La habitación estaba en llamas y Maléfica reía mientras observaba a Grace, que se mantenía pegada a su madre, llorando y sangrando por la nariz, producto de una de las caídas que había sufrido antes de entrar en la habitación. No podía hacer nada, y eso era lo que más le pesaba. Pero si debía morir, quería hacerlo junto a su madre. Pero ese día no iba a morir, pues el destino tenía otros planes para las personas de aquella habitación.

Ninguno de los inquilinos que huía de las llamas se fijó en un pequeño objeto brillante que flotaba en dirección al edificio. Nadie reparó en como subía las escaleras y buscaba la habitación número 8, en la que se escuchaba llorar a aquella niña desconsoladamente. Ni siquiera la bruja se fijó en ella. Tan sólo la niña observó como el objeto, una pequeña estrella brillante y cálida, se acercaba al cuerpo que yacía sobre la cama y se introducía a través de su pecho. Sólo cuando los párpados de ese cuerpo, de mi cuerpo, se abrieron, fueron ambas conscientes del milagro que acababa de ocurrir.

Maléfica abrió los ojos desproporcionadamente, y yo sonreí, mientras mi mano acariciaba el cabello de mi pequeña Grace, que no sólo se había salvado a sí misma, nos había salvados a las dos, y aún más importante, había salvado a nuestra familia con su voluntad para creer, tener esperanza, y ante todo con su amor. Maléfica lanzó su ataque, pero cuando lo hizo, nosotras ya nos habíamos desvanecido. Uno de los muchos trucos que había aprendido durante el tiempo que estuve retirada. Aparecimos fuera, observando como la posada terminaba de desmoronarse.

_ Venía a traerte esto… pero es más que evidente que ya no lo necesitas.

Me volví y observé a Lucrezia jugando con un anillo, lanzándolo y recogiéndolo con la mano. Ese anillo era el mío. Y mis ojos observaron mi mano, y luego rápidamente al cielo, mientras una expresión de total incomprensión se pintaba en mi rostro. Debería estar ardiendo, convertida en un montón de polvo. Y sin embargo lo que sentía era sencillamente una calidez sobre mi piel que no sentía desde que estaba viva.

_ Parece que el sol te ha dado tregua. Deberías estar contenta por eso. No les pasa a muchos de los nuestros. A ninguno, si te soy sincera. Se ve que has hecho méritos mientras estabas fuera.

_ Fue un viaje largo, pero tú ya conoces toda la historia.

_ ¿Mami, va todo bien?_ Me preguntó Grace.

_ Lo irá cielo, en cuanto encuentre a tu padre y volvamos a casa.

_ La reina no le dejará volver.

_ ¿Regina?_ pregunté, extrañada_ ¿No es Maléfica quien le retiene?

_ Dijo que iba a hacer un encargo para la reina y así comprarme un conejito de peluche. Yo le dije que no lo quería, pero él no me escuchó, dijo que no quería que me faltase de nada.

Al escuchar a Grace llorar se me partió el alma y la estreché con fuerza. No quería dejarla, pero tenía que hacerlo si esperaba recuperar a Jefferson. Le limpié la sangre de la nariz, que por extraño que parezca no despertó ningún deseo en mí, a pesar de sentir como mis venas, correosas, suplicaban ser rellenadas con sangre humana. Tenía que cazar, y tenía que pedir explicaciones a Regina.

_ Cielo, te prometo que volveré pronto, y traeré a papá conmigo. Todo volverá a ir bien. Esta chica tan guapa te cuidará hasta que yo vuelva.

Lucrezia me miró con asombro, incrédula. El fracaso de Sherezade aún pesaba sobre su conciencia, y no se esperaba que la dejase al cargo de Grace. Pero había llovido mucho desde aquello, y Lucrezia había madurado, aunque fuese un poco. Y lo que hizo cuando estuve fuera hizo que finalmente pusiese mi fe en ella. Había conseguido que yo retornase y eso era algo que nunca podría dejar de agradecerle. Me separé de Grace y estreché a Lucrezia entre los brazos, que se quedó rígida por la sorpresa.

_ Cuida de tu hermana. ¿De acuerdo?

_ Sí mami, yo me encargo._ No me importó que le pusiera retintín a la palabra, estaba contenta de que confiase al fin en ella.

Y ahora debía cazar, pero no encontraba a la presa adecuada. El tener moral dificultaba la caza de un modo bastante particular. Antes buscaba a niños, porque eran sencillos y dulces. Pero ahora estaba buscando a alguien con quien poder saciarme sin tener que matarlo, pero que no tuviese fuerza suficiente como para resistírseme y ponerse en mi contra. Y finalmente la encontré, iluminada por la luz de la luna.

Una jovencita, ataviada con ropajes blancos, cubierta por una capucha de ese mismo color. Mis pasos fueron quizás demasiado rápidos, pero mis venas rugientes no me permitieron contenerme más. Y por ello apliqué demasiada fuerza, y el vestido blanco no tardó en teñirse de rojo, mientras el placer me invadía. No había olvidado, quien ha sido vampiro, siempre será vampiro, aunque la magia cambie tu cuerpo, no puede borrar lo que aprendiste. La chica gritaba, llamaba, pero yo no escuchaba el nombre que pronunciaba.

Y tampoco escuché a lo que se me vino encima antes de que fuese demasiado tarde. La criatura me golpeó con tanta fuerza que mis dientes se desengancharon y me estampé contra un árbol. Aquella chica tenía mucho que agradecer, porque no habría podido parar a pesar de que lo deseaba. Sin embargo, un gruñido llamó mi atención, y me encaré con la criatura que me había golpeado. Y me reí, porque de entre todas las criaturas del reino encantado, había decidido atacarme la única que realmente tenía posibilidad de derrotarme en lo que al físico se refiere.

Mi enemigo natural, por derecho propio, el licántropo. No tardé en sentir como el deseo de batalla se extendía por mi cuerpo, junto con la energía de la sangre robada. Siseé como grito de guerra, y ella respondió con un aullido ante su patrona, la Luna llena. No desenfundé la espada, porque este combate no era un combate entre humanos, era un combate animal, desmedido. El bosque pareció quedarse totalmente quieto por un instante, como si nos esperase. Y en ese momento, todo pareció transcurrir más despacio, y cada pequeña cosa se hizo más intensa.

Podía notar el sabor de la sangre de la joven en mis labios con una delicadeza sin igual, sentir el roce de mi ropa sobre mi piel, escuchar la respiración de mi enemigo, su corazón desbocado y sentir el deseo animal que inundaba su mirada. Podía sentir los músculos de esa criatura formidable tensarse, lista para atacar. Pero pronto ese instante se rompió, y nos lanzamos a la batalla.

Pero su fuerza superaba a la mía, y sus armas estaban mejor aprovechadas. Por lo que el combate no tardó por inclinarse a su favor, y una herida no tardó en aparecer en mi cuello, producto de las garras del ser, mitad animal y mitad hombre. Pero la herida no era lo significativo, ni tampoco el hecho de que no cicatrizara como las otras. Lo realmente terrible fue la toxina que inundó mi cuerpo e hizo que rápidamente perdiera el sentido, ante lo que no pude evitar tener una sensación de déjà vu.

Cuando desperté, me encontré atada, no con cadenas o con cuerdas, pues cualquiera de ellas las habría podido romper. La persona que me había atado sabía bien lo que hacía. La verbena se ceñía bien a mis manos y no sólo se encargaba de mantenerme sujeta, si no que me impedía sondear el lugar y tratar de averiguar si me encontraba sola o no, aunque un sonido de tensión cercano me indicó lo contrario. Y lo primero que mis ojos captaron fue una flecha de madera cargada en una ballesta, que apuntaba directamente a mi pecho.

_ Sin tonterías. ¿De acuerdo, chupasangres?

_ Estamos de acuerdo…

Una anciana me estaba apuntando con una ballesta, en un lugar que me era totalmente nuevo, mientras me mantenían sujeta con verbena a una silla, que por cierto era realmente incómoda. Había pasado por situaciones peliagudas, pero tenía que reconocer que en cuanta a rareza, aquella se llevaba la palma. Sin embargo decidí relajarme, si me hubiesen querido matar, estaría muerta. Tan sólo tenía que relajarme y todo saldría bien.

_ Vaya, se ha despertado la bella durmiente._ Dijo una voz desde la puerta.

Yo ya sabía que estaba ahí antes de que hablase. No necesitaba mis sentidos para sentir el olor a loba antes de verla. Aunque me sorprendió encontrarme a una joven hermosa y de aspecto casi frágil después de la batalla que me había dado. Aunque sus ojos lo decían todo, unos ojos cargados de responsabilidad, y de pérdida. Me recordaban mucho a los que veía al mirarme al espejo antes de conocer a Jefferson.

_ Oh vamos… no estarás enfadada por lo de anoche. El combate es nuestra naturaleza.

_ Si aún vives, es porque me prometí a mí misma que no volvería a dejar que la loba matase a nadie.

_ ¿Hablas de ti misma en tercera persona? Curios…_ tuve que dejar la frase a medias, porque la anciana disparó la ballesta y una flecha se me clavó en la pierna, lo que me obligó a lanzar un grito.

_ Te digo que tenemos que atravesarla con una estaca y prender fuego a su cadáver.

_ No creo que eso hiciese falta. A mi edad el cuerpo se convierte en polvo directamente al morir.

_ Vaya, nos ha salido presumida.

_ ¡Abuela, basta! Quiero escuchar su historia.

_ Lo que puedo decirte es que mi marido me necesita y mi hija me está esperando en casa.

_ Los vampiros no tienen hijos._ Me indicó la abuela, tensando una vez más la ballesta.

_ No soy una vampiresa común. Y antes de que digas nada, te lo puedo demostrar._ Le espeté, con una sonrisa.

_ ¿Cómo exactamente?

_ Si tienes la amabilidad de abrir la ventana, comprobarás que no soy como otros vampiros que conozcas.

_ Pero eso no la mataría. Quiero decir… el sol…_ Intervino la muchacha.

_ Vosotras no perdéis nada. ¿No es cierto? Soy yo la que tiene que perder. Vamos preciosa, abre la ventana, anoche casi me matas… ¿Qué más te da?

_ Eso no viene al caso, no era yo la que…

_ Roja, abre la ventana.

_ Pero… abuelita.

_ Ábrela, Roja.

La chica quiso protestar un poco más, pero finalmente lo hizo, mientras la anciana me seguía apuntando con la ballesta sin pestañear apenas. La abuelita destilaba hospitalidad por todos sus poros, si entendéis a qué me refiero. Pero cuando la ventana se abrió, sus ojos mostraron una mueca de asombro. El sol me estaba dando de lleno, y yo ni tan siquiera me sentía acalorada, mucho menos parecía estar a punto de arder.

_ Supongo que ya habrás comprobado que no llevo gemas encantadas. Así que te ruego que me devuelvas mi anillo de compromiso. Créeme cuando te digo que lo extraño. La reina ha secuestrado a mi marido y tengo que traerlo de vuelta.

_ Si conozco a la Reina como la conozco, tu marido está muerto.

Una nueva voz fue la que alertó mi presencia. Y me bastó un vistazo para saber quién era. La mujer a la que había estado a punto de matar. La que había iniciado todo el revuelo, la joven de piel pálida como la nieve y labios rojos como la sangre, aquella joven era Blancanieves. Habría disfrutado de la ironía de no haber estado atada y en situación en que mi vida peligraba.

_ Si él hubiese muerto yo lo sabría. Cuando muere la persona que más amas una honda te sacude todo el cuerpo, y no importa la distancia que os separe, te das cuenta de ello porque os une un vínculo psíquico. Voy a ver a la reina, y no estaré contenta hasta no recuperar a mi esposo. Puedes soltarme o puedo buscar la manera de salir yo sola. Pero no voy a dejar que nadie me separe de él, antes prefiero que la abuela aquí presente me atraviese con esa flecha.

Aquello fue más de lo que Roja pudo soportar. Se colocó a mi espalda y sin más cortó la verbena que me retenía y yo me puse en pie, notando como mis sentidos volvían a su cauce. Lo que me dio consciencia de que mi anillo estaba en el primer cajón de la cómoda que estaba al lado de Blanca, por lo que con movimientos particularmente lentos lo saqué y lo volví a colocar en el dedo anular de la mano izquierda, donde Jefferson me lo colocó en su día.

_ ¿Ves como no he matado a nadie? ¿Puedes bajar la ballesta de una vez? Me pones nerviosa. Os propongo una idea, ¿Vale? Vamos al castillo de Regina, Blanca salva a su príncipe y yo recupero a mi marido. ¿Todas contentas?

_ ¿Cómo sabes lo de James?_ Exclamó la princesa.

_ Porque leo tu mente como un libro abierto. ¿Entonces vamos o qué?

_ Yo voy también. No voy a dejar a Blanca sola contigo. No me termino de fiar de ti.

_ O quizás sólo quieres vivir una aventura lejos de la casa de la abuelita sin miedo a que la loba mate a alguien.

No tenía intención de discutir, y al final conseguir ahorrármelo. Finalmente las tres tomamos camino. Un camino que desde luego no sería fácil ni cómodo. En especial con aquellas dos adolescentes parloteando como si les fuera la vida en ello, y sin la posibilidad de aparecer allí directamente porque aún no tenía control como para llevar a dos pasajeras. Sólo esperaba no acabar con alguna de las dos de camino. Rogué a los dioses para que me diesen paciencia una vez más. Aunque esta vez además miré las estrellas y lo deseé con fuerza.


Y hoy en la sección de entrevistas contamos con la encantadora, maravillosa y genuina Zandramas Stealer. Buenas noches Zandramas, es un placer tenerte con nosotros.

Para mí también es un placer ser entrevistada por fin, Sombra. Pensé que te habías olvidado de mí.

Yo jamás haría tal cosa, tenlo por seguro. Ahora empezaremos con la ronda de preguntas si te parece bien. ¿Estás conforme?

Por supuesto, cuando quieras comenzamos.

En cuanto a tu físico. ¿Quieres decir a nuestros lectores quien te interpreta?

Bueno, aunque nuestro carácter es bastante distante por lo que sé de ella, creo que físicamente Taylor Momsem es la mujer adecuada para representarme.

Muy bien. Y ahora con respecto a la trama en la que estamos trabajando. ¿Qué te ha parecido?

Mataste a mi hermana, y eso no me gustó nada. Tuviste la suerte de no ser un personaje entonces. Te habría borrado de la faz de la tierra.

Sí, sabemos que serías capaz. En cuanto a eso. ¿Vas a decirle al público que personaje eres? ¿De donde vienen tus dones?

Eso le quitaría la gracia a la historia, ¿No crees? Creo que ahora mismo lo que más tengo a mi favor es el misterio.

No seas mala, dale a los lectores alguna pistita.

Soy Luz, soy esperanza, un recuerdo olvidado que clama volver. Soy un fantasma del pasado, y ante todo, soy alguien que se encargará de que Anzu esté segura, viva y a salvo.

Me resulta encantador lo mucho que proteges a tu hermana, se nota que la quieres mucho.

Daría mi vida por ella, otra vez.

Bueno, te doy las gracias por haber venido, siempre es un placer verte Zandramas.

El placer ha sido mío Sombra. Espero que volvamos a vernos pronto.