CAPÍTULO 7
Me desperté con un agudo dolor en el cuello. Inconscientemente, intenté levantarme, poder estirarme con cierta libertad y hacerme crujir los huesos que sentía tan encogidos. Pero no podía. Un fuerte peso me lo impedía.
Y cálido.
Cuando abrí los ojos y ladeé la cabeza para ver qué era lo que me aprisionaba, me quedé de piedra: Lexa estaba dormida sobre mí, abrazándose a mi cintura. Casi parecía humana. No había rastro de enfado en su rostro, ni de preocupación. Transmitía tanta paz que casi parecía que estaba en medio de un sueño. Pero dicen que en los sueños no se sufre, no se siente nada. Y lo que yo estaba sintiendo en ese momento casi rozaba la locura.
No podía moverme. Tampoco quería, en todo caso. El dolor que sentiría en el cuello sería infernal, pero poder admirar esa parte de Lexa Woods, una que nadie conocía, merecía la pena.
Deseé tener conmigo mi libreta de dibujo y el carboncillo, pero estaban demasiado lejos. Busqué por todo el salón y vi que estaban sobre la mesa detrás del sofá, donde había dejado también su bolso y las carpetas que llevaba con ella ese día.
Al cabo de un rato me di cuenta de lo oscuro que estaba el cielo. ¿Se había hecho de noche? ¡Oh, dios…! ¡Por todos los…!
-Mierda… ¡mierda! -. Suspiré y traté de escapar de su agarre, pero nada más empezar a doblar las piernas, Lexa me abrazó aún con más fuerza. Su ceño se frunció y murmuró un par de palabras que no llegué a escuchar. No tenía otro modo de salir de allí que asustándola o… despertándola a base de mimos. Por mi propia experiencia, la primera opción no era muy viable, había experimentado en más de una ocasión el mal despertar de Raven, de Octavia e incluso del hermano mayor de ésta, Bellamy. Pero a Lexa apenas la conocía, tal vez…-. Eh, abra los ojos, Bella Durmiente.
Lexa casi odiaba que la tratase de usted. Lo había pedido en casi cada una de sus clases, pero mis compañeros no estaban por la labor de obedecer; al menos, al principio. A mí me hacían gracia sus reacciones. Pasé mi mano derecha por su mejilla, deleitándome con el calorcillo que desprendía, casi parecía una estufa. Gruñó y volvió a susurrar, a la vez que sus labios se curvaban en una sonrisa casi imperceptible. Era una mezcla de emociones casi imposible de describir, cómo cambiaba de un enfado a una sonrisa en cuestión de milésimas de segundos, sólo con un roce de mi mano.
Pero aquello no daba resultado. Tenía que llamar a mi madre, mentirle acerca de por qué llegaba tan tarde a casa. Bien era cierto que este día estaba pintado de negro en mi calendario (literalmente), y las cosas en casa se volvían más tensas que nunca. No quería ver la tristeza en sus ojos, sus intentos por llevarme frente a su tumba y tener que escuchar su sermón acerca de cómo quería mi padre que fuese. No me permitía llorar, no me dejaba a solas con él. Yo no quería recordarle así. Lexa me dejó llorar. Me dejó expulsar cada lágrima que tenía en mi cuerpo, hasta quedarme seca. Sonreí al recordarlo; dentro de la tristeza, era algo gracioso. Hacía años que nadie me dejaba llorar de esa manera.
Cinco años, exactamente.
Me erguí y me acerqué a ella, no demasiado segura de qué hacer a continuación. Se me había ocurrido algo, pero eran tan poco ético que rozaba la absurdez. ¡Qué demonios! ¡Hazlo! Si no, ¿de qué otra manera ibas a escapar de su abrazo? Así que acerqué mis labios a su frente, a sus mejillas, a sus labios. Sí, había rozado la absurdez.
Pero despertó.
Asustada y casi a punto de golpearme la barbilla, pero fui más rápida que ella y pude esquivar el golpe.
Se había apartado de mí, yéndose hasta la otra punta del sofá. Sus mejillas estaban completamente enrojecidas, y un gesto de horror predominaba por su rostro. Y una de sus manos rozaba sus labios, asegurándose de que aquel beso, aunque fuera apenas un roce, fuese real.
-Lo siento. No despertabas y… mi madre…
-No, debería ser yo quién se disculpase -. Me cortó, levantándose del sofá. Le temblaban las manos, podía verlo-. No debí haberme dormido.
Aproveché para levantarme y acercarme a mi mochila, buscando el móvil. Tenía varias llamadas perdidas de Octavia y Finn; seguramente me habrían cubierto cuando mi madre (de la que también tenía varias llamadas) les habría llamado preocupada por mí.
Marqué el número de la pequeña de los Blake, la cual me respondió a la tercera llamada.
-¿Dónde estás, rubia? Tu madre no ha dejado de acosarme desde que salimos de clase. ¿Se puede saber dónde te has metido?
-¿Le has dicho dónde estaba?
-¡Pero si no sé ni dónde estás! -. Sonaba realmente enfadada. Ahora se pasaría días sin hablarme o, en el mejor de los casos, regalándome toda su bordería Blake-. ¡Le he tenido que mentir como una bellaca!
Suspiré. Me había metido en un lío… y ahora también a Octavia.
-Vas a pasar aquí la noche, no querías volver a casa y vamos a tener una noche de chicas -. Respondió al cabo de unos segundos en silencio.
-Sabes que te voy a deber la vida después de esto, ¿verdad?
-Prepárate para lo que te espera, Griffin.
Colgó, logrando sacarme una sonrisa. Debajo de su forma de ser borde e incluso a veces cruel, había una buena chica. Leal a sus amigos, lo había comprobado en más de una ocasión; pero nunca nada como esto. Ni tan siquiera me preguntó dónde pasaría la noche, porque estaba claro que no me dejaría ir a su casa en mitad de una tormenta.
Llamé a mi madre, no demasiado segura. Lo cogió a la primera llamada.
Sonaba bastante rota, y enfadada. Al parecer, mi comportamiento le parecía demasiado infantil para una chica de diecisiete años. ¡Pero había perdido a mi padre, joder! ¿Qué otro comportamiento quería? ¿Uno completamente estoico… casi impersonal? ¡Era mi padre! Lo que más quería en el mundo. Y un maldito coche me lo arrebató.
Ni tan siquiera pude despedirme de él.
Lexa estaba en la cocina, sentada en la encima, con una taza de algo humeante en sus manos. Giró un poco la cabeza, señalando una segunda taza; pero ésta, al contrario que la suya, no tenía adorno ninguno.
-Creía que tendrías tazas con guerras y peleas históricas -. Al contrario, tenía un bonito motivo de una rebanada de pan recién levantada. ¿Quién hubiera imaginado que la siempre seria y rígida Lexa Woods se permitía adornos como éstos?
-Yo también fui niña, Clarke.
-Cuesta creerlo.
Nos mantuvimos en silencio un buen rato. Había preparado chocolate, algo que agradecí. No era muy asidua a las cosas dulces, es más, muchas veces escapaba de ellas, pero nunca fui capaz de negarme a un chocolate caliente. Sobre todo, si en plena calle estaba cayendo el diluvio universal. Y… ¡qué demonios, estaba buenísimo! Pero aquellos pensamientos me los guardé para mí.
-¿Has hablado con tu madre? -. Preguntó Lexa rompiendo el silencio. No me miraba.
-Sí. Octavia me ha salvado la vida -. Una sonrisa se me escapó; al hacerlo, la castaña dejó de mirar el suelo de mármol y dirigir su atención hacia mí. La alegría de sus labios no llegaba a sus ojos; es más, parecía estar a punto de llorar. Al igual que yo unas horas antes-. Cuando… la tormenta amaine, iré a su casa.
Pero la lluvia no cesaba. Es más, parecía que había empeorado.
-¿Y si te quedas aquí? -. Mientras esperaba pacientemente a que dejase de llover, Lexa no había perdido el tiempo. Eran cerca de las ocho de la tarde, había desaparecido del salón rumbo a lo que supuse que era el baño; el agua cayendo confirmó mi teoría-. Es más… seguro que escaparte a la casa de Blake en mitad de la noche.
-Me quieres secuestrar, ¿no es eso?
-¡Qué cosas dices! -. Pero no había gesto alguno de seriedad en su rostro-. Anda, sígueme. Vamos a buscarte un pijama cómodo y… mono.
No tuve más remedio que alejarme de la ventana (seguía cayendo el diluvio universal) y seguirla hasta su habitación. Me quedé helada en la puerta, como si fuese un robot y en ese momento me hubiera quedado sin cuerda. Respiraba de forma automática, tensa. No me podía creer dónde estaba.
Oía su voz, asentía de forma automática, sin saber muy bien qué estaba pasando. Cuando me desperté de mi ensoñación, estaba encerrada en el baño, con una toalla, una muda y un pijama de rayas azules y un par de osos enamorados en mis brazos.
Alcé los hombros y me metí en la bañera, a darme una ducha rápida. Me desvestí, y durante unos segundos, me quedé plantada mirándome en el espejo. ¿Quién se hubiera imaginado una situación como aquella? Un alumno, desnudo en la casa de un profesor. Bueno, a veces sí que era compatible; pero sólo si compartes sangre con él. Pero Lexa y yo no nos conocíamos de nada.
Estaba asustada. Y a la vez, me divertía esa sensación. Era como si te tocase la lotería.
Quería que volviera a pasarme.
Me di una ducha rápida, aunque disfruté con la sensación del agua caliente cayendo por cada rincón de mi cuerpo. Toda la tensión de aquel día se disipaba a cada segundo que pasaba, hasta convertirse únicamente en una sombra que dejé olvidada en un rincón de mi mente.
Estaba ridícula con aquel pijama. Me estaba demasiado grande y era demasiado infantil para mí. Salí del baño con las mejillas completamente enrojecidas y una sensación de vergüenza que bien podía compararse con el primer día de clase de Lexa, cuando no me atrevía a hablar y me obligó a participar en clase.
Aunque… ella tampoco se quedaba atrás. Con aquel atuendo (una camiseta vieja de manga larga, con varios descosidos y pequeños agujeros que dejaban ver parte de su piel; y unos pantalones de rayas que bien podían ser de un pijama más propio de la década de los cincuenta que del presente) únicamente parecía una muchacha sin nada que nos relacionase. No parecía que tuviese que cuidar de mí esta noche; no parecía triste, tampoco.
-He escogido bien -. Dijo en tono de broma.
-Anda, cállate -. Y me senté a su lado en el sofá.
Bueno, ¿qué tal?
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