Perdonadme! Mirad, caigo de rodillas y os imploro perdón! Siento haber tardado tantísimo en actualizar! Se me juntaron varias cosas: un problema con el ordenador, un bloqueo artístico con la historia, y una avalancha de trabajo en la Universidad. Lo más gracioso de todo es que este capítulo lleva un mes escrito casi entero, pero cuando lo acabé, no tiraba y no he podido subirlo hasta ahora XD.
Este capítulo tiene 22 páginas de word. Espero que me lo aceptéis en compensación por la espera TT. Aquí tenéis compra del árbol de navidad, más Draco en el metro, y sobre todo...la víspera de Navidad!
Gracias a Genesys por su precioso review! Nunca me había emocionado tanto. Y gracias a todas las chicas del foro de Charmed, que sé que os pasáis por aqui! Y por supuesto, muchísimas gracias a todos los que llegáis ahora o me seguís desde el principio. La historia es para vosotros! Ya sabéis que la mejor manera de darme ánimos apra escribir es DEJAR UN REVIEW!
Soy una adicta a ellos :)). Dadme mi droga!
Draco se olió el abrigo y arrugó la nariz como si hediera a pescado.
-Aún apesto a muggle.-le dijo a Hermione- Voy a vomitar.
-Buena idea. Así cuando cojamos el metro a la vuelta ya no tendrás nada más que echar.-replicó ella, poniendo los ojos en blanco.
Draco palideció. La perspectiva de volver a ese agujero infernal lleno de muggles sudorosos le horrorizaba. Apremió el paso para alcanzarla y la sacudió del brazo.
-¡Por encima de mi jodido cadáver, Granger!- le espetó, clavándole los dedos- Bastante hago acompañándote a buscar un árbol de Navidad. Que nos venga a buscar tu madre. Estoy cansado.
-Pues te aguantas.-repuso ella, zafándose enfadada- No lo estarías si te hubieras sentado en el metro.
Draco echó la cabeza hacia atrás y profirió una carcajada descreída.
-Estás loca si crees q voy a tocar más de la cuenta ese agujero putrefacto. Voy a tener que quemar este traje.
Hermione se paró en seco y se volvió hacia él. Tenía expresión de hastío mayúsculo.
-Vamos a ver¿qué quieres exactamente?-preguntó- Aparte de desear que me muera y que toda mi raza desaparezca por la taza del retrete, claro.
-¿Ah, pero puedo pedirlo?- saltó él con fingida sorpresa- Me lo reservo para Navidad entonces. Ahora me conformo con escoger el estúpido árbol lo antes posible y salir de aquí. Odio los lugares concurridos.
Hermione enarcó una ceja.
-No me digas. Entonces pon de tu parte y ayúdame a elegir uno. Vamos-le instó, haciéndole un gesto con la mano.
Ir a comprar el árbol de Navidad al Covent Garden el día 23 de diciembre no era una gran idea. Es más, era la peor idea del mundo. Si normalmente aquella zona solía estar llena de gente, aquel día no cabía ni un alfiler. Parecía que todo Londres había decidido dejar la compra del árbol para el último momento. Mientras avanzaban a codazos entre el gentío que se agolpaba en torno a las paraditas de árboles y adornos, Hermione estuvo a punto de perder de vista a Draco varias veces. Afortunadamente, no había mucha gente con aquel cabello rubio platino. Draco destacaba como una farola vestida de Armani. Una farola desorientada, por cierto. Hermione resopló.
-Por aquí- le gruñó, cogiéndole del abrigo para que no se perdiera.
-Que no me toques, Granger.- ladró él, pegándole en la mano- Si cobrara un galeón por cada vez que me pones la zarpa encima ahora sería aún más rico de lo que soy.
-Si yo cobrara eso por cada estupidez que dices, ahora sería más rica que toda tu familia junta.-bufó ella.
Draco sonrió burlón.
-Cuidado, Granger. No estás acostumbrada a manejar cifras tan grandes.
Hermione resopló con desdén.
-¿Por qué no te compras una carretilla para llevar tu ego, Malfoy? Debe pesar bastante.
-¿Para qué, si ya tengo a los elfos domésticos? –replicó él con una gran sonrisa. Estaba al corriente de las actividades pro-liberación de los elfos de Hermione, y por supuesto, no iba a desperdiciar ninguna oportunidad de sacarla de sus casillas.
Y funcionaba. Hermione se había puesto roja de la ira y le miraba con los puños cerrados, como si en cualquier momento fuera a pegarle un puñetazo.
-Tú.-barboteó.-Especie de déspota…
Draco tuvo suerte de que en aquel momento se acercara a ellos el tendero. Era un hombre rechoncho y pequeño con unas cejas extraordinariamente pobladas, como si se le hubieran acostado dos gatos encima de los ojos.
-¿Desean algo?- preguntó con una sonrisa solícita.
-Un árbol. ¿Tiene alguno?- respondió Draco, sin poder refrenar la sorna de su tono.
Hermione le lanzó una mirada asesina.
Si algo tenían en esa tienda, era árboles.
Grosero impertinente, bufó para sus adentros, sin apartar la mirada de él.
El tendero se quedó mirando a Draco sin pestañear.
-Sí, tenemos unos cuantos.-dijo, con un deje de ironía.- De qué altura lo querrían?
Hermione se quedó pensativa.
-Eh…no sé- admitió-No muy alto. Digamos…1'60?
El hombre negó con la cabeza.
-Se me han acabado esta mañana. Sólo me quedan de 2'60 y de un metro.
-Oh…vaya.-se lamentó Hermione, haciendo un mohín- En fin… ¿me enseña el de un metro?
-Claro, señorita. Por aquí -le indicó el hombre, internándose entre los árboles.
Draco soltó un graznido de risa.
-¿Un metro de altura? No sabía que el árbol era para los elfos domésticos.-comentó, socarrón, mientras la seguía.- Pensaba que era para vosotros.
Hermione le lanzó una mirada irritada.
-Es para nosotros, imbécil.
-Oh-dijo Draco, frunciendo los labios con afectación.-Bueno, mientras no tengáis que meteros debajo para protegeros de la lluvia…
-Son estos, señorita- indicó el tendero, señalando un grupo de seis o siete arbolitos que le llegaban a Hermione por un poco más debajo de la cadera.
-No están mal-comentó ella, acariciando las ramas con las puntas de los dedos.
-Y además sólo necesitarán un adorno, porque no cabe nada más-comentó Draco como quien no quiere la cosa.
Hermione dejó escapar un suspiro y le miró entornando los ojos.
-¿Qué árbol prefieres tú entonces?-preguntó, arrastrando las palabras.
-Aquel, evidentemente.-respondió Draco, señalando un abeto que sobrepasaba los dos metros de altura.- Aunque por supuesto no llega al que tenemos en Malfoy Manor. Ése mide cuatro metros.
-Qué bien.-replicó Hermione con sarcasmo.-Dame una casa con un techo de seis metros y a lo mejor compro este árbol. Dónde quieres que lo meta? En el tejado?- resopló- No sirve de nada tener un árbol tan monstruosamente grande.
Draco arrugó la nariz, divertido.
-Cómo que no? Podrías arrancar una rama y regalársela a Weasel para que la pongan de árbol en su casa. Claro que entonces ya no habría espacio para ellos.
Hermione cerró los puños y apretó los dientes con fuerza. Aquel bastardo estúpido sabía que odiaba que se metiera con los Weasley más que cualquier otra cosa en el mundo. Y evidentemente era consciente, porque lo hacía a menudo. Pero no era el momento ni el lugar para sacarle los ojos. El tendero ya les miraba como si estuvieran locos.
-Sabes, Malfoy, empiezas a repetirte.-le espetó fríamente, cuando logró dominarse-Vas a tener que contratar a alguien para que piense estupideces nuevas por ti.
-¿Para qué, si no vas a saber apreciarlas?- replicó Draco, batiendo las pestañas con afectación.
-Tú prueba- gruñó ella entre dientes.
El tendero carraspeó, incómodo.
-Y bien?- preguntó, mirándola- Cúal se lleva al final?
-El de un metro-respondió ella, tocando el árbol que tenía delante-Este mismo.
-Bien, Granger- comentó Draco, cogiéndose las manos a la espalda-Habrá que cavar en el suelo para poner los regalos debajo. Será divertido.
Hermione se puso roja de indignación. Había sido la gota que colma el vaso.
-Bueno, ya está bien!-estalló, ante la atónita mirada del tendero- ¿Qué quieres, el de 2,60? Es eso? Pues ahora nos lo llevamos! NOS LLEVAMOS ESE.
Draco se miró las uñas y sonrió triunfal.
-No hace falta ponerse así, Granger. Este hombre no tiene la culpa de que estés en "ese día del mes".
-Quéé? Yo no tengo la regla! Y además ¿a ti qué te importa?
Draco y el tendero se lanzaron una mirada cargada de enternecedora solidaridad masculina.
-Mi mujer también se pone así.-dijo el hombre, dándole una palmada de compasión a Draco-Créeme, hijo. Si de jóvenes ya empiezan así, de mayor son absolutamente insoportables.
Draco suspiró teatralmente y asintió. Hermione le lanzó una mirada asesina y luego se dirigió hacia el tendero con cara de pocos amigos.
-Cúanto cuesta?
-100 libras-respondió el hombre, pero al ver la cara desquiciada de Hermione, corrigió asustado-Aunque supongo que podemos dejarlo en 85.
Hermione apretó los dientes y forzó una sonrisa de amabilidad.
-Aquí tiene.-dijo, poniéndole el dinero en la mano.
El hombre masculló las gracias y ajustándose el abrigo, desapareció entre los árboles. Hermione miró sombríamente a Draco, que se estaba riendo a carcajada limpia, y luego miró el abeto, que yacía plácidamente tumbado y con las ramas atadas.
Hermione se mordió el labio y suspiró.
¿Desde cuando actuaba tan irreflexivamente? A duras penas cabía un árbol tan grande en casa. Estaba atónita consigo misma. Cómo había podido ceder tan fácilmente a la manipulación de Malfoy? Qué quedaba del famoso temple Gryffindor que puede con todo y no se deja arrastrar?
Debía tener una crisis de identidad.
-Granger, por más que mires, el árbol no se moverá solo.- intervino Draco con su clásico tono desdeñoso.-No en este mundo, al menos.
-Gracias por señalarlo- replicó ella fríamente, sin apartar la mirada del árbol. Debía pesar bastante. Se frotó las manos enguantadas.-Bueno, vamos allá. Tú lo coges por el tronco y yo por la copa. Venga.- dijo, pasando por encima del árbol para situarse en el otro extremo.
Draco no se movió. Se limitó a arquear una ceja plateada y a fruncir los labios.
Hermione le miró expectante.
-Malfoy, cógelo por el tronco-repitió.
-Ah, pero de veraspiensas que te voy a ayudar?-se sorprendió él, mirando el árbol como si fuera el primero que veía en su vida.
-Evidentemente!-exclamó Hermione, irritada- Crees que puedo con él yo sola?
-Por supuesto.-dijo Draco solemnemente.-Tengo absoluta fe en la igualdad de sexos, Granger.
-No digas tonterías!- ladró ella, exasperada.-Eso no tiene nada que ver ahora!
Draco chasqueó la lengua con desaprobación.
-Granger, si yo fuera mujer, me sentiría ofendido por tus palabras.-la sonrisa desapareció, dando paso a una expresión fría y desdeñosa- Si quieres te lo digo más claro, a prueba de idiotas: es tu maldito árbol, por lo que tú cargas con él.
-Pero no puedo yo sola!-estalló ella en el colmo de la frustración.
Se podía ser más obtuso?
-Pues no haber comprado uno que no pudieras cargar.-replicó él sin pestañear.
Hermione se llevó una mano al pecho, sin poder creer lo que oía. El rostro se le puso rojo de la indignación.
-He comprado este precisamente porque no dejabas de quejarte! Yo no quería llevármelo!
Draco se encogió de hombros.
-Y a mí que me cuentas? Cómprate una personalidad!
Hermione apretó los dientes tan fuertemente que la mandíbula le rechinó. Lo peor era que en cierto modo, tenía razón.
-Muy bien-siseó furiosa, agarrando el árbol por la copa y arrastrándolo tras ella. De pronto, una idea luminosa cruzó su mente y le arrancó una sonrisa.-Va a ser divertido. Tú, yo y el árbol en el metro.-se rió entre dientes-Quince paradas llenas de calor humano!
Para su satisfacción, oyó que las pisadas de Malfoy tras ella se detenían en seco.
-¿Cómo que vamos a ir en metro? Ni hablar.-se plantó.-Llama a tu madre, sangresucia. Es una orden.
Hrmione no se volvió. Siguió arrastrando el árbol penosamente por la acera, riéndose para sus adentros. La histeria del Slytherin casi era palpable.
-No te atrevas a ignorarme!-se desgañitó él, apresurando el paso tras ella.
Hermione miró de reojo a los transeúntes, que les contemplaban con cierta sorpresa, y pensó en el lamentable espectáculo que debían ofrecer. Ella, con el pelo aún más salvaje a causa de la humedad, arrastrando un abeto de dos metros, y él, vestido impecablemente de Armani, chillándole como un niño pequeño.
-No sé si te has dado cuenta, Malfoy, pero no te estoy escuchando-comentó alegremente.
Draco estaba pálido de la ira. Con un gesto decidido, pisó el tronco del árbol, obligándola a frenar en seco.
-Muy bien.-le dijo, con la frente perlada de sudor por la indignación.- Ahora llama a tu madre. No voy a volver al metro.
Hermione batió las peñas afectadamente, fingiendo pena.
-Oh, lo haría. Pero como tengo que cargar el árbol sola, me queda más cerca el metro. Podría llamar a mi madre, peero…eso conllevaría caminar un rato más y no creo que pueda -se volvió ligeramente para que él percibiera su sonrisa triunfal y añadió- Ya sabes, yo sola.
Lástima que de espaldas no pudiera ver la expresión de furia de Draco. La piel de sus pómulos estaba tan tensa como la de un tambor, estirando unas facciones ya de por si escarpadas. Pero sin duda, lo que más le hubiera gustado ver era el odio que crepitaba en sus ojos grises, oscureciéndolos hasta hacerlos parecer casi negros.
Draco apretó los puños.
La odiaba. Con todas sus fuerzas.
Sangresucia.
Cómo se atrevía a chantajearle de aquella manera. Cómo se había atrevido el viejo adoramuggles a someterle a aquella tortura. Él, descendiente de uno de los linajes más puros del mundo mágico!
Clavó la mirada en la espalda de Hermione y se imaginó a sí mismo humillándola. A ella y a toda su familia. Haciéndoles barrer el suelo con la lengua, haciéndoles entender que ni siquiera valían el aire que respiraban.
Oh, sí, murmuró para sus adentros, acariciando aquella idea. Sin embargo, la visión de Hermione a cuatro patas lamiendo el suelo frente a él se volvió repentinamente erótica. La imaginó desnuda, sensualmente arqueada contra el piso, extendiendo sus pequeñas manos blancas hacia sus zapatos, suplicando…
Draco palideció. No podía pensar en aquellas cosas. No debía. Elevó la vista hacia el cielo, presa de un violento sentimiento de vergüenza.
Una sangresucia.
Draco sintió que la vergüenza daba paso al malhumor. Le irritaba aquel fenómeno; tenía la sensación de que ella tenía la culpa de todo, como si se hubiera desnudado frente a él a sabiendas que estaba oculto en el armario. Era estúpido pensarlo, pero Draco se sentía mejor así.
Miró el tronco que se arrastraba lentamente por delante de sus pies de sus pies y esbozó una sonrisa retorcida.
-Más rápido, Granger.-la hostigó, dándole un puntapié al tronco- Sabes, la gracia de comprar un árbol de Navidad es que aún sea Navidad cuando lo adornes.
Hermione apretó los dientes y le lanzó una mirada furibunda por encima del hombro.
-No me digas!-exclamó, sarcástica- Por desgracia, esta es la única velocidad que puedo llevar por mi sola.
Draco arqueó una ceja y se rió con suficiencia.
-Oh, es una indirecta?
-Cien puntos para Slytherin por perspicacia.-sentenció Hermione fríamente.
-Ah…esa debería ser la política de Dumbledore-suspiró Draco, poniéndose las manos detrás de la cabeza y estirándose con satisfacción.-Y no el claro favoritismo que hay hacia Gryffindor.
-Oh, claro, es tan injusto para los pobres Slytherin…lloraría si no tuviera las manos ocupadas.-terció ella, sarcástica.
Draco soltó una carcajada de descrédito.
-Oh, vamos, Granger- graznó- Es más que evidente. Te pondré un caso práctico. Un Slytherin guapo, atractivo y elegante rompe las normas. Un Gryffindor mugriento y miope también. ¿A quien castigarán quitando más puntos?
Hermione puso los ojos en blanco.
- A los dos por igual?
Draco resopló.
-Cien puntos menos para Gryffindor por pérdida de contacto con la realidad. Evidentemente, al Slytherin guapo, atractivo y elegante. El Gryffindor en último momento salvará a un hámster y será aclamado como héroe.
-Me pregunto quién será ese Slytherin guapo, atractivo y elegante-comentó Hermione con un deje de ironía en la voz.
-Oh, comprendo que pienses que soy yo-dijo Draco, pasándose una mano por el pelo con vanidad-Pero realmente podría ser cualquier Slytherin. La belleza es un factor medio en mi casa.
-Intentaré recordarlo la próxima vez que me encuentre a Crabbe.
Draco no pudo evitar echarse a reír. Touché, absolutamente. Estaba empezando a divertirse de veras con aquella conversación. Chasqueó la lengua, fingiéndose disgustado.
-Qué pasa, Granger? La belleza rústica no es tu tipo?
Hermione arqueó una ceja y le miró por encima del hombro.
-Rústica? Dirás rupestre. O primitiva- bufó.
Draco se rió entre dientes.
-Vamos, dale una oportunidad. Puede que sea tu príncipe azul- dijo, y la imagen de Crabbe en leotardos azules le heló la sangre en las venas- Puede que incluso se olvide de que eres una sangresucia. Podríais hacer cosas divertidas.
Hermione resopló, divertida.
-¿Como qué, encender el fuego con dos piedras?
-No sé, Granger- repuso él suavemente. Sus ojos bajaron sin querer por su espalda hasta posarse en su trasero, parcialmente cubierto por el anorak, y murmuró- ¿Qué te gusta hacer con los chicos?
Hermione se paró en seco y le lanzó una mirada sombría. Los ojos de Draco se habían tornado extrañamente oscuros y brillantes, como el acero mojado.
-Eso no es asunto tuyo.-le espetó secamente, apartando la vista. -Y deja de mirarme así.
Draco se rió suavemente entre dientes.
-Por qué, Granger?-preguntó, con falsa inocencia.- Cómo te estoy mirando?
-De esa manera. Para.-le ordenó ella, molesta.
Draco preparó el contragolpe, pero se calló al ver que ella había alzado la vista al cielo y había extendido la mano.
-Está lloviendo?-musitó, sorprendido. Ni siquiera se había dado cuenta.
-Di más bien nevando.-corrigió ella, preocupada. Dejó escapar un suspiro de fastidio y revolvió su mochila hasta dar con el teléfono móvil. Mientras marcaba el teléfono de su madre, clavó la mirada en Draco, malhumorada.-Hoy te sales con la tuya. No puedo llevar esto a casa nevando.
La sonrisa que se gestó en los labios de Draco fue de triunfo total. Nunca había estado más agradecido a los elementos.
-Mamá? Ah, que estás en el coche…no, no cuelgues! Oye, hemos…sí, sí, lo tenemos. Bueno…es un poco…grande. Mamá! Oye, mamá, está nevando. Sí. Dónde estás? En Essex street ? Pásanos a buscar, estamos al lado. Como que no? Por qué no?
Draco la miró, palideciendo por momentos. Podría ser que al final tuvieran que volver a casa en…metro?
-De obras? Pero ahora donde estás? Si. Si. Ya. Podríamos correr. Cúanto tiempo? En cinco minutos? Vamos para allá! Aguanta lo que puedas!.-colgó el teléfono y miró a Draco.-Escucha, mi madre está en un atasco. No te voy a explicar ahora lo que es, sólo te diré que tenemos cinco minutos para llegar a donde está ella si queremos volver en coche.
-Bueno, cúal es el problema?-preguntó él.
-El problema es que tenemos que correr con el árbol.-zanjó Hermione-No tenemos tiempo.
-Tenemos?
-Es eso o el metro, Malfoy!-gritó ella, en un tono que no admitía réplica.
Draco apretó los dientes.
-Esta me la pagas, Granger-juró él irritado, agachándose para coger el árbol por el tronco.
Hermione agarró la parte de la copa y asintió.
-A la de tres empezamos a correr. Uno, dos...¡YA!
Sólo los que han intentado atravesar el corazón de Londres la víspera de Nochebuena llevando un árbol de dos metros saben lo que sufrían Hermione y Draco corriendo como locos con un abeto en dirección a una de las principales arterias de la ciudad.
-Malfoy, a la derecha!-gritó Hermione, salvando a una anciana de una muerte prematura por golpe de árbol.
Draco le lanzó una mirada de odio recalcitrante, sin detenerse. Del esfuerzo de correr había empezado a sudar y su pálido rostro se había puesto rojo. El impecable traje ya no estaba tan impecable, y tenía arañadas las manos por las ramas. Por no hablar, por supuesto, de la pinaza en el pelo.
Debían parecer dos locos. La gente se los quedaba mirando al pasar, o les insultaban cuando les golpeaban con el árbol.
-Cuanto falta?-gritó él, sin aliento. Aquello empezaba a parecer una pesadilla: las luces de la calle, la música de los villancicos y el gentío empezaban a marearle. Sentía que se iba a desmayar en cualquier momento.
-Poco!-respondió ella, sin volverse-Y no vayas tan rápido, que me estás empujando con el árbol!
-Pues déjame a mi delante!
-No digas tonterías! Tú no sabes por dónde hay que ir!
Draco no contestó. En lugar de eso, palideció y gritó:
-MIRA AL FRENTE!
-QUÉ?
Hermione se quedó lívida al ver al anciano chillar frente a ella, a punto de ser arrollado. Clavó los pies en el suelo y frenó en seco. Draco frenó también, pero con la velocidad que llevaba no puedo evitar irse hacia delante con el frenazo y la embistió con el árbol en toda la espalda. Hermione ahogó un gemido de dolor. Frente a ella, el anciano comenzó a agitar el bastón indignado.
-Como locos! Vais como locos! Gamberros! Debería daros vergüenza!
Hermione se puso roja.
-Lo sentimos mucho, de verdad-se disculpó, jadeante aún por la carrera.- Es que tenemos mucha prisa…
- Eso no os da derecho a atropellarme, yendo así por la calle!-clamó, con toda la ira de la tercera edad- Habéis estado a punto de matarme!
-Bueno, tampoco es que tenga toda la vida por delante precisamente.-comentó Draco por lo bajini.
-Discúlpenos, por favor-insistió la Gryffindor ignorando el comentario de Draco.- Que tenga un buen día.-y antes de darle tiempo al anciano de seguir protestando, echaron a correr de nuevo, y no se detuvieron hasta que llegaron al atasco en el que supuestamente estaba atrapada la señora Granger.
-Dónde está?- preguntó Draco, oteando el panorama.
Hermione no respondió. Comenzó a examinar ansiosamente todos los coches allí parados. La sola posibilidad de que hubieran llegado demasiado tarde le helaba la sangre en las venas. Se imaginó a ella y a Malfoy convertidos en dos muñecos de nieve golpeados por la ventisca. Y por supuesto, el árbol al lado.
No, por Dios, rogó para sus adentros. Si la justicia divina existía, su madre tenía que aparecer, porque no tenían otra opción. Hermione estaba segura de que ya no le quedaba energía para reducir a Malfoy y obligarle a entrar en el metro.
-Donde está tu maldita madre, Granger?- insistió Draco con un punto de agresividad.
Hermione dio un respingo. Es que le había leído la mente, o qué? Sin embargo, antes de que pudiera contestarle, un coche empezó a claxonar insistentemente para llamar su atención. Hermione se sintió rejuvenecer al ver que se trataba de su madre. Echó a correr sin que le diera tiempo a Draco de volver a coger el árbol.
-Está allí!-gritó, arrastrando el abeto acera arriba- Rápido!
-Hermione!- la cabeza rizada de la señora Granger emergió por encima del atasco y les hizo un gesto imperioso con la mano-Vamos, antes de que cambie el semáforo!- de repente, se fijó en el árbol que arrastraba su hija y su expresión se demudó- Pero…pero ¿qué habéis traído? Cúanto mide este abeto?
-Er... dos metros sesenta. Te lo explico luego!-respondió Hermione, crispada, mirando el coche-¡Cómo lo metemos?
-Buena pregunta.- musitó la mujer. Miró a Draco y le hizo un gesto con la mano- Cariño, rápido, métete y abre las ventanillas del coche. Lo vamos a poner atravesado sobre vuestro asiento.
Draco la miró como si estuviera loca.
-Y dónde vamos nosotros entonces?
-Tú obedece!-saltó Hermione, histérica al ver que el semáforo había cambiado de rojo a ámbar.
Draco se metió-o más bien se tiró- al interior del coche, peleándose con los faldones de su abrigo, e hizo lo que le habían indicado.
-Y ahora qué?- preguntó, sacando la cabeza justo en el momento en que Hermione metía el árbol de golpe. El tronco le dio en la sien.-CUIDADO!- ladró, furioso-Quieres dejarme tuerto o qué?
-Tú dame ideas.-gruñó la Gryffindor entre dientes, empujando el árbol hacia dentro.
-Oh, no! El semáforo!- se horrorizó la señora Granger- Rápido, adentro, Hermione!.- exclamó, y empujó a su hija al interior del coche con tanta fuerza que ésta cayó en plancha sobre Draco. Concretamente, sobre su regazo.
El Slytherin palideció y se pegó al respaldo del asiento, contemplando la cabeza de Hermione entre sus piernas como si fuera un monstruo del pantano. Aparentemente, ella estaba demasiado ocupada intentando quitarse las ramas de pino de la boca como para ser consciente de que se estaba agarrando a su muslo.
Pero él sí que era muy consciente de ello.
Tragó saliva y preparó algún improperio que soltarle, pero tenía dificultades para concentrarse. La mano de ella sobre su muslo le quemaba a través del pantalón como un hierro candente.
Inspiró fuertemente. Estaba pasándole de nuevo. Intentó reprimirlo, pero no podía. Pensó en su padre, en su madre, en Pansy, en Goyle, en Crabbe. Intentó pensar lo repugnante que era el solo hecho de ser tocado por ella, pero no podía apagar el calor que se extendía lentamente por su muslo en dirección a sus ingles.
Maldita sangresucia.
Apretó los dientes y entornó los ojos. Empezaba a creer que lo hacía a propósito, que provocaba aquellas situaciones ex profeso para hacerle sentir desorientado y débil.
Eso nunca, se juró a si mismo.
Aprovechando el brote de ira, agarró a Hermione por los hombros y se la quitó de encima de un brusco empujón. La señora Granger en aquel momento puso la radio para escuchar el parte de tráfico.
Hermione cayó sobre el árbol con un jadeo ahogado y se movió torpemente, intentando incorporar el torso.
-Qué haces!-le siseó enfadada cuando pudo mirarle.
-Proteger mis pantalones de tus sucias manos, Granger- le espetó él, con toda la mala baba que pudo. Al ver la expresión de inocente estupor su irritación aumentó-Sí, eso blando era mi regazo¿sabes?
Hermione se puso tan roja que parecía que alguien le hubiera pintado la cara.
-Y a mi qué!-siseó, fuera de si. Haciendo un esfuerzo, se agarró al siento y logró izar el cuerpo lo suficiente como para dejarse caer sentada. No podía desplegar las piernas porque el árbol se lo impedía, así que se cogió las rodillas en el asiento.
. Le lanzó una mirada fulminante a Draco, y consideró la posibilidad de apartar un poco el árbol para hacer sitio para sus piernas. Se puso en pie como pudo aprovechando que aún estaban parados e intentó mover el árbol.
Sin embargo, justo en ese momento todo el mundo se puso en marcha y la señora Granger arrancó el coche, mandando a su hija a aterrizar de nuevo sobre Draco. Sólo que esta vez estaba sentada.
Draco le lanzó una mirada sombría.
-Otra vez? Por mucho que te insinúes, Granger, la respuesta es NO. –le siseó, para que la señora Granger no lo oyera.
Hermione saltó de su regazo, y se arrancó enfadada la pinaza que tenía colgada del flequillo, delante de sus ojos.
-Como si quisiera -bufó ella, dedeñosa- Sigue soñando.
-Cómo estáis ahí atrás?-preguntó la señora Granger, que no podía ver lo que sucedía atrás porque el árbol hacia de parapeto.
-Mejor que nunca.-respondió Draco, mortalmente lacónico. Miró a Hermione y le hizo una mueca.
La señora Granger se echó a reír.
-Paciencia, paciencia.-la oyeron decir.- Diez minutitos y estamos en casa. No os estreséis. ¿Qué tal si ponemos unos villancicos?
Hermione palideció.
-Qué tal si no los ponemos?- propuso débilmente.
En vano. Oh blanca Navidad ya había empezado a atronar por los altavoces del pequeño Ford blanco. Hermione dejó escapar un suspiro silencioso y se dio la vuelta. Prefería no ver la cara de Malfoy. Le había oído resoplar y podía apostar su vida a que en aquel momento tenía su típica sonrisa de desdén colgada de los labios.
Lo cierto es que no podía culparle. Todo debía parecerle…bueno, de locos. Era curioso. Ella siempre había adorado a su familia, con todos sus defectos y sus excentricidades, pero hasta aquel momento, nunca había sentido vergüenza de ella. Muy a su pesar, tenía que admitir que se avergonzaba del árbol, del coche, de su madre, de su tía, y de todo el circo de familiares que al día siguiente se presentarían en casa por Navidad.
No es que le importara lo que pensara él, evidentemente. De entre todas las opiniones del mundo, la de un bastardo egocéntrico y racista como él era la última que tendría en consideración.
Y además, era consciente de que incluso aunque tuviera una familia perfecta, Malfoy encontraría algún motivo para despreciarla. Hicieran lo que hicieran, seguían siendo sangresucias. Carne para la picadora. Seres inferiores.
Hermione se mordió el labio inferior para frenar la ola de resentimiento que amenazaba con asaltarla. Lo que más odiaba de él era precisamente aquella sonrisa prepotente que parecía eternamente impostada en su rostro.
El mundo no era lo bastante bueno para Draco Malfoy, oh oh oh.
Sólo para constatar si tenía o no su sonrisilla despectiva, Hermione se volvió y le miró disimuladamente. Sin embargo, Draco no estaba sonriendo. Estaba muy serio, y en la manera en que dejaba vagar la mirada por la ventanilla había algo que no podía identificar. Casi parecía…tristeza.
Sorprendida, Hermione siguió mirándole. Era la primera vez que veía a Draco absorto. Su perfil, ligeramente cabizbajo, se recortaba contra la luz grisácea de la nevada. Aún conservaba su nariz respingona, como caprichosa, pero la línea de la mandíbula se había vuelto afilada y los pómulos, escarpados. Aunque Hermione no había visto a Lucius Malfoy más que dos o tres veces, tuvo la certeza de que Draco se le parecía cada día más.
Quizá ahora estaba acordándose de él.
En ese momento, Draco pareció volver de donde quiera que estuviera y le lanzó una mirada incisiva.
-Apreciando el arte, Granger?- le espetó, sus labios curvándose en una mueca sardónica.
Hermione le puso cara de asco.
-Olvídalo.-bufó, dándose la vuelta.
Contemplar la nieve cayendo era más productivo que tratar de imaginar que Draco Malfoy tenía sentimientos.
Las predicciones de la señora Granger respecto al tiempo de vuelta a casa resultaron erróneas. Los "diez minutitos" se convirtieron en casi media hora. La cinta de villancicos casi había acabado para cuando finalmente llegaron a casa. Hermione sonrió al verla cubierta de nieve y con las luces del comedor encendidas. Tenía un aspecto acogedor y alegre.
-Bajad con cuidado.-dijo la señora Granger, calándose el gorro hasta las orejas y sacando la llave del motor.- La acera estará helada.
Draco bajó del coche y le lanzó una mirada maliciosa a Hermione.
-Te doy un sickle si vas corriendo hasta la puerta, Granger.
Hermione le miró entornando los párpados.
-Después de ti.-replicó, lacónica.
-Lástima- suspiró él, empujando el tronco del árbol para desatascarlo de la ventanilla y así sacarlo- Me apetecía ver un desnucamiento en directo.
-Oh, pero si nadie te lo impide, Malfoy-respondió Hermione con exquisita cortesía- Es más: la humanidad entera te alienta a que lo pruebes tú mismo.
Draco dejó escapar una carcajada jactanciosa y cerró la puerta del coche. La señora Granger ya había entrado en la casa, por lo que ahora podía hablar libremente.
-Estoy en Slytherin, Granger-le recordó, poniendo los ojos en blanco.- La humanidad me importa un comino, y más si te engloba a ti.
-Salta la sorpresa.- contestó Hermione, sarcástica. Miró el árbol tumbado en la reluciente acera y enarcó una ceja- Y supongo que para no romper este clima de sorpresa, vas a hacer que siga cargando con el árbol yo sola.
-Evidentemente, Granger.- dijo Draco, echando a caminar hacia la casa.
Hermione apretó los dientes y agarró el árbol por el tronco.
-Oh, Evidentemente.
Cuando entraron en la casa y el señor Granger vio el árbol, se llevó una mano a la cabeza y se la rascó, desconcertado.
-Pero… pero qué es este pedazo de árbol?
Draco esbozó una sonrisita divertida y miró a Hermione. Esta frunció los labios y le fulminó con la mirada antes de responder:
-Cuando llegamos no quedaba ninguno de los pequeños. Éste era el más pequeño de los grandes.
-El más pequeño de los grandes?-el señor Granger tosió- Entonces prefiero no saber cómo eran los otros. Espero que quepa derecho-murmuró, agachándose para examinarlo de cerca.- ¿Cúanto mide?
-Dosmetrossesenta- gruñó Hermione con un hilo de voz.
Draco se mordió la lengua para no reírse al ver la expresión de desconcierto del señor Granger.
-Francamente, palomita… ¿en qué estabas pensando cuando lo compraste? Este comedor no es precisamente la Capilla Sixtina.-dijo.
Ya lo sé, pensó Hermione, lanzándole una malhumorada mirada a Draco. Llevo demasiado tiempo a su lado ya como para no tener síntomas de locura.
Y quién sabe cómo estaría su salud mental al final de las vacaciones.
Hermione sacudió la cabeza, ignorando el escalofrío que recorrió su espina dorsal.
Esto podría dejarme secuelas permanentes.
-Aquí vienen los adornos!- irrumpió la señora Granger, con la voz ahogada por el peso de la caja que llevaba en los brazos.- George, tráeles la escalera a los niños y ve a por las luces¿quieres?
-Voy.-dijo diligentemente su marido.
-Buf, cómo pesa esto.-la señora Granger dejó la caja en el suelo y se frotó la espalda, como para aliviar el lumbago.-Me estoy haciendo vieja.-le dijo a Draco, que la miraba con curiosidad.- Bueno, vosotros dos os encargáis de la decoración, no?
-Sí, claro.-dijo Hermione sin demasiado entusiasmo.
Ciertamente, adornar el árbol siempre había sido una de sus actividades navideñas favoritas. Le encantaba abrir cada año aquella vieja caja de cartón y desenvolver delicadamente los adornos protegidos con papel de seda: las bolas de cristal de bohemia, los lazos de terciopelo rojo, las piñas doradas, los ángeles de yeso pintados con purpurina que hizo en el colegio a los cinco años…y tantos otros trabajos manuales infantiles que su madre colgaba orgullosamente del árbol.
Adoraba el olor de aquella caja, el suave olor a canela de las galletas horneadas que impregnaba el ambiente, y la frescura del abeto. La Navidad olía a todo aquello, y era embriagador; la sensación más bonita del mundo.
Pero aquel año no podía oler absolutamente nada. La presencia de Malfoy tenía sobre ella un inusitado poder inhibidor: nada de lo que veía, oía, u olía conseguía conmoverla. Y por supuesto, también estaba el hastío. Hermione empezaba a estar cansada de tener que estar siempre en tensión, de mantener siempre la guardia alta, para no hacer nada que pudiera ser el blanco de sus burlas.
-Aquí tenéis.-dijo el señor Granger, entrando en el comedor con una vieja escalera de madera y apoyándola contra la pared.-Id con cuidado, eh? Que ya tiene bastantes años.
-Gracias papá.-sonrió Hermione, algo agobiada. Al ver que en vez de dejarles solos su padre se dirigía resueltamente hacia el aparato de música, la asaltó la aprensión.- Papá, qué haces?- preguntó, con una nota de inquietud.
-Poneros música que inspire vuestro espíritu navideño!.-exclamó triunfal el señor Granger, rebuscando rápidamente entre los cd's. Se detuvo un segundo y se rascó la cabeza, contrariado- Vaya, hombre. No encuentro aquel cd de villancicos de La Sirenita que te gustaba tanto…-se volvió sonriente hacia ella- Te acuerdas de cuando lo cantabas y yo te hacía la voz del cangrejo?
Precisamente porque se acordaba demasiado bien de aquello, Hermione se sonrojó violentamente. Oyó a Malfoy disimular una carcajada tras un carraspeo.
-Sí, me acuerdo, pero de eso hace ya mucho tiempo.-dijo rápidamente en un desesperado intento de salvar su dignidad.
-Pero si el año pasado yo recuerdo que el primo Dick te hizo de Cangrejo!-repuso el señor Granger, abriendo el cd de Frank Sinatra y poniéndolo en el reproductor, totalmente ajeno a la humillación a la que acababa de condenar a su hija.
Hermione palideció. Le asaltó un flash de la última Navidad en la que, algo achispada por el champán, había cantado efectivamente la versión Disney de Adeste Fideles con el primo Dick, que iba completamente borracho.
El primo Dick!
Hermione sintió que se le secaba la boca.
No, no. El destino no podía ser tan cruel.
Lanzó una mirada de reojo a Draco, que parecía haber desarrollado un súbito interés por el estucado de la pared. Sin embargo, el temblor de sus hombros sugería que en realidad se estaba partiendo de risa.
Hermione tragó saliva.
-Oye, papá-preguntó, con un punto de ansiedad.-Por casualidad, mañana no vendrá el primo Dick a la cena, no?
-Me encanta esta canción.-dijo el señor Granger satisfecho, subiendo el volumen.
Have yourself a Ferry Little Christmas…empezó Frank Sinatra.
Hermione experimentó un sudor frío de lo más desagradable.
Oh, no, suplicó. El primo Dick no. Por piedad, que no venga. Que se ponga enfermo.
-Papá-insistió-Va a venir el primo Dick?
-Claro, palomita, por qué no iba a venir?-repuso el señor Granger, sin reparar en el color ceniciento que había adoptado súbitamente la faz de su hija.- Mientras haya alcohol gratis, Dick va a donde sea. También viene la prima Gabrielle, por cierto. Y Robert y Bridget. Y el resto, claro.
Hermione estuvo a punto de pellizcarse para cerciorarse de que aquello no era una pesadilla. Draco, que estaba cortando las cuerdas del árbol, le lanzó una mirada suspicaz. Ignoraba quien era toda esa gente, pero la cara de ir a vomitar de Granger no tenía precio.
-Pe…pero si nunca vienen…-gimió.-Hace…hace tres años que no veo a la prima Gabrielle…
-Bueno, es que queremos que conozcan a tu amigo.-el señor Granger le guiñó un ojo a Draco y éste no pudo evitar sonreír a su vez. Hermione quiso suicidarse.- Gabrielle estaba particularmente encantada con la idea.
Some day soon we're all be together…
Hermione apretó los dientes. Su prima Gabrielle era probablemente la persona más cotilla sobre la faz de la tierra. Regentaba una peluquería hortera en Whitechapel y aparte de probar en su propia cabeza todos los tintes, era una adicta a las revistas tipo Cosmopolitan. Aunque sólo tenía 27 años, su vida ya giraba en torno a dos cosas: los hombres y las dietas. Sin mucho éxito en ninguna de las dos.
Y ahora venía dispuesta a conocer a Malfoy.
-Bueno.-dijo el señor Granger, poniendo el árbol en pie y separándose un par de pasos para admirarlo con satisfacción- Cabe justo, pero cabe. Creo que este es el árbol más grande que hemos tenido desde que hace siete años Dick trajo aquel pino monstruoso.-se rió ligeramente, recordando la situación. Se volvió hacia su hija- Bueno, ahora es cosa vuestra adornarlo. Estaré en la cocina ayudando a mamá con el pudding, si necesitáis algo…
Cianuro, pensó lóbregamente Hermione. No quiero ver lo que sucederá aquí mañana.
-No se preocupe-respondió Draco, con cierta simpatía. El señor Granger asintió y abandonó el comedor.
Ya solos, Draco y Hermione se miraron durante unos segundos en silencio.
Have yourself…a merry little Christmas…
Draco fue quien rompió el silencio.
-He de admitir que estoy intrigado, Granger.-dijo, con su habitual sonrisa sarcástica- Puedo preguntar quién es el tal Dick, o me reservas la sorpresa para mañana?
-Para qué arruinarte la expectativa?.-murmuró lúgubremente Hermione, desviando la mirada de sus ojos grises.
-Vamos, Granger, no puede ser tan terrible. Después de conocer a la loca de tu tía, incluso tú pareces medianamente normal.
Hermione se rió entre dientes, pese a las deprimentes perspectivas.
-Y si te digo que Dick es su hijo?
Draco echó la cabeza hacia atrás y profirió una carcajada de regocijo. Sus ojos grises destellaban como la plata bruñida.
-Esto promete. ¿Sabe ya tu querido amigo Hagrid que tu familia podría entrar en el temario de su asignatura?
-Muy gracioso, Malfoy¿ te digo yo en qué asignatura podríamos estudiar a la tuya?-le cortó.
- Historia del arte?-sugirió, con una sonrisa repelente.
Hermione resopló.
-No de ese tipo de arte, en cualquier caso-replicó. Cogió la escalera y la abrió junto al árbol. El oxidado gonce de hierro chirrió desagradablemente.- Y ahora ya puedes largarte si quieres. Puedo con esto yo sola.
Draco se rió entre dientes y la miró aviesamente.
-Oh, molesto?
-Sí.
-Entonces creo que me quedo a ayudar.- dijo, dejándose caer en el sofá con una sonrisa sardónica.
-Como si te tiras por la ventana, Malfoy.-bufó ella, molesta.- Me es totalmente indiferente.-se sentó en el suelo y abrió la caja de adornos, dispuesta a ignorarle.
Pero él no estaba dispuesto a dejarla tranquila.
-Qué es todo eso envuelto en papel?-preguntó, inclinándose ligeramente hacia delante para mirar.
-Adornos para el árbol.-respondió ella secamente.- ¿Es que no adornáis el árbol en tu casa?
-Nos podemos permitir comprar cada año adornos nuevos.-respondió Draco en tono jactancioso.-No guardamos nada.
-Qué impresionante.-murmuró Hermione desdeñosamente sin mirarle.
Reinó el silencio durante varios minutos, sólo roto ocasionalmente por el suave crujido del papel de seda que protegía los adornos. Hermione casi ya había acabado de densenvolverlos todos cuando Draco saltó de nuevo:
-Por Merlín, qué es ese engendro demoníaco?- se horrorizó, señalando el ángel de yeso que tenía Hermione en la mano.
-Es un ángel de yeso, para tu información.-respondió ella en tono irritado.-Tienes algún problema?
Cierto, no era una gran alfarera a los cinco años-ni ahora, la verdad- pero eso no era motivo para restarle valor a su tierno trabajo infantil.
-Nada, Granger. Sólo que creí que ibas a adornar el árbol.-remarcó él, irónico.-Es alguna estrategia para mantener a los niños alejados del árbol y así quedarte con sus regalos?
-Buena idea, crees que funcionaría contigo?-repuso ella, enarcando una ceja.
-Después de estos días contigo estoy vacunado contra el horror y la deformidad, gracias-replicó él, entrelazando elegantemente sus dedos y mirándola con falsa alegría.-Pero es un buen intento. Parece artesanía de San Mungo, o la obra de un niño con problemas mentales.
Hermione se detuvo en seco y le lanzó una mirada sombría de lo más significativa. Draco abrió mucho los ojos y soltó una fuerte carcajada.
-OH, MERLIN! Lo hiciste tú!-echó la cabeza hacia atrás y se dio una palmada en el muslo, presa de un severo ataque de risa.
Hermione le observaba con el ceño tan fruncido que prácticamente le ocultaba los ojos.
Cuando el ataque de risa se extinguió, el rostro de Draco estaba rojo como si hubiera corrido una carrera, y los ojos le relucían.
-Déjame ver eso más de cerca-ordenó, con la voz aún entrecortada por la risa.-Vamos.
-No-respondió ella a la defensiva, y por si acaso se escondió el ángel tras la espalda.
Para sus sorpresa, él no intentó arrebatárselo.
-Pero si te iba a hacer una crítica artística constructiva, Granger-dijo él, y volvió a echarse a reír.
Hermione apretó los dientes y no dijo nada. Se limitó a ponerse en pie y comenzó a adornar la parte de abajo del árbol, cuidando de poner los ángeles de yeso donde Malfoy no pudiera verlos. De todas maneras, sabía que era inútil.
-Los veré igualmente después.-le aseguró él alegremente.-A no ser que los robes por la noche.
Hermione se limitó a mirarle, sombría, y no dijo nada. Terminó de anudar el último lazo rojo a las ramas inferiores, y se dispuso a subirse a la escalera para decorar la parte de arriba. Cogió la cajita de bolas de cristal y puso un pie en la escalera, que crujió ominosamente.
-Eso ha sonado bien.-comentó Draco, con una sonrisita satisfecha.-Suena a tus huesos rotos, Granger.
Hermione resopló. Cada año le decía a su padre que tenían que comprar una escalera nueva, y cada año volvía a encontrarse subida en la misma. Miró a Draco con expresión malhumorada.
-Sujétamela.-ordenó, dándole una palmadita a la escalera.
Draco soltó un graznido de risa.
-Una orden divertida-señaló, con aire casual- No tanto como si la hubiera dicho yo, claro.
Hermione puso los ojos en blanco.
-Crece de una vez, Malfoy. Aguántame la escalera, voy a subirme.-le repitió.
-Y por qué tendría que hacerlo? Tengo toda la intención de verte caer cómodamente sentado en este sofá.-repuso él, con una sonrisa retorcida.
-También tienes ganas de quedarte en casa todas las Navidades? Porque si yo me rompo algo te aseguro que no vas a pisar la calle demasiado.
La sonrisa de Draco dio paso a una mueca de profundo disgusto. No quería ayudarla- el solo pensamiento le erizaba el vello-pero realmente era peor la perspectiva de estar encerrado sin salir al aire libre.
-Haber empezado por ahí, sangresucia.- murmuró sombríamente mientras se ponía en pie y se quitaba la chaqueta.
Hermione le miró con desprecio, obviamente ofendida por aquel espantoso insulto que él no parecía cansado de dirigirle una y otra vez.
-Simplemente aguanta la base de la escalera-le indicó fríamente. Con la caja de bolas apoyada en el hueco del brazo, subió lentamente por los viejos peldaños, sudando cada vez que la madera crujía y gemía bajo su peso. El truco era no mirar abajo.
Odiaba las alturas. Las odiaba con todas sus fuerzas, pero no era el momento de demostrarlo. Desde el peldaño más alto, tenía una vista aérea de la cabeza de Malfoy.
Qué curioso, observó. Visto desde arriba, las raíces de su pelo rubio parecían casi blancas. Hermione nunca había visto nunca ese color. Bueno, sí, en la cabeza de su prima Gabrielle, pero eso no era natural. El pelo de Malfoy le recordaba al de los elfos que aparecían en las ilustraciones de las novelas de fantasía.
De pronto, alzó la cabeza y la miró, hosco.
-No tengo todo el día, Granger.-le espetó desabridamente-Acaba rápido ahí arriba.
-Acabaré cuando tenga que acabar, y no cuando a ti te de la gana-repuso ella de malos modos.
La escalera crujió y se movió peligrosamente. Draco se había apoyado en ella con un hondo suspiro de indignación. Hermione se limitó a ignorarlo y siguió prendiendo con delicadeza las bolas de vidrio en las ramas superiores del abeto. Le gustaba tomarse su tiempo para hacerlo, y pronto se olvidó incluso de que Draco estaba allí abajo.
Su mente voló a La Madriguera, y se preguntó qué estarían haciendo Harry y Ron. ¿Estarían adornando el pequeño arbolito de los Weasley también¿Pensaría Harry en ella en algún momento? Imaginarlos sentados a la mesa, comiendo galletas y riendo hasta altas horas de la noche hizo que su malhumor se trocara en tristeza.
Aquella era su última Navidad como alumna de Hogwarts, y creía que iba a ser la mejor de su vida.
Con qué ligereza el destino destruye las ilusiones.
Los pensamientos de Draco iban por derroteros parecidos, sólo que él prefería no pensar demasiado en Malfoy Manor y en su madre. Por naturaleza, Draco no era una persona que tendiera a la melancolía o a la tristeza, pero por si acaso, era preferible no darle pie. Al fin y al cabo, eran las primeras Navidades sin su padre y Draco aún no había ordenado bien sus sentimientos respecto a su pérdida. Había muchas cosas en su interior; demasiados cabos sin atar, demasiadas aristas punzantes.
Como aquellos episodios de locura transitoria respecto a Granger.
Quizá la estancia en aquella maldita casa le estaba trastornando. Sentía que se aturdía por momentos, que se asfixiaba en el aire amable y dulzón que se respiraba en aquella casa. Tenía que contactar con su madre como fuera, recuperar su mundo, y no dejar pasar ni un solo día más confundido en aquel ambiente que no era el suyo y que nunca sería el suyo.
Detestaba que fueran amables con él. Detestaba que el padre de Granger le hubiera guiñado el ojo y que no hubiera podido evitar sonreírle. Lo detestaba porque le hacía sentir culpable de su superioridad, porque le confundía, porque le hacía dudar, y Draco le tenía pánico a la duda. Su padre le había educado para que no dudara jamás. Solía repetirle que la inseguridad es lo único que puede abocar a un hombre a la propia destrucción.
Y Draco aún tenía mucho que demostrar antes de extinguirse.
En aquel momento, Hermione se puso de puntillas en la escalera y esta se balanceó peligrosamente, emitiendo un desagradable chirrido que despertó bruscamente a Malfoy de su letargo. Éste chaqueó la lengua con fastidio- con el balanceo ya no podía apoyarse bien.- y levantó la cabeza, irritado y con el insulto tenso en la punta de la lengua.
Pero no llegó a dispararlo.
Por qué, fue todo lo que pudo pensar antes de que todo su raciocinio se fuera al garete.
Se quedó inmóvil, paralizado, con la vista dolorosamente fija en aquello que las piernas entreabiertas de la Gryffindor estaban descubriéndole de manera inconsciente. Con cada infructuoso intento por mantenerse de puntillas ahí arriba, la falda se movía, revelándole más de aquella piel suave y tierna, más de aquellas ingenuas y simplonas braguitas blancas de algodón que abrazaban lo más íntimo de su ser.
Y él estaba viéndolo.
Draco jadeó suavemente. Le asaltó por un momento una rabiosa sensación de triunfo, de regocijo, porque estaba seguro de que nunca nadie había visto aquello y sin embargo él, la persona a la que ella más detestaba, había logrado penetrar en su inocencia sin que ella lo supiera siquiera.
La oyó maldecir y moverse otra vez en la escalera. Al parecer, no llegaba a colocar la estrella en la punta del árbol. Draco intentó dejar de mirar, pero no podía. Si ella supiera lo mucho que él le estaba robando en aquel momento…
Profanar a la santísima Granger, epítome del espíritu Gryffindor. Sí, era un pensamiento lo bastante cautivador como para justificar su excitación en aquel momento. ¿Qué Slytherin no fantasearía con ello?
Junto a su mejilla, apretada contra la madera, sentía el ligero roce de su rodilla desnuda, tensándose y distendiéndose en sus intentos por llegar a la cúspide del árbol.
Estaba tan cerca. A sólo veinte centímetros de su muslo. Si extendiera la mano, podría acariciarle la ingle.
Draco se pasó la lengua por los labios resecos. La saliva había huido de su boca; al igual que todos sus fluidos, debía haber seguido su curso hacia el sur de su cuerpo, donde la temperatura había aumentado varios grados.
Se sintió enfermo, enloquecido, vulnerable. La cabeza le iba a estallar.
NO!
-Acaba tú sola, sangresucia.-le espetó airadamente, rompiendo el apacible silencio como una bomba nuclear.Y antes de saber siquiera lo que hacía, salió del comedor como una tromba,dejando a Hermione más desconcertada de lo que había estado en toda su vida.
¿A qué ha venido eso?
Muajaja! Draco empieza a tener problemas! XD. Sentid la UST, nenas! Y si os gusta, ya sabéis lo que tenéis que hacer, y bueno, si odiáis el fic también: Dejar un review! Pensad que a más reviews, más gente se animará a leerla! (desgraciadamente es así, por eso siempre que una historia te guste tienes que apoyarla! Hay tantos autores buenos esperando a ser descubiertos :).
