N/A: ¡Dios, me da vergüenza siempre empezar un capítulo disculpándome! Pero eso lo que debo hacer. Lamento muchísimo haberme demorado eones en actualizar. Las excusas van desde la universidad, el trabajo, y una estadía en el extranjero que puso a prueba mis nervios. En fin.

Mi resolución de este nuevo año (sí, el 2016 sigue siendo un año nuevo para mí) es actualizar constantemente este fic, y por ello estoy escribiendo en cada momento libre que tengo. No siempre escribo cosas decentes y la mayoría terminan siendo eliminadas cuando releo el trabajo de una semana, pero al menos estoy volviéndome a hacer la costumbre de escribir y eso me mantiene pensando en la historia. Como ya he dicho antes, nunca he dejado un fic sin terminar y éste no será la excepción.

En este capítulo avanzamos un poco y se muestra hacia dónde va el gran viaje personal de uno de los personajes. No lo había planeado así, pero me parece algo interesante y real tocar este tema dada las circunstancias de este personaje (pista: es la escena final del capítulo). Además, prometo que en el próximo capítulo habrá más Mark. Lo he estado apartando un poco porque estaba un poco confundida respecto a su viaje personal (y porque quería terminar este capítulo lo más pronto posible), pero ya lo he decidido y en el próximo capítulo volverá en gloria y majestad al fic.

El título de este capítulo se basa en la fantástica película "Definitivamente tal vez" (2008), de Ryan Reynolds y Abigail Breslin. Y claramente va para la persona más indecisa que Rose ha conocido en su vida, jajaja.

Aprovecho de enviarles mis mejores deseos y ánimos a las personas que viven en Ecuador y a la gente de mi país Chile. Hay que ser fuertes ante la adversidad, para así poder seguir adelante. Espero que los gobiernos de ambos países funcionen bien para solucionar las catástrofes que deja la madre tierra en nuestros países (aunque en Chile sean más culpa de los humanos que la madre naturaleza).

Si hay alguien que todavía esté interesado en este fic, les agradezco de todo corazón la espera y la confianza. Sigo aquí y espero no volver a decepcionarlos.

Muchos cariños,

Sirenita


Número VII:

"Posiblemente tal vez"

Mientras introducía la llave en la cerradura, sintió el celular vibrar en el bolsillo trasero del pantalón. Con pesar giró la llave y abrió la puerta, encontrándose con un calor asfixiante esperándolo en el departamento. Había llamado más de tres veces a la compañía del aire acondicionado y aún no arreglaban el termostato del aparato. Según la operadora que lo atendía, sólo podían enviar a un técnico en la tarde, en el horario que él debía estar en La Estación King's Cross, y no durante las mañanas. Tendría que esperar hasta el lunes, día en que el bar no abría, para dejar de vivir en el Sahara.

Cerró la puerta y guardó las llaves en uno de los bolsillos delanteros de los vaqueros, sintiendo inmediatamente que cada centímetro de su cuerpo empezaba a sudar como si hubiera corrido una maratón.

Después de ir a la cocina y abrir el refrigerador para sacar el jarrón con agua helada (¡desearía vivir en el condenado refrigerador!), sacó el móvil y vio el aviso que Kate le había enviado un mensaje.

Kate Johnson: Hola. ¿Ya cerraste el bar? ¿Podemos hablar?

Casi al instante de terminar de leerlo, en la pantalla apareció el nombre de Kate junto con los botones de "Contestar" o "Desconectar".

-Hola. Justo estaba leyendo tu mensaje –anunció, sin sorprenderse por la coincidencia. La joven sabía a qué hora solía irse del local y podía estimar cuánto se demoraba a su casa (Kate era mejor que Google y Facebook en saber todo sobre todos)-. ¿Qué tal todo?

-Hola, Scorpius. Todo va bien –le respondió al otro lado de la línea-. ¿Estás con Albus?

-No, aún no –se sirvió un enorme vaso de agua helada y guardó el jarro en el refrigerador-. Nos vamos a encontrar en Kensington Gardens a las seis y media.

-Ay, me encanta ese lugar. Es tan "Downton Abbey" –Scorpius sonrió, sin poder evitar rodar los ojos. Desde que Mark, Rose y ella habían empezado a ver la serie, todo lo relacionaban con ella. Gran Bretaña estaba lleno de parques con enormes casas de la realeza, por lo que el comentario de lo solían decir con frecuencia (es decir, todos los días, a cada hora, y en todo contexto). La escuchó aclararse la garganta-. Me gustaría que discutiéramos algunos detalles del cumpleaños del futuro Señor Johnson.

-Está bien, futura señora Potter.

-No. Todos los Potter son pelirrojos. Siento que desencajo al tener el apellido.

Estaba bebiendo un trago de agua cuando dijo aquello y el reflejo de la risa lo hizo atorarse.

-Oh, estoy bien –dijo, entre tosidos-. ¿Acaso Albus se tiñe el pelo y no lo sabía? ¿James también?

-Uy, qué gracioso, Scorpius. Voy a anotar en mi diario de vida cuánto me has hecho reír con aquel comentario –probablemente había hecho la mímica de abrir un cuaderno y escribir en él-. Potter equivale a Weasley y todos son como la secta de los pelos rojos, o pelirrojos de corazón, como Albus o James. Un gen pronto a extinguirse, según he leído en las noticias –explicó en un tono levemente condescendiente. Scorpius volvió a reír mientras arqueaba las cejas. Le causaba gracia que algo tan mundano tuviera una importancia crucial en la mente de Kate-. En fin. No es el momento para hablar de esto.

Albus estaba de cumpleaños casi en un mes más, a finales de junio; y era por excelencia uno de los eventos sociales más importantes del círculo social de Albus y Kate. Estaba al mismo nivel que el cumpleaños de la joven o la fiesta de año nuevo que realizaban todos los años. La mente maestra y planeadora de todo, Kate, tenía la habilidad de organizar un evento social perfecto: con las personas adecuadas (o haciendo que los invitados que no se llevaban bien no se vieran en toda a velada), deliciosa comida y bebestibles, en un lugar del tamaño apropiado para que tuviera un cuadro de claustrofobia, música para todos los gustos, y el recuerdo de haber tenido un buen momento. Los cumpleaños de ambos solían ser comentados días antes y después, aparecían en su página principal de Facebook por semanas. Estaba seguro que eran más populares que el nacimiento de los hijos de los duques de Cambridge.

Lo único que no le gustaba eran los preparativos... y estar con Kate en el mismo evento. La persona organizadora siempre lo pasaba pésimo, ya que la preparación de un evento era un nido de estrés. La joven pedía opiniones a las personas para luego rechazarlas, se inundada en cuadernos con esquemas, listas y diagramas de flujos que detallaban cada detalle de la fiesta; y peleaba con los dueños del local o los proveedores de algún servicio. Probablemente discutiría con los invitados en la misma fiesta porque no iban a cenar o bailar en la hora definida de su agenda ("Tómate un calmante o un litro de té, y anda a abrazar a las malditas personas, ¿vale? Ya tengo suficiente con tolerar mi propia persona como para tener que lidiar con tu alter ego histérico" le exigió Rose en una fiesta de año nuevo, mientras Kate despotricaba por cuántas botellas de champagne habían abierto para hacer el brindis de la medianoche). La única razón por la cual no se abalanzaba a matar a los invitados era porque eso sepultaría por completo el ambiente del evento.

Su amigo cumpliría 27 años y la idea de su novia era hacerle una fiesta en alguna discoteque, con el tema del "Club de los 27".

-¿De los artistas que murieron a los 27 años? –inquirió con incredulidad después de terminar el contenido de su vaso.

-Podríamos rendir un homenaje a grandes músicos y actores, Scorpius –con la palabra "actores" se le escapó parte de su acento bristoliano, comiéndose la letra "T"-. ¿Qué piensas?

Quería preguntar si de verdad quería hacer una fiesta temática en una discoteque, pero se contuvo. En parte porque no quería discutirle algo casi trivial a Kate, y porque Albus conocía tantas personas que probablemente podría llenar un estadio. Y no sólo las conocía, sino que se mantenía en contacto con ellas y muchas dirían que Albus era un buen amigo. Su popularidad radicaba en que era jugador de rugby en el instituto y en la universidad ("Creo que te amarrabas globos bajo la camiseta" se burlaba Lily señalando sus ahora escasamente musculares brazos), era el típico chico amable y atractivo que ganaba muchos amigos en cada clase de la universidad, se llevaba bien con todos sus colegas del banco, y la mitad de Gran Bretaña estaba poblada por la secta Weasley.

Además, hacía poco Albus estaba comentando que se sentía relativamente viejo al sentar cabeza a su edad. Si bien no eran adolescentes, era cierto que estaba dando pasos a una vida adulta hecha y derecha, donde tener una noche de juerga podía traducirse a jugar cesta en La Estación King's Cross (lo cual habían hecho… a juicio de Scorpius, la cesta era mucho más entretenida que el póker). Hacía un par de días había visto unas fotos de la fiesta de alguien del instituto y mencionó que le gustaría tener una noche como las de antes ("Pero no al nivel de terminar en Escocia. No soy Rose" añadió, paseando por las fotos del evento en la publicación de Facebook).

-Creo que a Albus le gustaría –antes que la joven cantara victoria, agregó:-. Pero no sé si el tema es bueno… La mayoría de los integrantes del club son desconocidos. Todos irían disfrazados de Kurt Cobain, Janis Joplin o Heath Ledger.

-No había pensado en eso. Las únicas mujeres conocidas son Janis Joplin y Amy Winehouse –suspiró-. Es tan difícil pensar en un buen tema cuando hemos hecho tantos. No quiero ser repetitiva.

-Ya se nos ocurrirá otro más.

Y por "nos" se refería a "ti se te ocurrirá", ya que era evidente que la opinión de Scorpius sólo serviría para validar las decisiones de Kate.

Hubo un prolongado silencio y por un momento el joven creyó que la llamada se había caído, pero la pantalla del celular mostraba que aún estaba activa.

-¿Scorpius? –la voz al otro lado de la línea era tan seria que parecía ser la de otra persona-. ¿Has hablado con Albus?

-Hablamos todos los días. Scalbus es la verdadera pareja, Kalbus es una pantalla –la corta y baja risa al otro lado de la línea le insinuó que la respuesta chistosa no era la más apropiada en aquella situación-. No me ha dicho nada fuera de lo normal. ¿Por qué? –preguntó, ocupando su hombro para sostener el celular sin las manos y así poder lavar el vaso.

-Por nada... No sé, quizás son ideas mías –su voz no acompañaba la afirmación-. Creo que el tener nuestra primera discusión me ha hecho paranoica.

Rápidamente cambió de tema y conversaron un par de minutos más. Cuando escuchó a alguien preguntar sobre el rotor de una batidora, la joven se despidió para volver al trabajo y prometió informarle más sobre la temática de la fiesta de cumpleaños de Albus.

Había visto a Albus el fin de semana y chateaban regularmente por celular, sin detectar alguna señal que estuviera extraño (al menos seguía enviando sus típicos emoticones de caritas felices, excremento y pasteles). De hecho, su amigo debía estar bailando en las nubes de felicidad, ya que odiaba tener hasta un mínimo desacuerdo con Kate.

Desechando la extraña preocupación de la joven, Scorpius se preparó para ir a trotar con Albus.

Se dio una rápida ducha (hasta su alma se impregnaba del olor a cigarrillo del bar) y se colocó ropa deportiva.

Condujo hasta los alrededores de la estación de metro Nothing Hill Gate, demorándose poco menos de diez minutos.

Una de las cosas que adoraba de tener un horario de vampiro era lo vacías que estaban las calles de Londres cuando salía al mundo exterior. Todos los lunes en la tarde redescubría los atascos, bocinazos y ajetreo de la ciudad, y deseaba regresar a refugiarse al bar.

Después de estacionar el coche en Pembridge Gardens, la delgada mochila que había comprado para salir a ejercitarse y no tener que sentir un bulto moverse en los bolsillos de los shorts. Cabía estrictamente lo necesario cuando se hacía ejercicio en un lugar que no fuera un gimnasio: billetera, las llaves de la casa y las del auto.

Mientras caminaba hacia Brook Street para encontrarse con Albus en la entrada de Hyde Park, vio en su celular que tenía una notificación de Kate:

Kate J.: Heath Ledger murió a los 28, no a los 27. Te tendré informado de la fiesta. ¡Nos vemos!

Dudaba que alguien más en el mundo recibiera tanto cuidado y planificación para su cumpleaños como Albus. Excepto la familia real, pensó mientras el enorme parque de la realeza británica aparecía a su derecha.

Albus ya lo estaba esperando en la entrada de Hyde Park. Se saludaron juntando las manos en una especie de apretón y dándose un corto abrazo.

Scorpius conectó los audífonos al celular y eligió su lista de reproducción de trote de Spotify. Asintió a su amigo mientras apretaba reproducir, y ambos entraron por las puertas de Hyde Park en un trote lento que dentro de unos minutos iría subiendo de velocidad hasta tomar un ritmo considerablemente rápido.

A pesar de haber amanecido hacía casi media hora, los únicos que aprovechaban Kensington Gardens en aquel instante de verano eran los corredores. Había luz y todavía no empezaba el calor infernal, por lo que era la hora perfecta para correr por la ciudad (especialmente si ésta estaba vacía). Cada vez que avanzaban a otro parque, más personas aparecían y cuando llegaron al punto de partida para hacer la repetición, personas paseando animales aparecían dando cuenta que Londres había despertado y pronto los londinenses saldrían con rumbo a sus trabajos.

-Creo que podríamos correr el Támesis –comentó Scorpius una vez que llegaron nuevamente a la entrada de Hyde Park, y caminaban para bajar el pulso y la temperatura corporal-. Dos veces esta ruta es lo mismo que una vez el Támesis, creo.

Su amigo asintió, sin decir nada. Cerró los ojos y Scorpius notó que su cara estaba demasiado roja. Habían corrido la misma ruta en Kensington Gardens durante casi un mes, por lo que no debería requerir un esfuerzo el hacerla.

-Me despidieron –soltó después de un rato.

Tuvo que repetir en su mente varias veces la declaración para entender su significado y se sintió repentinamente como un idiota por su lentitud. En su defensa, no estaba preparado para que ésas fueran las palabras introductorias de la primera conversación del día (el escueto saludo pre-corrida no se podía contar como conversación). Era una declaración incómoda e imprevista como cuando alguien te anunciaba que X persona había fallecido… Aunque no era igual. La respuesta impuesta por las normas sociales era dar el pésame y colocar una expresión triste. ¿Qué se hacía en el caso que tu mejor amigo había perdido su trabajo? Darle un "lo siento" a Albus, aunque fuera sincero, sería una idiotez, ya que con ello no lo haría sentirse mejor.

¿Scorpius, has hablado con Albus?

Si era un secreto ajeno, Albus era el primero en correr y gritarlo a los cuatro vientos ("Publicarlo en la portada de 'The Guardian' sería más discreto que decírtelo a ti" solía decirle cuando iban en la universidad y todavía tenía ganas de hacer referencia a la nula habilidad de su amigo por guardar secretos). Sin embargo, cuando se trataba de su propia vida, Albus Potter era capaz de resistir la necesidad de compartir información. Se había guardado durante meses la decisión de dejar sus estudios universitarios hasta obtener el grado de bachiller y la petición de matrimonio a Kate. El despido del banco no debería ser una excepción.

-¿Cuándo?

-La semana pasada.

Estaba seguro que a la primera persona que le revelaba esto era a él, lo cual no estaba bien. Es decir, agradecía la confianza que le tenía, era genial saber que su mejor amigo no dudaba en confiar en él. El problema era que su despido no le competía sólo a él, sino también a Kate. Era evidente que aún no le decía a su novia que estaba sin trabajo. Ese tipo de cosas debían ser habladas en una relación y no tenía por qué ser algo privado… Por experiencia propia, cuando no se compartían cosas relevantes (y un despido cabía dentro de aquella categoría), era pedir gratuitamente problemas con la pareja del momento.

El paso de la caminata empezó a descender y Albus se sentó en una banca vacía. Aunque hubiera preferido elongar, el rubio lo imitó.

Como usualmente ocurría en una economía de lento crecimiento, el banco había una reestructuración del personal y él había sido uno de los primeros en tener su contrato terminado. Dentro de las cosas que Albus se cuestionaba era por qué debía ser un "maldito tacaño" con los clientes para conservar su trabajo, cuando nunca había tenido un cliente que representaran pérdidas al banco y siempre tenía buenas calificaciones en las evaluaciones de satisfacción al cliente.

Scorpius simplemente asintió, sin decir nada. Había muchos factores que ayudaron a alguno de los altos mandos a elegir despedir a ciertos empelados, dentro de ellos a Albus. Estaba seguro que su amigo también lo sabía, ya que ambos habían tenido las mismas clases de economía en la universidad, pero no era momento de comentar aquello. Se estaba desahogando y lo más indicado era simplemente escuchar.

Después de un rato, cuando las dudas internas de Albus parecían haberse agotado, el rubio le preguntó si había visto otros lugares y la respuesta fue la que temió: no. Pocas empresas estaban contratando, especialmente en el sector bancario que era donde el joven tenía experiencia. Si bien podía preguntar a amigos de la universidad si tenían algún dato de alguien que estuviera contratando a alguien con estudios de economía, Albus estaba seguro que no sería más que algún proyecto de tres o seis meses en una consultoría o algo parecido. Con el matrimonio asomándose en el futuro, los problemas de la pastelería de Kate, y la perspectiva de arrendar o comprar un departamento (porque en el que vivían era de su madre y no quería vivir por siempre a expensas de ella), tener un trabajo constante, sin días contados, era una prioridad.

-Veré si alguno de mis contactos-

-Scorpius –le cortó Albus, sonriendo-. No es necesario.

El número de sus contactos se había reducido gradualmente desde que se había alzado contra el imperio Malfoy. En un universo paralelo, podría hacer una llamada y ofrecerle trabajo a Albus. Sin embargo, en el mundo real sólo podía llamar a algunos conocidos que no le debían un favor ni tenían una lealtad obligatoria para considerar su petición. Descontando a los compañeros de universidad, que ya serían contactados por Albus, las opciones eran escasas. De todos modos, no tenía nada que perder y su amigo sería una buena adquisición para cualquier tipo de negocio.

-No pierdo nada con preguntar –le aseguró, tratando aplacar la preocupación en la mirada del joven. Si era por él, no le importaba tener que contactarse con las personas que previamente lo evadieron por negar el negocio familiar-. ¿Cuándo le dirás a Kate?

Albus bajó la mirada y respiró profundamente.

-Aún no. Quería que las emociones estuvieran más… tranquilas –miró hacia una pareja de ancianos que paseaba un perro pequeño. El pequeño schnauzer miniatura quería abalanzarse sobre un arbusto y el arnés que traía parecía que lo iba a hogar por sus violentos saltos-. Así no la preocupo más de lo necesario.

Reprimió una risita, pensando que Kate ya había notado que algo raro estaba pasando. Si esto se prolongaba un día más, la joven empezaría a extender su cuestionario al resto de su grupo de conocidos.

-Tienes que hacerlo pronto.

-Sí sé –dijo automáticamente.

-No, así como ahora. Kate ya está planeando tu cumpleaños y va a invitar a la gente del banco.

-Uh, ¿por qué? –preguntó, llevándose las manos a la cara.

-Porque eres Míster Simpatía –le dio unas palmaditas en la espalda.

-Eres tan gracioso, Scorpius –giró la cabeza y sonrió excesivamente-. ¿Ves cuánto me haces reír?


-Vamos, Rosie –Lily le dio una palmada animada en los muslos-. Uno más.

-Listo.

-¿En serio?

Su prima la estaba mirando como si le hubiera dicho que Leonardo DiCaprio hubiera ganado el Oscar. La incredulidad arqueaba sus cejas de forma casi carituresca.

-¿Qué? –preguntó, casi sin aliento.

-No te moviste –negó con la cabeza-. Ni siquiera subiste un centímetro.

-Creí que lo hice… Quizás mi cuerpo ya no responde –dijo, sintiendo que su cuerpo le iba a explotar de calor… y que todos los músculos de su estómago escupían fuego.

-Es un abdominal más. Vamos, tú puedes.

-Es tierno que pienses que puedo…

-Rose, vamos –apretó sus brazos, inmovilizando aún más sus piernas-. Una-

-No puedo, Lily.

-Si terminas esta serie, te prometo que iremos al Farmer's Market cerca del London Eye y te compraré uno de esos croissants que...

La voz de Lily se convirtió en un zumbido de ruido basal. La idea de comer uno de esos esponjosos, dulces, deliciosos y magistrales croissants que únicamente vendían en el Farmer's Market inmovilizó el dolor de sus músculos. De repente, la guitarra de la canción "Eye of the tiger" comenzó a retumbar en sus oídos y lo único que pensó era en que sólo un maldito abdominal la separaba de la gloria del croissant. El placer de su paladar dependía de un abdominal. ¿Eso la iba a detener? Claro que no. Un abdominal no sería capaz de privarla de las cosas buenas de la vida.

Mientras la voz del vocalista de Survivor comenzaba a cantar "It's the eye of the tiger, it's the thrill of the fight…", Rose ocupó toda la fuerza que le quedaba y se sentó, logrando terminar las malditas seis series de cuarenta abdominales.

-Croissants –sonrió como si tuviera al mundo en sus manos.

-Dios, no puedo creer que deba sobornarte para que termines tu rutina de ejercicios –Lily soltó sus piernas y se colocó de pie.

-Es tu culpa por obligarme a venir a este antro de sufrimiento.

-Es un gimnasio, Rosie –le tendió la mano y Rose la tomó, agradeciendo su ayuda para ponerse de pie. Sus piernas le temblaron y se sintió levemente avergonzada. Su condición física estaba a un nivel más bajo que Homero Simpson-. Además, tú aceptaste bajo tu propia voluntad inscribirte conmigo.

-Bueno, estaba loca –respondió, mirando a su prima hacer ejercicios de elongación como concluir la tortura de una hora y media-. Ya, ya –movió la pierna para que Lily dejara de darle golpecitos y comenzó a copiar sus movimientos.

Después de elongar, fueron a los camerines para buscar sus bolsos a los casilleros y salieron del gimnasio.

El trayecto de regreso al departamento si bien fue corto, se trató de otra tortura para Rose. El temblor de las piernas no cedía y eso sólo confirmaría que al día siguiente amanecería postrada en su cama, sin poder moverse. No había hecho ejercicio hacía… muchos años. De hecho, desde la secundaria que no había realizado una actividad física como tal (porque bailar en la disco mientras hacía acrobacias para evitar que su vaso de alcohol terminara hecho añicos en el suelo, no contaba como ejercicio). Si lo pensaba de forma racional, su cuerpo necesitaba esto. Empezaría a hacer una hora y media de ejercicio durante dos veces a la semana, y luego lo aumentaría a tres veces. Los estudios de diversos médicos indicaban que al cabo de un mes se acostumbraría, y será feliz por las endorfinas que su cuerpo produciría, reduciría la probabilidad de sufrir un infarto cardíaco y bajaría de peso de forma sana.

Endorfinas y la mierda. Quiero mi croissant.

Su prima fue la primera en ducharse, al ver que Rose se dirigió al sofá para imitar un cadáver.

-En un par de días, me agradecerás que seamos unas mujeres sanas y atléticas –apareció en el salón y sacó dos manzanas del nuevo frutero que adornaba la mesa de la cocina. Le tendió una y Rose la tomó, preguntándose hacía cuánto no comía una manzana-. ¿Todavía tienes mucho trabajo?

-Sí. Tengo que hacer dos entrevistas más y luego debo trabajar en el párrafo introductorio del artículo –le dio un mordisco y el sabor a salud la hizo darse cuenta que Lily había llegado a cambiar su maldita vida de soltera borracha insalubre. No sabía si estar feliz o matarla por ello-. Lo más trabajoso es trabajar con el resto del equipo en la composición del artículo. La fuente de la letra, las fotos de los entrevistados, los colores en las páginas…

Eso sin contar que tenía una cita en la noche con el hombre más decido del mundo: Frank Collins.

-Mi día se ve tan genial –dijo, segura de que estaba vomitando ironía en aquel instante.

-Hey, no seas así. Me parece una increíble idea la de tu artículo –Lily le sonrió. ¿Cómo podía ser posible que Lily estuviera tan malditamente positiva después de haber ejercitado durante hora y media?-. Deberías sentirte orgullosa de ti.

Luego de cinco minutos más de conversación, Lily se despidió, informándole que quizás llegaría tarde aquel día ("Me han asignado un caso horriblemente pesado y tengo que leer demasiados informes" comentó, rodando los ojos), y desapareció, dejándola con una manzana a medio comer como única compañía.

Después de una hora, en los cuales prácticamente se gateó hasta la ducha, llegó hasta el ascensor del edificio de la oficina. Presionó el botón para subir y se preguntó por qué el subte no tenía más ascensores para sus usuarios. Habían más personas que los ancianos, embarazadas y físicamente imposibilitados (de verdad) que podrían evadir con alegría las malditas escaleras.

Claramente todos los impuestos de los londinenses deberían financiar las consecuencias de su pobre estado físico. ¿Tenía todo el sentido del mundo, no? Deja de pensar idioteces, pensó amargamente.

La pantalla superior mostró que la máquina viajaba de los pisos donde se encontraban los estacionamientos hasta el primero, y pronto una voz femenina anunciaba la llegada al primer piso mientras las puertas se abrían.

-Prefiero comer el vómito del vagabundo de la esquina que hacerle caso a tu madre.

La mujer que había dado la declaración más polémica de la semana de Rose, estaba de espaldas a las puertas y con el celular presionado en una oreja, por lo que no se dio cuenta que era el blanco de miradas de curiosidad (sólo la de Rose, porque la hora de entrada masiva al horario de oficina había terminado hacía varios minutos y el hall de entrada estaba prácticamente vacío).

-Oh, la última vez que vi mi licencia de matrimonio, me estaba casando contigo, no con ella –se refería a la madre de su esposo o esposa.

El saber que había personas con un día igual de mal o peor que el de ella, la animó un poco. Y se dio de cuán triste era aquel pensamiento. Ser arrastrada al gimnasio por Lily no estaba remotamente cerca de tener una discusión por algo (aparentemente) importante en un matrimonio. Nunca había estado en una relación tan seria que requiriera conocer a la familia de su novio, así que no había tenido el horror de vivir una situación así. Sin embargo, había escuchado historias de todo el mundo, y los compadecía. Silenciosamente le envió ánimos a la extraña.

Entró al ascensor y miró que el piso número quince estaba marcado. La esposa enojada iba a 'Glamour'.

-Prefiero esperar la recomendación del médico –dijo la mujer después de un rato donde lo único que se escuchaba era un murmullo proveniente del aparato pegado a su oreja.

Rose suspiró, sintiéndose repentinamente incómoda. No tenía idea quién era, pero estaba obteniendo demasiada información de su vida… y el maldito elevador se demoraba eones en llegar a su destino.

-¿Eh, perdón? Sólo dije que escucharé lo que me diga el médico. ¿Desde cuándo te insulté?

La mujer vestía como casi todas las mujeres que trabajaban 'Glamour', es decir, como alguien que no le importaba matar sus pies con plataformas. Lo más probable era que la conocía, pero nunca había tenido interés en recordar las caras y nombres de las personas que trabajaban en la oficina. Apenas identificaba a los de su departamento, y a idiotas como los dos Matthew o las locas de la Coca-Cola light (eh, ¿cuáles eran sus nombres?). Además, era imposible conocer a alguien de espaldas.

Su celular vibró y lo sacó, agradeciendo la distracción momentánea.

Era un mensaje de Kate:

Princesa Disney: ¿Estás libre esta tarde?

Yo: No. ¿Por?

-Me encanta hablar con alguien tan lógico como tú.

Princesa Disney: Para ver locales. ¿De verdad no puedes?

En la tarde tenía una cita con Cáncer. Iba a cenar con Frank Collins y después darían una vuelta… por algún lugar, el cual claramente Rose iba a decidir porque esta "relación" era sólo de una persona. Agradecía que todo el dolor del ejercicio del día de hoy iba a aparecer mañana, porque no estaba segura que podría soportar a Frank con el cuerpo adolorido. Lo empapelaría a insultos y después le daría un puñetazo en la cabeza, esperando que aquello lo ayudara a despertar su cerebro y que así empezara a tomar decisiones como un maldito adulto funcional. Después lloraría porque su brazo le dolería por hacer aquel movimiento, pero al menos habría hecho una buena acción que le permitiría entrar al cielo como una heroína de la sociedad.

Yo: Lo siento, Kate. No puedo.

Princesa Disney: Te odio.

-Yo… -la voz de la mujer se quebró y Rose miró hacia atrás, al rincón donde se encontraba, y vio que negaba con la cabeza.

La voz femenina del ascensor anunció la llegada al quinceavo piso y la luz artificial del lugar fue reemplazada por los rayos del sol.

-Estoy en la oficina. Hablamos en la noche –dijo con rapidez antes de bajar el celular y empezar a girar su cuerpo.

La pelirroja apartó la mirada y salió del elevador, maldiciéndose por no haber huido antes. Si bien era un lugar público y aquello era una buena defensa ante cualquier acusación… era mejor evitar un escándalo. O miradas acusatorias. No tenía ganas de ser el foco de odio de alguien por saber involuntariamente que su vida no era un cuento de hadas. Además, si la mujer era un décimo de loca que las chicas de la gaseosa, su higiene corría serio riesgo de morir.

-Rose –la llamó alguien… alguien atrás de ella.

Normalmente habría corrido hasta llegar al sector de los cubículos, donde la presencia de más personas evitaría mención alguna del momento y todo sería un pacto silencioso entre Rose y la desconocida esposa. No obstante, su cuerpo se tensó. La esposa no era una desconocida. Reconocía la dueña la voz.

Katherine la rodeó y se puso de pie delante de ella, mirándola de una forma indescifrable. Los ojos de Rose bajaron hasta su vestuario, sintiéndose nerviosa. Si de espaldas el enterito que vestía se veía ordinario, en el frente se veía un intrincado diseño que probablemente muchos de los conocedores de moda admirarían. Su jefa tenía un excelente gusto y sabía cómo sacar provecho de su figura. A veces Rose envidiaba el estilo desenfadado de Katherine. Todo su ser emanaba confianza y si bien podía resultar intimidante, era increíblemente genial. Incluso en esta situación, donde había sido descubierta por una de sus empleadas discutiendo con su marido por teléfono, su lenguaje corporal en conjunto con su ropa y maquillaje la hacían verse como alguien lista para salvar al mundo, como alguien digna de admirar.

-Me alegra verte. Robert nos está esperando para la reunión de la composición del artículo.

-¿Robert? –preguntó, arqueando las cejas. Instintivamente ante la confusión, buscó su mirada para obtener una respuesta-. Oh, Robert, el que trabaja con nosotros –dijo casi de inmediato-. No he olvidado a las personas de nuestro equipo.

Por un breve momento (¿un milisegundo?) se preguntó a qué artículo se refería… pero por suerte su instinto de sobrevivencia seguía funcionando a pesar del sufrimiento en el gimnasio y la obligó a no expresar la pregunta.

Es el de las tres preguntas a celebridades, idiota.

-Quizás necesitarás café. Será una mañana larga –comentó, girándose y caminando hacia la gran mampara de cristal que mostraba a un montón de personas ajetreadas al interior de la revista.

-Katherine –la llamó, caminando tras ella-. Lo siento.

-¿Por qué? –preguntó, mirándola por encima del hombro.

Rose notó en aquel entonces que había una sombra oscura bajo sus ojos. Si su piel fuera pálida probablemente sería de un enfermizo color azul, pero sólo era una sombra casi imperceptible en su oscura tez. ¿Las discusiones con su esposo eran recurrentes y no la dejaban dormir, o sólo había sido anoche? ¿O había otro motivo? ¿Y por qué rayos había tenido que presenciar esa conversación? Odiaba haber visto que su jefa era un ser humano y tenía problemas… y la hacía sentir emociones humanas, como curiosidad o preocupación. No era cómodo sentirse así, especialmente cuando sus músculos le reclamaban el ejercicio de la mañana.

Ante su silencio, la mujer le sonrió:

-Nos vemos en mi oficina en cinco más.

Se detuvo frente a la mampara para que el sensor detectara su presencia, y casi de inmediato un rectángulo de cristal se deslizó para dejarla entrar a la oficina.

¿Tenían un silencioso acuerdo de no mencionar este incómodo momento, verdad?

Después de un tiempo indeterminado porque no estaba al tanto del transcurso del tiempo, Rose se dio cuenta que tenía una reunión en cinco minutos más… O tres o ahora.

Entró prácticamente corriendo con dirección a la oficina de Katherine, olvidando enviarle otro mensaje a Kate para mostrar un mínimo de interés en la celebración del cumpleaños de su primo.


Dejó la carta a un costado y sus ojos se desviaron inevitablemente a la ventana. Había algo en Piccadilly Circus que siempre le había encantado, mucho más que los paseos en las antiguas casas blancas con pequeñas rejas negras o los cuatro parques. Podía quedarse durante horas observando a las personas que transitaban en el área, entre londinenses comunes y corrientes, turistas, universitarios buscando un bar bueno y barato, artistas que vendían sus cuadros cerca del London Square, y amables prostitutas junto a la estatua que aparecían casi a medianoche. Quizás por eso le gustaba Piccadilly Circus, siempre había alguien nuevo a quien observar.

Si bien había elegido el restaurante en que cenarían aquella noche porque estaba cerca del bar de Scorpius, la razón más importante se había convertido en la vista. El universo de Piccadilly Circus y sus personajes eran perfectos para pasar el rato mientras el Sr. Indecisión releía una y otra vez cada opción de la carta… Porque evidentemente cualquier lugar con más de dos opciones de sopa y ensalada eran un desafío monumental.

Al menos ésta sería la última cita con Frank Collins, ya que la columna del signo cáncer estaba lista. Luego de la eterna reunión con Katherine y el resto del equipo editorial para ver el artículo que relanzaría oficialmente su nombre en la revista, le había puesto el punto final a la columna. Nadie podía saber cuán orgullosa estaba del título "Posiblemente tal vez: Una (probable) relación con Cáncer", puesto que era perfecto para describir el maldito suplicio que requería pasar más de cinco minutos con el individuo en cuestión.

Si lo pensaba bien, ese día había terminado un artículo y una columna. Era el momento más productivo de su vida desde que se había graduado de la universidad. Y había ido al gimnasio.

Oh, dios mío. ¿Qué está pasando con mi vida?

Faltaba que se hiciera vegana, se uniera a un idiota grupo anti-vacunas e hiciera yoga para convertirse en una nueva persona y seguir la moda de las masas.

Con el pensamiento de que sería apropiado pedir una copa de vino para celebrar este nuevo episodio en su vida, un movimiento frente a ella la hizo volver a la increíble cita de la cual era víctima.

Frank le estaba tendiendo una torre de papeles de considerable tamaño.

-Esto es un contrato –explicó mientras ella la tomaba con confusión. Rose frunció el ceño, descolocada por la mención repentina de un documento legal-. Para arrendar una casa.

La ilusión de que Frank era parte de una agencia secreta del gobierno (o algo parecido) y que todos estos encuentros aburridos habían sido pruebas para asegurar que Rose era la persona indicada para unirse a dicha agencia y pelear el crimen con superhéroes o James Bond, fue rápidamente rota cuando se dio cuenta que efectivamente se trataba de un contrato sobre una vivienda habitacional.

Miró las primeras dos páginas plagadas de términos légales y fijó sus ojos en el hombre, que la miraba como si estuviera esperando una maldita felicitación por darle el mejor regalo del mundo.

-¿Casa? –se le escapó una risita nerviosa-. ¿Tuya?

-Sí. Mi casa –asintió, juntando las manos y acomodándose en su asiento-. Bueno, lo que ocurre es que no estoy seguro sobre estos detalles… y como tú tomas la vida por los cuernos, creí que podrías ayudarme a elegir cuál arrendar.

El dolor de sus muslos y abdominales desapareció inmediatamente, siendo reemplazado por una pulsación constante en su cerebro. Sentía un endemoniado taladro haciendo añicos sus sienes.

-¿Te das cuenta que llevamos saliendo poco más de dos semanas, verdad? –preguntó en un desesperado intento de ocupar la lógica en esta situación, la cual claramente no iba a ser entendida por Frank, que se alzó de hombros como si no entendiera cuál era el mayor problema de su vida.

-Sí, claro, pero confío en ti –sonrió.

El mesero apareció tras Frank:

-Disculpen, ¿ya decidieron su orden?

-Eh… -respiró profundamente, recordando que no debía desquitarse sobre el pobre mesero por la idiotez de Frank-. Sopa de cebolla y una tortilla de espinaca, acompañada de la ensalada con camarones.

-Quiero lo mismo que ella –señaló su cita.

¡Lo voy a matar!

-Eres alérgico a los mariscos –dijo Rose, tratando de controlar el instinto primitivo de tomar un cuchillo y clavárselo en cualquier parte del cuerpo. Con lo indeciso que era, le preguntaría si se sacaba o no el cuchillo. Y cuánto tiempo debía dejar pasar entre la acuchillada y el sacar el arma blanca de su cuerpo.

-Oh… -movió la cabeza, como si el cuello le doliera-. ¿Entonces qué puedo ordenar?

-No sé –soltó al borde del asesinato-. Mira el menú –movió la mano hacia la carta que posaba al lado de su plato-. Ah, y quiero un vaso de whiskey. Un dedo de hielo, por favor –pidió, sabiendo que el trago de celebración era algo necesario para no cometer un homicidio durante la velada.

Después de lo que pareció ser una eternidad, Frank se rindió de obtener ayuda por parte de la joven y le preguntó al mesero qué plato le podía recomendar.

Había venido anteriormente al mismo restaurante con su padre y Hugo para celebrar el fin de la rehabilitación del primero, y se había llevado una buena impresión del servicio y la comida. Tal vez los recuerdos positivos estaban conectados con la compañía… porque ahora se había quemado con la sopa de cebolla y estaba excesivamente condimentada. Por otra parte, la espinaca parecía haber sido carbonizada antes de ser parte de la tortilla. Oh, y el deleite culinario era acompañado por el incesante murmullo de su cita, donde le relataba con detalles las casas que había visto, qué características tenían, sus precios, y los pros y contras de cada vivienda.

Bebió otro trago más de whiskey (lo único bueno de la cita) para disfrazar el sabor quemado de la espinaca, y no pudo evitar pensar que hasta la misma estatua del Pensador se aburriría de escuchar a Frank Collins. De hecho, su propia familia debía estar cansada de él. ¿Cuán horrible sería tener un hijo como él?

Con la tenebrosa perspectiva de un mini Frank Collins en su futuro, Rose rezó para que Frank terminara su cena y pidió inmediatamente la cuenta al mesero.

Salió del restaurante como si hubiera estado enjaulada durante siglos, sintiendo que el dolor de cabeza disminuía con el cambio de ambiente.

-Tenemos que hablar –anunció una vez que el hombre llegara a su lado.

Estaban de pie en medio de la acera, impidiendo el paso a varios transeúntes. Un grupo de turistas los miraron con disgusto antes de rodearlos y seguir su camino hacia el London Square.

-¿Ya no quieres salir conmigo?

La pregunta le cayó como un balde de agua helada (quizás la expresión no era la mejor, ya que estaban en verano y un balde de agua helada sonaba genial para capear el calor), y la hizo abrir y cerrar la boca como si hubiera entrado en cortocircuito. El discurso que había preparado durante toda la maldita cena se había atorado en alguna parte entre su cabeza y sus cuerdas vocales.

Las palabras "tenemos que hablar" o sus equivalentes tenían un significado mundialmente conocido, por lo que no esperaba una sonrisa o un aplauso por parte de Frank. No obstante, no se esperaba ésa pregunta. ¿Cuántas veces había vivido un escenario similar como para asumir inmediatamente que querían romper con él?

O quizás se había dado cuenta de su odio hacia su persona. Su silencio sepulcral y su cara de olor a mierda (así la describían Kate y Mark) durante los últimos cuarenta minutos eran señales inequívocas que fuera lo que tuvieran entre ambos no tendría un final feliz.

-Eh… Sí –se obligó a decir, ordenando sus pensamientos. Sintió su mano derecha aferrarse a algo que no era la cartera y miró el maldito contrato-. Pero primero… Toma –se lo tendió, y cuando Frank iba a decir algo, lo cortó rápidamente:- No… No, no –repitió-. No le pidas a nadie más, a nadie, que elija dónde vivirás. Ésa debe ser tu decisión.

Aunque lo odiara y hubiera pensando en varias maneras de asesinarlo durante la última hora (lo cual era preocupante porque no podía considerarse normal, ¿verdad?), no quería simplemente lanzarle el contrato, decirle que no quería verlo más y tener una salida con los peatones saltando a cantar y bailar para dar un final de película a su capítulo de cáncer. No podía ser tan mala persona. ¿Rose, Teresa de Calcuta? Oh, no. No se trataba de redimirse actuando "amable" con un hombre, sino que era la decencia mínima que debía tener con otro ser humano.

Si bien dudaba que viera nuevamente a Frank Collins en su vida (de lo contrario, se lanzaría a nadar con la mierda del Támesis), al menos quería darle un consejo que le serviría para toda la vida: no le pidas a alguien que apenas conoces durante dos semanas que elija qué casa arrendar. Eso era un límite que no debía ser pasado.

Sus palabras parecieron resonar en Frank, quien guardó los papeles dentro de su bolso ("de universitario que prefiere gastar lo último de su mesada en una ronda de cervezas que en comprarle unos malditos parches para tapar los cráteres de ése pedazo de tela" le comentó a Zoe una tarde) mientras la miraba como si se hubieran conocido por primera vez.

Rose se sintió repentinamente incómoda por la intensidad emanada por sus ojos. Había algo intimidante… como si la estuviera juzgando.

¿Juzgando? ¿A mí?

-Creí que eras distinta –Rose enarcó las cejas-. Sólo estaba pidiendo tu opinión en algo importante en mi vida.

El muy idiota no era capaz de elegir si ir al baño en el restaurante o en la siguiente actividad de sus citas, ¿y tenía la desfachatez de tomar su bien intencionado consejo de vida para jugar el papel de la pobre alma en desgracia en la película?

-Ambos sabemos que mi opinión iba a ser la decisión final –dijo con plena sinceridad, a pesar de tener el presentimiento que sus palabras iban a surtir efecto alguno en el Sr. Indeciso.

-No todo el mundo gira en torno a ti, Rose –contestó rápidamente, mirándola como si hubiera pateado un perro abandonado-. ¿Sabes? Me alegra finalmente saber qué clase de persona eres. No quiero a alguien así en mi vida.

-¿Perdón? –soltó anonadada, sin entender cómo habían llegado al punto en la historia donde Rose era la villana.

-Espero que estés bien –levantó la mano y después de un segundo la pelirroja se dio cuenta que era un gesto de despedida-. Adiós.

Lo miró perderse entre los peatones, sin saber qué pensar.

¿Qué mierda había ocurrido? ¿Él había terminado con ella? ¿ÉL? ¿La única decisión que había tomado en su maldita vida había sido terminar lo que fuera que tenía con ella?


El practicante (¿Robert?) tomó la enorme carpeta llena de escritos, mientras el señor Chang la miraba de una manera que le daba escalofríos. Lily estaba segura que el muy imbécil debía sentirse muy seguro tras su cargo como fiscal de distrito, ya que prácticamente nadie se atrevería a llamarle la atención o insultarlo por su carente profesionalismo y respeto hacia el sexo opuesto. Al menos así lo establecían los rumores. La carrera de cualquier abogada en el sistema judicial público estaba acabada si denunciaban la conducta de Chang.

Contentándose con darle una paliza mental, la pelirroja les preguntó si estaba todo en orden. Lo único que deseaba era que ambos (Chang, especialmente) se fueran de su oficina.

El joven estaba revisando la carpeta y sacó un papel.

-Oh –Chang lo miró. Una sonrisa socarrona se dibujó en su pálido rostro-. Lily, creo que a la defensoría no le gustaría para nada esto –hizo un gesto para que el practicante le tendiera la hoja de papel.

En un principio no entendió a qué se refería al leer lo que era una notificación judicial, pero al releerlo sus ojos se posaron sobre el número de folio y supo inmediatamente que alguien en su equipo la había cagado a fondo. Era de otro caso.

-No te preocupes –la voz de Chang resonaba como si viniera desde el otro lado del edificio. En la mente de Lily se construía el terrible futuro de un sumario, de investigaciones por parte de la corte para saber quiénes habían estado implicados en un error tan grave como el colocar documentación de un caso en otro. Parte de su equipo sería despedido, y posiblemente ella. Ella misma, la defensora a cargo del equipo de abogados, no había revisado los papeles en el caso Finnigan versus Jonathan, por lo que también debía pagar las consecuencias-. Es así.

La película mental donde le abrían un sumario y la despedían, mientras todos los dedos de la corte, defensoría, fiscalía y ministerio de justicia la señalaban como la persona más irresponsable de Inglaterra se colocó en pausa al escuchar las extrañas palabras del hombre.

¿"Es así"? ¿Qué rayos quería decir con eso?

-Oh, vamos –Chang sonrió, viendo la confusión en su expresión-. Todas las mujeres se ponen igual cuando terminan una relación.

La pequeña risa y mirada divertida que ambos hombres compartieron hicieron que el estómago de Lily se estrujara. Sentía la rabia y asco apretando todo su sistema digestivo.

-Voy a colocar esto donde corresponde –dijo la pelirroja, moviendo el papel en sus manos-. Supongo que el resto de la carpeta está bien, ¿no?

Chang y el practicante estuvieron un rato más, revisando que el contenido del caso estuviera completo, antes de irse para dejarla con las ganas de estrangular a Chang en nombre de todo el género femenino... y dejarla con un gran dolor de estómago.

¿Cómo rayos su vida personal había pasado a formar parte del conocimiento de un fiscal? ¿Acaso el comentar escuetamente su quiebre amoroso a otros abogados de la defensoría cuando le preguntaron por su novia, significaba que toda la fiscalía y la corte también sabían? Su vida personal no tenía por qué tener que ser algo relevante para su trabajo, y especialmente ser ocupado como excusa machista para alivianar un error cometido por su parte. ¡Sí, se había equivocado en revisar la carpeta del caso Finnigan versus Jonathan! Podía ser debido al cansancio, a la ajetreada carga laboral o a su ciega confianza en los ocho pares de ojos de su equipo que también habían preparado la carpeta. Sin embargo, su equivocación no estaba relacionado con su estado anímico ni amoroso.

Fue a la pequeña cocina que tenían habilitado junto a la oficina de los abogados y administrativos, y se preparó un té. Había visto tantas veces a Kate ocupar al té como solucionador de problemas, que había adquirido la costumbre de ocultar las malas emociones y pensamientos (como dispararle cien veces a Chang y tirar su cuerpo en el Támesis) en medio litro de Earl Grey. No estaba segura si realmente funcionaba o sus papilas gustativas la distarían del problema, pero se comenzó a sentir levemente mejor después de dar un cuarto sorbo a la taza humeante.

Cuando eran las siete de la tarde, se colgó la cartera al hombro y se despidió de las pocas personas que aún deambulaban por la defensoría.

Su plan perfecto sería llegar al departamento, comer una gran fuente de palomitas de maíz y dormir hasta el fin de los tiempos. No obstante, Rose y Mark irían al bar de Scorpius, y le escribieron para invitarla a tomar una cerveza. Si no iba, todos se preocuparían por su estado de ánimo y harían otra reunión de emergencia en la casa de Scorpius para discutir cómo subirle el ánimo (Albus no podía guardar el secreto de una reunión secreta a su nombre). La escena de Bella Durmiente tendría que posponerse hasta nuevo aviso.

Llegó a Piccadilly en modo automático y se dio cuenta que había llegado a La Estación King's Cross, cuando el ruido de risas, conversaciones y copas chochando la sacaron de su trance. Al ver que la mesa donde usualmente se sentaban estaba ocupada por unos turistas con un inconfundible acento estadounidense, se dirigió a la barra y Zach la saludó alegremente.

-¿Cómo va todo? –preguntó Scorpius saliendo de la cocina. No sabía si el vaso de whiskey o su expresión eran las pistas más obvias del mundo (o ambas), puesto que el joven se le acercó y le hizo una mueca para añadir:-. Y no me digas que bien.

Él era de las pocas personas que conocía que no se andaba con rodeos y le exigía una respuesta honesta, no como el resto de los mortales que simplemente preguntaría con timidez y exagerada preocupación qué le ocurría. La actitud demandante de Scorpius se la atribuía a su crianza, al heredero Malfoy que había crecido en penthouses y teniendo vacaciones en los Alpes. No era algo malo y tampoco le molestaba, sino que siempre lo había encontrado particular. Podía negarse a responder, mentir o simplemente ignorarlo, y él no se ofendería porque su exigencia no era realmente una orden, sino que era la forma en que se expresaba.

Cada vez que tenía la oportunidad de conocerlo más, se daba cuenta que sólo se expresaba de tal forma con gente de confianza. Se comportaba así alrededor de Albus, Kate, la gente del bar, y quizás con algunos de sus amigos (si es que aún tenía después de lanzar el dedo del medio a la alta sociedad londinense). Y con ella. Lily Potter parecía ser una persona de confianza para Scorpius, y el sentimiento parecía ser recíproco, puesto se sentía muy cómoda acompañada con la tranquila personalidad del joven.

-Oh, Scorpius –movió su vaso, haciendo que los hielos se movieran en círculos en el fondo-. Si fuera heterosexual, tendríamos una casa en los suburbios, dos hijos y un perro –Scorpius arqueó una ceja y sonrió-. Asumiendo que tuvieras interés en mí…

Aunque fuera una broma calculada para restarle importancia a su pregunta, sus deseos hipotéticos eran relativamente ciertos. Scorpius era un hombre genial y estaría encantada de tener una relación con él… pero eso sería si su interés no fueran las hermosas rubias con largas piernas para morir.

Sus ojos se habían desviado a una rubia que estaba pidiendo algo a Zach al otro lado de la barra, y de pronto pensó en Claire. Ambas tenían mechas californianas.

Podía sentir la mirada de Scorpius taladrarla. Temiendo ver qué había en su mirada, volvió a jugar con los hielos de su vaso.

Parte de ella quería ser honesta y decir lo que sentía, pero le daba miedo. Detrás de los mantras positivos que se repetía cada mañana, de las sonrisas forzadas que entregaba a cada persona y el dramatismo autoimpuesto por lo que significaba haber terminado una relación amorosa importante, estaba creciendo un vacío que le incomodaba.

Todos los días era una pelea levantarse de la cama. No tenía energías ni para abrir los párpados. Se preguntaba cuál era el sentido de hacer todo esto. ¿Por qué debía levantarse? ¿Tenía algún sentido obligar a Rose a acompañarla al gimnasio? ¿Servía de algo trabajar extenuantes horas con criminales, cuando la mayoría no tenía remordimiento alguno de arruinarle la vida a alguien? ¿Por qué se hacía la desentendida cuando imbéciles lanzaban comentarios sexistas? ¿Y por qué lo aceptaba?

No era sólo eso. Las únicas personas con las que podía hablar y tal vez confiar eran su prima, su hermano, y el mejor amigo de éste. ¿Cuán patética era su vida?

El tiempo sigue corriendo, el mundo sigue girando y a nadie le importa lo que siento.

-¿Supongo que cada día es mejor? –carraspeó, esperando que sus cuerdas vocales pudieran mantener un tono de voz normal-. No quiero ser una de esas personas que confiesa todos sus problemas en un bar, Scorpius –admitió, sabiendo que la mejor mentira era una verdad dentro del gran mar de verdades. Aquel viejo truco de leyes le había salvado varias veces el pellejo en la corte.

-Hey –lo miró-. Ser un buen oyente es parte del oficio.

Lo sería. Scorpius tenía algo especial que la hacía sentirse excesivamente cómoda, y hablar sobre su tragedia griega interna no sería algo difícil de hacer con él. Era de esas personas con la que podías conversar durante horas y no se aburriría de escuchar. Y sólo daría consejos en caso que se los pidieran.

Pero es estúpido. A nadie le importa todo esto.

-¿Me das otro?

La preocupación parecía crecer en la mirada del joven, pero había reticencia en su rostro. Se había dado cuenta que no era bueno seguir insistiendo.

-¿Tan mal vas, eh? –preguntó, casi como si hubiera ensayado la línea de un guion para dueños de bar que atienden borrachos tristes.

-Hoy fue un día particularmente duro –el recuerdo de Chang, sus lascivas miradas y denigrantes comentarios machistas volvieron a golpear su estómago.

-Lily, sé que soy el amigo de Albus y… Y puede ser un poco extraño, pero también puedo ser tu amigo –sin haberse dado cuenta, había tomado el vaso casi vacío de Lily y lo había reemplazado por un whiskey on the rocks nuevo. Lily miró el vaso como si hubiera aparecido por arte de magia-. Como te dije, soy un buen oyente, así que cuando quieras hablar…

-Gracias –sabía que lo decía en serio, y se sentía extraña al pensar que después de todas las personas que había perdido en su círculo social gracias a su aislamiento amoroso, todavía era capaz de encontrar alguien tan bueno como Scorpius en su vida-. Y gracias –añadió, levantando el vaso.

El casi anestizante sabor del whiskey la hizo olvidarse de Chang, y pronto llegaron Rose y Mark, contándole historias que la hicieron abandonar los pensamientos de un posible sumario en la defensoría.

Luego que Scorpius recibiera un mensaje de Albus y se los mostrara con autorización de éste, informando que su hermano le estaba diciendo a Kate que lo habían despedido del banco, Lily no pudo evitar respirar con alivio mientras la barra estaba llena de exclamaciones, preguntas y sorpresa debido a la noticia.

El tiempo seguía corriendo, el mundo seguía girando y había problemas mucho más importantes que sus dudas existenciales de las mañanas. Su pelea interna era una estupidez en comparación al desempleo de su hermano ad portas de contraer matrimonio, ¿cierto?

Sí, cierto.