagarían por sus servicios.
-Cerca del lago – se dijo Archie al caminar a la orilla del mismo – ¿Candy¿Dónde estás?

¿Archie?... Candy se quedó como piedra cuando vio a lo lejos la figura de su primo. Terry dormitaba en silencio a su lado. Ambos decidieron descansar un rato bajo la apacible sombra de un enorme árbol, luego de la ajetreada escena minutos atrás. Candy se puso de pie con cuidado, sin despertar al aristócrata, quien por cierto, lucía verdaderamente atractivo mientras dormía.

-¡Candy! – gritó Archibald, buscándole.

¿Qué hace aquí?

-¡Candy!

Buscándome. Qué pregunta tan tonta.

-Vamos, gatita. Ya sé que estás por aquí. ¡Candy!

¡No grites!, vas a despertarlo.

-¡CANDY!

Y si Terry se despertaba gracias a los gritos de Archibald, una pelea campal estaba garantizada.

-Ay, no – se quejó Candy, amargamente - ¿para que me querrá ver ahora?

-Lo sabrás si vas y le preguntas.

Candy pegó un brinco al escuchar la gruesa voz de Terrence desde el suelo.

-Creí que dormías.

-¿Piensas que podría dormir con tus ronquidos?

-¿Ronquidos yo? – chilló la pecosa.

-Pobre del hombre que se case contigo y tenga que dormir a tu lado el resto de su vida.

-Cállate.

-Eso es lo que te gritará cada noche para que lo dejes descansar.

-No te importa. Al fin y al cabo no serás tú.

-Gracias al cielo.

-Gracias al cielo – repitió Candy burlonamente y mostrándole la lengua.

-Será mejor que te vayas ahora. Tu perro guardián te busca, y si te encuentra conmigo podría encerrarte en un convento.

-Terry…

-Un momento – dijo pensativo – ya vives en uno. Lo había olvidado.

-Deja de jugar.

Su fugaz conversación no les permitió darse cuenta que Archibald los había encontrado y se hallaba a tan sólo unos metros de distancia.

-Tú otra vez – habló Archie, refiriéndose a su permanente dolor de cabeza.

-Distinguido, señor Cornwell. Para mi también es un placer volver a verle.

-Hola – saludó Candy, nerviosa – Archie…

-Te estaba buscando – le respondió.

-¿Pasa algo?

-Sí – dijo su primo, refunfuñón – pasa que siempre te encuentro con este idiota.

Aquí vamos de nuevo... pensó Candy, elevando sus ojos al cielo.

-Ambos encontramos a un idiota cada vez que buscas a Candy – advirtió Terrence, poniéndose de pie.

-Podría decir que al fin tenemos algo en común – dijo Archie, haciéndole frente – pero prefiero morir envenenado que tener algo que ver contigo.

-No comiencen otra vez – suplicó Candy –. No aquí.

-No te metas en esto, Candy – le pidió Archie rudamente – vuelve al Colegio. Te alcanzaré en un minuto.

-En menos que eso – agregó Terry –. No me llevará más de dos segundos deshacerme de ti.

-Ah – suspiró Candy, con un intenso dolor de cabeza – de acuerdo, me rindo. Hagan lo que quieran. Golpéense hasta morir. Ya no me importa.

-Candy¿te sientes bien?

-Claro que no – la pecosa lo miró furiosa – pero ya no me interesa. Bien, adelante¿qué esperan¿quién lanza el primer golpe?

-Candy…

-¿Candy qué?, vamos, no sean gallinas. ¿No querían romperse la cara? Esta es su oportunidad. No haré nada para impedirlo ¡Comiencen!

La invitación a la pelea ya no fue tan atractiva cuando la causa de ella se convertía en parte del público y aplaudía. Candy probó esa teoría bajo el riesgo de que todo resultara en una tragedia. Quizás, imaginó, la psicología inversa detendría la inminente riña. Cruzó los dedos.

La pecosa comenzó a sonreír cuando vio a Archie bajar la guardia. Sin embargo, Terry pudo leer las intenciones de Candy a veinte kilómetros de distancia e hizo lo contrario: se arremangó la camisa. Si Candy quería jugar con fuego, le mostraría gustosamente las consecuencias.

¡Oh, oh!... pensó pecas. Archie se dio cuenta de ello y retomó su postura... ¿En verdad van a pelear?

El heredero Conrwell y el aristócrata inglés se miraron fijamente a los ojos, como dos toros de lídea.

¡Oh, Dios¿Qué hice?

Los dos levantaron sus puños y se sonrieron sin la intención de ser cercanamente amistosos.

¡Torpe!... se retó Candy… ¡¿Ahora cómo voy a detenerlos¿Stear dónde estás cuando te necesito?

La pecosa deseó con vehemencia que su primo el inventor hubiese creado un tipo de comunicación a larga distancia para llevarlo consigo todo el tiempo y llamarle en momentos como ése.

Terry miró de reojo a Candy, preguntándole con una simple mueca si no pensaba continuar silbando y aplaudiendo. ¿No era lo que quería¿Entonces porque se había callado de pronto?

No es gracioso… le respondió Candice con otra mueca y Granchester se carcajeó en silencio.

-¿Listo? – preguntó Archibald a Terrence.

-Cuando quieras.


Chicago
Mayo de 1915.

-Llegamos a Chicago, señor Andrey.

-George, deja de decirme señor Andrey. Llámame Albert como solías hacerlo.

-Antes era usted sólo un niño señor... quiero decir, Albert.

-El tren detuvo su marcha en la ciudad de Chicago y ambos hombres bajaron apuradamente de él.

-¿Está listo el coche?

-Sí. Pasaremos primero por la mansión Andrey para que pueda descansar un poco y luego…

-No hay tiempo para sentarse a descansar, George. Salgamos a Lakewood de inmediato.

-Si así lo desea.

-¿Es éste? – preguntó Albert, deteniéndose frente a un elegante automóvil color negro.

-Así parece.

Los dos intercambiaron una mirada de desconfianza. George abrió la puerta para que Albert pudiera entrar sin antes dar un vistazo al conductor.

-A la mansión Andrey, por favor – indicó George al hombre frente al volante. No obtuvo respuesta.

-¿No escuchó? – preguntó Albert, inclinándose hacia él.

-Sí, lo escuché perfectamente señor Andrey – dijo al fin el desconocido – pero me temo que hay un cambio de planes.

-¿Cómo dice?

Albert se recriminó severamente no haber puesto más atención a ese mal presentimiento. Con fastidio e impotencia vio al chofer de su auto voltear hacia él, sosteniendo despreocupadamente un arma en la mano.

-No iremos a su mansión, señor Andrey – informó el tipo -. En lugar de eso, iremos a visitar a un viejo amigo suyo.

-¿Quién es usted?

- Lo que podría llamarse… un mal augurio.

Continuará


Referencias

(2) Este párrafo (solamente estas dos líneas) así como algunos diálogos que se desarrollan entre Terry y Candy mientras cabalgan, los tomé literalmente del episodio número 44.- Lazos de Sangre, del Anime de "Candy-Candy", de Mitsuki.