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Epidemia

¿Qué pasó después? —preguntó Rita Skeeter mientras la pluma no paraba de escribir por sí sola.

Esperamos.

¿A la epidemia?

Hermione asintió con la cabeza.

Esos tiempos fueron de verdadera campaña contra el Ministerio y sus métodos de actuar. ¿Es verdad que los muggles se vieron involucrados?

Los muggles sigue involucrados, Rita.

Está bien. Cuéntame cómo fueron esos días.

Las noticias llegaban a cuentagotas. Era de esperar que llegada la próxima Luna llena, San Mungo mostrase el resultado de lo acontecido la anterior Luna, de modo que el Ministerio acabó por sitiar el edificio, a la espera. Sin embargo, ninguna de las previsiones estaba a la altura de lo que al final ocurrió esa noche. Decenas, tal vez cientos de licántropos, salieron a la noche de Londres, mordiendo a todo ser viviente que estaba a su paso. El ataque había sido imposible de contener en todos los sentidos, incluso a la hora de evitar que los muggles lo descubriesen. Hermione, por lo menos, se alegró de haber dejado a sus padres en Australia.

Mientras tanto, en Hogwarts había un clima de preocupación. Las noticias que llegaban desde Londres inquietaban a todos por igual, a pesar de que la directora y los profesores se afanaban porque todo transcurriese con normalidad dentro del castillo. Aun así, a nadie pasaron desapercibidas las medidas mágicas de seguridad que aplicaron en torno al colegio. Además, saber que estaban cerca de un licántropo no ayudaba a calmar los ánimos. Más de una vez, algunos alumnos le habían increpado que los de su calaña podrían haber mordido a algún familiar. Sin embargo, Ron hacía caso omiso de aquellos ataques. Él no había elegido aquella situación. La directora, además, le había dado total libertad de movimientos, de modo que podía pasar más tiempo con Hermione.

Sin embargo, no había tiempo para los buenos momentos, pues las noticias que llegaban de Londres cada vez eran más preocupantes. Se hablaba de que cada día había cientos de mordeduras. Los licántropos más veteranos, los que pertenecían al grupo de Greyback, mordían incluso sin Luna llena, de modo que las infecciones cada vez eran mayores. Kingsley, ante el hecho de que los muggles ya habían visto a cientos de licántropos por las calles de Londres, informó al Ministro, quien a su vez movilizó al ejército, quien trabajó en estrecha colaboración con los aurores y agentes del Departamento de Seguridad Mágica. Habían empezado a evacuar a las personas que todavía no habían sido infectadas, así como a cerrar los accesos a la ciudad.

―¿Por qué no tenemos un ejército? ―preguntó Hermione a Ron.

―Hubo un tiempo en que sí que lo tuvimos, pero el Ministerio considero que un ejército mágico llamaría demasiado la atención, aparte de que a la larga podría suponer un importante foco de poder que podría volverse contra él. Por ello abolió el ejército y creó el cuerpo de Aurores, más reducido pero más controlable. Después fueron apareciendo los distintos grupos de campo de cada uno de los Departamentos, pero esa gente no tiene instrucción de combate.

―¿Y no pensaron en situaciones como esta?

―El mundo mágico jamás se ha visto envuelto en una gran guerra, Hermione. Durante la Segunda Guerra Mundial hubo un grupo de magos que fue a ayudar a los muggles de forma clandestina, pero eso es todo. Normalmente los conflictos, como el de Quien Tú Sabes, son muy reducidos. En caso de ser un conflicto mayor, no queda más remedio que avisar a los muggles. A decir verdad, según nos contó Harry, Cornelius Fudge avisó al Primer Ministro muggle durante la última guerra. Y lo mismo hizo RufusScrimgeour.

Hermione asintió. Era un alivio contar con la ayuda de los muggles, pero no sabía cuánto tiempo podrían aguantar esa situación. La próxima Luna llena estaba ya muy cerca. Además, cada día veían como decenas de personas llegaban a la escuela, huyendo del terror del sur. Al principio eran las familias de los alumnos, pero cada día iban llegando más y más personas. En un principio, la directora acondicionó los terrenos, donde la gente pudo construir sus cabañas, pues el castillo estaba reservado a los alumnos, sus familias y el personal del colegio. Sin embargo, la ingente cantidad de refugiados hizo que tuviesen que quedarse en Hogsmeade, de modo que los profesores se afanaron por protegerlo mágicamente.

Y entonces, un buen día dejaron de llegar noticias. Por un tiempo la directora no quiso establecer contacto, pero al final tuvo que ceder a la presión popular y enviar a gente para que averiguase qué estaba pasando. Los primeros en marchar jamás regresaron, de modo que la directora solicitó nuevos voluntarios para ir. Harry, Ron y Hermione se ofrecieron para esa tarea. A pesar de las reticencias que mostraron algunos, como los Weasley, finalmente aceptaron. Al rato, los tres estaban preparados para marcharse. Se desaparecieron para aparecer en un pequeño descampado, totalmente desierto. Habían decidido no avisar a los muggles, ya que aquella era una misión puramente mágica.

Salieron del descampado y caminaron hasta el barrio más cercano. Las calles estaban desiertas debido a la evacuación, de modo que si llegasen a encontrarse con alguien, por la fuerza tendría que ser un licántropo. Efectivamente, el primero no se hizo de rogar. Se trataba de una mujer de mediana edad que caminaba medio desnuda y totalmente confundida. En cuanto reparó en ellos comenzó a llamarlos, desesperada.

Los tres se acercaron a ella de forma cautelosa, pues podría tratarse de una trampa. Cuando llegaron, vieron que la mujer tenía una herida de mordedura en el brazo. Miraba de manera extraña a las varitas, por lo que los tres jóvenes dedujeron que la mujer no era una bruja sino una muggle, una ciudadana de Londres que tuvo la mala suerte de toparse con un licántropo y ser mordida. Hermione le aplicó unas gotas de díctamo que lograron cerrar la herida y calmar los nervios de aquella mujer.

—¿Quiénes sois vosotros?

—Hemos venido a inspeccionar la zona —dijo Harry.

—¿Vosotros tres? Pero si sois unos adolescentes. ¿Dónde está el ejército?

—Oiga, no estamos con el ejército, ¿de acuerdo? Pero podemos sacarla de aquí, no se preocupe —comentó Ron.

—Mi hijo... Está con mi marido, ellos también han sido mordidos.

Aquello se estaba volviendo más complicado, aparte de que empezaron a escuchar ruidos que venían de casas adyacentes.

—¿Hay alguien más con usted? —quiso saber Hermione.

—No... no que yo sepa.

Los tres mantuvieron sus varitas en ristre. Los visitantes indeseados no se hicieron esperar. Eran todos humanos, apareciendo al final de las calles o por los tejados de algunos edificios, pero quedaba claro que eran licántropos del grupo de Greyback. El mismo Greyback caminaba hasta ellos.

—Así que el famoso grupo ha venido a... ¿qué? ¿A rescatar a la gente? Esta gente es ahora nuestra familia, tanto como nosotros somos la suya... ¿Verdad? —dijo mientras tomaba a la mujer por los hombros. Ella asintió asustada —. Nosotros cuidaremos de Frank, su hijo, y de Tom, su marido. Y de ella. ¿Qué haréis vosotros?

—Nos la llevaremos —dijo Harry, desafiante.

—Respuesta equivocada, Potter.

Dio un grito, algo parecido a un aullido y todos los licántropos que allí había se lanzaron contra ellos. Los tres jóvenes lanzaron hechizos y crearon escudos protectores, pero los licántropos acabaron por rodearlos.

—¡Así no lograremos nada! ¡Marchémonos! —gritó Harry.

Hermione tuvo tiempo de agarrarlos a los dos y desaparecerse en otro punto de la ciudad. Allí al menos no había nadie a la vista. Caminaron por las calles hasta que se toparon con un grupo de militares. Al instante, todos aquellos hombres y mujeres los apuntaron con pistolas y ametralladoras.

—¿Quiénes sois? —preguntó uno de ellos, el que parecía ser de más alto rango.

—Teniente, mire, tienen esas cosas que vimos en la base.

—Tienes razón, ¿sois brujos?

—Sí, lo somos —dijo Hermione.

—¿Y qué hacéis aquí? ¿Os han mordido?

—Venimos en misión de reconocimiento, no vamos a entorpecer su trabajo —aseguró Harry.

De repente oyeron más aullidos, licántropos que llegaban corriendo desde el final de las calles.

—¡Retirada, retirada! —gritó el teniente.

Los soldados se subieron a sus vehículos y obligaron a los tres jóvenes a ir con ellos. Al final de una las calles comenzaron a llegar decenas de licántropos. Los soldados disparaban contra ellos, pero no paraban de llegar más. Por cada uno que caía llegaban dos más. Finalmente llegaron hasta la base de los soldados, la cual formaba parte de una red que sitiaba toda la ciudad. Los licántropos hacía un rato que los habían dejado de perseguir.

—¡Señor! —llamó el teniente a otro hombre, al parecer de más rango que él —. Hemos tenido que huir, nos superaban en número.

—Si esto sigue así pronto tendremos que huir todos —dijo aquel militar.

—¿A qué se refiere? —preguntó Ron.

—¿Quiénes son estos? —quiso saber al ver a los tres jóvenes.

—Son brujos, señor, estaban en misión de reconocimiento en la zona.

El militar bufó.

—Ya tenemos bastante sin que ustedes metan las narices, ¿de acuerdo?

De repente se oyó una sirena.

—¿Qué significa eso? —preguntó Hermione.

—Se avecina otro ataque —dijo el teniente y se marchó, posiblemente para tomar posición o para dar órdenes a sus subordinados.

Los tres chicos, por su parte, corrieron a ponerse a cubierto. El ataque había empezado ya y decenas, tal vez cientos de licántropos se abalanzaban contra las empalizadas. Entre los gritos podía oírse una sola palabra:

—¡Retirada! ¡Retirada!

—¡Nos superan en número!

—¡Corred!

Los tres jóvenes consiguieron escapar a duras penas del campamento. En cuanto estuvieron lo suficientemente alejados se volvieron para contemplar el panorama. La base estaba ardiendo y podían oír gritos desesperados mezclados con aullidos. Cuando no pudieron seguir viendo más, se desaparecieron. En cuanto llegaron a Hogwarts, por las radios mágicas ya estaban anunciando el estado de sitio y aconsejando a la gente no salir de sus casas.