Cosas que me pertenecen: una lista de veinticuatro textos, entre novelas, cuentos y antologías poéticas, que voy a tener que leer antes de noviembre... gracias, Literatura Española II.
Cosas que no me pertenecen: Los Juegos del Hambre. *suspiro* ¿Pueden creer que volví a pedir los derechos de regalo, ésta vez para Pascua, y en cambio recibí chocolate? En fin...
Capítulo Siete: De vuelta a casa
Regresar al Distrito 12 fue una especie de alivio. Aunque Archimedes no esperaba ansiosamente regresar a un lugar donde solía no haber luz eléctrica, había que calentar el agua sobre la cocina a carbón para bañarse y en el que era posible degustar entrañas de comadreja fritas, el Capitolio le parecía insoportable después del año de paz en el Distrito 12.
Su padre lo despidió (no en público, desde luego, sino la noche anterior) con la promesa de hacer lo posible por mejorar su situación. Su madre lo despidió con un fuerte abrazo, llanto de a litros y una decena de maletas con ropa y comida, porque era sabido que el Distrito 12 está habitado por unos salvajes que andan semidesnudos y comen todo crudo. Lo bastante sabio como para saber qué batallas están perdidas antes de pelearlas, Archimedes no la corrigió sino que le agradeció por todo y prometió no olvidarse de ella.
Sus hermanastros le dieron regalos, como correspondía hacer de acuerdo a las costumbres del Capitolio con las nuevas adiciones a la familia. Cicero le regaló tres juegos de naipes diferentes, con los que con ligeras variaciones podía jugar a casi cualquier juego de cartas habido y por haber. Cinna, que había oído a Archimedes narrando el terrible frío que hacía en el Distrito 12 en invierno, le regaló un magnífico abrigo gris oscuro, de corte sencillo y clásico, mucho más confortable que las ostentosas capas de piel del uniforme de los Agentes de la Paz. Annia, que estaba intentando convencer a sus padres de que se había enmendado y que era ahora una chica dulce y encantadora, le regaló una fotografía de la nueva familia ensamblada, colocada en un elaborado marco de madera decorado con florcitas y mariposas que ella misma había pintado. El verdadero regalo, le susurró Annia a Archimedes, estaba detrás de la fotografía, dentro del marco: una lista de los nombres y teléfonos de sus amigas, conocidas y compañeras de clases que estarían encantadas de presumir de haber salido con un Agente de la Paz.
Archimedes tuvo que corresponder los regalos con otros, de manera que Cicero recibió una ficha de póker con valor cien sextercios, que agradeció mucho.
Encontrar un buen regalo para Cinna fue bastante más complicado. El hombre era tan reservado y tan conservador en el vestir que Archimedes honestamente se rompió la cabeza largo y tendido buscando un regalo significativo. Oh, lo que se regalaba no podía ser algo común y corriente, eso sería visto como un insulto: tenía que ser algo significativo, importante. O al menos, caro.
La solución llegó de la manera más inesperada. Cinna tenía en su estudio, a modo de objeto decorativo, un pequeño brasero de hierro fundido, muy ornamentado, similar a los que en el Distrito 12 se usaban para mantener calientes los líquidos o para calentarse las manos o los pies. El joven sastre había comentado que había adquirido el brasero con la esperanza de adaptarlo para que funcionara con biocombustible, pero debido al diseño no había sido posible, y no había forma de conseguir carbón en el Capitolio.
Era una cuestión que Archimedes no se había planteado realmente: nadie en el Capitolio usaba carbón para calefaccionar y mucho menos para cocinar. La asfixia por dióxido de carbono era un peligro demasiado serio, al igual que los incendios causados por estufas y braseros desatendidos; además, el hollín del carbón ensuciaba demasiado para el gusto capitolino. El carbón extraído del Distrito 12 se usaba en los hogares de los Distritos, y para poner en marcha alguna máquina antigua y muchas veces reparada y reciclada en los Distritos.
Al menos Archimedes tenía el problema resuelto ahora, aunque cómo introducir una bolsa de carbón en el Capitolio era todavía una incógnita. Finalmente, Archimedes llamó a Darius y le pidió que le enviara una bolsa de lona con el paquete de carbón oculto entre los harapos más miserables y sucios que pudiera conseguir. Darius se revolcó de la risa ante la idea de alguien del Capitolio desenvolviendo un paquete de carbón de entre un montón de harapos, y Archimedes tampoco lo corrigió de pensar que era una broma.
Annia oficialmente fue a pasar un día con él fuera de la escuela, visitando un parque de atracciones; en realidad la chica recibió un puñado de dinero y tras prometer solemnemente que se encontrarían en ocho horas, los dos tomaron caminos diferentes por el resto del día. Annia adoraba por completo a su nuevo hermanastro, y Archimedes también le tenía cariño a la chica, ¡le recordaba tanto a como había sido él a esa edad!
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No del todo sorprendentemente, Cornelia no regresó al Distrito 12 con ellos. Durante su visita al Capitolio se había reencontrado con un antiguo amor de su adolescencia y en cuestión de días habían descubierto que eran almas gemelas. Los dos se habían casado mediante la fórmula del coemptio, lo que le daba cierta seriedad a la unión, y ella ahora estaba felizmente instalada en un trabajo de oficina.
Rufo escuchó la noticia con una expresión de envidia tan extrema que Archimedes casi esperaba que en cualquier momento la cara se le volviese verde. Archimedes, por su parte, sólo suspiró aliviado. No tener a Cornelia alrededor sería un cambio agradable; Purnia tendría bastante más paz y tranquilidad sin la maniática leguleya respirándole en la nuca.
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Comenzó un nuevo año en el Distrito 12 para el Agente de la Paz Archimedes Winter. Le quedaban diecinueve por delante.
Archimedes había quedado abreviado a Kim, había perdido la mayor parte de su acento capitolino, tenía las uñas sucias de carbón y su nuevo plato favorito era estofado de ardilla. Había apadrinado en cierta manera extraoficial al pequeño Daylan Winter, un vivaracho bebé que reía al ver venir a Kim.
Prácticamente toda la comida que su madre le había hecho llevar había acabado en el orfanato, excepto un par de cosas que comió él y una bolsa de golosinas que recibió Rory Hawthorne. Los niños y sus cuidadores necesitaban los alimentos más que él, y sin un refrigerador donde guardarla, la comida de todos modos se hubiese echado a perder rápidamente.
La mayor parte del contenido de las maletas de ropa, que con tan buena intención y tan mal criterio Cassie había empaquetado para su hijo, acabó en el Quemador, canjeada a lo largo de varias semanas por todo tipo de cosas, desde comida hasta una frazada de retazos y un almohadón. Aunque ridículas para estándares del Distrito 12, las prendas eran nuevas y de buena calidad. La gente opinaba que no era cuestión de despreciar un abrigo de gruesa tela de lana, acolchado con suaves fibras sintéticas y forrado de seda sólo porque susodicho abrigo era color amarillo canario. En todo caso, ése era un problema menor que un poco de tintura a base de plantas resolvía en cuestión de horas.
Era divertido reconocer en los diversos habitantes las ropas modificadas: los pantalones violeta eran ahora negros y alguien les había quitado las puntillas; la camisa turquesa con dibujos de pececitos era ahora azul y sólo se distinguían unas manchas abstractas más oscuras donde habían estado los peces; la larga bufanda roja con dibujos de flores amarillas había sido convertida en dos bufandas más cortas que usaban un par de hermanitas.
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Cuando llegaron los 72os. Juegos del Hambre, Archimedes alias "Kim" los recibió con cara seria y un nudo en el estómago. Había llegado a conocer bastante bien a los habitantes del lugar en el año y medio que llevaba ahí, y ver marchar a dos de los niños sabiendo que era muy poco posible que al menos uno de ellos regresara no se sentía nada bien.
Darius tenía su propio sistema para soportar los Juegos, consistente en poner cara seria cuando estaba en compañía de alguien más o cuando había cámaras de televisión presentes, y en aporrear una bolsa de tela rellena de arena sujeta a un poste en cuanto se quedaba solo. No era quizás el modo óptimo de hacer las cosas, pero le servía a él, y Archimedes descubrió que no era una mala manera para aliviar estrés.
Llegó el día de la Cosecha, temido y odiado a la vez. Abenarthy estaba borracho, como de costumbre en esa fecha; la escolta Effie Trinkett era la única que sonreía y lucía alegre en medio de un mar de caras apesadumbradas. Darius tenía las manos vendadas bajo los guantes del uniforme: se había dejado los nudillos en carne viva aporreando la improvisada bolsa de boxeo.
La señorita Trinkett se adelantó, sonriendo y disfrutando de su momentáneo estrellato, a sacar el nombre de la chica.
—¡Clivia Meryton!
Archimedes cerró los ojos un momento y apretó la mandíbula, forzándose a no emitir sonido. Conocía a la familia. Los Meryton eran una pareja conocida en todo el Distrito 12 por su asombrosa fertilidad. En veinticuatro años de matrimonio habían tenido veintiséis hijos (gemelas idénticas y dos veces trillizos entre ellos), veintitrés de los cuales aún vivían. En cierta manera, la gente opinaba que sólo era cuestión de tiempo para que le tocara a uno de los chicos Meryton ir a morir al Capitolio. Simplemente, eran tantos que a alguno le tenía que tocar.
Clivia Meryton se adelantó, temblando como una hoja pero sin derramar una lágrima, mientras la gente murmuraba su pesar. Y ya era el turno del chico.
—¡Donald Sturm!
Archimedes sintió como si lo hubiesen golpeado en medio del estómago y lo hubiesen dejado sin una gota de aire en los pulmones. Donald se adelantó a pasitos tambaleantes, el aturdimiento y la incredulidad patentes en cada rasgo, hasta pararse junto a Clivia.
Donald Sturm… era Donnie. El chico que había estado borracho, llorando por un amor perdido, y al que Archimedes había ayudado a llegar hasta su casa al principio de su estadía en el Distrito 12. El hijo de la boticaria. El chico que lo saludaba con respetuosa admiración cada vez que se encontraban…
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Si a Archimedes le quedaba algún cariño, respeto o admiración por los Juegos del Hambre, murieron junto con Donnie cuando el chico fue apuñalado treinta y cuatro veces mientras dormía.
Sus ya muertos sentimientos positivos por los Juegos fueron sepultados junto con Clivia cuando el cuerpo roto de la chica, que había sido empujada por la empinada ladera de una montaña y tenía tantos huesos rotos que los comentaristas del Capitolio se aburrieron de enumerarlos, fue devuelto al Distrito 12 para su funeral y posterior entierro.
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Aunque estaba total, completa y absolutamente prohibido para los Agentes de la Paz contraer matrimonio con un habitante de los Distritos, el concubinato era tolerado, aunque mal visto. Se suponía que los Agentes de la Paz constituían una especie de casta especial que no se rebajaba a unirse a los simplones hombres y mujeres que habitaban los Distritos.
Como todas las leyes, en el Distrito 12 la prohibición pesaba poco. Legalmente no había permiso para contraer matrimonio, pero cada cual vivía con quien se le antojaba y sólo las viejas beatas se consideraban con derecho de opinar. Como de todos modos el rito más reconocido entre la gente era el Tueste, más que el trámite civil de ir a firmar un papel al Edificio de Justicia, de todos modos el matrimonio civil tenía un estatus relativo. Era visto como necesario para que a la nueva pareja se le asignara una de las precarias viviendas que el Estado daba a sus súbditos, pero el verdadero peso emocional y social estaba en el Tueste.
Eso se lo había explicado Candy, una de las chicas trabajadoras como se definían ellas mismas. Darius las llamaba princesas del Quemador. El padre de Archimedes las habría llamado algo derogatorio e insultante, pero eso al joven Agente de la Paz le importaba poco.
Su relación con Candy (ése no era su nombre real, sino su "nombre de guerra", pero era suficiente) había comenzado como una transacción común y corriente. Archimedes le preguntó cuánto cobraba, ella le dio un precio, regatearon, se pusieron de acuerdo, él le pagó la mitad por adelantado, los dos se retiraron a una de las minúsculas habitaciones que había en el fondo del Quemador (en perpendicular de donde estaba el bar clandestino), pasada una hora él le pagó el resto, se despidieron y cada cual siguió su camino.
Eso había sido casi un año antes, por el tiempo en que Archimedes recién se enteró que el Quemador existía. Los dos se habían visto cada tanto, más o menos regularmente, durante el resto del período antes de que Archimedes tuviese vacaciones. Con el paso del tiempo, Archimedes pagaba puntualmente, y ya no regateaba el precio. Candy empezó a tácitamente esperarlo los días y en los horarios en que él solía aparecer por allí, y cuando Archimedes dejó de regatear, ella puso el precio que solían acordar.
Al cabo de un tiempo, dejó de tratarse sólo de sexo, aunque seguía habiendo mucho de eso. En una ocasión en que Archimedes había estado sintiéndose particularmente miserable debido a un caso en que había tenido de intervenir (un incendio había destruido una vivienda y matado a los habitantes, una pareja de ancianos que vivía allí con sus tres pequeñas nietas), Candy le había ayudado.
—Esto no va a resultar si estás tan tenso —le dijo frunciendo el ceño—. Ven. Voy a darte un masaje que te va a dejar flojo y relajado como un trapo de cocina.
El masaje lo dejó relajado, quizás no tan flojo como un trapo de cocina, pero suficiente para un ser humano. Cuando estaba bastante más tranquilo, ella se atrevió a preguntarle, y Archimedes acabó volcándole su corazón. Sobre la anciana que no habían podido salvar, a la que le había caído encima parte del techo. La niña con el cuerpo tan quemado que la sanadora Everdeen no pudo hacer nada, y que murió unas horas después del resto de su familia, entre terribles dolores. El anciano que había conseguido salir, pero regresó a buscar a su esposa y sus nietas, y no había conseguido escapar una segunda vez. Las dos pequeñas que habían muerto carbonizadas, donde sólo habían podido reconocer cuál de ellas era cuál por el tamaño…
—Eres un tipo raro —opinó Candy, sin dejar de masajearlo—. A la mayoría de los Agentes de la Paz no les importa tanto la gente. Menos a los Agentes de la Paz que vienen del Capitolio.
—¿Gracias? —medio sonrió Archimedes, con una mueca que tenía algo de dolorosa.
—En serio. Eres de los pocos que va a durar —profetizó Candy—. La mayoría de los capitolinos piden el traslado anticipado, o renuncian. Pero en tu caso… eres un tipo raro. En el buen sentido, pero raro.
Archimedes sólo sonrió y cerró los ojos. Era el elogio más insólito que le habían hecho nunca, pero a la vez uno de los mejores.
En otra ocasión, Archimedes fue a 'visitar' a Candy sólo para encontrarse con que la chica tenía un ojo en compota y cantidad de moretones en los brazos y la cara. Un cliente malhumorado había descargado su frustración en el cuerpo de la muchacha.
—No es nada —se encogió ella de hombros, antes de esbozar una sonrisa maliciosa—. Deberías haber visto cómo quedó él.
Archimedes se negó a minimizar las heridas. En cambio, llevó (casi arrastró) a la chica a ver a la sanadora Everdeen, que le preparó unas cremas para ayudar a la cicatrización y una mezcla especial de hierbas y compresas de agua fría para desinflamar los golpes. Pese a las protestas de Candy, los chillidos y casi pataleos, Archimedes le pagó a la sanadora de su bolsillo.
—¡No soy algún tipo de chiquilla malcriada del Capitolio que necesita que vayas a rescatarla…! —siseó Candy, furiosa.
—No, eres una chica herida que necesita que la cuiden —corrigió Archimedes—. Pero yo no sé ni cómo vendar un raspón en el dedo, de manera que hago lo más inteligente: contratar a alguien que sepa qué hacer.
La hija menor de la sanadora Everdeen, una niña rubia de diez años llamada Primrose que mezclaba hierbas curativas con la naturalidad de alguien que lo había hecho durante toda la vida, no pudo evitar una risita.
—Los raspones en los dedos no se vendan, señor Archimedes —lo corrigió la niña, con una sonrisa amable—. Se desinfectan con agua hervida y unas gotas de extracto de hierba de la sangre.
—Lo dicho: dejo el tema en manos de quienes saben qué hay que hacer —confirmó Archimedes, señalando con un gesto de la mano a Primrose, que se sonrojó de satisfacción.
A regañadientes, Candy aceptó los cuidados, aunque se negó a aceptar la paga que Archimedes le ofrecía si no iba a pasar nada entre ellos. El Agente de la Paz no tuvo más remedio que aceptar que la joven tenía un cierto sentido del orgullo y lo dejó pasar.
Al regresar de sus vacaciones en el Capitolio, Archimedes reservó para Candy un tapado de piel sintética azul que su madre le había empaquetado y que él no pensaba usar en el Distrito 12 ni aunque la opción fuese andar desnudo, y se lo regaló a su 'amiga'. Tras aclararle que no pretendía un descuento ni un canje, y que sólo se lo había regalado porque le pareció algo que a ella podría venirle bien, Candy lo aceptó, aún confundida por que el regalo fuese eso y nada más que eso, un regalo.
Un par de semanas más tarde, Archimedes estaba volviendo a vestirse cuando Candy le alcanzó una botellita con un encogimiento de hombros, diciendo que pensaba que podría gustarle. La poco aparente botella contenía un estupendo jerez que Archimedes saboreó en pequeñas copas, haciéndolo durar un largo tiempo. Él no sabía de dónde lo había obtenido ella, y sabía que no sería apropiado preguntar.
Al contrario que otros habitantes del Distrito, Candy optó por dejar el tapado de piel del color azul original. No sólo eso, sino que lo usaba para ir a trabajar al Quemador. Lo que hubiese debido ser chocante en un ambiente como ése se convirtió en su signo, su emblema. La gente comenzó a llamarla Blue Candy, algo que ella aceptaba con una sonrisa complacida.
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Pasados los Juegos, llegó el invierno una vez más. Nuevamente fue frío, pero mucho menos duro que el año pasado, y al menos este año las vías no fueron bloqueadas por la nieve. De hecho, apenas si nevó ese año, algo que tampoco estaba tan mal.
Pasó el invierno. Augustus Fireberry, alias Gus, un viejo y cómodo Agente de la Paz, se jubiló por fin y regresó a vivir al Capitolio. Antes de partir repartió la mayor parte de cuanto tenía entre los Agentes de la Paz que se quedaban en el Distrito 12; Archimedes heredó una gruesa alfombra hecha de retazos. Él siempre había tratado a Gus con respeto, llamándolo "señor", y eso evidentemente complacía al otro hombre.
Llegó el Tour de la Victoria, y pasó sin pena ni gloria. La recepción fue tan modesta como había sido el año anterior, sólo que esta vez el Vencedor se emborrachó en lugar de atiborrarse hasta vomitar.
Una vez más, llegaron las vacaciones. Archimedes empezó a averiguar si no podía pasarlas en el Distrito 12, donde ya se sentía mucho más en casa que en el Capitolio, sólo para enterarse que no, que estaba obligado bajo pena de perder su rango y su puesto a reportarse en el Capitolio. De manera que, suspirando y a regañadientes, Archimedes volvió a embarcarse en el tren junto con Rufo, que lo ignoraba con fría profesionalidad.
Las vacaciones pasaron sin demasiadas novedades. Cassie, su mamá, aún estaba casada con el mismo hombre que el año pasado, pero el matrimonio había perdido la novedad y comenzaba a dar muestras de estar queriendo acabar aún antes de los tres años que ese tipo de uniones duraban legalmente. Sus amigos se habían convertido oficialmente en algo así como examigos, que ya ni siquiera lo saludaban al cruzárselo en la calle.
En cuanto a sus hermanastros, Cicero de momento estaba prófugo. Una serie de partidas mal jugadas, o sólo contra jugadores más hábiles que él, lo habían dejado en la más completa bancarrota, además de debiendo sumas de múltiples dígitos. El plan de Cicero era desaparecer por un tiempo, volver a ganar el dinero necesario para pagar las deudas y volver a la legalidad cuando su cabeza dejara de tener precio.
Cinna seguía trabajando en la boutique creando todo tipo de ropas, pero estaba pensando en independizarse y poner un local por su cuenta. Su jefe, intuyendo esto, le había ofrecido un contrato exclusivo de quince años por una suma astronómica, todo con tal que Cinna siguiera trabajando para él en vez de convertirse en competencia. Cinna no había firmado todavía, indeciso.
Annia había logrado lo que tres generaciones de niñas y jovencitas recluidas en la escuela de internado a la que la habían desterrado no habían conseguido: evadirse. Lo interesante fue que no lo había hecho escalando una pared, escabulléndose entre unos arbustos, o descolgándose por una serie de sábanas anudadas a través de la ventana de su cuarto. Oh, no, Annia tenía clase para escapar: había seducido a un profesor serio, casado y treinta años mayor que ella, junto al cual se había fugado. Hasta el momento los detectives privados contratados por los padres de la chica no habían encontrado a la pareja de fugitivos, que llevaba quince días desaparecida del mapa.
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Considerando todo, la visita de Archimedes al Capitolio no fue del todo terrible. Estaba haciendo realmente buenas migas con Cinna, alguien que para ser tan callado la mayor parte del tiempo podía ser insaciablemente curioso cuando un tema lo apasionaba lo suficiente, y de momento la vida en el Distrito 12 lo tenía fascinado. Archimedes se quedaba casi ronco de tanto hablar sobre el Quemador, la sopa misteriosa de la anciana Sae, los dos jóvenes cazadores furtivos y la vez que atraparon un ciervo, sobre que la sanadora Everdeen que podía exprimir el pus de un absceso sin que se le moviera un pelo pero chillaba al ver una araña, sobre Abenarthy y lo peligroso que era despertarlo de una resaca porque el viejo Vencedor dormía con un cuchillo en la mano y su primera reacción era dar estocadas, las mil recetas increíbles para aprovechar el pan viejo y los secretos sobre cómo debía prepararse la carne de ardilla en oposición a la de liebre, las memorables borracheras de Cray (sobre todo aquella mañana en que lo encontraron tirado en la plaza, vestido sólo con calzoncillos y la capa de piel del uniforme, roncando en medio de un charco de su propia baba)…
Cinna lo escuchaba durante horas, haciendo preguntas de vez en cuando, pero la mayor parte del tiempo sólo escuchando con suma atención mientras trabajaba.
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