Flores para Kise

La pesadilla comienza a la cuenta de tres

Por la mañana, saliendo de la casa con una rebanada de pan en la boca y el bolso colgando tristemente de su hombro le había llegado un mensaje de Momoi.

"A que no sabes las buenas nuevas, ¿verdad que no?"

"No, mujer, no las sé. Dímelo cuando llegue"Tipeó con rapidez.

Y guardó el móvil para poder ponerse a trotar en dirección opuesta al centro. Iba tarde, se había entretenido de más mirando a su idol favorita en el programa de la mañana. Eran las siete cincuenta y cinco, así que tendría que reducir la caminata de quince minutos a una corrida de cinco, porque lo más tarde que podía llegar sin ser multado era a las ocho en punto.

Además, si se presentaba después de la hora de entrada oficial, lo enviarían a detención, cosa que mosquearía a Satsuki porque ya no podría contarle el chisme del fin de semana a primera hora. Entonces recordó una cosa, apurado como estaba:

Momoi estaba enojada con él, bajo amenaza de no volver a perdonarlo.

Pues tal parecía que lo había hecho, al menos hasta cierto punto y estaba seguro de que Tetsu había tenido mucho que ver con ello. Se lo agradecería más tarde.

Llegó justo al inicio de la campana, lo que le daba un margen de tres minutos antes de que le cerraran la puerta del aula en la cara. Se sorprendió de ver a Momoi ahí en la entrada, cruzada de brazos. Corrió hacia su mejor amiga y le tomó la mano para tirar de ella hacia el interior del edificio. Aomine creyó que la reprimenda les iba a caer con todo, así que sintió un alivio supremo cuando se dio cuenta de que Sakurai estaba parado en el umbral de la puerta de la sala.

—El profesor no va llegar —les anunció con una sonrisita tímida— y no dejó nada, así que el inspector de piso dice que hagamos lo que queramos pero sin hacer lío. Tampoco los puedo dejar salir una vez que entren.

—Vale —canturreó Momoi y saludó al chico con un beso en la mejilla (como hacía con los miembros del equipo) a la carrera, dejándose arrastrar hacia adentro. Sakurai cerró la puerta tras ellos y fue a reunirse con su grupo. Daiki caminó hacia su asiento y su cambio de ánimo se notó bastante, porque más de alguno lo llamó a modo de saludo o le hizo señas que él se limitó a responder con una cabezada. La chica arrastró su silla desde el asiento de en frente para ponerla junto a la de su amigo.

—¿Se puede saber a qué viene el cambio? —Inquirió— Estoy ansioso por saber qué fue lo que me ganó tu perdón.

Ella sonrió misteriosamente y juntó las manos para ponerlas bajo su barbilla.

—¿Fue Tetsu?

—Se dice el milagro, pero no el santo.

—Akashi.

—No voy a decir nada.

—Midorima.

—¡Hablando de Midorin! —Exclamó, y los ojos rosados brillaron de excitación. Aomine entendió de inmediato que las "buenas nuevas" tenían que ver con él— Está de novio con Takao —soltó sin más. El moreno alzó las cejas en sorpresa y abrió la boca levemente.

—¿Entonces por fin lo hizo?

—Sí, por lo que me dijo Himurin (que fue el primero en enterarse), Midorin se la jugó en serio y tuvo un ataque de valentía, pero te apuesto lo que quieras a que en realidad Oha-Asa estuvo metido por ahí.

—No me extrañaría —dijo apoyando una mejilla en la palma de su mano—, pero me alegro por ellos. Estaba bueno ya, tonteaban demasiado.

Satsuki no mencionó ni permitió que Aomine le preguntara acerca de su repentino acercamiento, pero la muchacha no se hizo de rogar cuando el jugador invitó el almuerzo (a eso de las doce) y le pidió una disculpa como era debido.

Así que, por lo menos, podía restar una de sus preocupaciones a la lista de Cosas que preocupan a Daiki Aomine hoy en día.Se alegró realmente de tener a su mejor amiga de vuelta en su juego, porque estaba seguro de que iba a necesitar de ella y de su apoyo incondicional.

Transcurrió el día y otro de sus dramas comenzó a aquejarlo gracias a un cariñoso mensaje del querido Akashi:

"A las dos y media te quiero en el local. PUNTUAL, Daiki"

Su nuevo trabajo.

La hora de salida era a las una, por lo que el tiempo le calzaba de forma maravillosamente justa para ir a casa, ducharse, zamparse algo liviano y partir con la mejor disposición que pudiera. Pero no podía negar que la expectativa de tener que tirar su tarde atendiendo gente se le hacía en extremo tedioso, molesto. Porque Aomine odiaba desde lo más profundo de su ser tener que interactuar con desconocidos, y más aún, tener que sonreírcomo si disfrutara estar ahí. Eso, pensó, era para alguien como Kise, no como él.

Kise...

La culpa se le arrastró por entre la piel al recordar que ese trabajo lo tenía porque tenía que ayudar a Akashi a pagar los gastos de la clínica el tiempo que durase el estado de coma. Porque Ryota había sido arrollado por pelear con él. O indirectamente.

Como fuera, tenía parte de la responsabilidad y tenía que asumirla.

—¿Quieres que te acompañe? —Le preguntó Satsuki cuando le mencionó su panorama, de vuelta en su puesto y con medio cuerpo volteado hacia él

—¿Akashi te mandó a vigilarme? —Inquirió, tratando en vano de ocultar un gruñido que le salía de la garganta. Momoi frunció los labios— Perdona.

—No, tranquilo. Y no, no tenía idea de que tenías trabajo nuevo así que si te quiero acompañar es de buena voluntad, no porque Akashi me mandara —la chica se cruzó de brazos, enojada. Aomine apoyó el mentón en la mesa y la miró. Tenía clarísimo que Momoi sabía algo que él no, y por eso lo había perdonado. No podía dejar de pensar en Seijuuro y en cómo el bastardo parecía querer volverlo loco.

Todos sus planes, sus misterios. Lo estaban comenzando a enfermar. Pero no sacaba nada con quejarse porque simplemente no sabía por dónde atacarlo, tenía razón en todo lo que hacía, y por mucho que lo mosqueara, tenía que hacer caso.

—Bueno, ¿me acompañas o no? —Dijo por fin al ver que su amiga no decía nada. Ella sonrió a media y él se temió lo peor.

—Pero luego quiero una malteada, de fresa y chispitas —Aomine arrugó el entrecejo—. ¡Ay! Me lo debes, por pesado, y no me digas que no.

Touché.

La chica se rió y se dio la vuelta cuando la profesora de matemáticas los reprendió para luego hacer pasar a Daiki a la pizarra. Mientras iba hacia adelante, le lanzó una mirada de odio a Momoi y ella tuvo que taparse la boca para no seguir riéndose.

•••

A la salida, se fueron hacia casa de Aomine sin mucho apuro, puesto que el tiempo les alcanzaba bastante bien. Ella le daba consejos animadamente acerca de cómo atender a la gente y de cómo tomar notas de los pedidos en una libreta, con acotaciones y abreviaciones para que todo se le hiciera un poco más fácil. ¿Cómo sabía Momoi esas cosas? Porque trabajaba en un restaurante los fines de semana para hacerse un dinero extra para comprarse ropa, en el mismo local donde trabaja Riko Aida, la entrenadora de Seirin.

—Como tienes bastante fuerza, no te va a costar trabajo sostener las bandejas.

—Ya… —dijo, escuchando sin mucho entusiasmo.

—Oye —lo llamó, sujetándose de su brazo—, tienes que tratar de sonreír un poco. Piensa en que lo haces por una buena causa, por Kise.

Aomine apretó los dientes con fuerza.

—Justamente por eso no me lo puedo tomar bien —soltó, tratando de que sonara más a un gesto rabioso que a un comentario culpable. Daiki, eso sí, no se arrepentía de soltar las cosas sin más estando con Satsuki. Confiaba en ella y en que siempre sabía cómo interpretar sus palabras.

—Oh, Dai… —la chica le pasó una mano por espalda para abrazarlo mientras caminaban, tratando de reconfortarlo— Deja de culparte, hombre, los accidentes pasan. No fue tu culpa —él chasqueó la lengua—. ¡Ay, por favor! Daiki, detén esa actitud. Sé más positivo. Ya pasó, ya fue, y lo mejor que puedes hacer es poner de tu parte para que las cosas vayan bien, ¿correcto? Correcto —aseveró sin dejarlo hablar, contestando por él—. Ahora, abre luego la puerta y ponte a hacer orden, que yo cocino.

—¡No! —Gimió sin poder detenerse. Tragó, mirando a los lados, buscándose algo que decir— Eh… déjame hacer un par de sándwiches y tú puedes ayudarme con la sala porque no quieres entrar a mi cuarto —ella lo miró con odio—. Te pondrás gorda si cocinas algo contundente, además soy dueño de casa.

Eso, definitivamente no iba a convencerla, y él lo sabía, pero era mejor imaginar que se lo creía.

•••

Si Akashi lo quería en la cafetería a las dos y media, significaba que le tocaba el turno post almuerzo, lo que lo hacía sentir un poquito mejor. La clientela sería más fluida y no tan apabullante como en la hora pico, o tan poca como en las mañanas. Al menos ganaría un poquito más.

Tenía puesta ropa de calle, que consistía en unos jeans azul oscuro y una camiseta blanca, mientras que Satsuki seguía con el uniforme puesto. Como habían comido poco, les había sobrado el tiempo para que Momoi lo presionara a avanzar con los deberes que dejaba la academia y casi los habían terminado, cosa milagrosa, porque Daiki Aomine era bastante conocido entre los profesores por su irresponsabilidad en lo que a Too se refería y no tuviera que ver con el deporte.

Había ahí otro de sus males: sus pésimas notas.

La visión de Seijuuro esperándolo en la entrada del local, alejó los sombríos pensamientos escolares a otro campo aún más aterrador.

—Satsuki, Daiki, buenas tardes —los saludó y Momoi corrió hacia él para darle un abrazo. El pelirrojo suspiró resignado y devolvió el gesto, sonriéndole con calidez. Aomine quedó de piedra en su lugar, preguntándose qué bicho habría picado a ese chico.

—Vale, me tienes aquí.

—Sí, te tengo aquí, pero me gustaría que estuvieras adentro. Adelante —dijo, señalado el interior del lugar. Dejó pasar primero a Satsuki y luego se adentró él antes de permitirle pasar—. Entérate, Daiki, de que estoy haciéndote un favor tomando la iniciativa por ti en este asunto. Lo necesitas y no me digas que no.

Caminaron hacia el mostrador. Había unos cuántos clientes, y muchos eran alumnos de otras escuelas que estaban ahí haciendo sus deberes o conversando. Entre ellos contó también a unas señoras en una esquina.

La cafetería consistía en una sala amplia de color claro. En un lado, estaban dispuestas las mesas de manera que no llegaban a tocarse las sillas, todo de madera barnizada. Al fondo estaba el mostrador, donde se podía ver una amplia variedad de dulces entre tartas, pasteles, chocolates y demás; imaginó que Atsushi estaría pero contentísimo ahí. En una esquina había un espacio que daba en dirección de la cocina y justo al lado, la caja para los clientes que llevaban las cosas. Cercano al mostrador de dulces, había una máquina de helados y otra de granizados de distintos sabores.

Era acogedor, bastante, y los miembros del personal vestían un delantal de color negro con el bordado de una taza de café en el lado del corazón. Ese era el único uniforme y debajo llevaban ropa de calle.

Atravesaron el lugar y llegaron hasta la abertura que daba a la cocina, y Akashi le indicó a Momoi que fuera a sentarse en alguna de las mesas disponibles junto al gran ventanal que daba a la calle. Ella asintió con una cabezada y levantó el pulgar en dirección a su mejor amigo, deseándole suerte. Cuando se hubo ido, el pelirrojo tomó con fuerza a Aomine por el codo.

—Si no te comportas te arrepentirás, ¿quedó claro? —dijo, y aquello no sonó como a una amenaza, porque Daiki sabía que Seijuuro Akashi jamás amenazaba, y decía las cosas una vez. Se soltó con brusquedad y de una cabezada le indicó que le había quedado claro, solamente porque no quería tener problemas con él.

La cocina le recordaba mucho a la de la casa de su abuela. Era aún más cálida que el interior del local y había, para su sorpresa, más chicos que chicas encargándose de la elaboración de las comidas y de los postres. Pudo reconocer a Shun Izuki y a Teppei Kiyoshi, muy entretenidos amasando una pasta amarillenta. Cuando lo vieron, Shun alzó las cejas muy sorprendido y Aomine estuvo seguro de que el muchacho tuvo tentación de reírse ahí mismo. Kiyoshi alzó la mano con una sonrisa y la agitó para saludarlo sin ningún tapujo antes de volver a concentrarse en lo suyo, agarrando unos moldes para galletas.

No supo si, dentro de todo, agradecer o maldecir a Akashi por la presencia de gente conocida ahí. Podían tanto burlarse como apoyarlo y esa incertidumbre no le gustaba. Se dejó guiar hasta una muchacha de cabello castaño cobrizo que se limpiaba las manos con un paño. Cuando los vio llegar, se les acercó.

—Akashi.

—Misaki —saludó él, luego señaló a Daiki—. Este es Daiki Aomine, la persona de la que te hablé cuando me mencionaste que tenías una vacante con los meseros. Espero que te ayude. Daiki, ella es Misaki Nanase —dijo y se dio media vuelta—. Estaré con Satsuki un rato, luego me iré a casa, ¿bien? Perfecto, espero que trabajes bien, Daiki —y se fue, provocando que el alivio de Aomine pasara inmediatamente a una sensación extraña entre expectación y fastidio.

—Entonces tú eres Daiki Aomine, el as de la Generación de los Milagros —dijo la chica, mirándolo con atención, y Aomine se preguntó si todos se sentirían incómodos bajo el escrutinio de la muchacha. Era un poco más baja que Momoi, y era delgaducha, y tenía los ojos de un color avellana—. Bien, muy bien, estarás en entrenamiento y a pruebauna semana, ¿te parece? Sé que tienes entrenamientos los días miércoles, viernes y los sábados por la mañana, así que el resto de esos días trabajarás normalmente por las tardes desde las dos y media hasta las siete, que es cuando cerramos. Tienes un descanso de veinte minutos a las cinco un cuarto. Le debo un favor a Akashi, y me pidió que los martes te dejara entrar a las cuatro, pero eso es todo. ¿Puedes con ello?

Daiki miró a todos lados antes de responder. No quería, no quería hacer aquello. Luego, pensó en Kise, y en que si lo estaba haciendo, era por él. Recordó el mensaje de positivismo de Momoi.

—Claro —dijo, ella entonces sonrió de lado y buscó un delantal en un perchero que tenía al lado.

—Póntelo, porque empiezas hoy mismo. Tienes diez minutos para observar a mis muchachos trabajar y para que te aprendas sus nombres, luego entras tú. Hay una libreta y un lápiz en los bolsillos, y serán tus mejores amigos de ahora en adelante cada vez que cruces esa puerta —dijo señalando la entrada de la cocina.

Misaki se dio la vuelta y fue junto a una de las hornillas a mirar unos pasteles, mientras Daiki se ponía el delantal y se lo amarraba tras el cuello. Apretó los dientes, conteniendo las muchas ganas que tenía de matar a alguien.

Buscó a sus "nuevos mejores amigos" dentro de los bolsillos y justamente, había una libretita nueva y un lapicero. Hizo de tripas corazón y salió por la puerta mientras escuchaba a Teppei gritarle mientras alzaba un puño:

—¡Ánimo, Aomine! ¡Suerte en la tierra salvaje! —Daiki se limitó a dar una cabezada y salió hacia "tierra salvaje" a observar cómo trabajaban sus nuevos compañeros.

Se recargó junto a la pared del mostrador. Habían cinco personas en total, dos meseras, un mesero y además el muchacho del mostrador y la niña que estaba en la caja.

—Hey —lo llamó el chico del mostrador. Era unos cuántos centímetros más pequeño que él y tenía el cabello rubio oscuro y los ojos verdes—, ¿eres Aomine? ¿De Too? —el aludido asintió con muchas ganas de contestarle algo sarcástico, pero recordó las palabras de Akashi:

Si no te comportas te arrepentirás, ¿quedó claro?

—El mismo.

—¡Genial! —Dijo él, entusiasmado— Me llamo Ryohei, espero que nos llevemos bien —un grupo de chicas acababa de entrar en el local y se acercó al mostrador para pedir unos pastelitos. Después de ordenar, Ryohei las despachó a la caja—. Mira, seré sincero, este trabajo no es difícil, pero a veces agota mucho por lo acelerado que es. Así que por ser pajarito nuevo te instruiré lo mejor que pueda, ¿vale?

—Lo… —dudó un momento— lo agradecería.

—Perfecto —contestó, entonces le pidió que se ganara en una posición que le permitiera ver todo el lugar—. Lo primero que tienes que hacer es no olvidarte nunca de tener una expresión más o menos relajada, y si te entran ganas, sonríe. Anda con calma, y anota todo lo que te pidan en la libreta, trata de abreviar las cosas, así irás más rápido, pero la jefa te perdonará si no le agarras el ritmo a la cosa de una vez. Sólo por ser nuevo, ¿vale? Luego los errores se pagan con sangre. Pero tú tranquilo, si eres versátil, esto será para ti como un partido más; de la nada irás agarrando agilidad.

—Ah, claro… —dijo Aomine, mirando a los meseros, que iban de un lado a otro tomando pedidos como si fuera lo más fácil del mundo. Un par de veces, alguno que otro le levantó la mano para saludarlo. Ryohei le indicaba sus nombres. Entre la explicación y tratar de aprender los nombres de sus compañeros se le fueron siete minutos, así que los otros tres los dedicó a escuchar los comentarios del otro acerca de la convivencia y esas cosas.

—Solemos llevarnos bien entre todos, así que no te extrañes si te saludan cuando vayas pasando. La mayoría estamos por aquí para pagar arriendos o ayudar un poco en casita. Sólo Shun y Fukuyama están aquí porque sí. Dicen que no tienen nada más que hacer. Pero no tienes que contarnos qué es lo que te trae por estos lares, sólo si te sientes cómodo con ello.

—Vale, me parece bien —dijo realmente aliviado. Porque, ¿qué les iba a decir? ¿Hola a todos, soy Daiki Aomine y estoy aquí porque por mi culpa mi amigo quedó en coma y con esto voy a pagar su estadía en la clínica? ¡No podía! Y seguramente más de alguna chica sería su fan y podría echársele encima.

—¡Fukuyama, te toca salir! —Se escuchó de repente a la jefa, que había sacado la cabeza por la puerta de la cocina— Es tu turno, Daiki —le dijo y volvió a entrar.

El chico llamado Fukuyama se le acercó y le puso una mano en el hombro con entera confianza, lo que logró molestar algo a Aomine.

—Suerte ahí. Venga, camina —y se internó en la cocina.

Daiki sintió una corriente de nerviosismo correrle por la espalda.