Capítulo 6

CUANDO Bella volvió a salir, Edward estaba sentado junto a la piscina, esperándola. De nuevo estaba vestido. Sólo su cabello mojado revelaba que no había pasado toda la mañana frente a su escritorio. Bella sintió la boca seca al verlo y maldijo su reacción instantánea cada vez que lo veía.

— Ustedes son amantes —lo acusó, desde el otro extremo de la piscina.

— Heidi y yo somos muchas cosas uno para el otro —contestó con tranquilidad.

— Como dije antes, eres despreciable.

— ¿Qué se siente desear a un tipo tan despreciable como yo? —alzó las cejas.

La chica se ruborizó por la desesperación. Tenía razón. Lo deseaba al tiempo que lo odiaba con fuerza.

— Me gustaría que me llevaras a casa, por favor.

— De eso estoy seguro, pero todavía no. No hasta que te hayas sentado y comido algo —señaló la bandeja que el ama de llaves debió llevar mientras Bella se cambiaba de ropa— Necesitamos hablar y además estás demasiado delgada. Debes haber perdido peso desde la primera vez que te vi.

No podría recordarlo con precisión con tantas mujeres que pasaban por su vida, ¿ó si? Bella estaba sorprendida. Se quedó en su sitio. No sabía si ir a su lado o salir de la casa. ¡Ya estaba harta de Edward!

— Si tengo que ir por ti no te gustará.

Edward también leía la mente. Se armó de valor para sentarse frente a él. Escogió un emparedado. Evitó verlo mientras Edward bebía el café. Bella estaba esperando el momento en que él decidiera "charlar".

Tomó otro emparedado.

— ¿Has sabido algo de Black desde la semana pasada?

Bella se petrificó.

— No —mintió y su corazón se aceleró. Él no podía estar al tanto de las cartas de Jacob, ¿o sí? Ella las tiró todas— ¿Le diste su cheque como prometiste? —sintió la confianza de hacerle la pregunta.

— Estoy seguro de que habrás considerado las consecuencias si descubro que me mientes —ignoró el reto y le hizo la advertencia con calma.

— ¿Y acaso me informarás tú de las veces que estés en contacto con la hermosa Heidi a partir de ahora? —lo miró con curiosidad.

— ¿Estás segura de que quieres saberlo? —sonrió— Vi que estabas celosa. Los celos ocultan la verdad y la verdad es que no puedo prometerte no ver a Heidi porque... de vez en cuando tenernos asuntos que nos unen.

— No hay que olvidar los nexos familiares —manifestó Bella sin creer lo que decía. Edward no tenía intenciones de mantenerse alejado de la hermosa Heidi.

— Dices bien —asintió— También es hija de la mejor amiga de mi madre. Mientras que Jacob no tiene el menor pretexto para ponerse en contacto contigo.

— Salvo nuestra música —intervino Bella. Tomó otro emparedado. Tal vez nadar le abrió el apetito... o quizá los besos. No, desechó ese último pensamiento— Jacob y yo pertenecernos al mismo grupo musical —explicó contenta de tener algo con que molestarlo— Así que tendremos que vernos una o dos veces por semana —encogió los hombros.

— Lo cual saca a colación otro... delicado asunto —susurró y Bella se tensó. Sabía que no le agradaría el siguiente comentario— Tu educación universitaria.

Bella dejó a un lado el emparedado, confirmando sus sospechas.

— ¿Qué hay con eso? —estaba a la defensiva— Empiezo un nuevo semestre en octubre y eso... —se atragantó al verlo negar con la cabeza. Se deprimió sólo de verlo— ¡No! —se negó a creerle— No puedes hablar en serio. No puedes quitarme mi música.

— Tienes que entenderlo —la urgió— Será imposible que sigas estudiando una vez que nos casemos —estaba muy triste. De veras lo lamentaba— Salgo demasiado y quiero que me acompañes en mis viajes. Seremos marido y mujer en todos los aspectos, Bella. Quiero que estés a mi lado en cualquier cama en donde tenga que dormir.

— No —se puso de pie. Edward todavía tomaba su mano fría y temblorosa— No dejaré mis estudios por ti. Viviré aquí en tu casa, contigo. Y aquí seremos lo que quieras que seamos. Pero no echaré por la borda años de estudio sólo porque piensas que el lugar de tu esposa es estar para siempre a tu lado.

— Doy muchas fiestas —insistió— Será natural que seas la anfitriona... en cualquier país en el que estemos. Quiero que asumas ese papel —sus ojos se endurecieron— No tendrás tiempo para tus estudios universitarios, Bella. Lo siento, pero así es.

— No —negó con la cabeza— No, me niego a aceptar.

Edward la observó un momento, su rostro decidido y molesto. Algo cruzó por su expresión, ¿dolor o irritación? De pronto, la soltó.

— En realidad no te estoy dando la opción —declaró al fin sin sentimiento. La vio palidecer sin parpadear.

Tenía que ser una broma, pensó la chica. No era tan malo, ¿o sí? Sólo trataba de asustarla, de hacerla creer que él controlaba sus...

— Claro —prosiguió cuando la chica no pudo emitir ningún sonido—, si crees que tu música vale más que el tratar de tener un matrimonio de éxito conmigo, entonces por favor olvídate de nuestro casamiento. ¿Qué derecho tengo de negarte eso? ¿Acaso vale más la música que la salud y felicidad de tu padre?

— Dejaré mis estudios —se hundió en su silla, derrotada, como siempre.

Edward debió sentirse triunfante, pero tan sólo la miró con amargura.

— Así que luchas conmigo a muerte cuando te pido algo para mí. Pero en cuanto menciono a tu padre y su amada compañía, te rindes sin pensarlo dos veces.

— De eso se trata todo, ¿no? —lo odió como nunca— De mi padre y su empresa... de lo contrario, no estaría aquí sentada contigo.

— Eso es cierto —murmuró. Entonces, sin advertencia alguna, puso su mano con fuerza sobre la de la chica, sobresaltándola— Ahora, me dirás toda la verdad —exigió, molesto— Y me dirás todo acerca de esas cartas secretas de amor que has estado recibiendo de tu adorado Jacob.

— ¿Sabes lo de las cartas? —lo miró con horror.

— Lo sé todo —confirmó con desprecio— No te daré la oportunidad de que me engañes con Jacob Black —fue rotundo— Ninguna mujer me hace quedar como un tonto... sobre todo una mentirosa consumada como tú has demostrado serlo. Ni una mujer que tiene la tendencia de escurrirse en los dormitorios de los hombres cuando siente deseos de hacerlo.

— Eso no es justo —se defendió de inmediato— Cuando fui a tu habitación esa noche no fue para…

— Seducirme —terminó cuando ella no pudo decir la palabra— ¿Y cómo puedo estar seguro? —se burló— Es posible que lo hayas planeado desde siempre para... colocarme en una situación comprometedora y así poder chantajearme para que dejara en paz a Swan's. Arruinarías mi reputación al contarle a todos cómo fui yo capaz de seducir a la hija de un hombre enfermo mientras que al mismo tiempo le robaba su compañía.

En ese momento Bella entendió qué estaba pasando.

—Leíste las cartas de Jacob —suspiró Bella y trató de recordar cómo lo escribió Jacob.

Podríamos amenazar con decirle a todo el mundo que él te chantajeó y sedujo. Piensa en lo mucho que él estaría dispuesto a pagar para callar semejantes rumores. Es un hombre de negocios y depende de sus contactos sociales para hacer tratos. Se volvería un paria social si se supiera que fue capaz de seducir a la hija de un anciano enfermo mientras le arrebataba su compañía. Con una astuta planeación, podríamos hacerlo pagar lo suficiente como para hacer que Swan's recupere sus pérdidas. Entonces no le quedaría otro remedio a tu padre que el aceptarme y estar agradecido de que lo hayamos salvado de las garras del ambicioso Cullen.

— ¿Cómo las conseguiste? —lo miró con tristeza.

—Las saqué del basurero —se encogió de hombros, indiferente.

Claro, pensó. Qué tonta fue. Edward estuvo en el estudio de su padre todas las mañanas... después de que Bella estuvo allí para leer las cartas de Jacob y tirarlas. Fue una tonta al pensar en que él no tendría el des caro de leerlas.

— Jacob escribió muchas mentiras en esas cartas, Edward —murmuró con voz ronca— Estaba como loco y no quiero que mal interpretes sus palabras. Fue el dolor y la confusión de Jacob los que lo hicieron escribir así. Él no podía aceptar que ya todo hubiera terminado entre ambos.

— Y en tu opinión, ¿qué es verdad y qué mentira? —inquirió con cinismo — Tal vez sus insinuaciones acerca de mí son verdad o no lo son. O quizá la intensidad de su amor por ti es cierta... o tal vez falsa —de pronto le alzó la barbilla para mirarla a los ojos— ¿Y qué hay acerca de esas súplicas de verte, Bella? ¿Fueron sólo deseos de parte de Jacob, o acaso has estado viéndolo a mis espaldas?

Bella apretó la boca para no contestarle. El ambiente se tornó tenso, lleno de desdén y enojo. Y siempre estaba presente el torrente sexual que complicaba cualquier cosa entre ellos dos.

— ¿Has estado viéndote con él? —los verdes ojos exigían una respuesta.

— ¿Por qué, acaso estás celoso? —lo retó y vio con fascinación cómo se ruborizaba. Se dio cuenta de que lo estaba y sintió una alegría inmensa al descubrirlo.

— ¡Maldita! —jadeó y la odió por sorprenderlo. En ese momento, le acercó la cara y la besó con dureza. Cuando se separaron ambos estaban sin aliento, por la emoción de una sensualidad ardiente y odiada— Ahora me dirás lo que quiero saber —insistió con voz ronca.

— ¿Por qué tengo que hacerlo? —se llevó una mano a la boca hinchada— Quieres tomarlo todo de mí y no darme nada a cambio —no iba a llorar— Si no me dejas seguir con mis estudios, no te diré nada que no quiera.

Edward ya no se enojó. Mostraba una férrea decisión y nada de suavidad.

— Puedes tocar el piano hasta que los oídos me revienten en nuestra casa, Bella. Pero no podrás volver a la universidad después de las vacaciones de verano.

— Pero Jacob ni siquiera va a las clases —señaló con tristeza— Sólo al grupo musical. Ya no asistiré a eso —prometió con ansiedad— Dios —gimió al verlo necio y hundió el rostro entre las manos. Se preguntó con dolor si le quedaba algo que Edward no hubiera destruido ya en ella.

—Vamos —suspiró— Te llevaré a casa —parecía estar tan derrotado como ella.

El trayecto no fue agradable. Ninguno de los dos habló. Todo parecía estar dicho. Cuando Edward se estacionó frente a la casa, Bella se alegró al darse cuenta de que no apagó el motor. Eso significaba que no pasaría a la casa.

— Tengo que salir fuera unos días —la informó— John Calver, mi asistente, se pondrá en contacto contigo en relación a los preparativos de la boda. Déjale todo a él —era una orden— Todo lo que tienes que hacer antes que nos casemos, es comprarte un vestido digno.

—Negro, será negro como... —murmuró con amargura.

— Escúchame, tonta —la acercó, sobresaltándola por su enojo— Recuerda por quién hacemos esto. Y si eso no te ayuda a tragarte tus palabras, entonces recuerda esto —la tomó de la nuca— Sólo tengo que tocarte así —la besó con tal intensidad, que la dejó gimiendo cuando se alejó— para hacer que supliques más —concluyó como si no hubiera existido ese apasionado interludio.

— Desearía nunca haberte visto en mi vida —se atragantó, avergonzada y consciente de cómo palpitaban sus labios, ansiosos de más caricias.

— El sentimiento es mutuo —declaró— Me parece muy desagradable casarme con una chiquilla loca y confundida que no sabe cuándo debe callarse.

— Entonces ¿por qué te vas a casar?

— Ya sabes por qué —gruñó—. Porque no puedo quitarte las manos de encima.

— No tienes que casarte conmigo para hacerlo—señaló con cansancio— Estás en la posición de impartir órdenes... —desvió la mirada— ¿Qué no te he probado ya que haré lo que sea para hacer feliz a mi padre?

— Entonces alégrate de que esté dispuesto a casarme contigo para conseguir lo que quiero —suspiró— Entra, Bella, antes que esto degenere en una discusión peor. Y, Bella —añadió cuando ella se disponía a salir del auto— recuerda a quién debes ser leal ahora —advirtió— Black pertenece al pasado y allí es donde debe quedarse. No más mentiras. Ahora quiero saber incluso si te manda una tarjeta postal, ¿lo entiendes?

— Sí —lo entendía. Ahora pertenecía a Edward Cullen. Fue comprada, en cuerpo y alma.

Edward estuvo fuera una semana y Bella no sabía qué era peor: tenerlo a su lado constantemente o que estuviera ausente y que entonces su imaginación empezara a pensar en todas las cosas horribles que podrían sucederle.

Al final, fue a su piano en busca de un escape y memorizó una nueva pieza de Mozart.

— Qué bonito estuvo eso —comentó el padre cuando entró Bella en su cuarto, más tardé. Estaba muy restablecido y ahora ya podía sentarse en la silla, junto a la cama, aunque pasaba mucho tiempo dormido— Hasta ahora me doy cuenta, de lo mucho que he extrañado que toques el piano.

— No quise tocar cuando estuviste enfermo —explicó— Edward no quiere que prosiga con mis estudios una vez que nos casemos —confesó con profunda tristeza.

— Eso supuse —el padre la miró de modo penetrante— Te ama —sonrió como si eso lo explicara todo y Bella sintió deseos de llorar— Y los griegos pueden ser muy posesivos con sus mujeres. Tengan hijos. Después, si todavía quieres hacerlo, puedes pedirle que te deje regresar a tus estudios.

— ¿Acaso ustedes los hombres siempre se protegen unos a otros? —lo miró con enojo.

— Bella, a veces el amor es más importante que una carrera.

El amor, pensó la chica con depresión. ¿Qué era el amor? Tal vez si Edward y ella se amaran, ella podría aceptar con gusto cualquier sacrificio.

— Y piensa en lo feliz que harás a tu padre cuando tengas a tu primer hijo —añadió Charlie. Sus ojos brillaron con su antigua malicia, después de semanas de estar opacos y sin vida y Bella contuvo la réplica acerba que estuvo dispuesta a darle. Sin embargo, comentó:

— Así que ya no te importa que el padre de tus nietos sea el hombre a quien alguna vez quisiste matar y odiaste tanto, ¿verdad?

— Todo eso fue... un mal entendido —descartó y se retrajo como lo hacía cada vez que Bella quería hablar de él y de Edward— Yo... le debía dinero —añadió de pronto.

—Sí, Edward me lo dijo.

— ¿Eso hizo? —Charlie se sorprendió y añadió a la defensiva— Habría podido devolverle todo si el corazón no me hubiera fallado.

— Estoy segura de ello —manifestó, aunque no era cierto.

— Como están las cosas —cerró los ojos, cansado—, puedo estar más tranquilo ahora que él se hará cargo de Swan's. Hay muchos tiburones allá afuera, esperando atacar a un viejo enfermo como yo, Bella. Edward sólo era uno de ellos. Por lo menos, ahora que te vas a casar con él, sabré que todo por lo que he trabajado está seguro en la familia. Eso me da una gran satisfacción —suspiró— Asegúrate de tener un heredero y entonces moriré tranquilo.

¿Puedes verla?, se preguntó Bella al verse en el espejo. No, sonrió con desdicha. No se podía ver la cuerda que se estaba apretando en torno a su cuello, jalada por su padre a un extremo y por Edward al otro.

Era sábado por la noche. Edward pasaría a recogerla en unos momentos. John Calver la llamó el día anterior. Al parecer, Edward llegaba de Grecia ese día y su madre lo acompañaba para conocer a Bella y la invitaba a cenar.

Qué alegría, pensó con burla. Voy a ser inspeccionada para ver si reúno los altos requisitos que al parecer busca su madre en la esposa de su hijo. Bueno, ni siquiera la intimidante Esme podría quitarle su aplomo esa noche, pues Bella se había arreglado durante horas para asegurarse de que así fuera.

No obstante, estaba nerviosa al ver su aspecto final en el largo espejo. Su vestido era de seda y la cubría de la garganta a los pies. Lo había comprado para usarlo en una de las recepciones formales de su padre. Era un vestido tan clásico que la hacía parecer mayor que sus veinte años, dándole un aspecto elegante y mundano. El color azul turquesa brillante hacía resaltar el azul de sus ojos y contrastaba muy bien con su cabello rojizo que estaba peinado con una trenza de moño. Su apariencia era digna y eso la tranquilizó bastante.

Ese fue el vestido qué usó la primera vez que vio a Edward, se recordó Bella mientras tomaba su bolso y su chal. Pero eso no significaba nada y descartó el nudo de su estómago. No se lo puso por ese motivo, sino porque era el vestido que mayor confianza le daba.

Alzó la barbilla y fue a despedirse de su padre.

Edward llegó a tiempo, muy guapo, vestido de etiqueta. La hizo perder el aliento de inmediato.

Él la recorrió con la mirada y no dijo nada.

— No tienes joyas —fue su único comentario y Bella se deprimió.

— No —se defendió— No me gustan las joyas.

— Entonces espero que aprendas a usar esto... —se adelantó y los sentidos de la chica reaccionaron ante su cercanía. Edward sacó un estuche de su bolsillo y al abrirlo, Bella jadeó de sorpresa al ver el enorme zafiro rodeado de diamantes— Dame tu mano —ordenó, brusco.

— Yo... —se humedeció los labios— ¿Estás seguro de que es necesario que?...

— Muy seguro —tomó su mano izquierda— Este anillo perteneció a mi abuela —le dijo al ponérselo en el dedo— Mi madre espera verte usarlo. Me lo dio para ese propósito.

— Yo... gracias —susurró, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Edward sonrió, sombrío, y luego hizo algo extraño: inclinó la cabeza y besó el anillo. Cuando se irguió, no la miró, pero Bella vio que estaba muy conmovido. Se preguntó el motivo.

Esa noche un chofer los llevaría a la residencia de Edward.

— Estoy un poco cansado por el cambio de horarios y no me siento en condiciones de conducir —comentó Edward para justificar la presencia del chofer.

— Pensé... que estabas en Grecia con tu madre —notó Bella, apabullada por ese hombre y el anillo que tenía en la mano— Por costumbre, la gente no se siente mal por un vuelo tan corto.

— Estuve en Grecia esta mañana —asintió— Y antes estuve en Estados Unidos y sólo hice escala en Atenas para recoger a mi madre y acompañarla a Londres. He estado de compras en varios países —le informó, burlón— Traté de hacer que dos meses de trabajo encajaran en sólo unos cuantos días.

— ¿Y cómo?... —estaba tensa— ¿Cómo tomó tu madre la noticia de que te vas a casar conmigo? —su ansiedad fue evidente por la ronquera de su voz. Edward la estudió en silencio.

—No es un ogro —murmuró con sequedad.

— ¿No? —le sonrió muy poco— Su hijo sí lo es. Debió heredarlo de alguien.

Edward echó a reír, apreciando el comentario.

— Apaciguada pero no muerta —comentó—. Pobrecita desdichada... —retó con suavidad— Pareces ser Juana de Arco, aceptando su destino con valor.

Bella se incomodó perturbada por el comentario.

— Me pregunto si a Juana de Arco le pareció la causa por la que luchaba digna de su sacrificio —prosiguió Edward.

— ¿Cómo va la compañía de mi padre ahora que tú estás al frente? —inquirió la chica. Edward no era el dueño absoluto de la compañía, mas se hacía cargo en persona de todos los negocios de Swan's.

— Mucho mejor que antes —contestó con seriedad— Tenía muchos gastos innecesarios que la hicieron perder mucho dinero. ¿Has sabido algo de Black en mi ausencia? —cambió de tema y la tensó a ella ahora.

— No —y esa vez era la verdad. De pronto ya no recibió ni una carta de Jacob. Lo miró con suspicacia— Supongo que lo amenazaste o algo parecido —acusó.

— Le... aconsejé que sería mejor que dejara en paz el pasado —la corrigió Edward con cuidado.

— Es lo mismo —no lo miró— No debiste ser nada sutil al respecto. No sabes serlo.

— ¡Ven acá! — se impacientó y la tomó por sorpresa cuando la jaló con urgencia hacia él— Ya basta, Bella —murmuró al apoyarla sobre su pecho— Tu espíritu de lucha es admirable y me gusta discutir contigo. Eso pone un brillo encantador en tus hermosos ojos chocolates. Pero estoy cansado —suspiró y vio su rostro pálido y cansado— No estoy de humor para ello esta noche.

— Entonces suéltame y me quedaré quieta como una estatua —prometió tratando de tranquilizar su pulso.

— Lo que necesitas son besos para ponerte de mejor humor —comentó con voz ronca— Y yo también los necesito. De hecho, con desesperación.

Gruñó y su boca cubrió la suya con lentitud.

Bella estaba ruborizada cuando la soltó. El brillo de sus ojos era más intenso que el de la gema que tenía en el dedo. Sus labios estaban entreabiertos y temblorosos y Edward la contempló con cuidado. Bella esperó, rezando por que no volviera a besarla... y esperando con ansia que lo hiciera.

— Conserva esta expresión, agapi mou —murmuró Edward— Ya casi llegamos a casa y así es cómo quiero que mi madre te vea.

— Lo hiciste a propósito —exclamó y de nuevo volvió a odiarlo.

— No del todo —negó y se arrellanó en su asiento mientras seguía observándola y poniéndola nerviosa— Cinco días sin ti, Bella, es demasiado tiempo para que un hombre normal lo soporte. Y para un hombre cuyos deseos son tan profundos como los míos, esos cinco días fueron un purgatorio.

— Vaya, eres... —se atragantó.

— Despreciable, ya lo sé —suspiró— Me lo has dicho tantas veces, que ya me aburriste. Sólo recuerda esto —la tomó de la barbilla— Mi madre no está al tanto de la verdad, así que no saques las uñas cuando estés a su lado o tendré que adoptar medidas drásticas para que no lo hagas.

— ¿Me amenazas de nuevo, Edward? —lo retó.

— Será mejor que creas que hablo en serio, Bella —confirmó— Haz las veces de la novia enamorada, o te arrepentirás. ¿Entendiste?

— Sí —su desafió murió muy pronto— No tenía intenciones de hacer otra cosa.

— Bien —la soltó al fin— Ya llegamos.