NdA: duuuudes, mañana voy a editar varios capítulos porque gracias a mi beta me he dado cuenta de que en ocasiones se me ha ido la pinza y he escrito vóley con tilde en la E. Así, porque yo lo valgo. Y cuando no me he inventado tildes, he dicho que en Pokémon Go hay equipo verde -JAJAJA en mi cabeza tenía sentido- o que Iwaizumi coge el inalámbrico y dos párrafos después cuelga el teléfono FIJO.
Con lo cual, como no puedo copiar y pegar las notas desde FF, se van a borrar unu
Yyy os aviso de que la cita de estos dos toca el próximo viernes C: sé que muchos os habíais hecho a la idea de que era para hoy, así que lo siento un montón, pero vais a tener que esperar un poquito más. Espero que valga la pena nun
Vll.
Tiene que ser una broma pesada. Lo de Kyoutani y Yahaba no. Eso todavía tiene un pase. Uno muy random y que le rompe el cerebro solo de tratar de buscarle la coherencia, pero un pase. Iwaizumi cree que es muy pronto para decir que se alegra por ellos, pero si son capaces de pasar seis meses sin apuñalarse con un machete, los tomará como referencia cuando piense en relaciones estables, puede que incluso por encima de Obama y su esposa o de Miley Cyrus y el twerking.
Pero lo otro tiene que ser una tomadura de pelo. Una de las gordas. Probablemente orquestada por Makki o por Mattsun, o lo que es potencialmente mucho peor y peligroso: por los dos; como una colaboración de Pitbull con Juan Magán. Y francamente, por más que intenta encontrarle sentido a todo ese numerito del gilipollas de Oikawa, Iwaizumi no es capaz de discernir por qué tiene que ser justo hoy cuando a esos tres descerebrados les da la neura de llevarlo a cabo.
¿Una respuesta emocional a la presión que ejerce el encuentro con el Karasuno sobre él? Puede ser. Es otra opción. Oikawa no sabe manejar las expectativas que tiene de cara a ese partido y recurre a él para descargar como una nube llena de agua y electricidad, en una especie de máxima a lo "si yo no estoy tranquilo, nadie lo está", buscando consuelo en el malestar colectivo. No sería la primera vez que lo hace. La personalidad de Oikawa se compone en su mayoría de talento y piel de cordero, aderezado todo con unas gotas de sadismo. Es el tío más –encantadoramente– estrafalario y –alarmante y cautivadoramente– enfermizo que Iwaizumi se ha echado en cara jamás.
Oikawa no puede estar hablando en serio.
No puede, ¿no? De… de ellos. De ellos besándose. A Iwaizumi todavía le pican sus dientes y sus labios cerca de la rodilla. Oikawa le había mordido. Como esos gatos a los que uno acaricia cerca de la cola, y con los que cree haber llegado a un acuerdo tácito de convivencia, hasta que se ponen a ronronear como un motor, y parece que hay buena sintonía entre ambos, pero de repente se les cruzan los cables y te hunden los colmillos en la mano.
Iwaizumi lo conoce desde que usaban babero. Ha pasado de niño a adolescente con Oikawa a su lado, dando estirones erráticos, con sus camisetas flúor con capucha y su fascinación por Agallas: el perro cobarde, y de adolescente a adulto, y creía que podía anticiparse a él, como cuando leyó la furia en sus ojos y supo que quería partirle la cara a Kageyama, y lo contuvo. Así mil veces. Así que esto no puede obedecer a un patrón lógico, porque Iwaizumi lo habría visto. Lo habría descifrado. Tiene que ser otra de sus coñas marineras.
¿Y qué es eso de que Iwaizumi no sabe besar? Un ultraje. Quizá no tiene mucho currículum pero eh, no es un mejillón. Definitivamente no es un maldito mejillón. Maldito Oikawa. Seguro que piensa que Iwaizumi ha aprendido a darse el lote besando envases de yogur o lamiéndose la cara interna del codo. Se cree el Puto Amo del Beso por la Universidad de Oxford –y probablemente lo sea–. Si Iwaizumi no lo respetase, podría llevarse una sorpresa. Pero lo respeta. Lo respeta más que al creador de Godzilla, y no va a dejarse liar. No va a hacer ninguna tontería impulsiva movido por sus chantajes emocionales.
Que lleva una semana y pico pensando en cómo abordar el tema, dice, el muy desgraciado. Una puta semana. Y a él que le jodan, ¿no? ¿Qué son cuatro años al lado de la semana que Su Majestad lleva rumiando lo que sea que esté rumiando?
Con razón ha estado orbitando a su alrededor de esa manera tan desproporcionada. Toquecito por aquí, paparruchas sobre Kindaichi (¿Kindaichi? ¿EN SERIO?) por allá, ahora te hago una caída de ojos, ahora invado tu espacio personal, me la suda que lleves casi media década enamorado de mí, Iwa-chan, porque resulta que tengo ganas de jugar a la ambigüedad contigo y llevo UNA SEMANA de mierda queriendo dar el espectáculo delante de todo el puto equipo.
Y ayer. Ayer casi lo pilla. Cuando se empeñó en que Iwaizumi le acariciara el pelo y le asestó el golpe más bajo de entre todos los golpes bajos con su "quiero que me toques" y su subsiguiente abrazo de boa constrictor, e Iwaizumi todavía da gracias al cielo porque Oikawa no notase cómo lo dejó con esas dos chorradas. Estuvo tan jodidamente cerca. Si Oikawa lo hubiese agarrado por las caderas podría haberla notado. La presión. Contra su pecho o su antebrazo, y lo habría captado tan rápido que no habría hecho ni una sola de esas preguntas relacionadas con el motivo por el que Iwaizumi estaba usando la mano izquierda para revolverle el pelo siendo diestro.
Porque no quiero tocarte con la mano con la que me estiro la piel hasta dejarla casi morada pensando en lo fiel y lo imbécil y lo bueno y lo guapo que eres. Porque no te mereces eso.
Iwaizumi no lo mira a la cara durante todo el entrenamiento, y tampoco cuando emprenden el camino hasta el gimnasio que han alquilado, porque si Iwaizumi lo mira a la cara se encuentra con su expresión contrariada, y sus ojos hechos de Twix batido con doble de galleta y sus pestañas largas como inviernos, y quiere pegarle un puñetazo y comerle la boca.
Dan con Irihata y Mizoguchi a mitad de trayecto, en la cafetería en la que les habían dicho que irían a tomarse un café antes del encuentro. Iwaizumi no se lo pensó dos veces cuando Oikawa sugirió hacerlos partícipes de su venganza particular. Ellos también habían paladeado el sabor del fracaso inesperado, y se merecían estar presentes más que nadie.
–Qué grandes estáis los graduados –los saluda Irihata con jocosidad.
–Estos críos de hoy en día... no paráis de crecer –sonríe Mizoguchi, e Iwaizumi se permite buscar a Mattsun y a Makki para compartir un pequeño asentimiento.
El gimnasio tiene dos portones enormes, y cuando entran por el que les queda más cerca constatan que los del Karasuno ya están dentro, porque el escándalo que tenían montado segundos antes se oye desde fuera sin necesidad de aguzar mucho el oído. A Iwaizumi le habría gustado llegar primero, pero ya no se puede hacer nada.
En cuanto sus rivales los ven, se forma un silencio espeso y lleno de competitividad, solo roto por un murmullo queda de Hinata que suena a "el Gran Rey". El chaval ha crecido un poco, pero sus facciones siguen siendo aniñadas y supura ansias de superación igual que la última vez que Iwaizumi lo vio.
Junto a él, casi como una prolongación de su ser, Kageyama se erige más alto y taciturno que nunca.
Es como ser observados por una auténtica bandada de cuervos, todos ataviados de negro, esperando un paso en falso para lanzarse a picotearlos. A juzgar por cómo Kageyama entorna la mirada oscura y azul en un punto fijo tras él, Iwaizumi supone que Oikawa y él ya se han visto. Se da la vuelta y efectivamente, el muy idiota tiene la barbilla levantada y una sonrisa tirante que asustaría al miedo.
–Eh –Iwaizumi chasquea los dedos a la altura de su rostro, porque a Oikawa hay pocas cosas que lo devuelvan a un plano consciente cuando se obceca con Kageyama. Es como ponerle una zanahoria a un burro entre los ojos y pretender que preste atención a algo más–, nada de bullying, ¿entendido? Esta vez estoy bastante caliente contigo, así que no me provoques.
–Entendido.
El entrenador con gafas del Karasuno decide romper el hielo y acercarse a Mizoguchi y a Irihata, seguido de cerca por Ukai, a quien Iwaizumi no recordaba con tantos piercings.
Opta por poner de su parte y establecer un puente de contacto yendo a saludar a Sugawara y a Daichi. Es raro volverlos a ver vestir el negro. Casi tanto como dejarse envolver de nuevo por el blanco y el turquesa. La equipación a Iwaizumi le queda un poco más corta que hace unos meses; un poco justa en los antebrazos, pero le sigue valiendo. Yahaba se negó terminantemente a hacer gala de su nueva camiseta, adornada con un esplendoroso número uno, así que todos llevan el mismo uniforme que antaño, y a Iwaizumi le basta hacer un rápido repaso por las filas del Karasuno para comprender que ellos también se han puesto de acuerdo en desempeñar los mismos roles que ocuparon durante su último enfrentamiento.
Le resulta extraña, la certeza de que Kindaichi y compañía volverán a luchar contra ellos en partidos oficiales, mientras que a él y a Oikawa ahora solo les queda esto.
–Hola, Iwaizumi –lo recibe Daichi. Parece francamente contento de verlo, y eso contribuye a que el desconcierto que le ha ocasionado Oikawa disminuya y a que se le pase la oleada de nostalgia–. Gracias por venir.
–Gracias a vosotros.
Corresponde el "ey" de Sugawara y dos sujetos se aproximan hacia ellos. Uno es considerablemente bajito, enjuto y tiene una especie de mecha californiana de lo más fortuita en medio del pelo castaño, como si alguien hubiera plantado una pepita de girasol para que floreciese en mitad de un cultivo de batatas. Porta un conjunto naranja que da todo el cante, lo cual sumado a los moretones amarillentos y violáceos en los brazos y las piernas delatan su condición de líbero. Iwaizumi lo identifica como Noya. El tío que lo acompaña va rapado al uno y tiene un jeto de mafioso bastante chungo, e Iwaizumi reflexiona acerca de si habrá alguna ley no escrita en el vóley relativa a la integración de calvorotas, porque pone la mano en el fuego a que hay por lo menos uno en cada equipo de la prefectura.
–Oye, oye –berrea Tanaka–, no os iréis a compinchar con vuestro nuevo compi, ¿no?
–Eso, eso, no me seáis cambiacapas –bufa Noya.
–Vosotros dos –gruñen Daichi y otro chico pálido y de rasgos intransigentes al unísono. Ambos se piden disculpas con la mirada.
–Perdona, Ennoshita –dice Daichi, rascándose la nuca–, es la costumbre.
–Para nada, nos viene bien un poco de disciplina complementaria, ¿verdad? –insiste el tal Ennoshita en un tono sombrío, cogiendo a Tanaka y a Noya de las orejas–. Entre este par y los de segundo van a acabar conmigo.
–¡Eh, Kageyama, deja de jugar con el Gran Rey! –oye Iwaizumi, a unos metros de su posición–. ¡Que yo también estoy aquí!
–¡¿Te parece a ti que estoy jugando, idiota?!
En cuanto se vuelven, Iwaizumi tarda poco en comprender el panorama. Al parecer, Oikawa se las ha ingeniado para que Kageyama pase los brazos por dos de los huecos de la red que divide la cancha, y ahora se los está enredando con el resto de cordeles.
–¿Cómo lo prefieres, Tobio? –se jacta Oikawa–. ¿Nudo en ocho o nudo franciscano?
–Ya estaba tardando –suspira Iwaizumi, derrotado. Va a tener que tomarse una Aspirina antes de jugar.
Calcula la distancia que subyace entre Oikawa y él. El ángulo no es malo. Sacude un poco los hombros y bota el balón de voléy dos veces contra el parqué. Noya, Tanaka, Ennoshita, Sugawara y Daichi lo miran con curiosidad.
–¿Iwaizumi? –pregunta Sugawara, pero él ya ha cogido carrerilla hasta la red. Entre la nota que está dando Oikawa y la atención que le están prestando los cinco miembros del Karasuno, todos los ojos están posados sobre ellos.
–Tú –gruñe Iwaizumi, saltando por detrás de Kageyama y Hinata. Tira el balón hacia arriba–. ¿No te he dicho –le da con toda la mala leche que lleva acumulando desde que se levantó esa mañana– que te estés quietecito? –la pelota impacta en la frente de Oikawa, con tanta fuerza que lo hace perder el equilibrio–. ¿Es que hablo en mandarín o qué?
Espatarrado en el suelo, Oikawa pone su mejor puchero.
–Solo estábamos hablando, Iwa-chan.
–¿Y lo de los nudos?
–Me gusta compartir mi conocimiento desmedido con la plebe. Forma parte de mi carácter altruista, aunque como eres tan ruin y tan egoísta es posible que no tengas la empatía suficiente para entenderlo.
–¿Te crees que me he caído de un guindo? –le espeta Iwaizumi–. Anda, tira a practicar saques con Kunimi. Basurikawa.
–¡Pero no me insultes!
–BA-SU-RI-KA-WA.
–¿Por qué eres tan cruel conmigo, Iwa-chan? ¿Tanta rabia te da que sea como un millón de veces más guapo que tú?
–Señor, llévame pronto.
–¿Es porque las chicas comparan mis ojos con las avellanas en primavera y los tuyos son de ese color tan raro y tan indeterminado que nadie sabe describir y eso te frustra vitalmente?
Iwaizumi les hace un gesto con la cabeza a Mattsun y a Makki para que se ocupen de él, porque sinceramente, ni aunque llegara a la Selección japonesa y cobrase la millonada que cobran sus integrantes podría decir que le pagan lo suficiente para aguantar a Oikawa.
–Eso –susurra Hinata, que lo sigue hasta donde están Daichi y Sugawara–, eso ha sido una pasada.
Watari y Kindaichi parecen pensar lo mismo, a juzgar por la emoción contenida de sus caras.
–Gracias –musita Iwaizumi, procurando no sonar muy pagado de sí mismo.
–Qué tío –silba Noya.
–Me voy con los míos –les anuncia Iwaizumi a sus compañeros de la Tohoku–. Que gane el mejor.
–Que gane el mejor –corroboran Daichi y Sugawara con sendas sonrisas.
La mánager rubia del Karasuno profiere un gritito y se esconde detrás de la de gafas en cuanto Iwaizumi pasa por su lado para volver con los del Aoba Johsai.
Kyoutani y Yahaba se han apartado un poco del grueso del equipo. Observan al enemigo con detenimiento, de brazos cruzados, haciendo muecas contemplativas y hablando en voz baja. Llega un punto en el que acaban girando el cuerpo hacia el otro, debatiendo estrategias casi en susurros. E Iwaizumi querría no mirarlos. Querría que le resultase incómoda; la forma que tiene Yahaba de colocarle a Kyoutani el cuello de la camisa, un poco brusco, un poco como esos recién casados que preparan tostadas con café por la mañana y se detienen en medio de la cocina para besarse y flotar, felices de haberse encontrado. Pero Iwaizumi no puede. No puede porque esos dos encajan juntos, y no es que pueda explicar por qué de repente tiene la certeza de que todo funciona entre ellos, pero seguramente tiene algo que ver con cómo Kyoutani dice sí, creo que tienes razón, o con la manera de la que sonríe casi contra su voluntad cuando Yahaba le besa los nudillos dos veces, con cuidado, antes de dirigirse al resto del equipo.
–Ahora siempre hacen eso –comenta Kunimi, estirando a su lado. Parece adivinar lo que Iwaizumi está pensando–. Si a alguno se le ocurre cualquier cosa relacionada con nuestro juego se la cuenta al otro, y lo discuten antes de contárnoslo a los demás. Es asqueroso –sonríe, alzando la voz para asegurarse de que tanto Yahaba como Kyoutani lo están escuchando.
–A mí me parece bonito –musita Oikawa, pasando junto a ellos con sendos balones bajo los brazos.
–Porque eres un moñas –gruñe Iwaizumi, quitándole uno para ensayar recepciones con Kindaichi–. ¿Llorar con el final de Titanic? Te lo puedo perdonar. Pero llorar cuando se muere la vieja de Up es de blandengues.
–Tú lloras siempre que matan a King Kong.
–Porque soy un hombre. Tú eres Myrtle la Llorona, pero en más feo.
–Eres tan cruel, Iwa-chan.
No debería estar bromeando con él tan pronto. Iwaizumi quiere que el cabreo le dure un poco más, por cuestiones de orgullo, pero Oikawa le da un puñetazo flojísimo en el brazo y le dice habrá que quererme igual, ¿no?, e Iwaizumi le devuelve el gesto con menos fuerza todavía, al son de un qué remedio que es casi un suspiro.
Te quiero, eres idiota, qué remedio. Te quiero demasiado.
Iwaizumi termina de vendarse los dedos y comprueba que el resto tiene colocadas las protecciones en las rodillas. Y los codos, en el caso de Watari.
–Bueno –carraspea Iwaizumi al llegar hasta ellos–, haz lo tuyo, Oikawa.
Oikawa finge que sigue dolido con él por el balonazo, pero los reúne a todos mientras se ajusta las rodilleras, repasando en voz alta las claves de las jugadas que han estado comentando por Line y que han practicado tanto por separado como juntos hace un rato. Iwaizumi nunca había visto a los chicos así. Incluso Kunimi, que es el más templado con diferencia de todos ellos, parece inquieto y ejecuta más movimientos de los necesarios en los últimos minutos del calentamiento.
Son como una manada de lobos a los que les han prometido luna llena, y gimotean en el silencio del valle, ansiosos por arañarla y marcarla con los colmillos para que el resto de animales sepan que les pertenece.
–Y recordad –termina Oikawa, una vez que el árbitro al que han contratado toca el silbato para que los equipos se coloquen y se deseen buena suerte–; confío en vosotros. En todos –la curva de su sonrisa se alinea con sus ojos y forma una constelación estelar, poderosa y serena. El efecto es instantáneo. Iwaizumi lo percibe a su alrededor, y también en sí mismo. Los hombros se relajan. Las bocas dejan de estrecharse en líneas finas y tensas. Los dedos ya no están crispados y el sudor se enfría y lame la piel como si fuera medicina. Los latidos vuelven a un ritmo sano y abandonan la taquicardia, y todos, desde Kyoutani hasta Mattsun, todos adquieren una seguridad aplastante. Menos mal que Oikawa es una promesa del vóley y no Capitán General de los ejércitos en la Casa Blanca, porque Iwaizumi iría a Vietnam si Oikawa se lo pidiera con esa cara–. Vamos a gobernar la cancha.
Se cogen de los hombros en un círculo, rugen su grito de guerra y Oikawa le aprieta la muñeca un momento para sonreírle "a por ellos, Iwa-chan", y todo está bien.
Piden cara y el Karasuno pide cruz, e Iwaizumi no se desanima ni un ápice en cuanto la moneda cae y les toca sacar a sus rivales.
–¡Buen saque, Tsukishima! –exclaman Sugawara y Ennoshita desde el banquillo.
–¡Tú puedes, Tsukki! –tercia Yamaguchi entre ellos.
Normalmente, Oikawa y él llaman a ese tío que va a hacer el servicio "el rubito de las gafas" o el "Miércoles Addams versión Tercer Reich" –comparativo cortesía de Oikawa–, pero aunque ninguno esté muy dispuesto a admitirlo, Iwaizumi sabe que Oikawa lo tiene fichadísimo. Y él también. Es el tío que fue capaz de pararle los pies al armario de cuatro puertas que es Ushijima, después de todo. Como para no tenerle un marcaje a Tsukishima Ya-Voy-Por-Los-Dos-Metros Kei.
Iwaizumi a veces trata de engañarse diciéndose que no se sabe sus nombres, y de verdad que intenta pensar en ellos ayudándose de sus características físicas, pero entre lo que les gusta hablar a Daichi y a Sugawara de sus ex–compañeros, como si fueran el Premio Anual a padres orgullosos de Miyagi, lo que a Iwaizumi le gusta escucharles y lo que secretamente disfruta espiando sus Facebooks y Snapchats con Oikawa anotando datos importantes sobre sus fortalezas físicas y su estilo de juego, además de soltar algún que otro comentario envenenado sobre sus rasgos faciales –bastante graciosos, si Iwaizumi es sincero consigo mismo–, con todo eso, no vale la pena hacer como que desconoce sus identidades a estas alturas.
Con Yamaguchi también hay que tener un cuidado de la hostia, porque está visto que muchas pecas y mucho Tsukki y mucha cara de mosquita muerta y todo lo que tú quieras, pero el tío las mata callando, y esta vez él y sus saques imprevisibles no los van a coger con los pantalones bajados.
Eso segurísimo.
El servicio de Tsukishima dibuja un arco moribundo sobre la mitad de la cancha del Karasuno, e Iwaizumi cree por un momento que la pelota va a caer justo al pasar la red, pero para su sorpresa sigue en el aire hasta bien entrada en el campo del Aoba Johsai.
–¡Mía! –grita Makki, que se lanza hacia adelante y logra levantarla–. ¡Oikawa!
Pero ni falta hace que lo llame. Oikawa ya ha subido por el terreno de juego, todo zancadas y eficiencia, y está tomando posición para colocar la bola. Iwaizumi mira a Kyoutani, con el interrogante en los ojos.
¿Para ti o para mí?
No obstante, dan con la respuesta enseguida, porque Oikawa mira de refilón a Iwaizumi, y solo basta eso para que Kyoutani asienta e Iwaizumi se prepare para saltar. La adrenalina le bulle a toda pastilla por las venas. Oikawa quiere que sea Iwaizumi quien anote el primer punto. Y eso no debería significar tanto para él, pero a Iwaizumi le parece canela en rama envuelta en seda malva; un regalo sin precedentes, y no va a desperdiciarlo.
Esta vez tiene que salirle bien. Tiene que conseguirlo.
A Oikawa tuvieron que ponerle como mil parches musculares rosas y azules del batacazo que se metió tratando de colocarle la pelota durante el último partido contra el Karasuno. Es el momento de compensarle su sacrificio; el que hizo ese día y el que ha hecho durante todos estos meses, matándose a entrenar moderadamente, si es que esos términos son compatibles entre sí.
–¡Cuidado con el cuatro! –oye exclamar a Kageyama al otro lado.
Sus dotes de observación han aumentado de una forma escalofriante. Oikawa y él apenas han establecido contacto visual, pero Kageyama se ha dado cuenta de lo que planean hacer.
Puede conseguirlo. Están defendiendo Kageyama, Hinata y Tanaka. No tienen una altura excesiva para bloquear, a pesar de que los tres han crecido. Puede rebasarlos. Puede hacerlo. Vigila dónde está Daichi. Dónde está el líbero. La bola le llega desde atrás. Coge impulso. Tiene la cara de Hinata a pocos centímetros, en paralelo a la suya.
De repente, recuerda una jugada suya que se hizo bastante viral en el mundillo del vóley de instituto. Iwaizumi ha practicado el movimiento, que no es muy su estilo, pero precisamente por eso podría funcionar, porque duda que se lo esperen.
Relaja el brazo en el último segundo, dándole a la pelota apenas un toque firme con los dedos. Pasa por encima de las manos extendidas de los tres miembros del Karasuno. Los rostros frente a él se descolocan ipso facto. Hinata musita "eso es..." con la voz tomada. Noya se tira en plancha para tratar de detener la caída del balón azul, amarillo y blanco, y Daichi hace lo propio.
Una finta.
Ninguno de los dos llega a tiempo.
–¡Iwaizumiiiiiiiiiiiiiiii! –ruge Makki, triunfalmente.
La pelota todavía está botando sobre la madera, e Iwaizumi sabe que es un poco patético que se alegren tanto solo por el primer punto, pero se deja zarandear por Makki y por Oikawa, y sonríe cuando Watari le palmea la espalda con energía. Kyoutani tiene un brillo de orgullo en los ojos pequeños y usualmente amenazantes, y Kindaichi lo mira como si fuera Jesucristo en patineta.
–¿Una finta, en serio? –sonríe Makki.
–Una finta –confirma Iwaizumi. Siente el rubor extenderse por la parte alta de sus mejillas.
–¡Pulgarcito! –llama Oikawa–. ¡Parece que tienes un fan!
Si Hinata parecía un poco mustio porque les hubieran marcado el primer tanto segundos atrás, ahora se le ilumina la cara. Parece un árbol de Navidad. Uno pequeño y naranja. Iwaizumi lo oye parlotear "¿has visto, Kageyama? ¡Me ha imitado un universitario!" y escucha a Kageyama suspirar "ojalá imitase tus recepciones, porque entonces ganaríamos de cajón" y a Hinata responder "¡mis recepciones han mejorado un montón!" con indignación.
–Iwa-chan –Iwaizumi lo mira. Oikawa está tan contento que es como si se hubiera ganado una medalla anhelada–. Esto es solo el principio.
Extiende el puño. Iwaizumi se lo choca sin dudar.
–Claro que sí.
Pierden el primer set a pesar de haber empezado con buen pie, pero ganan el segundo. Yahaba y Oikawa se compaginan a la perfección a la hora de idear los contraataques cuando se reúnen en torno al banquillo, aunque es evidente que la agudeza de Oikawa no ha hecho más que afinarse, crecer y despuntar hasta lo más alto durante los últimos meses. A pesar de su notoria superioridad, ni él alardea ni Yahaba da signos de sentirse acomplejado.
Las disputas son reñidas y largas. Están ante los campeones nacionales, a fin de cuentas. Iwaizumi procura no pensar mucho en ello. Ni como excusa para amedrentarse ni como consuelo cuando fallan una jugada.
Una de las cosas que más problemas les da es esa técnica conjunta del demonio en la que todos los rematadores se mueven a la vez.
El ataque de Kageyama y Hinata, por otra parte, es prácticamente implacable. Iwaizumi lleva todos los remates del último intentando seguir la trayectoria de la mirada del segundo, tal y como ensayaron Oikawa y él, pero le cuesta horrores, porque es como si Hinata vislumbrara el recorrido perfecto, el camino en el que se minimizan los obstáculos, sea cual sea el bloqueo que tenga delante, incluso en esas ocasiones en las que Iwaizumi apuesta que va a marcarse un farol, porque es imposible que la pelota pase justo por donde Hinata está mirando.
Pero siempre lo hace.
Oikawa, sin embargo, no se deja llevar por las reglas de la lógica, y aunque el bloqueo no logre retener los tiros de Hinata, Oikawa cada vez llega con más facilidad hacia ellos. Está aprendiendo a calcular no solo la dirección hacia la que apunta Hinata, sino la desviación que sufre su remate al contacto con los dedos de Kyoutani o los brazos de Kindaichi al tratar de frenarlo.
Oikawa, eres verdaderamente increíble.
Sus saques asesinos les valen un racimo de puntos, y aunque Iwaizumi no puede evitar torcer la boca en un gesto de dolor cada vez que Daichi se lanza a por ellos con obstinación, celebra cada punto con un "¡bien!" murmurado y la mano hecha un puño a la altura del pecho.
Ambos equipos agotan todos los tiempos muertos de los que disponen. Siempre que paran para beber agua y Gatorade de limón, a Iwaizumi le zumban los oídos y le molesta un poco la claridad blanquecina de los focos que alumbran el terreno de juego, pero está tan metido en ese partido que no le da demasiada importancia.
El último set lo pelean a pulso.
A Yamaguchi, Ukai decide sacarlo cuando van veinte a diecinueve a favor del Karasuno, y ellos optan por cambiar a Kindaichi por Mattsun, porque el primero tiene los brazos resentidos de enfrentarse a los remates de la montaña de músculo y fuerza bruta que es Asahi.
–¡Ánimo Yamaguchi! –le grita Noya.
–¡Buen saque! –corean Ennoshita y Hinata.
Iwaizumi intercambia una mirada con Mattsun, que asiente con gravedad. Ambos echan un vistazo sobre sus hombros. Watari y Oikawa están preparados. Makki baja la cadera y abre los brazos. Kyoutani gruñe con desconfianza. Si fuera un perro se le erizarían los pelos del espinazo.
Aquí viene el de los saques raros. Estad atentos.
El saque flotante de Yamaguchi ha ganado consistencia, pero logran detenerlo. A duras penas, pero logran detenerlo. Es Watari el que lo despeja con los dos brazos. La pelota parece que va a volver al campo contrario, y los del Karasuno ya tienen el "bola libre" en los labios, pero Oikawa se aproxima a la red como un rayo y Kyoutani, Mattsun e Iwaizumi se mentalizan para golpear la pelota como quiera que sea que Oikawa logre colocarla desde ese ángulo.
Oikawa tiene las manos con las palmas hacia arriba. Los dedos de una mano apuntando a la contraria, y parece que va a llegar hasta ella, Iwaizumi ya lo da por hecho. Al parecer, los del Karasuno también, porque Tsukishima y Kageyama se preparan para saltar nada más lean la colocación.
Y entonces, Oikawa hace algo inesperado. Cambia la posición de la mano izquierda en un santiamén, justo cuando la pelota está sobre ella, y la acaricia. Literalmente. El impacto es tan suave que Iwaizumi no sabría decir si la ha tocado realmente, pero lo confirma cuando la bola pierde su trazada recta y desciende abruptamente al otro lado de la red.
–¡Qué buena! –Makki y Mattsun le revuelven el pelo a Oikawa, que está feliz como unas Pascuas.
Iwaizumi le da unas palmaditas en el hombro. Quiere decirle que es impresionante, que es un genio, que la mayor parte del tiempo no se arrepiente de quererlo a pesar de que le falte un hervor, pero no le sale porque su sonrisa radiante y su pelo hecho un desastre lo dispersan. Iwaizumi es consciente de lo henchido de admiración que se siente ahora mismo, de que esas palmaditas son un gesto pobre, pero no quiere distraerse y no quiere que Oikawa lo distraiga con su cercanía y su maravillosidad en un momento tan decisivo.
Tienen el punto de partido.
El punto de partido. Para ellos.
Es el turno de Oikawa de sacar. Iwaizumi casi puede oír las maldiciones que escupen los del Karasuno, y no es para menos. No querría estar en su pellejo. Escucha un eco de la ovación que le dedicaban a Oikawa en el Aoba Johsai cuando le tocaba sacar, y se da cuenta de que la han proferido todos los que están en el banquillo, capitaneados por Yahaba. Incluso los entrenadores se han unido al grito de ánimo.
Sabe que la barrita de energía de Oikawa se acaba de triplicar solo de escuchar el manotazo que le propina al balón a sus espaldas. Esta vez es Noya el que se abalanza para recibirla, y lo consigue en una especie de floritura propia del ballet bastante indigna, pero efectiva.
–¡BUENA RECEPCIÓN, NOYA! –berrean Ennoshita y Kinoshita.
La contienda dura unos cinco minutos. Cinco minutos atacando y defendiendo sin descanso. El Aoba atraviesa su momento más crítico cuando Tanaka hace un remate particularmente certero, pero Mattsun logra salvarlo, a costa de devolver la bola al campo contrario.
–¡BOLA LIBRE! –berrea el Karasuno al completo, y si bien el coro de voces resulta atronador, no es eso lo que le pone los pelos de punta a Iwaizumi.
–¡Pásamela!
Es ese "pásamela" agudo y combativo el que le enciende todas las alarmas. Kyoutani deja escapar un aullido ahogado en cuanto Hinata echa a correr desde la línea más lejana de la cancha y Kageyama retrocede. El balón en el aire y la esperanza suspendida como una miríada de burbujas de jabón.
Tienen que pararlo.
Tiene que pararlo.
Tiene que hacerlo.
Iwaizumi se adelanta para encontrarse con Hinata. Mattsun y Kyoutani lo acompañan, tratando de hacer una lectura precisa de los gestos del número diez del Karasuno, porque Oikawa les ha advertido que se centren en sus ojos, pero no conocen a nadie con una técnica similar a la de Hinata y a la hora de llevar la teoría a la práctica todo se vuelve endiablado y complicado.
Saltan con todo lo que tienen, a máxima potencia.
–¡Iwa-chan! –brama Oikawa–. ¡Sus ojos! ¡Sigue sus ojos!
Oikawa piensa que puede hacerlo. Que Iwaizumi es capaz. A pesar de que perdieran por su culpa aquella vez. Nunca ha dejado de confiar en él.
Yo puedo.
Sé que puedo.
Le busca la mirada a Hinata. Es como si el pelirrojo estuviera en trance, la pupila reducida a la mínima expresión, como la de un puma. Como si viera a través de los dedos de Kyoutani.
Buscando la grieta en la muralla. Sondeando el punto más débil.
Ahí.
El balón se acerca con un chasquido suave que se detiene en seco entre Hinata y él.
Es igual que la otra vez.
Iwaizumi aprieta los dientes. Y alarga el brazo desnudo, que topa con el de Kyoutani, desplazándolo y reemplazándolo. Endurece los músculos todo lo que puede para que no cedan ante el remate. La pelota impacta contra ellos con un ruido sordo, justo bajo el codo.
Te pillé.
Y sale despedida hacia atrás. El tiempo se congela y cristaliza en diamante, e Iwaizumi no se atreve a sonreír hasta que el marcador amarillo y negro les da veintiún puntos, a pesar de que ha visto la bola estrellarse entre los pies de Hinata. La victoria le sabe tan dulce como el melocotón en almíbar. Ojalá tuviera la receta, porque el restallido desde el epicentro del cuerpo es tan bestial y tan magnífico que Iwaizumi no se cansaría jamás de experimentarlo, de nadar en él.
–¡SÍ! –brama, desgañitándose la garganta, y durante una milésima de segundo piensa que quizá ha gritado demasiado alto para resultar correcto y maduro, y espera que sean imaginaciones suyas y no haya sonado tanto a Cristiano Ronaldo en la entrega del Balón de Oro 2015 como a él le parece, pero entonces sus compañeros rugen a sus lados y a su espalda y él se pierde en un torbellino de turquesa y afecto y gloria–. ¡Sí señor!
–Te adoro tanto en este preciso instante –lo abraza Mattsun, con la expresión habitualmente pasiva trastocada por la euforia.
Están sudados y temblando, pero Iwaizumi se deja felicitar por todos, correspondiéndolos con has estado genial, Watari y sigue así, Kindaichi y ya te falta menos para igualarme con las pulsadas de los brazos, Makki.
A Oikawa lo deja para el final, lo cual es duro, porque es la persona a la que más ganas tiene de enterrarle la nariz en el cuello mojado y dar las gracias por todo. Es gracias a él que Iwaizumi ha conseguido pararle los pies a Hinata y a Kageyama. Gracias a su visión del juego. Lo han hecho juntos. La vida tenía una deuda con ellos y la ha pagado con comisiones, e Iwaizumi quiere decirle ¿lo ves? ¿Ves que eres el número uno? Siempre lo has sido, eres brillante, no te rindas nunca, y mataría por besarlo pero sabe que no puede ser, así que no importa.
Quiere decírselo, -lo de pagar en sangre por sus besos no, lo otro, lo menos difícil de exteriorizar, porque aunque Iwaizumi no sea mucho de hacerle piropos ni siquiera en lo que a virtudes deportivas se refiere, estarían encubiertos por esa atmósfera de victoria y Oikawa no notaría la intensidad con la que se lo soltaría, casi suspirando-, pero Oikawa ha reptado hasta él sin que se diera cuenta y ahora lo está levantando por las piernas. Iwaizumi tiene que apoyarse en sus hombros para no caerse hacia atrás. Oikawa da un par de vueltas sobre sus zapatillas negras y azules, recién estrenadas, pletórico de júbilo. Iwaizumi sube una mano hasta su mandíbula, palmeándole sobre la yugular sin fuerzas. No le importa que los esté mirando todo el mundo. Oikawa está sonriendo de verdad y eso es lo que cuenta.
–Me vas a tirar, memo –sonríe Iwaizumi con pereza–. Anda, bájame.
Y Oikawa va a hacerlo. De verdad que tiene la intención de hacerlo, Iwaizumi no va a discutirle eso, porque Oikawa hace el amago de ponerse en cuclillas para dejarlo en el suelo. El caso es que la teoría del caos hace una aparición magistral. En todo su esplendor. A Oikawa se le han quedado los brazos inestables por toda la marisma de emociones y esfuerzo físico, la pierna del esguince crónico le falla y se resbala con el sudor del parqué, y trastabilla, pero no lo suelta, como si por reflejo prefiriera darse una hostia con él que abandonar a Iwaizumi a su suerte para intentar estabilizarse. La espalda de Oikawa da contra la red, e Iwaizumi atina a agarrarse a ella y a rodear a Oikawa con las piernas, por si sus tobillos de gelatina no aguantan el peso y la postura.
Y bueno.
Lo que pasa es aún más catastrófico que cualquier caída.
No sabe cómo, pero de repente el vértigo le trepa bajo el ombligo e Iwaizumi se está precipitando hacia adelante, y la cara de Oikawa está ahí. Lo siguiente que nota Iwaizumi es un choque contra algo duro e inmediatamente se le inunda la boca de un sabor metálico, precedido de un dolor punzante en el labio inferior. Gotea un poco sobre el espacio que hay entre la nariz y el labio superior de Oikawa, que lo mira alucinado y boquiabierto. Con los dientes manchados de sangre.
Se ha hecho un silencio tenso y expectante, y eso debería bastar para que uno de los dos se moviera, pero Iwaizumi teme acabar peor de lo que están ya, y se limita a respirar a bocanadas. Las puntas de sus narices casi se tocan, y Oikawa le clava los dedos en la cintura.
Justo frente a ellos, Hinata rompe el vacío que se ha formado y pregunta con timidez ¿ese es el estilo universitario?
Kageyama murmura ¿cómo quieres que lo sepa? y Tanaka silba pues para venir de un colegio de estirados son más brutos que una infusión de pan rallado.
¿Se ha quedado buen día, no? ´u` Quiero apuestas, ¿dónde creéis que se han dado el golpetazo?
A lo mejor es un poco fantasioso pretender que el Aoba le gane un partido al Karasuno después de los datos que tenemos, pero he pensado que si hago notar lo reñida que ha estado la cosa, pues oye, puede colar.
Adri: hola macarrón :D ay, ¿sabes una cosa? Cuando vi tu nombre al principio pensé que podías ser el hermano de mi novio, porque hace un tiempo me rastreó -yo no quería revelarle el nombre de mi perfil, pero me oyó hablando de un fic que hice para un fandom casi sin nada en español, y me encontró- y se hizo una cuenta solo para seguir mis historias, y se traumatizó un poquito porque tiene cantidubi de prejuicios. Pero ahora cada vez que te veo por aquí se me llenan los ojos de chiribitas nun Muchísimas gracias por leer siempre, y por pasarte a comentar. Sé que te lo digo casi siempre, pero es de corazón.
JAJAJA hay que coger a estos dos y que los envuelva la magia del meme de NOW KISS. Urgentemente. Me alegro de que el capi anterior te resultase imprevisible, y espero que este también te guste, a pesar de que los partidos no son mi punto fuerte. Nos leemos muy prontito, un beso enorme con sabor a plátano desde las Islas Canarias, España ´u`
Hoy concluye el concurso de relatos cortos de Haikyuu DF; muchísimas gracias a los que os habéis pasado a leer :3
