Capitulo 6

No pasa más de media hora cuando encuentro un motel, doy gracias porque no está lejos y eso significa que las posibilidades de Ranma aumentaron un poco. Pero antes, debo asegurarme que no haya ningún contaminado, por decirlo de algún modo. Miro a ambos lados de la carretera, sé que no vendrá nadie a cien kilómetros por hora, son las viejas costumbres, es difícil dejarlo todo atrás. Siento que la muerte de Kasumi fue hace mucho tiempo, algo distante. "Kasumi murió hace dos semanas –me recuerda mi mente muy a mi pesar-. Hace siete días murió mi padre, y el Tío Genma falleció hace cinco. Hace un día murió Nabiki." Un día, no puedo.

Me detengo justo en medio de la carretera.

Es como si de pronto me abandonaran todas las fuerzas, mis piernas se quedan débiles, como de goma. No hay un solo ruido que me recuerde al mundo como era, no hay vibraciones, canciones lejanas, el murmullo de los televisores, el parloteo de un millar de conversaciones. Nada. Ya no hay nada, y Nabiki murió hace un día. Nabiki se fue, igual que Kasumi, igual que mi padre y su sonrisa y sus tontos juegos con el Tío Genma. Se fueron las risas, las persecuciones, las entradas inesperadas de todos nuestros amigos. Se acabaron los platillos de mi hermana y los nervios del doctor Toffu cuando la veía… Adiós a la Universidad, a los juegos astutos y ambiciosos de Nabiki, a las idioteces de Kuno. Mis ojos se nublan de lágrimas otra vez, no sé si algún día esto se detenga, este maldito dolor, este infierno que ha azotado al mundo en un parpadeo. No se cómo lidiar con todo esto, ¿cómo puedo aceptarlo? "Ranma." Ranma y sus ojos de estrella, sus risas, y su alegría que no se eclipsa. Ranma y su belleza que atrae a todas, que lo rodea de amor… Mí prometido. Mío. Y sigue conmigo. Él es mi razón, sólo él. "Concéntrate." Las lágrimas resbalan tibias hasta empaparme la cara, mi llanto viaja con el viento y se escucha aún por encima de la copa de los árboles, porque no hay nada más que mi llanto… y el viento.

"Cada segundo que pierdes lamentándote, es un segundo en que la vida se le escapa a Ranma." Si, es cierto, molesta me limpio las lágrimas con el dorso de la mano y me obligo a seguir caminando. Tal vez fue por el repentino golpe de emociones, pero cuando llego al otro lado de la carretera estoy mareada.

El motel se alza frente a mi tan vacío y silencioso como una tumba, no hay nadie ahí, lo sé incluso antes de entrar, pero me sentiría mucho más segura con un arma. En mi mente se repite el disparo que le quitó la vida a Mousse, pero lo alejo tanto como puedo, recorriendo con pasos rápidos la distancia hasta las puertas dobles de la entrada. "No permitas que los fantasmas vengan por ti ahora –me digo, empujando las puertas de cristal, una campanilla suena sobre mi cabeza-. No ahora, no hasta que Ranma esté a salvo y tal vez ni siquiera entonces. ¿Qué pensará cuando sepa que he matado a Mousse?" Dios, no. Mantra vuelve a mi. ¿Qué es esa tontería de sentirme más segura con un arma? ¿Desde cuándo? "Desde que el mundo se terminó." Aun no termina, yo sigo aquí, Ranma sigue aquí y yo soy una artista marcial, no necesito armas. "¿Y si fuera Nabiki quien atacara a Ranma… o Kasumi? ¿Las habrías matado como al hombre pato?"

Estiro las manos al escritorio de la recepción buscando apoyo, siento que me voy a desmayar, no puedo con todo esto, no puedo con lo que está pasando, necesito respirar. Respira, respira Akane.

El olor me golpea casi tan físicamente como un puño y retrocedo trastabillando, luchando contra la pérdida de conciencia y el vómito, tengo una mano sobre mi nariz y boca. Se perfectamente lo que es este hedor, es la muerte, no la que portan los salvajes, sino la de verdad, la de un cuerpo inerte; debe de estar tras la recepción y por supuesto no voy a mirar. "Sólo asegúrate que no hay nadie, rápido." Comienzo a caminar por los pasillos del motel, sólo tiene tres pisos, y cuatro habitaciones por piso así que no me toma mucho tiempo. Sigo mareada, pero ya ha pasado el mal momento, al menos por ahora.

Muchas de las habitaciones están vacías, llenas de polvo que se revuelve en el aire cuando abro las puertas de una patada, y puedo ver las motas bailando en las franjas de luz que dejan pasar las cortinas medio descorridas.

Siguiente parada: la máquina de pastelillos, aguas y sodas. Bajo las escaleras como un rayo y me detengo otra vez en seco. Ahora no son los pensamientos los que me dejan fría, sino mi reflejo en el cristal de un ventanal. Estoy sucia de tierra y sangre de pies a cabeza, las piernas llenas de arañones, el vestido hasta los muslos, la sangre seca en el brazo donde pasó la bala rozándome, el rostro pálido, el cabello enredado. Mi propia visión me deja sin aliento, parezco una salvaje. No parezco yo, no puedo ser yo, es como si hubiera tenido un accidente. "¿Y no es así?" No, o si, no lo sé. Suficiente.

Sigo mi camino, aun demasiado impresionada por cómo luzco, pero entonces veo la máquina y eso es todo lo que importa, llevarle agua a Ranma, agua y comida aunque sea esta comida. Rompo el cristal con un puño, siento un ramalazo de dolor y veo mis nudillos sangrar. No importa. Nada importa, ¿no lo he repetido suficiente? Veo la sangre resbalar por mis dedos. "Nada importa, sólo Ranma." Estoy a punto de tomar las botellas y pastelillos cuando escucho algo. Todo pasa muy rápido, me detengo, contengo el aliento y miro sobre mi hombro.

Ryoga está ahí, frente a mi, a no más de diez pasos mirándome con esos ojos brillantes de enfermedad.

-Ryoga… -me escucho decir. ¿Cómo ha llegado aquí? ¿Cómo me encontró? ¿Los salvajes persiguen, rastrean a sus víctimas? "¿Y qué más da? Responder a esa y un millón más de preguntas al respecto no te dará una cura, ni salvará a Ranma o a ti, ahora, frente a él."

El miedo desciende sobre mi como agua, una cosa líquida, espesa, helada. Mi mente busca desesperadamente una salida, un camino de escape, algo con lo qué defenderme ¡lo que sea! No hay nada, sólo estamos el final del pasillo, la máquina dispensadora, yo y él. Nada más, ni una puerta, ni una ventana, nada. Me veo alzando las manos, temblorosas una vez más, y vuelvo a escuchar mi voz, tonta y absurda a mis oídos, diciendo su nombre aunque ya no hay nadie ahí. Ya no es Ryoga, no hay un él, es un algo. Entonces se lanza a mi, y Dios, es tan rápido y yo estoy tan asustada que sólo alcanzo a encogerme de hombros, como una niña aterrorizada que no tiene ni idea de cómo defenderse. Cierro los ojos y siento su cuerpo contra el mío, arrastrándome hasta la pared de atrás y estrellando mi espalda contra el concreto. Pierdo el aire y me muerdo la lengua, la sangre inunda mi boca, el aliento fétido de Ryoga, o la cosa que ahora vive en Ryoga, se estrella de lleno contra mi rostro. Estoy temblando tanto que puedo sentir mis rodillas chocando una contra la otra. No quiero abrir los ojos, pero debo hacerlo. Debo al menos tener el valor de enfrentar mis últimos momentos a la cara. Y cuando lo hago, son los dos obres ambarinos, febriles, los que me retienen la mirada. Sus brazos a ambos lado de mi cabeza, una de sus piernas entre las mías, presionando entre mis muslos. No voy a volver a ver a Ranma, apenas puedo creerlo, nunca más veré sus ojos de mar, nunca volveré a perderme en su voz y regocijarme con su risa. Nunca tocaré su cabello otra vez, ni le diré jamás que lo amo. Nunca seré suya en cuerpo y alma, ni él mío. Se acabó, es así, con el hedor emanando del cuerpo de Ryoga, sus ojos inhumanos, la sangre de mi hermana entre sus uñas… Así es como moriré.

Y de pronto la rabia me llena la garganta, se junta dolorosamente en mi pecho. No puedo hacer nada y nunca volveré a ver a quien más amo en el Universo, es él, el asesino de mi hermana quien ha venido por mi y sé que no puedo contra él, siento su fuerza irracional vibrando dentro de su cuerpo muerto y vivo al mismo tiempo.

-Púdrete –suelto entre dientes, siento la sangre resbalar por la comisura de mi labio inferior.- ¡Púdrete! ¡No te tengo miedo! ¡Anda, acaba con esto, acaba con esto ya!

El despliegue de coraje me deja un poco sorprendida, y… ¿mareada? ¿Mareada otra vez? Ryoga no se mueve, ¿por qué, maldita sea, por qué lo tiene que hacer peor? ¿Por qué no rápido? Y entonces, para mi sorpresa y horror, (horror más que otra cosa) Ryoga me huele.

Inclina un poco la cabeza hacia mis labios, hacia la sangre que acaba de escapar de mi lengua y empapa mis labios, y aspira.

No sé si fue en ese momento, o cuando se alejó de mi, lentamente, sin despegar sus ojos, que una vez fueron tiernos, de los míos. No sé si fue cuando me quede sola y el silencio más terrible que antes, que nunca, cayó sobre mi como una ola. O tal vez cuando finalmente me dolieron las piernas de estar ahí de pie tan tensa. ¿Cuándo fue me que di cuenta, exactamente? No lo sé.

Tal vez desde que entré al motel, o cuando me detuve en la carretera. Ya no importa, como siempre, como es ahora, ya no importa. Ryoga no me mató porque ya estoy condenada.

Me dejó vivir por que los mareos no son por emociones, ni tontos pensamientos. Me dejó vivir no porque me recordó.

No.

Es porque ya estoy muerta.

Es porque la fiebre me ha alcanzado.