¡Buenos días a todos! Buenos, aunque una parte de mi conciencia me diga a gritos 'malos'. Ajá. Disculpen la mala onda, es que no dormí más de tres horas, tuve una evaluación hace unas horas y ayer me quedé hasta altas horas de la noche terminando un trabajo eterno. Demasiadas horas de estudio, ajá. Se me cierran los ojos así que voy a ser breve. Este capítulo es, a mi parecer, uno de los más interesantes. Pero bueno, lo dejo bajo su criterio.
Aquí el capítulo siete. ¡Que lo disfruten!:
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Una medida excesivamente drástica.
By LadyCornamenta
Capítulo 7: Todo por un helado.
—Se la regalé yo —habló Eriol inconcientemente, refiriéndose a la delicada pulsera que adornaba la muñeca de Shaoran—. Se la compré antes de ayer —declaró.
El hecho de que Sakura se hubiese dado cuenta de que el castaño tenía aquella pulserita le había confirmado a Shaoran que su racha de mala suerte parecía interminable. Patéticamente interminable.
Después de todo, Sakura solía ser la distracción hecha persona.
—¿Y qué hace él aquí? —inquirió bruscamente Sakura, olvidando momentáneamente el tema de la pulsera.
El moreno, ante la pregunta de la joven, se quedó en silencio, dirigiéndole una mirada de advertencia a Shaoran.
—Estaba conmigo, pero se quedó atrás —aseguró Eriol.
De acuerdo, parecía que se estaba contagiando de Shaoran y las excusas cada vez se volvían más idiotas, pero el muchacho de gafas ya no tendía ni idea de lo que podía hacer para salvar el pellejo de su compañero. No funcionaba bien bajo presión.
Sin embargo, Sakura se había quedado mirando al supuesto recién llegado.
—¿Y qué haces aquí? ¿Conoces a Naoko?
—Él sólo vino a acompañarme, Sakura —aseguró Eriol tratando sonar tranquilo, puesto a que Shaoran parecía no querer abrir la boca por nada del mundo—. Nada más.
—¿Y a ti qué? ¿Te han comido la lengua los ratones? —preguntó Sakura con un dejo de ironía, mirando al castaño.
Shaoran simplemente saco la lengua con un gesto desinteresado, para asegurarle que la misma seguía dentro de su boca.
Lo cierto es que no quería hablar demasiado en presencia de Sakura. Generalmente no solía ser un hombre de muchas palabras pero, más allá de eso, temía que la muchacha notara alguna similitud con su versión femenina. Después de todo, a pesar de que el tono de voz y el aspecto cambiaban considerablemente, su forma de ser seguía siendo la misma que cuando era un hombre.
—Debemos irnos Sakura —advirtió Eriol—. Sólo pasaba a dejarle el regalo a Naoko.
La castaña, que aún seguía algo sorprendida por la actitud que había adoptado Shaoran, sacudió la cabeza como saliendo de su trance.
—Pero…
—Hasta luego
Después de que el moreno saludara y Shaoran hiciera un gesto de despedida con la cabeza, la castaña solo pudo quedarse allí, inmóvil en su lugar, mientras los muchachos se alejaban por el pasillo, rumbo a la puerta de calle.
Pasaron algunos minutos hasta que el grupo de chicas volvió al living, encontrándose solo con Sakura allí, parada y con la vista fija en el pasillo.
—¿Sakura, estás bien? —Preguntó Tomoyo, mirando para todos lados—. ¿Y Eriol?
—Se fue… — sentenció Sakura, aún estática—…con él —agregó en un susurro, que solo Tomoyo pudo oír, debido a su cercanía.
La morena se quedó unos segundos en silencio, antes de alzar las cejas, sorprendida.
—¿Con él? ¿Hablas de…él? —inquirió en un suave murmullo.
Sakura asintió.
—¡Hey, ustedes dos! ¡Déjense de cuchicheos! —exigió Rika tirándoles una almohadón, desencadenando así, una larga guerra de plumas.
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—Voy a enloquecer —sentenció Shaoran, sentándose abatido, y pasándose nerviosamente una mano por sus cabellos.
—Ya lo creo —afirmó Eriol, apoyando la bandeja sobre la mesita.
Ambos habían huido —literalmente—, de la casa de Naoko. Faltaban pocos minutos para la una y media de la madrugada, por lo que uno de los pocos lugares que habían visto abiertos era la cafetería de una estación de servicio del pueblo. Decidieron entrar ya que, después de todo, era el lugar más decente trabajando a aquellas horas de la noche.
—Lo recomendable sería que tuvieras un poco más de cuidado los sábados por la noche —apuntó Eriol, revolviendo con tranquilidad el café que recientemente había pedido.
—¿Acaso crees que lo hago apropósito? —Refunfuñó Shaoran—. No sabía que íbamos a una maldita pijamada.
—La próxima vez, por tu integridad física, recuerda preguntar —bromeó Eriol, con aquél aire tranquilo característico de él.
Shaoran desvió la mirada y, luego de soltar un soplido de exasperación, le dio un gran sorbo a su café caliente, sintiendo una agradable sensación.
Después de unos cuantos minutos de una pequeña charla o, mejor dicho, de los monólogos repletos de recomendaciones de Eriol; ambos salieron de la cafetería de la estación de servicio. Entonces, mientras caminaban por las oscuras calles del pueblo, nuevamente fue tiempo para Shaoran se hacer uso de su teléfono móvil. Se pasó una mano por sus cortos cabellos castaños, nervioso, en el momento en que escuchó que alguien atendía del otro lado de la línea.
—¿Shiori?
—Si, soy yo —aseguró Shaoran, poniendo su mejor voz de mujer y haciendo que Eriol tuviera que contener, dificultosamente, la risa.
Lo fulminó con la mirada, antes de seguir con su conversación.
—¿Estás bien? ¿Por qué te has ido?
—Me sentía muy mal, necesitaba irme, eso es todo y como Eriol justo pasó por casa de Naoko…
—¿Estás con Eriol? —preguntó, sorprendida, la muchacha.
—Si…
Ambos jóvenes tuvieron una escueta conversación. Shaoran trató de convencer a una preocupada Sakura de que todo estaba bien y que nuevamente se alojaría en casa de su supuesto novio; además de pedirle que no se alterara y de aclararle unos cuantos puntos más que, finalmente, parecieron dejar a la castaña conforme. Igualmente, temía que debía ir inventándose una nueva excusa, porque eso de la huida por sus dolores estaba resultando, ya, bastante poco creíble. Incluso para alguien tan despistada como Sakura.
—Bueno Shiori, ahora vayámonos a casa porque me estoy congelando —bromeó Eriol, emprendiendo el paso hacia su hogar.
—Vuelves a llamarme Shiori y tendrás que comprarte una dentadura postiza.
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Afortunadamente para el castaño, el domingo pasó con una velocidad increíble. Shaoran, sin embargo, decidió que sería apropiado quedarse a dormir en casa de Eriol para no irrumpir nuevamente en la casa de los Kinomoto a tan altas horas de la noche, asegurándole a Sakura que se quedaría allí a pasar un poco más de tiempo con el muchacho y luego iría temprano a la casa para cambiarse e ir a la escuela.
El lunes, para Shaoran, fue una lenta y amarga tortura. Primero que nada, la época de exámenes se estaba poniendo cada vez más pesada y los ajustados horarios ya parecían a punto de explotar; sobre todo porque tres exámenes en un día no resultaba algo demasiado soportable para ningún estudiante. Él siempre había sido un alumno muy aplicado y sus promedios nunca habían bajado de ocho desde que tenía uso de razón. Sin embargo, toda la situación en general lo estaba superando. Porque, a aquella gran cantidad de exámenes, había que sumarle el hecho de que una particularmente pesada Sakura parecía preocupada al extremo por su salud tanto psíquica como mental.
¿Es que nunca había visto a nadie con un dolor de estómago en su vida?
Shaoran suspiró, mientras dejaba su libro de Historia sobre el escritorio, sabiendo que, por más que lo intentara con todas sus fuerzas, su cerebro no tenía pensado retener nada sobre la Primera Guerra Mundial. Era recién lunes por la tarde y para el día siguiente dos exámenes más estaban programados. Sin embargo, la cabeza de Shaoran parecía muy lejos de cualquier hecho histórico del siglo XX. La ventana abierta de par en par era un gran incentivo a tirarse por ella, pero pensó que sería una muerte muy poco decorosa. Se desplomó sobre la superficie de madera recordando, también, las constantes y sutiles bromas de Eriol, que siempre encontraba el momento justo para meter bocado y molestarlo sin que nadie sospechara nada. Su condición le resultaba algo sumamente chistoso, digno de unas cuantas bromas insoportables y chistes de mal gusto.
Oh si, su vida no podía ser mejor.
Decidió abandonar el escritorio e irse a dormir.
Después de todo, tirarse por la ventana no le estaba pareciendo una mala idea.
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El viernes a la mañana, Shaoran se dirigió a la escuela con una pequeña mueca de satisfacción plasmada en el rostro. Después de todo, el último día hábil de la semana se había hecho rogar bastante. Sonrió casi imperceptiblemente cuando el viento le movió la melena castaña, pensando en todo lo que podría hacer esa misma tarde. Quizás unas horas de televisión, escuchar algo de música, un buen libro. Oh, si, aprovecharía el fin de semana. Sakura, por su parte, se encontró corriendo de un lado para el otro, como habitualmente solía pasarle todos los benditos días hábiles de su vida. Tomando todas sus cosas con apuro y metiéndolas dentro de su morral, siguió a duras penas a su compañera, que ya estaba saliendo de la casa. Ambas llegaron al colegio en un abrir y cerrar de ojos; sobre todo porque, si no lo hacían, posiblemente se ganaran una bonita llegada tarde en sus libretas.
Aunque para Sakura aquello no era nada del otro mundo.
Una vez en la escuela, Shaoran y Sakura se dirigieron apresuradamente en el aula, tranquilizándose de que la profesora de Geografía recién había ingresado al salón. Ambos se dirigieron, presurosos, a sus puestos antes de que comenzara la clase. Casi una hora después, Sakura, ya cansada de oír tanta perorata sobre las leyes establecidas por la Organización de las Naciones Unidas, le mandó un pequeño papelito a su mejor amiga, que parecía tan entretenida en el tema como ella, solo que sabía fingir un poco mejor que estaba prestando atención. Cuando Tomoyo recibió la notita, sonrió al leer su contenido:
"¿Qué hacemos mañana?"
La morena tomó un bolígrafo de su cartuchera y comenzó a garabatear unas letras en el pedacito de papel. Sakura lo recibió nuevamente, leyendo la prolija caligrafía de Tomoyo:
"Podríamos ir al cine. Hace tiempo que no vamos"
Sakura mostró una sonrisa y asintió, mientras dejaba el papel sobre la mesa, que, al tiempo en que la profesora se encontraba haciendo anotaciones en la pizarra, Eriol se encargó de robar con un ágil movimiento. A los pocos minutos el papel regresó al banco de las muchachas, con una nueva nota en él:
"Me parece fantástico que vayamos al cine"
Ambas jóvenes llevaron una mano a su boca para contener una carcajada, hasta que el timbre sonó y pudieron reírse libremente. Finalmente tendrían algo de libertad y un bonito fin de semana por delante.
Sakura tomo a Shiori de la mano, a la que últimamente se pasaba cuidando por miedo a que sufriera un fuerte dolor como el de la casa de Naoko, y se la llevó del aula para dirigirse al comedor. Shaoran rodó los ojos, acomodándose su morral sobre un hombro y dejándose arrastrar con resignación. Después de todo, sabía que cuando a Sakura se le metía algo en la cabeza, no había forma de hacerla entrar en razón.
No sabía cómo sabía aquello pero, simplemente, lo sabía. Un bonito trabalenguas.
Los cuatro jóvenes comieron en el patio, sobre el pasto, aprovechando el día fresco pero soleado que se presentaba después de mucho tiempo.
—¿Así qué este fin de semana iremos al cine? —comentó alegremente Eriol, llevándose su sándwich a la boca.
—Así es —confirmó alegremente Sakura—. Tu también estás invitada — agregó la joven, dirigiéndose a Shaoran—. A eso de las diez estaría bien ¿Verdad? —preguntó la muchacha, pero sin siquiera darles tiempo a responder, añadió:— Si nos tomamos un taxi no creo que haya problema en volver tarde a nuestras casas…
Shaoran, sin embargo, al escuchar el comentario de la castaña, miró disimuladamente a Eriol, interrogándolo con la mirada.
—¿Podremos ir alrededor de las ocho? —Preguntó casualmente el moreno—. Para no volver tan tarde a casa.
—Si, yo debo ir a la casa de mi hermana porque el domingo temprano prometí que la acompañaría a…la acompañaría —secundó Shaoran, uniéndose a la mentira.
—De acuerdo —aceptaron Tomoyo y Sakura, mientras esta última se encogía de hombros.
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La tarde del viernes, Sakura llegó feliz a su casa, con una sola idea en mente: aprovechar el fin de semana. Luego de dejar su morral sobre una silla, se adentró en el living y se sentó en el sillón. Con pereza encendió el televisor. Alrededor de una hora y media después, Shaoran arribó al hogar de los Kinomoto. Al igual que Sakura, depositó su morral sobre una silla y se sentó frente al televisor, que en esos momentos se encontraba encendido, pero sin nadie frente a él. Sakura se encontraba en el piso superior, ya que había sacado la ropa que estaba colgada y ahora se encargaba de guardarla en sus cajones. Luego de acomodar las prendas, se dirigió a su escritorio para dejar una pequeña carpetita de tela que había decidido lavar. Mientras la acomodaba, su vista se posó en la pulsera que pendía de su muñeca, de aquél hermoso verde. Igual a la que le había regalado a Shiori. Igual a la que él tenía.
Entonces aquél muchacho volvió a sus pensamientos.
Casi como una autómata descendió las escaleras y, sin siquiera reparar de la presencia de Shaoran, siguió su recorrido hacia la cocina. Decidida a preparar ella misma la cena, ya que su padre tenía una conferencia por todo el fin de semana, se arremangó el sweater. Luego puso el agua a hervir y sacó una pequeña tabla de madera para cortar los vegetales en ella.
Shaoran, por su parte, extrañado de la actitud silenciosa de la muchacha —que ni siquiera había notado su presencia—, la siguió a la cocina sigilosamente. Se quedó unos minutos allí observando sus movimientos, que parecían algo mecánicos, e incluso bastante más torpes de lo normal. Siguió en su posición de espectador, hasta que la muchacha se llevó rápidamente un dedo a la boca, soltando repentinamente el cuchillo y dejando escapar de su boca una maldición en forma de susurro.
—¿Estás bien? —preguntó el joven desde la puerta, acercándose y sobresaltándola.
Sakura asintió aún con el dedo contra sus labios y una expresión contrariada.
—Eso por estar distraída —recriminó él, mientras, casi sin pensarlo, tomaba su mano y la obligaba a meterla debajo del chorro de agua fría—. ¿Dónde tienes la cabeza?
La muchacha, aún algo sorprendida por la acción de su acompañante, luego de sus palabras, fijó sus ojos en las baldosas de la cocina, perdiéndose nuevamente en sus pensamientos. Shaoran notó que otra vez había vuelto a su mundo y largó un suspiro, que pareció quitarla de su transe.
Entonces lo miró súbitamente a los ojos.
— Shiori, tú crees que… —mientras hablaba tímidamente, sus ojos viajaron otra vez al piso—. ¿Tú crees que…interesarse en alguien que no conoces, con quién ni siquiera has…conversado…está bien?
Luego de aquél balbuceo Sakura levantó la vista, para encontrarse con la mirada inquisitoria y confundida de Shaoran. El muchacho, en su interior, se sentía incómodo. La verdad es que, si bien no le interesaba pelearse con Sakura, sus intenciones estaban bastante lejos de contarse secretitos como las más intimas amigas.
El muchacho simplemente se encogió de hombros.
—Depende —aseguró, sin darle demasiada importancia al asunto.
Los ojos de la muchacha lo observaron nuevamente.
—Porqué ya en una ocasión me ha ayudado —aseguró la muchacha, clavando su vista en un punto de la pared que tenía enfrente—. Su nombre, creo, es Shaoran o algo parecido, pero…
La conversación de Sakura se detuvo, perdida en sus propias cavilaciones sobre aquél muchacho que la tenía tan intrigada. Sin embargo, si hubiese seguido, el muchacho tampoco lo hubiese notado. Después de todo, su propio nombre pronunciado por Sakura aún resonaba en su cabeza. Aquél misterioso joven de los secretitos de Sakura había resultado ser él mismo.
El hervor del agua sacó a ambos de su estado. Sakura maldiciendo se acercó a la olla rebosante de agua con un repasador entre sus manos, y el castaño aprovechó la interrupción para escabullirse de la cocina sigilosamente. Después de todo, seguían sin importarle los secretos de la joven Kinomoto, aún aunque fueran sobre él.
Mas el bailoteo en su estómago no parecía decir lo mismo.
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—¿Kinomoto, estás lista? —preguntó Shaoran mirando su reloj con impaciencia. La película comenzaba en tan solo veinte minutos y aún no habían salido.
—Si, si, si, ya estoy —aseguró ella bajando rápidamente por las escaleras—. Y ya te dije que me no me digas Kinomoto.
—La costumbre —se justificó el muchacho, tomado un paraguas. Los grandes nubarrones grises significaban que, claramente, se avecinaba una tormenta.
Luego de salir de la casa, afortunadamente, lograron parar rápido un taxi y, en menos de diez minutos, estaban en la puerta del pintoresco centro comercial de Tomoeda. Una vez que atravesaron la entrada, Sakura comenzó a buscar con la mirada a sus amigos, a los que pronto encontró en el lugar donde habían acordado reunirse. Después de saludarse, rápidamente se dirigieron a los ascensores, para subir al último piso donde estaban ubicadas las salas de cines.
—Debemos tomar el de allí, porque este está fuera de servicio —señaló Eriol.
Rápidamente corrieron y en un tiempo record lograron ingresar a la sala del cine, donde recién comenzaban a proyectarse las primeras publicidades precedentes a la película. El argumento de la misma era bastante pobre ya que, de hecho, no pasaban demasiadas cosas sin algún grito despavorido de la protagonista y el loco maniático persiguiéndola por toda la gran mansión, con un cuchillo en mano. Los colores subieron repentinamente al rostro de Shaoran, cuando sintió su brazo aprisionado por Sakura, en medio de una de las ya mencionadas persecuciones. El muchacho se tensó en su lugar, pensando por qué aquella muchacha debía ser tan confianzuda. Después de casi dos horas de película, alrededor de las diez y veinte, salieron de la sala del cine, algo adormilados luego de tanto tiempo sentados y con la vista fija en la pantalla.
—¿Por qué eligieron una película de terror? —reprochó Sakura, mientras el grupo se dirigía al patio de comidas ubicado en el mismo piso.
—Era la única que daban a este horario —dijo a modo de disculpa Eriol, con una sonrisa culpable. Después de todo había sido él quien había comprado los boletos, aún sabiendo que a su amiga no le agradaban para nada las películas de miedo.
Los cuatro jóvenes comenzaron a caminar rumbo al patio de comidas, también ubicado en el último piso. Por los grandes ventanales del centro comercial, podían verse las gruesas gotas de lluvia golpear con furia los vidrios. Luego de llegar al local de comida rápida y pedir unas hamburguesas con papas fritas junto con algunas bebidas, el grupo ocupó una de las mesas en el concurrido centro comercial. La comida transcurrió amena y en un ambiente fresco y divertido. Shaoran miró, algo fuera de la conversación, al grupo de amigos y, con cierta sensación de curiosidad, se preguntó como hacía Hiragizawa para ser tan amigo de aquellas dos. Después de todo, el muchacho siempre andaba mucho tiempo solo con ellas y parecía disfrutarlo de verdad, a pesar de que fuesen mujeres. De hecho, en aquél momento parecía a punto de morir ahogado con una papa frita, por haberse reído como un loco mientras comía. Desvió la mirada, con una prácticamente imperceptible media sonrisa en su rostro. Seguramente Hiragizawa debía tener paciencia. Mucha.
Luego de que terminaron de comer, aproximadamente a las once y cuarto de la noche y aún con la constante lluvia de fondo, los cuatro jóvenes se levantaron de la mesa, dispuestos a llamar un taxi para volver a casa. Después de todo Shaoran, cuál Cenicienta, debía desaparecer de allí antes de que el reloj diera las doce de la noche.
—Oigan —detuvo Sakura al grupo—. ¿Me esperan, que quiero comprarme un helado? —preguntó la muchacha, viéndose repentinamente tentada por el altísimo cucurucho que un niñito iba comiendo cerca de ella.
Eriol instantáneamente divisó la cara de pocos amigos de Shaoran. Dejó que en su rostro apareciera una diminuta sonrisa tranquilizadora, mientras miraba a su amiga.
—Ustedes vayan a comprar el helado, que Tomoyo y yo iremos a la planta baja a pedir un taxi —propuso el joven Hiragizawa, con calma—. Los esperamos en la puerta principal.
Las dos parejas comenzaron a caminar en diferentes direcciones, con el fin de realizar lo que había acordado. Sakura prácticamente corrió hasta la heladería, para luego mirar, pensativa, el tablero donde estaba en nombre de todos los sabores de helados. Una vez que se hubo decidido por un gran cucurucho de chocolate y frambuesa, los dos jóvenes se dirigieron al sector de los ascensores. Se pararon frente a uno de los mismos y esperaron. Sin embargo, el bendito ascensor parecía venir desde lo más profundo del infierno, porque luego de cinco minutos, aún no llegaba al piso en el que ambos se encontraban.
Shaoran, desesperado por el paso del tiempo, miró hacia todos lados.
—Mira, aquél ascensor vuelve a estar en funcionamiento —le comentó a Sakura y, tirando de la mano que no sostenía el helado, la condujo hasta el ascensor.
Sin tiempo a que la gente que también estaba esperando llegara, Shaoran apretó el botón de planta baja, cerrándoles la puerta prácticamente en sus narices.
Suspiró tranquilo cuando sintió que este comenzaba andar.
Sin embargo, el fuerte sacudón que dio el ascensor al poco tiempo de haber comenzado a funcionar lo sobresaltó tanto a él como a Sakura. Mayor fue su sorpresa cuando las fuertes luces cegadoras del techo se apagaron y todo se detuvo.
—¿Qué demonios está pasando? —se escuchó la pregunta de Sakura en la oscuridad, con un deje de espanto.
—Debe ser un problema del ascensor —masculló Shaoran.
Con frustración, le dio un pequeño golpe con el puño al metal, sintiéndose la persona más desdichada sobre la faz de la tierra.
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—¿Dónde estarán Sakurita y Shiori? —preguntó con preocupación Tomoyo, apoyada contra la pared de la entrada.
—No lo sé, pero me preocupa que estén tardando tanto —aseguró Eriol. Sabía el problema que tenía Shaoran y estaba seguro de que las cosas las haría lo más rápido posible.
Sin dudas, algo allí andaba mal.
Sin siquiera pensarlo, Eriol tomó la mano de Tomoyo y la arrastro hacia el centro comercial. Una vez dentro, volvieron al sector de los ascensores. Frente a uno de ellos se encontraban algunas personas vestidas con un uniforme azul. En su espalda, podía verse escrita con letras blancas la leyenda 'mantenimiento'.
—Disculpe, señor, ¿Sucede algo? —preguntó Tomoyo a uno de ellos.
Eriol, sin embargo, temía a la respuesta y esperaba que las ideas de su imaginación fueran falsas.
—Se ha vuelto a descomponer el ascensor y dos jóvenes han quedado atrapadas —aseguró uno de los hombrecitos, que a simple vista les recordó a uno de los pitufos.
—Mierda… —masculló Eriol, sin llegar a ser oído—. Debemos sacarlos de allí ya —exigió el joven, esta vez en voz alta.
—Ya hemos llamado al técnico, nosotros no podemos hacer nada —aseguró otro de los hombres de mantenimiento—. Nosotros solo nos encargamos de los problemas menores.
—¡Pero es que usted no entiende! ¡Debe sacarlos de allí! —reiteró testarudamente el muchacho.
—Tranquilo, Eriol —pidió Tomoyo, poniendo una mano sobre el hombro del muchacho—. Enseguida saldrán —aseguro—. Tu novia estará bien —pronunció luego un poco más bajo, sin que el muchacho la escuchara.
—¡Es que Shaoran no puede quedarse ahí adentro! —gritó el muchacho.
Rápidamente sus ojos se abrieron y supo que había metido la pata.
Los oídos de Tomoyo, sin embargo, había comprendido la frase a la perfección.
—¿Shaoran?
Eriol quiso golpearse con fuerza la cabeza contra la pared.
Si Shaoran salía de allí, seguramente lo mataría.
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El silencio reinaba en el reducido espacio del ascensor, mientras cada joven se encontraba sumido en sus pensamientos, en la más profunda oscuridad. Shaoran, con la frente apoyada contra el frío metal de las paredes del elevador, pronunciaba en susurros todas las maldiciones que se le pasaban por la cabeza, convenciéndose a sí mismo de que aquella mala suerte no podía ser normal y que debía ser producto de alguna maldición o brujería extraña. ¿Conocería Meiling —su última prometida rechazada— alguna técnica budú o algo por el estilo?
Sin embargo, los suaves sollozos lo sacaron de sus cavilaciones.
—¿Kinomoto, estás bien? —el muchacho siguió, en la oscuridad, los suaves sonidos que producía la muchacha.
—S-s-si —balbuceó ella, levándose la palma de su mano al rostro, para secarse los restos de lágrimas—, es que nunca fui muy amiga de la oscuridad —admitió, mientras, de pie, se abrazaba a si misma.
El frío que hacía afuera parecía haberse duplicado dentro de aquel pequeño espacio en el que ambos muchachos se habían quedado atrapados. Sakura, entonces, en un intento fallido de acallar sus sollozos, sintió como una mano tomaba de la suya y la apretaba un poco.
—Tranquila.
Ambos se quedaron en silencio unos minutos. Shaoran agradeció la oscuridad del ascensor, porque aquello estaba siendo realmente embarazoso. Pero ¡Mierda!, ¿Siempre tenía que ser tan llorona y miedosa?
El silencio se extendió solo unos segundos más.
Entonces sucedió lo inevitable.
Shaoran se vio obligado a soltar la mano de Sakura cuando un fuerte retorcijón en su estomago lo hizo doblarse. Un gruñido de dolor se escapó de su boca, mientras se llevaba ambas manos a la zona adolorida, dejando caer el paraguas que traía entre sus manos.
—¿Shiori, estás bien? —preguntó Sakura.
Sin embargo no obtuvo respuesta.
El castaño sintió como la suelta camisa verde oscuro que llevaba puesta comenzaba a sentirse un poco más ajustada. Lo mismo sucedió con los amplios pantalones de jean. El dolor en su estómago se hizo insoportable, haciéndole soltar otro gruñido.
—¿Shiori, estás bien? —reiteró Sakura, ahora en un grito, en medio de la oscuridad, y algunas lágrimas escaparon, nuevamente, de sus ojos.
Repentinamente Shaoran sintió que el dolor cesaba.
Sin embargo, ambos jóvenes se sobresaltaron cuando, súbitamente, el ascensor pegó un sacudón violento. Casi mecánicamente, Sakura, impulsada por el miedo que retorcía su pecho, dio unos cuantos pasos hacia el frente y, tanteando con las manos, logró encontrar al otro ocupante del ascensor. Por instinto lazó sus brazos alrededor del cuello de Shaoran, refugiándose en su pecho y, repentinamente, sintiéndose sumamente reconfortada.
Entonces las luces del elevador volvieron a encenderse.
Sakura levantó la vista del pecho de Shaoran y se encontró con aquel rostro tan familiar: el corto cabello castaño y desordenado, las cejas pobladas, la nariz levemente respingada y aquellos ojos ámbar. Aquellos ojos…
Entonces lo entendió todo.
Las obres esmeralda se abrieron de par en par, mientras Shaoran maldecía internamente a todos aquellos que, allá arriba, parecía estar jugándole la peor de las bromas. Sin atreverse a decir nada, ambos, aún prácticamente abrazados, se estudiaron en silencio con la mirada, con diferentes pensamientos rondando por su mente.
La puerta del ascensor se abrió y Eriol supo que todo estaba perdido.
Ya no había nada que ocultar.
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Antes que nada, recuerden que si matan a la autora, no hay continuación. Además, no van a querer cargar con un homicidio en su conciencia. Me siento casi en medio de un transe. Me estoy quedando dormida sentada, literalmente. Así que ya mismo, siendo las once de la mañana, me voy a dormir. Después tengo inglés, así que supongo que la respuesta a los reviews las tendrán dentro de un par de horas —siete, para ser más exacta, que es cuando vuelvo a casa. Les agradezco muchísimo por sus reviews y saben que espero ansiosa sus comentarios sobre este capítulo. El próximo seguramente este por acá en una semana; como mucho, diez días, ya que la semana que viene me toca una semana asesina (siete evaluaciones en cinco días me parece una aberración jaja). En fin, mi cama me llama a gritos.
Que tengan un buen día. Nos vemos dentro de —si todo marcha bien— una semanita.
¡Besos para todos!
LadyCornamenta.
