Card Captor Sakura pertenece a CLAMP y la trama a MaraGaunt, yo sólo hago la adaptación, bla, bla, bla...

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Capítulo VI

Shaoran Li

18 de Julio de 2007

Cruzamos el umbral de entrada del acogedor restaurante. Intenté tomarle la mano al fin de darle algo de intimidad al encuentro e intentando hacer que ella se adaptara a mi presencia.

Pero ella permanecía alejada a unos pasos de mí. En el momento en que intentaba que la dejara atrás no se lo permití, su mirada permanecía enterrada en sus pies como si temiera rompérselos a cada paso. Si no estuviera seguro de que intentaba no hacerse notar en esa actitud, habría jurado que su intención era admirar el movimiento en su manera de caminar.

Cuando entramos no tuvo más remedio que levantar la mirada. Seguramente lo más cerca que había estado de un sitio como este era en el Café París y, a su pesar, curiosidad reticente se dejaba ver en su rostro. Esto me beneficiaba enormemente ya que necesitaba toda la ayuda posible y si este sitio hacia que se sintiera cómoda en mi presencia, tanto mejor para mi.

Una mesera se nos acercó y cuando la miré, y ella me devolvió la mirada se estableció esa conexión típicamente sexual que solía darse entre las mujeres que yo deseaba y ellas a mí.

Su mirada estaba poblada de profundas y sensuales promesas que, de no hallarme en esta misión, habría respondido gustoso.

Pero no era el tiempo y debía guardarme mis impulsos sexuales para cuando Sakura no estuviera presente. Podía prescindir de esta clara invitación por el momento.

–¿En qué puedo servirle, señor? –preguntó ella, ignorando olímpicamente la presencia de Sakura Kinomoto a mi lado.

En otra ocasión hubiera podido decirle exactamente en que me hubiera podido servir, pero supe que su actitud estaba afectando negativamente a la niña que estaba a mi lado. Eso me enfureció, ya que estaba desbaratando lo poco que había podido lograr.

Antes de que a ella le diera tiempo de pararse le pasé un brazo sobre los hombros y la acerqué a mí hasta casi sentir la tibia temperatura de su delgado cuerpo.

–Queremos una mesa para dos –enfaticé bastante en la última palabra para que fuera claro para las dos mujeres de la situación.

–Sigan por acá por favor –dijo ella mirando Sakura de arriba a abajo.

Detecté cierto matiz de decepción en su voz, como si no pudiera creer que estuviera gastando mi tiempo con algo tan insignificante.

Nos condujo a un rincón que se veía bastante romántico y, en secreto, lo agradecí, cuanto antes se afianzara la relación.

Moví la silla cuando la mesera se retiró, a manera de caballerosidad, para que ella se sentara. Ella me miró y luego posó su bolso en una de las sillas y se sentó en la silla que le ofrecí.

Aun a distancia pude ver que su tensión en el cuerpo era evidente. La verdad no entendía por que estaba tan nerviosa.

–¿Qué te pasa? –le pregunté. No tenía la esperanza de que me contestara con sinceridad.

–Na... nada –mentira. Pero ya lo había visto venir. Abarcó la mesa con sus ojos esquivando los míos que la buscaban pero ella me ocultó su mirada con tenacidad.

La evalué durante unos segundos. Ella inspiró inconscientemente, sin saber que la estaba observando. Supuse que sus fuertes inhalaciones de aire se debían a un vano intento de obtener seguridad. Señaló, totalizando, la mesa con su mano pequeña y dijo:

–Gracias por invitarme... este lugar es... –lo abarcó después con la vista– es hermoso.

Estaba intentando conversar. No sabía si seguirle la corriente o quedarme callado a fin de que hallara su seguro. De hecho, esta era la primera vez que no tenía idea alguna de como actuar frente a una mujer, en una cita.

Era un poco confuso.

Seguí observándola intentando que, inútilmente, me mirara, a cambio de eso obtuve una panorámica del nervioso movimiento de sus manos. Como no lo soporte más decidí hablar con dirección, no me parecía que de otra manera fuera mejor.

–¿Te sientes nerviosa por mi presencia?

Ella dejó de mover las manos unos segundos, como si mi pregunta la hubiera alterado y supe que era así.

–No... claro que no... –otra mentira. Estaba resultando tan mentirosa como yo con la gran diferencia de que yo sí sabía cómo hacerlo.

–En ese caso, ¿puedo decirte algo?

Otra vez se quedó paralizada, como si a cambio de lo que le iba a decir pensara que iba a decretar su sentencia de muerte.

–Por supuesto –respondió.

–No será la última vez que nos veamos y lo sabes, ¿verdad? –ignorando sus manos ella me miró rápidamente y como pude atrapé sus ojos verdes en los míos. Por unos segundos lo pude hacer pero ella se retrajo rápidamente.

No hizo nada . "¿Qué es lo que eso significa?" luego ella hablo, pero me preguntó algo que no esperaba y que para la situación estaba un poco fuera de contexto.

–¿Tienes una novia?

Apenas esas palabras brotaron de su boca ella se sacudió un poco como si se arrepintiera enormemente de lo que había dicho. Probablemente pensaba que yo era un libertino incorregible, y, aunque tenía razón, no me beneficiaba que lo sospechara.

–No –dije fulminantemente, arrepintiéndome un poco de mi tono cuando vi su estado de retracción. Era una tonta, y yo era un tonto también.

–Lo siento... no debí preguntarte eso –su voz sonaba ansiosa y sumisa, y a disculpa también–. Sólo quería...

No quería saber de sus deseos y preguntas inoportunas así que hable:

–No importa... no tengo a nadie... todavía –esperaba que captara el doble sentido de la frase– ¿Y tú?- le devolví la pregunta tan seguro de que me la iba a contestar como que las vacas volaban– ¿Tienes novio?

Hice un repaso breve del informe que había leído sobre ella; durante su estancia en el orfanato había tenido poco contacto con el entorno masculino.

–No –negó ella–, no tengo.

Se hizo silencio y supe que las cosas no estaban evolucionando tan bien como yo creía, algo en su expresión facial cambió súbitamente, como si estuviera acordándose de algo que no quería, como si recordarlo le produjera un hondo dolor. Me sorprendió interpretar su reservada y extraña actitud de esa manera en que lo estaba haciendo.

Cuando pude verla bien me di cuenta de que puro y físico terror teñía las facciones de su cara. En la poca distancia en la que nos encontrábamos pude ver también como su cuerpo temblaba, lo que no sabía era por qué demonios lo hacía.

Repentinamente como su cambio de actitud ella se puso de pie pero no me miró directamente como si temiera hacerlo.

Por el rabillo del ojo me di cuenta de que una o varias personas nos estaban mirando. Algo no andaba nada bien.

–Lo siento mucho –dijo ella atropelladamente–, pero creo que debo irme.

Tomó su bolso y apartando la silla con un movimiento brusco caminó casi corriendo hacia la salida del restaurante.

Me puse de pie rápidamente y la seguí antes de que ella pudiera escapar preguntándome una y otra vez que era lo que había dicho para que ella reaccionara de esa manera.

Cuando la pude entrever me di cuenta de que estaba a punto de abordar un taxi. Corrí rápidamente y, antes de que ella abriera la puerta, la cerré y le impedí subirse. Hice una señal al conductor quien de inmediato se retiró y luego la tomé a ella del brazo.

Para lo que no estaba preparado era para la fuerza con la que se zafó de mi agarre.

–No me toques... –dijo ella en un susurro pero con la voz, al mismo tiempo, firme.

Había mucha más vehemencia en su tono de la que creí que poseía. Aparté mi mano levantándola lentamente en vista de que entendiera que no quería hacerle daño.

–¿Qué es lo que te pasa? –le pregunté intentando imprimir confidencia en mi tono esperando de antemano la decepción; era demasiado cerrada.

Todo se había dado cuando mencione la palabra novio y hasta este momento me percaté, definitivamente iba a tener que leer con mayor detenimiento el informe sobre ella que había hecho el abogado. A ver si podía captar detalles de ella que había pasado por alto.

–No te acerques... –suplicó ella cuando di medio paso para tomarle la mano–, por favor... sólo déjame ir.

Su modo de suplicar casi me hace ceder, parecía una posesa.

–¿Qué es lo que pasa? –volví a preguntar con más ahínco con la intención de verme preocupado y, a la vez, a pesar mío, sintiendo una grave curiosidad por todo eso.

Las manos de ella volaron a su cara y pensé que iba a estallar en llanto, pero a cambio de ello se paso las manos por la frente y se detuvo en sus sienes, las cuales comenzó a frotar con fuerza y lentamente. La miré por los minutos que pasaron sin que nada se moviera entre nosotros más que sus propias manos. Luego ella inspiró profundamente y yo veía como lentamente salía de su súbita crisis existencial.

–Perdóname –dijo ella abriendo los ojos pero mirando a la nada.

Apartó sus dedos de sus sienes. Allí donde estos habían estado la piel se hallaba roja y medianamente irritada

–No sé que me pasó.

Ni yo tampoco, pero sabía que estaba mintiendo, había gato encerrado en todo este show emocional y estaba dispuesto a averiguarlo. La palm ya me picaba en el bolsillo del pantalón esperando lista para llamar al abogado y pedirle referencias más extensas del orfanato en cuestión.

Era imprescindible pedirle más información sobre "la heredera".

–¿Qué es lo que debo hacer para convencerte de que no te haré daño? –le pregunté cuando sus ojos, ahora normales, volvieron a cruzarse fugazmente con los míos, por un momento no pude dejar de verla como una niña muy crecida y lastimada. Como siempre no sentí nada.

–No eres tú... –dijo ella–, soy yo... pero... –pude ver como tragaba saliva para dar claridad a su voz pero aun así sonaba como una voz a la que alguien no ha usado en mucho tiempo– ya no importa...

Por última vez se pasó las manos por la cara. Luego se acomodó los cabellos en un gesto inconsciente.

–Lo siento –volvió disculparse–. Volvamos adentro... y olvidémonos... de esto...

Me sorprendió un poco la entereza con la que asumió ese humillante momento de debilidad. No sabía qué situación la había llevado allí, pero no se trataba de histeria convencional, no era como las cientos de amantes que tuve antes que gritaban en el momento en que decidía prescindir de ellas.

Si ella quería volver dentro era porque quería confiar, pero aún no se atrevía. Me esperaba un largo camino por delante.

Ella caminó decidida hacia la puerta, pero en esta ocasión la cogí de la muñeca. Ella se volvió un poco. Aunque no estaba prestándole demasiada atención mis dedos no pudieron dejar de notar que tenía una tez mucho más suave que la mayoría de las mujeres con las que había estado. Su muñeca se estremeció un poco y se volvió a mirarme, sólo que no me miraba a mí sino a algún punto situado por encima de mi cabeza.

–No quiero que te hagas una imagen equivocada de qué es lo que quiero contigo, Sakura –bajé mi voz hasta cierto punto para darle algo de sensualidad a la situación y tratar de escaparla de lo que había sucedido antes.

Ella intentó apartar su mano con menos notoriedad pero sin éxito alguno, no quería asustarla pero que estuviéramos cerca en el momento de mi actuación era vital para darle credibilidad.

–No entiendo –dijo ella, pero algo me decía que sí lo entendía, al menos lo básico, me parecía algo extraño que no entendiera de frases ni indirectas relacionadas con el sexo o las relaciones, así que tendría que explicárselo, esto de la instrucción iba a resultar bastante aburrido.

–Vamos adentro y comamos, necesitamos hablar, esta es la razón por la que estamos aquí.

Tenía planeado actuar de un modo poco menos sutil pero en vista de lo sucedido debía intentar abordar nuestra relación con más lentitud, al menos a la lentitud normal que esperaba dirigir, tampoco me iba a andar como las tortugas, no tenía demasiado tiempo.

Aún con mi mano sujetando su muñeca volvimos a acomodarnos en nuestro sitio. La gente volvió las cabezas para mirarnos y vernos entrar, seguramente pensaban que se trataba de una pareja común que arreglaba los problemas después de un ardoroso beso.

Un mesero, esta vez hombre para satisfacción de mis propósitos, se acercó a tomarnos la orden en cuanto recuperamos la mesa. Nos ofreció a ambos la carta y ella la ojeó algo nerviosa. Aún tenía el pulso temblando y me pude dar cuenta por la carta. Entonces me pregunté que tan atento a ella debía haber estado para darme cuenta de ese particular detalle.

Ella señaló con el dedo lo que quería y para mi agrado personal se inclino hacia mí un poco para mostrarme lo que había elegido, un pavo a la naranja.

–¿pavo a la naranja? –la animé–. Es un buen plato.

–Lo sé –dijo ella en voz baja–. Lo preparaba mucho cuando... –se calló antes de revelarme más detalles, no la presioné, no lo necesitaba.

–Está bien. Tomaré lo mismo –indiqué al mesero que anotó en su libretilla de cuero.

Adjunté al pedido una botella de vino blanco.

–Excelente elección, señor –dijo el mesero antes de retirarse.

Suspirando apoyé mi espalda en la silla y sin que ella se percatara observé nuevamente el juego nervioso de sus manos, que se movían nerviosas una con otra, era toda una actitud que parecía algo exasperante. Ocultando mi humor nuevamente abrí mi boca para hablar.

–Ponen una música excelente –comenté, y era cierto.

Ella se demoró en contestar pero luego dijo:

–¿Vienes con frecuencia? –me pareció captar un sentido oculto en su pregunta y pensé que aún dudaba de mi "inocencia".

–Sólo cuando quiero estar solo –dije. Para mi sorpresa ella se rio un poco.

–¿Entonces cuál es el sentido de que yo esté aquí ? –sus ojos estaba pegados a la mesa como si esta contuviera encima dibujos espectaculares a los cuales resultara imposible quitarles la vista.

–Sólo cuando quiero estar solo... con alguien –la sonrisa desapareció de su boca, luego añadí antes de que ella pudiera hablar– ¿Por qué casi nunca me miras cuando te hablo?

Ella soltó un respingo pero no conseguí hacer que me mirara.

–No lo sé... –aceptó.

–No importa –dije yo, un poco contrariado– al menos yo si puedo mirarte... –bajé mi voz para que sólo ella me pudiera escuchar.

Pero luego continuamos en silencio hasta que el humeante platillo estuvo frente a nosotros con el frío vino .

Sin pedirle permiso el mesero descorchó la botella y sirvió un poco en la copa de cada uno. La insté con un gesto de la mano a que lo probara aunque no sabía que experiencia debía tener con los vinos. Para mi consternación tomó la copa con toda la clase y distinción de las perras frígidas a las que estaba acostumbrado a tratar. Sabía como tomar una copa, dio un ligero sorbito. Pareció gustarle. No le iba a preguntar, al menos no ahora.

–Es... delicioso –dijo ella sonriendo, debía admitir que tenía una bonita dentadura.

Bebí un poco del mío y luego nos dedicamos a comer. Me fijé, sin esperar que ella se diera cuenta, en su manera de manejar los alimentos y los cubiertos. Lo hacía bien, supe que me iba a ahorrar muchas más clases de ética.

No sabía que posibilidades de educación en la mesa ofrecía un orfanato pero estaba bastante complacido.

Antes de terminar realmente, aparté los cubiertos a un lado del plato y la miré una vez más buscando sus ojos.

–Hay algo que debo decirte.

El poco de vino que estaba probando en el momento en que dije esto se le fue por el lado incorrecto de la garganta. Tosió sonoramente por unos momentos.

–Amistad no es lo único que quiero contigo y lo sabes... –continué atacándola de frente.

Se limpió la boca con la servilleta y dijo:

–Sí...

–Te diré algo –continué, la perorata del invento estaba a punto de salir a chorros de mi boca. Paradójicamente le iba a decir a ella lo que nunca le había dicho ni a mi más preciadas amantes. Sabía como convencer a una mujer de que la deseaba, pero no sabía como reaccionaría esta extraña– no fue coincidencia por la que entré al Café París –ella se removió en la silla un poco pero no se levantó– era por ti... te había visto con anterioridad en medio de la calle, entré allí a buscarte por que me gustaste desde el mismo momento en que tu cruzaste por mi vista. Quiero conocerte y necesito que me lo permitas.

Tragó en seco según pude ver en su garganta, no me miró pero aun así, a lo que fuera que estuviera mirando tenía los ojos fijos e inmóviles.

Tenía una mano abandonada a un lado de la copa y se la agarré antes de que tuviera oportunidad de retirarla. Como era de esperar eso fue lo primero que intentó pero no la solté, la haló dos, tres veces pero seguí aferrándosela con toda la suavidad que sus movimientos me permitían.

–Suéltame... –dijo ella mirándome a los ojos por fin. Pero esta vez no iba a ceder a su crisis.

–No quiero asustarte pero no te voy a soltar... nunca –añadí con decisión–. Quiero una respuesta –exigí después.

Los ojos de ella se cerraron y para sorpresa mía esta vez una carcajada histérica salió de su boca.

No me esperaba eso y menos que saliera con lo que dijo a continuación

–Si esto se trata de alguna especie de broma la verdad es de muy mal gusto –su histeria despareció tan rápido como llegó, apartando su mirada me dijo–. Por favor... me conoces tan solo hace 4 días. Sólo mírate... mírate... y mírame... yo... no te gusto y no veo la gracia a todo esto –otra vez quiso levantarse salvo que esta vez había un brillo perlado en sus ojos que asocié con las lágrimas. Muchas de las amantes que tenía solían reaccionar de esa manera en un intento por que me quedara con ellas por lástima, pero las de ellas jamás me parecieron tan sinceras como las de esta niña.

–Esto no nos lleva a ninguna parte –dijo ella, salió otra vez, esta vez más suavemente de manera que nadie se volvió a vernos.

A mi vista y a la de cualquiera que en serio hubiera decidido mirarnos parecíamos una patética novela romántica. Dejé dinero suficiente para cubrir la mesa y la propina y salí en su búsqueda nuevamente.

Sólo que esta vez estaba parada en medio de la acera mirando hacia el cielo como si hubiera allí algo interesante. Debía percibir mis pasos pesados pero no se dio la vuelta, la cogí del brazo y se la di yo mismo, sus ojos estaban en los pies nuevamente.

–¡Mírame, maldita sea! –le dije fuera de mis casillas, estaba siendo truhán y lo sabía pero esto estaba fluyendo más despacio de lo que estaba planeando. Negó con la cabeza y trató de irse.

–Sólo quiero irme de aquí... –confirmó mi suposición.

–Quiero que me mires –le dije cuando dejó de retorcerse.

Estaba intentando que no la mirara a la cara para no ver sus lágrimas pero era imposible, ya que la luz que se filtraba por entre nuestras figuras no ayudaba a su propósito y le brillaban en la cara.

–Sakura, por favor... –le dije.

Dioses, nunca había tenido que pedirle algo a alguien con tanta insistencia, nadie nunca había intentando huir de mí en tantas oportunidades. Algo me decía que quería ceder, pero había otro algo mucho más profundo que los propios deseos de ella que se lo impedían.

–Nunca me llames mentiroso... no cuando hablo de lo que siento –una carcajada mental brotó de mi conciencia, me estaba burlando de mí mismo ante mi propia falsedad–. Eres adulta y lo entiendes bien, puedes entender que para un hombre eres atractiva, en este caso ese hombre soy yo –halé su brazo de manera que quedara más cerca de mí. Iba entablar el primer contacto, ella no se resistió–. No creo que tenga explicación y no creo que la tengas tú tampoco de por qué no he podido dejar de pensar en ti desde que te cruzaste en mi camino –di un paso más hacia ella hasta que mi estatura la sobrepasó fuertemente–, ni de desear verte de nuevo –aquí venía la prueba final, dejé su muñeca y a cambio sujeté su mentón con más fuerza de la necesaria, sin importarme si alguien estaba viendo o no clavé la mirada en su boca y le dije más cosas para conquistarla–, ni de desear besarte hasta que no te quede boca más que para mí...

Sus pupilas se dilataron cuando dije esto y sus ojos me miraron anonadados finalmente.

–Yo... –¡atrapada! El temblor de voz me indicaba que mis palabras habían surtido efecto.

Reaccionando más por instinto que porque realmente lo hubiera planeado sujeté su mentón y apreté su boca contra la mía, me sorprendió la textura de casi almohadilla que tenían. El labio inferior era carnoso y sensual. Era, relativamente, una boca pequeña. Ella permaneció tan estática y tan en tensión que por un momento pensé que se iba quebrar de la fuerza con que estaba conteniendo su cuerpo. Dudé si apartarme o no, seguramente me iba a abofetear y tendría que empezar de cero.

Cual fue mi sorpresa cuando sentí su boca moverse, cuando menos lo pensé ella me estaba devolviendo el beso, me aparté sin poder soportarlo más.

No era por rechazarla. Se trataba de mí; por encima de mi venganza y de todo lo demás yo era un hombre con instintos, y estos, contrario a mi voluntad se estaban despertando voluminosamente.

Mirá su boca roja de la presión que había ejercido sobre ella, era el beso más extraño que jamás había recibido.

Normalmente todas las mujeres a las que había besado tenían experiencia para ello. Debía admitir que era algo fuera de la rutina besar a una inexperta. Seguí mirándole la boca pensando que lo mejor sería que me acostumbrara, iba a pasar 3 o 4 de los siguientes meses besándola.

Ella se arregló un poco los cabellos y me pidió sin mirarme.

–¿Podrías, por favor, llevarme a casa? no dijo nada relacionado con el beso, pero no esperaba más, ya tendría tiempo para adaptarla.

Cuando caminamos hacia el parqueadero donde había estacionado mi auto, mientras nos acercábamos me toque brevemente los labios. Si, contrario a lo que había creído antes, iba a ser interesante.

El camino del vuelta transcurrió exactamente como el de ida, en el silencio total.

Cuando nos detuvimos frente a la puerta del edificio de departamento, ella hizo ademán de bajarse desabrochándose el cinturón, pero cuando se iba a dar la vuelta le cogí el brazo, su codo se me clavó suavemente en la palma de la mano. Esta vez no hubo halones ni movimientos convulsos, sólo se quedó mirando mi mano fijamente.

– Quiero disculparme por... –comencé; debía congraciarme para tenerla en la palma de la mano, tal como a su codo.

Pero ella me detuvo negando con la cabeza y sonriendo levemente.

–No tienes que disculparte... yo soy el problema...

Ahora el que la detuvo fui yo.

–Escúchame... dije que me gustas y mucho, lo siento si estoy siendo muy directo pero aprecio la sinceridad –era un poco loco que esa frase no se aplicara realmente a lo que yo era en realidad–, quiero ser algo más que tu amigo... sabes de lo que hablo.

No quería decir realmente la palabra novio, aunque en unos meses sería prometido, había tenido queridas, mozas, amantes, affaires, sexo de una noche y más pero nunca había tenido una "novia".

–No lo sé... –dijo ella tristemente, como si la sola idea le causara gran pesar, me sentí un poco insulso.

–Quiero enseñarte a besar –le solté repentinamente. Ella volvió a sonreír como a vuelo de mariposa.

–No creo que quieras hacer tal cosa.

–Pero sí quiero –insistí–. Quiero besarte y quiero que seas mi... –maldición– novia.

–No nos conocemos –replicó con su patética excusa.

–No sé tú pero yo sí quiero conocerte –por supuesto– a fondo...

Me acerqué dentro del auto a la silla del copiloto.

Ella se retiró hacia la puerta cerrada en tanto yo me acercaba hasta que ella no pudo retroceder más y me encontré casi encima de su silla. Me miraba la boca como si dudara de su labios se entreabrieron en súplica silenciosa, pero yo tenía que actuar. De una manera u otra debía hacerlo aun a riesgo de perder el poco terreno que había ganado, debía seducirla con la ilusión de todas las mujeres, el enamoramiento.

–Bésame... –le dije susurrando mi aliento sobre sus labios.

Ella cerró los ojos pero yo dejé los míos abiertos a fin de poder ver las expresiones que cruzaran por su rostro. Posé mi boca otra vez sobre la de ella. Sus labios lo dudaron, pero tras de unos segundos aceptaron mis movimientos. Es más, se intensificaron en medio de el calor que comencé a hacer dentro del auto. Recordaba perfectamente cómo hacerlo y debía admitir que sus habilidades como aprendiz eran bastante avanzadas.

Succioné su labio inferior con más atrevimiento instándola a que abriera la boca más, pero en ningún momento hizo algo para detenerme, sólo siguió el ritmo que yo imponía, como las ratas que seguían al flautista de Hamelin. Mi lengua rozó suavemente el reborde de el labio que antes había chupado y finalmente conseguí que abriera la boca, mi lengua rozó la punta de la suya. Se estremeció un poco, un sonido curioso salió de su garganta junto con el aire de sus pulmones que atrapé en mi boca, le di el mío mientras llevaba mi mano hacia su mejilla y después la sumergía en sus cabellos recogidos sorprendiéndome de pronto por su suavidad palpable. No, no podía estar pensando que esto no iba a resultar tan desagradable después de todo. No podía. El olor de su piel conservaba aquella tonalidad dulce que me hacía dar ganas de deslizar la lengua por esa piel a cambio de sus labios. El sentimentalismo se estaba apoderando de mí otra vez.

Con furia conmigo mismo me aparté de su boca y de ella lentamente. Ella tenía los párpados cerrados y respiraba con agitación. Me senté y miré hacia el frente esperando que reaccionara. Lo hizo minutos después.

–Lo siento... –dijo en un susurro.

–¿Por qué te disculpas? –le pregunté aferrándome al volante para no sacarla del auto de una vez. Necesitaba pensar y ella se disculpaba.

–No creo que haya sido lo que esperabas.

Pensaba que iba a decir algo como que quería que termináramos esto de una vez o algo por el estilo, pero salió con eso, verdaderamente se tenía en baja estima.

–Fuiste eso y más –adulé para no hacerla sentir mal.

No había sido tan aburrido después de todo.

–No tenemos por lo que preocuparnos, tendremos tiempo de sobra para perfecciónar nuestras técnica.

Ella pareció asimilar la frase y me agradaba que lo hiciera.

–Espero verte nuevamente –añadí cuando me pareció que había trascurrido el tiempo suficiente.

–Sí... claro... –dijo ella como si deseara todo menos lo que estaba afirmando.

Me molestaba un poco ver la gran expresión de resignación que ella tenía en su rostro, no tenía por qué importarme pero me molestaba, mucho.

Lo más naturalmente posible que pude me incliné hacia ella y le besé la frente, el olor a vainillas que emanaba de su cabello entró por mi nariz, debía esfumarme ya.

–Te llamaré mañana entonces –en cuanto rocé su piel ella se apartó rápidamente y abrió la puerta del auto para salir sin esperar que actuara de caballero.

–Gracias por todo –se dio la vuelta y caminó rápidamente hacia la entrada del edificio.

"Maldita sea" pensé, era demasiado inocente hasta para su propio, bien. Y también demasiado ciega, una mujer con experiencia sabría que habría un motivo oculto para buscarla, pero ella parecía haberlo aceptado, con esfuerzo pero lo había hecho.

Demasiado sensibilismo para que yo pudiera tolerarlo.

Pisé a fondo el acelerador del auto y me perdí en la noche rumbo a la mansión.

Cuando llegué allí me quité la camisa y rápidamente me metí en la ducha, dejando el pantalón y el cinturón sobre una de las sillas de mi habitación.

El agua fría me golpeó como un puño pero dejé a mi cuerpo acostumbrarse aunque no quisiera. Cerré los ojos, así sentía el agua por triturando mi piel, la dejé correr por tiempo indefinido, porque no lo calculé, debió ser una hora o máximo dos.

Salí de la ducha y me sequé con una de las toallas, me la anudé al cuello y la otra me la até a la cintura.

Como si siguiera un ritual ignoré la parte superior de mi pijama y sólo puse sobre mí el pantalón. Quité los cojines de la cama perfectamente tendida que dejaba todos los días la mujer del servicio. Aparté las cobijas y me eché cual perro, como primero caí.

Cerré los ojos y el sueño me llevó con rapidez.

Súbitamente una imagen que no pedí se dibujo en mi inconsciente.

Una mujer vestida con mi camisa, la verde, rodeándola, la inclinación de su frágil columna, su cuello, su cabellos, sus piernas...

Aun en mi sueño sentí que la sangre fluía con rapidez a mi entrepierna. Otra vez esa estupidez del sueño.

Todo cambió con la rapidez de un flash.

Sus manos en mis manos y a ambos lados de su cabeza. La sombra rodeando su rostro evitando así que pudiera conocer su identidad. Aunque de poco hubiera valido, hubiera sabido a quien deseaba a metros de distancia, era la misma mujer del sueño. Sus dedos entrelazaron los míos mientras su suave cuerpo atrapaba al mío en toda su humedad y calidez. Besé su cuello maravillándome ante la suave textura de su piel que me dieron ganas de morder. Un suave olor brotaba de el, demasiado deseable... demasiado apetecible. Sus movimientos se acoplaban a los míos mientras diminutas partículas de placer se extendían más y más rápido por toda mi columna vertebral. Necesitaba llegar, pero quería que ella lo hiciera conmigo.

Empujé más fuerte y más rápido mientras apretaba sus manos con más fuerza como si hacer eso me fuera a impedir disfrutar mucho más de todo esto.

Shaoran... –susurró ella mi nombre. No sabía como era su voz hablando normalmente ya que el deseo hacía que fuera breve, oculta y casi ronca.

Pero oírla trajo una nueva oleada de placer a todo mi cuerpo que me obligo a ir más rápido y más rápido, a moverme más como un animal que como un hombre. Pero animal o hombre deseaba a esta mujer más que a anda en el mundo, con gusto viviría haciéndole el amor todo el día, en cualquier parte y en cualquier posición que se me ocurriera.

Shaoran... –volvió a llamarme, era el coro de los ángeles, que poco faltaba para que ambos alcanzáramos la cima del placer, no había claridad alguna pero aun así deslicé mis manos de las de ella y le abarqué la espalda, la levanté contra mí haciendo que la fricción de nuestros cuerpos se volviera casi dolorosamente placentera. Sus suaves brazos se deslizaron por mi cuello y me apretó contra ella al mismo tiempo que sus músculos interiores apretaban mi sexo.

¿Por qué... ?

"¿Por qué que?" quise preguntarle. Sus pechos rozaron el mío produciéndome más calor aún, que poco...

¿Por qué me mataste... ?

Todo se volvió negro y ella desapareció cuando desperté, pero lo que no desapareció fue la presión en el pecho que me avisaba algo, como si tarde o temprano fuera a ser el responsable de algo terrible.

Sakura Kinomoto vino a mi mente sin claridad. La aparté rápidamente tratando de concentrarme en recordar el sueño y saber de quién se trataba, con quién estaba teniendo sexo y por qué esas extrañas palabras habían sido pronunciadas en el momento de culminación.

Locura o no sospechaba que se me iba a salir pronto de las manos.

Sakura Kinomoto

18 de Julio 2007

El restaurante era un sitio muy cálido, el aroma que llenaba la estancia me hacia recordar las tardes que gastaba con Rika, cuando sus padres no estaban, aprendiendo a cocinar delicias para las dos. El aroma era igual de cálido y hacía pensar en cosa buenas como familias, parejas, cosas de ese tipo. Estaba mirando mis pasos porque no me sentía con la fuerza necesaria para mirar al hombre que caminaba a mi lado. Era como si se tratara de un sueño, pero la verdad no me moría por ser la protagonista, como había sospechado tiempo antes. Había algo en él que no me gustaba, algo que me decía que debía permanecer alerta, lo cual era a la vez ridículo ya que no lo conocía de nada. Era una extraña situación.

No sé como lo logré pero conseguí que él no me tomara la mano. Pude ver que esa era su intención en cuanto entramos, pero no tenía la confianza necesaria para ese tipo de contacto, tal vez no la tuviera nunca, tal vez...

Ante el sonido de una suave música no tuve más remedio que levantar la mirada de mis horrorosos pies para fijarme mejor en el lugar en el que estábamos entrando. Estaba pulcramente iluminado y las mesas estaban distribuidas en un orden particular. Cuadros de distintas imágenes colgaban de las paredes impecablemente pintadas. Debían ser alguno de esos restaurantes en donde se cocinaba comida de otros países. Esperaba encajar, y tal vez descifrar las recetas de algunos de los platos que escribían en la carta.

Cuando dimos unos pasos más camino hacia nosotros una de esas meseras divas que solían gustarles a la mayoría de los hombres, estaba segura de que el señor Li no iba a ser la excepción y, contrario a mis propósitos del la noche, los cuales consistían en no mirarlo más de lo prudente, visualicé su cara en mis ojos, por unos segundos se había quedado mirando a la beldad. Profundos y predominantes celos envolvieron mi alma sin proponérmelo, celos de ella y de él. De ella por ser tan hermosa que no tenía necesidad de atraer a la gente por intereses ocultos, y de él por mirarla a ella cuando se suponía que me estaba llevando a mí, tuve deseos de irme de vuelta y esperé no trasmitir mis emociones en la cara, no tenía por qué tener celos de ellos, no eran nada mío ni yo de ellos.

–¿En qué puedo servirle, señor? –hizo presión en los labios en esa última palabra con lo cual me dio muy claro a entender a quien se dirigía, y me daba más y más la convicción de que yo no debería estar acá. Quise darme la vuelta y estaba empezando a acomodar el pie sin importarme lo que él me dijera cuando sentí su poderoso brazo sobre mis hombros. Lo miré disimuladamente y la expresión que había visto antes en sus ojos había desaparecido. Ahora parecía estar de mal humor.

–Queremos una mesa para dos –ahora la presión en la expresión final estaba en la boca de él. Me sentí estúpidamente orgullosa de que me defendiera, aunque a eso no podía llamársele de esa manera, y él ya me había defendido antes.

–Por aquí –indicó señorita piernas largas. Me entraron unas agudas ganas de cortárselas.

La seguimos, evité mirar al hombre tal vez porque temía que en cuanto lo hiciera lo pillara mirando las piernas o el atrevido contoneo de caderas con el que ella, que me recordaba tanto a Nakuru, estaba tratando de llamar su atención. Cuando nos detuvimos en la mesa que ella indicó me fijé que la intimidad del acogedor rincón, esperaba que no se dieran situaciones románticas de las que tuviera que escapar. Él no podía estar interesado en mí en ese campo.

Evitando su mirada sólo quedó en mi campo de visión su mano que se movió con presteza para correr la silla cuando señorita piernas largas se fue. Nunca nadie, ni siquiera Akio, se había preocupado por ser caballeroso conmigo, aun cuando se lo rogué en ese momento...

No era el tiempo apto para acordarme de esas cosas, aunque nunca era el tiempo apto de todas maneras. Debía sacar esos amargos recuerdos para siempre de mi memoria, si hubiera alguna medicina para hacer olvidar la hubiera comprado así costara todo el oro del mundo.

Me senté agradecida evitando el contacto visual. La razón era que mirarlo a los ojos me parecía grosero, eso por un lado y por otro sentía que mi voluntad flaquecería cuando volviera a fijar mi mirada en los ojos ámbar que recordaba bastante para mi propio bienestar mental.

Aun así me sentía fuera del lugar en este sitio, la edificación invitaba a la comodidad y a sentirse confortable, y de haberse tratado sólo de mí hasta lo hubiera disfrutado. Él me alteraba, era él y su presencia que sentía como si me estuviera respirando en el cuello en vez de estar a unos centímetros de mí.

Pero no deba ser una buena actriz ya que escuché su voz cuando preguntó.

–¿Qué te pasa?

Seguramente se había dado cuenta de que algo andaba mal en mi actitud. Era una idiota, debía decirle que no quería volverlo a ver y no estar acá intentando parecer cómoda cuando no lo estaba, nunca había tenido una cita real y no sabía que postura tomar, jamás debí haber aceptado esta invitación; aun cuando me sintiera en deuda moral con este hombre.

–Na... nada –dije rápidamente, pero si a mí me parecía que mi tono había sido poco veraz seguramente a él peor, si estaba tan atento de mí como parecía. Esperaba que no se hubiera percatado de la manera convulsamente nerviosa en que mis manos se movían unas con otras. Era algo que no podía evitar, desgraciadamente, cuando me sentía demasiado tensionada.

La sensación me producía un escozor extraño en el pecho, al mismo tiempo que parecía dejarme sin aire. Esperando que él no oyera lo pesado de mi respiración, inspiré con fuerza para intentar apartar eso, a cambio debía mostrarme agradecida, pasé la mano por el aire y le dije:

–Gracias por invitarme... este lugar es... es hermoso –y no lo decía por salvar la situación, era lo que realmente pensaba.

Pero debía admitir que mi motivo oculto para hablar sí tenía la intención de salvar la situación. Lo mismo parecía pensar él ya que me dijo sin avisar:

–¿Te sientes nerviosa por mi presencia? –"Dios, como lo supiste", quise contestar, pero que estuviera nerviosa seguramente no era el pago que él debía esperar después de haberme librado de la penosa situación de días anteriores. Intenté que mis manos no se movieran, no me paré a pensar ni a mirar con cuanto éxito lo estaba consiguiendo.

–No... claro que no...

–En ese caso, ¿puedo decirte algo?

"Depende de qué sea ese algo" quise responder pero la voz no me salió. Yo no era tan audaz como mi conciencia a veces me hacía pensar.

–Por supuesto –y me arrepentí profundamente de lo que dije, ya que el, por supuesto, daba cabida a cualquier guarrada o cualquier cosa que se le ocurriera decirme. Aún no estaba preparada psicológicamente para enfrentarlo.

–No será la última vez que nos veamos y lo sabes, ¿verdad? –ese fue el momento que mis manos eligieron para quedarse quietas.

Aparté mis ojos de ellas y, a pesar mío, fue como si mis ojos tuvieran voluntad propia. Viajaron por la cara de él hasta los suyos. Aunque los miré por unos segundos aparté los míos rápidamente, el fuego de sus ojos, ámbares en ese momento, quemó mi poca fortaleza. Él era demasiado atractivo para estar sentado aquí conmigo.

Por un momento me pregunté si no estaría buscando conmigo alguna experiencia nueva para luego...

Akio cruzó otra vez por mi cabeza. Esta noche parecía haberse propuesto entrar en ella así yo lo quisiera o no. Antes de que pudiera impedírselo a mi bocaza la pregunta se escupió sola:

–¿Tienes una novia? –quise levantarme y salir corriendo, ya que tenía miedo y a la vez ganas de que dijera que sí a la primera y no a la segunda. La postura de su cuerpo me dijo que le había molestado mi pregunta pero no identifiqué por qué. Si realmente este señor quería algo conmigo acababa de estropearlo estrepitosamente, lo supe así cuando me contestó.

–No –secamente, como un desierto, así sonaba su masculina voz. Quise excusarme, mejor quedar como amigos que como enemigos.

–Lo siento... no debí preguntarte eso, sólo quería... –él me interrumpió antes de que la verborrea, de la que nunca había sido partidaria, siguiera saliendo de mi boca.

–No importa... no tengo a nadie... todavía –volvió a hacer presión en la última frase. Él todavía me hacia pensar en mí... y en él... no, por supuesto que no–. ¿Y tú? –preguntó después de unos momentos. "¿Yo que?", luego caí en cuenta de el tema que estábamos hablando, de los novios y...

Me estaba preguntando si yo tenía novio... por un momento me sentí tentada de decirle que si a fin de si tenía algún interés en mí más allá de lo normal, se le pasara en cuanto lo supiera. Pero los recuerdos hicieron mella en mí en ese momento sin pedirlo siquiera. Akio y su apuesta... el día maldito, del que nunca me recuperé...

–No –respondí no muy segura de mi voz–, no tengo.

Pero súbitamente mis palabras dieron paso a una serie de bombardeos en mi cabeza, en los que sólo podía ver imágenes del pasado que había intentado dejar atrás. De sus manos en mi cara, de su voz ahogándome con palabras horribles, de su fuerza superior...

Si este hombre quería... no... por favor, Dios, apártalo de mí... no hagas que lo abrume con mi maldita vida.

Más y más imágenes que no pedí ver me atrofiaron el pensamiento. Sólo pensé en salir de allí ya que me estaba sofocando. Esto solo me había pasado en una ocasión y había entrado en depresión durante casi un mes, con resultados desastrosos para mi vida.

"Ni para eso sirves" escuché la voz de Akio en el momento en que me dejaba ahí, abandonada... golpeada tanto verbal como físicamente... Me estaba ahogando y si no me iba a mandar al diablo todo. Intentando no dejarlo en ridículo me levanté y no lo miré.

–Lo siento mucho –expresé rogando a Dios sin voz que hiciera que él me comprendiera–, pero creo que debo irme –tomé mi pobre bolso, archivé mi pobre vida y salí caminando rápidamente antes de que las fuerzas abandonaran aún más mi cuerpo.

Cuando estuve fuera, dado la experiencia de noches anteriores, decidí irme en un taxi. Que me llevara rápidamente para encerrarme en mi propio dolor y dejar de lado lo que intentaba olvidar.

Vi a lo lejos el color representativo de uno de ellos, y alargué la mano para pararlo. En el momento en que mi mano tocó el picaporte de la puerta del automóvil una mano se posó sobre el vidrio y la volvió a cerrar con fuerza. No tenía que tener dedos en la espalda para no reconocer esa viril mano. Cuando dejó el taxi me sujetó el brazo con mucha fuerza. Eso era lo último que yo necesitaba porque en ese momento escuché la voz de Akio en mi cerebro, y la mía también.

"Suéltame."

"No quieres que lo haga, tú quieres esto."

"No... por favor."

Sacudí la cabeza y el resto de mi cuerpo junto con mi brazo, al cual quería de vuelta. Lo halé con una fuerza que ni yo sabía que poseía y repetí esa palabra con la cual una vez rogué:

–No me toques –dije con calma mesurada, la cual no sentía en ninguna parte de mi cuerpo. Él se apartó, tal vez previendo el peligro de colapsar en el que me encontraba en ese momento.

–¿Qué es lo que te pasa? –preguntó él, pero no me sentía preparada y dudaba que me sintiera nunca.

Para decirle qué era lo que me pasaba, hacía mucho tiempo que había aceptado que ese trauma que había dejado secuelas psicológicas demasiado fuertes. Él dio un paso de vuelta, casi del mismo tamaño del que uso para retroceder.

–No te acerques... –le advertí no muy segura de cómo reaccionaría si él daba un paso más hacia mí en ese momento.

No quería sucumbir al pánico, pero tal como Akio, Shaoran Li pertenecía al género msculino. Alargó su mano con la clara intención de tomar la mía; la enganché con la otra para rechazarlo sin palabras y le dije otras más que merecían atención:

–Por favor... sólo déjame ir.

–¿Qué es lo que pasa? –volvió a preguntar él, insistiendo en algo que no tenía sentido.

Debería dejarme sola, si seguía así probablemente le vomitaría encima sin resuello. Por mi modo de respirar empecé a sentir el cosquilleo de adormecimiento en toda la cara. Intenté calmarme, esta crisis de ansiedad nada podía hacer para ayudarme. Me puse las manos en toda la cara y después las dejé descansar en las sienes masajeándolas con fuerza en un intento de ayudar que la sangre fluyera a mi cerebro con rapidez, cerré los ojos intentando olvidarme de que tenía un público de una persona, la persona que menos jamás hubiera deseado que me viera en este estado...

–Perdóname –dije cuando pude respirar mejor. Aparté los dedos de mi cara, todo esto no tenía sentido, me dije de repente.

Después de todo lo que había sufrido aún seguía aquí de pie. Esa conclusión me llegó tan rápidamente como nada, y, asombrosamente, me sirvió para obtener resuello temporal. El aire penetró a mis pulmones como se lo ordené y con esfuerzo aparté todos los recuerdos dolorosos al rincón de recuerdos dolorosos de mi cerebrito. Pide disculpas, me dije, y sólo espera que él te diga el momento en que era mejor marcharte y terminar con la gran farsa

–No sé qué me pasó.

Lo sabía demasiado bien, no había recibido atención psicológica y tuve que recuperarme sola. Lo había conseguido a medias, ahora me daba cuenta, y nunca me iba a curar. Esperaba que esa dolorosa experiencia jamás se repitiera en mi vida, y, aunque no andaba con la cautela pegada al hombro, esperaba tener los ojos bien abiertos para cuando ese dolor decidiera aparecer y dañar mi vida para siempre.

No, eso nunca iba a pasar de nuevo. No lo iba a permitir, aunque fuera alguna cosa buena debía estarme esperando en alguna de las esquinas del destino.

–¿Qué es lo que debo hacer para convencerte de que no te haré daño? –me preguntó él después de unos segundos Lo miré rápidamente y el corazón se me calentó cuando capté, por unos instantes, el fuego de esos ojos impresionantes.

–No eres tú... –dije tratando de solventarlo de la culpa, si es que la sentía– soy yo... pero... –tenía un sabor amargo en mi boca que no me ayudaba a hablar demasiado– ya no importa...

Me toqué la cara pero la ambulatoria espasticidad que había comenzado a sentir remitió cuando pude respirar mejor.

debía lucir como un topo con mucho pelo. Me acomodé los míos intentando no imaginar cómo se veían ante los ojos de otros.

–Lo siento –dije cuando capté su mirada sobre mí por el rabillo de ojo–. Volvamos adentro... y olvidémonos... de esto... –sugerí esperando siquiera conservar lo poco de este buen hombre que aún me quedaba.

Caminé de vuelta hacia la decorada puerta. Él estaba a mi lado, alargó su mano y casi la entrelaza con la mía, pero solo se quedo con mi huesuda muñeca. Sus dedos me quemaron, literalmente, la piel, era un calor que no había sentido nunca, un calor casi reconfortante. Lo miré por unos segundos, mi cuerpo inconscientemente se volvió un poco en búsqueda de ese calor. Él movió un poco los dedos sobre mi lechosa piel como tanteándola. Lo mire o no lo mire realmente para no caer en sus cálidos ojos, el habló:

–No quiero que te hagas una imagen equivocada de que es lo que quiero contigo, Sakura –su voz baja y llena de confidencia me hizo terminar de olvidarme de lo que había pasado, pero también me trajo un poco de convicción acerca de que la noche aún no había terminado.

El calor de su mano traspasó mis entrañas. Por instinto traté de apartarme de tan extraña sensación, pero esta vez él me tenía correctamente sujeta, de manera que no me hacía daño pero tampoco me liberaba, él estaba demasiado cerca para mi salud mental

–Vamos adentro y comamos, necesitamos hablar. Ésta es la razón por la que estamos aquí.

Lo cual nos llevaba al principal propósito y que era lo que él tenía planeado para esta noche antes de que me poseyera el demonio de los recuerdos.

Me llevó dentro con el calor de sus dedos quemándome la que, hasta el día de hoy, había sido una piel insensible a quemaduras.

Mucha gente en el restaurante nos volvió a ver. No sabía que tipo de conclusiones estaban sacando y la verdad también me importaba poco, la vida privada lo era. Ubicó la mesa otra vez y nos sentamos en nuestros mismos puestos de antes.

Un ejemplar del sexo masculino, esta vez, se acercó a tomar la orden de Shaoran. Nos alcanzó educadamente las cartas a pedir, renovando así mi propósito de disfrutar, al menos domésticamente, la visita a este elegante restaurante. La carta negra estaba adornada de dorado y los platos que leí, los que estaban en idiomas reconocibles, como el alemán o el francés, llevaban ingredientes deliciosos. Combinados con las salsas y los saborizantes adecuados crearían el doble de platos de los que allí mostraban.

No lo iba a sugerir, si algún día abriría un restaurante propio, con la cantidad de cualidades para la cocina que la gente decía que poseía, no podía andar por ahí ventilando recetas y mezclas de mi invención.

Vi un platillo que Rika apreciaba mucho y en el cual se nos iban las casi millonarias cantidades de pavo que sus padres solían comprar, para placer de ella, como si temieran que fuera a morir pronto, y así había sido. Miré inconscientemente mis manos, las cuales temblaban transmitiendo esa nerviosa energía a la carta que estaba sosteniendo. Hice un intento vano por sosegar mi pulso, ya pasaría, pero por el momento aun seguía allí. De todas maneras, esto si lo podía ocultar moviendo un poco más las manos para que el pálpito tembloroso no se notara.

Pavo a la naranja, ese era el platillo que iba a comer en honor a Rika. Como no quería que la voz me saliera temblorosa me incliné un poco hacia él y le señalé lo que quería.

–¿Pavo a la naranja? –dijo sonriendo–. Es un buen plato –si lo era, uno de los más deliciosos que alguna vez probé. Me explayé un poco en la explicación de mi selección.

–Lo sé, lo preparaba mucho cuando... –recordarla a ella fue casi o igualmente doloroso que acordarme del orfanato, así que cerré mi boca y no dije nada más.

–Está bien –dijo él asintiendo y para mi deleite interior dijo–. Tomaré lo mismo. Tráiganos dos pavos a la naranja... y, tal vez, un vino blanco italiano, muy añejo.

–Excelente elección, señor –alabó el mesero el gusto de él en cuanto al vino.

Cuando se hubo marchado se llevo con él la posibilidad de usar mi voz de nuevo. Vi que Shaoran se apoyaba en la silla evidentemente más cómodo que yo en esta situación. Mis manos volvían a estar en contacto.

–Ponen una música excelente –soltó él de repente.

Debía admitir que el juego suave de flautas y piano hacían el ambiente bastante agradable.

–¿Vienes con frecuencia? –le pregunté. Otra vez quise darme de patadas ante mi estupidez, podía asociar mi pregunta a lo que fuera si antes yo no le hubiese preguntado si tenía novia, error tras error.

–Sólo cuando quiero estar solo –respondió él.

Sonreí un poco ya que no veía entonces el propósito de estar interrumpiendo su soledad.

–Entonces, ¿cuál es el sentido de que yo esté aquí ? –le pregunté abiertamente pero mirando a la mesa.

–Sólo cuando quiero estar solo... con alguien –aclaró.

En este casi acabó conmigo. Me pregunté por qué hacía esto. No me atrevía confrontarlo con los ojos, ni con la boca. Dejé de sonreír al pensar en las intenciones, cuales quiera que fueran, que él tenía para conmigo.

–¿Por qué casi nunca me miras cuando te hablo? –soltó de repente. Retrocedí ante su pregunta directa pero porque me lo preguntara tampoco le di mis ojos.

–No lo sé... –pero sí lo sabía y lo había pensado anteriormente: porque me daba miedo mirarlo a los ojos y caer en un juego desconocido.

–No importa, al menos yo sí puedo mirarte... –"¡Glup!", tragué, su voz baja me dio un cosquilleo en todo el cuello. Más cuando me reveló que si había estado mirándome. No sabía qué decir así que permanecí en silencio.

15 minutos transcurrieron antes de que nuestro plato estuviera listo, dos meseros, uno con las dos bandejas con los platos, y otro con la botella de vino se acercaron a la mesa

En silencio cada uno deposito su carga. Miré el vino recordando lo que me decía siempre Rika acerca de comportarse en una mesa. Había una manera especial de tomar la copa, ella y yo, muchas veces habíamos intentado probar el vino de sus padres, pero por algún extraño motivo ellos siempre nos descubrían. Cuando me marché no vi la necesidad de siquiera probar el alcohol así que, en resumidas cuentas, jamás había probado el vino.

El mesero del vino descorchó la adornada botella y deposito cierta cantidad en la mi copa y en la de él. Shaoran movió la suya y lo olfateó un poco. Le miré el mentón a riesgo de que me viera y vi que hacía un gesto con la copa para que yo lo probara. Acerqué la copa a mis labios tomándola de la manera en que ella, Rika, me había enseñado. Dejé que una mínima cantidad del vino probara la punta de mi lengua, hacía ligeras cosquillas y era amargo y dulce a la vez. Fruncí un poco el ceño ante la primera impresión, pero al dejarlo deslizar por el resto de mi lengua dejaba un sabor agradable.

–Es...delicioso –admití con una sonrisa cuando lo deslicé por mi garganta y me calentó el pecho y el estómago.

Él bebió y después atacamos prudentemente los platos frente a nosotros.

Íbamos casi terminando cuando él volvió a hablar. Yo estaba bebiendo un poco más del agradable vino cuando escuché si voz y había estado tan al pendiente que hablara que inspiré al mismo tiempo que tragué.

–Hay algo que debo decirte.

Tosí bastante intentando que el resto de la comida no siguiera el mismo camino de el sorbo que bebí antes. Todo por algo que él quería que yo conociera. Tragué una última vez y esperé que dijera lo que quería decir.

–Amistad no es lo único que quiero contigo y lo sabes... –no, no lo sabía, pero lo sospechaba, que no era lo mismo.

–Sí... –seguramente mi sí debió sonar demasiado bajo ya que él continuó.

–Te diré algo, no fue por coincidencia que entré al Café París –oh no, él no debería estar diciendo esto. Sentí que las piernas me picaban por salir de ahí de una vez por todas–. Era por ti... –continuó él–. Te había visto con anterioridad en medio de la calle, entré allí a buscarte porque me gustaste desde el mismo momento en que tu cruzaste por mi vista –se paró unos segundos, como si dudara decir lo que iba a decir a continuación–. Quiero conocerte y necesito que me lo permitas.

Ahí estaba, el asunto era... ¿de qué manera quería conocerme? Observé todo alrededor mío esperando tal vez que un cuadro o algo me diera la respuesta que necesitaba o que fuera apta para ese momento.

Se movió más rápido que un león al acecho y antes de que pudiera darme cuenta tenía mi mano entre la de él. Halé inconscientemente pero la firmeza de su agarre me impidió tener mi mano de vuelta.

–Suéltame –Akio y su mano agarrándome. Busqué que el rostro de Shaoran Li no se convirtiera en el de él. Tuve que mirarlo de frente, pero tal como Akio, tampoco me soltó.

–No quiero asustarte pero no te voy a soltar –movió su mano un poco– nunca... Quiero una respuesta –habló en tono exigente pero no me sentí bien para responderle. Cerré los ojos intentando, por todos los medios, no verme bombardeada de recuerdos de antes.

Pero fue inútil.

"Se mía, Sakura, y estaremos juntos para siempre, tú sabes que yo te amo."

Y nada era cierto, nada. Él mismo se había encargado de decírmelo el desastroso día en que intenté que me dijera la verdad, el día de mi desgracia que se sumó a esa petición.

"No te quiero, apenas puedo tolerar tocarte, besarte, será mejor que te apartes de mí, soy demasiado para ti, más de lo que te puedas imaginar."

Tenía razón. Él era demasiado, lo mismo que este hombre. Intenté hacer que lo entendiera, era hasta casi cómico ver como no encajábamos bajo ninguna circunstancia. Tanto era así que solté una carcajada sin sentir verdadero humor. Abrí los ojos y haciendo uso de mi voluntad para no caer en el brillo de sus ojos le dije:

–Si esto se trata de alguna especie de broma la verdad es de muy mal gusto, por favor... me conoces tan sólo hace 4 días, sólo mírate... –me quedé sin palabras intentando que con esas pocas asimilara lo que estaba tratando de decirle, pero después volvió el resto de la explicación, estaba usando casi los mismos argumentos que Akio había usado conmigo, sólo que para hacerle entender a él y no a mí, yo ya lo tenía lo suficientemente claro – mírate... y mírame... yo... no te gusto y no veo la gracia a todo esto –a pesar de mis propósitos, humillantes lágrimas intentaron brotar de mis ojos, yo solo había llorado el día que Rika murió, ni siquiera cuando Akio me había hecho lo que me había hecho, habían salido lágrimas de mis ojos, porque más que triste me sentía ultrajada, usada y enfadada. esperaba que él no las viera. Me puse de pie más suavemente que la vez anterior, rogando que él no intentara detenerme.

–Esto no nos lleva a ninguna parte –hubiera sido hermoso de no ser como esto, de no tener este sucio pasado que me vedaba a todo lo demás.

Caminé hacia la salida con bolso en mano y lo más despacio que pude. Lamentaba que él tuviera que pagar toda la cuenta, pero de todas maneras no nos íbamos a ver más después de eso.

Él me gustaba, y debía admitirlo, pero yo a él no podía gustarle, o bien podía gustarle ahora. Pero más adelante, cuando todos mis traumas y lo demás salieran a la luz, iba a dejarme y no me sentía nada preparada para otra lección de esas.

Cuando salí el aire de la noche me pegó en la cara, dándome algo de frescura. Me paré en medio de la acera con el sólo propósito de mirar las estrellas y preguntándome cuando sería que estaría entre ellas, debería morirme de una vez y dejar de incomodar a los demás.

Para mi tortura escuché pasos detrás de mí, era el, ya había aprendido en poco tiempo a identificarlo.

Sus dedos de hierro se cerraron en torno a mi muñeca otra vez.

Sólo que esta vez me hicieron dar la vuelta con cierto dejo de brusquedad.

–¡Mírame, maldita sea! –gruñó él cuando miré hacia su pecho aterrada de tenerlo tan cerca.

Negué con la cabeza, me negué sentir nada , me negué quedarme ahí con el, y me negué a seguir viviendo de recuerdos malditos, traté de zafarme otra vez sin éxito.

–Sólo quiero irme de aquí...- le pedí completamente ajena a que se lo estaba rogando de veras.

–Quiero que me mires –dijo él a cambio de mi ruego.

Me quedé quieta. Si quería una mirada para que me soltara, pues bien, se la daría. Lo intenté pero mis ojos no siguieron a mi cerebro.

–Sakura, por favor... –pidió él más lentamente, por experiencia personal sabía de pedir y que no se concediera–, nunca me llames mentiroso... no cuando hablo de lo que siento –no por favor, que no siga–. Eres adulta y lo entiendes bien, puedes entender que para un hombre eres atractiva, en este caso ese hombre soy yo –movió su mano de manera que mi cuerpo se vio atraído hacia el de él inexorablemente, pero eso no fue suficiente para que no pudiera escuchar con exactitud qué era lo que estaba diciendo, me había hipnotizado–. No creo que tenga explicación y no creo que la tengas tú tampoco de por qué no he podido dejar de pensar en ti desde que te cruzaste en mi camino –pensaba en mí como Akio... no, Shaoran era demasiado distinguido, demasiado... demasiado para tener las formás y la educación de un tarado como Akio. Estaba aún más cerca que antes–, ni de desear verte de nuevo - continuó lisonjeándome y yo me bebía cada una de sus palabras como si estas fueran agua y yo hubiera pasado 40 años sin ella. Sus dedos palparon mi carne con suavidad y se movieron hacia mi cara, me estaba tocando la cara...–, ni de desear besarte hasta que no te quede boca más que para mi...

Un beso.

Los besos de Akio no se podían considerar tal, un ligero roce de labios de vez en cuando... lo miré, finalmente ¿qué tipo de beso podía recibir alguien como yo de él? ¿Estaba en realidad pensando que me iba a besar y que yo lo iba a dejar?

–Yo...

–No te voy a dejar...

Tanto mis pensamientos como mis palabras retrocedieron de avance cuando vi que se inclinaba hacia mí. El olor de su caro perfume entró por mi nariz instándome a dar conciencia de qué era lo que iba a pasar. Sus dedos estaban apresando mi mentón para que no me apartara, pero a conciencia debía admitir que estaba paralizada al tener tan cerca la perfección de su rostro.

Sus labios hicieron contacto con los míos, que me parecieron cuartados y secos a comparación de los suyos, estaban calientes y eran...

Estaba paralizada, no sabía que hacer más que mantener los ojos cerrados para no avergonzarme de mí misma. No sabía que hacer o como actuar. Él estaba casi succionando mi labio inferior así que supuse que... sí, le iba a responder. Copiando la misma suavidad con que su boca estaba tocando la mía, abrí un poco mis labios y atrapé el superior de él, hice una ligera presión antes de probarlo suavemente con mis labios...

Súbitamente él se apartó y yo caí a la realidad tan rápido como me había apartado de ella. Abrí los ojos esperando ver decepción en los de él, pero esos ojos que había temido ver estaban mirando mi boca, mi maldita boca.

Shaoran dio un paso hacia atrás y yo hice lo mismo. Sentí el frío de la noche pegar contra el calor de mi piel La brisa me agitó el cabello y traté de acomodarlo evitando mirarlo, estaba más que claro que había sido una completa decepción para él, no había más excusa para quedarse.

–¿Podrías, por favor, llevarme a mi departamento? –le pedí, no tenía más ánimos para seguir soportando lo que él estaba fingiendo.

Asintió aún con la mirada perdida y lo seguí hacia el parqueadero hacia donde recordaba que él había estacionado.

Subí cuando él me abrió la puerta y en cuando estuve acomodada abroché el cinturón de seguridad.

Sentí cuando él subió al otro lado pero me quede mirando nada más que todos los edificios y calles que íbamos dejando atrás a medida que nos acercábamos a donde yo vivía. No dijimos una palabra pero no hacia falta, todo estaba dolorosamente claro.

Me di cuenta de que habíamos llegado cuando él se detuvo, sin mirar hacia nada más que mis manos. Desabroché el cinturón de seguridad con cierta dificultad por el temblor. Qué decepcionante debió haber sido para él una mujer que no supiera como responder a un beso. Me di la vuelta para salir, pero me petrifiqué cuando sentí su mano en la curva de mi brazo. Me volví para mirar su mano, no estaba preparada tampoco para su lástima.

–Quiero disculparme por... –el beso, ''adelante'', lo alenté mentalmente, ''dilo... no, no lo digas.''

Negué con la cabeza antes de que él dijera palabra. Sonreí tristemente adelantándome a lo que él me iba a decir.

–No tienes que disculparte... yo soy el problema...

Iba a continuar diciéndole cuál era mi problema pero él me interrumpió:

–Escúchame... dije que me gustas y mucho, lo siento si estoy siendo muy directo pero aprecio la sinceridad –conjugó los versos en presente, aún le gustaba...–. Quiero ser algo más que tu amigo... sabes de lo que hablo.

Más que mi amigo quería decir lo que yo temía, sonaba infantil y aunque no era demasiado mayor no me apetecía usar la palabra novio, de ella había tenido bastante.

–No lo sé... –dije intentando ganar tiempo. No sabía cual era la expresión de mi cara pero debía tratarse de una de indecisión.

–Quiero enseñarte a besar –dijo tan repentinamente como respirar, como un grito. Lecciones de besos no era lo que yo esperaba. Sin embargo la idea de agradarle penetró por mi conciencia gustándome más de lo necesario. Sonreí intentando que recapacitara.

–No creo que quieras hacer tal cosa –refuté.

–Pero sí quiero –insistió él–. Quiero besarte y quiero que seas mi... –no lo digas– novia – ''¡Augh!'', lo dijo.

Ser su novia se abría ante mí como la posibilidad más remota jamás contemplada.

–No nos conocemos –supliqué que lo entendiera aunque él ya parecía cansado de esa excusa

–No sé tú pero yo sí quiero conocerte... a fondo...

Un beso, un abrazo, una caricia...

Sentí su calor acercándose a mí.

Pero era demasiado calor... demasiada virilidad para mí... retrocedí a medida que él siguió acercándose. Supuse que tomándose en serio su propósito de enseñarme a besar. Sentí el picaporte de la puerta y supe que no podía recular más, y él no se detuvo hasta que no estuvo sino a escasos centímetros de mí. Miré sus labios recordándolos sobre los míos y lo que habían hecho. Hice un repaso mental pero no podía recordar más allá de los labios entrelazados unos encima de otros.

–Bésame... –susurró él.

Sonaba como si de verdad lo deseara, como si estuviera dispuesto a rogar por ello, aspiré el olor a nueces de su boca. Sin poder tolerarlo más cerré los ojos y dejé que hiciera lo que quisiera.

El calor de su boca tocó el mío otra vez, sólo que en esta ocasión él atrapó mi labio superior, otra vez comenzó a degustarlo y yo hice lo mismo con el de él. Su cara se acercó más a la mía al mismo tiempo que sus labios tomaban más y más terreno del mio, sentí que casi lo tragaba en algún momento, abrí mi boca para hacer lo mismo con el.

Sentí el contacto de su lengua en el labio escogido, una marea de desconocidas sensaciones se apoderó de mi boca, de mi cara y de ahí al resto de mi cuerpo. Sólo me quedo el instinto que me obligo a aceptar de lleno el beso que él estaba ofreciendo. Sentí otra vez ese tenue contacto pero contra mi propia lengua. ¿Qué pasaría si yo la degustaba como el había hecho con mi labio? Un sonido jamás emitido brotó de mi boca, me sentía demasiado bien haciendo esto, no estaba pensando en él... ¿Qué demonios estaba haciendo? Su lengua se volvió persistente y moví la mía hacia la de él. Hicieron contacto, luego él apartó su boca. Aún con los ojos cerrados podía percibir su respiración a pocos centímetros de la mía. Hasta ese momento no me di cuenta de que tan mal había respirado concentrándome sólo en él.

Se apartó de mí y se sentó bien en su silla. Tampoco esta vez pude dicernir si había sido tan agradable para él como lo había sido para mí.

–Lo siento... –dije antes de que empezara él.

–¿Por qué te disculpas? –preguntó él ajeno a todo lo que estaba dando lucha en mi interior.

–No creo que haya sido lo que esperabas –confesé mi miedo antes de que pudiera pensarlo bien, pero él me dijo:

–Fuiste eso y más –había demasiada sinceridad en sus palabras, quede prácticamente embelesada por ello, la voz de... Akio jamás había sonado así–. No tenemos por lo que preocuparnos, tendremos tiempo de sobra para perfeccionar nuestra técnica.

Si todos los besos eran así me vería en la obligación de pedir lecciones más seguido.

De pronto caí en cuenta de que había aceptado ser su novia, aunque no tenía verdadera idea de que era lo que debía hacer al respecto. Había dejado prejuicios de lado en el momento en que me besó, había dejado de lado años de duda... no sabía a dónde me iba a llevar todo eso.

–Espero verte nuevamente –dijo después de unos momentos.

–Sí... claro... –dije.

¿Qué pasaba si no llamaba? ¿Y si solo era una excusa para que abandonara el auto rápidamente y no dejarse ver de mí nunca más? Debía aceptar que algo como eso estaba más que presto a pasar, no confiaba demasiado.

Él se volvió hacia mí y me besó en la frente, como si se tratara de una promesa.

–Te llamaré mañana entonces –dijo.

Su aliento calentó mi frente y me aparté instintivamente. Salí rápidamente concediéndole lo que yo suponía que deseaba.

–Gracias por todo –dije antes de volverme y escapar hacia la soledad de mi departamento.

Escuché tras de mí como arrancaba rápidamente. "Ojalá lo vuelva a ver" pensé para mis adentros mientras subía las escaleras.

Cuando entré al departamento, cerré la puerta con el pasador y me solté el cabello. Las galletas de la vecina me devolvieron la mirada.

Suspirando, entré a la habitación y me cambié de ropa.

Tendría que madrugar al día siguiente.

...

¿Y bien? ¿Qué les pareció la ''primera cita''? ¿Y el primer beso? Fue un cap largo, pero valió la pena ¿A que sí?

Por cierto, hice un pequeño lío con las teclas, y el cap de 20 págs se convirtió en uno de 21 págs. Si detectan algún error: ¡avísenme y edito el cap!

Gracias por todos los reviews y a los que me incluyeron entre sus favoritos. También a los que se suscribieron a la alerta (por fin entiendo lo que es ¡gracias!:D). No esperen un cap en los próximos... dos días. Tengo que hacer todavía los deberes de Navidad y el próximo cap es casi tan largo como este. ¡Las quiero a todas! ¡FELIZ AÑO NUEVO!

(Ya con la cabeza en su sitio) Saludos,

lady Evelyne

P.D. → Recuerden: pinchen el goblito y dejen reviewsitos... =P