Los personajes de CC no me pertenecen - Juro que esta es mi propia historia aunque algunos nombres y lugares pueda ser similares a los de otros fic – les pido disculpas si esto ofende a alguien… no ha sido mi intención.

Muchísimas gracias a Clau Ardley, Gatita Andrew, Blackcat 2010, Friditas, Faby Andley, Lady susi, Amigocha, ashura21 , Lu de Andrew, Paloma, lady Angel – por todos los piropos, flores y apoyo en general.

Ahora finalmente he ingresado al siglo 21 y estoy en fb – candyfan72 – ojala me dejen ser su amiga!

Este capítulo va dedicado con cariño para Ana Edith – mi amiga especial en el mundo de FF – gracias por tu amistad

Capitulo 7 – Grietas

3 de Mayo, 1915 – Chicago, Estados Unidos

Annie Britter no estaba completamente segura cuando esa grieta en su corazón se convirtió en todo un cañón. Desde que fue adoptada por Catherine and John Britter, su vida no fue exactamente un lecho de rosas pero tenía que admitir que si tenía una muy buena vida. Tenía ropa fina, los mejores tutores, hasta había viajado a Londres a estudiar en el mismo colegio que los Ardley. Sin embargo, los recuerdos de sus padres por una niña fallecida nunca disminuyeron y como gotas en una piedra lentamente fueron agrandando poco a poco esa grieta que en ella existía desde que era muy niña. El dolor más grande que Annie acarreaba en su alma era que su madre nunca podía olvidar a su hija Alexandra. Es más, a veces Annie creía que su madre solo la adopto por el gran parecido que Annie tenía con 'Lexy'. Desde pequeña Annie escucho de los labios de su madre como Lexy hablaba, como Lexy montaba a caballo, como sus modales eran casi perfectos…. Para Annie todo era una letanía de todas las cosas que Lexy era y ella no.

Annie diariamente trataba de moldearse a la imagen perfecta de la hija fallecida, pensando que tal vez de esa manera podría ganarse el amor absoluto de su madre. Cada instrucción de su madre la seguía al pie de la letra, olvidando su pasado y los lasos y amistades que la unían al Hogar de Pony. Olvido su 'familia', olvido su 'hermana' y se olvido a sí misma. Annie Britter se convirtió en la imagen que la señora Britter deseaba como hija. El deseo de ser amada y aceptada se convirtió en algo oscurecía todo lo bueno que tenía en su vida. Cuando vivía en el hogar de Pony, sentía un deseo agobiador por ser más querida que su 'hermana' Candy. Cuando alguien conocía a Candy, quedaban totalmente prendidos de su encanto, alegría y generosidad, opacando sin querer a Annie. Su primera decisión egoísta fue aceptar ser adoptada por los Britter cuando Candy se sacrifico a permanecer en el orfanato por ella, y ese fue el comienzo de cómo Annie descubrió que el egoísmo podía ser bien compensado.

Ahora, como una mujer adulta esa grieta era un pozo lleno de resentimientos por todo lo que ella no tenía y otras personas, como Candy poseía: sin tener un gramo de dama Candy era la heredera de los Ardley, Candy tenía su propia casa, Candy tenía el amor incondicional de un hombre guapo como Albert, Candy tenía la lealtad de Archi y Patty… En fin, parecía que cada vez una cosa más se agregaba a esa lista interminable. Pero lo que más resentía Annie era ese cariño desmesurado que todo mundo tenía por Candy: Archi había reorganizado toda su semana solo para poder almorzar con ella todos los días y Patty la dejo plantada en dos eventos de caridad por la misma razón. Annie no encontraba el 'por que' de la predilección de la gente por Candy. Ella era una mujer bella, educada, con clase… verdaderamente toda una dama de sociedad. Sus ojos azul zafiro resaltaban en contraste con su cabello negro azabache y su piel era tan blanca como el marfil. Y Candy, con todo el dinero a su disposición se negaba a comportarse como una Ardley y trabajaba como una mujer común y corriente; viviendo con un hombre sin importarle las consecuencias para ella y sus amigas. Si alguien se llegaba a enterar de su relación con Albert, Annie estaba segura que su propia reputación estaría en duda.

Cuando era niña su madre solía llamarla Blancanieves, su princesa de cuento de hadas. Y ahora esa princesa necesitaba asegurarse del amor absoluto de su príncipe azul, Archi. Annie necesitaba ser considerada por la señora Elroy como la pareja ideal para su nieto y la amistad con Candy era un obstáculo para que eso sucediera. No podía negarse abiertamente a dejar de ser su amiga; la lealtad de Archi no permitiría una cosa así. Es más, no tenia duda alguna en que si llegaba a abandonar a Candy por completo, Archi definitivamente se alejaría de ella y apoyaría a Candy.

Esa mañana con sus bellas manos manicuradas, Annie aplico su barra de carmín antes de salir a almorzar con Candy y Patty. Archi 'sugirió' que las tres amigas disfrutaran un almuerzo ameno antes de que Candy regresara a trabajar. Annie solamente había visitado a Candy una vez durante esa semana de convalecencia así que realmente no tenía otra opción más que aceptar esa proposición. Su vestido azul marino hacia resaltar sus bellos rasgos y era de un diseño francés exclusivo. Zapatillas y cartera de cuero negras a juego completaba su atuendo. Annie se miro una última vez en el espejo y suspiro satisfecha: la reflexión en el espejo era la de una dama de sociedad perfecta. Ahora solo esperaba que su 'amiga' no hiciera nada bochornoso en público y que ella, Annie Britter, fuese juzgada por guardar esa clase de compañía.

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Patty llego exactamente a las once de la mañana al apartamento de Candy y encontró a su amiga en medio de un relajo fenomenal. Candy tenía todo el contenido de su alacena sobre la mesa del comedor, mientras en la cocina varios 'experimentos preliminares' habían terminado en la basura o pegados a la sartén. Candy usaba el delantal de Albert para proteger su simple vestido color aqua de manchas y chorreos. Aun así, unas cuantas gotas de miel y grasa salpicaron su falda y su nariz estaba cubierta con una leve capa de harina.

Patty abrió los ojos de par en par al ver el aspecto de su amiga. "Candy! No estás lista?" pregunto con preocupación, "mira que si llegamos tarde Annie nos va a fusilar".

Candy sonrió mientras se quitaba su delantal. "Vamos Patty, Annie es demasiado seria! Necesita ser un poco más flexible" respondió divertida, "además ya estoy vestida. Solo necesito limpiarme la cara un poco". Patty puso los ojos en blanco, ya se imaginaba la cara de Annie al verlas llegar!

"Candy, Annie se va a desmayar si te ve llegar con ese vestido. Mira que ahora es toda una dama de sociedad" dijo burlonamente. Candy encogió sus hombros y saco su lengua en mueca.

"Pues creo que a mí de nada me serviría ponerme vestidos caros" dijo riendo, "siempre terminaría arruinándolos trepando un árbol o manchándolos con algo".

Patty dio una sonora carcajada al escuchar esas verdades saliendo de la boca de su amiga; en realidad ella adoraba la franqueza y sencillez de Candy. La familia de Patty era muy acaudalada pero siempre sencilla y su abuela desde niña le inculcaba la importancia de no dejarse llevar por las apariencias: 'debajo de la ropa todos estamos desnudos' solía decir la anciana. Patty conocía el significado del nombre 'Ardley' desde sus días en el colegio San Pablo y admiraba a su amiga de corazón por tener el coraje de seguir su propio camino en la vida sin acogerse a la influencia que potencialmente aquel apellido brindaba.

"Que estabas haciendo antes que yo viniera?" pregunto Patty, observando la variedad de ingredientes sobre la mesa y las sartenes y cacerolas en el fregadero.

"Ah… pues estaba escogiendo mi menú para esta noche" contesto Candy mientras se limpiaba su rostro con una toalla de cocina, "es mi regalo para Albert por cuidar de mi tan bien esta semana". El rostro de Candy dejo de estar cubierto de harina y se cubrió con un rubor intenso.

"En serio? Que romántico!" dijo la castaña con ensoñación, luego agregando con algo de duda "y …que decidiste cocinar?". El recuerdo de todos los pasados 'experimentos' de Candy inundaron la mente de Patty con un retorcijón en el estomago.

"Espera…" dijo con toda seriedad, "Candy, en verdad ya puedes cocinar? Te atreves a hacerle esto al pobre Albert?". Candy arrugo su frente mientras sus labios se apretaban en enfado.

"Pero que les pasa a todos ustedes" bufo frustrada, "soy toda una enfermera profesional: cuido a personas gravemente enfermas y siendo así de responsable no creo que vaya a ser tan mala en la cocina. Además, Albert me dio un par de recetas y pienso seguirlas para prepara la cena".

Patty sonrió divertida y tomando el brazo de su amiga la llevo hacia la puerta. "Está bien! Ven, no te enojes. Estoy segura que has aprendido mucho en estos meses" añadiendo, "además, como tú dices eres enfermera y estoy segura que tienes antiácido en casa".

"Patty! Como te atreves!" refunfuño Candy a la vez que se reía, "solo porque la ultima vez te tuve que dar el frasco entero no quiere decir que esta vez sucederá!". Las dos amigas soltaron una carcajada feliz y cerrando la puerta se dirigieron al restaurante donde Annie ya mascullaba con frustración esperando a sus dos amigas.

Cuando Patty y Candy ingresaron al restaurante sonrientes y aun tomadas del brazo, una sola mirada de los ojos fulminantes de Annie fue suficiente para que las dos chicas dejaran de reír en seco. Las chicas se apresuraron a tomar sus lugares en la mesa escogida por Annie.

"Disculpa Annie" comenzó Candy avergonzada, "no fue mi intención demorarme. Es que fíjate que cuando Patty llego a mi casa yo estaba…"

Annie no permitió que continuara y la corto a media palabra. "Desde que las excusas se inventaron nadie tiene que quedar mal, no?" dijo secamente, "yo también tengo cosas que hacer Candy y aun así tengo la educación de llegar a mis compromisos a tiempo. Tu tardía solo me indica que tu no aprecias el tiempo de los demás".

Patty estaba completamente asombrada por las palabras tan duras de Annie para su amiga. "Vamos Annie, no es para tanto!" su voz firme y calmada a la vez, "solo nos tardamos diez minutos. Cualquiera que te escuchara diría que llevas horas esperando aquí".

Candy trato de no sentirse herida por las palabras de su amiga aunque las lágrimas ya estaban al borde de invadir sus ojos verdes. "Disculpa mucho Annie" dijo con su voz casi en un hilo, "verdaderamente no fue mi intención demorarme. Yo aprecio tu tiempo y tu amistad. Perdóname".

Patty se percato de esas lágrimas a punto de derramarse y lanzo una mirada tajante para Annie. "Pienso que después de todo lo que ha ocurrido tenemos que tener un poco mas de compasión entre nosotras, no crees Annie?", sus bellos ojos castaños destellando rabia hacia aquella chica estilizada sentada a la mesa, "las cosas que son realmente importantes en la vida son la amistad, el cariño y la lealtad; no las reglas y costumbres tontas impuestas por la sociedad".

Annie no hizo más que resoplar con desagrado. "Claro, ahora son solo diez minutos tarde, pero nunca se puede estar segura a que grado se pueden degenerar las cosas en nuestra sociedad si todos hacemos lo que se nos da la gana cuando se nos da la gana" respondió llena de desdén, " el día de mañana me dirás que está bien que una pareja viva juntos antes de casarse!"

Una cachetada en público hubiera tenido menos impacto sobre Candy. Las palabras de su amiga la dejaron totalmente sin aliento. Como era capaz su hermana, su amiga Annie a decir una cosa así. Patty por su parte no sabía que decir: no podía abalizarse sobre Annie como una gata callejera y arañarle los ojos por ese afronte tan público. Disimuladamente, tomo una mano de Candy bajo la mesa y la apretó suavemente. Candy entendió la señal de su amiga y con agradecimiento escrito sobre todo su rostro, sonrió con alivio. No estaba sola: tenía el apoyo completo de Patty.

Al ver que sus palabras habían dado en el blanco, Annie cambio de tácticas y resumió la conversación en un tono más amigable. "Discúlpenme", dijo en una voz melodiosa y aterciopelada, "últimamente me encuentro de mal humor porque Archi… pues…" Diablos! Tenía que sonar más convincente... y estrujando una lágrima solitaria de sus ojos se propuso a continuar con su dramático discurso.

"Me temo que mucho tiempo ha pasado y Archie nunca querrá formalizar nuestra relación" ahora fingiendo tener una voz temblorosa de emoción, "tenemos ya ratos de ser 'novios' pero todavía no he sido presentada formalmente como su pareja y siento que solamente estoy perdiendo el tiempo con él."

Candy inocentemente se trago ese cuento con todo y anzuelo mientras que Patty puso los ojos en blanco cuando Annie le quito la vista de encima para fijarse en su propia reflexión en la ventana del restaurante. "No pienses así Annie!", dijo Candy con pasión, deseando verdaderamente la felicidad de sus amigos, "Tu eres hermosa y te has convertido en toda una dama digna de pertenecer a la familia Ardley. Además todos sabemos que Archi te adora y sé que pronto le pedirá a la tia Elroy permiso para cortejarte formalmente, ya lo veras".

Como por arte de magia, los ojos de Annie dejaron de llorar de inmediato mientras una sonrisa felina cruzaba sus labios. "De verdad piensas eso?" dijo, ya imaginando con lujo de detalles su ajuar completo de novia, "la verdad es que sería estupendo casarnos cuando Stear regrese, no crees?"

El corazón de Patty dio un vuelco doloroso al pensar en Stear… su amado Stear. Estaba tan lejos y lo extrañaba tanto… cuando estaban todos juntos en el apartamento de Candy y Albert el vacio que Stear dejo era aun más palpable. Y si Archi y Annie se casaban sin su presencia… no quería ni pensar en el hueco que sentiría en su corazón.

Candy noto el malestar evidente de Patty al recordar a su novio ausente y trato de cambiar de conversación. "Sabes Annie?" dijo con entusiasmo, "esta noche voy a preparar una cena especial de agradecimiento para Albert por toda su ayuda esta semana".

Annie no pudo contener una risa burlona "Tu en la cocina? Esa es la única prueba de que tu perteneces a tu familia: una Ardley no sabe nada de cocina."

Patty estaba ya harta y a punto de estallar de coraje pues Annie se estaba comportando como una imbécil de primera clase frente a sus ojos. "Mira Annie, acaso amaneciste con los ovarios pisoteados? Si no tienes nada bueno que decir por qué no te callas la boca de una vez? Candy y yo no hemos hecho nada que excuse este tu comportamiento tan grosero" dijo con una voz de hierro, "dime ahora quien es la dama de barrio?"

Annie se arrepintió en un segundo de haber llegado tan lejos: ahora era ella la que estaba abochornada por los reclames bien fundados de su amiga. "Lo siento", susurro cabizbaja mientras luchaba por ocultar su resentimiento, "de verdad disculpen mi atrevimiento. No es de una dama decir esas cosas".

El corazón bondadoso de Candy no servía para guardar rencores ni regaños. "Annie, Patty, creo que es tiempo que todas nos tranquilicemos un poco, si?" propuso con aquella voz alegre de siempre, "Además, venimos a comer no a pelear por cosas sin importancia así que ordenemos algo delicioso y disfrutemos de nuestro almuerzo".

Patty miro los ojos verdes de su amiga y sonriendo asintió levemente con su cabeza. "Tienes razón, Candy" respondió recobrando su cordura, "quien sabe, tal vez aquí encuentras inspiración para tu cena esta noche".

Candy rio abiertamente. "No necesito inspiración Patty, necesito un milagro!", añadiendo con una mueca divertida, "con solo no dar fuego a la cocina voy a considerar la cena todo un éxito!". Patty y Annie se unieron a sus risas, mas para una de ellas esas sonrisas efectivamente eran solo una máscara con la que apenas podía ocultar los sentimientos de desdén que abrumaban su mente.

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Después de ese almuerzo tan extraño con Annie, Patty y Candy se marcharon juntas para luego despedirse cerca del apartamento. En el camino las chicas se dedicaron a escoger la cena más adecuada para esa noche ya que Patty en realidad no deseaba hacer ningún tipo de comentario acerca del comportamiento de Annie. De todas maneras ya sabía de antemano que sería en vano: Candy con su corazón tierno y dulce encontraría la forma de excusar las groserías de su 'hermana'.

"No te compliques la existencia Candy" decía Patty con cariño, "lo único que importa es tener la oportunidad de demonstrar a Albert cuanto aprecias todo lo que él hizo por ti".

La rubia tenía planeado un menú sencillo de soufflé de queso con ensalada verde y una tártara de melocotón para postre, que era el favorito de Albert. "Lo sé Patty, pero también estoy consciente de todas las atenciones de Albert esta semana y creo que se merece un poco mas de esfuerzo de mi parte", respondió sonriente, "además, siguiendo la receta al pie de la letra creo que nada saldrá mal. Vamos, no empieces con las dudas porque si no comenzare a tener dudas yo".

Con ojos de cachorrito Candy miro a su amiga y aquella no supo contener una risita nerviosa. "No me veas así, tramposa! Está bien, confío plenamente en tu visión" dijo mientras la rubia la estrechaba en un abrazo a la vez que daba saltitos de felicidad.

"Gracias Patty!", su sonrisa ya no cabía en su rostro pecoso, "en mi próximo día libre te contare con lujo de detalles como me quedo todo, está bien?" Las dos amigas se despidieron jovialmente y Candy subió a su apartamento para preparar una cena muy especial.

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Anochecer - 3 de Mayo, 1915 – Nueva York, Estados Unidos

Karen corrió sus dedos entre su cabello sedoso, soltando al mismo tiempo un suspiro de cansancio. No… en verdad no estaba cansada: estaba completamente agotada. Dejando su bolso y llaves sobre la mesa de café en la sala, se dirigió al gabinete de las bebidas y sirvió un brandy en una pequeña copa de cristal. Con la bebida en sus manos, se dejo caer sobre un sofá de brocado francés y tomando un pequeño sorbo cerro sus ojos por un momento, tratando de aclarar sus pensamientos agobiadores.

Eran casi las seis de la tarde y su criada ya se había retirado por el día. Karen no tenia criada a tiempo completo, pues no quería que la presencia de la servidumbre entorpeciera su vida privada. Nada mas tenía una persona que llegaba todas las mañanas a prepara el desayuno, hacia la limpieza y lavandería y luego se retiraba. Karen solía cenar fuera de casa, con amigos o compañeros de trabajo pero esa tarde no había probado bocado alguno desde el almuerzo. Esa tarde como todas las tardes en esa odiosa semana, Karen se dedico a buscar a Terry en cada bar de Manhattan cerca del distrito de teatro de Broadway.

El día después de la noticia de expulsión por Robert, Karen despertó para encontrarlo ido. Terry se llevo sus maletas y sin dejar nota alguna, se marcho de la casa en la madrugada sin decir adiós. Karen estaba acostumbrada a despertar sola en su cama después de una noche compartida con Terry, pero el siempre dejaba una nota de despedida. Ese hecho era lo que más preocupaba a Karen, pues se temía que Terry estaba a punto de deslizarse en un valle de decepción que siempre lo llevaba por el mismo camino: alcohol y violencia. Ella trato de consolarlo de todas maneras, diciendo que todo pasaría en un par de meses pero sabía que sus palabras no hicieron mella en el. Terry lloro todo aquel día, y luego consumió bebida tras bebida hasta que perdió el conocimiento en el sofá de la sala. Karen lo arrastro hacia su cama y decidió darle un par de días para reponerse antes de hablar acerca de sus planes futuros.

Ahora Karen estaba demasiado preocupada como para continuar fingiendo indiferencia por Terry. Sabía que una pequeña parte de su corazón lo amaba y ella no se permitía amarlo completamente por la tenue situación de Terry y Susana. Pero las cosas habían cambiado mucho en solo un par de días: el ya no estaba atado a Susana y había sido rechazado por el mundo de Broadway ya que la noticia de su despedida se convirtió en la comidilla de todos los periódicos. Karen no podía evitar sentir el deseo de proteger y ayudar a ese hombre que nunca le pidió nada más que unas horas robadas de afecto. Karen se levanto del sofá lentamente y se dirigió a su pequeño escritorio. Estaba desesperada; ya no tenía otra opción. Y tomando papel y pluma comenzó a escribir un telegrama a la única mujer que podía ayudar a Terry en esos momentos: Eleonor Baker.

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Anochecer - 3 de Mayo, 1915 – Chicago, Estados Unidos

Albert termino su turno y se dirigía a casa caminando con una sonrisa firmemente plantada en su rostro. Cada vez que se ponía a pensar en lo que le esperaba en casa, una sonrisa se escapaba de sus labios. No dudaba de la buena intención de su amada, tan solo la ejecución de su plan. Bueno, estaba ya cerca de casa y no se oían sirenas de bomberos ni tampoco se veían chimeneas de humo negro alcanzando el cielo así que tomo todo eso como buenas señales.

Al pasar por la plaza de mercado, compro un pequeño ramo de rosas para Candy como sorpresa. Estaba seguro que después de todo su trabajo y esmero, su pequeña pecosa se merecía un premio por su esfuerzo y valentía. Subió las gradas tratando de no apresurarse: quería dar suficiente tiempo a Candy para que lo sorprendiera. Sacando las llaves de su bolsillo, agudizo su oído: no escucho ningún ruido de cacerolas o platos estrellándose en los azulejos. Otra buena señal!

Albert abrió la puerta cuidadosamente para encontrarse con una mesa inmaculadamente arreglada. Candy tenía vasos de vino y de agua sobre la mesa, y la vajilla de uso diario había sido reemplazada por la que usaban en ocasiones especiales. Un sencillo candelabro de cristal situado en el centro iluminaba la mesa con la suave luz de tres candelas blancas. En la sala, Candy había colocado de candelas por doquier y de varias maneras. Había pequeñas candelas individuales por casi toda la sala mas tres candelas grandes adentro de frascos de vidrio agrupadas en la mesa de café y otras tres más sobre la chimenea creando un ambiente romántico y sencillo a la vez. Albert cerró la puerta suavemente y Candy salió de la cocina con una botella de vino descorchada.

"Hola amor! Me trajiste flores!" dijo con una sonrisa que termino de iluminar toda la habitación, "enseguida las pondré en un jarrón pero tú no te quedes parado ahí. Ve a lavarte y luego siéntate a la mesa".

Candy tomo las flores mientras Albert casi se tropieza en la prisa de meterse al baño; cinco minutos después ya estaba listo, dispuesto y sentado a la mesa. Candy se acerco a su lado y sirviendo un poco de vino en su copa, se agacho para darle un tierno beso en los labios. Albert estaba sin palabras: Candy realmente había excedido todas sus expectaciones. La mesa estaba puesta de la misma manera que las del restaurante, la habitación se veía maravillosa y ella… ella estaba preciosa. Su cabello estaba recogido en un moño, con unos ricitos rebeldes colgando sueltos a los lados de su rostro. Su sencillo vestido aqua destacaba el color verde de sus ojos y su piel nívea.

"Candy…" su voz suave y cálida llenando el espacio entre ellos, "todo está perfecto… Tú eres perfecta. Soy el hombre más afortunado del mundo".

Candy se mordió el labio inferior en un gesto que causaba una enorme cantidad de pensamientos lujuriosos en Albert. "No me felicites todavía, amor" respondió sonrojada mientras la temperatura de su cuerpo subía unos grados más, "todavía no has probado lo que hice." Y separándose de Albert se dirigió a la cocina.

Candy regreso al comedor colocando frente a Albert un soufflé espectacular acompañado por una pequeña ensalada verde. El soufflé era del tamaño y color perfecto: alto y dorado, se miraba exquisito. Albert tomo un tenedor y fijando sus ojos en Candy, lo partió tentativamente cortando un pedazo. El soufflé tenía la consistencia perfecta y llevándose el tenedor a la boca, Albert empezó a degustar el trabajo de su amada.

"Candy!" su asombro era evidente en su voz y ojos mientras cortaba otro trozo, "es idéntico el soufflé que preparamos en el restaurante. Amor, yo sabía que lo podías hacer!".

Candy soltó una sonora carcajada a la vez que tomaba su lugar al lado de Albert. "Vamos cariño! No soy una tonta. Ya sé lo que todos pensaban" sus ojos brillantes bailaban de alegría, "acaso me vas a decir que no te sorprendiste al encontrar la casa en una sola pieza?"

Ahora era el turno de Albert para reírse sin medida. "Ja ja ja….mi amor… tienes razón…."dijo completamente sonrojado, "me sorprendí tanto ….jajaja…de no oler nada quemándose al entrar… jajaja…que pensé que a lo mejor te olvidaste de cocinar….ja ja ja…" Candy suspiro, sumamente satisfecha con la respuesta de su amado.

"Te dije que podía cocinar!" rio, agregando "además tus recetas realmente son a prueba de idiotas!"

Albert estrecho su brazo, tiernamente tomando la mano de Candy sobre la mesa. "Cariño, por más fácil que sea una receta, la primera vez siempre hay problemas" su sonrisa expresaba todo el orgullo que sentía en su corazón por su novia, "esta receta me tomo más de un par de veces para que me quedara bien."

Candy abrió los ojos como platos al escuchar ese comentario. "En serio Albert? No te creo!" respondió divertida, "pues mira, yo tenia tanto miedo de equivocarme que medí todos los ingredientes dos veces!"

La imagen de Candy midiendo y revisando una y otra vez todos los ingredientes se coló en el corazón enternecido de Albert. Candy había puesto todo su esmero y amor en esa cena tan maravillosa. La mesa estaba inmaculada y la sala muy bien decorada. La ensalada era sencilla pero cuidadosamente preparada y aquel soufflé era tan ligero como el aire y suave como espuma: no había falla alguna en nada.

Albert termino su comida al mismo tiempo que Candy se levantaba y servía otra copa de vino. "Quiero celebrar mi regreso al trabajo y agradecerte todo lo que hiciste para que me recuperara rápidamente… Muchas gracias amor" susurro Candy en su oído, el cálido aliento rozando la mejilla de Albert.

La cercanía de la bella rubia hizo que el cuerpo de Albert se estremeciera levemente de placer. Candy tenía un aura de inocencia sensual esa noche, haciendo que cada palabra que salía de su boca fueran como una caricia reservada solo para él. Y esa boca….se moría por besar esos labios de rubí con toda la pasión que existía en su ser. Tomando un sorbo de vino de su copa, Candy levanto los platos sucios y se dirigió a la cocina a sacar la tártara de melocotón fuera del horno.

Candy entro a la habitación con la tártara en sus manos con toda la reverencia de una sacerdotisa ofreciendo un sacrificio a sus dioses. Cuando Candy puso la tártara en el centro de la mesa, los ojos de Albert estaban a punto de salir rebotando fuera de su rostro. "Hermosa! Mira que trabajo tan maravilloso has hecho" el olor de la tártara dorada y brillante por la azúcar cristalizada lleno la habitación, "no tengo duda alguna: todo este tiempo te has burlado de mi. Eres una cocinera excelente!".

El gozo de Candy simplemente ya no cabía ya en su pecho. Su querido Albert adoraba su comida! Como seria cocinar para ellos todos los días? Le traería flores en las tardes? Las mejillas de Candy se ruborizaron en un segundo mientras se imaginaba como seria su vida si Albert le pidiera matrimonio. Su mente se inundo de imágenes de niñitos rubios como querubines, gateando o caminando tambaleándose a sus pies. Albert sería un buen padre y ella… pues por lo menos ya no morirían de hambre. Candy tomo un cuchillo y con precisión quirúrgica corto un pedazo generoso de tártara, poniéndolo frente a Albert en un plato pequeño.

Albert tomo su tenedor sonriendo y fijando sus ojos sobre el rostro de su amada, corto y pedazo para llevárselo a la boca. De repente el rostro de Albert cambio de sonriente a totalmente pasmado… comenzó a masticar más despacio, tragando con obvia dificultad... Candy se percato del cambio súbito y tomando un trozo de tártara, decidió a probarla ella misma. Después de dos masticadas, la cara de Candy se descompuso en una mueca de horror: la tártara estaba salada.

La pobre rubia escupió el bocado que tenía en la boca sobre el plato. "ALBERT!" dijo alterada, "no comas esto tan terrible! Como es posible que esto haya sucedido?" Candy se dirigió a la cocina a traer el cuaderno de recetas mientras Albert discretamente enjuagaba su paladar con un vaso de agua.

Con el cuaderno en sus manos, Candy se acercó a Albert y encontró la página con la receta que había seguido. "Vez aquí?" señalo con un dedito acusador, "esta es TU receta para masa que yo seguí al pie de la letra. La tártara requería una cantidad de esta masa para la base". Y cruzando sus brazos, espero la explicación de su amado.

Albert tomo el cuaderno y sus hombros empezaron a sacudirse levemente con la risa que trataba de esconder y que escapaba de sus labios. Albert carraspeo un par de veces para controlar el deseo de carcajearse abiertamente: no quería herir a su novia después de tan bello obsequio. Recobrando su cordura, la miro tiernamente a los ojos mientras sus dedos voltearon las páginas en el cuaderno para encontrar otra receta.

"Amor…" dijo con los labios temblando por controlar su divertimiento, "la receta que seguiste es la receta para masa salada… la usamos para pasteles de carne. La que tú querías era esta: masa para repostería." Albert deslizo el cuaderno hacia las manos de Candy y esta lo tomo de una sola manotada, leyendo mientras sus ojos se agrandaban gradualmente. El rubor en el rostro de Candy subía como espuma de champan a medida que leía la receta.

"Soy una verdadera idiota" gimió con lagrimas ya en los ojos, "nunca seré una buena esposa" y tomando el resto de la tártara se dirigió a la cocina a llorar desconsolada. Albert se levanto de su asiento y la siguió. Candy lloraba a mares: todo su esfuerzo se fue al diablo. Ella quería impresionar a Albert y darle algo especial… Albert había sido tan maravilloso toda esa semana y ella… ella ni siquiera podía distinguir una masa salada a una masa dulce… Con su nariz y sus ojos completamente rojos, Candy se volteo del fregadero para encontrarse con los brazos cálidos y amorosos de su novio.

"Vamos preciosa, no llores por favor" susurraba en su oído, "es un error fácil de cometer… imagínate hacer una cosa de esas con un restaurante lleno de gente!" Candy soltó una risita tímida al solo pensar en la cara de horror de Armand al probar un postre salado.

"Acaso te paso a ti?", pregunto llena de curiosidad.

"No a mi" respondió mas aliviado al ver de que ya no sollozaba como una Magdalena, "pero a Jacques cuando comenzó. Tuvo que pelar patatas por un mes de penitencia!"

"Albert…lo siento mucho…" murmuro suavemente, "en realidad yo solo quería hacer algo especial para ti y…"

"Candy, lo hiciste" respondió mientras la alejaba un poco, alzando su pequeño mentón delicadamente con una mano para fijar su mirada. "Esta noche me has hecho sentir el hombre más feliz y afortunado del mundo. Mira todo el trabajo que hiciste y con tanto esmero… solamente para mí. Tú me has dado todo y yo… que te puedo ofrecer en este mundo sino mas mi corazón? Yo no necesito nada más en esta vida porque tú eres mi todo" y sin decir otra palaba se inclino para depositar un beso en los labios de su amada.

Alberto estrecho a Candy suavemente contra su pecho a la vez que todo su ser demandaba poseerla con pasión. Ese cuerpo magistral de mujer estaba hecho para el pecado y su cuerpo varonil lo reconocía, desatando una cadena de reacciones que azotaba el deseo de hacerla suya. Cada suspiro emanando de sus labios era toda una caricia para sus sentidos. Cada beso era una invitación a explorar los rincones donde el placer se encontraba escondido.

Sus manos temblorosas ansiaban poseer ese cuerpo, tocar aquella la piel sedosa, saboreando cada milímetro con veneración. La mirada azul cielo de Albert estaba oscurecida por el azul profundo de un mar en zozobra. Sus dedos anhelantes se posaron suavemente sobre los tersos labios de rubí, delineando cuidadosamente su forma, sintiendo su textura aterciopelada. Esos labios hechiceros se partieron levemente, dejando una lengua traviesa escapar brevemente de su boca traicionera. La boca de su amada lo incitaba a pensamientos lujuriosos, donde el pudor y la cordura no existían. La lengua de Candy rozo su dedo pulgar, la humedad acarreando una corriente de placer hasta el lugar más profundo del cuerpo de Albert. Tomando la mano de su novio, la rubia abrió su boca un poco más, dando un mordisco sensual a dicho dedo pulgar.

Albert fijo su mirada sobre el dedo aprisionado por esos labios, inmediatamente deseando que todo su cuerpo fuese saboreado de la misma forma. Con manos aun temblorosas, el rubio dejo aquel bello rostro para dirigirse a un par de suaves cúpulas color marfil. Los pechos de Candy, ya endurecidos de placer, agradecieron las caricias ardientes de su amado, dejando un par de pezones endurecidos y atentos a cada roce sensual. Las cálidas manos se movieron suavemente y luego con más necesidad a medida que sus cuerpos se ajustaron al vaivén que el deseo mutuo provocaba. Un gemido ahogado escapo de la garganta de Candy e inmediatamente fue seguido por el gemido bajo y varonil del hombre entre sus brazos. Entre besos desmesurados y caricias, poco a poco los dos cuerpos lentamente se dirigían hacia el único lugar donde esa necesidad que sentían podría ser satisfecha: el dormitorio.

El olor tan familiar a sándalo y almizcle de Albert se combinaron con el olor a deseo, creando una mezcla abrumadora que intoxicaron la mente de Candy, borrando todo conocimiento de cordura con cada beso que cruzaban sus labios. Candy solo pensaba en tocar a Albert, sentir a Albert, recorrer aquel pecho musculoso y fornido en el que tantas veces lloro lamentando tantas cosas dolorosas en su vida. Ahora, ese mismo pecho era un lecho de amor, en el que todas sus fantasías, todas sus ilusiones se harían realidad. Albert estaba igualmente embriagado por el olor a rosas y suavidad emanando del cuerpo de su amada. No recordaba nunca en su vida haber tocado una mujer y esa mujer que estaba en sus brazos era la primera y había sido la dueña de su corazón por mucho, mucho tiempo. Cada beso, cada roce era un nuevo éxtasis para él.

Con un dedo recorrió el brazo de su amada y, llegando a su hombro, deslizo cuidadosamente una manga del vestido besando aquel hombro ya desnudo. El cuerpo de Candy se estremeció al sentir el suave contacto de los labios de Albert sobre su piel. Con sus ojos destellando deseo, Candy delineo sus labios con su lengua, enviando lo poco que quedaba de la cordura de Albert a la calle. Con manos más urgentes, Albert llevo a Candy a la litera, luchando por deshacerse de su camisa en el camino. Candy titubeo por un segundo, mas ese deseo y la humedad creciendo entre sus piernas la hicieron olvidar todo el temor y cada duda que guardada en su corazón. Con manos ansiosas, Candy se deshizo de su vestido y su pudor al mismo tiempo que se dejaba llevar a la cama de su amado.

Albert ya no pensaba en nada, solo era capaz de sentir… Sentía ese cuerpo suave y semidesnudo bajo el suyo. Sentía aquellos labios carnosos y húmedos bajo los suyos. Sentía el cuerpo de su amada moviéndose rítmicamente contra su pelvis, desencadenando una ola de placer que no podría ser contenida por un segundo más. Con manos más seguras, Albert toco los muslos de su amada suavemente, sintiendo el calor sutil que emanaba de sus bragas, confirmando la promesa del placer que todavía les quedaba por compartir.

Al sentir las manos de su amado sobre sus muslos, Candy cerró sus ojos en anticipación a las caricias íntimas de Albert… y fue entonces que algo totalmente inesperado ocurrió... Ella lo vio. Al cerrar sus ojos, Candy solo pudo ver el rostro de Neil riendo, con sus manos firmemente sujetando sus muslos mientras trataba de quitar sus bragas por la fuerza. Candy sintió el roce que aquellas manos morenas arañando, demandando el derecho de ser el primero en sentir el cálido roce de su feminidad. De repente ella sintió que el aire no le llegaba a los pulmones y ese deseo agobiante de ser amada como una mujer se convirtió en asco y pavor.

Albert estaba perdido totalmente en una nube de placer que envolvía todo su ser. Su miembro, ya erecto y listo, se presionaba con necesidad contra la pelvis de su amada. Sus labios marcaban cada milímetro del cuerpo de su amada mientras sus manos hábiles delineaban un mapa detallado de aquel cuerpo virginal. Su voz sonaba como un gemido primordial, nublado por deseo y la necesidad de ser amado como no lo había sido. Con su mente enfocada en el placer de aquel momento, Albert no se percato del minuto en que el cuerpo de Candy se congelo y su gemido de placer se convirtió en un grito de terror.

"BASTA! Te dije que no!" grito aterrorizada, "déjame en paz! Basta… BASTA NEIL!" Los ojos de Candy se abrieron de par en par, encontrando la mirada sobrecogida de Albert.

"Albert… disculpa…. Yo… no puedo…" Candy comenzó a llorar agitadamente, volteando su cuerpo hacia la pared mientras sus manos temblorosas buscaban la sabana para tapar su desnudes.

Un Albert completamente agobiado y asqueado de sí mismo, se levanto súbitamente del lecho, buscando su camisa desesperadamente. Al encontrarla, se vistió rápidamente mientras Candy yacía en la cama llorando amargamente. Albert se acurruco a la orilla de la cama con su corazón hecho trisas. Como había sido capaz de permitir una cosa así? Como podía decir que amaba a esa mujer después de semejante traición? Se sentía peor que un salvaje con las palabras de los médicos en el hospital sonando otra vez fuertemente en sus oídos: el era un hombre violento después de todo, no era un hombre de confianza – eso ahora ya estaba claro. Qué clase de hombre realmente era él? Un salvaje, un delincuente, un imbécil, quizás nunca sería nada mas…

"Candy…" susurro con lagrimas rodando por sus mejillas, "Perdóname mi amor. Soy un salvaje. Tú no te mereces esto". Irguiendo su cuerpo, Albert no espero ninguna respuesta de su amada: simplemente giro en sus talones y salió del dormitorio suavemente.

El llanto de Candy se tranquilizo al escuchar a Albert cerrando la puerta de su dormitorio. Ella lo amaba y realmente quería ser suya… pero esos recuerdos de aquella maldita noche invadieron su memoria como una peste apocalíptica, oscureciendo todas las cosas maravillosas que pasaron entre ellos. Candy sabía que amaba a Albert…. Ella sabía que Albert jamás la dañaría de una manera tan traumática… El nunca la forzaría a hacer algo que ella no quisiera. El siempre la había protegido, apareciendo en su vida cada vez que ella lo necesitaba. En ese momento Candy comprendió cuanto verdaderamente amaba a Albert: su confianza en él era absoluta.

Al escuchar la puerta principal del apartamento, Candy apresuradamente envolvió su cuerpo en la sabana y corriendo se dirigió a la sala a la vez que Albert cerraba la puerta detrás de su espalda... Albert se marcho de casa sin decir adiós. Con la sabana todavía a su alrededor, Candy abrió la puerta y salió al corredor buscando a Albert.

"Albert!" grito desesperada, "Albert! Detente por favor. No es lo que tú crees! Espera…" su única respuesta fue el viento frio de la noche en el corredor…

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Hoy ten miedo de mi - Fernando Delgadillo

Hoy que llevo en la boca el sabor a vencido

procura tener a la mano un amigo que cuide tu frente y tu voz

y que cuide de ti, y para ti tus vestidos

y a tus pensamientos mantenlos atentos y a mano tu amigo

La importancia de verte morderte los labios de preocupación

es hoy tan necesaria como verte siempre

como andar siguiéndote con la cabeza en la imaginación

porque sabes, y si no lo sabes, no importa,

yo sé lo que siento, yo sé lo que cortan después unos labios

esos labios rojos y afilados

y estos puños que tiemblan de rabia cuando estas contenta

que tiemblan de muerte si alguien se te acercara a ti.

Hoy procura que aquella ventana que mira a la calle en tu cuarto

se tenga cerrada, porque no vaya a ser yo el viento de la noche

y te mire y recorra la piel con mi aliento

y hasta te acaricie y te deje dormir

y me meta en tu pecho y me vuelva a salir

y respires de mí...

O me vuelva una estrella y te estreche en mis rayos

y todo por no hacerme un poco de caso

ten miedo de mayo

y ten miedo de mí

Porque no vaya a ser que cansado de verte

me meta en tus brazos para poseerte y te arranque las ropas

y te bese los pies

y te llame mi diosa

y no pueda mirarte de frente

y te diga llorando después:

por favor tenme miedo

tiembla mucho de miedo mujer

porque no puede ser...

cccccccccccccccccccccccc

Continuara….

Hola chicas! Sé que me tarde un poco pero espero que les guste. Esta canción de Fernando Delgadillo me pareció muy apta para este capítulo. La vi en YouTube y me gusto.