—Mikasa, aún te quedan cinco días de rehabilitación —la reprendió Levi.

La chica siguió desabrochando su la camisa.

—La fractura en el hombro ya está curada, señor —contestó—. Además, la comandante advirtió que yo era necesaria para la vanguardia en esta expedición.

Levi bufó, frustrado, porque sabía que tenía razón. Pero, ¿tan malo era proteger a Mikasa? Bueno, teniendo en cuenta que ambos eran los más fuertes de la humanidad... ¡Bah! Tonterías. Ackerman era una lesionada, muy valiosa y tal, y debía ser cuidada con extrema delicadeza. Aunque él no fuera el ejemplo más grato de delicadeza.

—Levi —dijo. Él volvió en sí y se dio cuenta de que el borde de la camisa de Mikasa ya acariciaba la parte baja de sus hombros, descubriendo su piel—, ¿te importaría darte la vuelta?

Se tensó. No por ver a una mujer semidesnuda, no —de hecho, de pequeño espiaba en el baño de mujeres, tenía que admitirlo—. Se había puesto tenso porque la naturalidad con la que realizó aquella petición fue tan poco fingida, ni tan teatral o indignada, que se le antojó absurdamente sensual.

Hizo lo que le pidió y esperó pacientemente a que Mikasa cambiara de camisa. Una vez hecho eso, la chica pasó por su lado con arrogancia, abrochándose la capa verde al vuelo. Su mirada burlona se clavó en la suya y la sangre de Levi hirvió. Esa mocosa se estaba burlando de él. En su cara.

Antes de que ella saliera de la habitación, agarró su hombro más sano y la atrajo hacia sí, acorralándola entre sus brazos contra la pared. El aliento del sargento chocaba contra su mejilla, haciendo notar que había crecido un poco más. Cuatro centímetros de mierda, pero lo había logrado, maldición. Ignoró los inútiles y para nada oportunos pensamientos de su cabeza y se concentró en la chica entre sus brazos, en Mikasa.

Se fijó en sus ojos negros como la pez, opacos y fríos. Su mirada viajó hasta la nariz respingona, y bajó a los labios rosas, mulliditos y demasiado apetitosos...

Espera, ¿en qué diablos estaba pensando? Dios Santo. Casi le doblaba en edad, y era su maldito superior. No podía preocuparse por ella más de lo que lo hacía por el resto, no podía mirarla durante tanto tiempo hasta perderse. No estaba bien, no era correcto. Y si hablaba de ella, por una vez, le gustaría hacer las cosas bien.

Mikasa se removió entre sus brazos, incómoda ante el escrutinio de Levi. Entonces él la alejó de sí, repentinamente agotado, como si fuera algo infeccioso. La chica se sorprendió, pensando que algo le había pasado. Crispó los dedos en torno a si capa y soltó un suspiro.

—Cuídate —suplicó Levi—. Por favor.

()()()()

Las alas de la libertad ondearon en el viento. Levi se impulsó en la rama de un árbol sin perder de vista a Mikasa, quien iba montada en su caballo. Luego volvió la vista al titán ante él. Siete metros, ojos grandes y una terriblemente fea cara de retrasado con disfunción mental. Sí, una muy acertada definición.

Activó el equipo y los ganchos le impulsaron a la zona de su nuca. Cortó de forma rápida, limpia y precisa. El cuerpo vaporizado cayó al suelo y siguió avanzando hasta su caballo, moviéndose a la retaguardia, alejándose de ella rápidamente.

Mikasa acercó su caballo al de Armin. Su amigo apenas le había dirigido la palabra a nadie desde la muerte de Eren, y le entendía; tal y como ella en su momento, se culpó de ese trágico suceso.

Armin alzó la mirada oscurecida al notar al caballo a su lado y vio los ojos de la chica. Caídos, de párpados pesados, sin brillo. Y se culpó aún más, porque fue inútil, falló de nuevo. Mikasa tomó su mano. Él se sorprendió, porque nadie había enfrentado la tragedia tan directamente desde hacía mucho. Y jamás se esperó que fuera ella quien le brindara apoyo.

—Armin —dijo con voz pacífica—, no te culpes.

No añadió nada más. Se alejó con una sonrisa suave y activó el equipo de maniobras. Al segundo apareció un titán de diez metros de entre los árboles, avanzando rápidamente hacia el grupo de soldados. Mikasa se impulsó hacia él con mucha velocidad, aterrizó en su cabeza y corrió, desenvainando las cuchillas. Iba a girar para asestarle un corte, cuando su hombro crujió de forma dolorosa. Perdió el equibrió y cayó del titán, que la atrapó entre sus manos.

—¡MIKASA!

La bestia la estuvo observando unos instantes. Ella reaccionó, luchando por zafarse de su agarre. El corazón latía con fuerza y un pitido se instaló en sus oídos. Escuchó al resto de la formación preparándose para atacar al titán. La presión en su cuerpo era enorme, y apretó la mandíbula para no llorar cuando esa cosa la llevó hacia su boca.

()()()()

Levi alzó la mirada; juraría haber escuchado el nombre de Mikasa.

Reemplazó las cuchillas rotas por otras, intentando pensar en otra cosa, pero empezaba a preocuparse. No podía evitarlo; aunque fuera Ackerman, la genio militar que valía por cien soldados, seguía siendo esa mocosa que creía poder con todo. Suspiró y se secó el sudor. La zona estaba despejada, así que su veredicto fue que allí no hacía más falta.

—¡Sargento! —Un soldado cayó cerca de él—. ¡Ackerman... !

La chica siguió explicando la situación, pero Levi ya no escuchaba nada. En su cabeza sólo rondaba la idea de que ella podría estar en peligro. ¡Se lo advirtió! ¡Le dijo que se cuidara, maldita sea!

—Lugar —siseó.

—Sígame, sargento.

Cruzaron el bosque durante unos pocos minutos hasta llegar al claro. El cuerpo de un titán se desvanecía en el aire, hecho vapor. Mikasa estaba recostada en un árbol mientras era atendida, y otros soldados vigilaban el panorama para evitar la aparición de más enemigos. Levi se acercó a la chica, que tenía media faz escondida tras su bufanda. Ella alzó el rostro.

—¿¡Te das cuenta, Ackerman!? —rugió. Mikasa se escondió más en sí misma, conocedora de su error. Él no la regañaba sólo por sus pocas luces, ni por no haber pensado en sus acciones. Levi necesitaba gritar, sacar toda la mierda que llevaba dentro, la tensión de pensar que la había perdido—. ¡Maldición, Mikasa! —Se pasó una mano por el pelo sudoroso y apretó los puños—. ¿¡Te das cuenta de que casi te vas tú también!?

Ella suspiró, sonriendo bajo la bufanda, idiotamente contenta por verle preocupado por ella.

—Kirstein, ¿qué ha pasado? —preguntó, ya más calmado.

Jean carraspeó.

—Mikasa volvió a hacerse daño en el hombro atacando a un titán, y perdió el control sobre el equipo de maniobras —informó—. El titán, bueno... La atrapó, y estuvo a punto de devorarla. —Levi la miró, enfadado, y ella le sostuvo la mirada—. Sin embargo, Armin reaccionó a tiempo y... mató al titán.

Entonces el hombre sí que se sorprendió. Armin era la última persona de la que se esperaba algo así. Se giró y vio que el muchacho había salido herido, pues tenía sangre seca que parecía salir de la raíz del pelo y múltiples arañazos. Estaba sentado en una rama baja, solo, con la mirada perdida. Levi caminó, se inclinó ante él y le cogió las manos. Armin esbozó una pequeña sonrisa.

—Arlert —llamó—, gracias.

Porque Mikasa seguía ahí, con él. Porque no se había ido.